¿Por qué las lágrimas corrian lentas é incesantes á lo largo de sus megillas?
¡Ay! Zoraida en aquella maravillosa cámara era una garza real aprisionada en una jaula de oro y pedrería.
Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el magnífico espectáculo de la tierra vista desde las alturas, y al recordarlo inclina apenada la cabeza, así Zoraida recordaba otros espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de la felicidad.
¿Qué se habian hecho sus sueños?
Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.
En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alcázar de Málaga en donde pasó su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y de sus doncellas.
En mal hora la llevó á Granada.
Y en dia de muerte la llevó á los miradores de Bib-Arrambla, para que con ocasion de unas cañas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y vista su hermosura por los caballeros granadinos.
Y por el rey Boabdil.
Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Boabdil habia sido su esposo.
Ebn-Ahmed se habia atrevido á dirigirla primero miradas, y luego suspiros, y al fin palabras de amor.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Oh, y cuán ardientes, cuán tristes, cuán apenadores eran los recuerdos de la sultana Zoraida!
Una lámpara de oro incrustada en nácar, enviaba al semblante de Zoraida una ténue y dulce claridad que brillaba en sus lágrimas.
Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.
Era cerca del amanecer.
Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueño, no dejaban oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alcázar.
Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian alejarse dos sombras hácia un ángulo de la muralla: á la dudosa luz del alba que empezaba á esclarecer, se notaba que la una sombra era un hombre, la otra una muger.
Al llegar á aquel ángulo, la muger desenvolvió una escala y la arrojo á fuera.
—El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar á los guardas: aprovecha este momento para alejarte, walí: recuerda que no es tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.
—De un arcángel de muerte, murmuró con voz ronca el hombre.
-¡Ah! ¡infeliz!... ¡infeliz de ella! ¿olvidas que es esposa de Boabdil?
—¡Oh! ¡si me amara, qué importan la muerte y la deshonra, y los tormentos, á trueque de un instante de felicidad!...
—Vete, vete, walí Ebn-Ahmed; ¡si los guardas volvieran!...
—He subido por esta escala con la alegría del sol que sale, y la bajo con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo; pero mi cielo ha estado nublado para mí.
—Oye, walí, y espera y alienta tu esperanza... mi señora me ha dicho para tí estas palabras:
«Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.»
—¡Ah!
—Vete, pues.
—¡Otro dia!
—Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.
—¡Og-allah![129] esclamó Ebn-Ahmed; y arrancándose una joya la entregó á la esclava, y se deslizó por la escala.
Cuando la escala perdió su fuerte tension, señal clara de que el que habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogió.
Luego se inclinó sobre el adarve y escuchó atentamente.
Poco despues, allá á lo lejos, pasando por un puente del Darro, y trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuchó el sonoro galope de un caballo.
XI.
EL SULTAN BOABDIL.
Granada estaba amenazada.
Los Reyes Católicos, despues de haber conquistado las principales villas y ciudades del reino, habian acampado delante de Granada, llevando consigo la flor de sus caballeros.
Y delante de Granada, en la vega, habian levantado su ciudad real.
La ciudad de Santa-Fé.
Un dia aquella ciudad, que solo habia sido antes un real, apareció cercada de muros.
Cuando aquello vieron los moros desde la Alhambra, se maravillaron porque la tarde antes no existian aquellos muros, y no podian comprender cómo se habian levantado en una sola noche.
Aquello era una industria de los cristianos.
Por ella se cantó aquel romance que dice:
de mucho lienzo encerado.
Pero muy pronto los muros de lienzo se convirtieron en muros de piedra, y el real de los Reyes Católicos se convirtió en ciudad.
Y á pesar de que aquella ciudad con sus muros, sus torres y su caba, se levantaba delante de Granada, el rey Boabdil dormia como si hubiese estado completamente en paz con los cristianos.
Dormia en el mirador de Lindaraja entre los brazos de una esclava.
Lentamente la luz del dia fué creciendo, y la esclava despertó, se envolvió en su túnica y se sentó en el diván.
Poco despues de la aparicion del alba, un ronco son de atakebiras, dulzamas y atavales rasgó el espacio, y cuando cesó este clamor guerrero, se escuchó la voz del mueden de la mezquita del alcázar que llamaba á la oracion de Azzobih.
Boabdil se levantó, sonrió á la esclava, y fué á hacer su ablucion á la fuente de la sala de las Dos Hermanas.
Despues se prosternó con el rostro vuelto al oriente, y oró un momento.
Luego fué al diván, se reclinó en él indolentemente é hizo una seña á su esclava.
Esta se levantó y fué á una puerta.
Salió, y poco despues entraron otras cuatro hermosísimas esclavas.
La una traia un arquilla llena de perfumes y aguas olorosas, la otra una fuente de oro, la otra un espejo, la otra una rica tohalla.
Las esclavas se arrodillaron, y luego se apoderaron del rey y le ataviaron.
Despues se retiraron las esclavas, y entraron cuatro walíes escuderos del rey.
