El Bokarí construyó el palacio y labró los jardines en la huerta, y tan satisfecho quedó su dueño, que no solo le dió la libertad, sino otro tanto valor como el que habia pagado por él á Wadah.
Habia pasado un año desde tu casamiento con Wadah. Yo estaba abandonada en un apartado aposento de tu casa. Nadie se cuidaba de mí; tú me habias abandonado enteramente, hechizado por esa maldita; solo me servia una esclavilla, una pobre niña etiope: pasaba desesperada mis largas noches sin sueño, y de dia me iba á pasear acompañada de la esclava por las riberas del Guadalquivir por los lugares mas solitarios.
Allí, meditando en mi desventura, recordando mi infancia, mi juventud, mis alcázares, las esclavas que allí me habian servido de rodillas, y mi padre que se miraba en mis ojos, lloraba y me entristecía: pero nunca habia pensado en vengarme ni de tí ni de Wadah.
Una tarde, ya se habia puesto el sol, me volvia á Córdoba, cuando un jóven se aproximó á mí.
—Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.
—¿Y qué tendrás tú que decirme? le respondí con despego.
—Estás triste y lloras, repuso.
—¿Y qué te importa eso? repliqué.
—Yo tambien estoy triste y lloro.
—Déjame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.
—Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, añadió: la hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.
Cuando esto me dijo, ya le escuché de buen grado, y si entonces se hubiera separado de mí, yo le hubiera detenido.
—¿Y qué tienes tú que ver con Wadah? le dije.
—No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava. Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, espérame esta noche.
—Te esperaré.
—A tus habitaciones da un patio que tiene un postigo sobre el rio.
—Es verdad.
—Pues bien, yo llegaré esta noche al mediar con una barca por ese postigo.
—¿Y fué? dijo el rey Nazar.
—A la media noche, repuso Leila-Radhyah: yo escitada por lo que aquel hombre me habia dicho, le franqueé el postigo.
Hacia una noche tempestuosa y oscura, llovia, tronaba.
Aquel hombre me dijo:
—Espérame en tu aposento, sultana.
Y sin esperar á mas se perdió por uno de los arcos del patio.
Yo absorta sin saber qué hacer, dudé un momento acerca del partido que debia tomar: pero no se por qué me habia inspirado una gran confianza el Bokarí, que él era, y fuí á esperarle en mis habitaciones.
Apenas habia entrado en ellas, cuando se abrió una puerta y apareció el Bokarí; traia entre su alquicel una niña como de dos años, dormida.
—He tenido mas suerte de la que esperaba, me dijo: he encontrado abierto el aposento de mi hija y á su nodriza dormida.
—¡De tu hija! esclamé.
—Sí; esta niña es hija mia y de Wadah.
—¡Ah!
—Ahora, si tú quieres, sultana, sígueme.
—¿Que te siga?
—Sí; ¿qué pretendes esperar aquí? Al-Hhamar, fascinado por Wadah, ni aun se acuerda de tí: cuando Wadah eche de menos á su hija, creerá que tú eres quien se la ha robado, y pretenderá vengarse de tí: aquí estás en peligro, huye.
—No me separaré de la casa donde vive Al-Hhamar, le contesté.
—Pero esa muger es terrible y sanguinaria.
—No importa: llévate tu hija; yo me quedo aquí.
En vano el Bokarí pretendió convencerme: yo no podia separarme del lugar en que, aunque sin verte, estaba próxima á tí.
Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche avanzaba, el Bokarí salió.
—Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.
—¿Y á qué propósito?
—Déjale abierto, sultana, porque yo quiero velar por tí.
No se qué estraña confianza me inspiraba aquel hombre, que cedí y dejé abierto el postigo.
Cuando entré en mi aposento me aterré: Wadah desmelenada, pálida, desceñida la túnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y lloraba.
Al verme se abalanzó á mí como una leona.
—¡Dáme mi rosa blanca, miserable! ¡dámela! gritó.
—¡Tu rosa blanca! esclamé, ¡tu hija!
—¡Sí! ¡mi hija! ¡dáme á mi hija que me has robado! gritó.
—Dáme tú mi Al-Hhamar, repuse.
—¡Qué! ¿no me darás mi hija, ladrona? esclamó Wadah palideciendo.
—¡Tu hija! ¡tu hija! esclamé, saboreando aquella venganza inesperada que me habia procurado el Bokarí: ya no volverás á ver á tu hija, hechicera.
—¡Ah! ¡ni tú volverás á ver el sol! gritó.
Luego sentí tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada, como de plomo.
Cuando volví en mí me encontré en una habitacion humilde, pero limpia y alegre.
Un hombre estaba á mi lado contemplándome con interés.
Era el Bokarí.
—¡Ah! ¡Dios sea loado! esclamó: creí que no volverias á la vida, sultana.
Quise hablar, pero me hizo señal de que callase, y él mismo guardó silencio.
Algunos dias despues, como yo le preguntase por qué razon estaba en su poder me contestó.
—Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues oí los gritos de Wadah y los tuyos; me precipité en tu socorro, pero llegué tarde. Wadah habia desaparecido, y tú estabas por tierra ensangrentada y sin sentido. Cargué contigo; te llevé á mi barca, te restañé la sangre de la mejor manera posible, y apartándome con mi barca de aquel lugar maldito, te he traido aquí. Tenias tres puñaladas en el pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no ha querido que mueras.
—¡Ah! ¿y para qué quiero yo vivir?
—¿Te has olvidado de tu padre, sultana?
—Mi padre no me recibirá.
—¿Quién sabe?
—Mi padre me pedirá cuentas de mi honra.
—Que se las pida á Al-Hhamar. ¿Acaso Al-Hhamar no te hizo su esclava? En el momento que tus heridas lo permitan iremos á Africa. Es necesario que tu poderoso padre te vengue de Al-Hhamar.
Pasó así algun tiempo.
El Bokarí, salvas algunas horas de la tarde y de la noche, estaba á mi lado refiriéndome alegres cuentos para entretener mi tristeza.
Lo demás del tiempo lo pasaba encerrado.
—¿Qué estás haciendo? le dije un dia.
—Estoy haciendo un alcázar tan maravilloso, que no habrá rey que se atreva á construirle.
—Pero si le haces tú, no hay necesidad de que le haga un rey.
—Sí, pero yo le hago imitado en gacela, y para levantarle, para que se toque con las manos como ahora se toca con la vista, serian necesarios grandísimos tesoros.
—¡Y no me enseñarás ese alcázar! le dije.
—Ven conmigo, me contestó.
Llevóme á una torrecilla, y en ella colgados de las paredes y estendidos por el pavimento, vi una multitud de pergaminos, sobre cada uno de los cuales habia pintada una maravillosa habitacion ó un patio incomparable ó un jardin deleitoso.
—Este es el Palacio-de-Rubíes, sultana, me dijo el Bokarí: el rey que posea este alcázar, será el rey mas poderoso de la tierra.
Cuando el Bokarí dijo esto, mi pensamiento se fijó en tí, mi valiente Nazar, y dije.
—El llegará á ser rey, él será un rey grande y poderoso: él construirá este alcázar.
—¿Quién sabe? dijo el Bokarí, pero para cuando Al-Hhamar sea rey, ya habré yo muerto. Es necesario buscar otro rey que pueda construir esta obra. Necesitamos pasar á Africa.
—Cuando quieras, le dije: nada espero aquí.
Algunos dias despues llegábamos á Málaga, y nos embarcábamos en una galeota de un amigo del Bokarí.
Llegamos al fin á Tlencen.
El Bokarí, bajo pretesto de mostrar á mi padre el Palacio-de-Rubíes, logró que le recibiese en su alcázar.
Maravilló tanto á mi padre la riqueza de la obra que habia pintado el Bokarí, que no teniendo tesoros bastantes para realizarla, quiso al menos que en su alcázar hiciese algunas habitaciones semejantes el Bokarí.
Pasó algun tiempo.
El Bokarí iba todos los dias á los alcázares de mi padre á labrar las nuevas habitaciones.
Mi padre habia llegado á tenerle ya amor.
Atrevióse al fin un dia á decirle el Bokarí:
—¿Dónde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?
La inscripcion á que el Bokarí se referia era mi nombre.
—¡Leila-Radhyah! esclamó mi padre demudado: ¿quién te ha dicho su nombre?
—Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokarí.
—¿Y qué edad tiene esa dama?
—Diez y siete años.
Creció la palidez de Al-Mostansir.
—¿Y dónde has conocido á esa dama?
—En Córdoba: es cautiva de un valiente walí.
—¡Ah! dijo mi padre; ¿no mas que cautiva?
—Poderoso rey, dijo el Bokarí, la cautiva ama á su señor.
—¿Y su señor la ama á ella?
—Se ha casado con otra.
—¿Cómo se llama ese walí, que se casa con una muger teniendo en su poder otra que se llama Leila-Radhyah?
—Se llama Mohammet-ebn-Juzef-Al-Hhamar.
—Pero Al-Hhamar no es ya solamente un valiente walí; es un rey.
—¡Rey!
—Si por cierto: el califato de Córdoba se hunde: cada walí se cree bastante poderoso para declararse rey: Aben-Hud acabará mal; su corona se divide en muchas coronas.
—¿Y dices, señor, que Juzef-Al-Hhamar es rey?
—Sí; rey de Jaen, Guadix y Baeza. No hablemos mas de esto.
—¿Pero esta inscripcion?
—Rómpela.
—¿Olvidais que es el nombre de Leila-Radhyah?
—Rómpela.
—¿Pero por qué tanta severidad, señor? ¿No os digo que Al-Hhamar?...
—No hablemos mas de esto; esa desdichada ha debido morir... y no ha sabido morir. Rompe su nombre, y no le vuelvas á poner delante de mis ojos ni á enviarlo á mis oidos.
—¡Ah Leila, Leila de mi alma! esclamó el rey Nazar: ¡y cuán culpable he sido para contigo!
—Eso ha sido un sueño, una pesadilla que ha pasado, dijo Leila-Radhyah sonriendo tristemente: déjame continuar.
El Bokarí no volvió á hablar mas de mí á mi padre hasta que se concluyeron las obras. Cuando mi padre le hubo pagado, el Bokarí se atrevió á decirle:
—Voy á España, señor: ¿qué diré á la desdichada que en aquella region llora?
—Cuéntala lo de la inscripcion; le respondió mi padre.
El Bokarí salió triste y acongojado de los alcázares de Al-Mostansir Billah, porque me amaba y habia concebido esperanzas de que mi padre me volveria su afecto.
Pero ni una palabra me dijo acerca de esto, sino cuando un año adelante le ví próximo á la muerte.
Entonces me lo reveló todo; y un amigo suyo, un renegado español, quedaba encargado de mí, de Bekralbayda y del Palacio-de-Rubíes.
Daniel-el-Bokarí murió al cabo, y entonces conocí á Yshac-el-Rumi.
Ya le conoces tú.
Su historia es muy breve.
Se halló en la batalla de Alarcos, como soldado del rey Alonso de Castilla, y fué hecho cautivo, vendido y traido á Africa.
En Africa estudió toda la ciencia que poseia su amo, que era astrólogo, y se enamoró de una hermosa hija que el astrólogo tenia. Ella se enamoró tambien de él, y sin que su padre lo supiese se comunicaban. Pero un dia se apercibió de ello el viejo y quiso matarlos á entrambos.
—Me casaré con ella, dijo Yshac.
—Tú no puedes casarte con mi hija, dijo colérico el viejo: porque eres cristiano.
—Me haré musulman.
—Pero eres mi esclavo.
—¿Y qué, no vale nada la honra de tu hija?
El astrólogo, á pesar de su codicia, cedió; Yshac se hizo musulman y se casó con su amante.
Pero la infeliz murió poco despues al dar á luz una criatura que nació muerta.
—Ahora comprendo, dijo el rey Nazar, la razon de la sombría tristeza de ese hombre: pero lo que no puedo comprender es la conducta que ha seguido y sigue conmigo.
—¡Ah! ¡pues es muy fácil de comprender! Yshac me ama.
Frunció el entrecejo el rey Nazar.
—Me ama como un padre ama á su hija, y quiere vengarme y vengar al pobre Daniel-el-Bokarí, de quien fué grande amigo.
—¿Y por qué entonces el misterio de que te ha rodeado y la especie de traicion de haber arrojado á Bekralbayda en los brazos de mi hijo Mohammet, y habérmela vendido despues?
—Yshac-el-Rumi y yo amamos á Bekralbayda como si fuese nuestra hija: Yshac la llevó á Alhama para que el príncipe la viese y la amase: yo quise que tú la conocieses tambien.
—¿Y para qué?
—Para que tuviese celos Wadah.
—Pero los celos de Wadah matan.
—Te juro que no matarán á Bekralbayda. ¿No estaba á tu lado en tu alcázar Yshac-el-Rumi?
—No comprendo bien esto.
—Antes de mucho lo comprenderás.
—¿Pero esa diadema, esas joyas, esas galas que te cubren y que valen un tesoro, Leila?
—¡Ah! ¡desconfias de mi!
—No, no desconfio: pero en tu habitacion de Córdoba se encontraron todas tus joyas, joyas que yo he conservado, como un precioso tesoro de mi corazon, porque creí que esas joyas y esas ropas eran lo único que me quedaba de tí.
—Despues de la muerte de el Bokarí, permanecimos algunos meses en Tlencen; pero al fin, yo que ansiaba volver á Andalucía, porque en Andalucía estabas tú, escité á Yshac á que viniésemos á vivir á Granada, y cediendo á mis deseos Yshac dispuso el viaje.
Al dia siguiente un esclavo de mi padre entró en nuestra casa.
—Te llamas Yshac-el-Rumi, dijo á este.
—Sí, contestó.
—El poderoso rey Al-Mostansir Billah te ordena que vayas á su alcázar.
Yshac fué.
Al-Mostansir Billah le dió un cofre de hierro muy pequeño y una carta, y le dijo:
—Entrega esto á Leila-Radhyah.
Al-Mostansir Billah cuando hubo entregado el cofre y la carta y dicho estas palabras á Yshac, le volvió la espalda.
Yshac me entregó el cofre y la carta.
Abrí la carta antes que el cofre y ví que decia:
«Un rey tenia una hija:
Y esta hija del rey era muy hermosa.
Y tan hermosa era, que los sabios le habian dicho:
Tu hija será causa de crímenes y desdichas.
El rey encerró á su hija; pero la princesa empezó á languidecer.
El rey llamó á los sabios y les mostró la princesa:
¿Qué enfermedad padece mi hija? les preguntó.
Y los sabios le respondieron:
Tu hija languidece de amor.
Nosotros no nos atrevemos á volverle la salud; pero hemos consultado las estrellas, y las estrellas nos han dicho:
Allá en el Andalucía, del otro lado del mar, en la hermosa Córdoba, la hija del rey encontrará alivio á su dolencia.
Y el rey que amaba mucho á su hija la envió á Córdoba.
Pero su hija no volvió.
Han pasado muchos años.
Tú que vas á Córdoba, señora, busca á Leila-Radhyah y dála esas joyas.
Pero no la digas que su padre la dá un tesoro, porque Leila-Radhyah no tiene ya padre.
No la digas que venga, porque si su padre la vé delante de sí, la matará.»
—Tu padre fué demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.
—Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de lágrimas.
—¡Te ama, y á pesar de tu inocencia no te ha recibido!..
—Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.
—¡Otra carta!
Leila sacó de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un pergamino enrollado.
El rey Nazar leyó:
«Leila-Radhyah, decia aquella carta:
He tenido nuevas que han reanimado mi esperanza.
Un walí granadino, me ha dicho que la sultana Wadah está loca.
El rey Nazar puede, pues, apartarla de sí.
El rey Nazar puede ser tu esposo.
Te envio joyas y galas de sultana.
Si quieres tener padre y hermanos, consiente en ser la esposa de Nazar.
Si consientes, yo te enviaré servidumbre y esclavos y guardas, para que puedas presentarte en Granada, como debe ser vista la hija de un rey.
Tu padre te ama, Leila-Radhyah, pero no puede abrazarte hasta que laves tu deshonra.
Procura ser esposa de Al-Hhamar.»
—¿Y qué has contestado á tu padre? dijo el rey Nazar.
—No le he contestado todavía; pero mi respuesta la llevará un embajador tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de Granada.
—¡Oh! ese embajador partirá para Tlencen, antes que salga el sol del nuevo dia.
En aquel momento se oyó fuera un ténue silvido, un silvido semejante al de un buho.
El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se trasladaron á oscuras á aquel desde donde se veia la cámara de Bekralbayda.
Veamos lo que pasaba en esta cámara.
Estaba desierta.
Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre del Gallo de viento, que se veia á lo lejos allá en el distante estremo del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el reflejo de una luz.
Bekralbayda creia ver en aquella ventana al príncipe que velaba como ella.
Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:
—Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea verte.
—¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda, porque amaba á Wadah.
—Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.
Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.
En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah, indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.
Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.
—¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te amo, ya lo sabes.
—¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!
—¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey...
Bekralbayda palideció.
—¡Oh! ¡y cómo le ama! pensó Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el rey piensa casarte... con...
—¿Con quién?... esclamó pálida Bekralbayda.
—Con mi hijo: respondió la sultana.
—¡Con tu hijo! ¡con el príncipe Juzef-Abdallah!
—¿Qué, no te parece bastante hermoso mi hijo?..
—¡Ah! ¡sí! si señora, pero es muy jóven... demasiado jóven.
—¡Ah! ¿tú quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?
—Yo... no... ya es demasiado.
—¡Jóven el uno! ¡el otro viejo!
—¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo sé que el rey no quiere casarme con nadie.
—¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo.—¿Y con quién, señor?—Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú conoces.—¿Que yo conozco?—Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su nombre.—Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y guardas... magestad de sultana, y yo... yo creí que era porque te destinaba á nuestro hijo... al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!
—¡Ah, señora! le respeto... pero amarle... no.
—¿Y á quién amas?
—Yo... á nadie.
—¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?
Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.
La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.
—Ha sido una violencia, una horrible violencia...
—¡Del rey!
—¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.
—¿Por qué tiemblas?...
—Has dicho que el rey...
—Es tu amante.
—No; no; y cien veces no.
Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.
Sus ojos arrojaban llamas.
Estaba trémula de cólera.
—¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por los celos y por el ódio Wadah.
—¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó Bekralbayda.
—¿Qué me has hecho? ¿qué me has hecho? ¿Pues no te ama el rey Nazar?
—¡Dios mio!
—¿No eres tú su esclava querida?
—Soy su esclava... sí, es verdad, pero...
—No, tú no eres su esclava: tú eres su señora.
—Yo... ¿pero tú estas loca, sultana?
—¡Loca! ¡loca! ¡sí, es verdad! ¡loca de celos! ¿sabes tú quién soy yo?
—¡Ah! ¡Dios mio! esclamó Bekralbayda levantándose y pretendiendo huir.
Wadah la asió de un brazo y la atrajo á sí:
—¡Socorro! gritó la jóven: ¡socorredme!.. ¡libradme de esta muger!
—Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven alejados; nadie te oirá.
—¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de rodillas.
—Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí: delante de la esposa á quien has injuriado.
—Yo os juro que no amo al rey.
—Pero él te ama.
—Yo no puedo impedirlo.
—Pero no se ama á los muertos.
—¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte... no... no puedo ser suya.
—Te obligará.
—¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.
—¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo perderte en los bosquecillos con el rey?
—Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar... yo maté á aquella muger.
—¡Oh, Dios mio!
—Pero la maté á puñaladas y su sangre...
Wadah se detuvo.
—Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver mas sangre y no te mataré á puñaladas.
—¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora... no... yo te amaba...
—¡Que me amabas!
—Sí... como amaría á mi madre.
—¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató... la mató: yo encontré sus ropas ensangrentadas... por eso maté á esa miserable muger que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y pálida como un espectro... por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de sangre... no... tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis soledades, roja de los pies á la cabeza... yo soy sábia... yo conozco las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.
Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.
—¡Ah! ¿y qué es eso?... esclamó aterrada la jóven.
—Esto... esto es... mira, tú beberás esto.
—Yo... yo no beberé... no... yo resistiré... yo gritaré...
—Resistir... ¿piensas acaso que puedes resistirme?... gritarás... ¿te escuchará alguien? tú beberás...
—¡Oh Dios poderoso!
—Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te dormirás y no despertarás... no despertarás... y yo no tendré celos, porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.
Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.
Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.
—¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas hermosa que tú... sí, mas hermosa... y la mataron... ¡la mataron!... yo maté á su asesino, á la infame... á la miserable Leila-Radhyah... ahora tú me robas á Al-Hhamar... ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia, y morirás... morirás tambien!
—¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo.... el rey me aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey... yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo entiendes... de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre porque me ama.
Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.
La jóven continuó:
—Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero él me ama; él moriria si yo muriese...
—¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el que tú amas y morirá si tú mueres?
—¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus manos.
—¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!
—No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.
—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!
—Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso: pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman, se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.
—¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.
—¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no mates á mi hijo, no... mi hijo es inocente.
—Inocente era tambien mi hija y la mataron.
—¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada Bekralbayda.
—¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por tí!
Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.
La jóven cayó de rodillas.
—¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.
—¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.
—¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion rechazando el pomo.
—¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.
—No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.
—¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!
—¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.
—¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia, como me despreciaba por Leila-Radhyah!
Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.
De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de Wadah, la muerte en sus ojos.
Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo temblar.
—¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.
Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.
Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.
—¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra ensangrentada!
—Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo Leila-Radhyah con acento solemne.
Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en sus brazos y la besó en la boca.
—¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!
—¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.
—¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.
Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia sobre el hombro.
—¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.
Pasó una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su frente se cubrió de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre el corazon, cayó de rodillas y se abalanzó á Bekralbayda; la abrazó y la besó llorando y riendo.
—¡Mi rosa blanca! esclamó: ¡mi hija!
—¡Tu hija! esclamó Bekralbayda rechazándola: no, tú no eres mi madre: si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido matarme; ¡mi madre tú!
—¡Sí, sí, yo soy tu madre! esclamó arrastrándose á sus pies Wadah: mírame mírame bien... yo tuve una hija... yo creí que la habian matado... pero
no... no, eres tú... yo te conozco ahora... ese lunar que tienes sobre el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeñita y te tenia sobre mis rodillas: ¡oh! ¡sí, sí! ¡tú eres mi hija: mi hermosa hija; mi preciosa rosa blanca!
Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de ella.
—¡Esa muger está loca! dijo Bekralbayda.
—¡Oh! sí, sí, dijo Wadah, he estado loca por tí, hija mia; porque te lloraba muerta: pero he vuelto á encontrarte y ya no estoy loca, no... ¿no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? ¿no es verdad? díselo tú, díselo, dile que es mi hija... no te vengues de mí porque te maté... yo te maté porque creí que habias matado á mi hija... ¡perdóname! ¡perdóname! ¿qué hubieras tú hecho con la muger que hubiera matado á tu hija?
—Tú no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.
—¡Ah! esclamó Wadah levantándose y pasándose ambas manos por la frente como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre; ¿con que no eres un espectro? ¿con que eres tú... tú... la amante de Al-Hhamar viva delante de mí? ¿con que lo que sucedió aquella noche fué un horrible sueño?
—Sueño que ha durado diez y siete años, dijo profundamente Leila-Radhyah; pero yo no sé vengarme, sultana: vete, vete, has querido matar á tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crímen.
—¡Mi hija! esclamó Wadah y lanzó una horrible carcajada: ¡mi hija amante de mi esposo! ¡ah! ¡ah!
Wadah volvia a su locura.
—¡Mi madre! esclamó Bekralbayda volviendo de su sorpresa, ¡es mi madre!
—Sí, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.
—¡Y es hijo suyo el príncipe Mohammet! esclamó con espanto Bekralbayda.
—No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es hijo de Sobeya mi primera esposa.
—¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé; pero yo te amaba... estaba loca por tí... yo te encubrí mi historia, yo te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.
—Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.
—¡Un sueño!
—¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.
—¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando Wadah.
—No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te servirán esclavos, pero no me volverás á ver.
—¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí... sola y desesperada!.. ¡no... no... Nazar! ¡yo no puedo vivir así!
—Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y sed felices.
—El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada ha partido ya, dijo Nazar.
—¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.
Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.
—¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.
—¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el rostro con las manos.
—Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la cámara.
Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.
—¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.
—Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah de su semblante que estaba pálido é inmóvil.
—¡Muerta! esclamó el rey Nazar.
—Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel el Bokarí.
—¿Y has sido tú?
—Sí, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.
—¡Y tú, tú acaso tambien!... esclamó el rey mirando con ansiedad á Leila-Radhyah.
—¡Oh! ¡no! esclamó horrorizada Leila-Radhyah: ¡yo no se asesinar!
—He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y salió lentamente de la cámara.
El rey Nazar huyó de ella.
Leila-Radhyah levantó á Bekralbayda y se la llevó consigo.
El cadáver de Wadah quedó allí solo y abandonado.
IV.
EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR.
Pasaron algunos dias.
Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde á una sultana.
La córte del rey Nazar llevó luto.
El mismo dia en que se sepultó á Wadah, apareció en un palo en la plaza de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.
El rey habia llamado á Yshac, y Yshac se le habia presentado.
—Toma mi cabeza, señor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he debido hacer: he cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: le he vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque tú los casarás sultan, y te he obligado á construir, por tu amor á Bekralbayda, el Palacio-de-Rubíes: además de eso te he devuelto tu amada Leila-Radhyah.
—¿Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclamó severamente el rey.
—Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por la violencia, y que tú eras demasiado noble y grande, para valerte de la violencia contra una débil muger.
—¿Pero si me hubiere enloquecido el amor?
—Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera puesto entre tí y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu hijo: es la hija de tu esposa.
—¿Y por qué antes no me lo has revelado todo?
—¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos parte hubieras tú podido tener en su muerte?
El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.
—Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.
—Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.
—Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia prosternado á sus pies.
—No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.
—No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada, el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.
—Tú eres grande y justo, repitió Yshac.
—Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las estrellas, Yshac.
—Las estrellas son mudas, dijo el anciano.
—¡Mudas! sin embargo, tú me has hablado en nombre de ellas.
—Me preguntaba tu supersticion.
—¿Es decir que la astrología es mentira?
—Pregunta á un astrólogo cuando vá á morir.
—Tú me has contado cosas maravillosas.
—Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto donde hemos llegado.
—Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sábio.
—Ha sido un cuento inventado por mí.
—¿Y el buho, ese terrible buho que me persigue?
—En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos: es muy fácil encontrar de noche esas alimañas.
—¿Con que es decir, que la ciencia es mentira?
—Sí; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse á la voluntad de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda conocer, es una mentira y un pecado.
—¡Seria necesario, pues, castigar á los astrólogos!
—No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te demandarian de impiedad.
—Déjame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.
Yshac salió.
El rey continuó paseándose por su cámara.
—¡Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! ¡con que solo Dios conoce lo oculto! esclamó el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar por las imágenes de la astrología; ¡con que es decir que el hombre camina á tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y solo la virtud puede servirle de guia segura é impedirle que caiga! No sé qué pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombría cuando hablaba conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda desesperacion. Y sin embargo, no se por qué desconfio de él: hasta ahora no me ha hecho mas que bien.
El rey siguió paseando.
De repente se detuvo y llamó á su wacir.
Presentóse el anciano.
—Irás á las habitaciones de la sultana Bekralbayda.
—Iré señor.
—La dirás que tú, sabiendo que ama al príncipe Mohammet, quieres conducirla á su prision.
—¿Y la conduciré?
—Sí; esta noche.
—¿Y cuánto tiempo permanecerá allí la sultana?
—Déjalos solos y avísame.
El wacir se inclinó y salió.
El rey Nazar atravesó algunas cámaras, llegó á una puerta y la abrió.
Una muger se arrojó en sus brazos.
Aquella muger era Leila-Radhyah.
V.
CELOS Y MISTERIO.
Era la media noche.
El príncipe Mohammet velaba en su alto calabozo de la torre del Gallo de viento.
La veleta rechinaba.
Sin embargo, la lanza del caballero no se fijaba en ningun punto.
El príncipe, para entretener su tristeza, leia los amores del poeta cordobés, Abu-Amar, que tenian mucha semejanza con los suyos.
De tiempo en tiempo se asomaba á una ventana y miraba á un ángulo del patio á un ajimez donde se veia el reflejo de una luz y delante de aquel reflejo una sombra de muger.
Pero una de las veces que el príncipe miró á aquel ajimez, le encontró oscuro.
Pasó algun tiempo, y el ajimez permaneció abandonado.
Al fin, vió luz en la galería inferior y aparecieron una muger que iba enteramente cubierta con un velo, acompañada de un anciano que la alumbraba con una lámpara.
A pesar de ir tan cuidadosamente encubierta la dama, el príncipe la reconoció.
—¿A dónde irá á estas horas y acompañada de un viejo Bekralbayda? esclamó con celos y con rabia.
La muger y el viejo atravesaron el patio y desaparecieron por otra parte de la galería.
El príncipe continuó abstraido en la ventana.
Poco despues se oyó un ligero ruido en la escalera de la torre.
Luego la llave de los cerrojos de la compuerta.
Al cabo la compuerta se alzó, y apareció una muger.
Volvió á caer la compuerta y la muger quedó sola é inmóvil aunque estremecida delante del príncipe.
El príncipe creyó reconocerla de nuevo y la arrancó el velo.
No se habia engañado.
Era Bekralbayda, pero de luto.
A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.
El príncipe fué á arrojarse en sus brazos.
—Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.
—¡La desgracia! esclamó el príncipe.
—Sí; tu padre no consiente en nuestra union.
—¡Ah! esclamó el príncipe; me habia olvidado, es verdad.
—Y... ¿qué es verdad?
—Tú no puedes ser mi esposa, porque...
—¿Por qué?
—Yo te he visto perderte con mi padre en los bosques de los jardines.
—¿Y has creido acaso?
—Yo sé que mi padre te ama.
—Sí, es verdad; el rey Nazar me ama.
—Cúmplase la voluntad de Dios.
—Pero yo no he sido del rey Nazar.
—¡Ah! ¡tú me engañas!
—Dios no ha permitido que yo sea del rey Nazar, porque no ha querido que se cometan dos crímenes.
—¡Dos crímenes!
—Yo hubiera muerto de vergüenza y dolor si el rey Nazar me hubiera hecho suya por la violencia; y el rey Nazar haciéndome suya hubiera cometido un incesto.
—¡Un incesto!
—Sí, ¿no vés mi luto?
—Este luto es por mi madre.
—¡Por tu madre! ¿y quién es tu madre?
—La sultana Wadah.
—¡La sultana Wadah! ¡la esposa de mi padre!
—Sí.
—¿Eres acaso mi hermana?
—No: Dios no lo ha querido.
—¿Pero si eres hija de la sultana Wadah...?
—Yo habia nacido antes de que el rey Nazar conociese á mi madre.
—¡Ah! ¿y sabe el rey mi padre que tú eres hija de su esposa?
—Sí.
—¡Ah! de modo que...
—Sí... sí... el rey Nazar no me perseguirá mas; pero...
—Te encerrará, te guardará, tendrá celos...
—¿Tendrá celos de tí?
—¡De mí! ¡Dios mio! yo sabia que mi padre te amaba, y aunque en los primeros momentos he tenido celos, despues estos celos me han horrorizado: mi padre es mi señor, yo soy su hijo y su siervo: él puede hacer de mí y de lo mio lo que mejor quiera: yo no puedo dejar de amarle y respetarle.
—Por lo mismo, Mohammet, yo he aprovechado la buena voluntad de un wacir de tu padre que se ha brindado á traerme aquí.
—¿Y para qué vienes?
—Para decirte que es necesario que me olvides.
—¿Me olvidarás tú?
—¡Ah! esclamó Bekralbayda.
Y se echó á llorar.
—Tu padre te tiene preso por mi amor: añadió la jóven.
—Mi padre me matará quitándome tu amor: esclamó el príncipe.
—Hemos nacido muy desgraciados.
—Que se cumpla la voluntad de Dios.
En aquel momento se oyeron en las escaleras pasos de muchos hombres armados.
—¡Oh! ¡Dios poderoso! esclamó el príncipe, viene gente á mi prision y es necesario que te ocultes.
—¡Que me oculte! ¿y dónde?
—¡Ah! es verdad, esclamó con desesperacion Mohammet, cúbrete con tu velo.
Bekralbayda se cubrió precipitadamente.
Poco despues se oyeron los cerrojos de la compuerta que se abrió.
Apareció un walí, que se prosternó ante el príncipe.
—¿Qué quereis? le dijo este.
—El poderoso y magnífico sultan tu padre me manda llevarte á su presencia con las personas que se encuentren contigo.
—¿Lo manda así el sultan?
—Así lo manda.
El príncipe se encaminó á las escaleras y las bajó resueltamente.
Bekralbayda le siguió.
Tras él iban el walí y los soldados silenciosos.
Cuando estuvieron en la parte del alcázar habitada por el sultan Nazar, el walí abrió la puerta de una cámara donde dejó solos al príncipe y á Bekralbayda.
VI.
MISTERIOS.
Aquella cámara era de las mas bellas del palacio del Gallo de viento.
Un ancho divan de seda y una lámpara velada convidaban al reposo.
Búcaros de flores se veian por todas partes.
Braserillos de oro quemaban deliciosos perfumes.
A lo lejos, entre el silencio, se oia una guzla á cuyo son cantaba una voz de muger una cancion de amores.
El príncipe y Bekralbayda estaban de pié en medio de la cámara.
Esperaban.
Pero pasó el tiempo... mucho tiempo y nadie apareció.
Bekralbayda se sentó, al fin cansada, en el divan.
El príncipe fué á apoyarse en silencio en el alfeizar de un ajimez.
No se atrevian á acercarse ni á hablarse por temor de ser oidos y escuchados.
Pasó la noche y llegó el alba.
El príncipe oyó el ruido de los añafiles y de las atakebiras que despertaban á los soldados del rey Nazar.
Poco despues vió pasar bajo el ajimez caballos magníficamente enjaezados, esclavos deslumbrantemente vestidos, banderas y soldados.
—¿Qué fiesta irá á celebrarse hoy? pensaba el príncipe al ver todo aquello.
Bekralbayda, que no habia dormido, oia tambien todo aquel tráfago y se maravillaba.
De repente se abrió la puerta de la izquierda de la cámara y apareció el nuevo alcaide de los eunucos.
—Poderosa sultana, dijo prosternándose ante Bekralbayda, ven si quieres á que tus esclavas engalanen tu hermosura.
—¿Lo manda el sultan?
—El esclarecido y magnífico sultan Nazar quiere que arrojes de tí la tristeza, luz de los cielos.
—Cúmplase la voluntad del señor: dijo Bekralbayda y se levantó y siguió al alcaide de los eunucos.
El príncipe vió salir á Bekralbayda con inquietud.
En aquel punto se abrió la puerta de la derecha y apareció el alcaide de los esclavos de palacio.
—Poderoso príncipe y señor, dijo prosternándose, ven si te place á que tus esclavos te cubran de las vestiduras reales.
El príncipe salió.
La cámara quedó desierta.
Fuera crecia á cada momento el ruido de las gentes de armas, de las pisadas de los caballos, y del toque de añafiles y timbales.
Asomaba por el oriente un sol esplendoroso y todo anunciaba un gran dia.
VII.
EL PERGAMINO SELLADO.
Aun no habia acabado de levantarse el sol sobre la cumbre del Veleta, cuando el rey Nazar departia mano á mano con Yshac-el-Rumi.
—Estoy satisfecho de ellos, le decia, y soy feliz.
—¡Ah señor! tú has nacido para la gloria y para la fortuna: esclamó Yshac tristemente.
—¿Paréceme que te pesa de mi felicidad? dijo con recelo el rey.
—¡Ah! no, no señor: es que soy tan desgraciado que la alegría me entristece, y hoy hasta el dia es alegre.
—Pero esto no importa, continuó Yshac; lo que yo queria lo he conseguido, Leila-Radhyah y Bekralbayda son felices; ¿qué mas puedo yo desear?
—A propósito, es necesario que vayas á traer á Bekralbayda; el camino es por aquí.
Y el rey abrió una puerta secreta.
Cuando salia Yshac, entraba por otra puerta una muger magnífica y resplandeciente: era Leila-Radhyah.
—¡Ah! ¡luz de mis ojos! esclamó el rey: al fin luce para nosotros el dia de la felicidad.
—Y para nuestros hijos tambien.
—¡Oh! ¡y cuán lejos está de sospechar su ventura mi hijo!
—¡Y cuán digno es de ser feliz! ¡pobre niño! tres meses encerrado con su amor y su desesperacion en aquella torre.
—Eso le hará mas querido á su esposa, y le enseñará á respetar mas mis órdenes; pero ve, ve tú por él, vida de mi vida: quiero que tú seas quien me le traiga á mis pies para que le perdone.
Leila-Radhyah sonrió de una manera enloquecedora, lanzó un relámpago de amor de sus negros ojos al rey, y desapareció por una puerta.
Al-Hhamar el magnífico, sacó entonces de un arca un pliego cerrado y le puso en una bandeja de oro sobre una mesa.
Pasó algun tiempo, y al fin aparecieron por dos puertas distintas Leila-Radhyah, trayendo de la mano al príncipe Mohammet; Yshac-el-Rumi, llevando del mismo modo á Bekralbayda.
Al verse los dos jóvenes delante del rey, palidecieron y temblaron.
No sabian lo que iba á ser de ellos.
El rey adelantó hácia Bekralbayda, la besó en la frente, la asió de la mano y la llevó hasta su hijo, á quien abrazó.
—Tú amas á Bekralbayda, dijo el rey Nazar al príncipe Mohammet.
El príncipe bajó los ojos, creció su palidez y mirando al fin á su padre con temor le dijo con acento trémulo:
—Tanto la amo, que por ella he provocado tu enojo, señor.
—Y tú, tú tambien amas al príncipe mi hijo, Bekralbayda.
—El destino ha querido que sea suya mi alma, contestó Bekralbayda.
—Tú, dijo el rey Nazar dirigiéndose á su hijo, has tenido celos de tu padre.
—¡Ah señor! murmuró el príncipe.
—Y tú, añadió el rey, volviéndose á Bekralbayda te has creido amada por mí.
Bekralbayda calló.
—Es verdad dijo el rey que yo he buscado tus amores.
Leila-Radhyah palideció intensamente al oir esta confesion del rey y dió un paso hácia adelante.
—Pero antes de pedirte amores, continuó el rey Nazar, escribí lo que se contiene en ese pergamino que está cerrado sobre esa bandeja y sellado con mi sello. Tú Bekralbayda escribiste tu nombre sobre el pergamino cerrado ¿le conoces?
El rey tomó el pergamino y le mostró á Bekralbayda.
—Sí señor, dijo la jóven, este es el pergamino que tú escribiste la primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me mandaste escribir mi nombre.
—¿Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? añadió el rey volviéndose al viejo.
—Sí señor, dijo este, tú escribiste ese pergamino y le sellaste y mandaste que pusiese sobre él su nombre á Bekralbayda, la primera vez que hablaste con ella.
—Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenróllale y léele en alta voz.
La jóven obedeció, desenrolló el pergamino y leyó con voz trémula lo siguiente:
«He conocido una doncella blanca de ojos negros.
Es hermosa como las huríes que el Señor promete á sus escogidos, y pura como la violeta que se esconde entre el cesped á la márgen de los arroyos.
Mi hijo primogénito, el príncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi compañero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.
Por ella ha desobedecido mis órdenes, ha dejado abandonadas en el castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido á Granada enloquecido de amor.
Yo debo castigar al príncipe y le castigaré.
Pero yo tambien debo hacer su felicidad y procuraré hacerla.
Ama con toda su alma á Bekralbayda.
Bekralbayda será esposa de mi hijo si es digna de su amor.
Yo rodearé á Bekralbayda de cuantas seducciones pueden enloquecer á una muger.
Me fingiré enamorado de ella.
La ofreceré mis tesoros, y si esto no bastare, la ofreceré mi trono.
Si resistiere á esto, procuraré aterrarla.
Si Bekralbayda no resiste á la ambicion, la alejaré de mi hijo.
Porque una muger que ama, y que ha pertenecido á otro hombre debe despreciarlo todo por el hombre de su amor.
Si resistiere á la ambicion y sucumbiere al miedo, la apartaré tambien de mi hijo, porque una muger que ama, debe morir antes que ofender al hombre de su amor.
»Pero si Bekralbayda conservare la fé que ha jurado al príncipe mi hijo, á pesar de mis dádivas, de mis promesas y de mis amenazas, será esposa del príncipe, porque será digna de él.
Yo por mí mismo pondré á prueba la virtud de Bekralbayda, porque tratándose de la felicidad de mi hijo, de nadie me fio mas que de mí mismo.
Despues de haber adoptado esta resolucion he escrito esta gacela, que enrollaré y sellaré, y sobre la cual pondrá Bekralbayda su nombre.
De este modo, ya la entregue á mi hijo, ya la separe de él, podré hacerla comprender cuáles han sido mis intenciones al pedirla amores, y no podrá dudar de mi nobleza y de mi fé como caballero y como rey.»
Bekralbayda habia leido lentamente y con acento trémulo este escrito; durante su lectura el corazon del príncipe y de la sultana Leila-Radhyah habian latido violentamente.
—Ya lo habeis oido, dijo el rey: necesitaba saber si Bekralbayda era digna de mi hijo, y la he sujetado á grandes pruebas: Bekralbayda ha salido de ellas victoriosa: Bekralbayda es la esposa de mi hijo.
Y asiendo á la jóven de la mano, la arrojó en los brazos del príncipe.
Los dos jóvenes se arrojaron á los pies del rey Nazar, llorando de alegría.
Leila-Radhyah lloraba tambien.
Yshac-el-Rumi, estaba pálido, trémulo, con la vista fija en el suelo.
En aquel momento resonó fuera una alegre música, y luego alto alarido de trompetas y ronco doblar de timbales y atambores.
—Ha llegado la hora, dijo el rey Nazar: hoy serán las bodas del sultan de Granada con la noble y hermosa sultana Leila-Radhyah, y las de su hijo el príncipe Mohammet, con el sol de los soles la sultana Bekralbayda.
Y asiendo de la mano á Leila-Radhyah, salió de la cámara, seguido de su hijo y de Bekralbayda, á los que seguia con paso lento y á alguna distancia con la cabeza inclinada Yshac-el-Rumi, que murmuraba en acento ininteligible: