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La alegría del capitán Ribot

Chapter 6: V
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About This Book

El regreso a puerto de un capitán de mar se despliega en viñetas episódicas que combinan la vida a bordo, escenas en tabernas y encuentros humanos; los episodios van desde percances cómicos hasta gestos de compasión, con descripciones detalladas de comidas, puertos y rutinas marítimas, mientras compañeros y vecinos revelan costumbres sociales y reflexiones sentimentales. La narración equilibra anécdota vivaz y observación sosegada, mostrando la camaradería marinera, las costumbres locales y una corriente melancólica sobre el paso del tiempo y la añoranza. La estructura alterna episodios narrativos e interludios descriptivos que enfatizan el detalle sensorial y el retrato social.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.

Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.

Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:

—Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?

—Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.

—¡No podía menos!—exclamó en tono triunfal—. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.

La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.

Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.

—¿Y qué me dices de la baja del cacao?—prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.

Martí se contentó con alzar los hombros.

—Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte—añadió con creciente altivez—. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de guayaquil me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»

—Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato—se atrevió a manifestar Martí.

—¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos podido llegar donde nos hallamos.

En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente gallego.

—Buenas noches nos dé Dios.

—¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...

Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:

—No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.

Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, profirió con profunda convicción:

—No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...

A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.

—No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. Aquí está un marino—añadió señalándome—que ha viajado mucho y puede certificarlo.

Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.

—Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento—siguió Retamoso en tono exageradamente adulador.—¿No lo sabe todo el mundo en Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... ¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!

—Diga usted, Ribot—manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la admiración de que estaba poseído,—en tanto puerto como usted ha visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los hombres para los negocios?

—Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.

—¿Cómo es eso?—exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.—¿De modo que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, sin instruirse?

—Que se instruya si quiere—repliqué yo;—pero, en mi sentir, la mujer no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...

—¡Eso! ¡eso!—interrumpió Retamoso con entusiasmo.—Esa ha sido siempre mi opinión... Isabelita—añadió dirigiéndose a su hija,—¿no te he dicho mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?

Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.

—No entiendo lo que usted quiere decir—manifestó D.ª Clara con cierta acritud.

—Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas ¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.

—Eso es más galante que exacto—interrumpió Castell con su firmeza impertinente—. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.

—Tendría usted razón—repliqué—si la única fase del progreso fuese la de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el verdadero fin del mundo.

Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:

—Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al mundo.—Y elevando la voz añadió:—He tratado a muchos hombres en la vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le va pisando.

Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su pensamiento.

Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir los pensamientos.

Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.

—¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado Sabas?

Todos le miramos, incluso el interesado.

—Pegar botones.

—No sé por qué dices eso—murmuró aquél de mal humor echando mano a la pipa.

—¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.

Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.

—Que lo diga ella—añadió Martí.

—Sí; se le caen bastantes—dijo la regordeta dama riendo.

Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.

—Se le caen como a todo el mundo—interrumpió D.ª Amparo desde su silloncito de raso encarnado—. Los botones no son eternos, y creo que mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de que le cosan los botones.

Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de un delito.

—Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con nosotros—repuso Martí.

—Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se muera su madre no tendrá quien le defienda...

Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro que hacía pucheros para llorar.

—¡Pero mamá!—exclamó su yerno.

—¡Pero mamá!—exclamó su nuera.

Ambos se mostraban pesarosos y consternados.

—Tal vez sea pasión de madre, hijos míos—siguió D.ª Amparo pugnando por no llorar—; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...

El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.

Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba tranquilamente su pipa.

Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido infraganti de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella con acento malhumorado:

—Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.

Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.

—¿Has dado orden para que traigan café frío y cognac?

—Sí, sí, Regina queda encargada de todo—respondió con alguna impaciencia, tirando de la mano y marchándose.

Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:

—Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.

—¡Ha visto usted!—exclamó riendo del modo franco y cordial que le caracterizaba—. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo; hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.

Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido, etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara, majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió. Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en gallego:

—Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh! ¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera maravilla! ¡Phs!...

Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.

Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.

Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata del Don Juan de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de dónde me hallaba.

Martí me sacó de él bruscamente.

—Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.

Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.

—Si usted necesita algo—me dijo Cristina—no tiene más que sonar el timbre.

Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.

—Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.

Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de felicidad.—¿En qué pararía aquello?—volvía a repetirme.—Al fin me dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.


V

ACOSTUMBRADO a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de vuestro cielo.»

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes resultados; pero estaba seguro de lograrlos. “En cuanto tenga agua,—me dijo riendo—pienso venderla por copas como el Jerez.” Se expresaba de un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus viajes, famosa en España y en el extranjero.

—Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?—concluyó por decirme guiñando un ojo—. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de nuestro país, y si no hago más—añadió riendo—, crea usted que no es por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

—¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?—le pregunté.

—No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza en mí.

—Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara también participa del mismo temperamento—le dije para satisfacer la curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

—Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría a cogerlo.

—Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón de los negocios.

—Sí, sí—respondió Martí sonriendo, un poco cortado—. No dudo que mi tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:

—Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro que su número y variedad.

—Vea usted este palasan; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

—Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.

—Hace bien; ahora estamos ocupados—respondió con solemnidad el padre, despidiendo al niño con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso, y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

—¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

—Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa—respondió ella humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su humillada esposa:

—No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

—No sé cómo se me pasó—balbució ella—. Lo eché de menos al limpiar la ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.

—Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o menos?—profirió él con sonrisa sarcástica.

—Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

—¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón... Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla agradable con la planchadora?

—¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!—profirió ella con angustia.

—¿Te he dicho algo?—gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

—¿Cómo he de ser, di?—siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:

—Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.

Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma, y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su habilidad.

Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar en sus ojos algunas lágrimas.

Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa, arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que parecía transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto amenazador:

—¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer, queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y despegadísimo papá.

Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos con los dedos al bigote.

Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme: «¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede hacerse todos los días!»

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer; pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y entramos en un café de la plaza de la Reina.

Mientras paladeábamos una copa de vermouth, Sabas se mostró locuaz y expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. ¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su padre.

Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa que por él sentía. “Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso le hace”.

—Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios cuando lo necesitaba—apunté yo.

—Sí, sí—contestó riendo sarcásticamente—, no dudo que le facilitará dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.

No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se debían sonsacar. Sabas prosiguió:

—Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

—También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.

—¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un escritorio.

—Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para los negocios.

Sabas soltó una carcajada.

—¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.

Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de sus costumbres, de la política y la administración que regían en la provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el análisis y bastante severo.

Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus Torres de Serranos, entre cuyas almenas se cree aún percibir la silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.

Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas filletas! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!

Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.

—Es usted popular en el mercado—le dije, riendo.

—Soy un buen parroquiano nada más—me respondió con modestia.

Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos situamos.

—Este es punto estratégico—me dijo—; verá usted cuántos talles salados desfilan en cinco minutos por aquí.

En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.

Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos, impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.

Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell. No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.

Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.

—¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!—manifestó la hija de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.

Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.

—Vaya, prima—respondió Sabas—, ya sabes que por lo menos a tí no te he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.

Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:

—Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el ojal?

—¿Por qué no?—repuso ella.

Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se lo colocó donde pedía.

Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con aquella mujer dije entonces:

—¿Y para los demás no hay nada?

—¿Quiere usted?—me preguntó alargándome uno sin mirarme.

—No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal—repuse con firmeza.

Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer las hubiera besado!

—¿Y yo no entro en turno?—dijo entonces Castell inclinándose con amable sonrisa.

—¡Ea, basta ya de clavelitos!—replicó ella con mal humor saliendo por la puerta.

—He llegado tarde—murmuró el banquero algo confuso.

—¿Quiere usted uno mío?—le preguntó tímidamente Isabelita.

—¡Oh, con placer infinito!

Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

—Este cuñado de Martín—dije a mi compañero—me parece un muchacho de entendimiento despejado.

—Es un crítico—respondió Castell lacónicamente.

—¿Cómo un crítico?—pregunté yo sorprendido.

—Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.

—¡Buen panegírico!—exclamé riendo.

—El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos llamar vicios públicos, sino privados.

Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que le caracterizaba:

—Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

—¡Mil pesetas!—exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:

—¡Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

—Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.

—¡Ah, se lo has regalado tú!—Y volviéndose a Castell:—Pero, Enrique, ¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento concentrado:

—¡Por eso eres !

Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

—De sobra sé—manifestó Castell con la misma indiferencia—que hay cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

—Pues yo no lo encuentro tan remoto—dijo Sabas—. Me parece que el dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.

—¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.

Sabas se lo tapó con las manos.

—Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

—Aquí están—dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa.

—Ahí va—repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y juró que en su vida le daría otra flor.

Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva como antes.

Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. Aquél me hizo prometer una visita más larga.

—Después del viaje pendiente—le respondí—tengo pensado solicitar de la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o quince días con ustedes.

—Veremos si es usted hombre de palabra—replicó apretándome la mano cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.


VI

IGNORO qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un verdadero absurdo.

Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el afectuoso y cordial de su marido.

Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.

Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba en igual moneda.

Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.

Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de advertir ni la más leve, y esto me bastaba.

A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.

El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.

Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, por todos sus ademanes y movimientos.

Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por su alma bien lo adiviné.

Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos despacio hacia allá.

Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel delicioso campo tapizado de flores donde las blancas barracas parecen palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco sombrero de paja.

Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.

—Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a mis órdenes ese personal.

—Me parece bien la idea—respondí distraído en la contemplación de la hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

—¡Ya lo creo que lo es!—exclamó Martí con énfasis.—Pero estas ideas, amigo Ribot—añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los hombros,—sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido práctico y la vocación de los negocios.

—Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

—Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi estas otras observaciones.

—Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

—¿Qué es esto?—pregunté sorprendido.

Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso:

—Nada... una fábrica de piedra artificial.

—Pero, al parecer, no funciona.

—No.

—¿A quién pertenece?

—Es mía.

—¡Ah!

Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:

—¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso una piedra y reconócela.

La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una pizca más de atención.

Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles elevados de sus vapores.

Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas y jarrones.

Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.

—La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice poner su nombre sobre la puerta.

Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.