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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 133: L.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

XXXVIII.

Era Jask tan temeroso de Dios, que no vaciló en arrostrar el nuevo y terrible sacrificio que el Señor le exigía.

Aprovechando la ocasion del paso de los árabes á España, una noche, convirtiéndose en ladron de sí mismo, penetró en las habitaciones donde se criaba su hija y la robó recatadamente, y la sacó de su palacio.

Luego, disfrazándose de labrador, se fué á la campiña, y para que amamantase á su hija, sedujo con oro á una aldeana, que abandonó á su esposo y al pequeño hijo que criaba.

Jask, por imprevision, arrastrado por su amor de padre, habia cometido, sin sospecharlo, dos grandes pecados; habia robado una madre y una esposa á su familia, y habia dado por nodriza á su hija una mala madre y una mala esposa.

Débil para el dolor de Aidamarah, Jask habia cometido además otro pecado: habia amargado el corazon de su esposa haciéndola concebir la horrible duda de si su hija era muerta ó viva.

Jask además habia mentido.

Jask, sin sospecharlo, habia vuelto sus espaldas á Dios.

Su amor hácia Aidamarah le habia perdido.

Habia pecado, y no podia arrepentirse de su pecado porque no sabia que lo habia cometido.

Dios es infinito y único, é incomprensible.

¡Loado sea su nombre!

XXXIX.

Jask tuvo algun tiempo escondida á su hija y á su nodriza en la cabaña de un valle.

El mismo cuidaba de la nodriza; la llevaba el alimento y las ropas, y cuanto habia menester.

Encubierto siempre; siempre desconocido para la nodriza.

Y entre tanto hacia correr á los suyos por todas las tierras comarcanas en busca de su hija.

Y todas las tardes cuando el sol se ponia, Aidamarah rodeaba sus brazos á su cuello y le decia con las lágrimas en los ojos y el seno palpitante, pálida y consternada:

—¿Han encontrado tus esploradores á nuestra hija?

Y Jask respondia tambien con las lágrimas en los ojos.

—Dios no lo quiere.

Aidamarah iba á sentarse en el suelo en un ángulo con el rostro vuelto á la pared, y allí permanecia inmóvil.

Jask se limpiaba los ojos con el estremo de la toca, y salía.

Y así pasaron una luna y otra, hasta siete.

Un dia Jask anunció á Aidamarah, que se veia obligado á hacer un largo viage á las tierras de occidente.

Aidamarah estaba de nuevo en cinta.

Al saber que su esposo, á quien amaba con toda su alma, iba á separarse de ella, la desdichada se desmayó.

Jask, aprovechando su desmayo, montó en su corcel y solo, al tiempo que amanecia, sin llevar consigo mas que una bolsa llena de oro, su espada, su lanza y su escudo, y su hermano el perro-leon que le precedia y que jamás se separaba de él, partió de la ciudad y se trasladó al valle donde la nodriza amamantaba á su hijo.

En el camino entró en un rebaño de camellos que pastaban en la ribera, y compró el mas fuerte y poderoso.

Al pasar por una aldea, compró jaeces y almohadones para el camello, y un palanquin cubierto.

Luego siguió su ruta, llegó á la cabaña del valle, puso sobre el camello á su hija y á la nodriza, agua y mantenimientos, y tomó el camino de Tánger.

XL.

Hay en las tierras de Hiberis, por bajo de la sierra Nevada, mirando al distante mar, un pequeño valle junto al cual pasa la corriente humilde aun del Genil.

En una eminencia del valle, se ven aun los restos, ó mas bien los cimientos cubiertos de musgo de un antiguo edificio, siglos hace arruinado.

En aquellos tiempos, sobre estos cimientos, se levantaban cuatro torres unidas por cuatro muros de muralla, y en medio de estas cuatro torres una torre mayor.

Esta torre no tenia en su parte superior mas que una cámara, y una galería que daba salida á las escaleras de la torre, y entrada á la cámara.

Esta cámara estaba dividida en dos por una pared, que no pasaba de la mitad de la altura del espacio general.

En cada uno de estos compartimientos habia un agimez, pero abiertos en tan espesos muros, que desde adentro solo se veian á lo lejos las distantes montañas, y el lejano mar, cuyos horizontes se perdian en la niebla de Africa.

Cada uno de estos agimeces tenian, por la parte de adentro, una fuerte verja que se abria y se cerraba.

Búcaros con flores llenaban el espacio del muro, desde la verja á la parte esterior.

Estos dos compartimientos, si eran alegres, se debia á los agimecillos trasparentes de la cúpula estrellada, á las labores doradas de las paredes, á sus esmaltes de colores, á los surtidores que emanaban de las fuentes de mármol, á los brillantes espejos de plata con marcos de oro, que se veian entre las columnas que sostenian la cúpula.

Estos dos compartimientos tenian dentro de sí cuanto puede apetecer una muger en su retrete. El baño, el divan, los pebeteros, las esencias mas preciadas, las tapicerías mas ricas.

Estos dos compartimientos eran exactamente iguales.

Ya en el uno, ya en el otro, moraba contínuamente una muger.

Pero una muger maravillosamente hermosa, y ricamente engalanada.

¿Para quién se engalanaba aquella muger?

Ella no conocia á nadie.

Recordaba sí á unas gentes que la habian criado.

A dos ancianos, el uno hombre, la otra muger.

Pero hacia muchos años que habia dejado de ver á aquellos dos séres.

Muchos años, durante los cuales, no habia visto mas séres vivientes; que las moscas azules que cruzaban la dorada atmósfera de sus retretes, ó las mariposas de oro y colores, que venian á pararse un momento sobre los ramilletes de los búcaros, ó las golondrinas que revolaban junto á sus nidos fabricados bajo las almenas de la torre.

Esta muger, mejor dicho, esta jóven; porque solo contaba veinte y un años, era Zairah, la infortunada hija de Jask-Al-bahul, y de su esposa Aidamarah.