Le armaron; pusiéronle su manto de púrpura sobre los hombros, la espada al costado, y la corona en la cabeza.
Despues el rey se trasladó á la cámara de Embajadores y recibió á su corte.
En el patio del Mexuar ondeaba su estandarte.
Los caballeros que le rodeaban, estaban cubiertos de resplandecientes arneses.
¿Salia Boabdil contra los cristianos?
No: iba á una fiesta de cañas en Bib-Arrambla.
XII.
LAS CAÑAS SE VUELVEN LANZAS.
¡Cuán engalanada se muestra la plaza!
Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores, sus sedas Damasco, sus púrpuras Tiro, sus resplandores Oriente.
Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas, ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y pedrería.
Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en señal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con plumas, cada cual del color de su dama.
Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras, prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.
Y á los pies de ventanas y miradores mas allá de los estrados, está la estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena del Genil.
Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.
Y allá al fondo de la tela está el trono del señor rey, con su cortina de púrpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubíes, con el blason de Al-Hhamar el Nazerí campeando en el centro, y que parece como empalidecido, como empañado al verse en un lugar de fiestas en vez de encontrarse delante del real de los cristianos que cercan á Granada.
Boabdil es un rey insensato.
Insensatas son esas damas, que están cubiertas de joyas, lazos y galas.
Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el castellano.
Solo los fakís prosternados en la mezquita esclaman:
¡Allah ku Akbar! ¡Allah ku Rhhaman! ¡Le galib ile Allah![131]
Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto á él, pálida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las esclavas.
Y detrás del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los valies, y los alimes, y los xeques.
Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una seña con su lenzuelo y van á empezar las fiestas.
Un solo caballero vé con espresion sombria la seña del rey, y escucha con despecho el tañido de los instrumentos músicos y de guerra que llaman á las cuadrillas.
Está de pié á la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que se apoya.
Es el único que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con un fuerte arnés de guerra de Milán.
En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcél encubertado de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.
Es jóven: en la fuerza de su juventud.
La magestad irradia de su alta y serena frente.
En sus negros ojos brilla un valor bravio.
En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.
Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada, hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballería.
Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras sí las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, allá vá el huracan.
Cuando salen á su encuentro Gonzalo de Córdoba, ó el Alcaide de los Donceles, ó el conde de Cabra, ó Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas castellanas, parece que chocan dos montañas de acero lanzadas la una contra la otra por la mano de Dios.
Cuando entre los suyos está pálido, sombrio y ceñudo, los suyos tiemblan.
Muza está pálido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.
Su robusta mano empuña convulsivamente el pomo de su espada.
Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].
Por allí entran lucidas cuadrillas de zegríes.
A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos de un tordo rodado, Mahomet Zegrí, alcaide de la alcazaba Kadima, cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este jactancioso mote: Con mas puedo.
Su moreno semblante africano se volvió hacia el trono en el momento en que entró en la tela, y sonrió con sarcasmo á la sultana, con desprecio al rey, y fijó una mirada de odio y de reto en el infante Muza.
La sultana palideció, el rey bajó los ojos, Muza lanzó una mirada de muerte al Zegrí.
Seguian á Mohamet-Adel-Zegrí, de cuatro en cuatro, cien caballeros zegríes, ginetes en potros negros de pura sangre árabe.
Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135] forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban plumas que parecian haber sido teñidas en sangre.
Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissería, entró un hermoso mancebo, ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado verde, y gualdrapas de lo mismo.
En su adarga llevaba pintada un águila que volaba junto á un sol, y por bajo este letrero:
«Mas alto vuelo.»
Este caballero, que era muy hermoso, se llamaba Ahmed-Ebn-Zeragh, y era gefe de la poderosa familia de los abencerrages.
Seguíanle de cuatro en cuatro, ginetes como él en yeguas blancas, y como él vistiendo brocado verde, cien bravos caballeros abencerrages.
Los dos gefes de las dos tribus, Mahomet-Adel-Zegrí, y Aben-Ahmed-Aben-Zeragh, se unieron para ir á saludar al rey, y del mismo modo se unieron sus cuadrillas.
Despues del saludo, cada uno tomó por un costado de la liza: seguian á cada uno sus caballeros, y al fin los escuadrones se formaron el uno frente al otro: los abencerrages estaban á la derecha del trono, los zegríes á la izquierda: en medio la arena despejada: á una señal del rey, los escuderos de las fiestas saltaron las barreras y cargados de haces de cañas, forradas de vistosas cintas, proveyeron de ellas á los caballeros y se retiraron.
Entonces sonó la señal.
Los dos escuadrones se abrieron, desplegándose como un abanico.
Y caracolearon los caballos, y se mezclaron de una manera ordenada formando círculos y caprichosas combinaciones, y entrando y saliendo y remedando de una manera muy vistosa, una trabada escaramuza.
