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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 109: XXVI.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

XXV.

Pasaron otros siete años, durante los cuales se multiplicó la riqueza de los dos esposos.

Leila por medio de su ciencia hacia que siempre apareciese para ella jóven y buen mozo Abraham, y que ella pareciese á Abraham hermosísima; pero no sucedia lo mismo con los estraños.

Leila, en verdad, aparecia cada vez mas hermosa; pero Abraham, gastado por los placeres y por los licores, parecia ya un viejo decrépito, cuando en realidad era aun jóven.

Al ver las gentes tan solícita y tan enamorada á la hermosísima mercadera de su viejo marido, se maravillaban y decian:

—Ese hombre debe de haber dado á su muger hechizos para que le ame de tal modo.

Y las gentes no sabian que el hechizado era Abraham.

Porque Leila parecia la mejor muger del mundo, con sus grandes y dulces ojos de gacela y su alegre sonrisa.

Pasaron aun siete años.

Centuplicóse el caudal de los esposos.

Jamné era ya un hermoso mancebo y un terrible mago, y su hermana Zelpha una hermosa niña de siete años, que parecia haber nacido de una sonrisa de la aurora.

Al cumplirse los siete años de la vida de Zelpha, Jamné empezó á amarla con un amor incestuoso y maldito.

Zelpha estaba crecida de una manera maravillosa.

Parecia una muger.

Y Leila se complacia en el amor de Jamné hácia su hermana.

Esta no habia llegado aun á la edad del amor, y aunque su madre la enseñaba la mágia y la astrología, su corazon aun no habia hablado.

Se acercaba el dia en que se cumplia el tercer periodo de siete años, desde el dia en que habia nacido Jamné.

Las riquezas de los esposos habian llegado á una suma maravillosa.

La hermosura de Leila, en vez de amenguarse, habia crecido.

Abraham estaba decrépito para las gentes; pero cada dia mas fuerte y mas hermoso para Leila.

Jamné era un mancebo hermoso, sabio, valiente, y amaba cada dia mas á su hermana.

Zelpha era una doncella hermosísima; tan hermosa como su madre, y soñaba ya con su primer amor.

Pero aquel primer amor no era para su hermano.

Era para un hombre soñado.

Todos envidiaban á Abraham, que era tan rico y que tenia una muger tan hermosa y unos tan hermosos hijos.

¡No sabian á qué precio pagaba Abraham aquella felicidad!

XXVI.

Una noche velaba sola é impaciente Leila en su retrete.

Estaba sola porque habian venido á llamar á Abraham para curar al califa, que se habia puesto enfermo, y de quien seguia siendo médico.

Estaba impaciente porque Abraham tardaba y no sabia vivir sin él.

De repente Leila oyó ruido cerca de la habitacion, y su alma se inundó de alegría, porque creyó que era Abraham.

Se levantó del divan y corrió á la puerta; pero al llegar á ella retrocedió aterrada y dió un grito.

Una figura horrorosa se habia presentado en ella.

Era Satanás.

—¿Qué quieres? le dijo Leila. Yo no te he llamado.

—Vengo por tí, dijo el diablo; ha llegado la hora.

—¿La hora de qué? dijo estremecida de espanto Leila.

—Han pasado tres veces siete años desde que nació tu hijo, respondió Satanás; pronto llegará la hora precisa, y tu cuerpo morirá.

—¡Oh! ¡no! ¡no! yo creo que solo ha pasado un instante desde que bebí el amor en los brazos de Abraham.

—¡Tres veces siete años! dijo el diablo: esa era la cuenta de tu vida, y eres mia.

—Pídeme lo que quieras y no me mates, esclamó juntando las manos Leila.

—Has tenido en tu mano la vida eterna, la felicidad eterna, y la has cambiado por una felicidad de muerte.

—¡La vida! ¡la vida! esclamó Leila que empezaba á sentir un frio estraño.

—Solo Dios podia dártela, y los decretos de Dios son inmutables.

—Te daré lo que me pidas.

—No puedes darme nada: me diste tu alma y despues las almas de tus hijos: tus hijos que son malditos, como tú, me darán el alma de sus nietos.

—¡La vida! ¡oh mi vida de amores! ¡un instante mas! que me vea yo a antes de morir entre los brazos de Abraham.

—El momento llega, ya han pasado tres veces siete años desde que nació Jamné, el maldito.

Y mientras Satanás decia estas palabras, Leila cayó sobre el diván, y se puso fria, muy fria.

Murió.

XXVII.

En aquel mismo punto Abraham, á despecho de su ciencia, veia morir en el palacio al califa.

Salió de allí con el alma entristecida, y cuando entró en su casa, encontró á Leila muerta.

Sus hijos dormian.

Cuando los despertaron los gritos de desesperacion de su padre, miraron á su madre muerta con los ojos enjutos.

Abraham lloró desconsoladamente sobre el cadáver de Leila.

Luego la mandó embalsamar como á una sultana, y la sepultó bajo una ostentosa tumba.

Despues, no permitiéndole su dolor vivir en Damasco, redujo á un pequeño volúmen sus tesoros, empleándolos en piedras maravillosas, en perlas incomparables, y en algunas telas de púrpura, oro y piedras preciosas que solo podia comprar un rey poderoso.

Cargó su tesoro en un asno, puso sobre él á su hija Zelpha, y acompañándole su hijo Jamné, salió un dia de Damasco.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Por aquel tiempo el caudillo Ocba-ebn-Nafhe, habia conquistado el poniente de Africa.

Abraham, para poder vender sus costosísimas joyas, fué á buscar aquel ejército vencedor que se habia enriquecido con los despojos de la victoria.

Pero una vez en la parte occidental de Africa en Tánger, supo Abraham que mas allá, al otro lado del estrecho de Alzacab, estaba la tan poderosa tierra de las Hespérides; que eran señores de ellas unas gentes riquísimas; y que allí podria vender sus tesoros, y llorar tranquilamente bajo un cielo tan azul como el de la Siria, á su perdida Leila-Fatimah.

Abraham se embarcó con sus hijos y con el jumento que conducia su tesoro, y pasó el estrecho.

Al fin puso sus plantas en España.

Y una tarde, ya te acuerdas, hermano lagarto, al encontrarse Jamné en un bosque solitario, en este mismo bosque al lado de esta sima, vió llegada para él la ocasion mas propicia para deshacerse del viejo padre, y apoderarse de su tesoro y de su hermana.

Ya sabes lo que sucedió la tarde de horrores.

—Sí, sí, lo sé, amiga culebra.

—Pero lo que tu no sabes, es que en la misma hora en que fué arrojado á la sima por sus malditos hijos Abraham, se contaban justos tres veces siete años, desde que Abraham poseyó la maldita hermosura de Leila-Fatimah.

—¿Y no sabes mas, hermana culebra?

—Sí, sé que el alma de Abraham, por no haber sido dócil al consejo de los siete astrólogos á quienes habia consultado, cuando Leila le propuso ofender á Dios, estará penando hasta que sobre esta sima se levante una torre fuerte de siete suelos, que será la puerta de un alcázar como no habrá otra sobre la tierra, y hasta que muera en este alcázar y venga á penar en la torre, una muger que haya sido parricida, adúltera é incestuosa.

—¿Y quién te ha dicho eso, hermana culebra?

—El alma en pena de Abraham.

—¿Y no sabes lo que fué de los hijos de Abraham?

—No se lo pregunté.

—Dios es vengador, y justo é inexorable, hermana culebra.

—Tienes razon, hermano lagarto. Dios es Dios y no hay otro Señor que él: él ha criado este sol que abrasa mas de lo que yo quisiera, y me voy á mis profundidades.

—Y yo á mi grieta.

La culebra y el lagarto desaparecieron, y yo me quedé horrorizada, amigo ruiseñor, y no pude descansar, añadió la golondrina: de modo que cuando me puse en camino por la tarde para Toledo, estaba tan rendida, que me he visto obligada á pararme aquí.

—Vente á mi nido, y en él descansarás: es blando y mullido, dijo amorosamente el ruiseñor.

—Dios castiga á los adúlteros, dijo con enojo la golondrina, y como ya he descansado, me voy de un vuelo á mi nido del alcázar de Toledo.

Y la golondrina voló, y el ruiseñor se quedó gorgeando:

—¡Solo! ¡solo! ¡solo!

XXVIII.

Asenéth permaneció por algun tiempo inmóvil donde se habia sentado.

Luego, á pesar de la terrible historia de sus abuelos, que habia oido cantar á la golondrina, se levantó y dijo:

—¡Yo amo á Ervigio!

Y se volvió al palacio maravilloso.

Aun dormia á los pies del diván, donde habia estado reclinada, su padre.

Asenéth le contempló profundamente.

—¿Con que si te dejo tu fuerza, esclamó la jóven maldita, despedazarás á mi mas amado?

Jamné, aunque dormido, hizo un movimiento que parecia una contestacion afirmativa á la pregunta de su hija.

—¡Oh! no le despedazarás, dijo Asenéth, porque yo te reduciré á un estado miserable.

Y pronunciando un horrible conjuro, esclamó:

—¡Oh tú, hombre convertido en leon, conviértete en un perro viejo é impotente.

Inmediatamente el leon se trasformó en un perro lanudo, cojo, ciego, miserable, que empezó á arrastrarse gruñendo dolorosamente á los pies de Asenéth.

Pero Asenéth, le hirió con el pie en el vientre, le arrojó lejos de sí, y abandonó la cámara donde Jamné, castigado de nuevo por Dios, quedaba lanzando dolorosos ahullidos.

XXIX.

Al dia siguiente, cuando Asenéth se encontraba mas abstraido en sus pensamientos de amor, tembló el alcázar todo, y yo, Satanás, dije desde las entrañas de la tierra:

—Ervigio me ha encontrado pescando en la orilla del rio, ha tenido valor para arrostrar el encanto, y tú y él sois mios.

Inmediatamente Ervigio se presentó á Asenéth.

A la vista de su hermosura, el noble godo palideció y tembló.

—¿Quién eres tú, diosa, dijo, que así brillas ante mis ojos con la plenitud de tu hermosura?

Yo soy tu esclava, dijo la impaciente Asenéth, arrojándose en sus brazos.

Y Jamné, ciego, cojo, viejo, enfermo, vagaba gruñendo dolorosamente al rededor de la habitacion donde su hija, olvidándose de todo, deliraba entre los brazos de Ervigio.

Y Ervigio permaneció siete dias en el alcázar encantado, y siempre que salia del misterioso retrete de amor de Asenéth, encontraba á Jamné, y le daba con el pie, esclamando:

—Horrible y asqueroso animal, ¿qué haces en el paraiso de las delicias?

Y Asenéth no reparaba en que su padre habia sido maltratado, y seguia bebiendo con sus ojos enamorados, la mirada de amor de Ervigio.

La noche del sétimo dia, él y ella se sentaron en el mismo lugar donde ella habia oido la conversacion del ruiseñor y de la golondrina.

Ervigio estaba profundamente pensativo.

—¿Por qué estas triste, alegría de mi alma? dijo Asenéth: ¿no tienes aquí cuanto puede desear una criatura? ¿ó es que mi hermosura no es ya bastante para alegrarte ni mi amor para satisfacerte, señor de mi alma?

—¡Ah! no, no, dijo Ervigio: pero yo quiero ser rey.

—¡Rey! ¿y de los godos acaso?

—Sí.

—Pero Wamba es su rey.

—¿Y qué importa? ¿no me amas tú?

¡Qué si te amo! tu eres mi luz y mi vida, pero...

—¿Quieres ser rey?

—Sí. Mas que eso: quiero vencer á Wamba.

—¡Le vencerás! ven conmigo.

Ervigio siguió á Asenéth que le llevó al alcázar mágico.

Dejóle en una cámara, se encerró en otra, y á poco salió con un pomito de oro en las manos.

—Haz que den esto á Wamba y eres rey, le dijo.

—¿Y cómo he de hacerlo sino salgo de este alcázar? contestó el godo.

—¿Me olvidarás, Ervigio, cuando te encuentres fuera de aquí? dijo Asenéth rodeándole los hermosos brazos al cuello.

—Antes se olvidará el sol de alumbrar el dia que yo te olvide, repuso Ervigio.

—Pues bien, sino vinieres cuando seas rey, yo iré á buscarte. Acuérdate de que me quedo.

Ervigio besó amorosamente los ojos de Asenéth.

—Vas á verle en el alcázar de Wamba.

Apenas pronunció Asenéth estas palabras, cuando Ervigio se vió en las galerías del alcázar de Toledo.

Y entonces le pareció un sueño lo que le habia acontecido en el alcázar mágico; pero vió en sus manos el pomo de oro que le habia dado Asenéth, y esclamó:

—No ha sido un sueño: hé aquí el filtro que me ha dado la maga enamorada. Veamos si por medio de este filtro seré rey.

Y buscó en el alcázar á uno de sus parciales en quien tenia estremada confianza Wamba, y se encerró con él, y estuvieron hablando largo tiempo.

XXX.

Al dia siguiente, Wamba adoleció.

Habia bebido el filtro compuesto por Asenéth.

Perdió el sentido súbitamente á las primeras horas de la noche, y todos creyeron que moria.

Para enterrarle con muestras de humildad, cortáronle el cabello, señal de nobleza entre los godos, y le pusieron la mortaja.

