—Sí.
—¿Pero para qué me has llamado?
Bajó los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubrió de un rubor vivísimo, tembló y quiso en vano pronunciar algunas palabras.
El príncipe insistió, y entonces ella, levantó el bello y purísimo semblante, miró frente á frente con ansiedad al príncipe y contestó.
—Te he llamado para ser tu esclava.
Y luego se cubrió el rostro con las manos, y procuró en vano contener su llanto.
—Aquí hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: ¡tú mi esclava! ¡tú, que eres la señora de mi alma! ¡tú, por quién únicamente vivo! ¡tú lloras por mi causa! ¿qué misterio es este, sol de hermosura? ¿qué maldicion pesa sobre nosotros que así te aflije mi presencia? ¿Será acaso que Eblís[10] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo de Abu-al-abu?
Al pronunciar el príncipe estas palabras sonó á alguna distancia de él, á sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcástica, burlona, que habia escuchado antes.
Bekralbayda volvió azorada el rostro á donde habia sonado la carcajada, y el príncipe se puso violentamente de pie.
—¡Ah! dijo la jóven á media voz, como para sí misma. Ya lo sabia yo. ¡Estaba ahí!
—¿Quién estaba ahí? preguntó el príncipe que habia escuchado estas palabras.
—Abu-al-abu, contestó la jóven en el mismo tono.
—¡Oh! ¡buho maldito! esclamó el príncipe.
Entonces resonó otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.
Entonces asió con ánsia Bekralbayda las manos del príncipe.
—¡Oh! esclamó con acento ardiente y precipitado: ¡estamos un momento solos! ¡quien se rió antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!
—¡Ah! esclamó el príncipe.
—El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela... él quien te ha traido aquí.
—Pero...
—Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me amas tú; y...
La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita blanca y esclamó con alegría.
—¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!
—No te entiendo.
—¿Ves aquel ajimez?
—Sí.
—¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo de una lámpara?
—Sí.
—Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.
Dicho esto Bekralbayda respiró libremente como quien descansa de una larga jornada, guardó algun tiempo silencio y luego dijo al príncipe.
—Escúchame, te voy á contar una historia.
El príncipe escuchó con toda su alma.
V.
UNA HISTORIA MUY SENCILLA.
Una alborada de primavera subió Yshac-el-Rumi, al terrado de su casa.
En él encontró un canastillo de palma primorosamente labrado, y cubierto de hermosas flores.
De entre las flores salia el vaguido de una criatura al parecer recien nacida.
Yshac quitó las flores y encontró debajo una niña vestida de blanco.
Pendiente del cuello de la niña se veia un amuleto, y á su lado un pergamino en que estaban escritas estas palabras:
«Una sultana la ha dado á luz. Las buenas hadas la han llamado Bekralbayda.
»Que ojos humanos no vean su hermosura, porque seria desgraciada y lo serias tú.»
Yshac, me sacó del canastillo, llamó á una nodriza y me crió secretamente.
Porque aquella niña, como te lo ha dicho mi nombre, era yo.
No recuerdo los primeros años de mi infancia.
Sin embargo, algunas veces como un sueño lejano, confuso, creo recordar á una muger.
Recuerdo tambien confusamente que era muy jóven y muy hermosa.
Yshac afirma, sin embargo, que no me vió otra muger que mi nodriza, que era una rústica que nada tenia de hermosa, mientras que la muger que yo creo recordar era hermosísima.
Pasaron los años.
Este jardin, estos árboles, estas fuentes han visto mi infancia y mi juventud; fuera de ellos yo no habia visto nada, ni persona humana, mas que á Yshac-el-Rumi, que se ocupaba en cultivar mi espíritu.
Parecia que viviamos solos.
Yo no escuchaba en la casa ruido alguno.
Y á pesar de esto bastaba con que yo estuviese durante algun tiempo fuera de mi retrete, oyendo la sabia palabra de Yshac, que me sujetaba todos los dias á muchas horas de estudio, para que al volver viese renovadas las flores en los búcaros, renovado el fuego y los perfumes de los braserillos, limpio y arreglado el lecho.
Yshac no se habia separado de mí; luego alguien, á quien yo no sentia, á quien yo no veia, nos acompañaba en la casa.
