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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 89: V.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

XXVIII.

En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un jóven con trage castellano.

Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contaría veinte y cuatro años.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara, estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga lanza.

Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.

El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.

Y sus ojos se llenaban de lágrimas.

—¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!

Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.

De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la puerta de la cámara y dijo:

—¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

—¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.

Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.

—Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?

—Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto obligado á amar, porque le debo la vida.

—¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.

—Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?

—¿No deseas nada?

—¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.

—¡La muerte!

—Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...

—Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un padre.

—Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que yo he perdido?

—Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...

—¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.

—¡Que no la conoces, y mueres por ella!

—Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es cristiana.

—Mi hija es cristiana tambien.

—La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre de Dios.

—El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

—¡María!

—Sí, María.

—Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y era hija del corregidor Sancho de Arias.

—En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho de Arias pasaba.

—¡Oh! esto no puede ser.

—Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

—¡Hija tuya, María!

—Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

—¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

—Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros, estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado, porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese robada por los cristianos?

—¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

—¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

—¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

—Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola en el harem de la Alhambra!

—¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?

—Cautiva en una torre de la Alhambra.

—¿Pero, pura... salvada?

—A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

—¡Por mí!

—Sígueme y te entrego á María.

—¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

—Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las piezas de aquella armadura.

—¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

—¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un inmenso sacrificio?

—¡Un sacrificio!

—Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.

—¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?

—¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?

—A Castilla.

—¡Entre cristianos!

—¿Y no es tu hija cristiana?

—Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

—¡Ah, señor, perdon!

—¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto, pronto.

El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.

—No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer es peligrosa.

Y salió con Gonzalo de la cámara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.

XXIX.

Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus brazos.

Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.

—¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?

—¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.

—¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus palabras!

—Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.

—¿Qué faltan tres personas?

—Sí; haz llamar á Masud-Almoharaví.

—¡A Masud! esclamó la sultana; ¡oh! ¡si fuera verdad lo que sospecho!

—¿Y qué sospechas?

—¡Tú quieres ser rey de Granada!

—¡Yo!

—Sí; sabes que yo te amo antes que á mi alma, sabes que Masud no puede negarme nada y... ansías esa corona...

—Puede ser... esclamó despues de un momento de profunda meditacion Ebn-Ismail.

—Y es el sueño mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: ¡tú sultan de Granada! ¡yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta sultana, el rey Mohammet, es débil de salud; puede morir de un momento á otro.

—Llama á Masud-Almoharaví; repitió el infante.

Ketirah se levantó y salió.

Poco despues volvió acompañada del wazir.

—¡Masud! ¡Masud! esclamó Ketirah; ¡ha llegado el momento, quiere la corona de Granada!

—¡Qué quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas adelante...

—Pero ya es tiempo de castigar vuestros crímenes, dijo Ebn-Ismail que habia corrido á la puerta de la cámara, la habia cerrado, y se habia guardado la llave.

—¡Oh! ¿qué es esto? dijo Masud-Almoharaví, mientras la sultana miraba aterrada al infante: ¿de qué crímenes hablas?

—Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.

—Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclamó Ketirah.

—Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.

Y se puso á pasear sombriamente á lo largo de la cámara.

La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su sombrío silencio, y en su paseo inalterable.

En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la fuerza.

El feróz y reconocido valor del infante le contenia.

Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de lo desconocido.

Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia una espresion terrible.

Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo todo, retirados é inmóviles en un ángulo.

Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.

El infante corrió al ajimez.

A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes y algunos hombres á pie.

Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la larguísima escala.

Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.

Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.

—He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana Aleidah.

XXX.

Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhaló á un tiempo de las bocas de la sultana y del wazir.

Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso pálido, y avanzó hacia Ketirah y Masud.

—¿Conque son ciertos los crímenes de que os acusa este pergamino? esclamó sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.

El infante Abd-el-Rahhaman, se cruzó entre su hijo y los dos miserables que estaban aterrados.

—Donde está el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.

Y apartó á Ebn-Ismail, que se hizo atrás pálido y sombrío.

—Y tú cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

—He ahí, continuó Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un arcángel, y que dentro de sí tiene el alma de Satanás: he ahí un viejo que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que salió de su oscura madriguera para subir á la luz por la senda del crímen.

—¿Y con qué derecho te atreves á insultarme á mí, á la madre de tu rey, infante de Granada? esclamó la sultana que habia logrado dominarse.

—Con el que me dá la justicia de Dios, contestó el infante; con el que me dán vuestros crímenes.

—¡Mis crímenes! ¿y cuáles son mis crímenes? esclamó la sultana.

—¿Qué hacías aquí, á qué has venido á esta torre, hermosa Ketirah? esclamó con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

—¡Qué á que he venido aquí! esclamó Ketirah con audacia: engañada por tu hijo.

—¿Por mi hijo?

—Sí, tu hijo habia solicitado verme...

—¡Y tú te prestaste á ver al matador de tu esposo, en el solitario aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio de una escala, para apurar un placer adúltero entre los brazos de una muger infame!

—¡Padre! esclamó confundido Ebn-Ismail.

—Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, ¿has tenido las mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

—¡Padre!

—Silencio cuando yo hablo. He venido á hacer justicia en nombre de Dios, y habrá justicia para todos.

—Sí, para todos habrá justicia, dijo una voz terrible y retumbante al otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareció en la cámara el viejo rey mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterró á todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado existiese un viejo tan horrible como Jacub.

—Sí, habrá justicia para todos, esclamó el mago adelantando en medio del silencio general y sentándose en el suelo sobre la alfombra en el centro de la cámara. Para todos habrá castigo y recompensa: tú, cristiano, que no has ofendido á Dios, que no has manchado tus manos con sangre, que no te has vendido á Satanás, tendrás por recompensa á tu buena, á tu pura, á tu inocente, á tu amada María; pero tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú, que amparaste á Walidé cuando la encontraste con las manos teñidas en sangre; tú, que casi renegaste de Dios por los amores de una cristiana; tú, que diste ocasion con tus pasiones á que Walidé se tiñera en la sangre de doña Catalina; tú, que cuando desapareció Walidé huyendo de tu furor y llevándose consigo una hija tuya, olvidaste á tu hija por odio á su madre, y la abandonaste á su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono; tú, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos á otra hija tuya, que criada entre otras gentes adoró á otros dioses; tú, que con tu soberbia has ensoberbecido á tu hijo, que ha matado á su rey; tú, que despues no has castigado á tu hijo; tú, infante de Granada, walí de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, tú serás castigado: pasarás dias de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roerá tu corazon, porque tú, por saciar una venganza contra un enemigo, has producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago condenado, fijos en él, le helaban la sangre.

—¿Y qué te diré yo, Ketirah, teñida en la sangre del que llamabas tu padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su esposa asesinada por tí; que despues distes el golpe de misericordia, la última puñalada á tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los brazos á ese mismo amante teñido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abrió los labios para contestar, y la palabra se heló en ellos.

El mago se volvió terrible á Masud Almoharaví, que temblaba.

—Y tú, esclamó, amigo traidor del pasado wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, el que por sustituirle alhagaste la ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste á que envenenara al que creia su padre....

—¡Pues qué! esclamó Ketirah, ¿no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contestó á Ketirah, sino que siguió dirijiendo su tremenda palabra á Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible acusacion que parecia la voz de su conciencia.

—Tú, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste á Ketirah en la muerte de la sultana Aleidah; tú, que la llevaste al tálamo de Abul-Walid, tú, que has sido el cómplice de los crímenes de esa muger, ¿qué te puedo yo decir sino que la justicia de Dios está suspendida sobre tu cabeza?




Fuga de Maria.

Calló el mago, y todos callaron, y un silencio de muerte dominó en la torre.

—¿Y qué haces tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú que habias venido á salvar á tu hija la cristiana y á castigar á la parricida, á la adúltera, á la incestuosa?

—¡A la incestuosa! esclamó Ketirah adelantando pálida como un cadáver.

—Esperad, esperad, dijo el mago; siento á una persona que se acerca; esa persona es María: Masud, al llamarle Ketirah, se encontraba con María, y por olvido, al bajar ha dejado abierta la puerta de la prision de la cristiana. Ella ha aprovechado esta circunstancia y ha recorrido la torre: pero su puerta estaba cerrada, y al cabo despues de bajar desde el almenar hasta los subterráneos, ha estado ahí tras esa puerta escuchando estremecida de terror. Vé y abre á tu hermana, infante Ebn-Ismail; abre esa puerta y entrégala á su esposo, pero despues que haya pronunciado la revelacion que ha de ser vuestro castigo.