Zairah, desde el momento en que cumplió los ocho años, mucho antes de que el amor pudiera hablar á su corazon, habia sido sentenciada á la soledad.

Habia tres años que no veia á persona viviente.

Servíanla, sin embargo, como á una sultana.

Cuando se levantaba del sueño con el alba, encontraba abierta la puerta del otro departamento.

En cuanto Zairah pasaba de ella, la puerta se cerraba, y poco despues volvia á abrirse.

El departamento en que habia pasado la noche, habia sido cuidadosamente limpiado, renovadas las flores y las ropas, y puestos escelentes manjares sobre una rica alfombra en vagillas de oro.

Cuando Zairah deseaba alguna cosa, un perfume, un pájaro, un libro, un instrumento, tocaba con una varita de oro sobre una copa puesta sobre una mesa, dejaba sobre ella escrito en un papel su deseo, y pasaba á la otra parte.

Inmediatamente se cerraba la puerta, volvia á abrirse al poco tiempo, y cuando Zairah volvia, encontraba el objeto que habia pedido.

En una ocasion, se sintió enferma y llamó, avisando en un papel su estado.

Inmediatamente apareció una persona, enteramente cubierta, examinó á la jóven, y la asistió hasta que estuvo completamente restablecida.

Así vivia la infeliz hija de Jask-Al-bahul y Aidamarah.

XLI.

Segun lo habian predicho los astrólogos, Aidamarah tuvo dos hijos trascurridos tres veces siete meses desde el nacimiento de Zairah.

El uno se llamó Jacub; el otro Kaibar.

Aidamarah murió al dar á luz al último.

Era este tan monstruoso y tan feróz, como hermoso y apacible era Jacub.

Jask hizo que los astrólogos consultasen el destino de sus dos hijos.

Los astrólogos consultaron las estrellas y dijeron al rey:

—Señor, aparta de tí á tus hijos, críalos al uno lejos del otro, porque si crecieren juntos ó si algun dia se encontraren se despedazarán.

Jask envió á Kaibar á la parte oriental de Africa.

A Jacub á la parte occidental.

Pasaron tres veces siete años.

Un dia Kaibar, cuyos instintos salvages no habia podido contrariar una escelente enseñanza, vagaba por las montañas de la Abisinia, desnudo, con el carcaj á la espalda, y en las manos el arco entezado.

Seguia á una corza, á quien seguia jadeante y cansado su corcillo.

Tendió el arco, é iba á disparar, cuando entre la inofensiva bestia y su cria se levantó una forma humana.

Era una muger negra, pero hermosa, como no habia visto otra Kaibar.

Vestia una túnica roja, y sobre sus cabellos negros y brillantes llevaba una diadema de corales.

—¿Quién eres? dijo Kaibar sintiéndose fascinado por primera vez por aquella imponente y negra belleza.

—Soy una sombra, dijo ella.

—¡Una sombra!

—Sí, la sombra de una muger.

—¿Esa muger ha muerto?

—No.

—¿Vive?

—Sí. Contémplame bien: yo soy su espíritu, que vago buscando el amor sobre la tierra, y el destino me ha traido á tí.

—¿Que buscas tú el amor?... ¿Pues cómo no te busca el amor á tí?

—He nacido para vivir sola; para morir sola.

—¡Ah! yo te amo, dijo Kaibar.

Y adelantó hácia la jóven.

Pero la jóven siguió delante de él ligera y feble como llevada á impulsos del vientecillo de la tarde.

—¡Oh! ¡yo te amo, y si no eres mia... moriré! dijo Kaibar estendiendo los brazos hácia la hermosa.

—Consulta á un varon que encontrarás allá arriba, en la hendidura de aquella pared, y él te dirá lo que necesitas hacer para alcanzar el cuerpo de mi sombra.

Y la hermosa sombra negra desapareció como un vapor.

Kaibar habia quedado con el alma envenenada.

El sol ardia en lo mas alto del cielo.

Las palmeras y los nopales, inclinaban sus cabezas mustias bajo su rayo abrasador.

Kaibar empezó á trepar por la pendiente.

XLII.

Cuando llegó á la entrada de la grieta, encontró dentro á un ermitaño.

Era viejísimo, encorvado, con una larga barba blanca, calzados los pies con unas sandalias de piel de camello, vestido el cuerpo con un sayo de lana y ceñidos los lomos con una cuerda.

Sobre sus rodillas tenia abierto un libro negro.

Aquel libro estaba escrito con caractéres rojos.

Cuando entró el jóven, el ermitaño clavó en él sus pequeños ojos grises y relucientes.

Kaibar retrocedió.

Aquel hombre le ponia espanto.

—Si eres cobarde, dijo el ermitaño con voz profunda y cavernosa, ¿por qué vienes á mí?

—¿Quién eres? dijo Kaibar.

—Yo soy Eblís[95], el viejo.

—¡Tú! ¡tú Satanás!

—Yo soy.

—Y bien, dijo Kaibar; ¿me puedes tú dar los amores de la doncella negra?

—Sí; si tú los quieres.

—¡Que si los quiero! por ella se estremece mi corazon.

—¿Sabes quién es esa doncella?

—Debe ser hija de un rey poderoso ó de un poderoso genio.

—En efecto esa doncella es hija de un rey.

—¡De un rey! ¿y cómo se llama?

—Jask-Al-bahul.

—Yo he oido pronunciar el nombre de ese rey.

—Ya lo creo, como que ese rey es tu padre.

—¡Mi padre un rey!

—Sí, dijo el diablo; siéntate y escucha.

Kaibar se sentó.

Eblís le contó la historia de sus padres.

Kaibar le escuchó con atencion.

Cuando el diablo hubo concluido, preguntó á Kaibar:

—¿Y á pesar de saber que esa sombra que te ha enamorado, es la sombra de tu hermana Zairah, insistes en tus amores?

—¡La amo! ¡oh! ¡sí! ¡la amo! ¿pero por qué es negra la luz de mis ojos?

—Antes era blanca como la luna, pero desde que ha amado á tu hermano Jacub...

—¡A mi hermano Jacub!...

—Sí, el que vive en el Cairvan.

Un pensamiento de muerte pasó por el corazon de Kaibar.

—Pues bien, dijo, yo quiero ver á mi hermana Zairah, quiero ser amado por ella.

—La verás, la arrebatarás de su prision, pero yo no sé si te amará.

—¡Oh! ¡véala yo! ¡sea mia!

—Para ello necesitas mi ayuda.

—¿Y no me la darás?

—Sí, pero dame tú tu alma.

—¡Mi alma! ¿pues quién eres tú?

—Yo soy Eblís.

—¿Y puedes tú darme lo que deseo?

—Sí.

—Pues toma en buen hora mi alma.

El diablo metió la mano debajo de su túnica y sacó un pedazo de caña, con la cual se habia hecho una especie de tubo, cerrado por un nudo natural en la parte inferior, y tapado con un pedazo de pino en la parte superior.

El diablo quitó aquel tapon y mostró á Kaibar el interior de la caña, relleno de una especie de pomada verde.

—Esta es la hiel de un enamorado loco que se ahorcó por una muger que no le amaba, dijo Satanás.

—¿Y para qué sirve este unto?

—Cuando quisieres penetrar hasta Zairah, úntate con él las sienes, sobre el corazon, en las palmas de las manos y en las plantas de los pies y pronuncia su nombre.

El diablo entregó la caña con su contenido maldito á Kaibar.

Kaibar se untó inmediatamente con aquella verde pomada las partes que el diablo le habia dicho, y pronunció el nombre de Zairah.

Aun no habia acabado de pronunciarle, cuando se encontró sobre una montaña al pie de un castillo, junto al muro de unos jardines.

Una muger jóven, negra y hermosa, adelantaba sobre un caballo negro, precedida por un perro, y seguida por un caballero armado con armas negras, ginete en otro poderoso caballo.

XLIII.

Al ver la dama á Kaibar se estremeció.

El perro-leon rugió.

El caballo se encabritó y luego partió á la carrera.

Tras el caballo que conducia á la jóven, partió el del caballero del arnés negro.

Kaibar con la pujanza de un jigante, siguió á la carrera al caballo que conducia la dama.

El destino habia reunido á los tres hermanos.

Muy pronto, y por distinto camino, se perdieron el caballo de la dama negra, y el del caballero del negro arnés.

—¡Y cosa estraña!

Delante de Kaibar corria, corria, como pretendiendo guiarle, su tio, el hermano de su padre, el perro-leon.

¿Quién era el otro caballero de las armas negras?

¿Cómo habia podido apoderarse de la negra y hermosísima dama?

Aquel caballero era Jacub, el otro hijo del rey Jask-Al-bahul.

El hermano de Kaibar.

Una noche velaba Jacub.

Ya lo sabeis.

El mismo nos lo ha dicho.

La pálida luz de la luna iluminaba las almenas de la torre de la alcazaba de Kaibar, donde el jóven príncipe se encontraba.

Estaba triste.

Un sueño vago y misterioso de amor habia enlanguidecido su alma.

Ansiaba, y no sabia lo que ansiaba.

Tenia sed, y no sabia en qué fuente podia templarla.

Su corazon ardia, y Jacub buscaba en vano la causa de aquel fuego.

De improviso, allá á lo lejos, como viniendo del otro lado de los mares, resonó una voz dulcísima y oyó aquel romance de amores que decia:

Libres los vientos—zumbando vagan;
libres navegan—las nubes blancas,
del firmamento—la azul campaña;
libres batiendo—las leves alas,
las golondrinas—besan las aguas,
del ancho lago—que riza el aura;
libres las ondas—la curva playa,
amantes orlan—de espumas cándidas;
las mariposas—engalanadas
ora revuelan,—ora se paran,
entre las flores—de mi ventana,
y yo entretanto—me miro esclava,
me cercan muros,—puertas me guardan,
y en mis megillas—el sol vé lágrimas,
cuando aparece—por la mañana,
y aun vé mis ojos—que el llanto empaña
cuando á los mares—cansado baja.

Y el eco lánguido y cadencioso, repetia débilmente aquel cantar que parecia habian traido á los oidos de Jacub hadas invisibles.

Jacub habia sido educado en Cairvan, sin conocer su orígen, por un anciano kadí.

Cuando despues de haber permanecido largo tiempo en las almenas de la torre, despues de que se hubo perdido en el silencio el lejano y voluptuoso eco de la cancion, bajó á la cámara, encontró prosternado y orando al anciano kadí.

—¿Qué tribulacion nos amenaza, mi buen Abu-Kair? dijo el jóven príncipe dirijiéndose al anciano.

—La tentacion vuela en torno de mí, dijo el anciano; Satanás ha rozado mi frente con sus alas de vampiro.

—¿Y qué te ha dicho Satanás?

—¡Oh! el pérfido me enseñaba una bolsa llena de oro.

—¡Una bolsa llena de oro!

—Y un anillo con una gruesa esmeralda.

—¡Ah!

—Y un rosario de coral y de diamantes.

—¡Cosa estraña! dijo el príncipe; ¡yo tengo oro y un anillo con una esmeralda y un rosario de corales y diamantes!

—En efecto, el diablo para ofrecerme estas cosas, habia tomado tu figura.

—¡Ah, el malo! ¡pues si yo estaba hace poco en lo alto de la torre!

—Ya lo sabia yo; y además habia conocido á Satanás, porque aunque habia tomado tu figura, no habia podido replegar de tal modo á sus espaldas sus negras alas que yo no las viese.

—¡Ah! ¿y qué te decia?

—Yo amo á una muger, no la conozco; pero la siento en mi alma; debe ser muy hermosa, porque mis ojos la buscan ansiosos como el ciego busca la luz; muy jóven, porque mi alma al sentirla se refresca; muy pura, porque el fuego en que enciende mi alma es dulce y tibio como el sol del primer dia de la primavera.

—¡Ah! pues yo amo así; yo siento así, dijo el príncipe. ¿Y qué mas te decia el condenado?

—Esa doncella debe ser princesa, porque al presentirla, mi alma se enorgullece; hija de un poderoso debe ser.

—Sí, sí, así lo siento yo. Pero continúa relatándome lo que decia el negro espíritu bajo mi figura.

—Me decia: yo no sé quien soy y quiero saberlo, hánme criado sin decirme el nombre de mi padre, pero debe ser poderoso y noble, y debe amarme mucho, porque yo tengo hermosos caballos de Arabia, y armas de oro, y túnicas preciadas, y joyas, y tesoros. ¿Quién es mi padre?

—¿Y qué contestaste tú al diablo?

—Yo le dije, no te lo puedo decir. Entonces el diablo sacó una gran bolsa y me la mostró.

—¿Era cómo esta? dijo el príncipe sacando una bolsa, y mostrándola al kadí; cuyos ojos brillaron.

—Como esa era.

—Toma, pues, dijo el príncipe; quiero que tu sueño se realice.

El kadí se apoderó con ánsia de la bolsa.

—Pero dime lo que dijiste al diablo en mi figura; dijo el príncipe.

—Yo, dijo el kadí, dije al diablo: tú eres hijo de un rey.

—¡Hijo de un rey! ¡de un rey poderoso!

—Sí, de un rey que tiene sus dominios en los linderos del Desierto.

—¿Y cómo se llama ese rey?

—Lo mismo me preguntó el diablo, pero yo no quise contestar; entonces me enseñó una hermosa sortija con una gruesa esmeralda y me dijo: tuya es si me declaras el nombre de mi padre.

—Hé aquí la sortija, dijo el príncipe quitándose de un dedo de la mano izquierda una magnífica esmeralda.

El kadí se apoderó de la sortija con doble ánsia que con la que se habia apoderado de la bolsa.

—Tu padre se llama Jask-Al-bahul, dijo el kadí.

—Y dime, ¿tiene mi padre otros hijos? y téngalos ó no, ¿por qué me ha separado de sí?

—Esta misma pregunta me hizo el diablo, repuso el kadí, pero yo callé; entonces el diablo me enseñó un largo rosario de corales y diamantes, y me dijo:

—Esta joya es preciosa; si me revelas mi historia te la doy.

—Toma, toma, dijo el príncipe sacando do su seno un hermoso rosario de corales y diamantes; pero cuéntame mi historia.

El kadí se apoderó del rosario, y contó á Jacub la historia de su padre y el horóscopo suyo y el de sus hermanos.

Jask á nadie habia revelado aquel secreto, pero lo sabia el diablo que todo lo sabe, y tomando la figura del kadí, que dormia en otro aposento, habia revelado al jóven príncipe su destino, y al revelárselo se habia valido de aquellas trazas para quitarle el bolsillo, la sortija y el rosario, que eran tres talismanes que debian proteger al príncipe contra la desgracia.

Cuando el príncipe supo su historia, dijo:

—¡Ah! por noble y alta y poderosa que sea la princesa que me enamora, yo soy tambien alto, noble y poderoso; ¿pero dónde está esta princesa, cuya voz he oido dulce y enamorada, como viniendo de la inmensidad?

—Yo no puedo decírtelo, señor, contestó el falso kadí, esto es: el diablo que para perder al jóven, habia tomado la figura del kadí: pero puedo decirte donde hay un sábio, que te revelará lo que deseas.

—¿Y dónde mora ese sábio?

—En la selva cercana á Kairvan.

—Pero yo no puedo salir de este castillo.

—Yo te sacaré de él: sígueme; pero es necesario que te dejes vendar los ojos.

Y el diablo vendó los ojos al príncipe, le asió de la mano, y le guió.

Estuvieron andando durante mucho tiempo; primero subiendo y bajando escaleras, despues atravesando subterráneos, al cabo marchando por el campo.

Despues de algunas horas de marcha, el diablo se detuvo, quitó de los ojos la venda al príncipe, y este se encontró en una inmensa caverna, á cuyo fondo se despeñaba un torrente que salia por la entrada de la caverna y se perdia en la selva.

A la márgen izquierda del torrente, sobre unas peñas, debajo de la bóveda natural de la caverna y como escondida en un negro seno, habia una choza formada por troncos de árboles y ramas secas.

Dentro ardia una luz rojiza.

Sentado junto á aquella luz habia un viejo, viejísimo, que cantaba tristemente:

«Está escrito: la torre se levantará sobre la sima.

»Y la torre tendrá siete suelos.

»Y cada uno de estos suelos estará habitado por un espíritu maldito.

»Y cuando ya estuvieren en la torre los siete espíritus condenados, la guardará otro ginete en un caballo sin cabeza, acompañado de un perro velludo.

»Así está escrito, y lo que está escrito se cumple.

»Faltan aun centenares de años para que se cumpla lo que está escrito.

»Pero finados que sean esos años, lo que está escrito se cumplirá.»

Jacub, que habia oido esto, se volvió al diablo que habia tomado la figura del kadí para conducirle allí, y no le encontró.

Entonces, decidido á todo, entró en la oscura cabaña donde cantaba el viejo.

—¿Quién eres? le preguntó este al verle entrar.

—Yo soy el príncipe Jacub, hijo del poderoso rey Jask-Al-bahul.

—¡Ah! ¿tú eres el que estás enamorado de tu hermana?

—¡Qué! esclamó el príncipe: ¿es el de mi hermana Zairah, el dulce, el ardiente espíritu que vive dentro de mi alma?

—Sí.

—¿Y cómo haré para llegar á mi hermana?

—¿No te retrae de tus amores el saber que es hermana tuya?

—No.

—¿No temes perder tu alma logrando tus deseos?

—Yo la amo.

—¿Y si tu hermano la amase tambien?

—Mataria á mi hermano.

—¿Y si yo te pidiese tu alma por el cumplimiento de tus deseos?

—¿Pero quién eres tú?

—Yo soy Satanás.

—¡Ah! ¿y necesitas mi alma á cambio de mi amor?

—Sí.

—¿Y no me darás mi amor, si no te doy mi alma?

—No.

—Pues te la doy.

—Firma aquí, dijo el diablo, presentando á Jacub un papel en blanco.

Jacub enloquecido por su amor firmó.

—Dame mis amores, dijo despues de haber firmado.

El diablo hirió con el pie el suelo, tembló ligeramente la tierra, se oyó en sus entrañas un sordo bramido, y apareció saliendo de la tierra un caballo negro encubertado de batalla, llevando sobre su lomo una armadura negra completa, un escudo, una lanza, una hacha y una espada.

—Cíñete esas armas que están sobre el caballo, dijo el diablo.

Jacub se ciñó el arnés negro y reluciente.

Creyó entonces que su vida se aumentaba, que se aumentaban sus fuerzas, que se aumentaba su entendimiento. Sintióse mas jóven, mas ardiente, mas ágil.

Supo cosas que hasta entonces no habia sabido.

En una palabra: se trasformó en otro hombre y creció en hermosura.

—Monta á caballo, le dijo el diablo.

El príncipe montó, el caballo se encabritó feroz, pero el príncipe le contuvo, y le hizo piafar dócil á su mano.

—¿Y qué he de hacer ahora para llegar á la amada de mi alma?

—Ese caballo te llevará veloz como el pensamiento.

—¡Pero mi amada está encerrada tras fuertes murallas!

—Mientras lleves puesta esta armadura negra, no solo te defenderá ella de todos los peligros, de todos los golpes, de todas las asechanzas, sino que podrás entrar en donde quieras y salir cuando lo deseares. La persona que lleves asida de la mano, podrá entrar y salir del mismo modo, y asimismo las personas que vayan asidas á la que vaya asida á tí.

—¿De modo que podrá penetrar hasta Zairah?

—En este momento sueña Zairah contigo, y te llama.

—Pues bien, caballo mio; llévame hasta el castillo donde mora mi amada.

Apenas habia pronunciado el príncipe estas palabras, cuando el caballo partió como una flecha, salió de la caverna, atravesó la selva, atravesó la sierra, llegó al mar, le pasó, puso los cascos en las playas de Andalucía, trepó por las verdes vertientes de las Alpujarras, y poco despues quedaba inmóvil delante de la puerta de un fuerte castillo.

Aquel castillo era el en que estaba cautiva desde su infancia Zairah.

XLIV.

Velaba Zairah.

Una vision de amores la habia despertado de su sueño.

Veia ante sí un caballero blanco, pálido, hermoso, que la miraba intensamente, acariciándola con la dulce mirada de sus resplandecientes ojos negros.

—¡Oh tú, vision de mi deseo, dijo Zairah, ó semejanza de un hombre! ¡oh tú, á quien mi corazon ama! ¡sino existes desaparece, pero si vives, si me escuchas, si me amas como yo te amo, ven!

Ven, porque me siento morir.

Mi cautiverio me es ya insoportable.

Mi soledad horrorosa.

Ven, amado de mi alma.

Dá vida á mi corazon y libertad á mi tristeza, y consuelo á mi desesperacion.

Ven que yo te amo.

Y mi amor es vírgen, vírgen como el primer perfume de las pequeñas violetas azules y amarillas que orlan los bordes de mis búcaros en la primavera.

Ven, amado de mi alma, que soy hermosa.

Ven, y yo seré para tí la paloma amante que arrullará tu sueño.

Tú serás para mí el cedro oloroso y fuerte donde anida la paloma.

Ven, amado de mi alma, si existes; y si no existes, huye de mi pensamiento, fantasma tentador, y no me atormentes.

De improviso calló Zairah.

Habia sentido pisadas, unas pisadas que la eran desconocidas.

Sonó una puerta, y las pisadas se sintieron mas próximas.

Abrióse por fin la puerta del compartimiento donde se encontraba Zairah, y apareció Jacub.

XLV.

Zairah se puso de pie.

Al verla Jacub tan hermosa, tan deslumbrante, retrocedió y quedó inmóvil.

—¿Quién eres tú? dijo Zairah con voz dulce, adelantando hácia él.

—Yo te amo, dijo Jacub saliendo á su encuentro.

Y Zairah vió en Jacub al amante de su vision.

Y Jacub vió en Zairah á la amada de su pensamiento.

—Y yo te amo, dijo Zairah, arrojándose en los brazos de Jacub.

Entonces resonó leve, amarga, distante como venida de la inmensidad una carcajada horrible.

Una carcajada del infierno.

Y los jóvenes no la oyeron, porque habian nacido para amarse y estaban trasportados de amor el uno en los brazos del otro.

Y tras la infernal carcajada, sonó una voz tan pavorosa como ella.

Y aquella voz esclamó:

«Lo que está escrito se cumple: la descendencia de Abraham vuelve á ser maldita.»

Y zumbó el huracan al rededor de los muros.

Y penetrando en un pujante remolino por los ajimeces, apagó la lámpara que alumbraba el retrete de Zairah.

XLVI.

Empezó á amanecer.

Una blanca faja de luz orló el horizonte.

Aquella luz débil fué creciendo, creciendo, y al fin iluminó los objetos de la cámara de Zairah.

Zairah dormia en el divan.

En sus entreabiertos labios vagaba una sonrisa de deleite.

Y Jacub la contemplaba con espanto.

Porque Zairah, de blanca que era como el alba, se habia tornado negra como la noche.

Y sin embargo, su hermosura habia crecido hasta el punto de ser irresistible.

Del mismo modo que habia cambiado el color de su tez, habia cambiado el color de sus ropas.

Su túnica, de blanca que era se habia vuelto roja.

El collar de azabache que antes enaltecia la blancura de su garganta, se habia convertido en una gargantilla de perlas, cuya lasciva blancura contrastaba con el luciente negro de su cuello y de su seno.

Y Jacub la contemplaba con espanto y con adoracion á un tiempo.

Y como si la mirada fija y candente de Jacub hubiera tenido una fuerza sobrenatural, Zairah abrió los ojos.

¡Oh! ¡y qué mirada la de los ojos de Zairah!

Brillaban como astros de amor, enamoraban como las mas dulces palabras, como las mas regaladas armonías, como los perfumes mas suaves.

Jacub se sintió morir.

Y Zairah, al ver la luz del dia esclamó:

—¡Huyamos, amado mio! ¡huyamos! si es que puedes sacarme por donde tu has entrado; ¡huyamos! porque si te encuentran aquí, te matarán.

Huyamos y vivamos siempre juntos.

No quiero volver á estar sola.

Si tu me dejases, aquí moriria; y moriria desesperada.

Y tú no querrás que tu Zairah muera.

—¡Oh! ¡no!

Cuánto te amo. Creo que tu amor me ha dado una nueva vida.

Y sí, sí; me estoy viendo en mi hermoso espejo de plata y estoy mas blanca, mas blanca: y mis ojos y mis cabellos son mas negros.

—¡Blanca! ¡blanca! esclamó con terror Jacub.

Y miró al espejo en que se miraba la jóven.

Y su terror se aumentó.

En efecto, en el espejo Zairah parecia blanca, de una manera deslumbradora.

Pero cuando la miraba Jacub, la veia negra.

¿Qué podia ser aquello?

Y Zairah esclamaba:

—¡Huyamos, amado mio! ¡huyamos! porque si te encuentran aquí te matarán.

XLVII.

Entre tanto, ó mejor, poco antes de que amaneciera, una inmensa nube flotaba en el espacio y adelantó de la parte de Oriente á la de Occidente.

Cuando estuvo cerca del castillo de las Alpujarras, donde habia estado encerrada veinte y un años Zairah, la nube descendió.

Empezaba á amanecer.

A la dudosa luz del crepúsculo pudo verse, que lo que parecia una nube era un inmenso paño rojo.

Era en efecto la bandera mágica que en los tiempos de su juventud habia tomado Jask-Al-bahul á los jigantes del Desierto.

La bandera descendió á los pies del castillo, sobre la cumbre de la montaña.

Sobre la nube venian Jask-Al-bahul, su caballo, en pelo, sin mas que el freno, y el perro-leon.

Cuando hubieron llegado, Jask, su hermano el perro y su caballo, salieron de la bandera.

En cuanto hubieron salido de ella, la bandera roja se evaporó como una emanacion de sangre.

Jask, llevando del diestro á su caballo y seguido por su hermano el perro se dirijió á la poterna del castillo.

Jask vió con terror que junto á la poterna habia un caballo encubertado.

—¡Oh! ¡si habré llegado tarde! esclamó.

Y apresuró el paso, hácia la poterna.

Pero antes de llegar á ella, la poterna se abrió y apareció Jacub llevando de la mano á Zairah.

Jask la vió negra, como la veia Jacub, y al reparar en su color lanzó un grito de espanto y se arrojó hácia los dos jóvenes.

Pero antes de decir lo que aconteció, digamos por qué habia venido al castillo donde se guardaba su hija sobre la roja bandera de los jigantes el rey Jask-Al-bahul.

XLVIII.

Hacia algun tiempo que Jask veia en sueños una vision terrible.

Un jóven hermoso y pálido adelantaba hácia él llevando á una jóven de la mano.

Jask queria ponerse entre ambos jóvenes; pero en el punto en que lo pretendia, sus ojos se nublaban, zumbaban sus oidos y un frio de muerte helaba su corazon.

Este sueño se repitió siete veces consecutivas.

Entonces, lleno de un vago terror, Jask hizo que sus astrólogos consultasen las estrellas.

Y los astrólogos le dijeron:

—Señor, tú tienes una hija y dos hijos.

—Es verdad, dijo el rey.

En otro tiempo, por consejo de tus astrólogos, que habian consultado por tu mandato el libro infinito, alejaste de tí á tu hija y procuraste que de nadie fuese vista.

—Es verdad.

—Mas tarde separaste de tí á tus otros dos hijos; enviaste el uno al Oriente y el otro al Occidente, y procuraste que no conociese su origen.

—Es verdad.

—Pero el diablo los hará conocerse: es mas, los reunirá: tu hija será de uno de sus hermanos, y éste matará al otro. Además hay delante de tu horóscopo una nube roja.

—¿Y cuándo conocerá mi hijo á su hermana? ¿Cuándo el un hermano matará al otro?

—Dentro de muy pocas horas, dijeron los astrólogos, si hemos de creer á las estrellas.

—¡Dentro de muy pocas horas! esclamó aterrado Jask. ¿Y cómo impedir esas horribles desgracias? El castillo en que tengo encerrada á mi hija está al otro lado de los mares, en las tierras de Occidente: de aquí á allá hay centenares de leguas.

—Tú puedes hacer ese viaje en un instante, dijeron los astrólogos.

—¿Y cómo? un águila tardaria en llegar.

—Tú posées algo que vuela con mas rapidez que un águila.

—¡Yo!

—Sí, tú. Tienes en la grande aljama, sirviendo de alfombra....

—¡Ah! ¡sí, es verdad! la bandera de los jigantes que vencí con la ayuda de Dios.

—Pues bien; monta á caballo para llegar mas pronto á la grande aljama; toma esa bandera, ponte sobre ella, y ella te llevará á donde deseas; pero si cuando llegares vieres á tu hija convertida de blanca en negra, habrás llegado tarde; tu hija habrá sido la manceba de su hermano.

Bajó á las caballerizas, seguido del perro su hermano, puso un freno á su caballo de batalla, y sin entretenerse á encubertarle, ni aun á ensillarle, por no perder tiempo, montó en él en pelo y se dirijió á la carrera á la grande aljama; tomó la bandera, la estendió, y él, su hermano y su caballo se pusieron sobre ella.

Inmediatamente la bandera se levantó en los aires y condujo instantáneamente á Jask al castillo de las Alpujarras, á punto que salian por la poterna Zairah y Jacub asidos de las manos.