Y volaban las cañas, ondeando las cintas de colores, y las damas y los caballeros y el populacho y el mismo rey aplaudian y reian de muy buena gana, cuando un caballero torpe ó descuidado recibia un golpe de caña en el rostro.
Por una, dos y tres veces las cuadrillas quedaron sin cañas, se replegaron haciendo provision de nuevas cañas, y volvieron á juego; pero á la cuarta vez, un caballero abencerrage lanzó un grito de muerte y cayó de su yegua.
Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado á sus dueños picas de combate.
Por esto se dijo el romance aquel:
las cañas se vuelven lanzas.
XII.
LA BATALLA.
A aquella infame traicion de los zegríes, siguió un tumulto espantoso.
Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valiéndose solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saña incomparables.
De los estrados, de las galerías, de las casas, bajaban á la liza caballeros, y aun el populacho empezaba á tomar parte, dividiéndose Granada en dos bandos.
El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escapó y se encerró en la Alhambra.
El infante Muza quedó en la plaza revolviéndose entre los combatientes, y gritando para ponerlos en paz:
—Ved, caballeros, que tenemos á las puertas los cristianos, que el peligro arrecia, y que no es esta la ocasion de volver las armas los unos contra los otros, sino de ir juntos y alentados contra el enemigo de todos: ea, caballeros, bajad las armas, y mirad á Granada que llora: y si teneis sed de sangre, venid conmigo y busquémosla cristiana en el real de Santa-Fé.
Pero en vano tronaba la voz de Muza: los zegríes no obedecian y los abencerrages, que hubieran obedecido, se veian obligados á defenderse de los zegríes.
Entonces Muza dejó las persuasiones y apeló á la fuerza.
Reunió al rededor de su bandera á los africanos de la guarda del rey y á sus esclavos negros, y embistió con los zegríes.
Reforzados los abencerrages, se llevaron al fin por delante cuanto encontraron.
Los zegríes huyeron dejando sobre la plaza muchos cadáveres de los suyos, y fueron á encerrarse en el castillo de Bib-Ataubin[136].
Los abencerrages fueron á encerrarse con el rey en la Alhambra.
XIV.
EL CIPRES DE LA SULTANA.
Comprendieron los zegríes que vencidos como estaban, abandonados de todos, el rey podia hacer en ellos un terrible escarmiento.
Pensaron, pues, en engañar al rey.
La misma sultana Zoraya, la renegada á quien servian, envió á Mohamed-Adel-Zegrí, un mensagero, con el que le dijo que era necesario ganar tiempo y buscar sobre seguro otro medio de acometer al rey Boabdil.
La sultana Aixa-la-Horra por su parte, ayudada por el alcaide Muza, pugnaba en la Alhambra por decidir al rey á que cortase la cabeza á los traidores.
Pero el rey era débil y resistia.
Parecióle peligroso hacer justicia en unos caballeros tan turbulentos que tanto poder tenian y tan poderosos eran, y se avino á recibir á Mohamed-Adel-Zegrí.
El caudillo de los zegríes se esforzó por probar que un caballero zegrí que habia huido temiendo el castigo, habia sido el que por celos de una dama habia arrojado una lanza contra un abencerrage, y que el combate que despues habia seguido, habia sido una equivocacion lamentable. Que habian corrido voces en el momento de la lucha entre los zegríes de que querian destruirlos; que esto habia causado su tenaz resistencia; pero que aclarados los hechos, los zegríes no tenian el menor reparo en dar cuantas satisfacciones fueren necesarias al rey y á los abencerrages, y en renovar con ellos la antigua amistad, dando en rehenes de ella sus hijos y sus esposas.
Parecióle al rey bastante la satisfaccion de los zegríes, y los abencerrages sacrificaron su justo odio en favor de la patria: aquel mismo dia los cristianos habian corrido las dos leguas de vega que hay desde Santa-Fé á Granada; se habian estendido por una parte hasta la Azubia, y por otra hasta Viznar; y aldeanos y labradores habian entrado despavoridos en Granada.
Era, pues, necesario de todo punto la union mas estrecha entre los caballeros granadinos, el olvido de todos los odios y los esfuerzos comunes y unidos contra el enemigo comun.
Cedió, pues el rey por temor, cediendo los abencerrages por generosidad; concertaron una avenencia, y para celebrarla se dispuso una zambra en Generalife, donde debian echarse los lazos de una nueva amistad entre zegríes y abencerrages.
Llegó la noche.
Generalife estaba resplandeciente.
Sus cascadas corrian bajo sus verdes bóvedas de laurel, entre las que estaban escondidas jaulas con cuantos pájaros de voz armoniosa podia reunir el deseo.
Las lámparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas, esparciendo una dulce luz.
Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los que ardian mil luces.
Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta, vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.
El cielo estaba plácido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas auras gemian entre las enramadas.
Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.
Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.
Un solo ruiseñor cantaba escondido en lo mas alto de un árbol jigantesco.
Aquel árbol era un ciprés.
El ciprés de Abul-Walid.