El infante Ebn-Ismail dominado por el acento del mago, fué á la puerta y la abrió: María entró pálida, fatal, aterrada, y adelantando hácia Ketirah dijo con acento solemne:

—¡Yo he oido nombrar aquí á la sultana de Granada! yo he oido una voz de muger, y aquí no hay mas muger que tú: ¿serás tu acaso mi hermana; la hija de Walidé, la segunda esposa de mi padre?

—Yo soy hija de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, dijo con acento de horror Ketirah.

—Abul-Fath-Nazir, esclamó el mago, amparó en su fuga á Walidé, que te llevaba consigo; Abul-Fath-Nazir, gozó los amores de tu madre y te llamó su hija. Metió contigo una vívora en su seno, porque tú le mataste.

Un grito de horror salió de todas las bocas.

Las palabras del mago, tenian tal autoridad, tal acento de revelacion, que nadie dudó de ellas.

María no pudo resistir á tanto horror, y cayó desmayada en los brazos de Gonzalo.

—¡Salvadla! ¡salvadla! ¡apartadla de este infierno! gritó el mago.

Y obediente á su voz, Ebn-Ismail y Gonzalo cargaron con María, fueron al ajimez, salió por él Gonzalo y descendió por la escala llevando consigo á María desmayada.

El infante Ebn-Ismail, aseguraba la escala.

Abd-el-Rahhaman y Masud fijaban una mirada ansiosa en el ajimez por donde habia desaparecido María.

—¡Oh! ¡mi hija! ¡mi hija! ¡ya no volveré á verla! esclamó Abd-el-Rahhaman avalanzándose al ajimez.

De repente Masud, á quien arrastraba su amor tras María, se avanzó tambien al ajimez, saltó por cima del infante Ebn-Ismail, y se asió á la escala recibiendo una puñalada en el pecho de manos del infante.

Y sin embargo, como si el amor hubiera sido para él una segunda vida, se deslizó por la escala y llegó al pié de ella á tiempo que Gonzalo con María, desmayada aun, montaba á caballo.

Masud montó en el otro caballo que tenia del diestro un esclavo, le arrebató la lanza y siguió á la carrera, tras el caballo de Gonzalo que corria barranco arriba.

Y, ¡cosa estraña! delante del caballo que montaba Masud, corria dando horribles ladridos, el lanudo y gigantesco perro que habia guiado al wali de Algeciras aquella misma noche al albergue donde se ocultaba su hijo.

XXXI.

Cuando el padre y el hijo se retiraron del ajimez, el maldito rey mago habia desaparecido.

Solo quedaba en la cámara Ketirah, pero en un estado horrible.

Estaba replegada en el diván, muda, sombría, con la mirada estraviada, y jadeante.

Tenia en la mano un pomo de oro.

De aquel pomo, salian algunas gotas de un licor verdoso.

—¡Oh! esclamaron á un tiempo su padre y su hermano corriendo hácia ella. ¿Qué has hecho desdichada?

—¡Adúltera! ¡parricida! ¡incestuosa! esclamó con acento terrible, la sultana Ketirah.

El padre y el hijo cayeron de rodillas.

Ketirah, continuó delirando.

—¡La vida! ¡la vida! ¿para que quiero yo esta vida de horror?

¡Maldito sea mi padre, que me abandonó!

¡Maldito sea mi hermano, que puso los ojos en mi hermosura!

Y Abd-el-Rahhaman y Ebn-Ismail, cayeron de rostro contra el suelo y sintieron sobre sí la mano de Dios.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En vano los esclavos que esperaban á su señor al pie de la torre, esperaron toda la noche; al amanecer, temerosos de ser vistos se retiraron.

La escala quedó pendiente del ajimez.

Pero cuando subieron á la torre, los que entraron en ella, la encontraron abandonada.

El padre y los dos hijos, habian desaparecido.

¿Qué habia sido de ellos?

Nadie volvió á ver mas ni á la sultana Ketirah, ni á Masud-Almoharaví, ni Abd-el-Rahhaman, ni á Ebn-Ismail.

Un profundo misterio habia envuelto su suerte.

En cuanto á la torre, como muchos sabian que en ella habia estado cautiva una doncella cristiana, que habia causado la muerte de Abul-Walid; como habian encontrado pendiente de uno de los ajimeces una escala, y á los pies de la torre las huellas de pisadas de caballos, dióse por segura la fuga de la cautiva cristiana, y por aquella singularidad, llamaron á la torre, y siguen llamándola hasta hoy por tradicion, la torre de la Cautiva.

Algunos pretenden que durante las noches oscuras de invierno, se iluminan con un fuego sombrio los destrozados ajimeces de la torre de la Cautiva; que se vé, cantando lúgubremente sobre ella, una sombra negra envuelta en una nube impura, y que se oyen dentro gemidos y ruido de cadenas.

Nosotros creemos que estas maravillas son hijas de la imaginacion impresionable de los andaluces; bramidos del viento contra la torre, y efectos de la momentánea luz del relámpago que durante la tormenta la iluminan.

Sin embargo, las gentes sencillas creen como en un artículo de fé en la tradicion de la torre de la Cautiva.

¿Pero cómo esplicar la desaparicion de todos los personages del cuento?

Para esplicarla hay que atravesar la parte alta de la Alhambra é ir á buscar otra tradicion en la torre cuyo nombre sirve de título á la leyenda siguiente.





LEYENDA VI.

LA TORRE DE LOS SIETE SUELOS.

CUYO FINAL SIRVE DE EPÍLOGO Á LAS
DOS ANTERIORES.

I.

Si vais á Granada, y en la parte meridional de la Alhambra, veis dos torres rajadas, aportillados los muros, las vides serpeando hasta las almenas, al pie un arroyo, y junto al arroyo flores y árboles; si tropezais en fragmentos desprendidos, en escombros amontonados, aquella parte que veis, teniendo delante un cubo, en que crecen los jaramagos y las malvas locas, y sobre el cubo las dos torres, orladas por una tapia de tierra con aspilleras, y entre las dos torres un muro, y en este muro una puerta tapiada, podeis decir que estais en la torre de los Siete Suelos, entrada principal de la Alhambra en otros dias, y hoy ruina miserable insultada por los hombres y por el tiempo.

Difícilmente puede comprenderse la pasada magnificencia de aquella puerta.

A principios del siglo actual, los franceses, los hijos de ese pueblo ilustradísimo, que vinieron á España con el no menos ilustradísimo, sabio, prepotente colosal Bonaparte, tuvieron el buen gusto de minar la Alhambra y de barrenar sus muros: no podian llevársela como se llevaron otras tantas cosas que aun no han vuelto, y quisieron destruirla; afortunadamente un soldado de los inválidos del castillo, tuvo valor bastante para cortar la mina, pero cuando ya habia volado la magnífica torre del Agua, cuyos vestigios se vén con vergüenza de los civilizadores del mundo en la parte sur de la Alhambra, donde yacen arrojados fragmentos de los muros sobre el barranco. Del mismo modo por la parte de adentro de los muros, junto á la torre de los Siete Suelos, se vé un colosal fragmento de bóveda, surcado por los barrenos, fragmento que debia tener sobre si una inscripcion que dijese:

«No fueron españoles los que esto hicieron, sino los franceses que trajo á España para civilizarla Napoleon el Grande.»

De la misma manera en la torre de los Picos, en la bellísima torre de los Picos, debia escribirse:

«Las balas rasas que dejaron sus señales como se vén en el muro de esa torre, fueron disparadas desde las baterías de la Silla del Moro, por los franceses que acaudillaba el mariscal Sebastiani.»

Y debia añadirse:

«La Alhambra no resistió; esas ruinas fueron hechas con la sola intencion de destruir; las señales de esas balas de treinta y seis, no las recibió en medio del combate la torre de los Picos; los franceses las dispararon inútilmente para destruir la torre, que resistió como un viejo soldado tras su coraza á prueba. La Alhambra tembló bajo la esplosion de las minas, se rajaron sus torres y sus muros, pero resistió, no se destruyó enteramente, como si un génio invisible la hubiera protejido.»

Sin embargo, la torre de los Siete Suelos quedó destrozada, su parte interior y sus adornos volaron, algunos fragmentos de las magníficas enjutas de mármol de su puerta, han parecido ahora entre los escombros, y están en poder de uno de los amigos del autor.

Como si no hubiera sido bastante el bárbaro atentado de los franceses, un dia, durante la última guerra civil, cuando tuvo lugar sobre Castilla y Andalucía la espedicion de Gomez, púsosele en la cabeza á un capitan general de Granada fortificar la Alhambra, y un ingeniero para orlar la torre de los Siete Suelos de una tapia aspillerada, voló su parte superior que los franceses habian rajado.