XLIX.

Jask se precipitó hácia ellos.

—¿A dónde vais, desdichados? esclamó.

—¿Quién eres tú? esclamó Jacub con fiereza.

—¡Yo!... ¿quién soy yo? esclamó Jask sin atreverse á contestar á aquella pregunta.

—¿Querrás tú impedir acaso que yo lleve conmigo á mi esposa?

—Zairah no puede ser tu esposa.

—Lo es ya, esclamó Jacub.

—¡Ah! sí, sí, era blanca y está convertida en negra, esclamó Jask cubriéndose el rostro con las manos.

—¿Qué quiere decir este hombre? esclamó Zairah, que se veia blanca como antes.

—¡Ese mancebo es tu hermano! esclamó con desesperacion Jask.

Al oir estas palabras Zairah, se vió negra, y exhaló un grito de horror.

Se desasió de la mano de Jacub, y pretendiendo huir de él, saltó en el caballo de batalla de su padre.

Al sentirla sobre sí el bruto, partió á correr.

—¡Ah! esclamó Jacub palideciendo de muerte y cerrando con su padre sin conocerle: tú me has robado á mi alma.

—¡Ah desdichado! esclamó Jask cayendo herido de muerte á los pies de Jacub: has sido impuro con tu hermana, y has teñido tus manos en la sangre de tu padre.

Y espiró.

Las últimas palabras de Jask-Al-bahul, retumbaron terribles en el corazon de Jacub.

Y sin embargo, saltó sobre el arzon de su caballo, y siguió á la carrera á Zairah que se alejaba.

Entonces fué cuando apareció Kaibar, y se puso en seguimiento de Zairah.

El perro-leon, rugió dolorosamente junto al cadáver de su hermano, y siguió á su sobrina, precediendo á Kaibar.

L.

Durante todo el dia Kaibar siguió á Zairah.

El caballo de Jacub habia tomado otro camino y no parecia.

Al fin al trasponer el sol los horizontes, despues de haber corrido entre montañas y precipicios, desbocado su caballo, y con el terror en el alma, Zairah llegó á la sima, sobre la cual debia levantarse la torre de los siete suelos, y cayó desmayada á la aproximacion de Kaibar.

Jacub habia sobrevivido al fin, y un hermano, para que se cumpliese lo pronosticado por las estrellas, habia caido á las manos del otro durante el desmayo de Zairah.

Kaibar habia caido á lo profundo de la sima, el caballo de Jask-Al-bahul en que habia llegado Zairah, habia caido tambien despeñado en el abismo.

El perro habia lamido la sangre de Kaibar, Jacub habia lanzado á la sima su puñal ensangrentado.

Habia salido la luna.

Cuando Zairah volvió en sí, solo encontró á su lado á Jacub.

El perro-leon estaba sentado, amenazador y terrible en medio de los dos jóvenes.

LI.

Zairah se pasó la mano por la frente, y apartó de sobre ella las pesadas bandas de sus cabellos.

Sus ojos miraban con espanto á Jacub.

—¡Con qué tú, esclamó; tú, el mancebo hermoso de mi amor, eres mi hermano!

—¡Tu hermano! miente aquel hombre que lo dijo, esclamó Jacub.

—¡Aquel hombre!... aquel hombre tenia algo que me espantaba, esclamó Zairah.

—Esto ha sido un sueño, un sueño que no debemos recordar, alma mía.

—¡Un sueño! no: yo era blanca como la nieve y ahora, mis brazos, mi senos están negros, negros como el carbon.

—¡Oh, no! ¡tú sueñas! esclamó estremeciéndose Jacub.

—Debemos de haber cometido un crímen horroroso, esclamó Zairah.

—El crímen de haber nacido destinados el uno para el otro.

—¿Quién sabe si nos ha unido el infierno?

—¡El infierno!

—¡He tenido un sueño! ¡una vision!

—¡Una vision!

—¡Sí! una vision horrorosa.

—La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros, todo nos convida á amar; ¿por qué hemos de hablar de cosas lúgubres?

Y Jacub adelantó hácia Zairah.

—No me toques: no me toques; esclamó la jóven retirándose.

—Tú no me amas, dijo sombriamente Jacub.

—¡Sí, sí! te amo, pero de otro modo.

—¡De otro modo!

—Sí, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amaría á mi hermano, y nada mas.

—¡Oh! cuando me viste la noche pasada junto á tí, no me hablabas de tal manera.

—Entonces era blanca, y ahora soy negra.

Jacub se estremeció.

—Pero yo te amo del mismo modo, con toda mi alma, dijo.

—¡Oh! ¡no! ¡no! he soñado...

—¿Pero qué has soñado?

—Me parece que acabo de despertar del sueño, un sueño de sangre.

—¿De sangre?..

—Sí.

—El terror de que estabas poseida....

—¿Dime que se ha hecho del buen caballero que nos dijo que éramos hermanos?

—Se fué, contestó con voz ronca Jacub.

—¡Se fué! ¿y aquel otro hombre horrible de la cabellera roja?

—¿El que te perseguia?

—Sí.

—Se fué tambien.

—Mira, yo los he visto en el sueño sombrío que acaba de pasar por mí.

—¿Que los has visto?

—Sí, ensangrentados y pálidos.

—No, no puede ser, esclamó Jacub, cuya turbacion crecia.

—Sí, sí, el caballero melancólico, grave, tenia abierto el pecho de una puñalada, y corria la sangre de la herida, y me miraba con dolor.

—¡Ah! no, no.

—Le he visto...

—Te lo repite tu terror.

—El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado, como un hombre que ha caido despeñado sobre rocas.

—¡Ah! no, no.

—Y el buen caballero me decia: tú eres mi hija.

—¡Te llamaba su hija!

—Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: tú eres mi hermana.

—¡Su hermana! ¡no, no puede ser!

—Y el caballero añadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo decia: mi hermano me ha asesinado.

Jacub lanzó un gemido.

—Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas sombras entre una atmósfera de fuego, y todas decian en coro:

—Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.

El terror de Jacub se aumentó, y adelantó hácia su hermana.

—¡Oh! ¡no me toques! ¡no me toques! esclamó esta retirándose.

—Pero yo te amo.

—Nuestro amor es maldito.

—¿Y crees tú en sueños?

—Los sueños son avisos de Dios.

—O del infierno.

Y Jacub dió otro paso hácia Zairah.

—No me toques, esclamó esta; sino quieres morir y matarme.

—¡Cómo!

—No he acabado de decirte mi sueño: soñaba lo que está aconteciendo ahora mismo; en medio de los dos habia un perro horrible, tú pugnabas por acercarte á mí, el perro gruñia de una manera amenazadora y tú seguias acercándote como te acercas; al fin me asías una mano, y el perro, el perro nos arrastraba á los dos...

En aquel momento Jacub asió la mano de Zairah.

Un estremecimiento poderoso, un frio horrible, pasó por el cuerpo de los dos hermanos, y el perro lanzando roncos, desesperados ladridos, se lanzó en la sima.

Y como arrastrados, como atraidos por él, se precipitaron tambien en la sima los dos hermanos asidos de las manos.

LII.

Y al caer los dos hermanos en la sima, un alarido atronador, un coro infernal de voces condenadas se levantó sobre ella.

«Nuestra raza maldita, se ha estinguido en la maldicion.

»La torre se levantará sobre la sima, y con la torre el castillo resplandeciente.

»Y pasarán para esto centenares de años.

»Y Jacub, el último hijo de la familia condenada, el incestuoso, el parricida, el fratricida, vagará insepulto alrededor de la torre, hasta que una sultana que haya sido parricida, adúltera é incestuosa, muera en el castillo.

»Y entonces nosotros descansaremos perdonados por nuestra espiacion en un infierno, y solo quedarán en el oscuro fondo de la torre la muger adúltera y parricida y su cómplice, y nuestro hermano el perro velando en la torre.

»Nuestra raza maldita se ha estinguido en la maldicion.

»La torre se levantará sobre la sima, y con la torre el castillo resplandeciente.»

Callaron las voces infernales, se apagó el eco que habian producido, y nada se escuchó cerca ó lejos de la sima: quedaron los alrededores desiertos y la luna alumbrando blandamente á la noche.

LIII.

Poco tiempo despues de estos sucesos vinieron los árabes á España y la conquistaron.

Levantaron castillos en las montañas, y atalayas en las cumbres.

Sin embargo, la sima maldita permaneció abierta y sin que pasase junto á ella, hombre, animal, ni fiera, durante un espacio de mas de quinientos años.

Hasta que el rey Nazar construyó la Alhambra.

Entonces sobre la sima maldita, se levantó la torre de los Siete Suelos.

Y apenas se levantó la torre, cuando todas las noches salia de su fondo un espectro condenado, que vagaba por el alcázar, esperando á la sultana que habia de dar la señal con sus crímenes del descanso de la descendencia de Abraham y de Leila-Fatimah.

Pasaron sin embargo todavia mas de cien años.

Al fin, la sultana Ketirah, la esposa adúltera de Abul-Walid, murió en la torre de la Cautiva, y Jacub, que no era otro el mago que habia impulsado al rey Abul-Walid hácia los amores de María, pudo al fin decir á su familia:

—Descansad; vuestras penas están cumplidas, la sultana envenenadora, adúltera, incestuosa, ha muerto en el alcázar de la Alhambra; su complice va á bajar al infierno de la torre.

XLIV.

Y en efecto Masud-Almoharaví bajó al fondo de la torre, pero ginete en un caballo sin cabeza, y precedido de un perro lanudo.

¿Quién habia descabezado al caballo de Masud-Almoharaví?

Recordemos lo que ya hemos referido.

Cuando auxiliado por el infante Ebn-Ismail, Gonzalo se deslizaba con María, por la escala, fuera de la torre de la Cautiva, Masud-Almoharaví, se lanzó tras ellos, no sin recibir al lanzarse una puñalada del infante Ebn-Ismail.

Sin embargo, á pesar de lo mortal de la herida, al mismo tiempo que Gonzalo montaba en su caballo con María, desmayada aun, Masud montó en otro que tenia del diestro un esclavo, y partió á la carrera tras Gonzalo.

Delante del caballo que montaba Masud, corria ladrando el perro-leon, el lanudo perro hermano de Jask Al-bahul.

Cuando Gonzalo hubo salido del barranco notó que le seguian.

Al notarlo notó tambien que quien le seguia era un hombre solo.

Entonces revolvió su caballo, y acometió con la espada desnuda á Masud.

Masud sorprendido, sin tener tiempo de enristrar su lanza, encabritó para defenderse su caballo.

La espada de Gonzalo brilló como un relámpago, y la cabeza del caballo rodó por tierra.

Entonces aquel caballo sin cabeza, arrastró consigo á su ginete, siguiendo siempre al perro que ladraba, y perro, caballo y hombre, se encontraron en una magnífica cámara, sostenida por columnas y arcos calados en el fondo de la torre de los Siete Suelos.

Apenas se encontraron allí, el caballo quedó inmóvil en el centro de aquella magnífica cámara, el perro se echó á sus pies y se durmió, Masud-Almoharaví, el hombre condenado, se apoyó en su lanza, inclinó la cabeza y se durmió tambien.

Gonzalo y María entretanto, adelantaban hácia la frontera cristiana.

Llegaron al cabo á ella.

Algun tiempo despues eran esposos.

Y el espíritu de Masud-Almoharaví vió aquellas alegres bodas, y los celos fueron su tormento.

Y aguijado por su dolor, todas las noches á la media noche, sale de la torre en el caballo sin cabeza, precedido del perro, recorre los bosques de la Alhambra con la lanza en ristre, y vuelve al instante al fondo de la torre, de donde sale, y cae en un letargo de penas, soñando siempre en la felicidad de María.

Esta es la tradicion del Belludo y del Descabezado de la torre de los Siete Suelos.