Si vais á Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es mas próvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las galerías de estuco y mármol, los aleros, las cúpulas.... la primavera ha cuidado de cubrir cada año de flores las orillas del estanque, y cada año ha nacido una rama nueva al ciprés.
Cuando el cicerone que os acompaña llega á aquel jardin, se detiene y os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:
—Aquel es el Ciprés de la Sultana.
Y cuando os acercais á él, veis que los que han llegado primero que vos, han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una astilla del árbol, una especie de reliquia.
El ciprés, junto á su pié, á la altura de mi hombre, está roido ó mas bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.
Una tarde estaba el autor sentado, á la puesta del sol, en el pequeño jardin donde existe el ciprés.
Hablaba con un viejo inválido de la compañía de la Alhambra, y miraba á la altísima punta del árbol maquinalmente.
De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pájaro blanco se cernió un momento sobre la punta del ciprés, y se detuvo en ella.
—¿Qué clase de pájaro es ese, tio Juan? dijo el autor al inválido.
—¡Ah! ¡ah! esclamó el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.
—¡Un cuervo blanco!
—Si señor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprés de la sultana tiene cuatrocientos años, y que ese cuervo es tan viejo como él.
—¿Quién ha dicho á V. eso, tio Juan?
—Mi padre se lo oyó decir á mi abuelo, que decia que se lo habia oido decir al suyo, y que el abuelo de mas allá se lo habia oido decir al de mas lejos.
—Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una tradicion, en una palabra.
—Como se sabe que la sultana que engañó al rey Chico de Granada, dejándose enamorar de un abencerrage al pie de ese árbol, era rubia y blanca, y tenia los ojos garzos y una pequeña rosa que le hacia mucha gracia, en la megilla derecha.
No me atreví á desmentir al tio Juan, que siguió contándome con la fé mas ciega, y como hubiera podido contarme un suceso del dia anterior, la tradicion de los amores de la sultana de Granada y del abencerrage Aben-Ahmed.
Oíase desde aquel solitario jardin, perdido y ténue á lo lejos, el concierto de la fiesta que se agitaba en Generalife.
El ruiseñor, escondido en el árbol, trinaba.
La luna brillaba en la tersa é inmóvil superficie del estanque.
Los bosquecillos de laureles proyectaban misteriosas penumbras.
La brisa de la noche volaba cargada del aroma de las flores.
Entre la oscura sombra de un bosquecillo se destacaron cuatro fantasmas blancos.
Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.
Hablaban de una manera contenida.
Se deslizaron siempre en la sombra hácia el ciprés, y se ocultaron detrás de él en una espesura de rosales.
El que hubiera estado junto á ellos habria podido oir el diálogo siguiente:
—¿Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?
—Esta mañana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de Lindaraja vió salir de los baños a Zaruhlemal[137], contestó el preguntado.
—¡Ah! ¡la doncella favorita de la sultana! dijo otro.
—Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oyó decir: Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.
—¿Y no podrá ser que quien haya dado esa cita á Aben-Ahmed sea la misma Zaruhlemal?
—Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama á escalar la Alhambra y á entrar en los baños del rey. No se hubiera pagado tan espléndidamente á los guardas para que se retirasen.
—Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir recatadamente una puerta de la galería.
—Ocultémonos bien, y silencio.
No volvieron á hablar una sola palabra.
Una muger salió de la galería y adelantó hácia el ciprés con paso tímido é irresoluto.
Cuando se puso bajo la luz de la luna, brilló el brocado de su túnica, y brillaron las alhajas de que venia prendida.
Traia cubierto el semblante con el velo.
Adelantó hácia el ciprés, miró en torno suyo con anhelo; se sentó al pie del árbol sobre el césped, y se descubrió echándose atras el velo.
Era la sultana Zoraida.
Estaba pálida, temblorosa, dominada por una escitacion profunda.
En sus magníficos ojos brillaban á un tiempo el amor, el temor, la amistad, la pureza contrariada, el orgullo comprimido.
Su seno, cubierto de deslumbrantes joyas, se levantaba y se deprimia.
Su aliento salia abrasador y fatigado, por sus entreabiertos labios.
Todo en ella revelaba una muger en cuyas venas latia sangre africana, a impulsos de un amor largo tiempo habia contrariado, dominado hasta el momento de la prueba.
Amor escondido en un delicioso misterio, cubierto por las alas del arcángel de la pureza, tranquilo hasta entonces como las aguas de un lago, profundo como el abismo, é indeleble como la marca puesta por el dedo de Dios sobre la frente de una criatura.
Aquel amor habia llevado hasta el pie de aquel ciprés á la sultana, de aquel funesto ciprés, mudo confidente de amores misteriosos, y allí entre un vacilante silencio, al tibio rayo de la luna, al suave y aromático aliento de las auras, que susurraban lentamente entre las flores y las enramadas, la desdichada Zoraida, recibió en el misterioso fondo de su alma la última y mas ardiente revelacion de aquel amor hasta entonces dominado, silencioso, vago, infinito que hacia mucho tiempo llenaba sus sueños.
Zoraida vió el abismo en el momento en que este se abria á sus pies, y quiso retroceder.
Quiso huir.
Se levantó trémula y se encaminó á la galería, pero de repente apareció junto á ella, saliendo de entre una enramada, un hombre.
Era Aben-Ahmed.
Galan, hermoso, enamorado.
Pretendió huir aun, pero encontró ante sus pies de rodillas al abencerrage pálido y tembloroso.
Y sintió sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios ardientes y trémulos que besaban con delirio sus manos.
—¡Oh! ¿qué haces? esclamó la sultana.
—Desfallecer de amor, alma de mi alma, contestó el abencerraje.
Zoraida cayó sin fuerzas, rendida por su amor sobre el césped que rodeaba al ciprés.
Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para sí mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprés en la espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron á lo largo de los jardines.
Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia á los pies de Zoraida, y la decia fuera de sí:
—¡Oh! ¡bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor! ¡bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!
¡Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: ¡yo te amo!
Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.
Ellos son la lumbre de mi vida.
Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.
Callaba la sultana: callaba y temblaba.
Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:
—Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hurí de las huríes, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio: huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de Granada: salvemos nuestro amor.
Yo tengo en Africa alcázares.
Yo tengo en aquellos alcázares tesoros.
Yo soy el gefe de una valiente tribu.
De la tribu de los Beni-Zerahg.
Descendiente como Al-Hhamar-el-Nazerita, del Ansarí, mi estandarte verde ondea sobre las lanzas de mis bravos abencerrages.
Aquí la infamia nos rodea y la traicion nos acecha.
Huyamos, sultana.
Huyamos de esta corte de ignominia.
Yo daré en Africa á tu hermosura un trono mas resplandeciente que el de Boabdil.
Al oir el nombre del rey, la sultana volvió en sí como si despertase de un sueño.
—¡Ah! esclamó: ¡eres tú, Aben-Ahmed! ¿qué quieres á los pies de la sultana?
—¡Levántate, desdichado! ¡los esclavos del rey velan, y tu cabeza está mal segura en tus hombros!
¡Huye! ¡huye y sálvate! ¡que el sultan de Granada no pueda herirte!
Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse á su sueño, Aben-Ahmed se creyó humillado.
—¿Por qué me has llamado aquí en el silencio de una noche tranquila, sino me amas? esclamó: ¿por qué has venido sola á este apartado jardin donde todo convida al misterio y á los amores?
Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiaré, y te lo repito, te conquistaré un trono, el trono de Damasco, y serás sultana del oriente y del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes del Atlas y los linderos del gran Sahara.
—¡Oh! ¿qué dices? ¡aparta vasallo! ¡para ser sultana me basta un trono, para ser noble y leal á mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la esclarecida sangre del sultan Ismail!
Aparta y vete.
La sultana ha venido aquí, te ha llamado aquí, para robar á tus insensatos amores la última esperanza: para apartarte de una horrible senda que solo conduce á un lago de sangre.
—Yo siento el buitre que se acerca, esclamó tristemente Aben-Ahmed.
Yo oigo en los aires lúgubres rumores.
Es Ariel[138], que bate sobre mí sus alas negras.
Quédate á Dios, sultana.
Si al trasponer el sol del próximo dia, al aparecer en el oriente el lucero de la tarde, ves pasar por delante de él una nubecilla roja, ese será mi espíritu que esperará trémulo de amor una sola mirada de tus ojos.
Y trémulo, pálido como un cadáver, se levantó el abencerrage de los pies de la sultana.
—¡Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza de su amor; ¡morir tú! ¿y por qué?
—Lo que está escrito se cumplirá, dijo con desesperacion Aben-Ahmed; ¿acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?
¡Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.
¡Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para mí, como un vaso de oro y rubíes lleno de falaz tósigo!
Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:
«¡Adónde vas, caudillo?
Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;
Cuando busque aires mas puros y mas frescos y tierras mas tapizadas de verdor;
Cuando abata su vuelo junto á las claras corrientes,
Sobre las pintadas flores,
Llegará al pie de una montaña coronada por la magestad de un alcázar;
Y en el alcázar encontrará una garza real.
Y la garza causará la muerte del alcion, porque le amará, y apartará de él los ojos, que posará en los de un cobarde gerifalte,
Y el gerifalte verterá con alevosía la sangre del alcion, viajero y peregrino, y velo de sombra estenderá sobre él,
—Lo que pronosticaron los sabios se ha cumplido.
Partí, llegué, te ví, y te amé.
Te amé... como ama el cielo al sol, el mar al viento.
Te amé... como ama el ciego la luz y el desdichado la esperanza.
Te amé... con toda mi alma, con toda mi vida, con todo mi deseo, con toda mi voluntad.
Te amé... para morir de amor.
Quédate á Dios, sultana.
Lo que está escrito se cumplirá.
¿Acaso puedo vivir?
¡No! insultaré á los zegríes y me matarán.
Y si quiero morir con gloria, ¿no velan en el real cristiano, sedientos de sangre mora, ese famoso Gonzalo de Córdoba, el bravo Ponce de Leon, Hernando del Pulgar, y don Alonso de Aguilar el Valiente?
Adios, sultana.
Ariel bate ya sus negras alas.
La hora se acerca.
Y fuera de sí Aben-Ahmed, se apartó de la sultana.
Zoraida no pudo contener su llanto.
Detúvose Aben-Ahmed estremecido de alegría, y tornó al sitio donde aun permanecia inmóvil la sultana.
—¿Por qué lloras? esclamó Aben-Ahmed: cada lágrima tuya vale un torrente de sangre. Si tú me amas, hurí, pronuncia una sola palabra, y cuanto se oponga á nuestro amor caerá ante mi espada.
—¡Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus sollozos.
—¡Oh! ¡dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!
—¡Vete! repitió Zoraida.
—No, no me alejaré. Alejarme seria morir.
—Permaneciendo morirás.
—¿Y qué importa?
—¿Y mi amor? esclamó con desesperacion Aben-Ahmed.
La sultana se levantó de una manera solemne: sus lágrimas se habian secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.
—Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce, resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba á mi esposo, porque no le eligió mi voluntad, porque Dios no habia querido que le amara; pero no le aborrecia.
Mi sueño era tranquilo.
Las flores tenian para mí colores y fragancia.
El aura era fresca y balsámica.
Mi aliento la aspiraba con delicia.
Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una larga jornada.
Yo lo amaba todo; las flores, los pájaros, las auras, el sol, la tierra, los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.
Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueños, y al despertar el alba me sonreia.
Pero cuando te ví, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua blanca, llevando tras tí el verde estandarte de la familia del profeta;
Cuando pasaste bajo mis celosías galan y hermoso, terciada la pica, la frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;
¡Oh! cuando te ví, el ángel de la paz no batió ya sobre mí sus alas blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para mí fragancia, frescura, ni resplandores:
Los pasos de mi esposo, que se acercaba á mi retrete y que antes no me inquietaban, me aterraron.
Las puras frentes de mis hijos me causaron vergüenza.
Porque yo dentro de mi alma era adúltera.
Porque dentro de mi alma yo te amaba.
Y yo no debia amarte.
Quise vencer aquel amor vergonzoso y creció.
Quise contenerle al menos, y se desbordó.
Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, tú, enamorado de mí, me aquejabas con tu amor.
En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una guitarra venia á estremecerme.
Y luego tu voz que cantaba á lo lejos en la márgen del rio, entre las espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores céfiros, hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de lágrimas.
¿Quién sabia si aquel canto de amores buscaba á la sultana que gemia en su mirador, ó á una dama escondida tras sus celosías en los cármenes del Darro?
Yo sola sabia que aquel canto venia á buscarme.
Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armonía melancólica hablaba á la sultana.
Y yo me volvia loca.
Yo luchaba.
Quise al fin probar el último remedio.
Quise conocerte, tratarte, contemplarte de cerca, sorprender tus debilidades, tus miserias, encontrar razones para olvidarte.
Y te ví; y te hablé; y solo hallé en tí prendas para amarte mas.
Desesperada, quise probar el último esfuerzo, y te llamé aquí á este jardin solitario para hacer imposible mi vergüenza separándote de mí, apartándote de mí, irritándote, despreciándote.
Yo queria quedarme sola con mi amor.
Queria que huyeses, que me aborrecieses.
¡Y me has vencido!
¡Yo te amo, Aben-Ahmed!
¡Te amo antes que todo!
Pero vete... déjame...
Porque si yo fuese tuya, la vergüenza me mataria.
Porque no podria sobrevivir á mi infamia.
Tras esta apasionada declaracion, la sultana calló, y doblegó su frente bajo el peso de la vergüenza.
Aben-Ahmed llegó á la atarvea, cortó algunas rosas blancas, las enlazó, y las puso, á manera de corona, sobre la frente de la sultana.
—¡Oh! esclamó: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estén marchitas, acuérdate de que el corazon de Aben-Ahmed estará marchito tambien.
—¡Oh! esclamó Zoraida levantando hácia Aben-Ahmed sus ojos inundados de lágrimas: ¡Oh! ¡si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que ha ceñido á mi frente Boabdil!
Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la espesura de rosales, situada detrás del ciprés, apareció bajo el rayo de la luna, un semblante pálido, convulso, horrible, que abarcaba en una mirada de muerte á los dos amantes.
¡Era el rey Boabdil!
Tras él, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en alquiceles blancos.
Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto, á lo largo del jardin, y muy pronto se perdieron entre la espesura.
El rey saltó como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en su puñal y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian desaparecido los amantes.
Los cuatro hombres salieron tras él y le rodearon.
Eran Mahomet Adel-Zegrí, Hamet-Zegrí, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos zegríes, todos enemigos de Aben-Ahmed.
Hamet-Zegrí se puso delante del rey.
—¿Adónde vas, señor? le dijo: si matamos á Aben-Ahmed aquí, en Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte será un aviso para los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores. La venganza, señor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno solo, una cabeza es poco.
—Sí, dices bien; esclamó el rey con acento opaco: ¡todos!... ¡todos!...
Y luego en un momento de horrible decision, esclamó:
—Id mañana á la Alhambra acompañados de mi verdugo.
Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura galería del fondo del jardin.
Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los Leones.
Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuchó al enamorado Aben-Ahmed y le confesó su amor en Generalife, se conoce el viejo árbol de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de Ciprés de la Sultana.
XV.
LA CÁMARA DE LOS LEONES.
Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los magníficos alhamíes de la cámara de los Leones, habia un hombre cubierto de régias vestiduras.
Estaba pálido, sombrío, meditabundo.
Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una contraccion poderosa los músculos de su semblante, y un largo y breve estremecimiento corria de tiempo en tiempo á lo largo de su cuerpo.
Aquel hombre era el sultan Boabdil.
Estaba solo.
Su mirada terrible, fija, lúgubre, se fijaba en la fuente de mármol colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.
La fuente de la cámara y el alhamí del frente del en que asentaba el rey, estaban cubiertos de tapices rojos.
La cámara estaba velada por una media luz.
El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.
Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.
Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.
Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.
Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.
Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.
El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la cámara se levantó y apareció un hombre.
Era el abencerrage Aben-Ahmed.
Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia flotar una nube de tristeza.
Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:
—Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu siervo?
Boabdil no contestó al abencerrage.
Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente, levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de una manera horrorosa.
Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta de entrada.
En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta los dientes.
Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se sentó en él.
Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.
Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se contrajo.
Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado á Boabdil, que fijaba en él una mirada reconcentrada.
Pero muy pronto aquella mirada perdió su espresion sombría, á la manera que los vapores de la mañana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo el rayo del sol.
Su semblante pálido y hermoso dejó ver la lánguida é indolente sonrisa, y la espresion débil y sensual que le caracterizaban.
Sus ojos miraron con una paz profunda á Aben-Ahmed.
—Walí Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los zegríes cometieron contra tí y contra los caballeros de tu tribu, siento un indecible placer al verte vivo y salvo ante mí. Levántate, valiente caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo pretenda degraviar por mi parte á los generosos abencerrages. Levántate y ven á sentarte junto á mí.
Aben-Ahmed creyó sinceras las palabras del rey, y sintió un verdadero remordimiento, una profunda vergüenza al recordar que amaba á la esposa de un hombre que le trataba de una tan noble manera.
Obedeció al rey y se sentó en el diván.
El rey reparó en la espada del abencerrage.
Celebró las labores cinceladas de su empuñadura de oro.
Luego quiso ver la hoja.
Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la entregó al rey.
El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.
Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.
Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.
Solo llevaba sedas y brocados.
Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:
—Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la que vas á oir de boca de tu rey.
Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.
Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.
—Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una hermosa historia, por Allah.
Aben-Ahmed empezaba á comprender la verdad: pero se dominó sin embargo.
El rey continuó.
—Sí, es una bella historia; por los Siete Durmientes, estoy seguro que no habrás oido otra tal en toda tu vida, walí.
Escucha:
«Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey á quien todos llamaban débil y cobarde.
Todos se mofaban de él... á su espalda, porque es fama que aquel rey llevaba sus venganzas hasta la crueldad.
Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos, receloso de sus esclavos, llegó á encontrar triste y solitaria su morada real.
Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan ó respetado emir, alcanzaron á ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mármoles y tantas grandezas como contenia el alcázar que aquel rey desdichado habia heredado de sus abuelos.
Aquel rey ruin, débil y cobarde, como decian sus vasallos.
Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones humanas, se dijo sondeando su corazon:
Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no empalidezca bajo el brillo de la corona.
Y así no estaré solo y abandonado.
Y buscó y encontró.
Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en su alcázar.
Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.
Todo cambió.
Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una evocacion mágica.
Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.
Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.
Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.
Y todo parecia sonreir al rey.
Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.
Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu, un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con un enemigo poderoso.
Y el walí africano y la sultana se conocieron.
Mas que no se amaron.
Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su esposo.»
El rey se detuvo.
Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.
El rey continuó:
—«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey, encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»
—Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus acusadores.
—¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien... escucha; aun queda lo mejor de la historia...
«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.
Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos castigado allí.
Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.
Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel en sus venganzas.»
Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la fiera que acorrala á una presa.
Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.
Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos africanos.
Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al alhamí cubierto por el tapiz.
Cinco hombres salieron de detrás de él.
Los cuatro eran los zegríes acusadores.
El otro el verdugo del rey.
Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.
Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.
Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.
Sus ojos centelleaban.
Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.
Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.
—¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los nombres.
¡Oh! ¡yo te los diré! pero prostérnate, esclavo, delante de tu señor.
Y le arrojó á sus pies.
Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad que ceñia una aureola de muerte á sus insensatos amores, permaneció prosternado, inerte, ante Boabdil.
—¡Oh! esclamó el rey: ¡por Allah, que la venganza es un placer infinito! ¡por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos á un enemigo, se puede rechazar el mote de Desventuradillo[139]! ¡yo soy el sultán de Andalucía! ¡yo el esposo ultrajado! ¡y tú... tú el esclavo vil que escupes á la frente de tu señor, y que vas á morir con tu cómplice, con la hermosa Zoraida, con la sultana adúltera de mi leyenda.
—¡Ella! esclamó Aben-Ahmed, levantándose de repente, en un ademan que hizo retroceder al rey: ¡ella tambien! ¡oh! ¡no! ¡tú, rey miserable y traidor, eres el que va á morir, calumniador de mugeres, vil renegado, que vendes tu patria, de miedo, por Allah!
Y se lanzó al rey para arrancarle su espada.
Boabdil dió un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.
Pero á punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre el abencerrage, y el verdugo á su vez, á una seña del rey, se apoderó de él.
Aben-Ahmed cayó.
El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie é inmóvil junto á él.
—¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.
Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:
—¡Asesino!... ¡maldito seas!...
La voz de Aben-Ahmed se heló.
El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.
Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento empezó á desgarrar su corazon.
Pero la vista de la sangre le cegaba.
Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de demencia.
—¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos! ¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de mármol!
Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del rey.
—Pero repara, señor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos que están en las galerías del patio, ninguno de los abencerrages entrará, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que asistan á las fiestas del alcázar hombres armados de guerra. Ocúltalos, señor, que con que quedemos aquí treinta zegríes y el verdugo, hay bastante para acabar con esos perros.
Y así se hizo.
Los esclavos africanos desaparecieron de las galerías del patio de los Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y de los baños.
A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kadí de córte, llamado Abu-al-Hhakem, levantó el tapiz de la cámara de los Leones y adelantó para prosternarse ante el rey.
Pero sus débiles pies, resbalaron en la sangre del walí Aben-Ahmed, y cayó.
Y no volvió á levantarse, porque el verdugo se apoderó de él y le cortó la cabeza.
Y despues de esto fueron entrando en la cámara uno tras otro treinta y seis caballeros abencerrages.
Y así, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y á la traicion de los zegríes.
Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se hubiese revelado por sí mismo con un indicio terrible.
Al entrar el walí abencerraje Ebn-Alabéz en el alcázar, como adelantara pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galería que da entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la atarvea que cruzaba el pavimento de mármol.
Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba ondeando de la cámara de los Leones.
Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.
Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun ahogado gemido.
En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la traicion del rey.
Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de gentes que siempre están dispuestas á un motin.
Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.
Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la arcabucería y la ballestería.
Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia del de los Leones.
Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le acompañaban, dejaban señales rojas.
—¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las atarveas?
Y siguiendo aquella sangre, temiéndolo todo, entró primero en el patio, y luego en la cámara de los Leones.
Al levantar el tapiz salió de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.
Un grito de horror.
La fuente de la cámara rebosaba sangre.
Un círculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.
En un ángulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus vestidos las divisas de los abencerrajes.
Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed estaba pendiente de la cúpula en la cadena de oro de una magnífica lámpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos acá y allá.
Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel mísero despojo; comprimióse su corazon, brotaron lágrimas sus ojos, palideció su frente, hízose amenazadora y sombría, se crisparon sus miembros y se lanzó rugiente como una leona á Boabdil, que la habia seguido.
—¡Ven á mirarlo! ¡ven! le dijo asiéndole con fuerza desesperada por un brazo; ¡mira tu obra! ¡mírala frente á frente! ¡deleita en ella tu mirada! ¡hazaña digna de tí y de tus zegríes! ¡el lobo se une al lobo! ¡bien! ¡yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de él solo encuentro un verdugo y un cobarde!
Boabdil miró sombriamente á la sultana, y sus labios se contrajeron con una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.
—¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia! ¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien, sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera, y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!
Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los zegríes:
—¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar, que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?
Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro traidores causantes del asesinato de los abencerrages.
Aquella mirada los decidió.
—Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.
Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.
Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:
—¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino, el chapín de la sultana!
Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de Mahandin.
Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su patria.
Las treinta espadas de los zegríes lucieron fuera de las vainas, interpúsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cernió sobre el alcázar durante un momento el genio de la muerte codicioso de mas cadáveres.
Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza, penetró en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las frentes cubiertas de sudor.
—¡Huye, señor! gritó Muza dirigiéndose al rey: ¡huye! ¡el pueblo y las tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra y llegan al alcázar! ¡escucha!
Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian algunos disparos de arcabuz, llegó á los oidos del rey.
Los zegríes retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y escaparon con él por un postigo de la sala de Justicia, á tiempo que los amotinados rompian las puertas del alcázar.
Muza asió de la sultana, que se habia desmayado, y escapó con ella por la puerta de la torre de las Almenas[140].