Cuando Wamba volvió en sí, y encontró su cabeza trasquilada, esclamó:

—Hé aquí que queda franco mi trono á los traidores, porque yo no puedo ser rey[94].

Y en aquel mismo punto, pidió que le trajesen á Ervigio.

Wamba estaba loco.

—Yo he muerto le dijo; pero tú vives y eres fuerte; ¿querrás tú la corona que se me ha caido de la cabeza? ¡Ah! ¡ah! ¡y qué bien llevarás tú mi corona!

Y los parciales de Ervigio, aprovechándose de aquella estraña locura de Wamba, le hicieron firmar la renunciacion de su corona en Ervigio.

Luego Wamba espresó su deseo de retirarse del mundo, y partiendo á Pampliega tomó el hábito de monge.

Ervigio era rey de los godos.

Debíalo á las artes mágicas de Asenéth, y sin embargo de la embriaguez de su grandeza se olvidó de Asenéth.

Y en vano Asenéth le llamó; en vano desesperada con su soledad y con sus lágrimas me evocó y me pidió que la ayudase.

—Mata á Ervigio, decia yo.

Pero ella no se atrevia á matarle porque le amaba.

Pasaron siete años; siete años desde que Ervigio poseyó á Asenéth y Ervigio murió.

Murió de una enfermedad desconocida, y Asenéth á causa de su ciencia le vió morir, se aterró y esclamó:

—Sea yo llevada de esta tierra maldita, donde le he conocido, donde le he amado, donde le he esperado y donde reposan sus cenizas: conviértame Dios en una fiera, que no pueda amar á hombre, ni de hombre ser amada, y noche de quebranto y de duelo sea conmigo.

Y apenas Asenéth, impulsada por su desesperacion, habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en un profundo y oscuro antro.

Junto á ella habia un perro.

Pero un perro formidable: habia pasado el poder de Asenéth, y su padre habia recobrado su fuerza de leon.

Asenéth, convertida en leon, rugia de dolor por la muerte de Ervigio.

Y entonces Jamné fué dueño de su hija, y así vivieron algun tiempo en aquel profundo antro los dos malditos.

Pero Jamné fué un dia muerto por unos cazadores.

Asenéth quedó sola.

Y en su soledad dió á luz esos dos gemelos que tengo sobre mis rodillas; el uno hombre con cabellos, ojos y piel de leon, el otro estraña mezcla de leon y de perro.

Ya sabes la larga historia de los padres y de los abuelos de ese niño, y de ese perro, Almedí.

¿Quieres ahora que te dé los amores de la Eva maldita?

XXXI.

Almedí habia escuchado atentamente aquel largo relato, y se habia estremecido mas de una vez.

Cuando Satanás concluyó aquel cuento, Almedí invocó poderosamente á Dios.

Entonces la Eva, la hermosísima Eva maldita, y el maravilloso alcázar que la contenia desaparecieron.

Solo quedaron delante de Almedí, el pequeño hombre-fiera, y el estraño cachorro de perro y de leon.

Almedí circuncidó al hombre-fiera y le puso por nombre Jask-Al-bahul.

Buscó una nodriza á propósito para cada uno de los dos hermanos, y se dedicó á la enseñanza del que podia comprenderle y serle comprensible, por que Almedí no conocia el lenguaje de los animales.

Cuando Jask-Al-bahul fué crecido, le contó su historia, revelóle que aquel lanudísimo perro era hermano suyo, que debia tratarle como á tal, y ser bueno y temeroso de Dios si queria apartar de sobre sí la maldicion que pesaba sobre su familia.

Jask-Al-bahul, por el contrario de los suyos, crecia en la virtud, amaba á su hermano, aunque bajo aquella figura, y el feróz perro era para él, como para Almedí, sumiso y manso como un cordero.

Y pasaron así desde el nacimiento de Jask-Al-bahul y de su hermano, tres veces siete años.

Almedí murió, teniendo de un lado al hombre-fiera y del otro al perro-leon.

Despues que le hubieron enterrado y honrado, Jask-Al-bahul, dijo á su hermano:

—Hemos quedado solos, pero somos fuertes y valientes; yo voy á vender la escasa herencia que nos ha dejado el buen Almedí, y compraré una lanza y un caballo, iremos al ejército de los árabes que siguen sus conquistas en Africa, y ganaremos nuestro sustento en batalla.

El perro movió la cola y lanzó un leve gruñido como aprobando la determinacion de su hermano, y éste vendió lo que les habia dejado Almedí; compró una lanza y un caballo y salió de Tánger precedido de su hermano que rastreaba el camino.

El perro-leon habia tomado el camino de las montañas, y caminaba aprisa, tan aprisa, que apenas podia seguirle el caballo de Jask-Al-bahul.

—¿Y dónde me llevas, hermano? decia Jask.

El perro seguia rastreando y callando, y cada vez mas de prisa.

Al fin, para no perderle de vista, Jask tuvo que poner su caballo á la carrera.

Muy pronto se aventuraron en la montaña.

Corria el perro, y corria el caballo.

—¿Y adónde me llevas, hermano? decia Jask.

Y el perro y el caballo, el uno detrás del otro, seguian corriendo.

Llegó la tarde, bajo el sol, apareció la noche y lució en los cielos la luna.

Y el perro y el caballo seguian corriendo.

De repente se presentó á los ojos de Jask una llanura inmensa, inmensísima.

Las anchas colinas de arena, se perdian en el horizonte.

Allá á lo lejos se veia una ciudad.

Y antes de la ciudad una torre.

Y el perro siguió corriendo hasta la torre.

Algunos hombres pasaban por el camino en sus camellos, y decian á Jask:

—¿Vas á caso en busca de la doncella pálida, buen caballero? Si así es, que Dios te ayude.

Y uno tras otro siete viageros, dijeron las mismas palabras á Jask.

Cuando le habló el sétimo, Jask procuró detener á su caballo, y por primera vez, el caballo obedeció; paróse, y delante de él se tendió en tierra el perro.

—Díme tú por tu vida, así Dios te ayude, ¿qué doncella es esa pálida, de que me hablas?

Detuvo el viagero su camello y contestó:

—Esa doncella es la mas hermosa doncella del mundo; túvola el rey de estas regiones, Almunassar, de una maga con quien se habia casado; pero por ser tan hermosa esta doncella, su madre, que no queria que se casase sino con un hombre muy valiente, hizo que el rey Almunassar encerrase á la doncella en una torre, que es aquella que se vé allá, bajo los rayos de la luna, y para que la guardase, puso un jigante, que siempre de dia y de noche sin comer y sin dormir, está dando vueltas alrededor de la torre con su clava al hombro. Muchos caballeros muy valientes, atraidos por la fama de la hermosura de Aydamarah, que este es el nombre de la doncella pálida, y aun por el tesoro que encontrara con esta doncella el que venciese al jigante, han venido, pero los huesos de todos blanquean allá alrededor de la torre formando una muralla horrorosa, porque han venido miles de caballeros y á todos los ha esterminado el jigante, que es invulnerable y solo puede matársele hiriéndole en el ojo izquierdo: pero tiene puesta sobre el ojo una defensa de acero tan fuerte, y es tal su destreza para guardarse de los golpes, que todos los que han pretendido matar al gigante han perecido; además, para vencerle es necesario pronunciar al herirle ciertas palabras misteriosas que nadie sabe; con que así, buen caballero, si vas en busca de la doncella pálida, que Dios te ayude.

