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La alegría del capitán Ribot

Chapter 9: VIII
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About This Book

El regreso a puerto de un capitán de mar se despliega en viñetas episódicas que combinan la vida a bordo, escenas en tabernas y encuentros humanos; los episodios van desde percances cómicos hasta gestos de compasión, con descripciones detalladas de comidas, puertos y rutinas marítimas, mientras compañeros y vecinos revelan costumbres sociales y reflexiones sentimentales. La narración equilibra anécdota vivaz y observación sosegada, mostrando la camaradería marinera, las costumbres locales y una corriente melancólica sobre el paso del tiempo y la añoranza. La estructura alterna episodios narrativos e interludios descriptivos que enfatizan el detalle sensorial y el retrato social.

—La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le conviene—añadió riendo.

Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.

—¿Qué es aquel barracón?—pregunté herido desagradablemente por la vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines del parque.

—Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza—respondió secamente Martí.

Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.

—Pero, ¿no has llegado a fabricarla?

—Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me obligó a gastar bastante inútilmente.

Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.


VII

CUANDO llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la elegancia del pabellón Cristina (creo que en este punto insistí demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí toda la vida.

—¿En el pabellón Cristina?—preguntó con sonrisa irónica Castell.

—¿Por qué no?—respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.

—Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la mano elegida por mí.

Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

—Pues yo, como no soy tan sibarita...—repliqué riendo—, no pongo condición alguna.

Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.

—¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a nuestro individuo físico y moral.

—Yo no he hallado como tú—concluyó diciendo atrevidamente—, entre tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si cuando tú o antes que tú (recalcó de un modo particular estas palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa de su íntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:

—Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! ¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!

Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con imponente severidad.

Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, bromeando:

—Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?

Ésta sonrió en señal de asentimiento.

—¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!

Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.

—¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!—exclamó con graciosa mueca de enfado.

Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los días.

—No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del Siglo?—manifestó su hermana riendo.

—¡No es eso, hija mía!—exclamó picado el elegante—. Ya sabes que no soy muy sensible a los recreos campestres.

—Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en una atmósfera de humo de tabaco.

Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.

—Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre le han hecho daño al estómago.

—¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!—exclamó con afectada amargura el crítico.

—¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en el Círculo, con manzanilla y champagne.

Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de imponer los nuestros a los demás. “Todo el mundo tiene derecho a ser feliz a su manera”, dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para incomodarse.

—Lo que sí le ruego—concluyó diciendo—es que, ya que él no sea de la partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.

Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, dijo sonriendo malignamente:

—Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones que coser...

—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.

Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su mujer nos regalaba con altramuces y cacahuets o nos servía algún refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, me veía rodeado de mis marmitones y marmitonas, a quien despóticamente comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a olvidarme de que estaba enamorado.

Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal que las sazonaba.

Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:

—Ponga usted el dedal en aquel cestito.

No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.

Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como una melodía que se extingue pianissimo. Pues bien, como si tuviera la facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.

Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía inflexible.

De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:

—No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.

Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz alta:

—Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y echarme un poco de agua.

Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.

Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su galerita o su familiar. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.

Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos inocentes no pestañeaban.

La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.

Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.

¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo cariñosamente:

—Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.

—Gracias! ¡Gracias!—murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y moquear.

Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la cabeza y dijo sonriendo:

—¡Pobre mujer!

Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:

—¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y le proporciona muchos disgustos.

Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:

—Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?

—No, hija mía—respondió Martí ruborizándose un poco.

—No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.

—Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita se arrugue tanto—replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.

Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.

—Ya sabes—dijo al cabo con firmeza—que yo jamás me he opuesto a tus esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... Además—añadió bajando más la voz y temblando un poco—, hoy no tenemos grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...

—¡Ya lo creo que podemos!—exclamó Martí soltando la carcajada—. Me parece que la primera no tardará muchos días en llegar.

Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima de los hombros, le dijo:

—Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes la impresión que esto me produce.

Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su emoción, salió precipitadamente de la estancia.

—¡Probrecilla!—exclamó Martí, riendo otra vez—. Tiene mucha razón. Sabas es un majadero.

—Ha jugado, ¿verdad?—pregunté yo animado por la confianza que me otorgaban.

—Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.

—Bajo su palabra... y bajo tu garantía—apunté yo.

—Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. Tiene una madre demasiado blanda.

—Y un cuñado demasiado bueno—pensé.

Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.

Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la estancia.

—¿Dónde estará mi pañuelo?

Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo su labor en silencio.

Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil toneladas.


VIII

POR la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía. En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba y la dama joven.

Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y vino a reunirse conmigo.

Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse directa o indirectamente con la ruleta.

—¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?—me preguntó de pronto con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.

—Sí, la he visto.

—¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza?

-También.

—¡Mejor negocio aún! ¿verdad?

Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas.

—Eso rezará con otros, no con mi cuñado—respondió con gravedad sarcástica—. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es un genio práctico, esencialmente práctico.

—A mí me parece un hombre muy inteligente—manifesté con cierto embarazo.

—Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo Castell un genio teórico.

—En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco—repliqué sonriendo para desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto.

—Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que tenemos en Valencia.

Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él.

—De todos modos—le dije apretándole la mano—, no cabe duda que Emilio es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.

—Convenido—respondió él devolviéndome el apretón—; pero confiese usted que no le vendría mal un poco de sentido común.

Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana. Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté.

¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo, martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me clavaba ahora las uñas de un modo intolerable.

Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno, tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que, conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más abiertos.

Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme; pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre.

Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada.

Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún secreto, le dije:

—Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene usted.

Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor.

Después de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo derecho a reirme de César, de Alejandro, de Epaminondas y en general de todos los héroes de la antigüedad pagana. Por lo menos yo vivo en la íntima persuasión (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera devuelto el pañuelo.

Volví de nuevo al grupo y seguí charlando con animación, quizá con demasiada animación. Mi alma estaba profundamente turbada y debo declarar, ya que estas memorias son una franca confesión, que, aunque orgulloso de mi heroísmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce contento que al decir de los moralistas acompaña siempre a las buenas acciones.

Almorcé con ellos, fuimos después al Cabañal y se pasó la tarde con la misma alegría de otras veces. Pero la mía era aparente. Cuando me cansaba de disimular o me distraía, seguro estoy de que debía de mostrar una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupación. Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar en ello. Por la noche ¡loado sea Dios! tuve ocasión de soltar la llave a los pensamientos que embargaban mi espíritu y desahogarme un poco.

Sucedió que Martí había sacado de su librería las obras de Larra y nos leyó por pasar el rato uno de sus artículos más deliciosos, titulado El castellano viejo. Todos reímos y celebramos el donaire y el ingenio de aquel gran escritor satírico. Con este motivo hablamos de su vida y de su trágico fin en lo más florido de la juventud, pues aún no contaba veintiocho años cuando abandonó voluntariamente este mundo.

—¿Y por qué se mató?—preguntó Matilde.

—Por lo que suelen matarse los hombres—respondió Martí—, por una mujer.

—¡Ya lo creo! ¡Cuando no se matan por dinero!—exclamó la joven haciendo un mohín de enfado.

—Esos son los que no han perdido por completo la razón; pero hay muchos más de los primeros—replicó aquél riendo.

—Muchas gracias. ¿Y era casada o soltera la interesada?

—Casada. Se dice que mantenía relaciones ilícitas con ella estando el marido ausente, que éste anunció su regreso y que ella entonces, arrepentida o temerosa, le significó su resolución de cortar aquellos comprometidos amores. El dolor de Larra fué tan vivo que, no pudiendo sufrirlo, se dió un tiro.

—Pues ella ha hecho muy bien y él ha sido un tonto en quitarse la vida teniendo tan pocos años y habiendo en el mundo tantas mujeres en que escoger para casarse.

—Era casado ya—replicó Martí.

—¿Era casado?—exclamaron a un tiempo y con indignación las mujeres.

—Y con varios hijos.

—¡Entonces que le ahorquen...! ¡Que le degüellen...! ¡Que echen a la basura a ese pillo...! ¡Vaya un chasco!

El furor de las damas nos dió que reir. No faltó quien hizo observar que ella también era casada y que este detalle no parecía haberles irritado tanto.

—Porque las mujeres son unas criaturas débiles... Porque las mujeres no van a buscar a los hombres... Porque se las engaña con palabritas de miel... Porque se excita su compasión fingiéndose locos y desesperados.

—Tienen ustedes razón—dije yo entonces para calmarlas—; el que resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya, que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de que hablábamos, mi opinión es que Larra dió más pruebas de egoísmo suicidándose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a esa mujer, habría respetado su arrepentimiento, la habría considerado por él más digna de adoración y habría encontrado en su propio corazón y en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un español insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su querida por las cualidades amables con que el cielo la había favorecido; lo que amaba en ella era su propio placer.

Las señoras aprobaron con alegría mis palabras. Esto excitó la susceptibilidad sapientísima de Castell: o tal vez cediendo únicamente al constante anhelo de instruir a sus semejantes, creyó indispensable el echarse hacia atrás en la silla y apuntándome con su dedo meñique resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofía.

Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos psicológicos, biológicos y sociológicos: todo para venir a parar a aquello de que “el hombre está encadenado fatalmente a sus propias sensaciones”, que “no existe otro motivo verdadero más que el placer”, que “el mundo es una batalla sin tregua”, que “la lucha es condición imprescindible para la conservación y sostenimiento de la gran máquina del universo”, etc.

—Sin ella, amigo Ribot—terminó diciendo—, volveríamos al seno de la materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la única garantía de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusión, intenta suprimir el antagonismo de los seres ataca la raíz misma de la existencia y pretende violar la más sagrada de sus leyes.

—¡Oh, sí!—exclamé yo con exaltación—. Seré un loco, pero declaro que sentiría placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme una mañana con ánimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devoción infatigable: el más grande se merienda religiosamente al más pequeño. Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la gran máquina del universo no sufrirá avería. Pero, lo confieso ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los cuales los animales acuáticos nos llevan ventaja a los terrestres. Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he preguntado: “¿Será posible que los hombres estemos obligados eternamente a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de mí? ¿No llegará un día en que renunciemos de buena voluntad a ella? ¿En que la compasión prepondere sobre el interés, y el dolor que causemos no sólo a un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga irresistible?”

—¡Sueños nada más! No es usted el primero que se ha mecido en esa quimera.

—¡Soñemos, pues, entonces!—proferí con arranque lírico de que no me suponía capaz—. Soñemos que esa triste realidad no es más que una apariencia, una horrible pesadilla de la cual quizá el espíritu humano despertará algún día. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un mundo mágico y camine dentro de él acompañado del amor, de la amistad, de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida. Porque la vida, señor Castell, por equilibrada y fisiológica que sea, cuando la imaginación no se encarga de embellecerla, es cosa insípida y triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra, a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aquí mi voz no pudo menos de alterarse), no trataré pérfidamente de arrancarla al cariño de su marido para conquistar el placer, no la alegría. Tampoco me abrasaré el cerebro aterrando sin piedad a los míos. Trataré más bien de sacar partido de mi pobre imaginación, como el gran Petrarca lo sacó de la suya divina; la amaré; guardaré su imagen en el fondo del corazón; la rendiré culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro amor, adquirirá elevación y nobleza.

Desde el comienzo de nuestra conversación había sentido los ojos de Cristina posados sobre mí. Ahora la vi volverse con presteza hacia el piano para ocultar su emoción. Doña Clara, Matilde, Isabelita, aplaudieron. Emilio, riendo, me echó los brazos al cuello.

—¡Qué calor! ¡Qué entusiasmo, capitán! Yo soy un hombre esencialmente práctico y no puedo menos de dar la razón a Enrique; pero de todos modos, tú dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es más raro, sabes decirlas muy bien.

Así era la verdad, pese a mi modestia. Fué la primera y única vez en mi vida que me sentí orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendría inconveniente en dar en este Centro una conferencia sobre el porvenir de la raza latina u otro tema más amplio todavía.


IX

DESDE aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes. Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a entender que estaba satisfecha de mí.

Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella entonces dice con aparente indiferencia:

—Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.

Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con más indiferencia aún.

—Gracias—dijo secamente, sin mirarme.

No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí tranquilo y dichoso.

Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.

—¿Quién es esta chiquilla tan simpática?—pregunté contemplando el retrato de una niña de diez o doce años—. ¡Vaya unos ojos hermosos!

—¿No la conoce usted?... Es Cristina.

—¡Áh!—exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había puesto encarnada.

—Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?

—Ya lo creo—respondí tímidamente.

—Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito desplumado!—exclamó la interesada riendo.

—¿Como un pajarito?—profirió su madre con indignación—. Estabas remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.

—Señora—murmuré algo confuso—, indudablemente era muy bonita en aquella época...; pero creo que ahora vale más.

Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus habitaciones.

Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para mirarme más a su gusto.

—Ribot—pronunció en voz baja.

Me creí con derecho a hacerme el sordo.

—¡Ps! Ribot.

—¿Qué decía usted, señora?—respondí fingiendo salir de una gran distracción.

—Míreme usted a la cara.

—¿Cómo?... No entiendo.

—Que me mire usted a la cara.

Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.

—Ahora, acerque un poco la silla.

La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré, sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga contemplación dijo:

—Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.

Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde, azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de algunos segundos.

¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he pensado!... ¡Qué idea!...

Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación era tan grave que a la verdad...

Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora, volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan monstruosa.

—¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida estimación, etc., etc.

—Todo eso está muy bien, Ribot—manifestó doña Amparo mientras aspiraba con ansia por la nariz las sales de su frasquito—. Pero eso no impide que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.

—Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...

—Vamos, confiéselo usted—me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y mirándome con semblante risueño y malicioso—. Aquí no hay nadie que nos pueda oir.

—¡Señora, por Dios!

—¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!

Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.

Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.

—Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina como lo está Castell hace tiempo...

—En cuanto a ése...—dije yo viendo el postigo abierto para escapar.

—Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le prefiero a usted.

Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?

—¿Verdad que Cristina es muy guapa?—prosiguió con la misma ligereza—. ¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...

—¡Señora!....

—No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso! ¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más pequeño disgusto.

—Por mi causa no lo tendrá, descuide usted—me aventuré a decir.

—Eso le honra a usted, Ribot—replicó apretándome la mano—. Es usted muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell—añadió sonriendo dulcemente—. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?

—¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va usted a dispensarme si me retiro.

—¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede desahogar su pecho?

—Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora no podría decir nada razonable.

—¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot—manifestó doña Amparo apretándome con efusión una mano entre las dos suyas—. Es usted como yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno, de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.

En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.

—Francamente, Ribot—prosiguió con arranque.—Si fuese posible que Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a interceder por usted.

—Gracias, gracias—murmuré apretándole la mano antes de desasirme.

—Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa porque...

Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro.

Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico, irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera, mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la alcahuetería, de haber nacido para Celestina. Sin embargo, poco a poco me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer. Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer término, de su falta de criterio; después, de su temperamento irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia entre las manos que la prodigaban caricias.

Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería muerta de vergüenza.

Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio, que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor. Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos. Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas, amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería, a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos, comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él le animaba.

Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del balcón, hojeaba un libro.

Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero ¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio. Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba.

En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil, con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía, envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro para quien los demás seres creados representasen menos.

Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo, detuvo a Castell en su paseo.

—Quieras o no, al fin entrarás en este negocio—le dijo siguiendo la broma.

—Ya sabes que yo no sirvo, Emilio—repuso el otro con sonrisa tranquila y protectora.

—Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración. Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a ratos, y a ratos echarás bendiciones.

Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que arrojó en el cesto de los papeles rotos.


X

NUESTRO paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de Tonet, donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este Tonet, verdadero moro por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina. Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su música promovía.

Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar. El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica. ¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático. Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas, luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.» «Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.» Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método, de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con celeridad vertiginosa.

La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me concernía directamente.

—Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?—me preguntó después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una mirada escrutadora.

Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.

—¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es incompatible con los placeres de la familia.

—Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y disfrutar de una vida confortable—replicó con la gravedad y aplomo que imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.

¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho más de lo que sabía.

Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa, sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.

—¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?—me dijo súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.

Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.

—Sí—prosiguió el crítico—; mi prima es una chica muy linda, muy modesta y además le admira a usted extraordinariamente.

—¿Me admira?—exclamé estupefacto—. ¿Y por qué me admira?—añadí cándidamente.

Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.

—Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.

—No me ha entendido usted—repliqué yo picado—. Quiero decir que no reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a Castell.

—No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta. Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre. Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa? En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...

Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia, afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto, embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de cronómetro.

Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me preguntó en voz baja:

—¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?

—No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.

—¡Qué lástima!—exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano cariñosamente sobre el hombro añadió:—¿Sabes, pícaro, que nos íbamos acostumbrando a ti?

Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo, contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a decirme casi al oído:

—Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga en ella el orden y el bienestar?

—Soy viejo ya—respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma—. Tengo treinta y seis años.

—Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y agilidad eres un muchacho... Yo conozco—añadió echando una mirada maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita—una niña de diez y ocho abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de la ciudad.