Yo preguntaba á Yshac, pero Yshac callaba.
Cuando insistia solia responderme.
—Aun no es tiempo.
Yo me entristecia al pensar en el misterio que me rodeaba.
Porque Yshac me habia enseñado á leer, á escribir, á componer frases valiéndome de las flores, y me habia dado libros en que se hablaba de un mundo que yo no conocia, de un mundo en que habia poderosos y nobles reyes, hermosas sultanas, valientes caballeros, enamorados, damas, fiestas, aventuras, amores.
¡Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo á Yshac me decia:
—Aun no es tiempo.
—¿Pero cuando llegará ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa contestacion.
—Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte años: cuando el amor haya hablado á tu corazon.
—¿Y cuándo hablará en mi corazon eso que tú llamas amor?
—Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.
Me resigné al fin y pasé mi vida entre flores y fuentes; entre la armonia del canto de mis ruiseñores y de mi guzla.
Yo no conocia á otra persona que á Yshac; no tenia mas amigo que á Abu-al-abu.
El viejo buho habia sido mi compañero desde la infancia: en cuanto oscurecia entraba por una ventana ó por un ajimez en la habitacion que yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro, ó sobre mis rodillas, ó sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un ténue silvido; Abu-al-abu queria sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.
Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se estremecia y repetia sus silvidos mas ténues, mas dulces y esponjaba mas su plumaje y acababa por dormirse.
Yo amo á ese pobre viejo; él y mis pájaros y mis flores, son los únicos que tienen para mí demostraciones de afecto; y sonoros cantos y suaves perfumes.
Yshac está siempre sombrío, hosco, me mira con sobrecejo, habla conmigo muy pocas palabras, y con mucha frecuencia en medio de la noche, me estremece su risa, esa risa dolorosa y terrible, esa risa de condenado.
Pasaba así mi vida; llegó al fin un dia en que me sentí llena de una vida nueva; sentia en mi corazon una ansiedad lenta, dulce, pero que á pesar de su dulzura me atormentaba, cuando leia los hermosos poemas de Antar: cuando leia que un caballero enamorado iba venciendo peligros en busca de una dama encantada, yo me decia:
—¿Cuál será el caballero que me saque de mi encanto?
Yo quiero que sea blanco como las cándidas rosas de mi jardin; que tenga los ojos negros como el fondo de las grutas del rio; que sea mas gentil que el álamo, mas amoroso que el ruiseñor cuando trina: yo quiero que mi amado sea valiente, leal y buen caballero: yo le quiero ver en el esplendor de su poder y de su juventud.
—Y yo preguntaba al buho:
—¿Dónde está el amado de mi alma?
Y el buho silvaba dolorosamente.
Y preguntaba al ruiseñor, y el ruiseñor callaba.
Y preguntaba á las flores, y las flores parecia que querian apartarse de mí volviéndose sobre su tallo.
Y preguntaba á Yshac, y él me contestaba:
—Aun no es tiempo.
Y al escuchar estas desconsoladoras respuestas, mis ojos se llenaban de lágrimas y en mi pensamiento despierta, y en mis sueños dormida, veia yo al mancebo de mí amor, mas enamorado, mas valiente, mas generoso, enlazadas mis manos á las suyas, viviendo en su vida.
Y—Yo le amo, yo le espero, decia al buho y al ruiseñor y á las fuentes y á las flores.
Y todos ellos me contestaban de una manera dolorosa como si hubieran querido decirme:
—El amor de tu amado será fatal para tí.
Y empecé á ponerme pálida, como los claveles cuando les falta el rayo del sol.
Y empezó el sueño á huir de mis noches, y la paz desapareció completamente de mis dias.
Todo era triste para mí.
El cielo y la tierra: el sol y las nubes: y las flores.
Un dia... hace muy poco tiempo, Yshac me dijo:
—Ha llegado la hora.
—¿La hora de conocer á mi amado?
—Sí, me contestó.
Al dia siguiente me montó en un asno sencillamente enjaezado y cubierta con un haike, y él detrás, cubierto con su albornoz, me sacó del jardin; seguimos el rio abajo, atravesamos una hermosa ciudad, salimos a una deliciosísima vega y caminamos por ella hácia donde se pone el sol.
Aquella noche llegamos á otra ciudad rodeada de fuertes muros y altísimas torres.
¿Qué ciudad es aquella, pregunté á Yshac, que brilla como plata bajo la luz de la luna?
—En esa ciudad está el amado de tu alma, me contestó.
Y no dijo mas palabra, por mas que le pregunté.
Dormimos aquella noche en una casa, junto al rio, cerca de la ciudad.
Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dormí.
En medio de mi vela me sorprendió el ruido de un aleteo.
Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.
El pobre viejo nos habia seguido.
Se posó sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando á mi oido de una manera lastimosa: luego se precipitó por la ventana y desapareció.
Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llevó... al lugar donde te ví.
Cuando entramos, él mismo me quitó el haike y quedé con el rostro descubierto.
Todos me miraban, damas y caballeros.
Todos estrañaban, sin duda mi luto y el de Yshac.
Yo miraba á todos los mancebos que pasaban junto á mi ó que estaban á mi lado: ninguno era el de mis sueños, el ser á quien yo amaba sin conocerle.
Pero de repente sonó una música poderosa de trompetas y atabales, de dulzainas y añafiles, y entró el rey en la plaza.
A la derecha del rey venias tú.
Al verte mi corazon se estremeció, fijé en tí mis ojos y ya no los aparté mas.
Porque tú eras el hombre de mi amor. Mi corazon me lo dijo.
Pero tú me miraste un momento, y luego... apartaste de mí los ojos y no me volviste á mirar mas.
En cambio otro hombre me miraba tenazmente.
Era el rey.
Yo apartaba los ojos del rey, los fijaba en tí y no veia nada de lo que tenia alrededor.
Y las fiestas se acabaron y tú desapareciste, y yo quedé ciega y desdichada, con el corazon frio y los ojos llenos de lágrimas.
Al dia siguiente Yshac me trajo otra vez al jardin.
Al entrar en él me dijo:
—Tu amado vendrá y tú serás sultana.
Yo te esperaba.
Hoy me dijo Yshac:
—Tu amado vendrá esta noche: tú saldrás á su encuentro: las flores y las fuentes y las enramadas serán vuestros únicos testigos. Sé su esclava.
Yo quise hablar pero Yshac me dijo con fiereza.
—El destino lo quiere: la esclava debe esperar á su señor: pero que su señor no sepa la historia de su esclava; porque si la supiera moririas tú y moriria él.
Yshac no nos escucha, añadió Bekralbayda: está en aquel ajimez, y yo he podido contarte mi historia, he podido decirle te amo, soy tu esclava; tú eres la sed de mi corazon, el sol de mi vida; te veo, me escuchas y soy feliz.
Mientras Bekralbayda habia contado su sencilla historia al príncipe, la luna habia descendido y se habia ocultado al fin: la sombra habia cubierto árboles, fuentes y flores: despues que calló Bekralbayda, no se vió mas que la sombra de Yshac-el-Rumi en el ajimez en que lucia un resplandor opaco, ni se oyó mas que el murmullo de las fuentes y el aleteo de un buho que revolaba entre la enramada.
VI.
EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO HISTÓRICO.
Mohammet-ebn-Abd-Allah-ebn-Juzef-ebn-Al-Hhamar-al Nazar[11], el vencedor y el magnífico, sultan de Granada, era un poderoso rey, valiente y justiciero, que habia logrado reunir dentro de los muros de Granada, de la ciudad rival de Damasco, todos los restos dispersos del pueblo moro español, que las conquistas del santo rey Fernando III habian arrojado sucesivamente de Sevilla, de Córdoba, de Ubeda, de Baeza y de Jaen.
Granada, pues, habia reconcentrado en una reducida estension de terreno una poblacion inmensa: sus villas se habian ensanchado; la Vega, las vertientes de Sierra Nevada y las Alpujarras, se habian salpicado de aldeas, alquerías y castillos, y la misma Granada habia visto aparecer rápidamente sobre las laderas de sus montes, los barrios del Zenete y del Albaicin, fundados por los fugitivos de Baeza.
Granada en un dia de combate arrojaba por sus puertas ochenta mil ginetes, que juntos con los caballeros y gente ligera de la Vega y de las montañas componian un ejército de doscientos mil hombres fuertes y prácticos en la guerra contra el cristiano.
Fernando III, por la parte de Castilla y Andalucía, y don Jaime de Aragon por la de Valencia y Murcia, se vieron contenidos por aquella última barrera en que habian concentrado su pujanza los restos vencidos de los moros españoles.
Como cabeza de este reino de esta última esperanza de los moros en España, se veia al poderoso Ebn-Al-Hhamar-al-Nazar.
Digamos algo de este rey, el primero de la dinastía Nazerita, y fundador de la Alhambra.
Al-Hhamar era descendiente de la tribu de los beni-al-Ansari[12], un pariente ó sobrino de un Ansari que acompañó á Mahoma en su fuga de Medina á la Meca, llamado Ebada, habia venido de la Arabia á establecerse en España en los tiempos de la conquista de los árabes sobre la Península. De este Ansari, pues, descendia Al-Hhamar.
Pero fuese por las vicisitudes de la fortuna ó por otra causa cualquiera, los padres de Al-Hhamar eran labradores de Arjona, entonces populosa y rica villa de la Andalucía oriental.
A pesar de la escasa fortuna de sus padres, Al-Hhamar fué educado ventajosamente.
Era de despierto ingenio, y le enviaron á la universidad de Córdoba.
Gallardo, galan, fuerte y valiente causaba ya en su mocedad temor á los alentados, y habiendo demostrado aficion al ejercicio de las armas; su padre le dió una bolsa, una lanza y un caballo, le predicó un sermon que duró una hora larga acerca de la generosidad, del valor y demás deberes de un caballero, y le envió á buscar fortuna por el mundo.
Fuése á Córdoba con algunas cartas de recomendacion que habia recogido de sus parientes de Arjona y hubo de resignarse, por el momento, no á entrar con un cargo en el ejército, sino á desempeñar algunos oficios administrativos. Al fin, aprovechando las disidencias y las guerras civiles en que habia caido el califato de Córdoba, bajo el gobierno de los emires sucesores de Juzef-Amir Al-Mumenin, sirviendo ya al uno ya al otro, pero atendiendo siempre á la justicia de la causa á cuya defensa se decidia; ganada una y otra victoria, adquirió muy pronto en el ejército el dictado de Al-Nazar[13] que debia dar nombre á la dinastía fundada mas tarde por él.
Empezaba á menguar la sangrienta luna de los almoravides[14]; el califato de Córdoba se habia hundido; la guerra civil le despedazaba: los Almohades[15] predicando su doctrina religiosa que los almoravides llamaban herética, habian irrumpido de Africa sobre España, y Lotawak-Aben-Hud, último de los emires almoravides, luchaba con todas sus fuerzas.
Al-Hhamar sirvió á Aben-Hud, pero muy pronto volvió las armas contra él: tomó á Jaen por asalto, se apoderó de Arjona, de Guadix, de Baeza, y se hizo proclamar en los pueblos sujetos á su señorío, sultan y altísimo emir de los fieles[16].
Quedóse aislado Aben-Hud.
En aquellas circunstancias los reyes de Castilla y de Aragon, don Fernando el Santo y don Jaime el Conquistador, emprendieron á un tiempo su espedicion de conquista sobre los moros, el uno por la parte de Andalucía, el otro por la de Valencia.
Sorprendida Córdoba en una lluviosa noche de invierno, por Domingo Muñoz, alcaide de Andujar, vé ocupado su barrio de la Ajarquia[17] sin poder echar de él á los audaces cristianos que se han fortalecido dentro de la ciudad. Avisan á Aben-Hud para que acuda con su ejército, pero ha acudido antes el rey de Castilla. La traicion de un prisionero castellano que Aben-Hud envia á reconocer al ejército enemigo, le hace creer que las fuerzas de este son infinitamente superiores á las suyas, y se retira dejando en libertad á Fernando de estrechar á Córdoba entregada á sí misma.
En su retirada encuentra Aben-Hud á un mensagero del emir de Valencia que le pide auxilio contra el rey de Aragon que le estrecha; se decide Aben-Hud á prestárselo, pero en el camino, una noche en el castillo de Almería, es ahogado por el walí Abderraman, que proclama á Al-Hhamar.
Huérfana Granada asimismo de emir por la muerte de Aben-Hud, proclama al afortunado caudillo, y encuéntrase por lo tanto Al-Hhamar, rey del estado mas considerable de la dominacion musulmana sobre España, despues del califato de Córdoba.
Esta ciudad, Valencia, Murcia y despues Sevilla, han caido en poder de los cristianos, lo que resta á los moros en España, es ya la única y esclusiva monarquia del rey Nazar.
Sin embargo, se vió obligado á aliarse con Fernando III, á ayudarle con un cuerpo de caballería á la conquista de Sevilla, á declararse su vasallo rindiéndole pleito homenage y á pagarle un tributo anual.
Esto no aconteció sino despues de haberse visto obligado Al-Hhamar á rechazar una entrada de los cristianos, y hacer despues levantar el estrecho sitio que puso sobre Granada el mismo Fernando III[18].
Tal era la historia del rey Nazar. Valiente, sabio, religioso, defendió su reino, fundó en él escuelas y mezquitas, y se dedicó á la proteccion de las artes y de la industria.
Sin embargo, este gran rey moraba aun en la antigua casa del Gallo de viento; no tenia un alcázar digno de su grandeza y de su poder; Al-Hhamar-al-Nazar antes que en la suya propia, habia pensado en la felicidad de sus vasallos.
VII.
EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO.
Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el miércoles 9 de la luna de Xaban[19] del año 591 de la hegira[20]; contaba pues, cuarenta y cinco años en el momento en que le presentamos á nuestros lectores.
Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrísimas y pobladas y en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana; sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas; sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran magestad á su aspecto.
El rey Nazar era todavía hermoso, y sino era jóven no parecia viejo.
Aun podia pensar en el amor.
En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.
Su primera esposa, Zobeya, madre del príncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah, habia muerto al dar á luz á este príncipe.
La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre en la casa de Nazar.
La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermosísima, madre de su segundo hijo el príncipe Juzef, de la cual hacia mucho tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipatía mortal.
Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo tormento para Al-Hhamar.
Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey Nazar.
No amaba á ninguna muger.
Ni aun pasaba de las puertas de su harem.
El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21] á no ser por sus academias con sus sabios y poetas, ó por sus continuas escursiones por sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la fidelidad de sus alcaides y walíes.
Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia: sus ejércitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.
Pero como hombre estaba en una contínua guerra con un deseo misterioso, con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos no era bastante para satisfacer aquel deseo.
Necesitaba otro amor.
La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contínuo y sombrio disgusto que se veía impreso en su semblante, y su soberbia siempre provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.
Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se levantaban dentro de su alma.
Lejano, perdido allá en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano, candente, abrasador, el otro.
La una muger era la sultana Leila-Radhyah.
Al-Hhamar no habia podido olvidarla.
Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.
La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para descubrir su paradero.
Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombría su pérdida.
Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era poderosa.
Se la atribuia un poder mágico.
Ya hemos dicho que los moros son muy dados á la supersticion.
Cuando conoció Al-Hhamar á Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoderó de ella, era simplemente walí[22]; su cautiva era una doncella de sangre real hija de un poderoso emir de Africa.
Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor voráz, necesitando de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del príncipe Mahommet, ni se atrevió á devolver la doncella real á su padre, porque esto era perderla, ni á casarse con ella, porque sabia demasiado que el rey de Tlemcen no se avendria á dar por esposa á un simple walí una sultana hija suya.
La ocultó, pues, en su casa, gozó sus amores, é hizo feliz durante algun tiempo á la pobre jóven que le amaba y todo lo posponia á su amor.
Pero llegó un dia en que Al-Hhamar se casó con Wadah, quedando reducida Leila-Radhyah á la posicion de una concubina, de una esclava que ningun derecho tenia.
Poco despues desapareció como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su aposento sangrientas señales. El rey la creyó muerta y la lloró.
Aquella misma noche, Al-Hhamar escuchó en las habitaciones de su esposa, la hermosísima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes á rugidos de leona.
Cuando entró en aquellas habitaciones, encontró á Wadah medio desnuda, destrenzados los cabellos, delirante, frenética, buscando acá y allá, levantando tapices, asomándose á los ajimeces, mirando al oscuro fondo de los patios y gritando sin intermision:
—¡Asesinos! ¡asesinos! ¡asesinos!
Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado de sangre.
Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y lanzó una horrible carcajada.
En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.
Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos esclavos habian desaparecido.
El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.
Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba gritando:
—¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!
Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.
La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en el alma del rey Nazar era Bekralbayda.
Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no habia podido olvidarla.
Nunca habia sentido un deseo mas exigente.
Aquella niña llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hácia Leila-Radhyah.
Habia llamado en vano á Yshac-el-Rumi.
Yshac le habia contestado:
—Aun no es tiempo.
—¿Pero de qué familia es esa niña?
—No es tiempo, replicaba Yshac.
—¿Es libre ó esclava? añadia el rey.
Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:
—Aun no es tiempo.
Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole envenenada el alma.
Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.
Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:
—¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!
VIII.
LA VENTA DE UNA MUGER.
Era ya tarde.
En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las pisadas de alguno que se acercaba.
Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él lo que pasaba en su alma.
Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:
—¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede pensarse.
Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresuró á mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie, ni aun por sus mismos hijos.
Entró en la cámara algun tiempo despues un hombre alto, pálido, enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel, blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en cuyas profundas órbitas se revolvian dos ojos brillantes como carbunclos.
Aquel hombre no se prosternó ante el rey Nazar: por el contrario adelantó hácia él, rígido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que retrocedió.
—¡No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico! dijo deteniéndose á poca distancia del rey.
—Tú eres el viejo que acompañaba á la doncella blanca, dijo el rey Nazar sin poder dominar su fascinacion.
—Sí, yo soy el astrólogo Yshac, contestó aquel hombre permaneciendo inmóvil en el sitio donde se habia parado.
—Tú eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montañas de oro por la doncella blanca: aun no es tiempo.
—Yo soy.
—¿Y á qué vienes?
—Vengo á venderte á Bekralbayda.
—¡A vendérmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.
—Yo no quiero dinero.
—¿Qué quieres pues?
—Dos cosas solas.
—Habla.
—Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.
—¡Ah! ¡poner junto á la terrible Wadah, á ese arcángel del sétimo cielo! ¿Sabes tú quién es Wadah?
—Soy astrólogo y mago: lo sé.
Tembló imperceptiblemente el rey Nazar.
Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.
Vistos á cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra negra, que no se atrevian á unirse, que se rechazaban.
—¿Sabes que la sultana Wadah está loca?
—Lo sé.
Por un cambio natural en la disposicion del ánimo del rey, preguntó con ansia á Yshac.
—¿Sabes por qué causa está loca la sultana?
—Sí.
—Dímelo.
—Aun no es tiempo.
El rey se estremeció de nuevo.
—¿Y sabiendo que está loca la sultana quieres poner á su lado á Bekralbayda?
—Sí.
—¿Pero cómo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado de la sultana?
—Ese es negocio tuyo.
—¿Y qué mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese modo?
—Ser tu astrólogo: vivir en tu alcázar.
—¡Y nada mas pides! esclamó con asombro el rey Nazar.
—Nada mas quiero, contestó con voz cavernosa el astrólogo.
—Puedes traer mañana á Bekralbayda al alcázar.
—Pues bien; mañana la traeré. A Dios.
Y salió tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo al rey Nazar.
IX.
DE CÓMO EL PRÍNCIPE MOHAMMET ESTUVO Á PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON.
Bekralbayda era feliz.
Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su amado.
Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con el príncipe.
El príncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su amor era suya en cuerpo y en alma.
Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dándose cita para la noche siguiente.
Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmóvil, apoyado en el alfeizar del ajimez.
La dama blanca habia dado salida al príncipe por el portillo de una cerca.
Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido á su retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueño de amores.
El príncipe se habia encaminado á la Colina Roja, y se habia ocultado en las ruinas del templo de Diana.
Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:
—¿Porqué velará á estas horas mi padre?
Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.
Llegó la noche.
Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y misteriosamente alumbrada por los luceros.
El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y se encaminó á la casita blanca del remanso.
A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él, le esperaba Bekralbayda.
Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de aquellos lugares.
Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.
Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que le habia llevado al palacio de la dama blanca.
Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada, áspera, húmeda y nada mas.
—¿Me habré engañado? se preguntó.
Y volvió á salir.
Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia penetrado la noche anterior.
Para confirmarle en ello estaban allí las ramas que habia cortado con su yatagan para abrirse paso.
Sin embargo, aunque penetró una y otra vez, solo halló una estrecha escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.
Desesperado, abandonó aquel lugar y subió á las cortaduras del rio y rodeó por los cármenes, buscando el postigo por donde le habia dado salida la dama blanca.
Pero no halló la cerca.
En cambio se perdió en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas á medida que el príncipe se revolvia mas en ellas.
Llegó un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.
—¿Habrá aquí algun encantamento? dijo.
Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oyó un ronco ladrido, y poco despues se vió acometido por un enorme perro campestre y por una ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una linterna.
Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.
—Hé aquí el ladron de nuestras hortalizas...
—El talador de nuestras flores.
—El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa del admirado príncipe.
La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian mugeres y parientas hermosas, algunos jóvenes caballeros habian dado en la flor de ir á meterse en vedado por aquellos frondosos cármenes, pisando las flores que encontraban á su paso, pero con la cautela y la malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el príncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.
—¿Qué decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el príncipe: yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me hé perdido en vuestros cármenes y os ruego que me saqueis de ellos.
—¿Qué te saquemos? pues ya se vé que te sacaremos: esclamaron los rústicos, pero será para llevarte preso al rey que nos hará justicia.
Estremecióse el príncipe.
—Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quién soy yo.
—Seas quien fueres, por ladron te tenemos ¿no has pasado nuestros términos de noche sin nuestra licencia?
—Yo no he encontrado cerca alguna.
—Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirás ahorcado.
En efecto el príncipe habia saltado una pequeña tapia.
—¿Y para qué queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos ahorcarle, ¿acaso no es un ladron armado? ¿no sabeis que el que coje á un ladron armado puede ahorcarle allí donde le pille?
—Pero yo no he hecho resistencia: esclamó el príncipe.
—¿Y quién sabe si la has hecho ó no? ¿lo dirás tú despues de muerto?
—Si vosotros me ahorcárais, mi padre os descuartizaria vivos, contestó con altivez el príncipe.
—Es que nosotros tenemos un padre que nos defenderá del tuyo por poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey Nazar.
—Pues bien de rodillas ante su hijo el príncipe Mohammet, dijo con altivez el jóven.
—¿Tú el príncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar? dijeron los rústicos: no puede ser; ¿qué tiene que buscar nuestro buen príncipe por estos sitios y á estas horas?
—Es un mal caballero que miente por salvarse.
—Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.
—Un infame.
—Ahorquémosle.
—No; casémosle con la muger que vendrá á buscar y que sin duda es hija de uno de nosotros.
—Yo no conozco á vuestras hijas: os repito que soy el príncipe Mohammet.
—Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dirá si eres príncipe ó no.
Y arremetiendo á él, y sin que el príncipe pudiera valerse, le arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.
X.
LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.
Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia á Yshac, cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del astrólogo, le anunció que unos labradores traian preso al príncipe Mohammet.
Porque el príncipe habia sido reconocido en el alcázar, y se habia detenido á los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber preso al príncipe.
Nublóse el semblante de Al-Hhamar.
Era el primer disgusto que le daba su hijo.
Mandó que introdujesen al príncipe y los labradores.
El príncipe se presentó confuso.
Los labradores aterrados se arrojaron á los pies del rey Nazar.
—Perdon, señor, perdon, esclamaron: nosotros no conocíamos al esclarecido príncipe, tu hijo.
—El nos dijo quien era.
—Pero nosotros no le creimos.
—Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros cármenes.
—Y nos roban las flores...
—Las flores de nuestra alma.
—Nuestras esposas y nuestras hijas.
—Y creimos que el príncipe fuera uno de estos ladrones.
—Porque le encontramos dentro de nuestros cármenes.
—Que están cercados.
—Que están guardados.
—Nosotros no sabiamos que era el príncipe.
Impuso el rey Nazar silencio á los labradores, que hablaban á un tiempo y en coro, impulsados por el miedo, y preguntó á su hijo:
—¿Es cierto lo que estos dicen?
—Me han encontrado en los cármenes, señor, contestó el jóven.
—¿De noche y armado?
—Si señor.
—¡Idos! dijo el rey á los labradores.
Estos no esperaron á que el rey repitiese su mandato, y salieron en tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los esclavos y de los soldados en su tránsito por el alcázar.
El rey Nazar se habia quedado solo con el príncipe, y le miraba ceñudo.
—¿No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.
—Si señor, constestó el príncipe.
—¿No te habia mandado que no vinieses á Granada?
—Si señor.
—¿Por qué has venido? ¿qué causa grave tienes que alegar en tu disculpa?
El príncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se atrevió á confesar la verdad.
—Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes, contestó.
—Si uno de tus walíes abandonase un gobierno que tú le hubieses encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, ¿qué harias?
—Mandaria cortar la cabeza al walí, contestó con mesura, pero con firmeza el príncipe.
—¿Porque el walí habria sido traidor y rebelde?
—Si señor.
—¿Tú eres príncipe: tú eres mi compañero en el mando? tú eres casi el sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. ¿A qué has venido á Granada?
—Estaba triste en Alhama.
—¿Y tienes aquí tu alegría?
—Si señor.
—¿Y... tu alegría cómo se llama?
—¿Pero por qué has venido á Granada desobedeciéndome? ¿por qué has abandonado mi estandarte en la frontera?
—Por respirar las auras de la noche en los cármenes del Darro.
—¡Oh! yo sabré tu secreto, dijo el rey.
Y llamando á dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23] les mandó que encerrasen al príncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de viento.
Esta antiquísima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto á las almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror supersticioso que inspiraba.
Decíase que habitaba en ella el alma del rey Aben-Habuz el sabio.
Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio á que daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrábase en ella por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la unia con uno de los lados del patio.
Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de años. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y profundísimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la escalera, en una cámara de ocho pies en cuadro, baja de bóveda y envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia como escondido en uno de los rincones.
En esta cámara á nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas semicirculares se abrian en direccion á los cuatro puntos cardinales.
Además del centro ó clave de la bóveda descendia hasta la parte media de la altura de la cámara un eje de hierro, del que estaba suspendido un pequeño ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y con la lanza baja.
Aquel eje se volvia obedeciendo á la veleta de la parte superior, y la punta de la lanza del caballero señalaba á la parte donde iba el viento.
Contábanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se veia por sus altísimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era de un buho enormísimo, tan grande como la mas grande águila que anidaba junto á las almenas; y á propósito del resplandor, y del humo, y del buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar á los muchachos y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre y del palacio que tenia á sus pies.
Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba, era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus galerías, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en él vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.
Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey Nazar.
Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era una escelente atalaya.
Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á los wazires:
—Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla; haced que le vayan á buscar.
Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro atravesaba á Granada.
Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma: Bekralbayda.
XI.
DE CÓMO EL REY NAZAR COMPRENDIÓ QUE NO PODIA SER FELIZ.
Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.
A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebeldía de su hijo.
Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de su alma un secreto.
¿Y qué secreto era este que no queria revelar á su padre?
Y mientras el rey Nazar se deshacia en conjeturas, la solucion del secreto entraba en su palacio con el caballo del príncipe, que los wazires habian ido á recojer en persona á la Colina Roja.
Uno de los wazires se presentó al rey.
Llevaba en las manos unas pequeñas pero pesadas alforjas de seda, bordadas, en cuyas bolsas se contenia sin duda dinero.
—Esto hemos encontrado sobre el caballo del príncipe, señor, dijo el wazir presentando las alforjas á Al-Hhamar.
El rey puso las alforjas sobre el divan y despidió al wazir.
Apenas se vió solo examinó con una impaciencia febril las dos bolsas de las alforjas; por su contenido esperaba deducir el objeto de la secreta venida del príncipe á Granada.
Pero solo encontró una razonable cantidad de dirahmes[24] de plata, lo que bastaba para un caballero, pero que era insuficiente para pagar una rebeldia: además encontró un pequeño envoltorio de seda.
Dentro de él halló dos cartas y un rizo do cabellos negros, sedosos, brillantes, largos, pesados, que exhalaban un delicioso perfume.
—¡Ha venido á Granada por una muger! ¡ama! ¿pero quién es esa muger? ruin debe ser cuando me la recata: estas cartas me lo dirán:
Abrió la primera que estaba escrita en verso y decia así: