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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 39: VI.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

¿Y si es, qué quiere?

¿No soy un rey temeroso de Dios?


VI.

Abul-Walid fué á visitar aquella noche al viejo astrólogo que de una manera tan estraña, y sin pedirle licencia, se habia aposentado en la mejor cámara de la torre de la puerta de su castillo real, y que tan á su gusto habia transformado el interior de aquella cámara.

Abu-Jacub-Al-Hakem habia prometido en una y otra entrevista al rey levantarle figura y descifrarle su horóscopo: pero con el pretesto de que las conjunciones planetarias no eran propicias, alegando otras veces escusas plausibles, el rey no habia logrado saber ni una sola palabra acerca de su destino por boca de Abu-Jacub.

Pero cuando se vió afligido por la ardiente vision, que tentadora y misteriosa se habia repetido para él siete noches consecutivas, el rey, no pudiendo resistir mas, se trasladó una noche á la torre de las Siete bóvedas, y se entró resueltamente en la vivienda de Abu-Jacub.

—Sé á lo que vienes, dijo este.

—Pues bien, puesto que te he honrado en mi córte, que todos te reverencian y que te llamas mi astrólogo, descíframe mi sueño.

—Ese sueño es una tentacion, rey Abul-Walid; una tentacion que pone á prueba tu nobleza y tu caridad.

—No te comprendo.

—Vas á comprenderme.

Y el sabio abrió uno de los ajimeces.

—Ven acá, dijo al rey.

El rey fué al ajimez.

—Mira hácia el poniente.

—Nada veo, es la noche muy oscura.

Abu-Jacub tocó los ojos del rey.

—Vuelve á mirar, dijo.

—Veo las fronteras de mi reino y la villa fronteriza de Martos.

—Mira aun.

—Veo una casa de solar cristiana: sobre su puerta, en un blason, hay una cruz roja.

—¿No has visto una cruz roja en tu sueño?

—Sí.

—¿Y no crees que esa cruz roja que se vé sobre el blason de la casa del corregidor Sancho de Arias tiene relacion con tu sueño?

—Sí; ¿pero qué quiere decir esa cruz?

—Esa cruz quiere decir que una cristiana causará tu muerte, poderoso rey Abul-Walid.

—¿Es acaso esa cristiana la doncella que yo he visto en sueños?

—Sí.

—Quiero verla.

—Vas á verla en una ocasion solemne: mira.

El rey miró.

—Veo un ancho dormitorio: en aquel dormitorio un enorme lecho; en aquel lecho un caballero anciano, con la cabeza cubierta por un vendaje sangriento, y espirante.

A un lado del lecho hay un faqui cristiano leyendo en una Biblia; al otro lado una muger sencillamente vestida, vuelta de espaldas, que parece orar y tener asidas las manos del herido.

—No veo á la muger de mi sueño; dijo el rey.

—Si por cierto: es esa que está vuelta de espaldas; como se encuentra replegada sobre el lecho no puedes admirar su gentileza; pero tiempo tendrás de verla.

—¿Y qué significa lo que allí sucede?

—Significa que el buen corregidor Sancho de Arias muere á consecuencia de heridas.

—¡Heridas!

—Sí, heridas recibidas hace tres dias en las fronteras de tu reino.

—No tengo noticia de ningun encuentro con los cristianos.

—Tu alcaide de Loja, que intentó una algara sobre la frontera, ha sido vencido, y como prudente no te ha dado noticia de su desastre: ha dejado sobre la frontera cristiana la flor de sus caballeros muertos á manos de los vecinos de Martos, á quienes acaudillaba su corregidor; pero el desdichado no gozó el triunfo; recibió algunos hachazos en la cabeza de manos del tremendo Alí-Athar, tu alcaide en Loja, y hélo ahí espirante. Escucha lo que se habla en esa habitacion.

—Nada oigo; dijo el rey: la vega y las montañas están envueltas en el mas profundo silencio.

Tocó Abu-Jacub los oidos del rey y repitió:

—Escucha.

—Oigo al faqui cristiano rezar en rumy[79]; oigo el sobrealiento y la fatiga del herido que está dominado por un letargo.

—Escucha aun.

—La muger llora.

—Y el herido despierta y parece que cobra aliento, como si le ayudára la mano de Dios.

El rey siguió escuchando.

Hé aquí lo que el rey oyó:

—Padre, dijo el herido: sé que voy á morir, y que necesito de vuestro auxilio y de vuestra presencia: pero veo á mi lado á mi hija; siento su mano sobre mis manos, y recuerdo que antes de morir necesito confiarla un importante secreto, que solo sabe Dios... y yo; y que solo ella debe saber. Dejadnos solos, padre mio, que cuando haya concluido con este último deber que me prescribe mi conciencia, volveré á ampararme de vos.

El fraile salió.

Quedaron solos el anciano que moria, y la jóven que de verle morir lloraba.

VII.

—Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.

Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su semblante.

—¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de amores: esclamó el rey.

—Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.

—Tienes quince años, María, dijo el moribundo.

—Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en tan miserable estado.

—Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he tenido caridad hasta para con mis enemigos.

—¡Yo, señor!...

—Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.

—¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.

—Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.

—¡Ah! ¡señor!

—La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas. Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia, acudí á su llamamiento.

Apenas habia llegado á las puertas de Jaen, cuando la campana del castillo fronterizo de la Guardia empezó á tocar apresuradamente á rebato.

Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, llegó un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al verle se heló. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la frontera en número formidable, habian embestido la villa y el castillo, y los habian entrado á sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron degollados.

A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los lugares cercanos, corrieron á las armas, juntóse un escuadron de infantería con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos desalados en socorro de Alcaudete.

Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego, habian degollado á los hombres y á las mugeres viejas, y se habian llevado cautivas á las mugeres jóvenes y á las niñas.

Cuando yo entré en el castillo, lo primero que encontré fué el cadáver de mi esposa: mas allá mis dos hijas abrazadas y muertas al pié del muro debajo de una ventana: segun las señales, las desgraciadas se habian arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mártires á la deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.

El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lúgubre, pero de una manera terrible, sin derramar una sola lágrima.

El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bóvedas, avanzado al ajimez, pálido, anhelante, con los ojos inmóviles, presenciaba aquella escena que pasaba tan lejos de él, de la misma manera que si hubiera estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia aquella revelacion á la misteriosa virgen de sus sueños, y lo oia y lo veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.

—Yo juré, continuó el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acometí en continuas correrías las fronteras del reino de Granada; asalté aldeas, las puse á sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.

Una noche... una noche lóbrega y terrible, pasé la frontera y me acerqué por atajos y trochas á la villa de Yllora.

En su castillo habia fiesta: un príncipe moro habia ido á aquel pueblo á gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y á recobrar la salud quebrantada: le divertian con una zambra.

Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza en que se encerraban centenares de hombres llevados por el príncipe infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos fronteros arrimaron en silencio sus escalas á los muros, y treparon y saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.

Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de combate y ayes de agonía. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre sí todo el ejército de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes nos cebamos en su alcance. Fué una buena carnicería de infieles, que llenó de luto á Granada, y la presa magnífica; porque el príncipe moro habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas y en dinero. Pero el principal tesoro que encontré, fuiste tú, María.

—¡Yo! esclamó la jóven.

—Sí; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos retirábamos, al pasar por delante de una cámara, oí el triste llanto de un niño abandonado.

Entré. En una magnífica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, ví una niña que al acercarme yo me tendió sus bracitos.

Y ¿qué daño ha hecho á nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita Dios que yo tiña mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al cielo.

Y te tomé en mis brazos y te llevé sobre el caparazon de mi caballo á Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste María en ofrenda á la santa Vírgen, y te adopté por hija, y pensando yo en que algun dia serias muger, y amarias...

—¡Ah, señor!

—Sí; que amarias... y has amado; amas.

—Es verdad.

—Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á Gonzalo Nuñez.

—Es verdad, dijo María ruborizándose.

Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles, vengativos, llenaron su alma.

—¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!

—Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío Abu-Jacub.

—Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.

Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio: él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.

—Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.

—¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un oficio para poder casarse conmigo.

—Si él es pobre, tú eres rica, María.

—¡Rica yo!

—Sí; ya te he dicho que cuando te adopté pensé en que un dia serias muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una buena dote: pensando en esto, guardé para tí un tesoro que encontré en la habitacion donde habias quedado abandonada.

—¡Un tesoro!

—Sí; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada. Encontrarás una bolsa.

—Héla aquí: dijo María sacando de debajo de la almohada una bolsa de seda á manera de saco, cerrada por dos cordones.

—Abre la bolsa y toma una llave que encontrarás en ella.

María sacó de la bolsa una pequeña llave.

—Abre ahora aquel armario, dijo el anciano señalándola uno que habia al fondo de la alcoba.

La jóven se levantó, fué al armario y le abrió.

—Está vacío: dijo.

—No importa, tira hácia tí de la primera tabla; sácala.

María desencajó la tabla.

—Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. ¿Qué ves?

La jóven miró con cuidado.

—Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de él un agujero.

—Mete la misma llave del armario y tira.

María tiró.

—Saca lo que encuentres dentro.

María metió la mano en el cajon, y encontró otra bolsa de seda pero mas grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadísima con relacion á su volúmen.

Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido á ella estaban escritas estas palabras. «Dote de María.»

Además la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.

—Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.

Abrió la bolsa María, metió la mano, encontró un objeto, y le sacó.

Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes y rubíes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de oro, cubierta de diamantes.

—¡Oh, Dios mio! dijo la jóven, ¿y habeis pasado estrecheces, señor, teniendo esta rica joya?

—Era parte de tu dote, pero aun queda mas.

La jóven metió la mano y sacó dos magníficos brazaletes, cincelados, esmaltados, cuajados de pedrería, que estaban unidos el uno al otro por una cinta de seda.

María miró sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella habia mirado el collar y las puso junto á este á los pies del lecho del moribundo.

Volvió á meter la mano y sacó dos arracadas tan ricas y tan maravillosas como el collar y los brazaletes; sucesivamente sacó veinticinco sortijas de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceñidor de oro, perlas, diamantes y rubíes.

El aderezo completo por último de una mora riquísima, de una sultana.

Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias brillaban, relucian, arrojaban destellos fúlgidos al recibir la móvil luz de la lámpara que alumbraba el dormitorio.

—Como ya te he dicho, continuó el moribundo, esas joyas las encontré en la misma habitacion en que tú estabas, en una arca en que habia ropas de muger, que no tomé por embarazosas. Su valor me maravilló; pero lo que me maravilló mas, fué el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del collar. ¿Qué muger podia haber llevado aquella alhaja? Sábelo Dios; pudo ser tú madre.

—¡Mi madre!

—Dios lo sabe.

—¿Pero no sabeis quienes fueron mis padres?

—Por la habitacion en que te encontré, por la cuna en que estabas, por los amuletos que te cubrian á la usanza mora, juzgué que debias ser hija de aquel príncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis fronteros... Pero despues nada supe. ¿Y qué te importa? vale mas que pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese príncipe, rico y poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardará la tumba. Guárdale tú si no es que quieres, cediendo á la soberbia humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas que ese grande, como infiel, esté desheredado del cielo.

—¡Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...

—Servirán para asegurar el pan á tus hijos si te casas con Gonzalo Nuñez.

—¡Gonzalo Nuñez! sabe Dios lo que habrá sido de él. Hace un año, padre, que se despidió de mí: he recibido una sola carta suya allá desde la frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he vuelto á tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser mi esposo.

—¡Muerto! ¿quién sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno, como muero yo.

—¡Oh, Dios mio! ¡si eso fuera cierto!..

—Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse. Eres jóven, hermosa y rica, y no te faltaría un nuevo amor.

—Pero yo no puedo, yo no debo amar á otro mas que á él.

—¡Que no debes!... ¿acaso, María, has sido débil? ¿acaso has olvidado lo que no debe olvidar jamás una doncella honrada?

—¡Ah! ¡no, no, padre mio! repuso la jóven poniéndose densamente encendida. Vuestra hija no ha olvidado jamás lo que debe á vuestra honra, ni él jamás ha pretendido de mí nada deshonroso.

Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respiró recio como aquel que se vé libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron silencio el moribundo y la jóven, dijo á Abu-Jacub sin apartar la vista de aquel remoto dormitorio de Martos.

—Amor de niños; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.

—No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un momento la vista de María y de Sancho de Arias y fíjala en el camino de Castilla, á la frontera, cerca de Martos.

—Está la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.

—Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.

Entonces el rey, á pesar de la oscuridad, vió un largo y estrecho camino y galopando por él, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas, caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.

—¿Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia á avisar á María de que su amante vive?

—Mas que eso: el que cabalga delante con arnés tranzado y espuela de caballero, es el mismo Gonzalo Nuñez; el que cabalga detrás, su escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de María vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon, honrado por sus hazañas y rico por las presas que ha hecho á los moros de Murcia. Síguelos, y verás cómo sin vacilar entran en la villa, cómo antes de ir á su propia casa Gonzalo Nuñez llega á la casa del corregidor Sancho de Arias y llama á grandes aldabadas; María le abre, un escudero le dice que su amo está espirando, y el jóven á pesar de lo embarazoso y pesado de la armadura, sube á saltos las escaleras, cruza y atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su amada.

Escucha ahora y mira.

—¿Qué es esto, señor? dijo Gonzalo Nuñez levantándose la visera: ¿cómo os encuentro así?... ¿pero Dios no querrá?...

—Dios lo quiere, y llegais muy á tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida se me acaba y mi hija va á quedar huerfana.

—No lo será mientras yo viva, señor.

—Sí, vos sereis su esposo.

—¡Cómo, señor! ¿sabeis?

—Lo sé todo; sé que por su amor habeis ido á buscar fortuna á cambio de vuestra vida.

—Y la he encontrado, señor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que vos habeis realizado de que María fuese mi esposa.

—Sí; hijos mios, sí, y escuchad: casaos inmediatamente.

—¡Cómo! dijo María mientras Gonzalo guardaba un silencio de asentimiento egoista; ¿caliente aun vuestro cadáver?...

—Lleva por mí tu luto en el corazon, no en los vestidos, María; no esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el que pase un año despues de mi muerte. Únete á él, y para que tengas una obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.

Los jóvenes se acercaron y el anciano asió sus manos y las unió.

Entonces los dos jóvenes cayeron de rodillas.

—Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida y cada vez mas débil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas muerto yo... ¿pero á qué esperar mi muerte?.. ¿no hay en la casa un sacerdote?...

Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase á la tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia sostenido, le atacó una tos violenta, se le abrieron las heridas, y arrojó un vómito de sangre: tras el vómito vino la muerte.

—¿A qué quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa? dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el fondo oscuro de la noche.

—Pero se casará la vírgen de mis sueños con ese cristiano? dijo pálido y convulso Abul-Walid.

—No, si tú quieres, dijo el mago: pero para evitarlo será necesario que levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.

—Caeré, caeré, gritó Abul-Walid, y la doncella de la frente pálida no será de otro que será mia.

Y arrojando su bolsa al mago, salió de su morada y se precipitó rápidamente por las escaleras de la torre.

—Vé, vé, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el mago: eres mio: vas á buscar tu condenacion en esa muger.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Incitado, pues, por el amor de María, y con el pretesto de hacer una algara en las fronteras cristianas, salió el rey Abul-Walid por la Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y rodeado de sus caballeros.

VIII.

¡Qué hermosa está una virgen cuando se atavia para sus bodas!

¡Qué bello sobre su frente de azucena, el encendido color del clavel, que enciende un enamorado y misterioso pensamiento!

¡Oh! ¡y cuán hermosa estaba María!

Han pasado tres dias desde la muerte de Sancho de Arias, y el dolor que esta muerte la ha causado, dá á sus ojos, á sus megillas, á su boca, una dulce languidez que la hace mas hermosa.

La impaciencia de Gonzalo ha triunfado, ayudada por el último deseo de su padre, y acaso tal vez por una impaciencia de que ella no quiere darse cuenta.

Se está engalanando: se está poniendo sobre sus galas las magníficas joyas que habia guardado para ella Sancho de Arias.

Los espera el altar: despues caerá sumisa y enamorada entre los brazos de su esposo, y al dia siguiente guardará aquellas joyas y aquellas galas para vestirse un luto justo.

Pero la vírgen no debe ir al altar enlutada: seria un casamiento demasiado lúgubre, al que pareceria asistir como un testigo invisible la muerte.

Una anciana, que la ha servido de nodriza, la engalana llorando.

Porque la esperiencia fria dice á la anciana que cuando una muger se casa, entra en una nueva via á cuyo fin puede encontrar el mayor de los infortunios.

El infortunio del corazon.

Nadie mas asiste al atavío de la hermosa.

Sus cabellos destrenzados, sus hombros y su seno desnudos, no la obligan á avergonzarse, porque quien la vé es casi su madre: ha visto nacer aquellos encantos; nada hay en María que la sea ageno: la cree su hechura, y la jóven no cree que la ven los ojos de otro, porque los ojos de la anciana son como si fueran sus ojos.

Y sin embargo, hay una espresion de orgullo en los ojos de la nodriza, y,

—¿Qué hermosa eres? esclama: ¿dichoso el hombre para quien Dios te ha criado? ¡Oh! ¿qué feliz será?

Y la jóven se sonrie y se ruboriza.

Y entre tanto el hombre que vá á ser feliz, espera impaciente en otra habitacion, rodeado de sus deudos y de sus amigos, á que la desposada acabe de ataviarse, y cuenta el tiempo por los latidos de su corazon, y en cada ruido que llega hasta él, cree percibir el ruido de los pasos de su amada.

Hace un hermoso dia: Dios le bendiga.

El sol ha amanecido mas puro que nunca.

Parece que el sol ama tambien y toma parte en las bodas.

La campana de la iglesia llama á la oracion.

Los pájaros cantan en el huerto.

Las brisas de la mañana agitan con blando ruido las enredaderas del balcon.

¡Oh! ¿qué dia tan hermoso?

Y las jóvenes que van á la iglesia á oir la primera misa, dicen con acento de enamorada codicia á su vecina:

—Hoy se casa María, la hija del difunto corregidor.

—¿Con quién se casa? dice una vieja.

—Con el hijo de Nuño Nuñez, con Gonzalo.

—¡Oh! ¡bendígalos Dios! dice la vieja: ¡tal para cual!

Y la noticia cunde por la villa, y hay quien deja el trabajo por ver casarse á la doncella mas hermosa de la frontera, con el galan que en toda la frontera se conoce por mas gentil y mas bravo.

Y hay quien añade:

—El difunto corregidor no ha querido que le entierren hasta que esté casada su hija con Gonzalo Nuñez.

Y otro dice:

—Y ha querido que su hija vaya hecha un ascua de oro, con ciertas alhajas que él allá en otro tiempo tomó á los moros. Ya vereis, ya vereis como María viene hecha una imágen.

La iglesia se va llenando de gente: y los monaguillos suben á la torre, para repicar cuando asomen los novios allá por lo último de la calle Real, y el sacristan saca el terno mas lujoso para el señor beneficiado, y luego cubre de blandones el altar mayor, y manda avisar al organista.

Porque el señor Gonzalo Nuñez ha vuelto rico de la guerra, y quiere casarse como un rey, con música y luces, y la iglesia colgada de damasco rojo con espejuelos.

Y cada vez van acudiendo mas muchachas engalanadas, y la iglesia se llena y todos esperan.

Y el rey Abul-Walid-Abu-Said, desgarra entre tanto los hijares de su corcel, y blande la lanza de dos hierros, y mira ansioso el camino adelante, y tras él van sus moros de Granada, sus moros, que cubren el camino como una larga serpiente herizada de lanzas, y que corren, corren, vuelan como el semoum, detrás de su rey que cabalga el delantero, y de su estandarte real, que ondea junto al pendoncillo de la lanza del rey.

—Y ¡corre, corre que el sol sube! grita Abul-Walid á su caballo; ¡corre que tocan á fiesta las campanas de Martos, y ese toque me espanta! ¡corre, Lucero mio, y te regalaré un pretal de oro, y te coronaré de garzotas de diamantes! ¡corre, Lucero mio, corre, que me roba el cristiano la vírgen de la frente pálida!

Y cada moro dice á su caballo:

—¡Corre, corre, que el rey vuela! ¡corre, que allí están la doncellas cristianas y la rica presa, y los cautivos que se truecan por oro! ¡corre, corcel mio, corre, que el rey vuela, y allí en la cercana villa, están el amor y la fortuna!

Y pasan como un torbellino y zumban como el huracan, y los labriegos al verlos acercarse huyen despavoridos hácia los muros gritando:

—¡Los moros! ¡al arma la tierra! ¡los moros de Granada vienen en busca de nuestras mugeres y de nuestra plata!

Y allá van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente que le sigue.

Y las campanas de la villa siguen repicando.

Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la mañana.

Y los pájaros cantando en las arboledas.

Y entre tanto por la calle Real de la villa, hácia la plaza, vá María, hermosa y resplandeciente, modesta y pálida, los ojos en el suelo, agitado el seno, pensando á un tiempo en su amor y en su padre muerto, y en aquel otro padre moro á quien no conoce, y en las alhajas que la adornan cree sentir el espíritu de su madre.

Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo en tiempo dos lágrimas tranquilas por sus megillas.

Y la rodean dueñas y doncellas, y se asoman á las ventanas para mirarla, y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.

Y las mugeres miran con envidia al novio, y á María y á sus alhajas.

Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en el novio que vá tras de María, con los ojos fijos en ella, al lado de su padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.

Ya llegan á la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.

Y empieza la misa.

Todos callan: todos están de rodillas.

Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el órgano que le acompaña.

Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone á la voz del beneficiado y á la del órgano.

Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y luego otro y otro.

Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden, todos quieren huir á un tiempo.

Porque aquel trueno, seco, rápido, poderoso, es la voz de las máquinas de esterminio[80].

Los hombres corren á las armas; las mugeres van estremecidas de espanto en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jóvenes siguen á sus madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador y el ladrido de los perros.

La fiesta se ha trocado en combate.

Los fronteros de Martos, á medio armar, sorprendidos, pelean en las calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan, que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada puede contener.

Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de las ballestas.

Oyése el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va á abollar las jacarillas templadas con las aguas del Genil.

Algunos vecinos pretenden atajar el paso á los moros, pero Abul-Walid rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojándolos muertos á ambos lados de su paso; como el javalí se abre una senda por medio de la maleza que rompe con sus colmillos.

—¡Y pisa, pisa á esos perros! gritó Abul-Walid á su caballo: ¡avanza, Lucero mio, avanza; báñate en sangre hasta las cinchas, que yo te regalaré un pretal de oro, y coronaré tu cabeza con garzotas de diamantes! ¡Avanza, Lucero mio, avanza! ¡holla á esos perros! ¡la vírgen de mis sueños dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre los cristianos las sombras de la muerte!

Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y feroz, y salta sobre los cadáveres y lleva á su real ginete allí donde los fronteros están mas apiñados.

Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la mirada sangrienta é impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra y gritando sin cesar á su caballo:

—¡Písalos, Lucero mio, písalos: y yo te honraré poniendo sobre tu espalda la hermosa vírgen de las crenchas de oro!

Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el combate.

Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles de la villa.

Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles rojos para que no los manche la sangre.

¿Pero quién es aquel otro ginete que por la otra parte de la villa avanza llevando tras sí una taifa de caballeros abencerrajes entre los cuales ondea un estandarte verde?

Monta en una yegua blanca como la aurora; ciñe lucientes armas, y sobre su casco ondean plumas azules y encarnadas.

Y hermoso, y jóven, y valiente, y fiero.

Brilla en sus ojos algo de régio que impone respeto, y algo de sombrío que espanta.

Su semblante es dorado como el sol, y su rizada y negra barba, remeda sortijas de ébano.

Es Mohammet-ebn-Ismail, infante de Granada, primo del rey, hijo del walí de Algeciras.

Bien se conoce en su semblante y en sus proezas la autoridad de su persona, y en la bravura con que hiende por los cristianos lo guerrero de su raza.

Es muy jóven, y sin embargo ya ha ceñido muchas veces la sangrienta corona de la victoria, y acompaña en esta ocasion al rey de Granada, porque un caballero que tanto vale no puede quedarse en la ciudad adormido al son regalado de las zambras, mientras su rey oye el alarido de la pelea.

Pero Mohammet solo busca nuevos triunfos, mientras el rey amores: Mohammet grita mientras el rey invoca á la vírgen de sus sueños.—¡Solo Dios es vencedor!

Y Dios fortalece su brazo, y le convierte en un rayo que destruye cuanto toca.

¡Ay de los fronteros de Martos!

Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de los moros vencedores.

Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos implacable.

Solo quedan en Martos niños y mugeres.

Mugeres y niños que los moros sacan cautivos á vuelta de la presa.

Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos sagrados, van á amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.

Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para hacer el reparto.

Nadie hay que resista ya.

Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.

Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa dá salida á la muerte.

Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.

El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en mano hácia la puerta.

Otro jóven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes, Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto á él.

Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.

Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye á su derecha un grito de muerte.

El bravo Aben-Osmin ha caido á su lado atravesado el pecho por una vira.

Y al verle caer, el infante gritó á los suyos:

—Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni niño.

Y se lanza hambriento de venganza en la casa.

¿Pero qué le detiene de repente?

Ha entrado en una gran sala.

Aquella sala está colgada de negro.

En medio de ocho blandones hay un cadáver.

El cadáver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y á cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.

Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado á la par con él, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan de una hermosísima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya hermosura aumenta el terror que lucha débilmente con los esclavos, y sobre la cual se levantan los corvos alfanges.

Y un grito de horror del infante detiene á los esclavos y el infante llega y mira á la doncella.

Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella niña.

Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin á la hermosa asiéndola dulcemente una mano.

—No tiembles gacela de oro, flor de la humbría, lucero de la tarde, sol de la hermosura.

No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.

No para ser cautiva sino señora.

Yo entré aquí libre y bravo, y héme cobarde y cautivo.

Yo vivia y muero.

Yo veía y he cegado.

No tiembles gacela de oro, rocío del alba, luz de los cielos.

Quien tú has muerto te dá vida.

Quien te ha cautivado te hace señora.

Aunque el moro sabe el habla castellana, trasportado por su amor la habla en árabe.

Que cuando amamos, cuando queremos comunicar todo nuestro amor al alma que nos lo inspira, no encontramos otro lenguaje mas elocuente que el dulce lenguaje de la patria.

La doncella solo comprende que el jóven príncipe la enamora, porque el acento del amor se hace entender á todas las gentes, se ruboriza, palidece, baja los ojos y prorrumpe en llanto.

Entonces el infante mas repuesto habla en castellano.

—¿Por qué lloras? la dice, ¿acaso has perdido á tu madre?

—¡Mi padre ha muerto! dice María, señalando el cadáver de Sancho de Arias, ¡mi padre ha muerto!

—Yo honraré su cadáver, y le seguirán arrastrando los pendoncillos de sus lanzas por el polvo en señal de luto mis caballeros abencerrajes.

—¡Mi esposo ha debido morir tambien! El uno ayer, el otro hoy ¡oh! ¡que os maldiga Dios!

—¡Tu esposo! ¡amabas á un hombre!

—Y le amo, esclamó llorando María.

El infante se pone pálido y luego dominándose dice apartando á un lado á María.

—¿Estás segura que tu esposo ha muerto?

—Sí, porque me tienes en tu poder y no le veo, contesta María.

—¿Estaba contigo aquí en esta casa?

—Sí.

—Escucha, amor de los cielos; oyéme y no me mires como á un enemigo. No sé por qué te amo, te amo como si fueras alma de mi alma, y no tengo celos de ese hombre á quien amas. Escúchame, sultana de las huríes; por enjugar tu llanto, daria yo mi nombre y mis riquezas, y mis victorias y mis frondosos cármenes del Darro, y mi castillo de Al-Padul; y mi libertad y mi vida. Escúchame: buscaremos á tu esposo, le buscaremos, y si vive yo le protegeré á todo mi poder, y si está herido yo haré que mi sábio médico le cure, y si ha muerto... ¡oh! ¡que haré yo para secar tu llanto, luz de mis ojos, hermana mia!

—¡Oh! ¿es verdad lo que decís, señor? esclama María no acertando á comprender en un moro á quien mira con ódio tanta generosidad.

—¡Que si es verdad! mentira sea la luz del sol y el azul de los cielos y quede mi alma en tinieblas si te engaño. ¿Y á qué habia yo de engañarte, lucero de mi vida? ¿No te tengo en mi poder? ¿quién podria defenderte de mí, si yo mismo no te defendiese?

—¡Oh! ¡señor! ¡Dios os bendiga! dice María arrojándose á sus pies.

—Escucha: la contesta alzándola el infante; eres muy hermosa, y si el rey te vé podrá codiciarte. ¡Ay entonces del rey! ¡ay entonces de mí! las joyas que te engalanan traerian sobre tí todas las miradas, dame esas joyas sultana; yo te las guardaré, y te las daré dobladas; si son de tu madre yo te daré la mitad de las joyas de la mia. Pero pronto, que se oyen los atabales; dame esas joyas, envuélvete en tu velo y sígueme.

María se quita una tras otra las joyas y las entrega al infante Mohammet que las guarda en su escarcela, luego se cubre con su velo y el infante la ase de la mano y dice á sus esclavos:

—Quedaos aquí y guardad ese honrado cadáver que duerme el sueño de los valientes bajo los trofeos de la victoria. Que nadie se atreva á insultarle. Sígueme sultana, es necesario ponerte cuanto antes en salvo, entre mis ginetes. Yo te rodearé de lanzas como de un muro, y mi caballo de batalla se convertirá en cordero del amor.

—¡Y mi esposo! dice acreciendo en llanto María.

—¡Oh! ¡es verdad! ¿decias que estaba en esta casa?

—Sí.

—¿Que la defendia?

—Sí.

—¡Oh! ¡quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las palabras lastimen el corazon de María.

Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadáveres que vuelven los esclavos.

Y—¡Ese era su padre! ¡ese era su hermano! ¡ese era su amigo! esclama á cada uno que vé, anegada en lágrimas María.

Pero de repente, en el zaguan la infeliz á la vista de un caballero ensangrentado é inerte, dá un grito horrible.

—¡El es! esclama.

Y cae desvanecida entre los brazos del infante.

—¡Ese! ¡ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al mismo tiempo Ebn-Ismail. ¡El! ¡el matador de mi amigo, de mi hermano Aben-Osmin! ¡El! ¡á quien en venganza de la sangre de mi hermano de guerra, abrí yo las puertas de la muerte con mi hacha!

Y es verdad: Gonzalo Nuñez tiene la cabeza herida de un hachazo.

—¡Oh! ¡el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. Sí, le conozco bien á pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fué el primero á quien encontramos cuando se abrió la puerta. Y si no ha muerto, ¿he de salvar yo á este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y caritativos en nombre de Dios Altísimo y misericordioso, y que él tenga compasion de nuestra alma, añade arrojando una mirada de amor desesperado á María.

—Que venga al punto mi sabio médico Ayub, añade: buscadle: él me sigue siempre en el combate.

Y—Aquí estoy, noble señor, responde un anciano de luenga barba blanca, vestido sencillamente con una túnica parda, y ceñida la cabeza con una toca blanca.

—¿Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.

—Sí, si señor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivirá á la herida.

—¡La ciencia es hija de Dios! ¡Ayub: alienta esa vida! ¡aliéntala como si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamaré mi padre! Partamos de aquí antes que el tumulto crezca: partamos á mi castillo de Al-Padul antes que sobrevenga el rey. Ocultémosla á sus ojos. Salvémosla para su amor.

Y dejando momentáneamente á María en brazos de un wazir de sus abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos esclavos, y luego toma sobre el arzon á María, y parte rodeado de sus caballeros.

Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le detienen.

—Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclamó con altivez. Paso esclavos.

Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le contestan:

—El rey manda que ninguna muger salga de los reales.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y Abal-Walid, ébrio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra, busca entre tanto por todas partes de la villa á María; levanta los velos de todas las mugeres, y las entrega irritado á su soldadesca: entra y sale en las casas hasta en las que están arruinadas; hace revolver las ruínas y nada halla; pasan las horas y crece la desesperacion y la cólera del rey, y al fin llega la tarde sin haber encontrado á María.

Y cuando el sol estaba próximo á ponerse, cuando ya desesperado iba levantar el campo, un esclavo le dice:

—Tú buscas, señor, á una hermosa cautiva.

Y el rey le responde:

—Sí: ¿la conoces tú?

—Hé visto una hermosísima cristiana, entre las gentes del infante Ebn-Ismail.

—¿Tiene los cabellos rubios?

—Como el oro.

—¿Y la frente blanca?

—Como el alba.

—¿Y los ojos negros?

—Como la noche.

—¿Y dices que esa doncella está en poder del infante Ebn-Ismail?

—Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnífico sultan.

El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].

Y entonces vé, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero ismaelita adelanta llevando de la mano á una cristiana á un cercano bosque, y el rey, apartándose bruscamente de los suyos, aprieta los acicates á su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque, descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un perro, se pierde solo en la espesura.

IX.

Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y María se dirigen al bosque.

Ella vá enteramente cubierta con el velo, y bajo él corren las lágrimas y se oyen sollozos ahogados.

—No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el corazon: no sé por qué te amo como amaba á mi madre: no llores, el hombre á quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvértele; y tu padre, sus nobles restos, serán respetados y honrados.

María continúa sollozando.

—Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habrá ocultado del rey que podria cegar ante tu hermosura: ¡ay del rey si pretendiera hacerte su esclava! pero no temas; tú y yo y algunos de los mios esperaremos aquí ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondré en salvo.

Y María continúa callando.

—Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la Azubia, un hermoso y retirado palacio: allí hay hermosos jardines, frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarán á las miradas de todos, y ni el sol te verá, si no quieres que el sol te vea. ¿Por qué lloras, pues, hermana mia? ¿pretendo yo ser tu tirano?

—¡Mi padre! ¡mi esposo! esclama la infeliz María, acreciendo en sus lágrimas.

—Tu padre está en el lugar que el Altísimo concede á los honrados y á los valientes: tu esposo... ¿sabes tú si algun dia le encontrarás?

—¡Oh! ¡pluguiera á Dios, para que se secáran mis lágrimas! dice María.

De repente el infante se detiene y pone mano á su espada.

Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y adelanta como un tigre hambriento hácia el infante y hácia María.

—¿Por qué te detienes? dice esta al infante.

—¡El rey! murmura el infante con voz estremecida por la cólera.

—¡El rey! repite María, y sin saber por qué se estremece y tiembla.

X.

—¡Guárdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercándose. ¿A dónde llevas á esa cristiana?

—Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado mucha sangre de mis escuadrones, y la pérdida de mi amigo Aben-Osmin, que se cuenta entre los mártires de la victoria. ¿Acaso pretendes, señor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?

María calla y tiembla.

—¡Mio es el quinto de las presas! esclamó con voz temblorosa el rey: ¡mia la potestad de elegir entre la presa lo que mejor quiera! ¡Yo soy el señor y tú eres el esclavo! ¿Te atreverás á oponerte á mi voluntad?

—Tu siervo soy y lo confieso, dice Ebn-Ismail conteniéndose á duras penas, porque por el lado por donde habia venido el rey empezaban á asomar esclavos de su guardia africana: tu siervo soy; ¿pero no merecen mí valor y la sangre que por Dios y por tí he vertido en una y otra batalla, que me concedas esta esclava?

El rey entonces adelanta hácia María y la levanta de sobre el rostro el velo; y al verla tan hermosa, con el semblante cubierto de rubor, inclinado á la tierra, y temblando de espanto, la reconoce; su corazon se abrasa en un fuego impuro, y grita fuera de sí:

—¡Esta es mia!

—¡Tuya! esclama el infante en el colmo de su furor.

Pero los esclavos africanos llegan; el infante está solo; medita que una resistencia inútil solo servirá para privar á María de un defensor generoso, y contesta:

—Tuyo es, señor, cuanto es de tu siervo: llévate á la cristiana, y si en ello crees que hay un sacrificio por mi parte, sirva para aumentar en uno los sacrificios que por tí he hecho.

Y sin decir mas palabra se vuelve desesperado, se aleja dejando en poder del rey á María, llega á sus abencerrages, y,

—¡A caballo! les grita; ¡á caballo y á Granada!

Y el valiente escuadron de los abencerrages, plega las tiendas, cabalga y parte en silencio y á la carrera tras de su caudillo, que lleva un infierno en el alma.