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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 62: X.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

VI.

Pero á pesar del amor que el infante sentia hácia Walidé habia quedado fija en su memoria, y en su corazon, sin poderse esplicar con qué deseo, con qué afan vago y misterioso, el recuerdo de doña Catalina de Cardona.

Era muy hermosa esta dama: blanca y pálida, con hermosos cabellos rubios como el oro, con hermosos ojos negros como el ébano y lucientes como el carbunclo, y magestuosa y gentil, y esbelta á maravilla: era muy jóven y su frente resplandecia de pureza.

Y el infante adelantaba hácia la cámara donde el rey de Aragon le esperaba, murmurando sin ser poderoso á otro pensamiento:

—¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!

Y sin embargo el amor que sentia por Walidé permanecia vivo, ardiente en su corazon.

Cuando entró á la presencia del rey, el infante dobló una rodilla.

—Poderoso sultan de Aragon, dijo: el esclarecido, el vencedor, el magnífico sultan de Granada y del Andalucía, mi señor, á tí me envia: pero antes de notificarte el objeto de mi embajada, quiero declararme vasallo tuyo, no embargante el vasallage que confieso al rey mi señor natural el noble sultan de Granada, y á rendirte pleito homenaje, por mis villas y castillos de la frontera de Murcia.

Maravilló al rey de Aragon el vasallaje de un infante moro á quien no conocia y con el cual nunca habia tenido amistad ni guerra, pero se lo agradeció, lo aceptó, mandó llamar á su canciller, solemnizóse el pleito homenaje, y el rey de Aragon le abrazó y le besó en la megilla, mandando escribir su nombre entre los de los grandes vasallos de sus reinos.

—¿Por qué me habrá rendido vasallaje este moro? dijo para sí Alonso IV, cuando Abd-el-Rahhaman salia de la cámara.

Y Abd-el-Rahhaman murmuraba saliendo:

—Solo me falta satisfacer la codicia del consejero favorito del rey cristiano: yo averiguaré quién este consejero sea: le daré cuanto oro sea necesario, y Walidé será mia.

Y á seguida murmuraba suspirando:

—¡Oh! ¡y cuán hermosa! ¡cuán hermosa es aquella cristiana!

VII.

Dijeron al infante que el favorito del rey de Aragon, era un noble caballero muy valiente y muy bravo, llamado Men Roger de Cardona.

El infante envió á Men Roger un caballo de Arabia, un arnés de Damasco, una lanza de dos hierros con pendoncillo de brocado, un rico capellar y una túnica de púrpura.

Men Roger recibió el presente creyendo que se trataba de que influyese con el rey de Aragon para el feliz éxito de las pretensiones del rey de Granada.

Men Roger, el soberbio rico-hombre de Aragon, convidó á comer al infante moro.

Al dia siguiente al sentarse á la mesa, vió junto á sí Abd-el-Rahhaman á la hermosísima cristiana que habia encontrado en el alcázar dos dias antes, y se turbó: ella se turbó tambien y bajó los ojos.

—Es mi hermana doña Catalina, dijo Men Roger al infante.

Y durante las cuatro horas que aquella comida duró, el infante habló de las magnificencias de la córte de Granada, y ponderó sus caballeros y sus damas, pero al ponderar á estas añadió:

—Y sin embargo, no he visto en Granada ni en todo su reino ni en las Alpujarras, ni en Murcia, ni en Almería, ni en Algeciras, mi patria, una dama tan hermosa como la que ví en el alcázar del rey cristiano la primera vez que entré en él.

Y doña Catalina al oir esto miró al moro, y el moro vió amor en la mirada de doña Catalina, y Men Roger no vió nada, porque estaba gravemente ocupado en trinchar un faisan.

Y al recibir la mirada de doña Catalina, dijo para sí el infante:

—¡Oh! ¡si yo no amase tanto á Walidé!

Y doña Catalina dijo tambien para sus adentros:

—¡Oh! ¡sino fuera moro este mancebo!

VIII.

Cuando concluyó la comida, doña Catalina se retiró y el baron catalan y el infante granadino quedaron solos.

Despues de hablar de varios asuntos, Abd-el-Rahhaman dijo á Men Roger:

—Tú eres valido del rey tu señor.

—El noble rey don Alonso conoce mi lealtad y la premia concediéndome su confianza, contestó el aragonés con cierta reserva porque no sabia á donde iba á parar el moro.

—¿De modo que si tú pidieras una gracia para mí al rey tu señor, para mí que desde ayer soy su vasallo?...

—¿Y qué gracia es esa?

—Una muger.

—¿Una vasalla del rey?

—Sí; mas que eso aun; una sierva.

—¿Para hacerla tu esposa?

—Sí.

—¿Y quién es?... ¡sierva del rey! ¡no puede ser noble!

—El rey puede concedérmela.

—Te prometo que si concedértela puede, te la concederá.

El infante estrechó la mano del baron catalan, y poco despues se separó de él.

IX.

Al dia siguiente se presentó Abd-el-Rahhaman con toda la ostentacion de su embajada al rey de Aragon.

Le precedian los presentes del rey de Granada.

Entre ellos iba Walidé maravillosamente vestida y cubierta con un velo de gasa que sin cubrir su hermosura la aumentaba, como una ligera nubecilla aumenta la belleza de la luna.

El infante adelantó con ella llevándola asida de la mano y la presentó al rey, levantando su velo con una mano y dando con la otra á Alfonso IV una cédula en pergamino, en que constaba la voluntad del rey de Granada respecto á su sobrina la infanta Walidé al presentarla al rey de Aragon.

Un interprete leyó aquel pergamino.

Al escuchar los caballeros de la córte de Alfonso IV, que estaban presentes, que el rey de Aragon podia dar en matrimonio, con su rico dote aquella muger, aquella niña de tan maravillosa hermosura, todas las miradas se fijaron con codicia en Walidé, especialmente la de Men Roger de Cardona.

Despues Abd-el-Rahhaman notificó al rey el objeto de su embajada.

Las treguas que el rey de Granada pedia, convenian tambien al de Aragon, y fueron concedidas y estipuladas sin dificultad. Cuando el tratado estuvo concluido, Abd-el-Rahhaman dijo á Alonso IV:

—Recordarás noble y poderoso rey que soy tu vasallo.

—Es cierto, dijo el rey de Aragon: hace tres dias me rendiste pleíto homenaje, y yo le recibí: ¿pero por qué me recuerdas eso?

—El rey de Granada al entregarte la infanta Walidé, ha sido con la condicion de que la tengas para tí, ó de que la dés por esposa á uno de tus vasallos. Ahora bien: ¿guardas tú para tí á la infanta?

—Yo no tengo ni tendré mas que una esposa, dijo el rey.

—Pues entonces, señor, replicó el infante, yo te pido por esposa á la infanta Walidé.

Y antes de que el rey pudiese contestar, Men Roger de Cardona adelantó pálido y trémulo hácia el dosel del rey y esclamó:

—Y yo la pido tambien á vuestra señoría, yo que soy rico-hombre de solar, y que he vertido mi sangre en cien batallas matando moros.

—¡Ah! ¡tú eres un perro traidor, sin fé y sin lealtad en sus palabras! dijo el infante á Men Roger.

—Pídeme mi hermana y te la daré, infante, dijo el baron catalan: pero yo pido al rey esa doncella.

—Y me la pides tú tambien infante de Granada, mi vasallo? dijo Alfonso IV.

—Sí, si señor, esclamó con toda su alma Abd-el-Rahhaman: es mi prima, la amo y ella me ama.

La incertidumbre hacia temblar á Men Roger.

—Yo os la concedo á los dos, dijo el rey: á tí canciller de mis reinos, valiente y leal vasallo mio, á tí infante de Granada mi noble vasallo.

—Pero señor, esclamó Abd-el-Rahhaman, la infanta no puede dividirse en dos: sobra pues uno.

—Dices bien, esclamó todo descompuesto Men Roger: sobra uno de los dos.

—Pues caballeros, dijo el rey, que Dios y San Jaime decidan vuestra contienda: dentro de tres dias en la Tela, en un palenque cerrado, obtendrá por premio de su victoria la infanta de Granada, cualquiera de los dos que venza.

Y el rey despidió á su córte, y Walidé se quedó en el alcázar del rey, y Abd-el-Rahhaman y Men Roger salieron cada cual por su lado, convertidos en los enemigos mas implacables del mundo.

X.

Pasaron los tres dias del plazo.

Fuera de los muros de Tarazona se habia levantado un palenque.

Aquel palenque era el campo cerrado donde las armas debian dirimir la contienda de dos hombres enamorados de una muger.

Aunque el plazo habia sido breve, la fama del duelo habia cundido; gran número de damas y caballeros de las ciudades y villas cercanas á Tarazona habian acudido á presenciar aquel raro litigio entre un cristiano y un moro, que debia sentenciarse por Dios y por San Jaime.

Desde muy temprano los estrados y las barreras estaban llenos de gente: en los primeros se veian hermosas damas, hidalgos, caballeros y mesnaderos, todos engalanados, todos impacientes porque llegase la hora del trance. En las barreras se agolpaba el popular ruidoso, que á cada momento crecia, y los ballesteros del rey guardaban aquellas barreras y aseguraban el palenque.

A un estremo de él estaba un tablado cubierto de hermosos tapices, y sobre aquel tablado dos doseles; el uno mas rico y mas bello que el otro.

Pero es de advertir que en el dosel menos rico estaban recamadas las armas de Aragon, y en el otro mas adornado, mas bello, se veia entre flores una aljaba, un arco y un cendal, armas del amor.

Al pie de estos dos doseles habia una larga gradería cubierta de almohadones rojos y alfombras á los pies, donde debian sentarse, en la primera grada las damas de la reina, en la segunda y tercera los oficiales de la casa del rey.

A la derecha de estos dos doseles, habia un estrado cubierto por paños rojos; aquel estrado debian ocuparle los jueces del campo, los heraldos, los farautes, los persevantes, los escuderos y demás oficiales de armas: á la izquierda se levantaba otro estrado cubierto de paños turquíes con estrellas de plata, donde debian presenciar el duelo los caballeros granadinos que habian venido acompañando en su embajada al infante Abd-el-Rahhaman.

Al otro estremo del palenque habia dos tiendas de las mejores que se habian visto en mucho tiempo, aunque diferentes entre sí: la una era cuadrada, de tafetan verde con galones de oro, y sembrada toda de un blason rojo con cuatro vástagos de oro, armas de la casa de Cardona, lo que demostraba que aquella tienda, en la cual habia guarda de hombres de armas con el mismo blason que se veia en la tienda al pecho, estaba destinada á Men Roger de Cardona, rico-hombre de Aragon y gran privado del rey Alonso IV.

La otra tienda era redonda y resplandecia por su tela de oro y seda recamada de ricas labores arabescas y rodeada de una alfombra de Persia: á su puerta habia, dando la guarda, esclavos negros con marlotas y capellares rojos y arneses dorados, lo que decia claro que aquella era la tienda del infante de Granada Abd-el-Rahhaman.

Y todo esto, los dos nobles doseles, los estrados, las graderías, las tiendas, la arena igualada y estendida dentro de las barreras, la multitud noble y plebeya que llenaba andamios, estrados y graderías: las galas de las damas, las empresas de los caballeros, el aspecto feróz de los ballesteros aragoneses, las brillantes armaduras de los hombres de armas y escuderos de Men Roger, y los ostentosos trages y las armaduras doradas de los esclavos del infante de Granada, ofrecian vivos matices, y brillantes destellos, y cien cambiantes de color y de luz, bajo el sol que salia por un horizonte azul y despejado.

XI.

Apenas habia asomado el sol en el oriente, como si aquella fuese una señal, oyóse fuera del palenque una ruidosa y alta trompetería, á cuyo sonido todos los que esperaban desde el amanecer rompieron en una aclamacion ruidosa.

La corte se acercaba.

Al fin se abrió una poterna y entraron cuatro reyes de armas á caballo, con sus estoques dorados en las manos.

Seguian detrás cuatro heraldos con sus dalmáticas de terciopelo rojo guarnecidas de oro, y con sus mazas al hombro.

Luego una turba de farautes, persevantes y escuderos, á caballo tambien, despues diez y seis trompeteros y otros tantos timbaleros, ginetes en caballos blancos, tocando á un tiempo sus instrumentos:

Luego el Condestable con la espada real, y junto á él el Alférez mayor con el estandarte de Aragon, y todos los oficiales de la casa del rey.

Luego en unas andas muy vistosas, cubiertas de paños de brocado y flores, y deslumbrantemente engalanadas, precedida de muchachas vestidas de blanco, que bailaban acompañándose de sus panderetas, rodeada de doncellas nobles de la reina, en hacancas blancas, llevada cada una de la rienda por un caballero, entró Walidé, confusa y ruborosa, suspendiendo á los hombres y haciendo morir de envidia á las mugeres con su hermosura.

Despues venian á caballo el rey y la reina, él en su corcel de batalla, ella en su blanco palafren; los rico-hombres, los pages, los escuderos, y por último un escuadron de hombres de armas.

Toda esta comitiva atravesó lentamente el palenque; cuando llegaron á la gradería del estrado donde estaban levantados los doseles, el mismo rey en persona descabalgó, fué á las andas en que era llevada la infanta Walidé, que bajó de ellas, y conducida de la mano por el rey, subió la gradería, y fué á ocupar el trono del amor en medio de los murmullos y de las aclamaciones que arrancaban á todos los presentes la hermosura y las resplandecientes galas de que iba cubierta Walidé.

Al pie del dosel se estendieron pages y doncellas, y cuando la infanta de Granada se hubo sentado, el rey bajó de nuevo la gradería, y llevó su esposa al trono, donde se sentó á su lado; los rico-hombres, los mesnaderos, los pages, se estendieron á los pies de la grada, donde estaban sentadas en almohadones las damas de la reina, los jueces del campo y los reyes de armas, y los demás oficiales ocuparon el tablado que les estaba destinado, y la comitiva mora del infante Abd-el-Rahhaman el suyo.

Entonces á una señal del rey don Alonso, el rey de armas Cataluña, á caballo, seguido de sus oficiales de armas y precedido de los trompeteros y timbaleros, dió una grida ó pregon en que manifestó á todos los circunstantes:

«Cómo el rey moro de Granada habia enviado al señor rey de Aragon una doncella mora, infanta de su casa, para que la casase con aquel de sus vasallos que mas le pluguiese.

»Otro sí: cómo habiendo venido por embajador del rey de Granada el noble infante, su primo, Abd-el-Rahhaman, el infante habia rendido pleito homenaje y vasallaje al señor rey de Aragon.

»Otro sí: cómo el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, y el noble, alto y poderoso señor Men Roger de Cardona, vasallos ambos del señor rey de Aragon, habian pedido á un tiempo á dicho señor rey les concediese por esposa la infanta Walidé, que se hallaba presente en el trono de la hermosura.

»Y finalmente, que el susodicho señor rey de Aragon habia ordenado que para no ofender á ninguno de los dos pretendientes, riñesen á la infanta Walidé, en palenque cerrado de poder á poder, en trance de muerte, si necesario fuese, ante Dios y el bienaventurado apóstol San Jaime.»

El rey de armas Cataluña repitió este pregon en los cuatro ángulos del palenque, y luego leyó los capítulos del combate.

Segun ellos se tendria por vencido:

«El que se saliere del palenque dejando en él á su contrario.

»El que cayere del corcel al suelo.

»El que pidiere suspension del duelo.

»El que usare de malas artes, prohibidas por las leyes de la caballería.

»El que hiriere de mala manera á su contrario.»

Y otros muchos y prolijos capítulos que se leian en tales ocasiones, y que estaban autorizados por la ley y por la costumbre.

Despues de esto se dió otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa que sucediere á cualquiera de los dos caballeros, á dar voces ó aviso, ó á hacer seña con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria la lengua, y al que hiciere seña se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del campo mandaron tocar las trompetas y los timbales, á cuyo son salieron cada cual de su tienda á caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en señal de esperanza; un arnés tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una túnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuñaba una lanza de ébano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso caballo de Arabia que habia acompañado á aquel regalo, lo que el infante tomó por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesía, porque aquello era lo mismo que decir al infante:

—Te combato con tus propias armas.

El infante tomó por un lado de la liza, y el aragonés por el otro, y al pasar por delante de los reyes y de la infanta Walidé, para saludarlos, se cruzaron, y despues fueron á ponerse uno frente al otro, cada uno á un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87], reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento por su honor de que no llevaban sobre sí amuletos ni hechizos en daño de su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una señal con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se adargaron é inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces sonó el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos, y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.

Las dos lanzas se rompieron contra las adargas, sin que ninguno de los dos adversarios se descompusiese.

Pasaron y todos aplaudieron, porque entrambos, el moro y el cristiano en aquella primer carrera, habian sido muy buenos caballeros.

Los escuderos del campo les dieron nuevas lanzas, y volvieron á partir y á encontrarse.

El infante de Granada hizo dar un rodeo al catalan, falseándole la adarga é hiriéndole ligeramente por la parte falsa del arnés, debajo del brazo, y el catalan pasó sin tocar al moro.

La ventaja estaba de parte del infante.

La sangre corria á borbotones de la herida de Men Roger, y los que habian apostado por su triunfo empezaron á dar por perdido su dinero. Pero de repente el caballo del infante, sin que nadie pudiera dar con la causa, se inquietó, empezó á encabritarse, mordió el freno, y escapó de la liza sin que pudiese estorbarlo su ginete.

Todos lo tuvieron á hechicería, tal vez á malas artes del baron catalan; pero como uno de los capítulos del duelo era que el caballero que se saliera de la liza fuese declarado vencido, fúelo el infante, y el rey declaró que Men Roger de Cardona habia ganado buena y lealmente á la infanta, y se la concedió por esposa.

Al saber esto Walidé, palideció intensamente y murmuró:

—No ha vencido al amado de mi alma sino valiéndose de Satanás, que le ha ayudado con malas artes. Pues bien, esposo mio, yo te juro, no solo no ser tuya, sino vengar al infante de la traicion que has obrado con él.

Y todos se engañaron en lo de las hechicerías; la verdad era que al errar el golpe el catalan habia herido sin quererlo en un hijar al caballo del infante, y este irritado por el dolor de la herida habia partido.

XII.

Entre tanto Abd-el-Rahhaman, sin poder contener á su caballo, era llevado por él con la velocidad del huracan á través de los campos.

Nadie supo en Tarazona lo que habia sido del infante.

A los tres dias los caballeros y las gentes y los esclavos que habian acompañado á Abd-el-Rahhaman en su embajada, partieron de Tarazona.

El rey, antes de que partiesen, les preguntó por el infante.

—No sabemos lo que ha sido del bravo Abd-el-Rahhaman, señor, respondió un xeque que habia acompañado al infante.

—Dios le ayude, dijo el rey de Aragon, porque es un buen caballero.

XIII.

Tres dias despues se efectuaron las bodas de Men Roger de Cardona y de la infanta Walidé.

La hermosa jóven se habia presentado alegre y riente, dejadas sus ropas moras por otras magníficas á la usanza de los cristianos, y mas hermosa que nunca.

Men Roger llevaba vendado el brazo izquierdo, y suspendido de una venda de seda que se sujetaba en su cuello.

La infanta, por medio de un intérprete, declaró que voluntariamente se instruiria en la religion cristiana y se bautizaria apenas estuviese instruida, todo por amor á su esposo.

—¡Lo que son las mugeres! esclamó para sí el rey al ver que tan pronto olvidaba sus amores la infanta. ¡Una aragonesa se hubiera dejado matar!

XIV.

Pero al dia siguiente dieron una terrible nueva al rey, por la cual no supo decir si la infanta amaba como toda muger debe amar, ó si amaba demasiado.

En la cámara nupcial, se habia encontrado muerto, cosido á puñaladas, á Men Roger de Cardona.

Sobre su pecho, sujeto por un puñal, se veia un pergamino y en él escrito en árabe lo siguiente:

«Las moras de Granada matamos ó morimos, cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.»

El rey se aterró por la muestra que habia dado de sí aquel amor terrible, y mandó prender á la infanta.

Pero la infanta habia desaparecido.

Y lo que era mas estraño; la hermosa doña Catalina de Cardona, la hermana del difunto, habia desaparecido tambien.

XV.

—¿Y cómo aconteció eso? dijo María, que escuchaba con sumo interés al mago.

—De una manera muy sencilla. El infante cuando pudo dominar á su caballo, comprendió la situacion en que se encontraba: no le cupo duda de que su enemigo habia sido declarado vencedor y de que se le habria entregado la infanta Walidé.

Al pensar esto, la venganza lució como un relámpago sombrío en el alma del infante.

—¡Oh! dijo, tú me has robado mi amante, yo te robaré tu hermana, la hermosa doncella de las crenchas de oro.

Y desde que el infante adoptó esta resolucion, como que le pareció menos dolorosa la pérdida de Walidé.

Pero para ello era necesario ser muy prudente. Se encontraba en medio de los campos y se dirigió sin vacilar á un caserío.

Un labriego le salió al encuentro.

—Tú eres pobre: le dijo el infante, que hablaba bien el español.

—Ni pobre ni rico, le contestó el labriego.

—Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por uno de tus rocines.

—No por cierto, señor.

—Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.

—¡Ah! no por cierto.

—Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.

Allí se efectuó el cambio.

—Escucha, le dijo el infante: cura á este caballo, la herida es ligera, y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de él.

—¡Ah! si señor, dijo admirado el labriego.

—Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas ropas; mañana vendrán á comprártelo todo, y te darán por ello un monte de oro.

—¡Ah! señor.

—Y á persona viviente digas que me has visto.

—Descuidad, señor.

Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el campesino por su magnífico caballo de batalla, y vestido como un rústico, se alejó hácia Tarazona; esperó á que cerrase la noche, y cuando esta hubo estendido su sombra entró en la ciudad, sin que nadie reparase en él á causa de su disfraz y se entró en la casa donde estaban las gentes de su embajada.

—Abdelamar: dijo á uno de sus escuderos favoritos, tú no me has visto: guarda un profundo secreto, y búscame una de esas viejas embaucadoras que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.

Abdelamar salió y poco despues volvió con una de esas viejas que viven de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.

El infante se encerró con ella, y la dijo:

—Amo á una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor: ¿quieres tú, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?

Y puso en manos de la vieja un bolsillo.

—¿Y cómo se llama esa doncella, hermoso señor?

—Doña Catalina de Cardona, contestó el infante.

—¡Ah, señor! ¡que es mas dura que una peña! ¡tiene amores con un caballero muy noble y muy rico, que se llama Men Jorge de Ariza, y diz que se vá á casar con él; muchos enamorados me han encargado de lo mismo que vos me encargais; pero aunque la he hablado, porque yo tengo un compadre que es escudero de su hermano, no he podido recabar nada de ella: ni aun siquiera que se asome á los miradores para que la vea el enamorado!

—No importa, dijo el infante: id, puesto que podeis hablarla y decidla que un caballero estrangero á quien vió hace cinco dias en el alcázar, y que hace cuatro comió á su mesa con ella y con su hermano, muere por ella; que no ha podido olvidarla un momento y que la ruega le permita la ventura de hablarla á solas.

—Iré, hermoso señor, iré; pero mucho me temo que mi ida sea en vano como tantas otras.

Y la vieja salió, y el infante se quedó entregado á su rabia y á su duda, y despues de haberse dado á conocer á los principales caballeros de su embajada, de haberles recomendado el secreto, y de haberles mandado que se despidiesen del rey de Aragon, como si él no hubiese parecido, se encerró en un aposento y se acostó para no dormir.

Al dia siguiente al medio dia, Abdelamar avisó al infante de que la vieja que habia hablado con él la noche anterior estaba en el zaguan.

El infante mandó que tragese á la vieja y se encerró con ella.

Revosaba la alegría del semblante de aquella muger.

—¡Ah, señor! esclamó: ¡y qué dichoso sois! ¡doña Catalina os ama! ¡una doncella tan noble, y tan hermosa, y tan rica! ¡oh! ¡qué buena ventura os acompaña, señor!

—¡Que me ama! ¡os lo ha dicho ella! esclamó el infante cuyo corazon se habia abrasado al recibir aquella noticia, en un fuego para él desconocido.

—Ella no me lo ha dicho, señor, dijo la vieja: pero yo no necesito que me digan las cosas: cuando la dí vuestro recado me contestó poniéndose muy pálida:—¿Es un caballero jóven, moreno, que tiene los ojos negros?—El mismo, señora mia, la contesté.—¿Y decis que quiere hablarme?—Por veros muere.—Guardó algun tiempo silencio aquella luz de los cielos, y luego poniéndose muy colorada me dijo:—Id y avisadle, que aprovechando el estar mi hermano en el lecho guardando una herida, le veré esta noche por la reja del huerto, á la media noche. Que venga solo y disfrazado.—Y cuando yo oí esto vine deshalada á avisároslo, mi hermoso señor.

Informóse el infante de las señas del lugar de la cita de doña Catalina, dió otro bolsillo á la dueña y la despidió.

Cuando llegó la hora de la cita, que el infante esperó con una impaciencia mortal, salió, atravesó las calles desiertas iluminadas á medias por la luz de la luna, y llegó á un lugar, despues de haber andado mucho, donde en una tapia, por cima de la cual se veian árboles frutales, vió una ancha reja.

Pero aquella reja estaba cerrada.

Acercóse á ella el infante y esperó muriendo de ansiedad.

Pasó algun tiempo y ya temia que la vieja le hubiese engañado, cuando sintió por dentro de la reja unas pisadas de muger, que se acercaron, y detrás de la reja se detuvieron.

Al fin, y pasado un corto espacio rechinaron los postigos, se abrieron y apareció á la luz de la luna una muger vestida de blanco.

Era doña Catalina.

XVI.

—¡Oh! ¡hermoso lucero de mi oscura noche! esclamó el infante asiéndose á la reja y mirando con ansia á la hermosísima doña Catalina.

—Mirad no os equivoqueis caballero, dijo con seriedad la doncella, y no digais esas palabras creyendo que yo soy la hermosa infanta que habeis traido de Granada.

—¡Oh! no: no: se que sois vos: vos la alegría de mi alma, el agua regalada que mi sed desea.

—Si vuestro caballo no se hubiera espantado, hubiérais vencido á mi hermano, hubiera sido vuestra la infanta, y no os hubiérais acordado de mí. Sin duda que me hablais de amor por vengaros de mi hermano, y si yo he consentido de veros ha sido para deciros por mí misma, que os habeis engañado torpemente al elegirme por medio para vuestra venganza.

—¡Ah! ¡partiérame una lanza el corazon antes de que yo escuchára de vuestros hermosos labios tan crueles palabras!

Pronunció el infante de una manera tan doloroso estas palabras, que doña Catalina repuso dulcificando su acento:

—¿Me amais en efecto, no me engañais, puedo fiar en vuestro honor de caballero? ¿y si me amais, cómo es que habeis reñido en duelo la mano de la hermosa infanta granadina?

—Porque creia amarla, señora; pero me engañaba: yo no he amado hasta que os he visto, no: os lo juro por la santa piedra de la Kaba, por el arcángel Gabriel, por Dios, por mi alma. ¡Ah! yo no sabia lo que era morir por una muger hasta ahora; no, no, os lo juro.

—¡Es singular! dijo doña Catalina: yo amaba á un hombre.

Y doña Catalina se detuvo ruborosa.

—Seguid, alegría de mi vida, seguid: dijo con anhelo el infante.

—Sí; continuó doña Catalina con la voz trémula: yo amaba ó creia amar pero... si es cierto lo que decís... me ha sucedido lo mismo que á vos...

Doña Catalina se detuvo de nuevo.

—¡Me amais como yo os amo! esclamó el infante loco de alegría: hemos nacido el uno para el otro, vos cristiana yo moro, y al vernos hemos comprendido lo que es el amor; que no habiamos amado hasta que nos hemos visto.

Doña Catalina guardó silencio.

—Hablad, hablad, dijo el infante: ¿no veis que muero?

Y Abd-el-Rahhaman se asía á la reja para sostenerse y temblaba.

—Yo os amo, dijo doña Catalina con la voz apagada.

El infante reclinó su cabeza en la reja y rompió á llorar porque las lágrimas acompañan tanto á las grandes alegrías como á los grandes dolores.

Y al ver llorar á un hombre tan valiente y tan bravo, las entrañas enamoradas de doña Catalina se abrieron.

—Somos muy desgraciados, dijo.

—¡Desgraciados! esclamó el infante levantando á doña Catalina los ojos nublados por las lágrimas en que reflejaba la luna. ¡Desgraciados! ¿y por qué?

—Vos sois moro; yo soy cristiana.

—Para los que se aman no hay mas Dios que el amor.

—Sois enemigo de mi hermano.

—Le perdono.

—Mi hermano no os perdonará.

—Le diré: amo á vuestra hermana, soy hijo de reyes.

—Mi hermano os pedirá lo que yo no os pido.

-¡Qué!

—Que renegueis de vuestra patria y de vuestro Dios.

—¡Oh! ¡no! ¡nunca!

—Lo sé y por eso os amaré siempre: yo no podria amar á quien por mí se envileciese.

Guardaron entrambos silencio.

—¿Me pediriais vos que renegase de mi Dios? dijo doña Catalina.

—¡Oh! ¡no! respondió el infante.

—Pues bien, amémonos: dijo doña Catalina.

El infante quiso en la locura de su alegría asir una mano que la hermosísima cristiana tenia apoyada en la reja.

Doña Catalina la retiró.

—Amémonos pero desde lejos: guardemos cada uno dentro de nuestra alma, como en un santuario, nuestro amor.

—¡Amarnos desde lejos! ¿y por qué no unirnos?

—No lo quiere Dios: vos sois moro, yo soy cristiana.

—Vos seguireis siendo cristiana y yo seguiré siendo moro.

Pronunció de una manera tan sentida estas palabras el infante, que doña Catalina no contestó.

Permaneció por un momento en silencio dominada por el amor que el infante la inspiraba.

—¿Y cómo, cómo, dijo al fin, no separarnos?

—Seguidme.

—¡Que os siga! ¡qué habeis dicho!

—Necesito veros contínuamente, teneros contínuamente a mi lado para vivir: sin vos los cielos no tienen luz para mi ni el sol resplandores, ni brillan las estrellas, sin vos moriré... ¡ah! ¡vos cuando os negais á seguirme no me amais!

—Amo antes que á vos á mi honra, contestó con voz severa doña Catalina.

Pero su voz temblaba.

—En fin, ¿no sereis mia? ¿no partireis conmigo á mi Granada?

—¡No! esclamó doña Catalina.

Y guardando silencio por un momento, dijo:

—¡A Dios!

—¡A Dios! ¿es decir que me dejais?

—Me aparto de vos.

—¿Y no volveremos á vernos?

—No nos debemos ver: á Dios.

—Esperad, esperad, vida de mi vida, ved que desdeñando mis amores, me matais.

—A Dios, repitió doña Catalina.

Y cerró la reja.

Abd-el-Rahhaman permaneció algunos momentos delante de aquella reja, mudo, y anonadado y luego alzó con resolucion la cabeza, y dijo:

—Por el Dios Altísimo y Unico, hermosa cristiana que has de ser mia.

XVII.

—¿Y lo fué? preguntó María con gran interés al mago.

—Sí; ¿no te he dicho que tú eres hija de doña Catalina de Cardona?

—¡Ah!

—El infante de Granada insistió, suplicó, lloró, y al fin como tu madre estaba enamorada, se rindió.

—¿Huyó con mi padre?

—Sí, con el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que se celebraban las bodas de Men Roger de Cardona, con la infanta Walidé. Asistamos á las bodas, voy á presentártelas. Mira.

Iluminóse el fondo de la habitacion, y María vió una sala rica, colgada de banderas y tapices, y reluciente de luces: al fondo de la sala habia un altar: á un lado del altar habia multitud de damas y al otro gran número de caballeros.

Se abrió una puerta, y entró una dama ya de edad provecta llevando de la mano á otra dama muy jóven, muy hermosa y magníficamente ataviada.

La una dama era la reina de Aragon, la otra la infanta Walidé.

Se abrió otra puerta y apareció otro caballero llevando á otro de la mano.

El que le llevaba, era el rey de Aragon: el que era llevado, Men Roger de Cardona.

Seguian á la reina y á la novia, multitud de damas: al rey y al novio, gran número de caballeros.

Cuando la infanta y Men Roger estuvieron delante del altar, se arrodillaron en unos almohadones.

Luego por una puertecita situada junto al altar, salió el obispo de Tarazona con sus clérigos y su báculo de oro, hizo una plática á los novios y despues les echó la bendicion nupcial.

Y á seguida, en otra cámara mas estensa y mas rica empezó el sarao, que duró hasta muy entrada la noche.

Al fin la reina asió de la mano á la desposada y la condujo á la cámara nupcial donde la dejó sola.

El rey llevó á aquella misma cámara al desposado y se despidió de él á la puerta.

Men Roger y la infanta Walidé quedaron solos.

La infanta no comprendia el dialecto aragonés, pero comprendia sí el lenguaje de los ojos.

Men Roger adelantaba hácia ella pálido de deseo.

La infanta estaba en medio de la estancia, delante del gran lecho nupcial, cruzada de brazos y con la vista inclinada al suelo.

Men Roger se acercó á ella y la abrazó.

Ella no resistió el abrazo.

Pero de repente, cuando Men Roger fué á estampar un beso en la boca de Walidé, dió un grito y cayó de espaldas. Walidé al ser abrazada le habia herido en un costado con un puñal que tenia prevenido, y luego cuando cayó, Walidé, horrible con su venganza, dió de puñaladas al infeliz, sacó de su seno un papel, y con la última puñalada le clavó sobre el pecho de Men Roger.

Aquel papel decia en letras arábigas:

—Las moras de Granada matamos ó morimos cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.

XVIII.

—Pero lo que hizo aquella muger fué infame, dijo María.

—Escucha, escucha, continuó el mago, y verás hasta dónde puede llegar el amor de una mora.

María escuchó de nuevo y el mago continuó:

—Cuando Walidé vió ante sí muerto y ensangrentado á Men Roger, tuvo miedo. Buscó una puerta, y huyó á la ventura, atravesó una galería, llegó á unas escaleras, las bajó, se encontró en un huerto; iluminado por la luna, le recorrió buscando otra salida y encontró un postigo.

Aquel postigo tenia la cerradura rota y corridos los cerrojos.

Estaba abierto.

Walidé se lanzó, á la ventura siempre, por aquel postigo.

Pero de repente se encontró con un hombre.

La luna daba de lleno en su semblante, y Walidé arrojó un grito de alegría.

Porque aquel hombre era el infante Abd-el-Rahhaman, que mientras sus gentes ponian en salvo á doña Catalina, que habia huido, se habia quedado con algunos de los suyos cubriendo por sí mismo la salida, y resuelto á todo.

Del mismo modo que Walidé habia reconocido al infante, este la reconoció á ella.

Una intensa alegría inundó el alma de entrambos.

La de ella, porque se veia al fin salvada por el hombre que vivia en su alma; la de él, porque se vengaba de una doble manera de la falta de fé de Men Roger.

Walidé comprendió que no debia decir á su amante que habia matado á su esposo.

Abd-el-Rahhaman comprendió que debia encubrir el motivo porque se encontraba allí á tales horas.

—¡He huido! ¡he huido, amado mio, aprovechando la confusion de la fiesta de mis bodas! dijo Walidé ¡pero vámonos de aquí, vámonos porque dentro de poco nos perseguirán!

—¡Ah! dijo el infante asiendo de Walidé y llevándola consigo: yo creia que te habian avisado que encontrarias franco el postigo del huerto, y que yo te esperaba fuera para salvarte.

—¡Oh! nadie me ha dicho nada, dijo Walidé siguiendo á buen paso al infante, al que á medida que adelantaba se iban incorporando sus gentes, que estaban apostadas en las calles inmediatas: pero antes de ser de otro hombre lo arrostré todo; sino te hubiera encontrado, sino hubiera podido huir, me hubiera dejado matar antes que faltar á tu fé.

—¡Alma de mi alma! esclamó el infante.

Pero al pronunciar aquella esclamacion mentia: su amor hácia Walidé habia pasado vencido por el amor de doña Catalina de Cardona.

El infante y los suyos iban vestidos á la aragonesa: la infanta para no hacerse reparable, si por ventura los encontraban los guardas de la ciudad, se habia despojado de sus joyas y habia cubierto su rico trage con la capa del infante. Además de esto Abd-el-Rahhaman y los suyos llevaban puestas las manos en las empuñaduras de las espadas.

Muy pronto, franqueada por los guardas pagados una de las puertas de la ciudad, los fugitivos se encontraron en el campo.

El infante llamó á parte Abdelamar.

—Oye, le dijo: sigue tú adelante, muy adelante con la cristiana, de modo que durante el camino hasta Granada no pueda verla la infanta Walidé, con la cual seguiré yo el mismo camino. Que ninguno de los tuyos se quede atrás y pueda decir que contigo vá una muger. Adelante, adelante y á la carrera.

Y montando á caballo, tomó sobre el arzon á Walidé, y partió.

Muy pronto los fugitivos se perdieron entre el silencio y las brumas de la noche.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En vano el rey de Aragon quiso saber lo que habia sido de la infanta mora, y de la rica-hembra cristiana.

Parecia que el mar se habia tragado á Walidé y á doña Catalina.

Alonso IV, pues, hubo de contentarse con hacer unas ostentosas exequias á su favorito.

Hablóse de ello durante muchos dias en la córte, y al fin todos se olvidaron de Men Roger, de su hermana y de la infanta Walidé.