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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 38: V.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

El Schevaní lanzó una sombría mirada á Florinda poniendo la mano en el pomo de su puñal.

Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.

—Mira, le dijo: yo amo á un hombre y ese hombre es generoso, noble y valiente.

Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaña y duerme conmigo.

Déjame reclinarme en tu divan y guárdame, porque me persiguen.

Si mi amado estuviera aquí, él velaria mi sueño, porque me ama.

Los celos y la envidia irritaron al Schevaní al ver el amor que hácia otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.

—Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu miseria.

—No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: ¡Si tú supieras su nombre!...

Y la desdichada miró en torno suyo con espanto, como el avaro que teme que le roben su tesoro.

Pero su mirada se tranquilizó: nadie habia que la escuchase, mas que Ased-el-Schevaní.

Florinda llevó al wali á un ángulo de la tienda.

—Mi amado es príncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles de la tarde; mi amado conquistará palmo á palmo las tierras que ha conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengará de los que me insultan llamándome ramera. ¡Ay del Islam ante la espada de Belay! el vendrá de Asturias como un vendabal y aportillará los muros de Tolaitola y pondrá los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo seré reina, pero no moriré como Aylat[66]. ¡Ay! ¡la mataron sin compasion estas gentes feroces! ¡la mataron sobre mi seno, y aun las negras manchas de su sangre están sobre mi túnica! ¡Defiéndeme tú, hasta que venga Belay, porque me van á matar como á Aylat!

Ased-el-Schevaní, palideció de cólera, irritóse su ojo voraz y un caliente hálito de sangre le embriagó: la crueldad rebosaba de su corazon, y tomó la caja de sándalo que guardaba la cabeza de don Rodrigo.

—Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrándola la cabeza del rey: hé ahí la suerte que espera á tu Belay.

Florinda dió un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra sangre coagulada.

Por un momento desapareció su locura y miró á Ased-el-Schevaní á la luz de la razon.

—¡Ah! ¡Eres tú, tú el verdugo!... ¡tú, el que yo ví en Tolaitola llevando en tu lanza la cabeza del rey! ¡tú, á quien desde aquel dia no he podido olvidar!... ¡Déjame huir de tí! ¡tu mano no se cansa de herir, ni tus ojos de mirar la muerte! ¡apártate de mi camino, porque tu mirada me hiela, y me das horror! ¡Mas horror que los árabes que me insultan y me llaman la Kaba!

—Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevaní, dejando á un lado la caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo de la crueldad á la jóven: ¡oh! yo mancharé tu pureza y te enviaré deshonrada al hombre de tu amor. ¡Oh! ¡Belay! ¡el insensato que levanta aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve á llamarse rey de Gecira-Alandalus! ¡Oh! ¡y te tengo en mi poder! ¡y él te ama! pues bien; serás la esclava de mis esclavos, y dormirás en mis caballerizas entre los pies de mis corceles, junto á la jaula de mi pantera de Africa.

Y Ased-el-Schevaní, midió con una feroz ojeada á Florinda y se lanzó sobre ella.

Pero Florinda no retrocedió: un poder superior la protegia.

En vano el Schevaní pretendia llegar hasta ella.

Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso, tomó una azagaya y la lanzó á la desdichada: la terrible arma se abrió paso á través de su seno, brotó de la herida un ancho surtidor de sangre, los ojos de Florinda se empañaron, y cayó murmurando entre su suspiro de agonía el nombre de Belay.

Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevaní no se contuvo; Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se desprendió de su cuello.

El génio del horror y de la impureza se posó sobre la tienda del Schevaní, y Dios arrojó sobre ella su maldicion.

La Nat de los hebraizantes, la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, habia caido bajo su funesto horóscopo: sus miembros desgarrados fueron abandonados en el lugar que ocupaba la tienda, y el poderoso talisman recogido por Ased-el-Schevaní, habia aumentado el valor de su tesoro.

Ased-el-Schevaní no conocia la virtud de aquel poderoso talisman: le creia solo una alhaja de gran valor.

El Schevaní, despues de aquella noche, olvidó aquella historia de horror, y pidió al califa le concediese una tierra en Gecira-Alandalus para sus gentes de Damasco.

El califa le concedió la tierra de Iliberis.

Pero estaba escrito que seria castigado, y su crueldad con Florinda y su codicia en conservar como un rico despojo el amuleto que llevaba al cuello la jóven, fué la causa de su castigo.

Nadab, el padre de Yémina, sabia que el amuleto estaba en el tesoro de Ased-el-Schevaní; sabia que aquel amuleto tenia la virtud de defender de la impureza agena á la muger que lo llevase sobre sí, y quiso apoderarse de aquel talisman valiéndose para ello de la misma Yémina.

Para atraerle le habia hecho ver, valiéndose de sus conjuros, el encantado Palacio-de-Rubíes.

Ased-el-Schevaní estaba transido de horror.

Veia la macilenta cabeza del rey don Rodrigo y á Florinda, fria, impasible, pálida, ensangrentada, atormentándole con el recuerdo de su ser.

—Y ¡acuérdate! repetia la voz dulcísima que parecia venir de la bóveda de la cisterna, y en la cual creia recordar el árabe la dulce voz de Florinda.

—¡Ah! ¡sí! ¡yo te amo Florinda! esclamó arrojándose por tierra el feroz walí.

—¿Por qué dijiste, pues, contestó con sarcasmo la voz, que no conocias el amor?

-¡Oh! ¡piedad! ¡piedad, Florinda! esclamó el walí: ó haz que lo que ha




Mira, la dijo, mostrandola la cabeza del rey.

sucedido sea un sueño, ó quita de delante de mis ojos esta terrible vision que me atormenta.

Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los remordimientos en el alma de Ased-el-Schevaní, quedó la cisterna muda y oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevaní se atrevió á adelantar buscando la salida.

Entre las sombrías penumbras, encontró una puerta y entró en una cámara tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubíes, alumbrada por una lámpara, á cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.

Era Yémina.

Al verla el viejo y feroz walí tembló.

Creyó ver ante sí á Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de felicidad; la jóven despertó y fijó de una manera intensa la mirada de sus grandes ojos celestes en el walí.

—Tú eres Ased-el-Schevaní, dijo la jóven sin levantar la cabeza del almohadon donde la tenia reclinada.

El árabe tembló, pero no de terror.

Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Yémina, como lo decia su nombre, era la felicidad.

Sus ojos azules, límpidos como el cielo, lucientes como él, como él hermosos, le sonreian y le acariciaban.

Sintió Ased-el-Schevaní dentro de sí una vida nueva; encontróse jóven, ardiente, feliz.

Sus lábios murmuraron armónicos versos exhalados de su alma como el mas escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermosísima vírgen de sus amores.

—Yo te amo hurí, esclamó; te amo y por tí me siento capaz de todo.

Eres para mí mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota entre flores á la sombra del oasis del desierto para el cansado y sediento caminante.

Tú eres la luz y la vida, el sueño de paz y la esperanza de ventura.

Por tí seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su puerta el arcángel de fuego.

—No quiero tanto, dijo Yémina: si me concedes lo que voy á pedirte, creeré que me amas y te amaré.

—¿Y qué puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi alma?

—¿Te acuerdas de una muger á quien amaste?

—¡Ah! ¡Florinda! ¡Florinda! esclamó el Schevaní; ¿por qué me recuerdas mi crímen? Era una noche triste y sombría: la luna estaba velada por vapores de sangre: tú estabas delante de mí, pálida, loca aunque hermosa, manchada de lodo la túnica: no estabas tan hermosa como ahora, sultana de las huríes: no, yo... me irrité... yo no habia amado... escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu muerte... porque no creí que volveria á encontrarte tan resplandeciente, tan hermosa como la mayor de las hermosuras. ¿Por qué me recuerdas mi crímen y me despedazas el alma?

—Yo no soy Florinda, dijo Yémina: si á tus ojos la represento, es porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que tú veas siempre á Florinda en la muger que ames. Tú ves mis cabellos dorados y mis ojos azules. Pues bien, mira por un momento.

Se transformó Yémina y se presentó á Ased-el-Schevaní con sus cabellos negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cándida y purísima y su boca purpúrea, exhalando ambrosía.

Aquella vision duró un momento.

Deslumbró á Ased-el-Schevaní como si en sus ojos hubiera brillado el sol.

Y pasó como un relámpago y volvió á ver en Yémina á Florinda.

Ased-el-Schevaní empezó á enloquecer, y soltó una insensata carcajada.

—¡Oh! ¡yo te amo! ¡yo te amo! esclamó: ámame y seremos los dos seres mas felices de la tierra. ¿Por qué no me amas tú tambien? ¿Acaso me conservas rencor?

—Yo te amaré si me das lo que te pida, repuso Yémina.

—Y bien, ¿qué quieres? respondió anhelante Ased-el-Schevaní.

—Acuérdate: cuando mataste á Florinda la quitaste un collar de perlas que llevaba sobre su seno.

—¡Ah! ¡ah! ¡el rico collar de perlas! esclamó Ased-el-Schevaní lanzando una larga carcajada.

Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia junto á Yémina, se sentó á sus piés y cantó, con la voz fresca y pura como un jóven, él, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el romance siguiente:

Ased-el-Schevaní dejó la guzla y lanzó otra insensata carcajada.

Su locura crecia.

—Quiero el collar de Florinda, dijo Yémina con voz dulce acariciando con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevaní.

—¡El collar de Florinda! esclamó el árabe: ¡un collar que vale muchos cuentos de doblas!

La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevaní.

—No te amaré, dijo Yémina.

—¡Que no me amarás! esclamó con fiereza el árabe.

—No, repuso reposadamente Yémina.

—¡Acuérdate! dijo á su vez el árabe.

—¡Tú heriste á Florinda! esclamó con desprecio la jóven.

Ciego de cólera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de sangre pasó por su alma y desnudó fuera de sí su puñal.

Pero cuando descargó el golpe sintió un agudo dolor en la mano y se encontró...

En su lecho en la alcazaba del Albaicin.

—Ha sido un sueño, dijo; he creido que heria á aquella muger y he dado con el puño en el muro; ¡pero que sueño tan horrible y tan hermoso!

Ased-el-Schevaní no logró volver á dormirse.

Veia delante de sí, radiante de hermosura, á Yémina.

A la noche siguiente volvió á subir á la plataforma de la torre mas alta de su castillo, y como la noche anterior se apoyó en las almenas.

Entonces volvió á ver sobre la cumbre de la Colina Roja el esplendoroso alcázar, y los caballeros que giraban á su al rededor en los aires y en la tierra y oyó la distante y armoniosa música de la zambra que se exhalaba por los calados ajimeces del alcázar.

—No, pues ahora no sueño, poderoso Allah: esclamó Ased-el-Schevaní; yo afirmo los piés en mi castillo y mis manos en sus almenas: yo veo la luna triste y pálida que sigue lentamente su curso; el viento de la noche refresca mi frente, y allí, allí, sobre la Colina Roja, se levanta ese alcázar maravilloso y se agitan aquellos caballeros sobrenaturales, y se escucha esa armonía incomparable. ¡No, no es un sueño, poderoso Señor!

Y como la noche antes salió de su alcazaba por un postigo y se trasladó á la Colina Roja.

Y como la noche antes vió el Palacio-de-Rubíes, y escuchó la voz de sus remordimientos en el fondo de la cisterna, y vió á Yémina, y la enamoró; y Yémina le volvió á pedir el amuleto de Salomon que habia robado á Florinda, y como la noche anterior se irritó y quiso herir á Yémina como á Florinda habia herido, y volvió á sentir su mano lastimada y á encontrarse en su lecho en la alcazaba del Albaicin.

Durante siete noches se repitió este prodijio, y durante estos siete dias Ased-el-Schevaní, se presentaba á sus vasallos mas loco y mas feroz.

Al fin á la octava noche, el árabe no subió á la plataforma de la torre, sino que bajó á un profundo subterráneo de su castillo donde tenia su tesoro.

Abrió un enorme cofre de hierro, y de entre otras muchas joyas, tomó el collar de perlas de Florinda, y se encaminó á la Colina Roja.

El amor y el deseo habian dominado en él á la codicia.

Cuando entró en el Palacio-de-Rubíes, no resonó en sus oidos la voz de su remordimiento, ni descendió á la oscura cisterna.

Le protegia el talisman.

Yémina salió á su encuentro y le sonrió.

—¿Me traes el hermoso collar? dijo.

—Sí, contestó todo trémulo Ased-el-Schevaní sacándole de su seno: vale un tesoro, pero mi vida vale mas, y sino me amas moriré. ¿Me amarás tú, si te doy esta inestimable joya?

—¡Oh! ¡sí! ¡te amaré siempre! dijo la jóven.

E inclinó su hermosa cabeza delante de Ased-el-Schevaní.

El árabe puso el talisman alredor del cuello de Yémina, y cuando se le hubo puesto quiso abrazarla.

Pero le rechazó una fuerza incontrastable.

—Sí, sí, dijo Yémina, te amaré siempre como ama el remordimiento al crímen. Yo apareceré á cada momento mas hermosa ante tí; seré tu eterna desesperacion, tu infierno.

Y al decir Yémina estas palabras, Ased-el-Schevaní se encontró entre las tinieblas y el ambiente húmedo de la cisterna, y vió delante de sí como un cuerpo lúcido, y cada vez mas hermosa á Yémina.

Si queria acercarse á ella, parecia que un muro invisible le contenia.

Si pretendia herirla, su puñal encontraba un cuerpo duro é impenetrable como el diamante; si desesperado, no pudiendo resistir el martirio de la vista de tanta hermosura, pretendia huir, el terrible fantasma se le ponia siempre delante, cada vez mas hermoso, cada vez mas incitador.

Yémina se habia convertido en el infierno de Ased-el-Schevaní.

Porque Ased-el-Schevaní habia muerto.

Sus wazires habian encontrado su cadáver en su lecho, y le habian enterrado con gran pompa en el panteon de la alcazaba.

Lo que quedaba sufriendo penas eternas en la cisterna era el alma de Ased-el-Schevaní.

De Ased-el-Schevaní, el alma condenada de la cisterna de la Alhambra.

Algunas noches oscuras, frias, tempestuosas, salen por los brocales de la cisterna gritos débiles, perdidos, desesperados.

Son los gemidos de desesperacion de Ased-el-Schevaní.

Del verdugo del rey don Rodrigo.

Del infame asesino, del torpe profanador de Florinda.

Otras serenas y tranquilas noches de luna, cuando todos duermen, hasta los guardas de los adarves, se percibe un canto dulcísimo y perdido.

Es la voz de Yémina que escita la desesperacion de Ased-el-Schevaní.

Pero ya sea la noche oscura ó apacible; ya la alumbre la verde luz del relámpago ó el pálido reflejo de la luna, si pasais junto á los brocales de la cisterna y escuchais ya un gemido, ya un canto, no os asomeis al oscuro brocal, porque puede tragaros el abismo y haceros probar el mismo infierno que prueba hace centenares de años Ased-el-Schevaní.

Esta es la historia maravillosa del alma de la cisterna.

Sed, pues, justos, buenos y caritativos, porque Dios, Altísimo y Unico, condena al pecador con lo mismo con que pecó.


He aquí la tradicion referente á los algibes de la Alhambra.

¿Dónde pudo tener origen?

¿Escuchó algun poeta moro, durante una noche melancólica el derrumbe del agua en los algibes, ó algun gemido del viento en sus altas bóvedas romanas y de ello tomó asunto para escribir una bella leyenda árabe?

No lo sabemos.

Pero sabemos sí, que muchas noches oscuras y tempestuosas nos hemos asomado á uno de los brocales de la cisterna y hemos escuchado atentamente.

Solo hemos oido el crugir de las gotas de la lluvia sobre el agua allí depositada, pero nunca nos hemos podido hacer la ilusion de que aquel ruido procediese del gemido de un alma condenada, ni del canto de un ser sobrenatural.

Esto acaso consiste en que nuestra imaginacion es menos impresionable que la del poeta moro autor de la leyenda El alma de la cisterna.




LEYENDA IV.

LA PUERTA DEL JUICIO.

I.

Cuando se pasa de la puerta de los Gomeles, y de las tres pendientes avenidas que se presentan á la vista, bajo los tupidos toldos de verdura de las frondas de los álamos que se cruzan, se toma la mas pendiente, la de la izquierda; ya cerca de su terminacion se encuentra un cubo de fortificacion á la usanza del siglo XVI, y mas allá, apoyándose en este cubo, una magnífica fuente greco-romana del gusto del renacimiento, denominada Pilar del emperador Cárlos V.

Siguiendo adelante á lo largo del muro en que está esculpida la decoracion de la fuente, y torciendo á la izquierda, se levanta de improviso ante los ojos, como una sorpresa, la magestuosa Puerta del juicio, entrada principal del alcázar de la Alhambra.

Esta puerta, formada por dos torreones, unidos en la parte media de su altura por un gigantesco arco de herradura, tiene en su fondo un muro en el cual se abre una puerta mas pequeña de arco de herradura tambien, labrada en rico mármol blanco de la sierra, y sustentado por dos bellas columnas con caprichosos capiteles, y galanamente ornamentado con flores y cintas entrelazadas.

Sobre la clave del arco mayor se ve esculpida una mano estendida y vuelta la palma; sobre la del arco menor hay esculpida una llave.[67]

En los tiempos á que nos referimos en la leyenda que empezamos á relatar á nuestros lectores, esto es, en el año 724 de la Hegira, y 1325 de Jesucristo, cuando se pasaba de la puerta de los Gomeles, fuertemente torreada y defendida por adarves, se veia una larga avenida de edificios chatos, de un solo piso, que servian de cuarteles á los soldados de la guardia del rey, en la vertiente del pequeño valle comprendido entre la Alcazaba, y las Torres Bermejas, y por ambos lados hasta el pie de los muros, la escarpadura desnuda sin árboles que pudiesen encubrir á los enemigos que lograsen forzar aquel primer puesto fortificado de la puerta de los Gomeles.

Siguiendo aquella ancha avenida, siempre poblada de soldados y esclavos, se llegaba en lo mas alto, á la torre de las Siete bóvedas,[68] entrada principal de la Alhambra y su mas magnífica; pero antes de llegar á esta torre, en la parte media de la avenida, á la izquierda, se encontraba un camino llano orlado de cipreses y laureles, desde cuyo principio se veia levantarse al fondo, sencilla y magestuosa la torre del Juicio, entrada principal del alcázar de los reyes moros.

Entonces, delante de esta torre solo se veia una bella plazoleta circular rodeada de jardines; no existian ni el pilar del Emperador ni el cubo de fortificacion, existiendo solo por la parte que este cubo ocupa un adarve que iba á dar sobre la escarpadura de la fortaleza por aquella parte.

El muro que se apoya hoy á la derecha sobre la torre del Juicio, no era, como ahora, un muro de tierra y piedra, sino de brillante y tersa argamasa roja que dejaba comprender su dureza marmórea, y en cuya parte superior corria la columnata de una galería que correspondia á un jardin del alcázar.[69]

En el segundo arco de la Puerta del Juicio, entre sus adornos, se leia entonces como ahora la inscripcion siguiente: Dios sea loado: no hay otro Dios que Dios y Mahoma su profeta: no hay fortaleza sin Dios: y sobre este arco y estos adornos, en una ancha faja de estuco, con caracteres cúficos entrelazados de flores y cintas se leia esta otra inscripcion: Mandó labrar esta portada, llamada judiciaria, con la cual Dios Altísimo haga dichosa la ley de los hijos de salvacion, Abul-Giux-Nazar-ebn-Abdallah-ebn-Nazar, mantenga Dios en las morismas sus obras pias y caritativas. Labróse á 27 dias de la luna de Maulud el engendradizo, año de 647.

De modo que en los tiempos de nuestra leyenda, solo hacia setenta y siete años, desde que se habia terminado la torre del Juicio ó al menos desde que se habia hecho su portada.

Llamábase la puerta principal del alcázar torre del Juicio, porque habiendo seguido los árabes y continuádola los moros la costumbre de los tiempos primitivos, el rey en persona ó en representacion suya el cadí de los cadíes ó justicia mayor del reino, oian en aquella puerta en audiencia pública las quejas de los súbditos, y dirimian sus contiendas y pleitos de una manera ejecutiva.

De contínuo aquella puerta estaba cerrada, con sus dos grandes hojas forradas de hierro y fuertemente claveteadas, y por fuera de ella, como en respeto de la autoridad real, se veian los esclavos de la guardia berberisca ricamente vestidos y dando la guardia.

Solo se abria un postigo para la entrada de los magnates y caballeros; de par en par solo se abria la puerta para dar salida ó entrada al rey ó á los embajadores de reyes; cuando aquella puerta se abria enteramente pasaba siempre bajo ella el estandarte real, acompañando al rey ó á los embajadores, y despues la puerta cerraba sus dos tremendas hojas de hierro.

Todos los giumas (viernes), á la hora de la salida del sol, aquella puerta se abria, y aparecia tras ella un espectáculo sorprendente: el trono de justicia, con su dosel rojo, sus almohadas de púrpura y brocado, y sus siete gradas cubiertas con una alfombra de Persia: á los piés de estas gradas, á la derecha, el alférez mayor del reino con el estandarte real, y al otro lado el alguacil mayor con la espadada de justicia, y walíes, y arrayaces, y caballeros, y eunucos: en lo alto, el rey sentado en los almohadones, y delante de la puerta, en semicírculo, para contener al pueblo que asistia á la audiencia, los esclavos berberiscos con sus largas lanzas, sus bruñidas armaduras y sus turbantes rojos.

Cuando en vez del rey hacia justicia el cadí de los cadíes, sentábase este en un almohadon en la primera grada, y en vez de la córte que acompañaba al rey, le acompañaban ciertos funcionarios del órden judicial, pero nunca faltaban el estandarte real y la espada de justicia, como representantes de la autoridad regia.

Un katib (secretario), colocado en el centro del semicírculo determinado por los esclavos berberiscos, llamaba por su órden á los que habian pedido audiencia, y los dejaba pasar hasta los piés del trono de justicia.

Despues que esta habia acabado de administrarse, la puerta se cerraba, y el rey, la córte y el trono desaparecian tras ella.

¿Quién podria comprender ahora, á la vista de aquella puerta abandonada, de aquel torreon cuyas almenas reales ha derrocado el tiempo, y á las cuáles ha sustituido el conquistador con un desnudo pretil, con una especie de grosero ribete de mampostería, el magnífico esplendor de que en los tiempos de la dominacion mora se vió rodeado, y el profundo respeto con que los musulmanes de Granada miraban aquella puerta, lugar sagrado, donde en nombre de las leyes podia ir el mas pobre, el mas abyecto á ejercitar su derecho?

Hoy un centinela indiferente, provisto de una prosáica consigna, se pasea con el fusil al brazo ó se apoya en él de pié é inmóvil, sin sospechar siquiera la grandeza pasada de aquel lugar, y en el sitio donde hace cuatro siglos se levantaba el trono de justicia de los reyes de Granada, se ve hoy la mezquina mesa cubierta con una manta de lana donde escribe sus partes el sargento de la guardia.

El tiempo, que todo lo muda, que todo lo empalidece, que todo lo gasta, que todo lo pulveriza, ha convertido en un desnudo esqueleto de lo que fué, á la torre del Juicio, ó de justicia de los reyes de la Alhambra.

Por eso, nosotros que somos exageradamente entusiastas, no hemos podido pasar nunca bajo el arco de mármol de la torre del Juicio, de la hermosa y poética puerta del alcázar moro, sin sentir algo de respeto, sin creernos trasportados á otros tiempos y á otras gentes, como si hubiese pasado junto á nosotros rozándonos la cabeza con sus alas el genio de lo que fué.

Además, para que nosotros sintamos una conmocion indefinible al pasar bajo aquel arco, al pisar aquel dintel de mármol, existe una razon poderosa.

Nosotros sabemos que sobre aquel dintel, al pié de su trono de justicia, cayó asesinado un rey de la dinastía nazerita.

Su sangre ha caido allí, y allí acaso la vé aun la justicia del cielo.

Porque el rey asesinado era un buen caballero, un corazon leal, lleno de caridad y de justicia.

Aquel rey era el sultan de Andalucía y de Granada, Abul-Walid-Ismail-Abul-Said, quinto descendiente coronado del Magnífico rey Nazar.

II.

El dia ocho de la luna de Regeb del año 725 de la Hegira[70], despues de la oracion de azobih, á punto que se dejaban ver en el oriente las primeras ráfagas rosadas precursoras del sol, los berberiscos que daban la guardia de la puerta del Juicio, acudieron presurosos, llamados por los atabales, y se formaron en dos filas formando calle á ambos lados de la puerta.

Poco despues la puerta se abrió, salió un tropel de ginetes armados sobre caballos de guerra, entre los cuales ondeaba el estandarte real, y tras estos caballeros, en medio de una córte resplandeciente, apareció el rey Abul-Walid, armado con un arnés esmaltado de oro y colores, con corona en la cabeza y manto de púrpura sobre los hombros, cabalgando en un poderoso corcel con paramento de brocado sobre sus lórigas de acero.

Piafaba el soberbio bruto hijo de las llanuras de Baeza, orgulloso de su ginete; y en verdad, que nunca las moras granadinas habian visto, ocultas tras las celosias, un hombre mas hermoso ni de aspecto mas noble y régio que el sultan de Granada Abul-Walid-Nazar.

Era blanco y mostraba la barba bermeja, como su quinto abuelo Al-Hhamar, el vencedor; sus ojos tenian en su mirada la dulzura de la gacela cuando contemplaban la hermosura, ó el sombrío y aterrador fuego de los del leon irritado cuando los revolvia entre el combate; cuando nada le distraia ó le irritaba mostraba su semblante una melancolía vaga, una ansiedad profunda, una sed insaciable, pero sed de felicidad: el poderoso Abul-Walid no era feliz.

Sentia remordimientos, y no habia encontrado venturas en el amor.

Sus remordimientos le recordaban á su tio el rey de Granada, Abul-Giux-Nazar á quien habia destronado.

Digamos algo acerca de la historia de Abul-Walid.

Para que se comprenda bien esta historia, necesitamos remontarnos á los tiempos del sultan Mohammet-ebn-Abdalah-ebn-Nazar hijo de Al-Hhamar el Magnífico.

El rey Al-Hhamar el Magnífico, el primer rey independiente de Granada, el fundador de la dinastía nazerita, habia muerto de un accidente estraño, y segun algunos por tósigo, á las puestas del sol del viernes 29 de giumada postrera, del año 671 de la Hegira[71]. Honrado por amigos y enemigos este gran rey, fué consolado en su último trance por el infante don Felipe, hermano del rey Alfonso de Castilla que le acompañaba.

Murió cerca de Granada, en su tienda, en ocasion en que iba en persona á reprimir la rebeldía de los walíes de Málaga, Guadix y Comares.

Hé aquí el epitafio que su hijo el sultan Mohammet II hizo esculpir sobre su sepulcro, y que pudieron ver nuestros abuelos en el panteon de la Alhambra:

«Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradicion, espada de verdad, mantenedor de las criaturas, leon de la guerra, ruina de los enemigos, apoyo del estado, defensor de las fronteras, vencedor las huestes, domador de los tiranos, triunfador de los impíos, príncipe de los fieles, sábio adalid del pueblo escogido, defensa de la fé, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios. Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar-el-Ansarí: ensálcele Dios al grado de los altos y justificados y le coloque entre los profetas, justos, mártires y santos, y complázcase Dios en él y le sea misericordioso, pues fué servido que naciese el año 591 y que fuese su tránsito dia giuma (viernes) despues de la azala de alazar á 29 de la luna giumada postrera, año 671. Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinado no principió, cuyo tiempo no fallecerá, que no hay mas Dios que él, el Misericordioso y Clemente[72]

Sucedióle su hijo Mohammet, mancebo animoso y valiente, y que á pesar de la grandeza de su padre, encontró el reino ya un tanto dividido en bandos y amenazado por las rebeldías de algunos walíes, aunque por lo demás próspero y floreciente.

Apenas proclamado rey se trasladó á la córte de Alfonso X, á renovar la alianza que su padre habia mantenido con Castilla, y tan simpático supo hacerse al sabio rey cristiano, que quiso armarle y le armó por sí mismo caballero.

Pero Mohammet no habia hecho de buen grado esta alianza; contribuia á su disgusto el que la reina doña Violante, esposa de Alfonso le comprometió, abusando de su galantería, á que se aviniese con los walíes de Málaga, Guadix y Comares.

Aprovechando Mohammet II la ausencia de los reyes de Castilla y Aragon para asistir al concilio de Leon, alentó el proyecto de recobrar la Andalucía entera. Pareciéndole, sin embargo, demasiado árdua la empresa para él solo, entró en tratos de alianza con el emir de Marruecos, Abu-Juzef, jefe de la poderosa tribu de los Beri-Merines; aceptó Juzef, y vino de Africa con una poderosa hueste de caballería á Algeciras donde le esperaba el rey de Granada.

Acometida la empresa por la parte de Jaen, el adelantado de la frontera don Nuño, murió en la jornada como valiente, pereciendo además ocho mil cristianos.

Abu-Juzef envió la cabeza del adelantado al rey de Granada, y al verla este, que habia tratado mucho en vida á don Nuño, se cubrió el rostro con ambas manos esclamando.

—¡Guala, mi buen amigo, que no me lo mereciais!...

Por otra parte, don Sancho, hijo del rey de Aragon, arzobispo titular de Granada, acometió á los moros con un formidable ejército, pero el rey Mohammet le desvarató y le hizo á él mismo prisonero, siendo ocasion esta presa de don Sancho para que se pusiesen á punto de volver sus armas los moros los unos contra los otros, porque los africanos querian enviar al cautivo al emir de Marruecos, y los andaluces al rey de Granada; pero el arraez Ebn-Nazar, infante de la casa de Granada, que presenciaba la contienda, arremetió hacia el cautivo don Sancho esclamando:

—No quiera Dios que por un perro se pierdan tantos buenos caballeros como aquí están.

Y pasándole de una lanzada, de la que el infeliz cayó muerto, le mandó le cortasen la mano derecha y la cabeza; envióse la mano con su anillo al rey de Granada, y la cabeza al emir de Marruecos.

¡Tremenda manera de obviar la cuestion!

Supo Alfonso de Castilla en Leon, esta brava acometida de los moros, y abandonando por entonces el negocio de su coronacion como emperador de Alemania, para lo que únicamente habia ido al concilio, volvió en defensa de la ya poseida corona de Castilla, y firmó con el emir de Marruecos, y con el rey de Granada un armisticio de dos años.

Mas adelante, puesto por Alfonso sitio á Algeciras, y destrozada su armada en el mar y su ejército en tierra, levantóse contra él, en su propio reino, una tempestad terrible; coligáronse contra él la reina su esposa, los infantes sus hijos, sus magnates; y el infante don Sancho, su primogénito, se hizo el caudillo de esta conspiracion contra su padre, y se apoderó de su corona.

El infeliz Alfonso, vencido, fugitivo, abandonado de todos, pidió sucesivamente ayuda á los reyes de Portugal, de Aragon y de Francia, que se escusaron, como asimismo el papa, que se limitó á decirle que se resignase; desesperado entonces Alfonso recurrió á la ayuda del emir de Marruecos, su enemigo, que se encontraba fortificando á Algeciras, y que al recibirle en medio de su ejército le puso á su derecha y le dejó oir estas memorables palabras.

—Te trato así porque eres desgraciado, y me uno á tí para vengar la causa comun de todos los reyes y de todos los padres.

La alianza del rey destronado con el emir de Marruecos impuso terror al hijo rebelde, y al fin se humilló, devolvió la corona á su padre, y obtuvo su perdon.

Entretanto el rey de Granada, para consolidar y robustecer su reino, aprovechaba las disidencias entre los reyes cristianos del resto de España. El rey de Aragon estaba en guerra con Francia por la posesion de Sicilia, y Sancho IV, que habia heredado al fin el trono de Castilla por muerte de Alfonso, se veia obligado á reprimir las sediciones de sus vasallos.

Dominó Mohammet los elementos rebeldes de su reino, se hizo respetar del emir de Marruecos, que pretendia tener predominio en los asuntos de los moros en España. Recobró ciudades y villas á los cristianos, y al fin, cubierto de gloria murió el domingo 8 de la luna de jaban del año 701[73].

Dejó tres hijos; Mohammet su primogénito y compañero, el que le sucedió en el trono.

Farax, que conspiró contra la vida de su hermano.

Y Nazar, que reinó tambien.

Fué proclamado Mohammet III, con el nombre de Abu-Abdalah Mohammet.

Era este rey hermoso sobre toda ponderacion; y tan dado al cuidado de los negocios, que no habia wazires que pudiesen estar á su lado tanto tiempo como él trabajaba.

Este trabajo asiduo le hizo perder la salud.

Otros contratiempos vinieron á agravar sus cuidados.

Apenas habia subido al trono, cuando un pariente suyo, Abul-Hegiag-ebn-Nazar, se le reveló en la ciudad de Guadix, donde era walí, y se negó á venir á Granada á su solemne jura de rey: reprimió al fin esta rebeldía, y se concertó con el rey de Aragon don Jaime.

Tomó á Ceuta en Africa y otras villas y lugares en España, y ya respetado de unos y de otros, se dedicó á hermosear á Granada y á continuar la obra de la Alhambra.

Sacóle de repente de esta pacífica existencia el rey don Jaime, que rompiendo la tregua vino con un formidable ejército sobre la ciudad de Almería y la sitió.

El rey de Castilla cercaba en tanto á Algeciras.

Avínose con este último, que levantó el cerco mediante la cesion de otras villas y castillos, pero el rey de Aragon, mas tenaz, se fortificó en su campo y continuó el cerco sobre Almería.

Mientras el rey Mohammet se ocupaba del gobierno y de la defensa de su reino, su hermano Nazar, á quien aguijoneaba su ambicion, se hizo un fuerte partido en Granada, y pretendió abiertamente la corona.

Daba por pretesto para su pretension que el rey estaba enfermo de los ojos, que necesitaba fiarse de los agenos, y que no podia confiarse prudentemente el cuidado del reino á un rey ciego.

Concertóse la conspiracion con tal reserva, que nada pudo traslucirse de ella hasta el último dia de Rhamazan, en que al amanecer los conjurados cercaron el alcázar con muchas gentes del pueblo bajo, que sin pretender entrar y sin armas, se limitaban á gritar:

—¡Viva el rey Nazar! ¡viva el rey Nazar!

Otro número inmenso del populacho acudió á la casa del wazir Abu-Abdalah-el-Lachmi, que por su severidad estaba aborrecido de los magnates que ayudaban en la conjuracion á Nazar, y echaron las puertas abajo y penetraron dentro robando oro, plata, vestidos, armas, caballos, destruyendo sus alhajas, sus libros y sus muebles.

Luego corrieron al alcázar, y con pretesto de apoderarse del wazir, que se habia refugiado en él, atropellaron la guardia, entraron furiosos sin respetar al rey Mohammet que les salió al paso, y en su presencia mataron al wazir y saquearon el mismo alcázar de la Alhambra.

Mohammet se vió obligado á huir, pero le cercaron en una torre y le intimaron á que abdicase en su hermano Nazar.

Viéndose solo y desamparado Mohammet, abdicó aquella noche solemnemente la corona en su hermano Nazar, que no quiso verle y le envió al palacio del Príncipe, fuera de Granada, y despues á la fortaleza de Almuñecar.

Nazar fué jurado rey.

No tardó mucho el rey Nazar en verse tratado de la misma manera que él habia tratado á su hermano.

Un sobrino suyo, Abul-Said, hijo de una de sus hermanas y del walí de Málaga Ferag-ebn-Nazar, andaba procurándose parciales con harta ambicion; mandóle prender Nazar, pero el mancebo fué avisado y huyó de Granada; escribió el rey á su cuñado Ferag para que corrigiese á su hijo, pero el walí de Málaga le contestó severamente que si su hijo le destronaba, no haria mas que imitar la conducta que él mismo habia observado con su hermano el rey Mohammet.

Aconteció por este tiempo al rey Nazar un accidente de apoplegía; tuviéronle por muerto: divulgóse como cierta esta noticia, y los parciales del destronado Mohammet III corrieron á la fortaleza de Almuñecar, le sacaron de ella y le llevaron á Granada.

Pero ¿cuál fué la sorpresa de estos cuando al entrar en Granada supieron que el rey Nazar habia recobrado la salud, y que Granada ardia en fiestas por su restablecimiento? El buen Mohammet pretestó que su venida habia sido á visitarle sabiendo el quebranto de su salud. Nazar afectó creerle, y le mandó volver á Almuñecar y que le acompañasen los que le habian traido.

Por aquel tiempo entró Fernando IV de Castilla en tierras de Granada, y puso sitio á Alcaudete. Gentes hubo que atribuyeron esta entrada del castellano á sugestiones del destronado Mohammet, aunque el desgraciado estaba completamente ageno á ella.

Pero cuando el rey de Castilla se ponia sobre Martos, emplazado por unos hermanos llamados los Carvajales á quienes habia mandado dar injustamente muerte, murió cabalmente en el mismo tiempo en que los hermanos le habian citado ante el tribunal de Dios.

Por esa razon llamóse desde entonces á Fernando IV de Castilla el Emplazado.

Por aquel tiempo á principios de la luna de jawal del año 713[74], murió en Almuñecar el desterrado Mohammet, y su hermano Nazar, mandó trasladarle al panteon de la Alhambra y poner sobre su sepulcro la siguiente inscripcion:

«Este es el sepulcro del sultan virtuoso, príncipe justo, sábio en el temor de Dios, uno de los reyes virtuosos, sufrido en los trabajos, laborioso en el camino de Dios, el apacible, el austero, el temeroso de Dios, el humilde, el resignado en Dios en las desventuras y en las prosperidades, morador de los dos paraisos con su meditacion y sus alabanzas, el que encaminaba á las criaturas y mantenia la justicia, camino patente de la confianza y de la bondad, mantenedor del pueblo en su honra con victorias ganadas con propio valor, justicia del trono, decoro y luz resplandeciente del estado, puerta de la ley y de la fé, constante loador de Dios en sus males y en sus desgracias, lucirá en el dia de la cuenta, exacto en la tradiccion y en las obras de la ley y en las altas purificaciones: el dispuesto siempre contra infieles con paso de firmeza y meritorio, observador de la justa medida, carta franca de humanidad, amparador de los templos, defensor de la religion, el escogido, el ínclito, el heredero de los Nazares, heredero de sus estados y de su justicia y laborioso celo en la defensa y gobierno de los pueblos, y en acrecentar sus ventajas y utilidades, el clemente rey, príncipe de los muzlimes, honor de los creyentes, domador irresistible de los incrédulos, el vencedor por la gracia de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles el sultan escelso, prefecto de la direccion, nube de rocío, vida de la tradicion, apoyo de la secta, el laborioso en el camino de Dios, amparador de la ley de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles, el vencedor por Dios Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar, honre Dios su mansion y sea venturoso por su bondad: nació, complázcase Dios de él, en dia miércoles tres de jaban honrado del año 655, y murió, santifique Dios su espíritu, y refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia lunes tres de jawal del año 713. Llévele Dios á las mas altas mansiones de los justos, por la verdad de la ley, y bendiga á los que quedan de su casa. Bendiga Dios á nuestro señor y á nuestro dueño Mohammet, y á los suyos con bendicion cumplida.»

Por el otro lado de la piedra se gravó una inscripcion en verso en que se rogaba á Dios le concediese el premio de sus virtudes; que refrigerase con benignas auras su sepulcro; que le regase con apacible rocío y liberales nubes de clemencia; que le vistiese y adornase de las preciosas vestiduras de su misericordia, y que le colocase en las eternas y felices moradas del paraiso.

Parecia que ocupando ya Abul-Giux-Nazar legítimamente el trono por la muerte de su hermano Mohammet III, debian desaparecer los partidos; pero no fué así; la codicia del mando y de los altos empleos del gobierno, traian enemistados y divididos á los principales caballeros de Granada, y vueltos todos contra el wazir ó primer ministro del rey Mohammet-ebn—Alí-al-Hagib, hombre astuto y cruel, causa de las grandes alteraciones que hubo en su tiempo, y particularmente de la ruina del rey Nazar.

Porque Al-Hagib, en su desmedida ambicion, tenia alejados del palacio á los principales señores de Granada, para que ninguno se procurase la gracia del rey, y desterraba á los unos é injuriaba á los otros, hasta el punto de que fueron ya tantos los ofendidos que formaron bando para destruirle, y destruir, si era necesario, al rey Nazar que le protegia.

Volvieron otra vez á alentar las pretensiones del jóven hijo del walí de Málaga, cuñado del rey y le ofrecieron la corona.

Abul-Walid aceptó; se puso en inteligencias con los conjurados, y el walí su padre envió á Granada ciertas gentes que levantaron un motin, pidiendo la cabeza del wazir Al-Hagib.

Pero el rey le amaba; salió, habló á los amotinados y pudo por el momento conjurar el peligro. Castigóse imprudentemente á algunos, y esto fué origen de una sedicion mas respetable. Muchos caballeros de Granada huyeron á Málaga, incitaron al walí á que se rebelase contra Nazar, y al fin lograron que su hijo, Abul-Walid, partiese contra Granada, acaudillando una hueste numerosa.

Al saberse esto, Granada se dividió en bandos; robábanse y matábanse los unos á los otros, y saciaban mútuamente sus ódios y sus venganzas. Una noche entera duró este conflicto, y al amanecer los que llevaban la peor parte, abrieron las puertas del Albaicin á Abul-Walid, que se apoderó de la alcazaba vieja.

Abul-Giux-Nazar se fortaleció en la Alhambra, donde le cercaron los soldados de Abul-Walid.

Viéndose perdido Nazar, envió cartas al rey don Pedro de Castilla que se encontraba en Córdoba, pidiéndole socorro; pero por pronto que el rey castellano entró en tierras de Granada, tuvo tiempo el walí de Málaga para estrechar á Nazar y obligarle á rendirse, con la condicion de que su sobrino Abul-Walid-Abu-Said, ya rey, le concediese la ciudad de Guadix y su comarca, y seguridad y perdon para los que habian seguido su bando.

Concediólo todo en la alegría del triunfo el nuevo rey; partió Nazar para Guadix, y el rey don Pedro de Castilla, sabiendo estas nuevas, y que ya su ayuda era inútil á Nazar, se volvió; pero no sin talar y saquear cuanto encontró á su vuelta, apoderándose de la fortaleza de Huete.

Nazar vivió tranquilamente en Guadix algunos años sin dar oidos á los consejos de los que le incitaban á que procurase recobrar su corona, y murió tranquilo, resignado con su suerte.

Trajeron su cadáver al panteon de la Alhambra, y el rey mandó se le dedicase esta inscripcion:

«Este es el sepulcro del sultan alto, poderoso, ilustre, de muy gran casa, descendiente de los reyes muy nobles, y de la mas preciada prosapia de los escelentes Al-Ansaríes, el mas alto de linaje, esplendor real y defensa invencible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores de la ley y de la direccion, escogidos celadores laboriosos en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, en su bondad noble, generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul-Giux-Nazar, hijo del sultan alto, amparador, ilustre defensor, rey justo, ínclito, humano, defensor de la ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu-Abdalah, hijo del sultan noble, rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen á Dios, y de los bien intencionados, depósito fiel de la tradicion y palabras del Islam, amparo de la religion y de la fé, el vencedor por Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso príncipe de los muzlimes, Abu-Abdalah-ebn-Nazar; sálvele Dios, y cúbrale con su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale entre aquellos con quienes se complace. Fué su nacimiento dia lunes 24 de la luna de ramazán el grande, año de 686[75]. Fué jurado en dia viernes 2 de jawal año de 708[76], y murió, sepultado la noche del miércoles 6 de la luna de dilcada, año 722[77]. Alabado sea el rey de la verdad, el claro heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el mejor de los herederos.»

Y por el otro lado se leia la siguiente inscripcion en verso:

«¡Oh sepulcro del generoso! sobre tu polvo caigan nubes celestes de amparo, de misericordia y de paz; en tu estrado se oiga siempre la bendicion á un rey noble, generoso de los mas generosos; delicia del género humano, bondad de corazon sobre todas las criaturas; caridad, manantial perenne de gloria, seas feliz con Nazar, el cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores del Islam. Desde la salida del lucero de la religion, desde el alba de la ley, fué su trono de ellos, el mejor amparo de las criaturas. ¡Oh señor de la bondad y de la humanidad! tu casa fué mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y hallaron en tí lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y acercarse á tí, la nobleza y escelencia del orbe; el resplandor de la bondad en su cara, como la luz del dia que quita las sombras. Nunca estuvo la luna en mas perfecto y hermoso plenilunio: los altos méritos de Abul-Giux dan de sí olor vivo como el mosco precioso se descubre aun en sellado bote. Cúbrale Dios con su misericordia, con lo cual se sirva ponerle en la eterna morada de las delicias.»

Abul-Walid-Abu-Said no pudo destruir los bandos á beneficio de cuya lucha habia subido al trono: habianse acostumbrado los magnates de Granada á disponer del poder real y á no concederlo sino á aquel que mas favorecia su ambicion: pero como eran muchos y los altos empleos del reino no bastaban para contentar á todos, se dividian, se hacian la guerra, andaban en perpétuas intrigas y conspiraciones, y el rey para entretenerlos se veia obligado, ya que no podia darles otra cosa, á llevarlos contínuamente contra las fronteras cristianas, de las cuales se volvian generalmente cargados con una rica presa.

Pero esto tenia sus inconvenientes: no siempre los de Granada alcanzaban la victoria: habíanselas con los fronteros cristianos, que de padres á hijos estaban avezados á la guerra: entre estos desastres fué uno la batalla de Hins-Ailai, por otro nombre de Fortuna, donde los fronteros de Martos hicieron un horrible destrozo en los moros de Granada, y poco despues los castellanos tomaron con horrible estrago la fortaleza de Tiscar, obligando á rendirse con mil y quinientos hombres al valiente alcaide Muhamad-Hamdum.

Con tales reveses, con los partidos cada dia mas enconados dentro de su reino, Abul-Walid empezó á recelar de su fortuna y á sentir remordimientos.

Parecióle que lo que le acontecia no era otra cosa que un castigo de Dios por la traicion que habia obrado con el otro rey Abul-Giux Nazar, que le estaba reservada igual suerte, y que solo venciendo á los enemigos de Dios podria alcanzar el perdon de sus pecados.

Por eso el rey estaba triste: por eso de una manera tan sombría, en medio de la pompa de su magestad, salia por la Puerta del Juicio de su alcázar de la Alhambra contra los cristianos.

III.

Tenia además el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.

Esta razon era un sueño.

Un sueño tenaz de amores.

Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo, habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa, y trocarse al fin en un espacio diáfano circundado de una luz blanca, radiante y dulce.

En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches aparecer una figura muy pequeñita, y apenas perceptible, acercarse, crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jóven y hermosa que se acercaba con la túnica flotante como una nube impelida por el viento, al divan donde reposaba el rey.

A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como el marfil, y cándida y pura como la mirada de la jóven tortolilla que aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados, palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor sobre su seno, y sus pequeños pies que cubria y descubria caprichosamente la flotante halda de la túnica.

Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al semblante del rey; pero cuando el rey iba á besarla, la virgen desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas tinieblas, una cruz de sangre y fuego.

IV.

A la primera noche que el rey vió esta vision, despertó encendido de amor y transido de terror.

Túvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvió á reclinarse en los almohadones de su divan.

Pero no logró dormirse.

Veia fijos en él los ojos de la doncella soñada; aquellos ojos que le brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.

Al alba se levantó, y ansioso de olvidar aquel sueño que le atormentaba, salió de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el altozano, en las márgenes del rio y en el arenoso fondo de los barrancos, en el fondo melancólico de las espesuras, y en el oscuro antro de las grutas, allí, en todas partes veía á la hermosa doncella flotando delante de él; y cuando irritado por la vision tendia hácia ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.

Durante siete noches el rey vió en sueños á la doncella misteriosa cada vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.

Durante siete dias que salió á caza pretendiendo borrar la impresion de su sueño en medio de la luz y del aire de los campos y de las montañas, vió en la luz á la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y el aire le trajo el perfume suavísimo, que como emanacion de la doncella misteriosa, respiraba en sus sueños.

V.

Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se atrevia á calcular los años de su vida.

Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura, como podia haber caido sobre un armazon de caña.

Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia de dónde habia venido.

Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las ventanas de la cúpula.

El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.

El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido en una estera.

Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se maravilló el alcaide de la torre.

Aquel viejo imponia espanto.

Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas, cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos, rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.

A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.

—¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era una alegría?

—¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante, y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.

—¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de la torre?

—¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.

—¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion el wazir al alcaide.

—Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.

—¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.

—Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].

—¿De dónde has venido?

—¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.

Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.

—¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir azotado por los frenos de los caballos de la torre?

—De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo, me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he dicho cuanto te tenia que decir.

Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su cuadrante.

—¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes burlarme?

—Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.

Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase, se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.

—Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba, acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido, soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados, teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.

La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio Jacub.

—Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.

¡Y qué hermosa es!

¡Pero tambien cuán terrible!

El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.

El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el plato funesto y se ha retirado despues.

El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.

—De los dos amigos, el uno comió del manjar envenenado; el otro se disculpó con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su apetito y no comió.

Al dia siguiente apareció muerto en su lecho el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.

Tú llevabas á Ketirah, á la parricida, asida de la mano; tú fuiste quien levantaste de su frente de vírgen maldita el velo tras el cual debia ver el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamoró de Ketirah.

Pero Ketirah era ambiciosa, y exigió el puesto de la sultana.

Tú á quien el rey habia hecho su wazir, tú que eras el tercero en los amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel obstáculo desapareciese: la sultana Aleidah, murió por haber aspirado demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.

Ketirah fué sultana; pero no sé que señales vieron los parientes de la sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de tí... porque tú eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia llegado á ser sultana.

Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras, primo del rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.

Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles, el jóven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los ojos en la corona de Granada, y amaba además de una manera desesperada á la difunta sultana Aleidah; tú eres un obstáculo á su ambicion, y sabe ó cree que tú eres el asesino de Aleidah.

De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas tú bajo el puñal de los que ven en tí al causador de dos infames y cobardes asesinatos.

¡Es mucho! ¡es mucho lo que he visto al consultar tu horóscopo!

—¿Y me matará el hijo del walí de Algeciras? dijo con acento trémulo el wazir.

—No; morirás como has matado.

—¡Ah! ¿y cuándo?

—Tendrás tiempo para poner en el trono al hijo primogénito de tu señor.

—¿Pues qué, va á morir el buen rey Abul-Walid?

—¿Acaso pretendes que el rey sea eterno?

—Pero es jóven.

—La muerte no cuenta los años.

—¿Y cómo morirá el rey?

—Mas te importa saber cómo morirás tú.

—¿Y yo?..

—Ya lo sabrás.

—¿Nada mas me dirás?

—Nada.

—¿Qué quieres que diga al poderoso Abul-Walid?

—Dile que en su alcázar está quien es mas poderoso que él.

—¿Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?

—A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado á encenagarme en torpezas; ¿crees tú que si yo deseára la muger mas hermosa de la tierra, no la tendria con solo pronunciar una palabra? ¿Y qué son para mí las mugeres de la tierra, ni los arcángeles del cielo, ni las huríes del paraiso?

—¿Con que nada puedo darte?

—¿Has visto que alguna vez dé el esclavo al señor, el pobre al rico, el débil al fuerte? yo soy un águila, tú eres un vencejo. Vete.

El wazir salió sin saber lo que le acontecia y transido de terror.

Dominóse sin embargo, durante su tránsito hasta palacio, y encontrando en él al rey en la magnífica sala de las dos Hermanas, le habló pomposamente del sábio Abu-Jacub, le encareció las maravillas de la transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey quedó solo dijo profundamente pensativo:

—Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satanás anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces se aposenta en ellos y se hace visible.

¿Será ese astrólogo Satanás?