WeRead Powered by ReaderPub
La alegría del capitán Ribot cover

La alegría del capitán Ribot

Chapter 16: XV
Open in WeRead

About This Book

El regreso a puerto de un capitán de mar se despliega en viñetas episódicas que combinan la vida a bordo, escenas en tabernas y encuentros humanos; los episodios van desde percances cómicos hasta gestos de compasión, con descripciones detalladas de comidas, puertos y rutinas marítimas, mientras compañeros y vecinos revelan costumbres sociales y reflexiones sentimentales. La narración equilibra anécdota vivaz y observación sosegada, mostrando la camaradería marinera, las costumbres locales y una corriente melancólica sobre el paso del tiempo y la añoranza. La estructura alterna episodios narrativos e interludios descriptivos que enfatizan el detalle sensorial y el retrato social.


XIII

EL parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva: era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas, inmóviles y amenazadores.

El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban; los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón. Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso.

Pero si la oscuridad infundía tristeza y un vago temor, los aromas, unos suaves, otros penetrantes, que al través de las hojas silenciosas se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la magnolia, íbamos respirando, según caminábamos, mil olores deliciosos. Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume lánguido, voluptuoso del heliotropo consiguió dominar a los demás. Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aquél era su aroma predilecto. No quiso que pasáramos de allí, y nos obligó a sentarnos en un banco rústico para darse un hartazgo, como ella decía. Mas lo grave del caso fué que aquel perfume sutil de amor oriental no tardó en traerle a la memoria la imagen poética de su esposo. Y fascinada por este recuerdo, nos entretuvo largo rato contándonos las particularidades más interesantes de su vida doméstica: a qué hora se levantaba de la cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limón que poco después introducía en su precioso organismo, cuántas tostadas tomaba en el café, los pitillos que fumaba, los paseos que hacía por la casa y hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza.

Como si ésta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de la admiración que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave claridad se esparció repentinamente por la alquería. Volvimos los ojos hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmóviles el disco de la luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos las hojas metálicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas, las cimas de las cañas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables. Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se alzaba serena por la bóveda azul sembrada de oro.

Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le hacía recordar a Sabas, pensó que era necesario prepararle la cama y nos invitó a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche estaba deliciosa; se quedó sola conmigo. No me atreví a representarle la inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo banco.

Sin embargo, no tardó en encauzar la conversación hacia nuestro proyectado matrimonio. Me habló de su equipo. Le preocupaba enormemente si había de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres de éstas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba distraído y caviloso y, sin darme cuenta de ello, respondía de mala gana y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atención consiguió fijarse cuando la niña comenzó a hablarme de nuestra casa, de los gastos que ocasionaría y de los medios con que contábamos para subvenir a ellos. Me sorprendió la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos económicos. Estaba enterada no sólo de lo concerniente al comercio de su padre, sino también de los cambios, descuento de letras, cotización de valores, etc. Por largo rato la oí con pasmo discurrir acerca de las probabilidades de alza de ciertos valores públicos que su padre había comprado recientemente, de la amortización de otros que ya poseía, de la baja repentina de las acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos, de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba. Aquella erudición financiera no me causó agradable impresión. Comprendía la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi temperamento nada práctico y más aún con la idea que me había formado de aquella criatura. Parecía caso maravilloso que palabras tan viejas saliesen de labios tan juveniles.

No paró aquí al cosa. De una en otra, y con extraña habilidad, llegó la niña a averiguar exactamente mi capital. No tenía por qué ocultarlo. A la primer insinuación se lo manifesté con entera claridad: una casa, pocas tierras y algunas acciones en la Compañía a cuyo servicio había estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita quedó pensativa un instante.

—No es mucho—dijo al cabo con cierta inflexión antipática de voz, que yo no le conocía.

Y después de una pausa añadió con sonrisa forzada:

—Mi padre te creía mucho más rico.

—Pues ya ves cómo se ha equivocado—respondí con sonrisa más forzada aún—. Casi siempre nos equivocamos respecto a los demás, unas veces creyéndolos más ricos... otras creyéndolos más nobles.

Todo estaba dicho ya. Sentí una repugnancia enorme, invencible, casi pudiera llamarla asco. En un instante quedó formada mi resolución. Por todos los tesoros de la tierra no me casaría con aquel mercachifle de perfil angelical.

Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como nunca.

Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien, pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante, inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida, la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros oídos.

—Todo es preferible ya...

Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente. Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza, callé y me mantuve quieto.

—Quizá usted califique—decía Castell—mi paciencia de algunos años, mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud?

—Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí...

—Ya lo conoce usted—interrumpió Castell—. No puede ser más lisonjero. No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más interesantes y dignos de admirarse.

Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras:

—Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con honor y tranquilidad.

Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas. Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón. Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción.

—Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará.

—Es bien poco decir—replicó Cristina con acento sarcástico.

—Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo, ¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes, los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el día penetra en mi espíritu...

—Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura!

—La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor ¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre delante de una mujer, por miedo a la conciencia.

—Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y concluirá... ¡vaya si concluirá!

—¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza más con ser terca que virtuosa.

—¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.

—Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto, envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.

—Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.

—¿Está así decretado?—pronunció él con entonación burlona..

—Sí; está así decretado—respondió ella con acento colérico.

Hubo una pausa.

—¿Y no tiene usted miedo—profirió él al cabo con lentitud—que acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más espantosa?

—No; no tengo miedo—replicó ella con fiero orgullo.

—Hace usted bien: yo no me vengaré aunque...

—Puede usted hacerlo cuando guste—interrumpió ella impetuosamente—. Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta».

—¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!—exclamó Castell.

—¡Sí, prostituta!—profirió ella recobrando la firmeza—. Porque es igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.

—Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma; que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por entregas de los que excitan la cólera de las modistas.

—Concluyamos; yo no puedo estar más aquí—dijo ella.—Al mismo tiempo pude observar que se ponía en pie.

—Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla, no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen. Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón que usted ha ultrajado tanto.

—Está bien. Adiós.

Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla.

—¡Suélteme usted!

—Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece. Déjeme usted besar esos ojos incomparables.

—¡Suélteme usted!—repitió ella con energía y forcejeando.

—He renunciado a todo—dijo él con enérgico tono también, aunque reprimiendo la voz—; pero le juro a usted que no renuncio a este beso aunque me costase la vida.

—¡Suélteme usted, o grito!

—Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo estoy.

En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el hombro.

—¡Qué es eso!... ¿Quién va?—exclamó dando un salto que le apartó largo trecho de Cristina.

—No hay que asustarse; soy yo.

—¿Y quién es usted?—replicó sacando un revólver y apuntándome.

—Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores.

—Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un látigo sería más adecuado que un revólver—profirió con acento sarcástico.

—Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la conciencia humana.

—¡Miente usted!—exclamó avanzando hacia mí frenético.—Usted nos estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?

—Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro—repliqué con calma—. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.

Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador por el mío, me gritó:

—Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra...

En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado, pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta.

Una voz sonó en mis oídos.

—¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un cualquiera.

Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí, ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras.

—Muchas gracias—le dije sonriendo.

Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una mano y le sacó de la glorieta.


XIV

CRISTINA estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me acerqué a ella.

—Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme.

—Ha hecho usted bien; gracias—murmuró sin cambiar de actitud.

Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó:

—¡Vámonos! ¡vámonos!

Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio. No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar. Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente con Castell.

Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento allí.

El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o amenazadoras.

Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos silenciosos largo rato.

—Cuando por primera vez—dije al cabo—tuve el gusto de entrar en su casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad, dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también asomar la cabeza de la serpiente?

—No lo dudo—respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por los cristales.

—Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes! Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio me inspiran no puede ser más sincero.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró.—No era posible.

—No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza. Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón...

Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.

—Por lo que he oído—le dije después de una pausa—, Castell tiene medio de hacerles a ustedes daño.

—Nuestra fortuna entera está en sus manos.

—¡Cómo!

—Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos bien ruinosos.

—Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus obsequios.

—Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de la empresa de vapores.

—Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un momento se abstendrá de apoderarse de ella.

—No lo sé.

—Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma, profirió con voz sorda:

—El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse, acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.»

—¡Qué insolencia!

—No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla. ¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o mal!

—¿Y usted no le trataba antes íntimamente?

—Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la boda.

—La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y dándole poder para causarle todavía algunos disgustos.

No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí sus grandes ojos con interés:

—Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.

—¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy entrañable.

—Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella?

—Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar.

Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su frente aquella temida arruga de marras.

—No, Cristina, no—me apresuré a decir con vehemencia—; le ruego que no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.

El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de asombro.

Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios.

—Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un principio imaginé. Vale más así.

Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con tanto respeto como efusión.

En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó delante diciendo:

—Buenas noches.

Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.

—¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado—dijo aquélla recobrándose instantáneamente.

—No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta por el jardín. Oí ruido de conversación y entré.

A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud.

—La noche está muy hermosa—siguió, comenzando a pasear por la habitación con las manos en los bolsillos—. El mes de septiembre no le ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama.

Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.

Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una tristeza ansiosa.

Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano sobre el hombro:

—Vámonos ya a casa.

—Como tú quieras—respondió él secamente.

Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.

Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la marquesina de cristales que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.

—Vaya—les dije con afectada indiferencia—, ustedes a la cama y yo a la ciudad.

—¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?—preguntó tímidamente Cristina.

—No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas noches.

Fuí a dar la mano a Emilio.

—No—me dijo con inusitada gravedad—; voy a acompañarte hasta la puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.

Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para indicarle que podía fiar en mí.

Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:

—Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se afianza con la gratitud.

—Tienes razón—respondí—. Hasta ahora he procurado cumplir con esa obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu honor. Entiende sin embargo, que Cristina...

—No hablemos de Cristina—interrumpió clavando sus ojos en los míos con firmeza—. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.

—Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.

No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz temblorosa:

—Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he disfrutado.

—Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo—respondí—. Mañana a primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún día necesitases de mí, para todo me ofrezco.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró conmovido.

Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la mano, y sin extenderle la mía salí al camino.

—Adiós, Martí—le dije volviendo la cara—. ¡Dios te haga tan feliz como lo has sido hasta ahora!

—Adiós, Ribot. Muchas gracias.


XV

LA puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.

A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.

La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal, mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también, reverberando la luz de la luna.

La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel protegiendo aquella ciudad afortunada.

Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento. No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma. Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto, sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había temido.

Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento imperioso al cochero:

—¡Para!

Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:

—Buenas noches, don Julián.

Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al bolsillo, exclamó:

—¡Si es una agresión, cuidado!

—No; no es una agresión—repuse yo levantando la mano en señal de paz—. Es que quiero hablar con usted.

—Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé—dijo orgullosamente.

—Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento—repliqué.

Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la portezuela y dijo fríamente:

—Entre usted.

Me coloque frente a él. El carruaje partió.

—Deseo saber—pronuncié al cabo de un momento—si ha sido usted quien avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.

Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:

—No entiendo lo que usted me dice.

Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:

—Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver jamás.

—Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de siempre.

—Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.

—¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?—preguntó en el colmo de la sorpresa.

—Sí, señor.

—¿Y por qué ha hecho usted eso?

—Por gusto.

Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:

—Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»

La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a poco una sonrisa.

—Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad sobre la tierra que poseer lo que se desea.

—¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?

Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:

—Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.

—¿No hay bien ni mal entonces?

—En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando alegremente.

—Pero nosotros tenemos conciencia.

—La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares más bellos y más nobles de la humanidad.

—Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad—repliqué con acento irónico—. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su propia mujer y no con la de otro?

—¡De otro!... ¡de otro!—pronunció sordamente—. Una convención como todo lo demás.

Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.

—La virtuosa Draudpadi—comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos del paisaje—, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. ¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.

—¡Que termine como quiera!—exclamé con ímpetu—. Ahora y siempre el causar voluntariamente un dolor será pecado.

—No sea usted niño, Ribot—repuso con suficiencia irritante—. No hay más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.

No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras casas de los arrabales.

—Tenga usted la bondad de hacer parar—dije—. Me quedo aquí y mañana saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis enemigos. Pare usted.

Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo fríamente:

—No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del mundo que les rodea.

El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.

—Adiós, Castell—le dije sin darle la mano—. Siga usted hacia esa región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste pero más honrada.

Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí dulcemente apretando estas hojas en la mano.


XVI

OTRA vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz baja la despedida de El Grumete: