APUNTES HISTÓRICOS
en que se da una breve noticia de los reyes de Granada que existieron despues del rey Abul-Walid, y antes del rey Abu-Abdalah-al-Zaquies-el-Zogoibi, último señor moro de Granada.
I.
El rey Abul-Walid, dejó cuatro hijos: Muhamad, su sucesor de doce años; Farag, el segundo; Abul-Hegiag, el tercero, é Ismail, el cuarto.
El mayor de estos cuatro hijos, fué proclamado bajo el nombre de Abu-Abdallah-Muhamad IV, el mismo dia en que murió su padre.
En razon á la corta edad del rey, el wazir Almabrub tomó sobre sí el gobierno del reino.
Muy pronto la altivez y avaricia de este wazir, provocaron el disgusto y las demostraciones del esclavizado pueblo, y tres años despues de su exaltacion al trono, el rey Muhamad, que solo tenia quince años, le mandó cortar la cabeza á la vuelta de una empresa sobre la frontera de Castilla, y tomó las riendas del gobierno.
En sus primeras espediciones, conquistó á Baeza y á Gibraltar.
Poco despues perdió á Gibraltar de nuevo, contra el emir de Fez Abul Hassau.
Pero en vez de disputarle Muhamad esta conquista, prefirió aliarse con él, y tan de buena fé lo hizo, que cuando los cristianos bajo las banderas de Alonso el XI de Castilla, fueron á cercar aquella plaza, acudió á socorrer al emir de Fez para que no se la arrebatasen.
Hizo levantar el sitio, y cuando penetró en la plaza, hizo conocer á los xaques y capitanes africanos con injuriosas pullas, el servicio que les habian prestado, y ofendidos estos le asesinaron, cuando se embarcaba para ir á visitar al emir de Fez su aliado.
Muhamad murió en la primavera de su juventud, aun no cumplidos los veinte años.
Inmediatamente los wazires y la nobleza proclamaron rey al hermano del difunto, Abul-Hegiag, y este mandó recoger el cuerpo de su hermano y le llevaron á Málaga, donde fué enterrado en una huerta del rey fuera de la ciudad.
Sobre su sepulcro se escribió el epitafio siguiente:
«Este es el sepulcro del noble rey, fuerte, magnánimo, liberal, esclarecido, Abu-Abdallah-Muhamad, de feliz memoria, de la real prosápia, prudente, virtuoso, ínclito guerrero, vencedor, caudillo de vencedoras huestes, de la antigua é ínclita familia de los Nazares, príncipe de los fieles, hijo del sultan Abul-Walid-ebn-Ferag-ebn-Nazar, á quien Dios haya perdonado y tenga en descanso. Nació (el Señor se complazca de él), dia ocho de Muharram del año de setecientos veinte y cinco, y murió (Dios le perdone), á trece de Dilhagia del año de setecientos treinta y tres. Loor y gloria á Dios Altísimo é Inmortal.»
II.
El nuevo rey Juzef-Abul-Hegiag, entabló inmediatamente negociaciones, por las que obtuvo una tregua de cuatro años entre Alonso XI de Castilla, el emir de Fez Abul-Hassau y él. Ocupóse durante esta paz transitoria en la administracion de sus reinos. Dió muchos decretos para precisar la acepcion de las leyes oscurecidas por las sutilezas de los imanes y de los katibs; estableció fórmulas sencillísimas para los actos públicos y particulares, creó distinciones honoríficas para recompensar los servicios á imitacion de sus vecinos cristianos, concluyó la Alhambra y erigió otros muchos monumentos de que él fué el único arquitecto.
Apenas terminada la tregua, el emir de Fez envió á su hijo á hacer escursiones en la Andalucía cristiana. Este jóven príncipe, murió en esta espedicion. Su padre Abul-Hassau juró vengar su muerte sujetando de nuevo a los matadores al antiguo dominio de los Almoravides, y publicó el alqihed ó guerra santa, reuniendo sobre Ceuta las fuerzas de su imperio, y atravesando el estrecho con doscientas naves, en las que se trasladaban á España cuatrocientos mil infantes y sesenta mil caballos. El rey de Granada fué á unirse con él á Gezira Alhadra (Isla-verde), y los dos ejércitos combinados marcharon sobre Tarifa y la cercaron.
Los reyes cristianos se estremecieron de espanto ante este nuevo esfuerzo del Africa, y Alonso XI escitó á los reyes de Portugal y de Aragon para que su uniesen con él á fin de contrarestar al enemigo comun.
La batalla del Salado decidió la suerte de aquella empresa.
Los moros fueron vencidos.
El harem del emir de Fez, su hermana, su hijo y sus tesoros cayeron en poder de los cristianos.
Encerrado el rey de Granada en la Isla verde, se vió obligado para volver á Granada á embarcarse secretamente, yendo á desembarcar en Almuñecar.
Sucesivamente, Alonso de Castilla se apoderó de Tarifa, de la Isla verde y de Algeciras.
Juzef era decididamente desgraciado en la guerra.
Habia nacido para la paz, para la ciencia, para las artes.
Fué el Augusto de Granada.
Instituyó numerosas escuelas, y determinó para todas las del reino una enseñanza igual; embelleció con mezquitas, algibes, cisternas, hospitales y palacios la ciudad de Granada, y formó ó renovó sobre muchos objetos reglamentos que llevaron su nombre y que fueron, mientras subsistió el reino, sus leyes.
Al fin, en 1354, un loco asesinó á este gran rey mientras estaba orando en la mezquita.
Hé aquí el epitafio de su sepulcro:
«Aquí yace el rey mártir y de alto linage, gentil docto, virtuoso, cuya clemencia y bondad y demás escelentes virtudes, publica el reino de Granada, y hará época en la historia de la felicidad de su tiempo: soberano príncipe, ínclito caudillo, espada cortante del pueblo muzlime, esforzado alférez entre los mas valientes reyes, que por la gracia de Dios aventajó á todos en el gobierno de la paz y de la guerra, que defendió con su prudencia y valor al Estado, y que consiguió sus deseados fines con la ayuda de Dios, el príncipe de los fieles, Juzef-Abul-Hegiag, hijo del gran rey Abul-Walid, y nieto del escelente rey Abu-Walid-Ferag-ebn-Ismail, de la familia Nazarí, de los cuales el uno fué leon de Dios, invencible domador de sus enemigos y sojuzgador de los pueblos, mantenedor de los pueblos en justicia con leyes, y defensor de la religion con espada y lanza, y digno de la memoria eterna de los hombres: el otro á quien Dios haya recibido en su misericordia entre los bienaventurados; pues fué columna y decoro de su familia, y gobernó con loable felicidad y paz el reino, mirando por la pública y privada prosperidad, que en todas las cosas hacia notar su prudencia, justicia y benevolencia, hasta que Dios Todopoderoso, colmado ya de méritos, le llevó del mundo, coronándole antes con la corona del martirio, pues habiendo cumplido la obligacion del ayuno, cuando humildemente oraba postrado en la mezquita pidiendo á Dios perdon de sus debilidades y deslices, la violenta mano de un impío, permitiéndolo así Dios justísimo, para pena de aquel malvado, le quitó la vida, cuando mas cercano estaba de la gracia del Todopoderoso: lo que acaeció el dia primero de Jawal, año de setecientos cincuenta y cinco. ¡Ojalá esta muerte, que hizo ilustre el lugar y la ocasion le haya sido de galardon, y haya sido recibido en las moradas deliciosas del paraiso, entre sus felices mayores y antepasados! Principió á reinar miércoles catorce de Dilhagia, año setecientos treinta y tres. Habia nacido dia veinte y ocho de Rabie postrera, año setecientos diez y ocho; alabado sea Dios Unico y Eterno que da la muerte á los hombres y galardona con la bienaventuranza.»
III.
Al grande, al sabio, al justo rey Abul-Hegiag, sucedió su hijo Muhamad V, tenia veinte años de edad, era hermoso, de carácter firme, y de trato apacible, siendo además muy humano, generoso y franco. Dicen las crónicas árabes que era tan compasivo, «que muchas veces sus lágrimas manifestaban cuanto sentia su corazon las aflicciones y calamidades que le referian, y asimismo tan benéfico y liberal, que ganaba el amor de cuantos tenian la fortuna de tratarle; negó la entrada de su alcázar á los aduladores y ministros de lujo inútil y de vana ostentacion, y estableció en su casa un arreglado número de sirvientes, y cuanto convenia á la decente magnificencia de la casa del rey, de un estado ni opulento y vicioso, ni pobre ó malandante. Con estas virtudes solo era aborrecido de los malos y viciosos cortesanos; pero los principales y gente noble del reino le estimaban, y todo el pueblo le miraba con respeto, amor y confianza: sus principales entretenimientos y diversiones eran los libros y los ejercicios de caballería, torneos y gentilezas á caballo.
»Puso las avenencias con el rey de Castilla y con Abu-Salem de Fez, y gozaba el reino de bonancible calma. Luego que subió al trono cedió á su hermano Ismail, y á sus hermanos y madrastra el alcázar vecino al principal palacio de su padre, donde él moraba, casa magnífica y llena de comodidades, para que la habitasen con toda su familia. La sultana madre del infante Ismail habia sacado inmensas riquezas el dia de la muerte del rey Juzef, y desde luego trató de destinarlas en facilitar el camino del trono á su hijo Ismail: ganó á su hija que habia casado su padre con uno de los príncipes de la sangre, llamado Abu-Abdallah, que amaba perdidamente á su esposa, y por sus persuasiones entró en las intenciones de la reina, madre de Ismail y de su muger y por este príncipe y derramando riquezas, formaron un numeroso ejército de conjurados.»
Esta conjuracion empezó á dar resultados.
Poco tiempo despues de la exaltacion de Muhamad al trono, se reveló alzándose con título de rey en Gibraltar el walí de aquella fortaleza Iza-ebn-Alasun-ebn-Alí-Mandil-Alascarí, y trató cruelmente á los que habian permanecido fieles al rey. Pero las mismas crueldades de este walí, hicieron que se volvieran contra él todos los habitantes de Gibraltar, que le prendieron, enviándole á Ceuta con su hijo, donde murieron ambos entre los mas crueles tormentos á manos del reyezuelo de Africa, señor de Ceuta Abu-Anan.
Apesar de este mal éxito, las rebeldías continuaban sostenidas por la sultana madrastra del rey Muhamad, por su hermana y por su cuñado Abu-Abdallah.
Creyéronse al fin en estado de dar el golpe, y habiendo escogido ciento de los mas osados y valientes de sus parciales, escalaron de noche silenciosamente la parte mas alta de la Alhambra y se ocultaron hasta la media noche al canto del gallo del dia veinte y ocho de Ramazan del año setecientos setenta.
Dada la señal, los conjurados acometieron dando grandes voces, atropellando y matando á cuantos encontraban; al mismo tiempo otros conjurados rompieron las puertas de la casa del wazir y le mataron y á su hijo y á muchos de la familia: el príncipe Abu-Abdallah, cuñado del rey, entró en la Alhambra proclamando á su otro cuñado el infante Ismail, creyendo muerto al rey Muhamad; pero los encargados de matarle, se habian entretenido en el saqueo, y dieron tiempo para huir al rey Muhamad, á quien una de las doncellas del harem disfrazó de esclava, huyendo con él á caballo, sin parar hasta la ciudad de Guadix, donde libre el rey del peligro, fué recibido con entusiasmo por los leales habitantes.
V.
El infante Ismail fué proclamado rey.
Paseole á caballo por la ciudad su cuñado y favorecedor Abu-Abdallah entre sus parciales, y sin perder tiempo escribió al rey de Castilla para que le favoreciese y le tuviese por su vasallo, lo que consiguió fácilmente.
Entretanto el destronado rey Muhamad, aunque confiaba en la lealtad de los de Guadix, envió mensageros al emir de Fez participándole lo que le acontecia y pidiéndole ayuda.
Pidiósela de igual modo al rey de Castilla.
Pero viendo que ninguno de los dos le socorria, partió de Guadix acompañado de gran número de caballeros, se embarcó en Marsella y se trasladó á Fez, donde el emir Abu-Salen le recibió con grande aprecio, honores y distinciones, obsequiándole con nunca visto aparato y magnificencia, prometiéndole su ayuda, y con tanta presteza y generosidad, que mandó levantar dos ejércitos que fuesen con él, y con los cuales se embarcó para dar la vuelta á Andalucía Muhamad, y cuando estuvo en España, escribió al rey de Castilla (Don Pedro el Cruel) participándole el estado de sus asuntos y las razones que le habian obligado á buscar auxilio en Africa.
Tembló España á la presencia de la inmensa morisma que habia desembarcado con Muhamad, y sobre todo, el usurpador Ismail, que se apresuró á salir contra aquella hueste á probar la fortuna de una batalla.
Pero Muhamad era desgraciado.
En estos momentos supremos, cuando las armas iban á decidir su fortuna, murió el emir de Fez Abu-Salen, que habia sido asesinado en Africa.
A esta noticia los caudillos de los berberiscos que ayudaban á Muhamad se volvieron á Africa dejando solo á Muhamad, que se refugió en Ronda, que se le mantenia fiel.
Desde allí volvió á pedir socorro al nuevo emir de Fez.
Entretanto, el usurpador Ismail-Ebn-Juzef ocupaba el trono de la Alhambra.
Era de buena estatura, y tan bello, que parecia una muger hermosa, pero tenia tambien el ánimo afeminado, débil, y dado á los deleites y al amor de las mugeres.
Su cuñado Abu-Albdallah-Abu-Sayd, que le habia ayudado á subir al trono, le trataba con desprecio, y muy pronto su ambicion no se satisfizo con mandar á nombre del débil rey, sino que quiso su corona.
Otra nueva conspiracion ensangrentó la Alhambra.
Abu-Sayd y sus parciales se apoderaron del alcázar, y el usurpador Ismail se vió obligado á huir al palacio del Albaicin, donde fué cercado y preso, y conducido á la Alhambra á la presencia de Abu-Sayd.
Este le trató con desprecio, le despojó de sus magníficas vestiduras y le envió á una prision.
En el camino, los soldados que le conducian, le mataron de órden de Abu-Sayd, y le cortaron la cabeza, que fué paseada en público.
De la misma manera cortaron la cabeza á su hermano menor el infante Caís.
Nadie se atrevió á recoger los cuerpos despedazados de los dos infelices infantes, que se pudrieron al aire, colmando el horror de aquella traicion miserable.
V.
Abu-Sayd fué proclamado.
Entre tanto el depuesto rey Muhamad insistia pidiendo socorros para recobrar el trono al emir de Fez y al rey de Castilla.
Al fin el rey don Pedro, disgustado con la conducta del usurpador Abu-Sayd, envió á Muhamad un numeroso ejército de castellanos con mil y quinientos carros cargados de máquinas de guerra.
Poco despues el rey de Castilla se puso en persona al frente de este ejército y se encaminó con él á Ronda; al llegar don Pedro á Hins Casjara salióle al encuentro el rey Muhamad con su ejército, y se unió á él. Abu-Sayd, para resistir el empuje de esta alianza, se alió con el rey de Aragon, aquel enemigo del rey don Pedro de Castilla, primo suyo, Pedro tambien, llamado El Ceremonioso, y conocido entre los catalanes por el del punjalet.
Entre tanto los dos ejércitos, el de Castilla y el de Muhamad, unidos como si fuesen uno solo, continuaron sus marchas y entraron en Hins-Atara y la ocuparon, y los castillos y pueblos de la comarca que se iban entregando al rey Muhamad.
Los sucesos de la guerra iban prósperos: el reino de Granada se abria al legítimo rey; pero viendo este las tropelías que cometia en los lugares donde entraba la soldadesca castellana, «no lo pudo sufrir, dicen las crónicas árabes, su paternal corazon, y rogó al rey de Castilla encarecidamente que se quisiese tornar con sus gentes, porque no podia ver sin dolor las calamidades que causaba la guerra en sus pobres pueblos, y que por toda la riqueza y poderío del mundo no queria hacer á sus muzlimes tanto mal y daño.»
Don Pedro aprobó la determinacion del rey Muhamad, y ofreciéndole sinceramente venir en su ayuda siempre que le necesitase, volvió á Castilla dejando al buen Muhamad, que quiso mas bien continuar arrojado sin razon del trono, que envolver á sus vasallos en los horrores de la guerra civil.
Retiróse, pues á Ronda, donde resignado á su suerte vivió feliz, haciendo felices á sus vasallos con su gobierno paternal.
Muhamad se hacia amar por su templanza, al mismo tiempo que Abu-Sayd se hacia aborrecible por sus tiranías, á pesar de algunas ventajas que habia obtenido sobre los cristianos.
En una algara en que los walíes de Abu-Sayd, habian desbaratado á los fronteros de Andalucía, quedaron prisioneros muchos nobles de Castilla, y entre ellos al maestre de Calatrava don Diego Garcia de Padilla, hermano de la esposa del rey don Pedro[96], y los llevaron á Granada en triunfo.
El rey Abu-Sayd, pensando captarse la voluntad del rey don Pedro, honró y festejó al maestre y á los nobles castellanos que con él habian sido prisioneros, les dió ricos dones, y los puso con el maestre en libertad, suplicándoles interpusiesen su favor para que el rey de Castilla les ayudase, y así se lo prometieron.
En este tiempo los de Málaga, cansados de la tiranía de Abu-Sayd, proclamaron á Muhamad, y esta noticia que Abu-Sayd no esperaba, le sorprendió y le llenó de cuidado, haciéndole desconfiar de la suerte que hasta entonces le habia sido próspera.
Aumentaban sus recelos las contínuas deslealtades de sus mas privados y favorecidos que le abandonaban, y se pasaban á Muhamad, á quien empezaba á mostrarse próspera la fortuna, y al mismo tiempo le apuraba la falta de sus rentas administradas por manos poco fieles.
Apurado, pues, por todas partes, tomó una resolucion peligrosísima.
Creyó que le convenia pasar á Castilla y ponerse á la merced del rey don Pedro.
Partió, pues, de Granada el mal aconsejado Abu-Sayd con pompa y aparato y gran comitiva de caballeros, y con ricas joyas de su tesoro, así en pedrería de esmeraldas y balajes, como en aljófar y tejidos de oro y seda y ricos paños, y gran cantidad de doblas de oro, y caballos y jaeces y armas finas y bien labradas, creyendo que con esto, el rey de Castilla, que era codicioso, se pondria de su parte.
Llegó al fin á Sevilla, donde fué muy bien recibido por el rey don Pedro.
Pero aconsejado este por sus privados, acordó que Abu-Sayd debia morir, como usurpador del reino de Granada, enemigo del rey Muhamad, aliado del rey de Castilla, y por el mal que le habia hecho al rey, aliándose con el rey de Aragon su enemigo.
Determinado esto, quebrantando el rey de Castilla el seguro que habia dado á Abu-Sayd, le prendió con los caballeros, le sacó al campo de Tablado, vestido de encarnado, y allí, atado Abu-Sayd á una estaca, el rey de Castilla le mató de una lanzada por su propia mano.
Dicen que Abu-Sayd al morir esclamó:
—¡Oh Pedro! ¡qué torpe triunfo alcanzas hoy de mí! ¡qué ruin cabalgada hiciste contra quien de tí se fiaba!
Los cadáveres fueron amontonados, y sus cabezas cortadas fueron puestas en los muros de Sevilla.
Tal fué el fin desastroso del desgraciado Abu-Sayd, que dejó franco el trono al legítimo rey Muhamad.
VI.
Trasladóse este á Granada, donde fué recibido con grandes aclamaciones y regocijos.
Fué su entrada á la hora de adohar[97], del sábado veinte de la luna de Giumada postrera del año setecientos sesenta y tres[98].
El rey de Castilla le envió la cabeza de Abu-Sayd, canforada dentro de una caja, cuyo horrible presente agradeció mucho el rey Muhamad, que envió en cambio á don Pedro el Cruel, veinte y cinco caballos de raza árabe de la yeguada real, criados á las orillas del Genil, diez de ellos con preciosos jaeces y ricos alfanges guarnecidos de oro y piedras preciosas.
Al mensajero que habia llevado la cabeza de Abu-Sayd, dió tambien magníficos regalos.
Poco tiempo despues suscitaron al rey Muhamad una rebelion algunos descontentos que proclamaron al walí Alí-ebn-Alí Ahmed-ebn-Nazar, infante de la familia real; pero el rey Muhamad le venció, le ahuyentó, y continuó su reinado en paz.
Muhamad, en muestra de agradecimiento al rey de Castilla por el favor que le debia, por haber dado muerte á su enemigo, dió la libertad sin rescate á todos los cautivos cristianos que habia en Granada, y firmó con el rey don Pedro un pacto de perpétua paz y alianza.
Como Castilla andaba revuelta de bandos civiles, no tuvo con ella guerras el rey de Granada. Pero don Pedro le pidió auxilio contra su enemigo el rey de Aragon y contra su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, que intentaba destronarle.
Empezaban los castellanos á mostrarse contrarios á don Pedro por sus crueldades y tiranías, y para socorrerle, Muhamad escogió entre los mas valientes de su reino seiscientos caballeros, y se los envió acaudillados por el arraez Farag Reduan; y aunque estos seiscientos sirvieron á don Pedro con admirable valor, como pidiese nuevos auxilios, Muhamad le envió siete mil caballos escogidos y doble número de infantería que fueron á sitiar á Córdoba, á la que pusieron á punto de rendirse.
Pero la fortuna habia vuelto definitivamente la espalda al terrible rey don Pedro, y antes de que Muhamad pudiese llegar en su socorro con un nuevo ejército, murió á manos de su hermano bastardo don Enrique en el castillo de Montiel.
Don Enrique fué proclamado rey de Castilla.
Por no perder las ventajas que sobre el castellano le daban sus guerras civiles, el rey Muhamad, á pretesto de la amistad que habia tenido con el rey don Pedro, declaró la guerra á Enrique II, aunque este le habia ofrecido su amistad, y entró en cabalgada por la frontera y recorrió libremente la tierra robando y cautivando cuanto encontraba de muros afuera de las poblaciones, sin poner sitio formal á ninguna ciudad ni fortaleza.
Al año siguiente (1570), cayó con todo su ejército sobre la Isla verde y la tomó, y preveyendo que no podria sostener su conquista, la arruinó y desmanteló sus muros y fortalezas.
Temeroso de la pujanza de Muhamad, don Enrique le envió cartas de paz con el maestre de Calatrava, ofreciéndole su amistad para atender mas libremente á las guerras que le ocupaban, paz que Muhamad aceptó con alegria, porque le dejaba libre para atender al reparo y gobierno de su reino que mucho lo necesitaba.
Durante esta paz, el rey Muhamad mandó edificar la casa de Azaque para recoger pobres y curar sus enfermedades. Esta obra empezó en el año de seiscientos setenta y siete, y concluyó en seiscientos setenta y ocho[99]; edificio magnífico, con todas las comodidades imaginables, con fuentes y espaciosos estanques de pulidos mármoles, para comodidad y aseo de los enfermos[100].
Hermoseó tambien con muchos edificios públicos la ciudad de Guadix, donde solia pasar largas temporadas; y, en fin, durante la larga paz que sostuvo con todos los reyes vecinos, tanto de España como de Africa, fomentó en su reino, las artes, las manufacturas, el comercio y la agricultura, hasta tal punto que iban á Granada mercaderes de Siria, de Egipto, de Africa, de Italia; Almería era la escala célebre de España para los buques de todo el mundo, y se veian mezclados en las calles de Granada numerosas gentes de diversas patrias y religiones.
En este tiempo declaró é hizo jurar su sucesor y partícipe en el mando á su hijo Abu-Abdallah-Juzef, y concertó su matrimonio con la hija del emir de Fez, á la que trajo á Granada su hermano el príncipe de Fez, que casó con la hermosa Zairah, hija de Abu-Ayan, caballero rico y de los mas nobles y poderosos de Andalucía.
Con este motivo se celebraron justas y torneos y bizarras fiestas y gentilezas de caballería, en las que entraron caballeros de Africa, de Egipto, de España y de Francia, atraidos por la magnificencia y la fama de Granada, y protegidos por el seguro real de Muhamad, que los honró y hospedó magníficamente á su costa en el fondaf de los genoveses.
Muhamad continuó prolongando sus paces con el rey de Castilla, y enviándole regalos y preseas, «y como poco despues, dicen las crónicas que seguimos, acaeciese la muerte del rey de Castilla, hubo mal intencionados que atribuian su muerte á maldad del rey de Granada, como que le hubiese enviado unos borceguíes preciosos inficionados de veneno mortal, pero nunca fué traidor ni asesino el rey Muhamad, y la muerte fué natural, y porque sus dias fueron cumplidos segun la divina voluntad.»
Algunos años despues, el setecientos noventa y cuatro[101], murió el rey Muhamad con general sentimiento de sus vasallos, y fué sepultado en el palacio de Djene-al-Arife (Generalife) al amanecer, poco despues de la oracion del alba (de Azzobih), siendo acompañado su entierro por todas las clases del Estado.
No consta la inscripcion del sepulcro de este rey.
VII.
Sucedióle en el trono su hijo Abu-Abdallah Juzef II, que fué proclamado solemnemente, besándole la mano toda la nobleza de Granada y los principales alcaides y walíes de todas las tahas del reino.