Ahora, por último, la intendencia de la Casa Real, ha retirado las escasas cantidades destinadas para restaurar la Alhambra; parece, pues, que estraños y propios, montescos y capeletes, han tomado por empresa que la Alhambra desaparezca de sobre la haz de la tierra.

Nosotros al ver esto bajamos la cabeza, y decimos como los árabes:

¡Qué se cumpla lo que esta escrito!

II.

Pero en los tiempos antiguos, era distinto.

La torre de los Siete Suelos, era una magnífica torre.

Alzaba con altivez sus muros orlados de almenas reales.

Ostentaba los bellos mármoles labrados de su ingreso, y los ajimeces calados del muro, y sus matacanes y sus ladroneras y su ancho cubo, sobre cuya plataforma vagaban los soldados del rey moro.

El sol al salir alumbraba con alegría aquella puerta.

Pero antes del rey Abul-Walid, la torre de los Siete Suelos, no tenia unida á sí la terrible tradicion que con ella vive.

Esta tradicion es sombría.

Dícese que todas las noches, al dar el reloj las doce, sale de la torre un caballero moro, ginete en un caballo blanco sin cabeza, y precedido por un enorme y lanudo perro blanco, que recorren con la rapidez del relámpago los bosques de la Alhambra, y que al espirar la última campanada de las doce, vuelven á la torre y á su último suelo, del que no vuelven á salir hasta la noche siguiente.

Dícese que el que por acaso vé al Belludo y al Descabezado durante su brevísima escursion nocturna, esperimenta una desgracia.

Añádese, que el moro que cabalga en el Descabezado es un espíritu maldito.

Y preguntad á las buenas gentes de los alrededores, si es verdad lo del perro lanudo y lo del caballo sin cabeza, y os contestarán sin vacilar:

—Yo los he visto, una ó mas veces, y me ha acontecido tal ó cual desgracia.

Habia un guarda en los bosques de la Alhambra que se llamaba por apodo el Coronel: era un escelente hombre y un escelente cazador, y vivia en una cueva casi frente por frente de la torre de los Siete Suelos.

Una mañana de invierno el autor subió á la Alhambra.

Hacia un hermoso dia; pero la noche anterior habia sido una noche de tormenta.

El autor encontró al Coronel sentado tristemente al sol, en el poyo de piedras que habia junto á la puerta de la cueva.

—Eh, Coronel, le dijo; buenos dias: ¿qué hace Vd. ahí tan triste y tan cariacontecido?

—¡Ay, señor de mi alma! me contestó: anoche, cuando mas arreciaba el temporal, me dieron tentaciones de salir, porque de estas noches se valen los matuteros[89], y abrí la puerta á punto que daban las doce: el Belludo y el Descabezado pasaron junto á mí como alma que lleva el diablo.

—¡Bah! le dije: estaría Vd. medio dormido.

—¡Cá! no señor: hace diez años los ví otra noche, y al dia siguiente murió mi muger.

—¿Y qué desgracia le ha sucedido á Vd. ahora?

—¡Se me ha muerto la lebrela!

Cuando un hombre habla con tanta fé, no hay mas recurso que oir y callar.

Es pues, una tradicion reconocida, creida como un hecho indudable la existencia en la torre de los Siete Suelos de la Alhambra de un caballo sin cabeza y de un perro con muchas lanas.

En cuanto á los Siete Suelos misteriosos no están en la torre, sino en el cubo semicircular de defensa que está situado delante de la torre[90].

Uno de estos suelos es una galería semicircular, en la cual de trecho en trecho hay una especie de nicho profundo y abocinado que atraviesa el muro, en cuya parte esterior hay una piedra con una abertura obalada y sobre ella una cruz calada.

Aquellos nichos estaban destinados á los escuchas.

En el pavimento, y tambien de trecho en trecho, hay aberturas cuadradas, respiraderos sin duda, de las galerías inferiores.

Cuando se arroja una piedra por uno de aquellos respiraderos, se la siente caer retumbando, como en una sima.

En cuanto á los Siete Suelos, estando cegada la escalera que conducia al tercero, nada puede asegurarse.

Pero cuentan los viejos, que cuando aquellas escaleras no estaban cegadas se bajaba bien al tercer suelo, pero que en el cuarto la atmósfera era espesa; que en el quinto no se podia ya respirar, que se apagaban las luces, por bien preparadas que fuesen, y por último, que los que se habian atrevido á llegar hasta la escalera que conducia al sesto piso, habian oido un estruendo sordo y pavoroso, y se habian vuelto aterrados.

Quede consignado, pues, que en Granada se cree en el Belludo y el Descabezado de la torre de los Siete Suelos; que se cree dominada la torre por un encanto, y que nadie ha bajado ni podria bajar hasta el sétimo suelo.

Veamos ahora la tradicion mora.

III.

Allá por los tiempos en que los árabes emprendieron su conquista sobre España, en el sitio donde ahora se levanta la torre de los Siete Suelos, dicen que habia una sima profundísima, en cuya parte interior, naciendo en su borde, se torcia un estrecho, escarpado y peligroso sendero.

Una tarde, á tiempo que el sol trasponia, apareció entre los montes un caballo que llevaba sobre sí una dama.

Aquella dama era negra, pero hermosa, como la reina de Saba; llevaba los cabellos sueltos y desordenados, vestida una flotante y larga túnica de púrpura, y en el cuello y en los brazos, collar y brazaletes de gruesas perlas.

El caballo era blanco é iba en pelo.

Solo tenia un freno de oro y riendas de oro tambien, con las que le regia la dama.

Aquella dama, en la inquietud de la mirada de sus negros ojos, en la sobreescitacion de su alto seno y en el ardiente álito que emanaba de su boca purpúrea y entreabierta, se comprendia que estaba amenazada de un grave peligro, y en la precipitacion con que lanzaba su caballo á través del tortuoso sendero abierto entre el enmarañado bosque que entonces cubria la Colina Roja, la Silla del Moro y el Cerro del Sol, demostraba claro que huia.

Apenas habia la dama llegado al barranco que hoy se llama Peña-Partida, y que está ya próximo al lugar donde hoy se levanta la torre de los Siete Suelos, y donde antes existia la sima que hemos citado, cuando se oyeron roncos ladridos y apareció por el mismo lugar por donde habia llegado la dama, un enorme perro blanco de montería.

Al sentir sus ladridos, la dama se estremeció, y aguijó su caballo que partió por el descenso del barranco, y se dirijió como una flecha al borde de la sima.

Al verle la dama, dió un grito de horror y se arrojó del caballo al suelo, quedando desmayada por la violencia del golpe, junto al borde de la sima.

El caballo se lanzó en ella y desapareció, produciendo con su caida un ruido sordo, terrible, atronador, en las profundidades lóbregas de aquel agujero horrible.

IV.

La dama habia quedado suspendida entre los espinos sobre el abismo; el perro llegó al borde, asió con los dientes su túnica y la sacó fuera.

Entretanto llegó un hombre, y dió un puntapié al perro que se hizo atrás, y enseñó sus dientes amenazadores al hombre aquel, pero no le acometió.

Aquel hombre tenia un aspecto terrible.

Era su frente de color cobrizo, su cabellera bermeja, casi roja, como si se la hubiera teñido con sangre, y tan áspera que sus cabellos, mas que cabellos parecian cerdas: del mismo modo, su barba prolongada, revuelta, era áspera y roja, y cubria de tal modo su semblante, que apenas se le veian las narices anchas y romas, y dos ojillos grises, pero móviles, duros, feroces, de espresion cruel y perversa: de su boca y por cima de la revuelta barba, se veian salir cruzados cuatro colmillos blancos y agudos: era de estatura atlética, de miembros fornidos y cobrizos, estaba desnudo y descalzo, y solo cubria una parte de su cuerpo una especie de taparrabo negro de una tela de lana tosca: de la cintura de esta prenda, colgaba un hacha enorme con un astil de hierro muy corto; llevaba á la espalda un arco de fresno largo y poderoso, atravesadas en la especie de cinturon de que pendia el hacha, como hasta una docena de flechas, y se apoyaba en una pica corta y gruesa de roble, en una especie de chuzo, en cuyo estremo superior se veia enhastado un ancho y reluciente hierro de dos filos.

Habia cerrado la noche.

Una luna pálida, opaca, lanzaba un resplandor turbio, sombrío, impuro, casi rojo, en el claro del bosque, en el centro del cual, se abria la boca de la sima.

Aquella luz fantástica, pavorosa en el centro de un bosque solitario, sin oirse otro ruido que el del viento que zumbaba desapacible y frio entre las encinas; aquella dama negra desmayada, aquel hombre singular, bravío, de aspecto feróz, que la contemplaba con una alegria repugnante, y aquel perro sentado, con su enorme estatura, sus larguísimas lanas blancas, y sus ojos amenazadores y relucientes fijos en el hombre, eran un cuadro estraño tras el cual como que se adivinaba una historia sombría y terrible.

De repente, y cuando el hombre rojo se inclinaba sobre la hermosa dama negra, los ecos del bosque repitieron el sonido atronador de una bocina.

A aquel sonido, el hombre rojo se irguió, arrojó á sus pies la pica, se quitó el arco de la espalda, le templó, armó en él una flecha, y miró con fiereza al sitio de donde habia provenido el son de la bocina.

Retumbó un segundo toque mas cercano: el salvage entezó el arco, y esperó aun.

Por tercera vez, y ya á muy poca distancia, se oyó el sonido de la bocina, y apareció una forma humana entre la primera línea de los árboles.

Entonces el hombre rojo estendió el arco, le forzó y dejó ir la cuerda, y una flecha partió silvando, y fué á rebotar como sobre en una roca, en el bulto que adelantaba, que se precipitó á la carrera por la vertiente, de la colina, y llegó al fin al lugar donde estaban el hombre rojo, la dama desmayada y el perro.

V.

El hombre nuevamente aparecido, venia completamente armado por un arnés negro y reluciente.

Bajo su casco sin visera, redondo y liso, sin adorno alguno, se veia un semblante blanco, hermoso, melancólico, con unos grandes y lucientes ojos negros.

Pero en el fondo de aquellos ojos habia algo que causaba espanto.

El hombre rojo y el de la armadura negra, se miraron fijamente y en silencio, durante algunos segundos, pero con un odio infinito.

—Te has valido de tus malas artes, y de la amistad que tienes con el diablo, Kaibar, por robar del alcázar del rey Al-bahul, á la hermosa Zairah, dijo el de la armadura negra; pues bien, has trabajado para mí; porque voy á matarte, y despues nadie me preguntará por Zairah, á quien amo.

—¿Y dónde has visto tú á Zairah, Jacub? esclamó con voz ronca y sarcástica Kaibar.

—Me la ha mostrado en sueños el espíritu que me ayuda.

—¿Y cómo sabias tú que existia Zairah?

—Un dia estaba triste, muy triste; dijo Jacub, sentándose sobre una de las asperezas del borde de la sima con la misma tranquilidad que si no hubiera tenido delante un enemigo: velaba yo, apoyado en las almenas en la torre grande de la alcazaba de Cairvan[91]: brillaba como ahora la luna triste y sombría.

Y mi alma estaba envuelta en tinieblas.

—¡Por qué, dije levantando los ojos al cielo, por qué, grande y poderoso Allah, conturbas mi espíritu y le sumerges en sombra!

¿No soy yo hijo del poderoso rey Al-Bahul, el de los ojos de diamante y la barba de oro? ¿No tengo riquezas y esclavos, soldados invencibles, y corazon valiente que no se estremece ante el peligro? ¿Por qué, pues, mi corazon arde en un deseo misterioso como si encerrase un volcán?

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando sonó en mi oido una música regalada, que parecia venir de muy lejos, pero que, sin embargo, yo oia como si sonase junto á mí.

Aquella música parecia provenir de las cuerdas de oro de una guzla, y poco despues la acompañó una voz dulce, dulcísima, que resonó en mi corazon como el arrullo de la tórtola en los oidos de su compañera enamorada.

¡Oh! esclamé al ver que aquella voz templaba el fuego de mi corazon como una dulce lluvia de rocio: ya sé lo que deseo; ya sé lo que siento; yo amo á esa vírgen que canta.

—¿Y qué cantaba la vírgen? dijo con ronca voz el salvage.

—Cantaba un romance muy triste, contestó Jacub.

—¿Y te acuerdas de él? repuso Kaibar.

—Quedó fijo en mi memoria, como el bote de una lanza de Damasco queda señalado sobre una adarga de Kufa.

—Yo quiero oir ese romance, dijo Kaibar, que cediendo á una especie de fascinacion estraña desarmó su arco y se sentó frente á Jacub.

Zairah desmayada aun, estaba entre los dos.

El lanudo perro, tomando parte en aquella escena, miraba alternativamente al uno y al otro.

—Sí, yo quiero oir ese romance, repitió Kaibar.

—Pues óyelo, dijo Jacub.

Y empezó de este modo con voz lenta y cadenciosa.