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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 72: XX.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.




¡He huido! ¡he huido, amado mio.!

XIX.

Durante una hermosa noche de verano, una sombra blanca, acompañada de otra sombra negra, penetraron por el claro de un vallado, en uno de los bellos y frondosos cármenes del Darro.

Los rayos de la luna, se detenian en la fronda de los árboles frutales, y bajo ellos encontraban un camino oscuro y oculto, la sombra blanca y la sombra negra.

Cuando las dos sombras llegaron á un punto desde el cual se veia una blanca casa en medio de un jardin iluminado enteramente por la luz de la luna, se detuvieron.

—Te habia prometido, dijo la sombra negra á la sombra blanca, traerte al lugar donde tu esposo viene á pasar las noches entre los brazos de una muger.

—Si me lo haces ver seré tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra blanca.

—¿Ves aquella luz que brilla detrás de aquel ajimez?

—Sí.

—Pues allí reposa la cristiana que sacó de Tarazona el infante Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libró de tu mal destino.

—Para condenarme á otro peor, dijo Walidé que ella era; para condenarme á la desesperacion de verme despreciada por otra muger. ¿Y es esa muger hermosa?

—Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.

—Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto á mi esposo salir de esa casa, quiero conocer á esa muger.

—Será necesario gastar algun oro.

—¿Y qué importa? dijo la infanta: ¿no estoy muriendo de celos? ¡la vida que me pidieses la daria por vengarme!

—¡Oh! ¡y cuánto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.

—Te juro que le aborrezco.

—¿Y por qué no huyes de él y le desprecias?

—Quiero vengarme.

—¡Ah! ¡mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso á tu lado para servirte! ¡un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y otro dia ha ido en aumento.

—¿¿Y no te amo yo?

—¡Tú no puedes amar á nadie!... ¡tu alma no es tuya!

—Cuando me hayas vengado te convencerás de que el amor del infante ha pasado para mí.

—¿Y por qué deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo Abdelamar.

—Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir á perderla: porque la pérdida de esa muger le desgarrará el corazon, y su recuerdo le quemará eternamente el alma. ¡Morir! ¡qué es morir! ¡un dolor breve! ¡una breve agonía! No: ¡yo quiero que viva! ¡yo quiero que llore! ¡yo quiero que sepa que me he vengado!

Walidé, aquella niña tan inocente, tan cándida, tan pura, tan dulce en otro tiempo, se habia convertido en un demonio por el amor.

Abdelamar, el amigo mas que el siervo de Abd-el-Rahhaman, puesto por él al lado de Walidé, enloquecido por la hermosura de la infanta, habia hecho traicion á su señor: él era el que habia revelado á Walidé los amores del infante con doña Catalina de Cardona, él era quien habia prometido, en cambio de su amor, á Walidé una venganza terrible; él era, en fin, quien la habia llevado á aquel frondoso y apartado cármen, donde ignorada de todos vivia doña Catalina, ardiendo en el amor del infante y de su pequeña hija.

Porque tú María, añadió el mago, acababas de nacer.

—¡Ah! ¡Dios mio! ¡y mi madre! ¡qué fué de mi pobre madre! esclamó María.

—Tu madre cayó ante los celos de Walidé.

—¡Cómo!

—Walidé no pudo tener duda de que el infante amaba á otra: le vió salir de aquella casa acompañado de una muger, que llegó con él hasta cerca del bosquecillo donde estaba oculta con Abdelamar. Oyó hablar á su esposo y á aquella muger un habla estrangera, vió á la luz de la luna la incomparable hermosura de doña Catalina, y se decidió á todo.

Algunos dias despues, cuando el infante trasportado de amor fué una noche á embriagarse entre los brazos de tu madre, la encontró muerta.

—¡Muerta!

—Sí: Abdelamar habia comprado á fuerza de oro á la esclava cocinera de doña Catalina, y la infeliz fué envenenada. Tú misma estuviste á punto de muerte, y fué necesaria toda la ciencia de los mas famosos médicos para salvarte.

—¡Yo!

—Sí: tú te habias alimentado del pecho de tu madre despues de haber sido esta envenenada.

—¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡y quedó sin castigo tanto crímen!

—El crímen continúa en la raza de Walidé.

—¡En la raza de Walidé!

—Sí; en su hija Ketirah.

—¡En su hija! ¿Y dónde está esa muger?

—En los brazos de tu hermano: en la cámara que está bajo esta.

—¡Mi hermano! ¿y quién es mi hermano?

—El generoso caballero que te amparó en Martos: el que recogió á tu amante, á tu Gonzalo, y le hizo conducir á Hins-aleux donde vive, y muere de impaciencia pensando en tí.

—¡Que vive Gonzalo! esclamó trémula de alegría la jóven.

—Sí, vive, y te rescatará y será tu esposo: pero es necesario para ello que tú misma contribuyas á tu libertad.

—¡Dios mio! ¿y cómo? ¡sola, abandonada!

—Oyendo los amores de Masud-Almoharaví.

—¡Oh! ¡nunca! esclamó María.

—Engáñale, domínale...

—Yo no sé mentir.

—Tu mentira servirá para castigar el crímen.

—¿Para castigar el crímen de quién?

—De la muger que está entre los brazos de tu hermano, de la miserable que por ser sultana, se unió en una infame alianza con un hombre miserable y ambicioso y mató al que creia su padre.

—¿Pues quién era el padre de esa muger?

—Esa muger era hija de Walidé y del infante Abd-el-Rahhaman.

—¡Pero entonces, el infanta Ebn-Ismail, esa muger y yo, somos hermanos!

—¡Ya se vé, tienen los moros tantas mugeres! Dos años antes de conocer á Walidé, tuvo Abd-el-Rahhaman un hijo de su primera esposa: ese hijo es el infante Ebn-Ismail: poco despues de su vuelta de Aragon con Walidé y con tu madre, tuvo Abd-el-Rahhaman una hija de Walidé que se llamó Ketirah, y algunos años despues de sus amores con tu madre, que resistió mucho tiempo á sus deseos á pesar de su amor, y que á pesar de su amor pasó tambien algunos años sin darle hijos, naciste tú. De modo que tu hermano Ebn-Ismail, infante de Granada, tiene veintisiete años; Ketirah, veinticinco, y tú quince, y todos sois hermanos hijos de un mismo hombre y de distinta madre cada uno. Zobeya la primera muger de Abd-el-Rahhaman, murió al dar á luz á su hijo: doña Catalina, tu madre, fué envenenada por Walidé, y al envenenarla, Walidé huyó, temiendo verse vendida por Abdelamar su cómplice sino cedia á sus amores: huyó y se refugió en la casa de un pariente suyo, wazir del difunto rey Abul-Walid, que se llamaba Abul-Fath-Nazir-el-Ferih. Ocultóla este, tuvo amores con ella, y viéndola triste, porque era madre, y no tenia consigo á su hija, la robó de los palacios de Abd-el-Rahhaman, la ocultó tanto como habia ocultado á su madre, y Ketirah, cuando asesinó á Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, creyó que asesinaba á su padre.

—Pero esa es una sucesion de crímenes horrorosa.

—Ketirah estaba maldita en su madre, que habia muerto al fin devorada por el remordimiento; Ketirah es el demonio bajo la figura de un arcángel: si Ketirah sabe que su amante, su hermoso Ebn-Ismail, te libró del rey Abul-Walid y le mató por tí, en sus celos, en su rabia, te matará.

—¿Y quién puede decir eso á esa muger?

—Masud-Almoharaví, si le desprecias.

—Yo la diré que soy su hermana.

—Aunque te creyese, ¿piensas que se detendria mucho en matar á su hermana, la que no se detuvo en matar al que creia su padre?

—¡Oh! ¡qué muger tan horrible! ¡parricida, incestuosa!...

—Y adúltera.

—¿Y cómo salvarme de ella?

—Primero escribiendo á tu padre.

—¿A mi padre?

—Sí, al walí de Algeciras, el noble, el poderoso, Mohammet-Abd-el-Rahhman.

Y Abu-Jacub, sacó de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un tintero.

—Pero yo no sé escribir.

—No importa: yo escribiré por tí. Al fin, yo llevaré tu mano para que escribas tu nombre.

María estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que desenvolvió el pergamino y se puso á escribir sobre sus rodillas.

Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por este de la hija de doña Catalina, y la existencia de las alhajas de aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.

«Además, señor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los que conocieron á mi madre, á quien tanto amasteis, dicen que soy una viva imágen suya.»

La carta concluia diciendo al walí de Algeciras el peligro en que se encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver á la sultana Ketirah, y esponiéndose si era visto á ser preso y muerto como asesino del rey Abul-Walid.

—Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta á María.

—Pero ya os he dicho que yo no sé escribir.

El mago se apoderó de la mano de la jóven, y la hizo escribir al pie del pergamino y con caracteres arábigos su nombre.

—Tu padre vendrá á salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregará á tu amante.

—¿Pero quién llevará esta carta á mi padre?

—La recibirá dentro de un momento, dijo el mago guardándola entre su ropon talar.

—¡Qué! ¿está mi padre en Granada?

—¿Y qué te importa? Lo que te importa, es entretener con esperanzas á Masud-Almoharaví para dar tiempo á que llegue tu padre.

—No.

—Acuérdate de Gonzalo.

—¡Ah! ¡Dios mio!

—Acuérdate de que tu hermano, amando á la sultana Ketirah, está entregado á Satanás.

—Pues bien; mentiré.

—Pues es preciso que te prepares, porque siento ya los pasos de Masud-Almoharaví que se acerca. A Dios.

Y el mago se levantó, adelantó hácia la puerta, y se desvaneció en su penumbra.

María quedó entregada á una fascinacion incomprensible.

XX.

Apenas el mago habia salido ó desaparecido, cuando se abrió la puerta, y deslumbrante de galas y de brocados, entró Masud-Almoharaví.

María se estremeció; pero recordando las últimas palabras del mago dominó su conmocion.

—Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharaví; que Allah te guarde y te bendiga. Héme ante tí, que vengo á ofrecerte mi amor y mi alma.

—¡Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y tú eres su siervo.

—El rey ha muerto, dijo con voz lúgubre el wazir.

—¡Que ha muerto el rey!

—¿No has oido hoy rumor de combate?

—Sí.

—¿No has visto correr los esclavos negros por los adarves?

—Sí.

—¿Y nada has sospechado?

—He creido por un momento que los cristianos...

—¡Llegar los cristianos á la Alhambra! ¡cuando los cristianos lleguen á sus muros, los montones de cadáveres serán mas altos que las sierras, y la Vega se habrá convertido en un mar de sangre!

—¿Y quién ha matado al rey?

—Yo, dijo Masud-Almoharaví, mintiendo porque no queria decir á María que el infante Ebn-Ismail habia matado por ella al rey.

—¿Y por qué le has matado? dijo María.

—¡Le amabas!

—¡Amarle yo! esclamó con horror María.

—Agradéceme entonces su muerte, porque con ella te he librado de una suerte horrible.

María, recordando siempre las últimas palabras del mago, se dominó.

—Sí, sí, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche... ¡oh que horror!... pero siéntate, siéntate junto á mí.

Masud-Almoharaví se sentó trasportado de deseo junto á María.

Y la jóven, con el magnífico trage musulman que la habia obligado á vestir el rey Abul-Walid, quitándola sus ropas castellanas; con sus ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el encendido color que asomaba á sus megillas, escitado por la situacion difícil en que se encontraba, era el hermosísimo trasunto de un sueño de amores.

Masud-Almoharaví contrastaba enérgicamente con ella: era ya viejo, estaba pálido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza africana, tenian un no se qué de terrible, de fiero, de amenazador, aun cuando querian dulcificarse y espresar el amor ó la amistad: sobre su frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian en su semblante.

Masud-Almoharaví no habia amado hasta entonces mas que á su ambicion; pero desde un dia en que acompañando al rey Abul-Walid vió á María, su corazon se abrió al amor, y á un amor tan violento cuanto habia tardado en conocerle su corazon.

En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey Abul-Walid habia traido de Martos á la jóven, hasta que el rey murió, Masud-Almoharaví la habia visto algunas veces.

La última la habia hablado de amor.

María le rechazó.

Por esta razon María conocia a Masud-Almoharaví.

Por el anterior desdén de María, el enamorado wazir se maravillaba de que la jóven le sonriese y le hubiese mandado sentar á su lado.

—La muger, como el hombre, dijo para sí Masud, tiene ambicion: cuando el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreció: ahora que el rey ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que ciña su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas brillantes que realcen su hermosura: yo daré á esta doncella cuanto quiera, y será mia.

Y obedeciendo á este pensamiento, Masud la dijo:

—Esta torre es muy triste, ¿no es verdad?

—No, no señor; dijo María: por el contrario, ¡es tan bella esa quebrada que serpea al pie de la torre! ¡suena tan blandamente el arroyo que por esa quebrada se despeña! ¡cantan con una música tan regalada los ruiseñores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo estaría mejor que en esta torre....

—¿En dónde?

—En los lugares donde nací... ó al menos donde me crié, añadió María recordando que habia nacido en uno de los cármenes de Granada.

—¡Oh! ¿vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.

—¡Oh! si señor, allí reposan los restos de mi padre.

Y los ojos de María se llenaron de lágrimas á la memoria del buen Sancho de Arias.

—¿Y no dejaste allí un amante?

María se acordó de las palabras del mago, y replicó sin vacilar:

—¡Ah! no señor; nunca he amado.

—¿No has amado tampoco al rey Abul-Walid?

—¿Si le amara, no lloraria por su muerte?

—El rey era hermoso y jóven aun, y galan y enamorado: dijo Masud-Almoharaví dominando un estremecimiento, porque no podia alejar de sí el recuerdo del instante en que vió ante sí á Ketirah, lavando el puñal con que habia acabado de malar al rey.

—Sí, sí, dijo María; el rey moro era hermoso, y tierno y enamorado: ¿pero no era yo su cautiva? ¿no me habia arrancado de mi patria? yo no puedo amar lejos de mi patria: yo mientras esté en prisiones solo puedo gemir como el ruiseñor, aun cuando esté encerrado en una jaula de oro.

—Pues bien; si solo en tu patria puedes amar, cristiana, yo acaudillaré mis ginetes é iré á apoderarme de Martos, construiré en él para tí un alcázar, y vivirás en él.

—¿Pero Martos no estaba en poder de los moros?

—El rey Abul-Walid dejó en él poca guarda y los fronteros de Alcaudete y de Jaen han vuelto á apoderarse de la villa. Pero no importa, yo llevaré á Martos mi bandera, yo reduciré de nuevo aquella villa, te llevaré á ella y viviré á tu lado.

Presentóse de repente á la vista de María, Martos entregado de nuevo al degüello y al incendio, sus viejos y sus niños muertos, sus doncellas, las que hubiesen quedado del rebato anterior, hechas cautivas, y se estremeció.

—No, no, dijo: creo que lo que me impide amar, no es el estar separada de mi patria, sino el dolor que siento por la muerte de mi padre.

—¡Oh! esclamó Masud: yo seré á un tiempo para tí, tu padre, tu esposo, tu hermano, si tú quisieres: yo haré venir para tí de Oriente los perfumes mas preciados, la púrpura mas encendida, las telas de oro y plata, cuantas preciosidades crió Dios y descubrieron los hombres; yo te daré mi alma, y tú serás mi arcángel y mi hurí, sobre la tierra.

—Espera, dijo María.

—¡Que espere! ¡tú no sabes lo que es esperar cuando se ama! ¡tú no sabes lo que es vivir muriendo en la duda! yo no lo sabia tampoco hasta que te ví, cristiana; pero desde que le he visto, en mis sueños, en mi vela, donde quiera que estoy me persigue tu imágen: por tí vivo y por tí muero: sin tí el mundo me es odioso y triste; contigo la mansion mas lóbrega seria para mí un paraiso.

—¡Espera! repitió María.

—¿Y llegará un dia en que me ames?

—Yo no he amado nunca, dijo María recordando las palabras del mago.

—Pues bien; yo haré tanto, que tú me amarás, dijo Masud.

Y enamorando á María, y contenido por un poder incomprensible, pasó con ella gran parte de la noche hasta que oyó tres palmadas.

Era la seña de la sultana Ketirah, que le avisaba de que ya era hora de volver al alcázar.

Empezaba á alborear.

Masud-Almoharaví salió, prometiendo á María que volveria á la noche siguiente.

Cuando María se quedó sola, se arrodilló y oró á Dios, primero por el alma de su madre, luego por la de Sancho de Arias, y al fin por su Gonzalo y por su amor.

XXI.

Y pasaron algunas noches, y todas ellas la sultana fué á la torre de la Cautiva á recibir entre sus brazos al infante Ebn-Ismail, y Masud á decir sus amores á María.

El infante se mostraba cada vez mas enamorado de Ketirah.

María decia siempre á Masud:

—¡Espera!

Y la sultana moria de amor entre los brazos del infante, y Masud de impaciencia y de amor al lado de María.

Habia llegado aquella noche, en que, como dijimos al principio de esta leyenda, Masud estaba delante de María.

De María, que mas pálida y mas triste que de costumbre, doblegaba la cabeza bajo uno de esos presentimientos oscuros que nos oprimen el corazon, porque no sabemos si vá á acontecernos una gran ventura, ó una gran desgracia.

La sultana Ketirah, por su parte, en la habitacion inferior, estaba consternada.

Al entrar el infante por el ajimez la habia rechazado, y su semblante estaba lívido y sombrío.

Para que nuestros lectores comprendan lo que pasó aquella noche en la torre de la Cautiva, es necesario que retrocedamos á la noche aquella en que el mago tuvo su última entrevista con María.

XXII.

Pero al retroceder vamos á encontrarnos, no en la Alhambra, sino en la cámara de un fuerte castillo; no en Granada, sino en Algeciras.

Es ya tarde.

Los atalayas del muro entonan de tiempo en tiempo un grito de alerta.

La luna se sepulta en el mar, que abrillantado por su reflejo, parece una inmensa llanura de plata.

A lo lejos se vé á Gibraltar saliendo como un negro fantasma sobre las ondas.

En la magnífica cámara de la torre del homenage del alcázar de Algeciras, sobre un divan de pieles de tigre, duerme un hombre.

Es ya casi anciano, pero hermoso todavía.

Su sueño parece agitado, y la cercana luz de la lámpara deja ver la contraccion de su semblante.

Sueña, y su sueño le tortura el alma.

Sueña con su hijo.

Con el infante Ebn-Ismail.

Porque el hombre que duerme es Mohammet-Abd-el-Rahhaman, infante de Granada y walí de Algeciras.

El amante de Walidé y de doña Catalina de Cardona.

El walí sueña con su hijo:

Con su hijo, que despues de haber muerto al rey de Granada, no se sabe dónde para.

Su padre cree verle entre los brazos de una muger.

Y aquella muger le horroriza.

Porque cree conocerla, aunque no la ha visto nunca.

En la hermosa frente de aquella muger le parece leer una maldicion.

Y que su hijo, uniéndose á ella, está maldito.

Y el sueño vá condensándose en la imaginacion del walí, hasta convertirse en una horrible pesadilla.

Parécele que aquella muger devora á su hijo... que mas que una muger es un vampiro, una mala hada.

El walí despierta aterrado y salta del divan.

Y para refrescar la fiebre de su frente con las auras nocturnas, se asoma á un ajimez.

La luna ha acabado de ponerse; el mar no brilla, la noche ha quedado densamente lóbrega.

—Asi está mi alma, dice el walí; sin luz, sin alegría, como esta noche: pero esta noche pasará, y primero la blanca aurora, y despues el esplendente sol brillarán en la mar, y todo estará alegre menos mi corazon.

El walí suspira.

—¡Oh! continúa: ¡desde el dia en que la ví muerta! ¡mi cristiana, mi amor!

El walí inclina la cabeza, doblegado por el pesar.

—¡Han pasado catorce años, y no he podido olvidarla! aun soy jóven y ya mi barba está blanca, y arrugadas mis megillas. Es que el llanto las ha blanqueado, es que al pasar por mis megillas ha dejado en ellas un surco de fuego.

Calló un momento Abd-el-Rahhaman y lanzó su mirada al inmenso espacio, como pretendiendo anegar en él su alma.

—¡Mi hija! ¡mi pobre hija! esclamó; no la hija de aquella muger maldita; de aquella terrible Walidé, que era tan horrible como su madre; sino la hija de mi cristiana, de la luz de mi alma, de mi perdida Catalina: la hija de mis entrañas; mi hermosa María.

Calló de nuevo el infante.

—Su madre, continuó, quiso que se llamase así, que fuese cristiana.... y yo la hice bautizar en secreto por un sacerdote cautivo, á quien dí la libertad... y me robaron á mi pequeña María en aquella funesta sorpresa de Illora. ¡Oh! ¿qué habrá sido de ella?

El walí se retiró de la ventana y se puso á pasear agitado por la cámara. De repente, sus ojos se fijaron en un objeto blanco que habia sobre el diván.

Se acercó y lo tomó: era un pergamino enrollado.

Acercóse á la luz de la lámpara, tomó aquel pergamino, y le leyó.

A medida que le leia, una conmocion profunda le agitaba, y se ponia cada vez mas pálido.

—¡Mi hija! ¡mi hija! esclamó: ¡conque mi hija vive, y está cautiva en la Alhambra de Granada, y mi hijo se aduerme entre los brazos de esa sultana adúltera! ¡Oh! ¡es necesario correr, volar, salvarlos á los dos! ¡Zuleka! ¡Zuleka!

Y á la voz del walí se abrió una puerta y apareció un moro.

—Pronto, Zuleka, mi caballo, el tuyo, cien ginetes: vamos á partir ahora mismo á Granada.

Zuleka desapareció: poco despues, el walí Abd-el-Rahhaman, su katib ó secretario Zuleka, y cien esclavos, cavalgaban á la carrera por un oscuro camino.

XXIII.

Al tercer dia de viage, el walí Abd-el-Rahhman entró en el reino de Granada por la parte de la frontera de Murcia.

Era un caloroso crepúsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto, habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relámpagos producidos por el calor, se mezclaban momentáneamente á aquel color rogizo, tiñendo con él el espacio y las montañas, en cuyos altísimos picos reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los valles.

Negros nubarrones avanzaban por el mediodía, impulsados por un viento abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.

—¡Arriba, arriba, señor! esclamó Zuleka dirigiéndose al walí y tomando con su caballo uno de los repechos de la montaña: la tormenta avanza, y muy pronto la rambla será un torrente. ¡Arriba, arriba, señor!

Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, tornó en sí á la voz de Zuleka, vió que el cielo se ponia rojo; vió las negras nubes que avanzaban en escuadron cerrado; escuchó los roncos bramidos del trueno y el sordo silvar del viento, y empezó á trepar por la ladera en que se habia aventurado ya Zuleka.

Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.

Trepaban por la tortuosa senda de una asperísima montaña.

Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino que iba á parar á la oscura boca de una caverna, situada á la mitad del acceso.

Los caballos trepaban con trabajo.

Los del walí y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban á sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.

Lo que producia esta resistencia á adelantar en los ginetes, era una voz que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el sendero que conducia á la caverna.

—Vamos á la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas, habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban á la sazon.

—¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó otro moro.

—Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.

—Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.

—Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los hombres.

—No.

—¿Qué hacen?

—Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente producido en la rambla por la lluvia parece sangre.

—¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la tempestad?

—Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue en la caverna.

—¡Ah!

—¿Y qué hacen con el viagero?

—Las hadas que moran en esa caverna, continuó el narrador, son los espíritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres murieron enamoradas de su padre antes de darlas á luz. Sienten una sed de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el sello cabalístico del poderoso Salomon.

—Pues yo no lo llevo.

—Ni yo.

—Ni yo.

—Y acaso tampoco lo lleve nuestro señor, que ya está cerca de la gruta, dijo el narrador.

—¿Y por qué no le avisamos?

—¿Y quién se atreve? Ya sabeis que nuestro señor castiga á sangre á quien le habla cuando él no le pregunta: ya sabeis que dice que el que se entromete á hablar á su señor cuando él no le habla, comete un atrevimiento, y que siervo que se atreve á su dueño, está muy cerca de ser traidor. Si yo le hablara, á la primera palabra me tenderia á sus pies. ¿Le hablaria alguno de vosotros?

—¡No!

—¡No!

—¡No!

—Pues ni yo tampoco. ¡Que Dios tenga piedad de él!

A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian llegado cerca de la gruta á una especie de plataforma de la montaña.

Zuleka entonces se volvió y dejó oir en medio de los mugidos de la tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mandó á los ginetes hacer alto y echar pie á tierra.

Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas á los caballos, se agruparon alrededor del que contaba el cuento.

Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya á pie y llevando los caballos del diestro, porque la senda se hacia muy áspera hácia la gruta.

—¿Y qué? ¿qué sucede á los que entran en esa caverna? dijeron algunos.

—¡Oid! ¡oid! ya la tormenta se echa encima y empieza á llover: amparémonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con un cuento maravilloso.

—Sí.

—¡Cuento!

—¿Es la historia del encanto de la caverna?

—Si por cierto, la historia de un rey mago, que fué el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas.

Y los ginetes fueron á ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y se agruparon en torno del cuentista.

La tempestad descargó entonces en todo su furor, y empezó á oirse el mugido de las aguas que se despeñaban por la rambla y que crecian á cada momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante bramido de lo tempestad.

XXIV.

—Habeis de saber, amigos, dijo el cuentista, con la importancia y el placer del que tiene pendiente de su palabra la atencion de muchos hombres, que habia en esta tierra, no se sabe cuando, pero sí que hace mucho tiempo, un rey muy poderoso, que habia pasado los años de su vida estudiando la astrología, y la ciencia maldita de lo oculto: era pues, muy sabio, y muy poderoso, pero no era feliz: no tenia que necesitaba, y para procurárselo, conjuró á Satanás.

—¿Y Satanás obedeció?

—Sí, porque el rey habia estudiado los siete libros mágicos de Salomon, y se habia hecho mago.

—¿Y que pidió el rey mago á Satanás?

—¡La felicidad!

—¿Y se la dió Satanás?

—Le dió lo que él creia la felicidad, esto es, riquezas, y vasallos; poder invencible contra sus enemigos, y una juventud y una hermosura inauditas, durante trescientos cincuenta y cinco años.

—¡Oh! ¡y qué rey tan feliz! dijo un ginete de barba blanca: ¡un hombre que durante trescientos cincuenta y cinco años, seria jóven, rico, invencible y hermoso, y no sirviendo á nadie.

—Te engañas, dijo el cuentista: el rey mago era esclavo de sí mismo.

—¡Ah!

—¡Oh!

—¿Y cómo?

—Ya vereis: el rey mago estaba cansado de todo; porque hacia mucho tiempo, que las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del mar, y los frutos de todo el mundo le servian por su ciencia de manjares, y no encontraba nada que no le repugnase y que pudiese escitar su apetito.

—¡Ah!

—Además de esto, el mago era soberbio, y queria tener un palacio como no le hubiera en el mundo, y en aquel palacio un harém en que hubiera las mugeres mas maravillosamente hermosas de la tierra. Era además cruel y se gozaba con la sangre, con la muerte y el estrago.

—¡Ah, maldito!

—En el mismo punto en que pactó con Satanás, que durante trescientos cincuenta y cinco años le tendria por esclavo, con la condicion de que pasados los trescientos cincuenta y cinco años, él seria esclavo suyo por toda una eternidad...

—¿Tanto valía el alma del rey mago?

—El diablo habia tratado con él de mala fé, porque si el diablo fuese una vez honrado, dejaria de ser el diablo. Ya vereis. En el mismo punto en que estuvo hecho aquel trato, que se hizo por cierto en aquella gruta, el rey mago, dijo á Satanás:—Quiero tener un alcázar como no lo haya tenido el poderoso Salomon.

Apenas dijo el mago estas palabras, cuando sobre la cumbre de esta montaña, apareció un alcázar... yo no puedo deciros como era el alcázar, porque no hay palabras en lo humano para encarecerle. Pero era mas bello, mucho mas bello que la Alhambra, y eso que dicen que la hicieron las buenas hadas del rey Nazar.

—¡Oh! ¡oh! esclamaron todos los ginetes en coro.

—Y eso que Satanás habia construido el alcázar en un momento.

Repitióse el murmullo de asombro.

—Cuando el rey mago vió aquel palacio tan maravilloso, dijo al diablo:—Satanás, tengo hambre, los frutos y los animales de la tierra me enojan: dame un fruto que no le haya ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el infierno.

Y Satanás desapareció por un momento, y volvió á aparecer con una hermosa manzana en la mano. Habia ido por ella al jardin de Hiram y la habia cogido del árbol de la vida.

—¡Ah!

—Cuando el rey mago comió la manzana, su corazon ardió, sus ojos se pusieron rojos, le devoró una sed terrible, y gritó:—Satanás, quiero recrear mis ojos en ver el esterminio; quiero ver los cadáveres hechos pedazos sobre el campo de batalla, y devorados por los buitres; tengo sed, y quiero aplacarla con sangre humana.—En el mismo punto, Satanás tomó al rey sobre sus alas de murciélago, y en un solo instante le condujo á un campo donde se embestian los egércitos de dos reyes enemigos: y cuando el horno de la pelea estaba encendido y bravo, Satanás se mezcló con el rey entre los combatientes, y el rey veia morir, las unas á las manos de las otras, criaturas de Dios: y se recreaba en cada herida, se alegraba con cada muerte, bebia la sangre de los moribundos, y luego, cuando se hubo acabado la batalla y traspuso el sol, vió á los buitres venir en bandadas, caer sobre el campo de batalla y devorar los cadáveres desnudos. Y entonces esclamó:—¡Satanás! la noche empieza; tengo sueño; la sangre me ha embriagado; quiero dormir mi embriaguez entre los brazos de la doncella mas hermosa del mundo; llévame donde yo repose y temple mi sed de amor.—Y como Satanás era su esclavo, le tomó sobro sus hombros y le llevó á una cabaña.

—¡A una cabaña!

—Las mugeres mas hermosas, son las que respiran el aire saludable de las montañas, las que se egercitan apacentando sus rebaños, las que templan su sed con el agua pura de los manantiales, y satisfacen su hambre con los sazonados frutos de los árboles; las que nunca se han pintado con alheña las uñas y los cabellos, las que nunca han oprimido con el ceñidor su cintura, ni con el borceguí su pie; las que no han olido otro perfume, que el de los romeros y el que los vientecillos arrancan de las flores; las que para enamorar no conocen el artificio, ni mienten ni tienen celos, ni las devora la envidia: ¡oh! ¡sí! las montañesas de mi tierra son las mugeres mas hermosas del mundo.—Pues, como decia, el diablo llevó á la cabaña de una de estas vírgenes al mago, y como el mago era hermoso y parecia jóven, y le ayudaba Satanás, la pobre muchacha, aunque estaba enamorada de otro, se enamoró de él y le sonrió amorosa, y el mago satisfizo su sed de amor, y durmió entre sus brazos su embriaguez de sangre; y cuando despertó, dijo á Satanás:—Esta muchacha me enoja; llévame á mi alcázar.—Y el diablo le llevó, y este fué el primer dia del pacto del rey mago con Satanás.—Y cuando la muchacha despertó se encontró sola, y buscó enamorada al rey y no le encontró, y empezó á empalidecer y á enflaquecer, y murió á los pocos dias y con ella murió antes de nacer, y teniendo ya un alma impura, la hija que la desdichada habia concebido en sus breves amores con el rey mago.

Y el segundo dia de su pacto con el diablo, el rey comió otra manzana del árbol de la vida, y vió otra batalla, y bebió sangre, y tuvo otra doncella, y la doncella murió, y con ella una hija no nacida.

Y durante el primer año de su pacto con el diablo, comió el rey mago trescientas cincuenta y cuatro manzanas del árbol de la vida, y vió otras tantas batallas, y se embriagó otras tantas veces con sangre humana, y el diablo le dió otras tantas doncellas, que murieron abandonadas, y con ellas, antes de ver la luz, sus hijas. Y el dia en que se cumplia el año, todas estas hijas no nacidas vinieron al palacio del rey mago convertidas en unas hermosísimas hadas, engalanadas con vestiduras tales, tan sútiles, tan trasparentes y tan ricas, como no hay artífice que las hiciese iguales, y adornadas con oro, perlas y diamantes, como no se encuentran ni en los senos de la tierra, ni en las entrañas de las rocas, ni en los abismos del mar. Y el mago vió alrededor de sí, trescientas cincuenta y cuatro hijas, una por cada año de la vida que le habia concedido Satanás, y todas tan hermosas, tan resplandecientes, tan magníficas como el rey mago no habia podido soñar en sus mas ardientes sueños de deseo. Sucedió que cuando el mago vió delante de sí á su primera hija se enamoró perdidamente de ella, y su hija de él; pero por mas que hacian por unirse, los separaba siempre un muro invisible, impenetrable, que les impedia tocarse: y el mago y la hada gemian y giraban alrededor el uno del otro, siempre separados por un muro tan delgado como un cabello y tan claro como el diamante, y como el diamante tan duro. Y cuando el mago vió su segunda hija mas hermosa que la primera, se obstinó más, y así sucesivamente hasta que, rodeado de las trescientas cincuenta y cuatro, y rodeándose todas ellas, y siempre sin poder tocarse, llamó desesperado á Satanás.—Yo muero, dijo; dame la mas hermosa de mis hijas.—Por cada hija tuya, un año de tu vida, dijo Satanás.—Te lo doy, dijo el mago.—Y Satanás rompió el muro de diamante que le separaba de la primera hija, y el uno y el otro se estrecharon en sus brazos.

—¡Ah, malditos, malditos!

Pero apenas tocó el mago á su primera hija, sintió cansancio de ella y le pareció mas hermosa la segunda.—Dáme mi segunda hija, Satanás, dijo el mago.—¿Me darás por ella otro año de tu vida?—Sí, contestó el mago.—Ten, pues, dijo Satanás, y le entregó su segunda hija. Pero apenas la tocó el mago, la aborreció. Pidió una tercera á Satanás, y Satanás le pidió otro año de su vida.—Y así, pidiendo una á una sus hijas á Satanás, y dándole por cada una de ellas un año de su vida, y aborreciendo á sus hijas apenas las tocaba, desde el anochecer de una noche de horror, hasta el amanecer de un dia de tormenta, el diablo dió al mago sus trescientas cincuenta y cuatro hijas, y el mago gastó sus trescientos cincuenta y cuatro años sin haber apagado su sed de amor, sin haber cometido un solo incesto. Dios no lo quiso permitir, y el diablo se alegró de ello, porque en un año que llevaba de servir al rey mago, habia conocido que su esclavitud era insoportable. Cuando el mago rechazaba á su última hija, cantó el gallo en la alborada.—Eres mi esclavo, dijo Satanás al mago; tus vicios han sido mas poderosos que tu ciencia, y has gastado en una noche de deseo los trescientos cincuenta y cuatro años que yo te dí por tu alma.—Y asiéndose del rey mago, le arrebató consigo á los abismos, y con el rey mago se hundió su negro palacio, y solo quedó esa caverna, donde sedientas de amor, penan las trescientas cincuenta y cuatro[88] hadas malas, sus hijas. Y por su sed de amor, cuando un hombre que no lleva sobre si un amuleto entra en la rambla, las hadas malas llaman á la tempestad, y el viagero, huyendo de ella, trepa á la gruta, y cuando está dentro las hadas se apoderan de él y todas le quieren para sí, y lo despedazan pretendiendo arrebatárselo las unas á las otras, y en el momento en que el desdichado muere, mordido, arañado, sofocado, estrangulado, despedazado, cesa la tempestad y se vé el torrente que se precipita por la rambla, rojo como sangre humana.

¡Y nuestro señor ha entrado en esa maldita caverna!

—Dios tenga piedad de él si no lleva consigo un amuleto.

—¿Y quién te ha contado ese cuento?

—¡Qué! ¿dudareis de él?

—No dudo; ¿pero cómo se sabe lo que pasa en esa caverna, si todos los que entran en ella mueren?

—Yo no sé quien lo habrá contado; algun varon justo y temeroso de Dios.

—Además de eso, ¿crees tú que sea falso un cuento que tiene tan provechosa enseñanza?

—¿Y qué enseñanza es esa?

—Que al hombre le matan sus vicios, le hacen odioso á Dios, y le condenan.

—¡Ah! ¡ah!

—Pero ved que la tempestad pasa y sale la luna.

—Es verdad; pero nuestro señor no sale de la caverna.

—Sí; pero su katib Zuleka, está sentado tranquilamente á su entrada.

—¡No importa! ¡no importa! ¿qué habrá sucedido á nuestro señor?

XXV.

¿Qué habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas al walí Abd-el-Rahhaman?

Apenas entró en ella, sintió un vértigo inesplicable y se sentó junto á una piedra.

Poco despues reclinó su cabeza en sus rodillas y se durmió.

De repente sintió que le movian suavemente, y oyó una voz que le dijo:

—¡Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El walí abrió los ojos, y no se encontró ya en la gruta, si no en un alcázar maravilloso.

Pero aquel alcázar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cúpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, á través de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galerías, las columnas, estaban abiertos á un espacio nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alcázar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre él.

Entre los arcos, entre las galerías, entre las columnas, pasaban y cruzaban, y volvian á pasar y á cruzar, confundiéndose, mezclándose, sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de forma, dejándose ver á veces cerca y determinadas como mugeres hermosas y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por el viento, y se confundian en la niebla volviendo á dejarse ver en una nueva oleada.

—¡Oh, poderoso Allah! dijo el walí; ¿qué doncellas son estas, que así vienen y ván, y que así me miran y que no se acercan á mí? Todas son resplandecientes como gotas de rocío á los rayos del sol, y todas hermosas, y todas anhelantes y tristes. ¿Por qué turban mi razon esas mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados por los años y por las desgracias?

—¡Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad, sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del walí: ¿qué has hecho de tus hijos?

—¡Mis hijos! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡mis hijos, genio invisible, yo no tengo mas que un hijo!

—A más del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: ¿qué has hecho de ellas?

—La una me la robó su madre; la otra me la robaron los cristianos, contestó el walí.

—Dos de tus hijos están malditos, esclamó la voz.

—¡Ah, perdon para ellos! repuso el walí.

—La última hija tuya, tu María...

—¡Ah! ¿qué es de María? esclamó el walí.

—¡María! corre á la Alhambra, walí, corre á la Alhambra, y salva á María porque la impureza y el crimen la acechan.

—El walí guardó silencio aterrado.

—¿Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

—¡Ah, infeliz!

—Fué envenenada por una muger terrible.

—¿Y quién es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

—Esa muger ocupó el tálamo vacío de Abul-Walid; esa muger fué sultana; esa muger envenenó al que creia su padre...

—¿Pues quién fué su padre?

—Su nombre está envuelto en un misterio para tí, porque es necesario que se cumpla una venganza terrible.

—¿Y sabré el nombre del padre de esa muger?

—Cuando la hayas esterminado.

—¡Matadora de Aleidah! ¡envenenadora del que creia su padre!

—Y la condenacion del alma de tu hijo.

—¡De mi hijo!

—Sí; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adúltera: de tu hijo que amaba á su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de amor entre los brazos de la sultana que mató á su padre y á su esposo, ignora que mató tambien á la anterior sultana.

—¡Invisible genio! ¿me haces esta revelacion para que castigue tantos crímenes?

—Sí; toma.

Un pergamino enrollado cayó á los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

—¿Qué es esto, poderoso genio? dijo el infante.

—Esa es la historia de los crímenes de la sultana Ketirah, y de su cómplice el wacir Masud-Almoharaví: dá esta historia á tu hijo.

—¿Y dónde encontraré á mi hijo, poderoso genio?

—Mañana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches, encontrarás sentado y de frente á tí, un perro blanco de montería. Cuando te llegues á él, el perro se levantará y correrá delante de tí; sigue á ese perro y él te llevará á el lugar de donde todas las noches sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

—¡Poderoso genio!... dijo el walí.

—Yo no soy genio... soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el dia en que, siendo el vengador de los crímenes de los hombres, alcance mi perdon.

—¡Ah! ¿tú has sido hombre?

—Sí; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas: una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunció estas palabras, cuando el alcázar fantástico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie, y se encontró en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz de la luna.

—¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que tenia entre los pliegues de su faja... ¡Oh! ¡este pergamino escrito!... ¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería, le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh, poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su entrada.

—¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia formado en la rambla.

XXVI.

Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del firmamento.

El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto á los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.

De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.

Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le oponian.

Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia durmiendo.

Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco, prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la violenta carrera del caballo, el infante despertó.

Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invocó á Dios.

Aquel perro era horrible, feróz.

Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.

Al ver ante sí al infante se levantó, se volvió, y se dió á correr por la montaña.

El infante apretó los acicates á su caballo, que partió tras el perro.

Y el perro siguió corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas y por desfiladeros.

A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio, mas triste y mas opaca la luz de la luna.

Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja torre de atalaya.

El infante refrenó su caballo.

Y echó pie á tierra.

Cuando buscó al perro, este habia desaparecido.

Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.

La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.

Cuando el walí de Algeciras se dirigió á ella para llamar, oyó dentro el relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro de la puerta, que se abrió al fin, dejando ver dos hombres.

Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha, y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo árabe.

El otro hombre, era un hermoso y jóven caballero moro.

Al verle, el walí de Algeciras dió un paso atrás.

Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.

El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana María.

No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago Jacub-Al-Hakem habia ocultado al walí Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que solo conocia este horrible secreto María, que no habia podido revelarlo á nadie recluida en la torre de la Cautiva.

El infante retrocedió á su vez al reconocer á la luz de la luna á su padre.

—Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el walí: á tí, que huyes de la luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu padre.

—¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.

—Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú, añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.

Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

—¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de una montaña.

—¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.

—Y aun querrás disculparte de aquel crímen.

—Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la suerte, que me volvió las espaldas.

—Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita sultana Ketirah.

—¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero... yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la infeliz María.

—¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está cautiva en la Alhambra?

—Si señor; ella es.

—Y dime, hijo mio... ¿has amado tú á esa doncella?

—Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una hermana.

—¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el hermano deshonre á su hermana!

—¿Qué decís, señor?

—¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

—Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos.»

—¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.

—Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.

—¡Oh! ¡muéstrame, muéstrame esas joyas!

El infante fué á un ángulo del aposento, levantó una piedra, socavó debajo de ella la tierra con su puñal, y sacó un talego de seda, que entregó á su padre.

El walí sacó con ansia aquellas joyas y las examinó.

Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado á María.

—¡Ah! esclamó el walí; ¡las joyas de su madre!

—¿Y quién era su madre? dijo Ebn-Ismail.

—Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. ¡Y el rey Ismail se habia atrevido á la honra de esa doncella!... Has hecho bien en matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo á tu hermana.

—¡Mi hermana! ¡mi hermana! esclamó Ebn-Ismail: harto me lo decia el corazon!

—Y sin embargo, respecto á otra muger el corazon te ha sido infiel, dijo Abd-el Rahhaman.

—¡Otra muger!

—La infame sultana Ketirah.

—¡La infame sultana has dicho, padre y señor!

—Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu prima la sultana Aleidah.

—¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.

—La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres, esta misma noche.

—¡Esta misma noche!

—Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte en los brazos de Ketirah.

—Es verdad.

Además este pergamino le revelará los crímenes de la sultana y de su cómplice.

Y dió á su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de las hadas malditas.

—Pues bien; vé, añadió el walí, pero vé á vengar á tu prima la sultana Aleidah, á salvar á tu hermana María: yo te acompañaré.

Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras, tomaron los caballos y partieron por entre los cerros á la Alhambra, que ya estaba próxima, el padre y el hijo.

XXVII.

—Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la felicidad de tu hija la cristiana?

—¡Qué si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

—La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.

—¡Dolorosa! ¿y por qué?

—María ama á un hombre.

—¿Y á qué hombre ama?

—A un cristiano.

Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

—¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha debido, pues, amar á un cristiano.... ¿Y ese cristiano es digno de ella y de nuestra sangre?

—Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.

—¿Y murió?

—No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada, trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce, tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le encontramos.

—¡Vivo!

—Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux. Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.

—¿Y el esposo de María, vive?

—¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz á tu hija, señor?

—¡Oh! sí.

—Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando, bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y entregarle tu hija.

—¡Oh! ¡poderoso Señor!

—Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado, padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah... ¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las gentes.

—¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?

—Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu hija.

—Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.

Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á la carrera.

Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se perdió en la montaña repitiendo:

—¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado.... ¡oh, mas la valiera no haber nacido!