Y tras estas palabras el viagero arreó á su camello, y siguió su camino.

Jask era tan valiente como la fiera á quien se parecia tanto, y bastó con que conociese aquel peligro, para que desease vencerlo.

—Y llévame á la torre donde se guarda por ese gigante la doncella de la frente pálida, la hermosa hija del rey Almunassar y de la maga, dijo al perro:

Y el perro partió de nuevo á la carrera, y siguióle á la carrera el caballo de Jask.

Y se acercaba la torre, se acercaba hasta el punto de ver sus almenas y sus ajimeces, y el jigante que como una muralla de hierro movible, daba vueltas alrededor de ella, relumbrando bajo los rayos de la luna.

Y el perro y Jask seguian corriendo.

De improviso se escuchó un bramido tan aterrador y tan fuerte como el de una tempestad desencadenada, y se vió venir hácia el perro y hácia Jask al jigante.

Y resonaban las piezas de su armadura, retemblando y retumbando á la redonda con un estridor atronante y pavoroso, y parecia que la tierra temblaba bajo los pies del monstruo, que adelantaba con su terrible maza en alto.

El perro se paró, se replegó sobre sí mismo amenazador y rugiente, y Jask detuvo su caballo, y requirió su lanza para arrojarla al jigante, antes de que éste pudiese tocarle.

Llegó al fin el momento, faltaba poco espacio para que llegase á los dos hermanos el jigante, cuando Jask se aseguró en los estribos, y poniendo su corazon en Dios, esclamó arrojando su lanza contra el monstruo:

—¡Señor! ¡señor! ¡tú solo eres el Fuerte y el Invencible!

Y despues de haber arrojado su lanza con toda la fuerza de su brazo de leon contra el gigante, cerró los ojos y esperó la muerte.

Pero en aquel punto oyóse un estruendo horrible; tembló la llanura y gimieron los distantes ecos.

Jask abrió los ojos, y vió al jigante tendido delante de él; su lanza estaba clavada en el ojo izquierdo del monstruo.




Le llevaron á una hermosa cámara

Y al mismo tiempo se abrió la puerta de la torre, y lucieron antorchas y sonó una alegre música, y aparecieron doncellas vestidas de blanco, cada una de las cuales llevaba en las manos una luminaria.

Y todas aquellas doncellas cantaban en coro y decian en su canto:

«Bien venido sea el esposo, el esposo de la doncella pálida.»

«Para él, valiente entre los valientes, hermoso entre los hermosos, guarda Aidamarah su hermosura.»

«Bien venido sea el esposo de la doncella pálida á poseer su belleza y sus tesoros.»

«Bien venido sea.»

Y las doncellas adelantaron, y llegaron á Jask y se arrodillaron y le presentaron un palanquin en que Jask subió, y las doncellas blancas le llevaron á la torre, y una conducia su caballo, y otras rodeaban y acariciaban á su hermano el perro.

Y cuando llegaron á la torre, otras doncellas le desnudaron y le lavaron con aguas olorosas, y le vistieron preciosas túnicas.

Y entonces, otras doncellas mas hermosas aun le tomaron en medio, y cantando y tocando alegremente, le llevaron á una hermosa cámara.

XXXII.

A la puerta de aquella cámara se retiraron las doncellas.

Jask adelantó solo.

La puerta se cerró silenciosamente.

Y entonces de un divan se levantó una doncella cuya hermosura deslumbró á Jask.

Y se acercó á él y le miró, y luego se arrojó en sus brazos.

El perro, que habia seguido á Jask, que nunca se separaba de él, gruñó dolorosamente y se echó á los pies del divan sobre la alfombra de pieles de tigre.

XXXIII.

Súpose que el jigante guardador de la hermosísima Aidamarah habia sido vencido por un estrangero, y el rey Almunassar corrió á ver á aquel á quien los hados habian consentido llegar á tanta ventura.

Maravilló al rey el estraño color de los ojos y de los cabellos, y de la piel de Jask; pero no se estrañó de encontrar á Aidamarah enamorada locamente de él, porque Jask era muy hermoso.

Y hubo fiestas, y zambras, y regocijos, y luminarias en la córte de Almunassar.

Y se celebraron con régia pompa y aparato las bodas de Jask y de Aidamarah, y á ellas asistió tristemente echado á los pies de su hermano el perro-leon.

Y cuando pasaron las fiestas, y la zambra, y la luna de las delicias, el rey Almunassar llamó á su yerno y se encerró con él y le dijo:

—Mi reino, hijo mio, es un reino desconocido, puesto en los linderos del desierto, donde no llegan los de otras tierras. Yo no sé de donde tú vienes, ni quiénes son los tuyos, ni te lo pregunto, porque eres hermoso y valiente; has librado á mi hija y la harás venturosa; pero para que esa ventura sea completa, es necesario que mi reino, que está gobernado en justicia, tenga paz: unos vecinos bárbaros y feroces nos la turban; enemigos que no hemos podido vencer, que vienen todos los años y nos roban y desaparecen despues en el desierto. ¿Te atreverias tú, hijo mio, á ir contra esas gentes?

Jask aseguró al rey Almunassar que iria contra aquellos bárbaros y los venceria.

—Innumerables son como las arenas del desierto y jigantescos como las rocas. Si ellos no nos destruyen completamente, es para que podamos criar nuestras hijas y enseñarlas el canto y la danza; pero cuando nuestras hijas están crecidas, vienen y nos las arrebatan.

—Yo venceré á esos descreidos, señor, dijo Jask, los venceré, y tu reino quedará libre y tranquilo.

—Necesario será construir torres con ruedas, dentro de las cuales vayan nuestros soldados, dijo el rey; de otro modo, los jigantes del desierto nos despedazarian á la primera embestida.

—Iré yo solo, señor, dijo Jask, y con la ayuda de Dios los venceré.

—¡Tú solo!

—¿No vencí al terrible jigante que guardaba á mi esposa?

—¡Dios es misericordioso y vencedor! dijo el rey Almunassar.

Y se despidió triste de Jask, porque su hija le amaba, y Jask acometia una empresa en la que debia morir.

Los jigantes del desierto eran innumerables.

XXXIV.

Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se levantó silenciosamente, besó á Aidamarah en la boca sin despertarla, se vistió la armadura, y sobre ella una túnica de oro; bajó á las caballerizas, enjaezó su caballo, montó en él, y precedido de su hermano el perro, salió antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de la ciudad por un postigo del muro.

Cuando se vió en el campo y lejos de la ciudad á punto que alboreaba, se detuvo ante una fuente, descabalgó, hizo su ablucion, y dirijió á Dios desde el fondo de su alma la oracion de azobhí (del alba).

Luego se volvió al perro y le dijo:

—Sus, hermano mio, guia, guia al campo de los jigantes.

Y el perro partió rastreando y á la carrera.

Y las palmeras se quedaron atrás.

Y se quedaron atrás las colinas verdes.

Y se quedaron atrás los arroyos.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre ásperas y peladas rocas.

Graznaban las águilas en las altísimas cortaduras.

Zumbaba contra ellas el viento.

Rocas y águilas se quedaron atrás.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre montes de arena roja, como si la hubiesen empapado en sangre.

Mas allá solo habia una niebla roja é impura, como el resplandor de un horno.

Y acá y allá se oia el rugido de los leones y de las panteras.

Y las colinas rojas su quedaron atrás.

Y ya no se escuchó el rugido de las fieras.

Y el perro seguia rastreando y corriendo entre la niebla roja é impura.

Y el caballo de Jask le seguia.

Y Jask se inclinaba sobre el arzon de su caballo, con la adarga al pecho, y la lanza en ristre, invocando el nombre de Dios.

De repente se escuchó una voz dulcísima que parecia salir de las entrañas de aquella tierra enrojecida:

—«¿El hermoso caballero, á dónde va?

»¿A dónde va el hermoso caballero?

»El aire de fuego secará sus ojos, y sus plantas se abrasarán, como si pisase sobre un volcan.

»¿El hermoso caballero, dónde va?

»Si logra pasar la niebla encendida encontrará mas allá la muerte.

»Cada grano de arena se levantará contra él.

»Cada átomo del sol le herirá.

»Mas allá de la niebla de fuego están los hambrientos jigantes.

»¿El hermoso caballero dónde va?

»Vuélvete á la tierra verde y humbrosa, gentil caballero.

»Donde corren los arroyos, y las tórtolas cantan entre los álamos negros.

«Vuélvete donde la amada de tu alma llora por tu ausencia.

«Vuélvete si no quieres que su llanto no se seque jamás.»

—¿Quién eres tú, génio misterioso, que así me hablas? dijo Jask deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseñor, y melancólico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de la palmera. ¿Por qué no te dejas ver de mí?

Tembló ligeramente la tierra, arrojó una llamarada roja, y quedó ante Jask una muger hermosísima.

Sus cabellos negros, negrísimos, y tan largos que caian hasta sus pies en anchos rizos, estaban ceñidos por una corona de mirto seco.

Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su túnica blanca con una blancura que deslumbraba.

La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.

—¿Quién eres? la preguntó Jask.

—Yo soy Giazul, el génio del desierto, respondió la hermosa jóven; mi carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.

Al desplegarse mi túnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las águilas apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.

Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.

Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni águilas, ni fieras, ni caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fúnebres huellas de mi paso.

¡Ay del insensato que se atreva á poner la planta en mis dominios, si no le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!

Vuélvete, hermoso caballero, vuélvete; aunque yo plegue mi túnica y duerma mientras tú pasas;

Aunque las arenas del desierto permanezcan inmóviles, mas allá están los terribles jigantes.

No quieras condenar al dolor de la viudez á tu amada, y á la orfandad á la hija que vive en sus entrañas.

—¿Qué importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo Jask.

Destellaron un brillante relámpago los ojos de Giazul.

—Noble y generoso es lo qué acabas de decir, esclamó el génio; quiero ayudarte. ¿Pero tienes tú el alma bastante fuerte para resistir á la prueba?

—Habla, poderoso génio, habla; dijo Jask.

—Solo puedes vencer de una manera á los jigantes.

Allá lejos, muy lejos, hay una laguna salada.

Entre las rocas de sus orillas relumbra cuajada la blanca sal.

Si tú lograses llegar hasta la laguna salada;

Si llenares de la sal que blanquea sus orillas el saco de tu caballo;

Con esparcir á tu alrededor aquella sal cuando te acometiesen los jigantes habrás vencido.

Los jigantes habrán sido esterminados.

Pero para llegar á la laguna salada, es necesario esponer el cuerpo y el alma.

En el camino encontrarás por do quiera la tentacion.

Y si á la tentacion cedieres, serás convertido en roca, en roca del desierto, y dentro de ella encontrarás tu infierno.

—Dios el Altísimo y Unico me ayudará.

—Voy á abrirte el camino de la laguna salada. Ese camino está lleno de peligros; ¡ay de tí si no sabes vencerlos!

El génio se elevó de la tierra.

Su blanca túnica se abrió como un abanico.

Sus negros cabellos se estendieron alrededor de su frente como una negra aureola.

Sus ojos brillaron como dos soles.

Sus dos brazos estendidos, parecian tocar el uno el oriente y el otro el occidente.

Sonó un sordo y potente bramido, tembló la tierra, y el génio creció, creció, creció, hasta cubrirlo todo.

Y las arenas del desierto se levantaron en potentes remolinos, y una atmósfera de fuego envolvió á Jask, á su caballo y á su hermano el perro.

Y el caballo inmóvil con las orejas rehiladas, temblaba.

Y el perro-leon lanzaba un poderoso ahullido.

Y Jask invocaba á Dios.

Y pasaban junto á él las ardientes arenas, los fragmentos de las rocas, las palmeras arrancadas de su asiento.

Pasaban sin tocarle.

Sin tocar á su hermano el perro.

Y la tromba aumentaba, y el ronco mugido crecia, y el perro ahullaba con mas fuerza, y el temblor del caballo crecia.

Y Jask, con el corazon sereno, continuaba invocando el nombre de Dios.

Pasó la tromba.

A la niebla caliginosa é impura, sucedió un cielo azul y radiante, como Jask no le habia visto jamás.

La tierra estaba cubierta de verdor.

Frescos bosquecillos se levantaban en torno de claros lagos, y el camino por donde Jask marchaba, estaba cubierto de flores.

Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian desaparecido.

Cerca se veia una magnífica ciudad.

Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.

Por ella salió una comitiva numerosa.

Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una música tan armoniosa que regalaba los sentidos.

Aquellos ginetes avanzaron rápidamente.

Al llegar junto á Jask, su caudillo echó pie á tierra, y se arrodilló á los pies de Jask.

—Tú eres nuestro rey, le dijo mostrándole una corona que traia un magnate en una bandeja de oro sobre un paño de púrpura.

—Yo soy un viajero, contestó Jask; dejadme pasar: yo voy allá lejos, muy lejos.

—Si eres nuestro rey, nada se opondrá á tu voluntad: esclavos tuyos seremos, y esclavos tuyos serán los pueblos cerca y lejos, porque nosotros somos invencibles.

—Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; ¿para qué quiero esclavizar á nadie? Dejadme pasar.

—Si fueres nuestro rey, serás el mas temido de los hombres, dijo el que estaba arrodillado á sus pies.

—Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclamó Jask; dejadme pasar.

—Si fueres nuestro rey, serás como Dios, porque nuestra corona es mágica.

—Yo adoro al Dios Altísimo y Unico, repuso el jóven. Dejadme hacer mi camino, dejadme pasar.

Entonces desapareció todo lo que se habia presentado ante los ojos de Jask, y se encontró marchando por el mismo camino.

Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con él.

Siguiendo el camino, se encontró en un bosque de sauces.

El ambiente era fresco y balsámico, mullido y espeso el césped sobre que marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armonía sensual parecia salir de entre las enramadas; una ambrosía suavísima halagaba los sentidos.

Al revolver de una senda, Jask se encontró de repente en un espacio redondo, en medio del cual habia un pequeño lago.

Alegres y seductoras risas se escuchaban, como si las produjesen mugeres invisibles.

Jask vió agitarse una forma hermosísima en el fondo cristalino del lago.

Luego se rompió su tersa superficie, y salió al encuentro de Jask una hada desnuda.

Fascinaban sus miradas, embriagaba su aliento; sus brazos estrechaban á Jask, su seno se comprimia contra el suyo, su boca fresquísima y llena de ambrosía, le besaba, y su acento ardiente y opaco le decia:

—¡Yo te amo!

—Yo solo puedo amar á una muger, dijo Jask rechazando á la hada.

—Aidamarah es una mortal, y yo soy el génio inmortal del amor; mis placeres serán para ti eternos; yo te anegaré en delicias y cada dia seré mas hermosa, mas resplandeciente; ámame porque yo desfallezco por tí.

—Mi corazon es de Aidamarah, esclamó de nuevo Jask, y rechazó vigorosamente la tentacion.

—Tú serás como Dios, si me poseyeres, dijo la hada.

—No hay mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, esclamó Jask.

Y la hada impura, y el trasparente lago, y el sombroso bosquecillo, desaparecieron.

La lujuria habia sido tan impotente para con Jask, como lo habia sido la soberbia.

De repente Jask, se encontró en un palacio: un viejo encorvado y trémulo, marchaba delante de él: llevaba un haz de llaves.

Aquel viejo, se detenia de tiempo en tiempo delante de una fuerte arca.

—Hé aquí plata, decia volviéndose á Jask.

Jask seguia adelante.

El viejo dejaba el arca abierta, adelantaba á Jask, abria otra arca y le decia:

—Hé aquí oro.

Jask seguia andando mas de prisa.

El viejo corria y se adelantaba.

—Hé aquí perlas y rubíes, esclamaba abriendo otra arca.

Jask, siempre en silencio, apresuraba su paso.

Pero el viejo se ponia delante y abria otra arca.

—Hé aquí esmeraldas y carbunclos.

Y Jask corria.

El viejo se adelantaba jadeando, y abria otra arca.

—Hé aquí diamantes grandes como huevos de paloma.

Y Jask apresuraba su carrera.

—El que posea estas riquezas, será señor del mundo, gritaba el viejo no pudiendo seguir á Jask.

—No hay mas Señor que Dios en la tierra y en los cielos, esclamó Jask.

Entonces desapareció el palacio.

Jask habia triunfado de la avaricia, como habia triunfado de la soberbia y de la lujuria.

De repente Jask se encontró desnudo, roto, y pobre en la plaza de una ciudad; todos los que pasaban y los que se cruzaban, se le ponian al paso, le miraban descaradamente, y se le reian.

—¿Adónde irá este? esclamaban.

—El horrible.

—El imbécil.

—El mendigo.

—El cobarde.

—El hijo de la ramera.

—Insultadle, para que no se atreva á mostrar su hediondez entre nosotros.

Y Jask impasible decia:

—Apartaos y dejadme hacer mi camino.

—¿Y adónde irás tu? ¡á algun tremedal, único lugar digno de tí!

—Arrojadle lodo hasta que le sepulteis; ¿quién le ha traido á manchar con su presencia nuestra hermosa ciudad?

Y le arrojaban lodo y le escupian, y Jask seguia adelante sin irritarse y esclamando siempre:

—Dejadme, dejadme hacer mi camino.

—Es un cobarde, decia una muger impura; ¿no veis cual sufre los insultos?

Y le hirió con su chapin en la cara.

—No hay otro valiente que Dios, esclamó Jask; solo El es el Fuerte y el Invencible.

Desapareció todo aquello.

Jask habia vencido á la ira como á la soberbia, á la lujuria y á la avaricia.

Pero estaba cansado y hambriento, no caminaba ya sobre flores, ni sobre alfombras, ni sobre plazas enarenadas, trepaba penosamente entre ásperas rocas.

Durante mucho tiempo sufrió, pero al fin no pudo resistir.

—Tengo hambre y sed, dijo.

—Come y bebe, señor, dijo un génio apareciendo de repente y mostrándole una hermosa tienda.

Jask entró en ella.

Encontró dentro un blando diván, y delante del diván, sobre una magnífica alfombra, vió vagilla de oro, y copas y trasparentes frascos.

Y las fuentes llenas de viandas, y los frascos llenos de licores.

—Come, señor, y reposa, dijo el génio.

Jask examinó los manjares; pero todos estaban prohibidos por la ley.

Aquella gran diversidad de platos, estaban compuestos con las diferentes partes del cerdo.

El pan estaba amasado con la manteca de este animal.

Los frascos estaban llenos de licores.

—Agua y pan de avena, dijo Jask.

—Deja eso para los miserables, señor, dijo el génio; ¿qué importa la ley? tienes hambre y sed, estás cansado, come, bebe, reposa, si no morirás.

—¡Dichoso del que muere alimentando su alma con el temor de Dios! dijo Jask.

Entonces los manjares y la tienda y el génio, desaparecieron.

Jask habia triunfado de la tentacion de la gula, como de las tentaciones anteriores.

Pero se encontraba marchando por un terreno mas árido y quebrado, bajo los rayos de un sol abrasador.

—¡Oh, Señor, Señor, sostenme! esclamó; ¡dame tu fortaleza, porque me siento desfallecer!

Y siguió su camino vacilante, trémulo, débil, seca la garganta, sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.

Resbaló sobre una roca, y cayó desde una altura inmensa.

Encontróse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.

Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de bueyes.

Todos hacian cómodamente su camino.

Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.

—Mira, decia una voz misteriosa á su oido; aquel faquí va cómodamente sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. ¡Si tú fueras como él!

—Dios le prospere, decia Jask.

—Aquel walí va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... allá va, allá va... ya se pierde... ya se perdió... y tú sigues arrastrándote.

—Dios me ayudará para que llegue al fin de mi camino.

—Pero tu camino es un camino doloroso...

—Todo camino es dulce y toda fatiga poca, cuando se marcha á una buena obra. El camino estrecho y áspero, es el camino del paraiso.

Y al decir estas palabras Jask, se encontró de repente de pie, fuerte, sin hambre, sin sed, con sus sandalias nuevas y en las manos su báculo de viaje.

Habia sufrido su miseria sin irritarse ante la dicha de los demás.

Habia vencido á la envidia.

Marchaba por un camino ancho y llano.

A lo lejos, pero muy lejos, legísimos, se veia relumbrar una línea blanca en el horizonte.

—¿Será aquella la laguna salada? esclamó; pero si es, ¡cuán lejos!

Y siguió andando.

De repente sintió que sus miembros se entumecian, que sus párpados se ponian pesados, que una suave languidez se apoderaba de su cuerpo.

—¡Oh! ¡cuán lejos está el lago de las aguas saladas! esclamó.

Entonces dijo una voz tentadora á su oido:

—Mira, allí hay un sombroso bosquecillo de acacias; en él las aves difunden su grata armonía, y los arroyos murmuran dulcemente; los rayos del sol abrasan, queda aun mucho dia, descansa y luego á la tarde continuarás tu camino.

—El que se detiene en el camino del bien, se espone á caer en la tentacion, no me detendré hasta que agotadas mis fuerzas caiga. Entonces Dios tendrá piedad de mí, porque no habrá consistido en mi voluntad.

—El lago de las aguas saladas está muy lejos, y te rinde la fatiga.

—Confio en la misericordia de Dios que me dará su fortaleza.

Aun no habia acabado de pronunciar estas palabras Jask, cuando se encontró cabalgando de nuevo en su caballo, que corria, corria, siguiendo al perro, que corria tambien.

Jask habia vencido á la pereza, como á las otras seis mortales tentaciones.

Dios le habia premiado.

Su caballo le llevó con la velocidad del huracán, á las orillas del lago de las aguas saladas.

Entonces una voz maravillosa, voz que parecia provenir de los cielos, le dijo:

—Descansa y cobra fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

Jask desmontó y se echó á dormir bajo la sombra de una roca.

Su hermano el perro, se echo á sus pies y se durmió tambien.

El caballo inclinó la cabeza y durmió.

XXXV.

Pasó la tarde, pasó la noche, y llegó el alba del dia siguiente.

Jask, su hermano y su caballo, dormian.

A la primera claridad de la mañana, la misma voz que le habia ordenado que descansase, despertó á Jask.

—Levántate y prepárate, dijo; el momento se acerca.

Jask despertó, despertó á su perro, y despertó al caballo.

Entonces Jask, tomó el saco donde llevaba el pienso de su cabalgadura, le vació, y le llenó de la sal cuajada entre las rocas.

Cuando le hubo llenado, Jask montó de nuevo á caballo y dijo al perro-leon:

—Hermano mio, llévame al campo de los jigantes.

El perro partió á la carrera bordeando la laguna salada.

El caballo le seguia rápido como una exhalacion.

Muy pronto la laguna se quedó atrás.

Se acercaban á una selva de árboles jigantescos, de negros follajes, y en cuyo seno solo se veian tinieblas.

El perro se lanzó en aquella selva.

Le siguió el caballo.

Apenas hubieron revuelto el primer seno de la selva, se encontraron en una oscuridad profunda.

El perro seguia corriendo en medio de las tinieblas y ladrando.

El caballo corriendo y relinchando.

Jask entonando un himno á la grandeza de Dios.

Y parecia que los árboles chocaban rudamente sus troncos.

Y se oia el áspero y terrible estridor de las ramas que se desgajaban.

Y el mugido sordo y pavoroso de torrentes invisibles.

Y de tiempo en tiempo un relámpago azul temblaba entre las tinieblas esclareciéndolas por un instante.

Y á su resplandor momentáneo se veian agitarse sombras jigantescas girando en torbellino alrededor de Jask.

Y se oia espantoso chocar de armas.

Y rechinar de carros.

Y relinchos de caballos.

Todo esto llevado por un huracán pujante que rebramaba, que zumbaba, que silbaba, pero que no se sentia.

Y todo aquello era pavoroso, terrible.

Sin embargo, Jask tenia su corazon puesto en el Señor Fuerte, y su confianza en El, y no se aterraba.

Y el perro corria y corria.

Y el caballo le seguia, le seguia como una exhalacion.

¿Cuánto tiempo duró el paso de Jask por la selva de los Espantos?

Solo Dios lo sabe.

Al fin se encontró en una llanura árida.

En medio de ella, allá lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad jigantesca.

A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de altura, y las enormísimas piedras de sus muros.

El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.

Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura, cuando se oyó un horrísono estruendo en la distante ciudad.

Por sus cien puertas empezaron á rebosar en la árida llanura ejércitos de jigantes.

Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes, ensordecian el espacio.

El perro se hizo atrás, se sentó amenazador y rugió.

El caballo se plantó, enbiestó el cuello y tembló.

Solo Jask permaneció impávido.

Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.

Desnudos y negros y feroces eran, con pinos por clavas en las manos.

En medio de ellos ondeaba una bandera, tan grande como una gran nube, y que ocultaba los rayos del sol.

Y adelantaban los jigantes con la velocidad de la tormenta.

Cuando estuvieron cerca, Jask escitó á su hermano y aguijó á su corcel.

El perro y el caballo, aunque estremecidos de terror, se lanzaron de frente contra los jigantes.

Jask llevaba un puñado de sal en la mano.

Cuando ya le separaba muy poca distancia de los monstruos, cuando sus jigantescos cuerpos le daban sombra, cuando casi podian alcanzarse con las clavas, cuando le rodearon rugientes y amenazadores, Jask arrojó á su alrededor el puñado de sal que tenia en la mano.

Entonces los primeros jigantes, los que estaban mas próximos á Jask, se detuvieron y quedaron inmóviles; sus formas se hincharon; de negros que eran se convirtieron en rojos, y al cabo quedaron convertidos en enormes rocas.

Jask pasó entre ellos arrojando á derecha é izquierda puñados de sal.

A medida que adelantaba, quedaban á los dos lados en su marcha rocas y rocas; rocas que habian sido jigantes.

Cuando llegó á la ciudad, á la ciudad monstruosa, huian desordenados delante de él, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la desgracia de sus compañeros.

Delante de todos iba el que llevaba la bandera.

Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.

Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puñados de sal, y aparecian nuevas rocas.

Al fin solo quedó un jigante, pero doblemente mayor que los otros.

Aquel era su rey.

Aquel llevaba la inmensísima bandera.

Jask no le alcanzó hasta el centro de la plaza de la ciudad.

Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.

Jask arrojó un puñado de sal al jigante, que inmediatamente se convirtió en roca.

Y la bandera cayó de sus manos, y se estendió en la plaza.

Y Jask recorrió la ciudad arrojando sal en medio de ella.

Y no menguaba la sal del saco, por mucha que Jask sacaba.

Y las casas y los palacios, y las calles y las plazas, se convertian en montañas, en cordilleras, en valles.

Y de los valles, y de las vertientes de las montañas, salian mugeres y hombres y niños, innumerables cautivos que los salvajes tenian aprisionados para alimentarse con ellos, y cuyas prisiones habia roto la fortaleza del alma de Jask, que no habia caido en el pecado, ni temblado ante el terror.

Y Jask tardó siete dias en trasformar la ciudad maldita, y á la tarde del sétimo, se encontró de nuevo en la que habia sido plaza de la ciudad, y que entonces era un campo yermo y estenso, en medio del cual estaba estendida la roja bandera de los jigantes.

Y el perro y el caballo se precipitaron sobre aquella bandera; y sobre la bandera puso los pies la innumerable muchedumbre de viejos, jóvenes, mugeres y niños que Jask habia libertado.

Y cuando no quedó ni uno solo que no estuviese sobre la bandera, esta se levantó en los aires y flotó rápidamente en el espacio, y poco despues descendió: y Jask y los que le acompañaban se encontraron en una llanura, delante de las puertas de la ciudad del rey Al-Munassar.

Los habitantes, que habian visto aparecer á lo lejos sobre el horizonte aquella nube roja, adelantar rápidamente hácia la ciudad, pasar sobre ella y descender, salieron asustados no sabiendo lo que aquello fuese.

Pero cuando vieron adelantar á Jask-Al-bahul, sobre su corcel de guerra precedido de su perro, y seguido de gentes que habian sido robadas en años anteriores por los jigantes, una esclamacion de júbilo y de alegría retumbó en los aires en honor de Jask.

Y Aidamarah se arrojó desfallecida en sus brazos.

Porque le habia creido muerto.

Jask habia invertido en su espedicion, siete veces siete dias.

XXXVI.

Los libertados y sus familias, proclamaron su padre á Jask.

El rey Al-Munassar renunció con alegría su corona, y la puso sobre sus sienes.

La bandera de los jigantes, doblada y redoblada, fué á servir de alfombra á la grande Aljama, y en ella se bordaron inscripciones en loor de Dios por mandato de Jask que no quiso que se consagrasen en honor suyo.

Su reino desde entonces fué feliz y próspero; ya no se vieron talados los campos, ni yermas las aldeas.

Los moradores durmieron tranquilos sin temor á los jigantes, y no hubo uno solo que no fuese á ser testigo del prodigio de la trasformacion de aquellos monstruos en rocas.

Sobre cada una de aquellas rocas, habia una palma agostada y estéril.

Aquella palma habia sido la clava del jigante.

XXXVII.

Algun tiempo despues, y cuando Jask era un rey adorado por sus vasallos y respetado por sus vecinos, que le pagaban tributo, Aidamarah dió á luz una niña.

En la fiesta de las buenas hadas, pusieron por nombre á aquella niña Zairah.

Era hermosa á maravilla, de apacible sonrisa y de mirada dulce y tranquila.

Jask quiso saber el horóscopo de su hija, y los astrólogos, despues de haber consultado siete veces las estrellas en siete veces distintas, le dijeron:

—Tu hija ¡oh rey! está sujeta á grandes desgracias.

—¿Y qué desgracias son esas?

—Tendrás otros dos hijos, el uno se llamará Jacub y el otro Kaibar.

Jacub será un hermoso mancebo, pero continuará en él la maldicion de tu raza, que el Altísimo ha suspendido para tí.

El otro será salvage y feróz, amará la sangre y el crímen y participará de la crueldad y la malicia de tus padres.

Tus hijos serán tu postrera prueba.

Si la resistieses sin entregarte á la desesperacion y sin blasfemar de Dios, se abrirán para tí las puertas del paraiso.

Pero prepárate, rey, porque le esperan grandes dolores.

—Cúmplase la voluntad de Dios, replicó Jask: ¿y qué dolores son esos que Dios me envia para prueba? ¿os los han puesto patentes los astros?

—Tu hermosa Aidamarah morirá cuando dé á luz á Kaibar: sus entrañas se romperán al dar á luz á tal monstruo.

—Dios me la ha dado, y Dios puede quitármela, esclamó Jask con los ojos llenos de lágrimas. ¿Y cuándo morirá la luz de mi alma?

—Pasadas tres veces siete lunas.

—¿Y qué mas desgracias me amenazan?

—Pasados tres veces siete años, tus hijos conocerán á su hermana y la amarán.

—¡Oh, Señor!

—Y ella amará á su hermano Jacub y será suya.

—¡Oh, Señor!

—Y Kaibar conocerá tambien á su hermana, y la amará.

Y ambos por el amor á su hermana se venderán á Satanás.

Y despues el un hermano matará á su hermano por celos de Zairah.

—¡Oh, Señor, Señor, y cuán dura es esta prueba! esclamó Jask: y decidme, añadió; vosotros que sois sabios, ¿no sabeis si hay algun medio para prevenir tanta desgracia?

—Consultaremos de nuevo á los astros, dijeron los astrólogos.

Y el rey esperó á que trascurriesen otras siete noches.

—Señor, le dijeron los astrólogos trascurrido este tiempo: no te queda mas que una esperanza dudosa.

—¿Y cuál es esa esperanza?

—Aparta de tí á tu hija Zairah.

—¡A la prenda de mi amor!

—No la veas jamás.

—¡Ah!

—Pon entre tu reino y el lugar donde se encuentre los mares.

—¡Desdichado de mí!

—Entrega su crianza á varones justos y mugeres virtuosas, que no sepan que es hija de rey.

—¿Y para qué eso?

—Para que sea como si tu hija no hubiera nacido.

—Si así salvo su alma y la de mis otros hijos, lo haré.

—Además procura que tu hija no sea vista mas que durante su primera edad por los que pusieres á su lado para que aprenda á conocer á Dios. Luego, que nadie la vea ni ella pueda ver á nadie.

—¡Desdichada hija mia!

—Así acaso se librará de su funesto destino, y del crímen tus otros hijos.

—Cúmplase la voluntad de Dios.

—Pero para que esa dudosa esperanza se realice, es necesario que apartes de tí á Zairah antes que tu esposa dé á luz á otro hijo.

Y los sabios se inclinaron profundamente ante Jask y le dejaron solo.