—¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla la edad.
—No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que Isabelita te admira.
—¡Pero hombre!...
—Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.
La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.
Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo víctima de una indigestión.
Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios, indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto. Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.
No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a Tonet que sacase la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto, y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido, y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia. Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso Tonet y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la existencia.
Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible mantenerse en los límites de la prudencia.
—Está muy bien eso—me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado—. Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío. Háblele usted de la subida del cacao.
Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra shocking. Nada tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma, no le hizo perder un átomo de su majestad.
Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento sola con la esposa de Tonet, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas.
Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude menos de pensar con disgusto que había descendido a la más insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.
Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo. Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me aguardaba un poco apartada del resto de la compañía.
—Gracias—me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató de reunirse a los demás.
Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo que aquel semblante hosco me causó alegría indecible.
—Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle—le dije con voz no bien segura.
—Usted dirá—replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.
—Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima Isabelita, como si tratase de obsequiarla.
—No he observado nada—respondió con mayor sequedad aún.
—Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente porque Isabelita me admira.
Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.
—Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano Sabas como Emilio.
—¡Qué tontos!—exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención—. Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena quedaría mi pobre prima!
—Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la aprobación de usted.
—¡Mi aprobación!—exclamó turbada y con voz sorda—. ¿Para qué necesita usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala usted a sus padres.
—Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima, a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los días de la vida.
Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:
—Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter. Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa, económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se manifiesta: es muy linda también.
—Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.
—¿Cuál?
—La de ser prima de usted.
Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con acento de severidad:
—Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor, para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en ella, que la deje tranquila.
Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás, dejándome solo.
Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir a casa de Martí y retirarme al hotel.
A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre mi cama.
—Ya no te vas mañana, capitán—exclamó riendo y tirándome de la barba para concluir de despertarme.
—¿Pues?—respondí mirándole con asombro.
—Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la estrella de la mañana.
—¿Cómo...? ¿Cristina...?
—Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos. Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre... ¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque todavía no lo ha visto.
Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando hubo una pausa le pregunté:
—¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?
—Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...? Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos, ¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas... ¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!
Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo tiempo.
—¿Y Cristina qué dice de la sustitución?
—En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.
Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles, y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis reales en Valencia.
XI
PERSISTIENDO en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje. Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa armadora.
No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.
En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de mujer, que no era la de Matilde.
—¡Sabas! ¡Sabas!—grité.
Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.
Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?—me dije con despecho—. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos traidores?»
La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin reflexionar:
—¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le he podido hablar, pero nos hemos saludado.
Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se echaba a llorar perdidamente.
Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le rompían el pecho, me dijo:
—¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la dama joven.
—He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...—balbucí desconcertado.
—Sí, sí; la dama joven—profirió sin dejar de sollozar.
—Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar... pero sí me parece que era joven.
—¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!—exclamó con furor—. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que verla por las mañanas en el balcón!
Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:
—Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.
—¡Ah!
Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro. Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.
Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.
—¡Has visto qué contratiempo!—exclamó sacudiendo la cabeza con profundo disgusto.
—¿Pero cómo ha sido eso?
—Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y se las va a gastar alegremente con una cómica.
—¡Qué locura!... Pero volverá...
—Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la otra vez.
—¿Otra vez?
—Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.
No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.
—¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro—exclamó abrazándome hasta asfixiarme.
Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete, sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas. Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó, me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.
Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos, me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre, displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina. Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!
Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea de las clasificaciones introducidas en el reino animal.
Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta. Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella, hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.
Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible. Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los hombres, dió orden al cochero de retirarse.
Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella. Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de sus acuerdos.
A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero, que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra; segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.
Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor, penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque tuviese que hacer el viaje a pie.
Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo, donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde; en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo bordado. Era el propio señor de Retamoso.
—¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!—exclamó, apresurándose a salir de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas veces la mano al gorro—. ¿A qué debemos el honor?
—Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras—respondí echando una mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.
La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos antes todo era regocijo y expansión.
—Bueno; soy con usted al momento—murmuró introduciéndose de nuevo en la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.
Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:
—Estoy a sus órdenes.
“Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero”—me dije, sorprendido de aquel cambio.
—El caso que me trae a visitarle—manifesté con vacilación—es un poco delicado... Es posible que usted sepa...
—No sé nada—profirió en tono resuelto, atajándome.
—Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...
—No he sospechado nada—volvió a manifestar con más sequedad aún.
Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:
—Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.
La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.
—¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer, que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?—exclamó sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.
—A los dos pensaba dirigirme.
—¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...
Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia, que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.
—Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.
Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que dijo:
—Adelante.
Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos en la estancia.
Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos. Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal. Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y zozobra.
—Señor de Ribot—dijo al cabo—, le ruego que manifieste a mi señora lo que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.
—Se trata, señora—dije con voz temblorosa—, de un asunto delicado que deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran... Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...
—Lo sé—interrumpió gravemente doña Clara.
Quedé un momento suspenso y proseguí:
—Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...
—Lo sé—volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.
Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:
—Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar esta naciente amistad y...
—Lo sé—dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.
Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.
Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:
—Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.
Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote viajan constantemente el Don Juan, de Byron; el Tom Jones, de Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa, la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando imperceptiblemente.
—¡Qué mujer! ¡qué mujer!
Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad, pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.
Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.
—Señor de Ribot—interrumpió en este punto Retamoso—, ¿tendría usted la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?
Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:
—¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!
Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos justos y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido, contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo. Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente», cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado jamás.
Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y fueron saludadas con una salva de ¡esos! y ¡justos!
Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que “allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que quisiera venir a ella”. Dicho esto, por medio de una hábil y sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la mano, que yo toqué con la mayor veneración.
—Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada más!—exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había levantado—. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted simpatizaba con Isabelita...
¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle polvo.
—Sí, señor—respondí al cabo secamente.
—Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender (perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si no sé expresarme como ustedes...
—Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis relaciones con Isabelita.
—¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso. Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.
Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su libertad como yo conservaría la mía.
—¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso.
Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo, dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible. Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me dijo al oído al despedirme:
—Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece? Mi opinión es que no debe de haber compromiso.
No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera:
—Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en España hasta ahora.
Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo ensimismamiento.
Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá, Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre todo, cuando hizo destapar una botella de champagne y alzando la copa brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material combustible.
Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi conciencia.
Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:
—¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero?
Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios.
Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo para tomar el suyo, articuló con voz alterada:
—Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes...
Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se disculpaba con la mayor humildad.
¡Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorrió de pronto. Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluyó al corazón. Sentí un vértigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al pasamano para no caer.
XII
JURO que en la turbación que experimenté no entró para nada el despecho. Mi orgullo no se resintió por esta preferencia. Tan sólo sentí una tristeza mortal, como si la última ilusión que me ligaba a la vida se escapase volando. Es más: el amor profundo que me inspiraba ni se apagó ni mermó siquiera. Debilitóse, es cierto, el respeto, la idolatría; pero creció, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su pedestal y se transformaba en mujer. Perdía en majestad, pero ganaba en encanto.
En los días sucesivos observé que se acentuaba en su rostro aquella expresión humilde que tanto me había sorprendido. Con esto me figuré que se daba cuenta de su caída y me pedía perdón. En vez de mostrarme desabrido hice cuanto fué posible por que me viese más respetuoso y más amable que antes. Ella lo agradeció; a cada instante me ofrecía testimonios de su amistad cariñosa. Su corazón era noble: si había caído en la vergüenza, debía achacarse a la fatalidad de las circunstancias, no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces.
¿Y Martí? ¡Pobre Emilio! Cada vez que le veía me sentía más atraído por su bondad e inocencia. Le observaba un poco decaído de cuerpo, pero alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde paseábamos solos por la orilla del mar. Como ni él ni yo somos de humor melancólico, nuestra conversación saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las anécdotas que se nos ocurrían. Una de las que yo le relaté le hizo más gracia de lo que merecía. Tanto rió, que al cabo le vi ponerse pálido, llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un vómito de sangre. Le auxilié como pude, le llevé a una fuente próxima, donde bebió agua y se lavó. Yo estaba mucho más impresionado que él. Apenas podía hablar. Le animé, sin embargo, manifestándole que aquello no tenía importancia y citándole numerosos casos de amigos a quienes había pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo serenado sonrió.
—Tienes razón; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jamás he tosido. Me cuidaré un poco más y el verano que viene iré por precaución a Panticosa... Pero es necesario ocultárselo a Cristina... Ya sabes cómo son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el cariño que me tiene le haría temblar... Capaz es, por su afán de curarme, de descubrírselo a Cristina.
Los ojos, a pesar mío, se me rasaron de lágrimas. Al observarlo pareció sorprendido; quedó un instante suspenso, y soltando después una carcajada me abrazó, exclamando:
—¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas de mi organismo...
—Mi emoción ha sido producida por la sorpresa—me apresuré a decir para enmendarlo—. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto...
—¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?
—Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora ninguna alteración o malestar en los pulmones?
Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la voz profirió secamente:
—Mis pulmones son los de un atleta.
—¿De veras?
—Los de un gladiador—rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de inquebrantable convicción.
Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio. Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el aria final de Lucía. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras?
Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle, cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos. Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen buscado tan pobre alojamiento.
Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del maíz.
Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido, después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él, profirió:
—Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal?
—¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.
No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del cinismo.
Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era visible, preguntó al muchacho:
—¿Quién le ha entregado a usted esa carta?
—Un caballero.
—¿Aguardaba contestación?
—No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la puerta grande esperándole.
Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el sombrero en una silla, preguntó jocosamente:
—¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles?
Todos le miramos con impaciencia.
—Un caballero cuyo nombre comienza con ese.
—¡Sabas!—exclamó Matilde.
Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.
Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo después. Lágrimas en abundancia.
Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida por el ámbito del comedor.
—¡Matilde!... ¡Mis hijos!...—gimió de un modo dramático.
—¡Todos te abandonan menos tu madre!—respondió doña Amparo con acento no menos patético.
Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada. Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica. Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo la justicia que en la tierra se le negaba.
Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición científica y civilizadora a través del Africa central.
Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza asombrosa:
—Necesito ver a Matilde.
Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y severo.
La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal. Nosotros le seguimos ansiosos.
Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir de nuevo. Cristina trató de retenerla.
—¡Déjame!—gritó con rabia—. No quiero verle.
—¡Matilde, por Dios!—exclamó Cristina abrazándose a ella.
—¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído!
Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope. Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación, repitiendo con expresión delirante:
—¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname!
Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente, diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia, trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos, todos sus gestos adorables.
Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas veces lo había hecho su mamá antes que él:
—¿Dónde estoy?
—¡Con tu esposa!
—¡Con tu madre!
—¡Que te adora!
—¡Que te idolatra!
Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al cabo en su esposa gritó con espanto:
—¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!...
Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva. Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir. Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle.
Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y, encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del coche.
—¿Pero te vas?—le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto.
—Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún amigo..... Volveré pronto.
Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche», acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle. Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono, y abrazándola le dijo con acento cariñoso:
—¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación?
Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió a la portezuela del coche.
Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar, manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell, mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara.
Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído, melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura.
¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más disgusto de entregarse a otra mujer.
Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:
—No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.
Cristina volvió a sentarse a su lado.
—Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?—dije sonriendo.
Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa y el corazón henchido de lúgubres presentimientos.