Era muy semejante en las virtudes á su padre, y en su amor á la paz. Despues de las fiestas de su proclamacion, envió mensajeros á los reyes cristianos, ofreciéndoles mantener las treguas y amistad que con ellos habia tenido su padre.
Para obligar mas al rey de Castilla (don Juan el primero) dió libertad sin rescate á algunos cautivos que habian tomado sus corredores en la frontera, y los envió con el alcaide de Málaga, acompañándolos con un presente de seis caballos andaluces ricamente enjaezados, con armas preciosas y cubiertos de paños de oro.
Las treguas continuaron, y con ellas la prosperidad de Granada.
Pero habia llegado el momento en que las amarguras turbasen la felicidad del rey Juzef.
Tenia este cuatro hijos. El mayor se llamaba como él Juzef, el segundo Muhamad, Alí el tercero, y Ahmed el cuarto. Muhamad era de carácter violento, y ofendido de que su padre, por razones de primogenitura y afecto prefiriese á su hermano mayor Juzef, sucesor presunto del trono, concibió contra él un odio implacable, y olvidando todo respeto, concibió el proyecto de levantarse contra su padre y destronarle si la fortuna le ayudaba.
Tomó para ello por pretesto su celo por la religion.
Mirábase mal por el pueblo de Granada, enemigo de los cristianos y belicoso de suyo, la buena avenencia que Muhamad sostenia con los otros reyes de España, y que favoreciese en su córte á muchos caballeros castellanos refugiados en ella, hasta el punto de tratarlos con suma familiaridad: fué muy facil, pues, á Muhamad, hacer creer al pueblo por medio de sus parciales, que su padre era mal musulman, cristiano secretamente, y favorecedor público de infieles.
Tomó cuerpo esta calumnia, se desenfrenaron los descontentos del rey Juzef, y llegó el caso de que, irritados los mas audaces por los partidarios del infante Muhamad, produjeron un motin en que se pidió á voces la deposicion del rey: principió el alboroto en las puertas de la Alhambra; y aterrado el rey Juzef, estaba á punto de renunciar su soberanía y de ponerse en manos de su rebelde hijo, cuando el embajador de Fez, que estaba con él en el alcázar, hombre anciano y bravo, y de mucha autoridad y elocuencia, salió á caballo á la plaza y habló á los rebelados con tal energía, que los redujo á la obediencia del rey Juzef.
Aunque habia pasado esta tormenta, temeroso el rey de que, creyéndole amigo de los cristianos, se reprodujese con mas fuerza, dispuso sus tropas para una algazia ó correría á saco mano por las fronteras cristianas, y entró por las de Murcia y Lorca, talando los campos, robando ganados, incendiando aldeas, y matando y cautivando á cuantos cristianos habian á las manos.
Salieron contra ellos los fronteros, y despues de algunas escaramuzas con varia fortuna, el rey Juzef se volvió con la presa á Granada.
Pero como Juzef hacia la guerra á los cristianos, mas por satisfacer á sus vasallos y destruir sus sospechas de amistad con los cristianos, que por su voluntad, admitió fácilmente la tregua que le propuso el rey de Castilla, y aun se cree que él mismo la pidió, receloso de los grandes armamentos que contra él se hacian en Castilla y Aragon; tregua, que para evitar interpretaciones, concertó con acuerdo de un consejo compuesto de sus wazires y de sus walíes.
Sucedió por este tiempo que un ermitaño llamado Juan Sago, dijo al maestro de Alcántara don Martin Yañez de la Barbuda, que habia tenido revelacion de que el tal maestre ganaria grandes victorias contra moros si retase al rey de Granada.
Engañado el maestre por la fama de santidad del ermitaño, envió á algunos de los suyos á Granada, para que retasen al rey Juzef á hacer campo con el maestre, y que si el rey no quisiese aceptar entrarian en liza veinte, treinta ó cien cristianos contra un número doble de moros.
El rey Juzef, mas cuerdo que Martin Yañez, mandó que echasen de mala manera á tales embajadores, que volvieron maltratados y escarmentados al maestre.
Irritado este, dejándose llevar de su condicion soberbia y belicosa, levantó un golpe de gente allegadiza, aventurera y mal armada, y con trescientos caballos y hasta cinco mil peones ó infantes, gente toda floja y baldia, se atrevió á pasar la frontera, desoyendo los buenos consejos de los hermanos Alonso y Diego Fernandez de Córdoba, señores de Aguilár, que le salieron al camino con intento de disuadirle de su temeridad.
Pasó, pues, la frontera, y puso sitio á Hins-Egea, á cuyo socorro el rey Juzef envió las tropas de caballería que habia en Granada y toda la infantería que pudo reunir en el momento.
El maestre levantó el sitio para salir al encuentro de los de Granada, y encontrándolos, trabó con ellos la batalla, que fué muy sangrienta y reñida, porque los de la caballería cristiana peleaban como desesperados.
Pero vencidos al fin por los del rey Juzef, dominados por el número, murió el maestre desastradamente, sin que quedase vivo ni uno solo de los desdichados que habia llevado consigo á aquella temeraria empresa.
Poco despues, el rey de Castilla (Enrique III) envió embajadores al rey de Granada, disculpándose del rompimiento temerario del maestre que habia roto la tregua sin su consentimiento.
Esta victoria acaeció el año setecientos noventa y ocho[102].
Poco despues murió el rey Juzef.
Atribuyeron su muerte á traicion del emir de Fez, que entre otros regalos le habia enviado una rica aljuba inficionada de tósigo, que luego que la vistió, como hubiese corrido un caballo y hubiese sudado, sintió al punto graves dolores que no le dejaron, hasta que pasados mas de treinta dias murió.
Pero hay fundados motivos para creer, que murió de otra dolencia que padecia mucho tiempo antes.
Fué enterrado este en Generalife.
No consta la inscripcion de su tumba.
VIII.
El ambicioso infante Muhamad habia hecho que sus intrigas y la ayuda de sus parciales, prevaleciesen sobre la voluntad de su padre, que habia dejado el reino á su hermano mayor Juzef, y le proclamasen en su lugar rey los mas poderosos del reino.
Su primer decreto fué el que reducia á prision á su hermano Juzef, que inmediatamente fué llevado á Jalubania (Salobreña) y encerrado en una torre, con órdenes rigorosísimas para que fuese bien guardado.
Permitióle, sin embargo, llevar consigo su familia y su harem, y dió órden para que nada faltase á su comodidad y regalo.
Era Muhamad hermoso, de buen ingenio, valiente, afable, y muy apropósito para ganarse la voluntad del pueblo.
Queriendo evitar un rompimiento con los cristianos, tomó una resolucion audaz. Partió de Granada sin pompa de ningun género, como un caballero particular, y de incógnito, fingiéndose embajador de sí mismo, acompañado de veinte y cinco valientes y esforzados caballeros, pasó á Toledo y se presentó al rey de Castilla, que le honró, y renovó con él las paces que habia tenido con su padre.
Al mismo tiempo escribió al rey de Fez escusándose de la determinacion que habia tomado de encerrar á su hermano, por el bien de la paz y la tranquilidad del reino.
Poco tiempo despues, los fronteros de Andalucía entraron en tierra de Granada adelante, talándola contra lo concertado en las treguas.
Muhamad prefirió tomar el desagravio por sí mismo, á quejarse al rey de Castilla, y entró á su vez en tierra de cristianos por el Algarbe, talando y saqueando, y apoderándose de la fortaleza de Ayamonte, que á pesar de las reclamaciones del rey de Castilla no devolvió, por lo que se rompió de todo punto la tregua.
Suspendió la llegada del invierno esta guerra en su principio, y cuando el rey de Granada esperaba que viniese sobre él en persona con un poderoso ejército el de Castilla, murió éste, dejando el reino a su hijo Yahye (Juan el II) que era muy niño, y la gobernacion, en su nombre, á su tio el infante don Fernando, conocido mas adelante con el renombre de el de Antequera.
Don Fernando continuó la guerra que no habia podido proseguir su difunto hermano don Enrique III, y tomó á Zahara y la fortaleza de Azeddin, y la de Setenil, y las de Ayamonte, Priego, Lacobin y Ortegicar.
En vez de salir Muhamad al encuentro de este ejército vencedor, y para dividirle y fatigarle, entró por el reino de Jaen talándolo todo y obligando á los cristianos á acudir al reparo, y á dejar sus recientes conquistas.
A principios del año siguiente, Muhamad marchó contra Alcalá con un ejército de siete mil caballos y doce mil infantes, con el cual sostuvo con los cristianos tantos y tan reñidos encuentros, que entrambas huestes perdieron sus principales capitanes, y se vieron obligadas de comun acuerdo á pactar una tregua de ocho meses, que fué ratificada por el rey de Castilla, á quien Muhamad envió sus mensageros.
Durante esta tregua se sintió tan enfermo Muhamad, que los médicos desconfiaron de curarle, y declararon que el término de aquella enfermedad era su muerte.
Creyólo al fin Muhamad, y por asegurar la corona en su heredero, determinó dar muerte á su hermano Juzef, que estaba preso en Jalubania, y escribió la siguiente carta al gobernador de aquella fortaleza.
«Alcaide de Jalubania, mi servidor, luego que de mano de mi arraez, Ahmed-ebn-Jarac recibas esta carta, quitarás la vida á Cid Juzef, mi hermano, y me enviarás su cabeza con el portador: espero que no hagas falta en mi servicio.»
Cuando el arraez llegó con esta funesta carta á Jalubania, Juzef, el príncipe sentenciado, jugaba al ajedrez con el alcaide de la fortaleza, sentados sobre preciosos tapices bordados de oro y en almohadones de oro y seda.
Cuando el alcaide leyó la órden, se inmutó y tembló, porque Juzef por sus escelentes prendas, se ganaba los corazones de todos.
El arraez daba prisa al alcaide para que cumpliese la órden del rey, y el alcaide no se atrevia á dar parte al príncipe de tan cruel decreto.
Pero Juzef, conociendo por la turbacion del alcaide la importancia de la órden, le dijo:
—¿Qué manda el rey? ¿trata de mi muerte? ¿pide mi cabeza?
Entonces el alcaide le dió la carta, y despues de leerla dijo al arraez:
—Permíteme algunas horas para despedirme de mis doncellas y distribuir mis alhajas entre mi familia.
—Señor, dijo el arraez: no puede detenerse la ejecucion, porque he traido por horas el tiempo de mi vuelta.
—Pues á lo menos, dijo Juzef, acabemos el juego, y acabaré perdiendo.
Era tanta la turbacion del alcaide, que no movia pieza que no cometiese un desacierto, y tanto el valor y la serenidad del príncipe, que le avisaba de sus equivocaciones.
Seguia el juego, y el arraez se impacientaba, cuando llegaron dos caballeros de Granada á rienda suelta, aclamando á Juzef y pregonando la muerte de su hermano Muhamad.
Dudaba de ello Juzef, y apenas creia lo que pasaba, cuando la llegada de otros caballeros principales confirmó la noticia, y Juzef fué llevado apresuradamente á Granada.
IX.
La entrada fué magnífica: le salió á recibir toda la nobleza; las calles estaban adornadas de arcos de triunfo y cubiertas de flores; las paredes entapizadas de ricos paños de seda y oro, y por todas partes resonaban las aclamaciones populares.
Paseó la ciudad dos dias, manifestando su agradecimiento y amor á los habitantes, y cada vez las demostraciones del afecto popular crecian, porque sus virtudes y su afabilidad eran muy conocidas.
Fué proclamado con el nombre de Juzef III.
Inmediatamente envió un embajador al rey de Castilla don Juan II, participándole su advenimiento al trono, y para darle á conocer sus pacíficas intenciones, y cuánto era su deseo de establecer una paz sólida y duradera entre Granada y Castilla.
Recibieron favorablemente en la corte de Castilla al embajador, y se convinieron las treguas como en tiempo del difunto rey Muhamad.
Pasado el tiempo de la tregua, Juzef envió á su hermano Alí á Castilla, á que la prorogase, pero los gobernadores de Castilla pretendian que el rey Juzef se declarase vasallo de su rey.
El infante Cid Alí se negó á esta humillacion, y dijo que no tenia licencia de su hermano el rey para obligarse hasta tal punto, y se tornó á Granada sin concertar las treguas.
Por lo tanto, en el momento que terminaron las anteriores, el infante don Fernando, gobernador de Castilla, entró poderosamente en el reino de Granada, y puso sitio á la ciudad de Antequera.
Acudieron al socorro de la ciudad los infantes hermanos del rey Cid Ahmed y Cid Alí, pero el infante don Fernando habia mandado levantar una cerca muy alta al rededor de la ciudad, y estrechados los habitantes por el hambre, se avinieron á entregar la ciudad, saliendo salvos con todos sus haberes.
Desde entonces el infante de Castilla se llamó don Fernando el de Antequera.
Despues de la rendicion de esta ciudad, rindió á Hins-Híjar, y otras fortalezas de la comarca.
Por este tiempo, oprimidos los moros de Gibraltar por las tiranías y las exacciones de su walí, y cansados de su sujecion al rey de Granada, escribieron al emir de Fez, y se le ofrecieron por sus vasallos si les socorria.
El emir Abu-Sayd, recibió con gozo este embajador, y envió á su hermano Cid Abu-Sayd con dos mil hombres á que ocupase á Gibraltar.
Pasó el infante de Fez el estrecho, llegó á Gibraltar, abriéronle los de la ciudad las puertas, y el walí se retiró á la fortaleza, y viendo que no le acudia socorro de Granada, estaba á punto de entregarse cuando llegó el infante Cid Ahmed con un fuerte escuadron de caballería y rescató la ciudad.
Insistió de nuevo Juzef en sus treguas con el rey de Castilla, y las pactó por dos años.
Mientras vivió el rey Juzef, Granada gozó los beneficios de la paz, y la corte era el refugio de los caballeros agraviados de Castilla y Aragon: allí iban á concluir sus diferencias, eligiendo por juez al rey Juzef, y este les daba campo para sus desafíos y combates de honor; siendo al mismo tiempo tan conciliador, que despues de darles campo, y apenas principiada la lid, los daba por buenos caballeros y los hacia volver amigos y vivir juntos y honrados de su corte.
Amábanle, pues, propios y estraños, y especialmente la reina doña Catalina de Lancaster, madre del rey de Castilla, con quien mantenia correspondencia muy familiar, y se hacian mutuos presentes.
Este buen rey murió de una manera súbita en 1425.
X.
Inmediatamente fué proclamado su hijo Muley[103] Muhamad-Nazar-ebn Juzef, conocido con el sobrenombre de Al-Hayzarí ó el Izquierdo, á causa de que lo era, ó mas bien, segun algunos quieren, tenia este sobrenombre no por defecto natural de las manos, sino por su aviesa y contraria fortuna.
Su nombre, cronológicamente considerado, fué el de Muhamad VII.
Despues de haber sepultado con gran pompa á su padre en el palacio de Djene-al-Arife, escribió á las ciudades y pueblos de cada tah, para que celebrasen su proclamacion con la solemnidad acostumbrada.
No imitó el buen gobierno de su padre sino en un solo punto, que fué en el de mantener la paz con los reyes de España y los emires de Africa; pero se cuidó muy poco de adquirirse el amor de sus vasallos; era vano, soberbio y déspota; los wazires, los cadíes y los walíes de su corte y de su ejército, los mas respetables magnates del reino, eran tratados por él como esclavos, creciendo de momento en momento su altanería hasta hacerse insoportable. Pasaba largos períodos de tiempo sin dar audiencia á sus vasallos, ni aun á los walíes que le buscaban para consultar con él los mas graves negocios.
Circunscribíase á mantener á todo trance la paz con los cristianos y con los de Africa, y á no dar por su parte ocasion á un rompimiento. Desdeñaba el trato con sus ciudadanos, y no consentia justas ni torneos ni otras fiestas guerreras á que estaba acostumbrada la belicosa nobleza de la corte. Solamente tenia influencia con él su wazir y kadí de Granada, Juzef-ebn-Zeragh[104], caballero ilustre de la mas noble y poderosa familia del reino, que pudo contener por algun tiempo con su prestigio el que estallase el ódio de los descontentos que pretendian la deposicion de Muhamad; pero al fin, ni su prudencia, ni su valor, ni su influencia, pudieron evitar que estallase una insurreccion popular en que fué proclamado Muhamad-al-Zaquir, primo del rey, y que algunos entrasen violentamente en el alcázar, de cuyo furor solo pudo escapar el rey, merced al valor de algunos guardias leales que protegieron su fuga por los jardines.
Una vez en salvo Muhamad Al-Hayzarí, pasó disfrazado de pescador en una barca á Africa, y se acogió al amparo de su amigo el emir de Túnez Abu-Faris, que le prometió su ayuda en el dia en que fuese para él probable la vuelta al trono.
XI.
Muhamad-al-Zaquir fué proclamado bajo el nombre de Muhamad VIII, en 1427.
Reconociéronle por su rey las principales ciudades del reino; hubo magníficas fiestas en Granada, y él mismo, que se jactaba de ser buen justador, entraba en las parejas y contiendas, y hacia notables gallardías arrojando las cañas con singular acierto y ligereza, evitando los tiros con facilidad, y volviendo y revolviendo con sin igual destreza su caballo.
Observando una conducta enteramente opuesta á la de Al-Hayzarí, frecuentaba el trato de sus caballeros, comia con ellos, les hacia ricos presentes, captándose su voluntad por todos los medios imaginables.
Del mismo modo cuidó de inutilizar á los partidarios del depuesto Al-Hayzarí, y el wacir Juzef-Ebn-Zeragh se vió obligado á salir de Granada con la mayor parte de los caballeros de su linage, que avisados á tiempo de las aviesas intenciones del rey hácia ellos, huyeron al reino de Murcia, donde tenian amigos que los ocultaron.
Algunos de estos abencerrages que se quedaron confiadamente en Granada, probaron el tiránico rigor de Al-Zaquir, que creyéndose ya asegurado en el trono, empezó á dar muestras de su condicion sanguinaria y cruel.
Con el wazir Juzef habian huido á Murcia veinte caballeros abencerrages, que habiendo recibido seguro del rey don Juan el II, pasaron á besarle la mano á la corte de Castilla.
Sabedor el rey, por la relacion de estos caballeros, de las tiranías de Al-Zaquir, y que huyendo de ellas habian pasado á Castilla y á África mas de quinientos caballeros, y movido á compasion por la desgracia de su aliado el rey Muhamad-Al-Hayzarí, ofreció al wazir Ebn-Zeragh restituir al trono al depuesto rey.
A este propósito acordó que el alcaide de Murcia, en compañía de Ebn-Zeragh, pasase á Túnez con cartas suyas para que el emir Abu-Farís ayudase á cobrar el reino de Granada y restituir al trono á su legítimo rey, y el de Castilla pedia al de Túnez que le enviase al destronado rey, que él haria de modo que fuese restituido á su anterior dignidad.
Recibido este mensage, el emir de Túnez dió órden para que Muhamad-Al-Hayzarí pasase á España con quinientos caballeros y muchas riquezas, y al mismo tiempo envió al rey de Castilla, con el alcaide de Murcia, telas de seda y oro, linos muy delicados, aromas, preciosidades, y una cria de leoncillos domesticados.
Al-Hayzarí pasó á Orán en compañía de Ebn-Zeragh y de sus caballeros, embarcóse en aquel puerto, saltó en tierra de Granada por la parte de Vera, cuya ciudad le recibió con aclamaciones de alegría, y Almería del mismo modo le recibió de nuevo por su rey.
Cuando estas novedades llegaron á oidos del usurpador Al-Zaquir se alarmó sériamente, y envió sin perder momento á su hermano con setecientos caballos escogidos, contra la gente del rey Al-Hayzarí, pero mas de la mitad de esta gente se pasó á la del rey, y el infante, no atreviéndose á acometer nada con los que le habian quedado, se volvió.
Facilitado el paso á los del rey Al-Hayzarí, desde Almería, adelantaron hasta Guadix, y esta ciudad abrió sus puertas y recibió por su señor al rey, jurándole obediencia en el mismo dia.
No tardaron en llegar á Guadix gran número de caballeros de Granada que animaron á Al-Hayzarí para pasar á ella, asegurándole tan buena acogida como en Almería y Guadix: así, pues, confiando en la fortuna, aunque con algun recelo, partió Al-Hayzarí á Granada, llevando consigo un gentío inmenso que de todas partes le seguia ávido de novedades, por las que sin otra causa ni motivo le aclamaba aquella muchedumbre.
Al ver el usurpador acercarse esta tormenta, tuvo miedo; se pasó de noche del Albaicin al alcázar de la Alhambra, y se fortificó en él.
Al dia siguiente entró Al-Hayzarí en Granada, que le recibió con grandes aclamaciones, y cercando á seguida la Alhambra, se apoderó de Al-Zaquir y le mandó cortar la cabeza.
Acaecieron estos sucesos en 1427.
XII.
Restaurado en su primera dignidad Al-Hayzarí, repuso en su empleo de wazir al leal Ebn-Zeragh, y estrechó su alianza con el rey de Castilla y el emir de Túnez.
Hizo mas: sabiendo que el rey de Castilla andaba en guerras y en bandos civiles, envióle como embajador á un principal caballero de Granada, llamado Abd-el-Menam, privado suyo, ofreciéndole auxilios de tropas contra sus enemigos.
Don Juan el II agradeció, pero no aceptó este ofrecimiento, y solo se trató de treguas y de que el rey de Granada pagase al de Castilla cierta cantidad de doblas de oro cada año, á título de vasallage.
Resistióse a esto Al-Hayzarí, confiado en que el rey de Castilla tendria bastante con sus negocios para mostrarse exigente, y que se contentaria con lo que de su propia voluntad quisiera darle.
Retiróse, pues, Abd-el-Menam á Granada sin haber concertado nada con el rey de Castilla, que ofendido de esto, escribió al emir de Túnez quejándose de la ingratitud de Al-Hayzarí y rogándole que no le ayudase en la guerra que pensaba hacerle para obligarle á cumplir con lo que debia.
Contestó Abu-Faris al rey de Castilla que así lo haria, y en vez de enviar á Al-Hayzarí las galeras y gentes que le habia prometido, le escribió aconsejándole que pagase al rey de Castilla, á quien debia la corona, la concertada suma de doblas que le pedia, y que de no hacerlo así, no esperase su ayuda mientras viviese: escribió asimismo al rey de Castilla suplicándole que fuese moderado en su venganza, y que no fuese demasiado rigoroso con Muhamad-Al-Hayzarí su pariente.
El rey de Castilla envió órden á sus fronteros para que corriesen la tierra de Granada, á todo trance, talando y cautivando cuanto encontrasen.
Los fronteros entraron á este tiempo por dos puntos distintos: por Ronda y por Cazorla.
La suerte en estas dos entradas fué distinta: los castellanos que entraron por Ronda vencian: los que entraron por Cazorla, eran vencidos por Al-Hayzarí; pero como le llegase nueva de que el rey de Castilla adelantaba con un poderoso ejército, temiendo que con esta novedad se suscitase contra él alguna rebeldía en Granada, partió apresuradamente á ella, dejando el mando de su ejército á sus principales walíes, y llegando á la ciudad armó veinte mil hombres para que la defendiesen.
Entretanto los cristianos corrian la tierra de Granada y se apoderaban de Illora, Tajajar, Archidona y otros lugares, y el rey de Castilla se volvió con una numerosa presa á Ecija, y de allí á Córdoba.
Como Al-Hayzarí temia, se levantó contra él una terrible conjuracion en Granada: un caballero de la sangre real, Juzef-ebn-Al-Hhamar, ambicioso y rico, se propuso arrojar del trono al rey y apoderarse de la corona de Granada con la ayuda del rey de Castilla.
Con acuerdo de sus parientes y parciales envió de mensagero á los nobles á un caballero de la tribu de los Beni-Egas, Geleil-ebn-Geleil, que habia casado por amores con la infanta Ceti-Merier, era fuerte y bravo, de linage de cristianos, y el rey por temor ó recelo le tenia desterrado en Alhama.
A este caballero, pues, como hablaba perfectamente la lengua castellana, se le confió la embajada ante el rey de Castilla, á nombre de Juzef-Ebn-Al-Hhamar. Ofrecia este que luego que el rey de Castilla entrase en la Vega de Granada, se le uniria con mas de ocho mil hombres, cuya mayor parte eran caballeros de las principales familias del reino, y aun si se apoderaba de él con la ayuda del rey de Castilla, seria su mas leal vasallo.
Esta proposicion fué bien acogida por el rey de Castilla, como quien de todos modos pensaba entrar por la Vega.
Alentados con esta promesa los del bando del rebelde Juzef, salieron poco á poco de Granada con el pretesto de ir al ejército de la frontera, y cuando poco despues el rey de Castilla entró talando la vega, Juzef-Ebn-Al-Hhamar se le presentó, le besó la mano en señal de vasallaje, y despues llegaron los caudillos y gentes de su bando en número de ocho mil hombres, la mayor parte caballeros.
Al-Hhamar, desde la falda de sierra Elvira, donde habia acampado el rey de Castilla, señalaba á este los principales edificios y fortalezas de Granada, la Alhambra, Torres-bermejas, Generalife y el Albaicin.
El rey de Castilla miraba la hermosa ciudad con deleite.
A este propósito se escribió la siguiente poesía que insertamos, porque su belleza agradará sin duda á nuestros lectores: