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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 94: X.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

Libres los vientos—zumbando vagan;
libres navegan—las nubes blancas,
del firmamento—la azul campaña;
libres batiendo—las leves alas
las golondrinas—besan las aguas,
del ancho lago—que riza el aura;
libres las ondas—la curva playa,
amantes orlan—de espumas cándidas;
las mariposas—engalanadas
ora revuelan,—ora se paran,
entre las flores—de mi ventana,
y yo entretanto—me miro esclava,
me cercan muros,—puertas me guardan,
y en mis megillas—el sol vé lágrimas,
cuando aparece—por la mañana,
y aun vé mis ojos—que el llanto empaña
cuando á los mares—cansado baja.

Calló Jacub, y Kaibar que le habia escuchado atentamente, le dijo:

—¿Y qué hiciste despues de oir ese cantar?

—Me pareció que mi alma entera se habia trasladado al lugar desconocido de donde parecia haber venido aquel canto; conoci que la tristeza que antes me aquejaba era una tristeza de amor.

—¿Y amaste?

—¡Con toda mi alma!

—¿Y conociste á la virgen de tu amor?

—Sí.

—¿Y era ella? dijo Kaibar señalando con un ademán enérgico á la dama que aun estaba desmayada.

—Sí, era Zairah, dijo Jacub: con la diferencia de que cuando yo la conocí era blanca como un rayo de la luna, y cuando me dió su amor, cuando fué mia, cuando apuré en sus brazos la sed de mi amor, su tornó negra.

—¡Qué ha sido tuya Zairah! esclamó Kaibar levantándose demudado y feróz, y empuñando de nuevo su arco.

Jacub se levantó y miró con desprecio al salvage.

—¡Vete! le dijo; eres una bestia feróz, Kaibar.

—O me dejas á Zairah, ó tu vida, esclamó el salvage haciéndose atrás y armando de nuevo la flecha en el arco.

—¡Vete! repitió Jacub, ¡vete! y no me obligues á matarte.

El salvage palideció de cólera, entezó su arco, y disparó.

Pero la flecha rebotó en el coselete de Jacub, que se lanzó furioso sobre el salvage y le estrechó entre sus brazos.

Parecia que Kaibar debia ahogar entre los suyos á Jacub: tanto, al parecer, le aventajaba en fuerzas.

Pero no sucedió así.

Como si la armadura de Jacub hubiese tenido vida, fuerza y voluntad, aquella negra y reluciente armadura se movia, estrechaba, sofocaba al salvage.

—¡Oh! tú tambien tienes pacto con Satanás, dijo Kaibar, y Satanás te protege, esclamó redoblando sus esfuerzos.

Pero en aquel momento, Jacub levantó su brazo armado con su puñal y le sepultó por tres veces en el pecho del salvage: á la primera puñalada, los brazos de este dejaron de oprimir á Jacub; á la segunda se doblegó; á la tercera cayó rebotando en la sima, impulsado vigorosamente por Jacub.

El perro lanzó un gruñido horrible y se puso á lamer la sangre de Kaibar que habia quedado entre las piedras.

En aquel momento volvió en sí Zairah.

Ningun vestigio habia quedado del crímen. Kaibar habia desaparecido en la sima; el perro habia lamido su sangre; Jacub habia arrojado al abismo su puñal.

VI.

Para que nuestros lectores puedan comprender con claridad la leyenda que otros nos contaron, y que nosotros contamos á nuestra vez, necesitamos dejar á Jacub, á Zairah y al perro, al borde de la sima donde mas adelante se construyó la torre de los Siete Suelos, é ir á buscar la historia de un rey de Africa.

Este rey se llamaba Yaks-Al-Baul.

Este rey no habia nacido de príncipe.

Por el contrario, no se sabia quienes fueron sus padres.

Un dia le encontraron unos cazadores de leones de Tánger, en un antro en el momento en que le amamantaba una leona al par que á un estraño cachorro.

La leona fué muerta, y Yaks-Al-Baul y el cachorro llevados como testimonio de un milagro, al gran faquí de la mezquita mayor de Tánger.

Yaks era un muchacho bermejo como las guedejas de su nodriza, y de mirada feróz como ella, y muy robusto y crecido.

El cachorro tenia tanto de perro como de leon, y era horrible.

El faquí, que era un grande astrólogo, recibió al niño y al perro; oyó atentamente la relacion de los cazadores, y cuando se quedó solo se puso á consultar sus cuadrantes y sus astrolabios.

Comprendió al fin, por lo que sus primeras tentativas astrológicas le revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.

Estremecióse el bueno de Almedí, porque era religioso y justo, y no le gustaba tratar con los espíritus condenados; pero con la intencion de servir á Dios, se subió á una torrecilla de su casa y conjuró á Satanás.

Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oyó un zumbido sordo y tenáz y vió un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y volaba alrededor de su cabeza.

—En el nombre de Dios altísimo y único, dijo Almedí, ¿eres tú el arcángel rebelde?

—Yo soy, contestó una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.

—¿Y por qué te me presentas en esa forma?

—Porque es la mas á mano que he encontrado.

—Eres mi esclavo.

—Ya lo sé: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.

—Toma otra forma, dijo Almedí.

—Esa es una tiranía inútil que le puede costar cara, contestó el maldito.

—Toma otra forma, repitió con doble imperio Almedí.

—Sea, pues que tú lo quieres.

Y no solo tomó otra forma el diablo, sino que la tomó tambien el interior de la torrecilla donde estaba Almedí.

Este vió, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada sobre todo encarecimiento, que fijaba en él una mirada enamorada, dulce capaz de volver locos á cien faquíes ascéticos: la habitacion se habia trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado con divanes, con lámparas, con alfombras, como no habia visto ningun Almedí.

El bueno del faquí, en cuanto vió aquella hermosísima niña con sus sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio descubierto; los encantos irresistibles que se veian á través de la magnífica y descuidada túnica, se olvidó de los dos engendros que le habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia. Y sin embargo, la hermosísima jóven tenia en los brazos al pequeño hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y á sus pies, echado en el diván de seda y oro, al estraño animal, monstruosa mezcla de la deformidad del leon y del perro.

Y aquella niña, ó por mejor decir, el diablo, acariciaba á los dos pequeñuelos, y al recibir sus caricias, el niño lloraba y el perro ahullaba.

—¡Eh! ¿qué tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa, tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que lo pronunciaba otra persona detrás de la jóven.

—Vete, dijo el faquí creyendo que el diablo se habia escondido tras de la hermosa niña que ocupaba el diván.

Al pronunciar Almedí su mandato, hermosa, diván y retrete desaparecieron, y solo quedaron el niño llorando y el perro ahullando.

Pero Almedí habia perdido su alma.

Se habia enamorado frenéticamente de Satanás, ó lo que era lo mismo, aunque él no lo sabia, de la hermosa doncella.

Y la llamó á voces, descompuesto el semblante, temblándole la larga barba.

Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contestó.

Almedí corrió al ángulo de la torrecilla donde habia resonado aquella carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho invisible á la hermosa dama.

Pero al llegar á aquel ángulo donde nada encontró, en el ángulo opuesto resonó otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.

El diablo jugaba con Almedí al esconder, y entretanto el pequeño hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus engruñados.

Tenian hambre.

Despues de algun tiempo de inútil lucha, el faquí se sentó en medio de la habitacion agotadas sus fuerzas.

Inclinó la cabeza sobre sus rodillas, cerró los ojos y alimentó el recuerdo de aquella hermosísima vision que habia desaparecido.

Y recordando, vino á recordar que aquella vision se le habia presentado á causa de su conjuro al diablo.

Y como ardia en deseos de volver á ver á aquella seductora doncella, volvió á conjurar á Satanás.

Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cayó sobre la halda de la túnica de lana blanca del faquí y se puso á mirarle frente á frente.

—¿Eres tú, Satanás? dijo Almedí.

—Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del cuerpo del sapo.

—¿Por qué has tomado esa figura? dijo Almedí.

—¿Qué, no soy yo dueño de tomar la figura que mas me agrade? ¿No dices tú en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente, zumbando, zumbando, orad á Dios á fin de ahuyentarle, porque ese moscon es el diablo que viene á susurrar en vuestros oidos palabras de perdicion: cuando veais junto á una fuente un sapo negro y verde, aunque os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo será el diablo que habrá escupido en el agua, y si bebeis os hará suyo? ¿Por qué te quejas, pues, de que yo tome las dos figuras que tú me has supuesto?

—Hazme ver á la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almedí, que á duras penas habia tenido paciencia para escuchar la réplica del diablo.

—No quiero, dijo éste; eres un viejo ridículo: ¿qué se ha hecho de tu santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.

—¿Se llama Eva la doncella hermosa?

—Eva es la muger, ó por mejor decir, el conjunto de tentaciones de todas las mugeres.

—Pues bien, que aparezca Eva.

—Quiero ser generoso contigo; renuncio á tu posesion; no quieras ver á Eva, pues que si la vés eres mio.

—¿Pues no era Eva la que he visto?

—Era Eva, despues de haber hablado conmigo, la Eva del pecado y de la impureza; la que perseguia á Adan por los bosques del paraiso perdido, poniéndose entre él y Dios.

—Mientes; en tiempo de Eva, no se habia descubierto el oro, ni las perlas, ni existia Cachemira, ni Kufa, ni Damasco.

—Pero existen hoy, y yo he vestido á Eva como he querido. Estos sábios son insufribles: ¿si sabré yo lo que me hago?

—No, no lo sabes, porque te estoy pidiendo que me presentes ante los ojos á Eva, y resistes.

—Porque tengo lástima de tí, pobre tonto.

—Me obligarás á que pronuncie de nuevo el conjuro.

—No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer horriblemente; pero ya que me obligas, voy á vengarme de tí: mira.

Sintió Almedí un sonido semejante al de una tienda de tela sútil y crugiente que se desplegase sobre su cabeza.

Y en efecto, una tienda se habia desplegado.

Tienda tegida de hilos sútiles y resplandecientes de mil colores como los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en labores caladas, en sútiles mallas que dejaban ver una luz resplandeciente, pero de una manera dulcísima, grata sobre todos los alhagos á los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal purísimo que subia del pavimento.

Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosáico) de diamantes, de rubíes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerró Dios en las entrañas de la tierra y en las profundidades de los mares.

Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y de la fuente surgía un agua clarísima y tan olorosa, tan rica de ambrosía como los manantiales del paraiso donde apagará su sed el justo toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.

Y mas allá de la fuente, tendida en un lecho cándido y resplandeciente como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y casta y pura como el pensamiento de un niño que murmura las primeras palabras con que su madre procura encaminar su espíritu á Dios.

Y tenia los cabellos, las cejas y las pestañas tan negros, que junto á ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.

Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la mañana.

Y era su carne tan blanca, que junto á ella hubiera parecido negra la nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.

Y una túnica riquísima pero trasparente aumentaba los hechizos de aquella imágen de la muger que Dios crió para que fuese como la sultana de las huríes, para hacer feliz á Adan en el paraiso.

Era la imágen de Eva antes del pecado.

Almedí cayó de rostro sobre el pavimento con el alma abrasada en un fuego impuro, y adoró á Satanás en la imágen de Eva.

El niño-fiera, y el cachorro de perro y de leon, el uno entre los brazos y el otro á los pies de la Eva maldita, lloraban, gritaban, ahullaban, rugian con mas fuerza que nunca.

—Levántate, dijo la ronca y temerosa voz del diablo. Eres ya mio; pero quiero concederte un medio de volver á tu libertad. Voy á decirte en una historia, en la historia de esos dos hermanos, á dónde pueden llevar á una criatura el olvido de Dios por la muger, y por los impuros placeres de un amor idólatra.

—Dame á Eva, replicó Almedí.

—Te la daré, si me la pides despues de haber escuchado la historia de esos dos hermanos, y señaló al niño y al perro.

—Dame á Eva.

—Escucha.

Y dominado por un poder oculto y misterioso, Almedí con los ojos fijos en la imágen de Eva, sentado sobre sus rodillas, inmóvil, pálido, atento, escuchó.

Y el diablo le contó una historia.

Y la historia era esta.

VII.

Hay allá, en las tierras de occidente, una tierra fértil, de cielo radiante, cubierta de flores y de verdor.

La guardan sierras que la dan su nieve en claros raudales; la surcan rios que fertilizan sus praderas, y sobre la vega y sobre sus montes se ven alquerías blancas y torres bermejas.

Esta tierra, paraiso del mundo, jardin de delicias, huerto de amores, bendita y riente, guardada por Dios para los mas valientes y fervorosos de sus escogidos, estaba entonces en poder de unos cristianos, nietos de unos bárbaros que habian venido á las regiones del mediodia, desde las regiones donde jamás se derrite el hielo.

Aquellos cristianos eran los visigodos.

Corria el año de seiscientos sententa y cuatro.

Era rey de los visigodos Wamba.

Wamba, á quien habian obligado á ser rey.

Este rey era muy bravo.

En los primeros tiempos de su reinado subleváronse algunos de sus mas poderosos vasallos; pero Wamba fué sobre ellos, los venció y les puso en temor y respeto de su nombre.

Entre estos grandes, habia uno que se llamaba Ervigio.

Era mancebo y hermoso á maravilla, y tenia tanta soberbia como hermosura.

Era pariente del pasado rey Recesvinto, y aunque no se atrevia á declarar abiertamente sus intentos, alentaba esperanzas de ser rey y se procuraba en secreto parciales.

Pero luchaba con el temor que imponia la bravura de Wamba, y andaba desalentado y triste.

VIII.

Una tarde de primavera, Ervigio se paseaba solo por las huertas del Tajo, á los pies de la altura donde se asienta Toledo.

Iba pensativo, pensando en como haria para arrebatar á Wamba su corona y ceñirla á su cabeza.

El sol trasponia.

Ervigio se alejaba por la orilla del rio.

De repente tropezó en un objeto, y oyó una voz áspera que se quejaba.

Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de una roca sobre el rio, con una caña de pescar en la mano.

Aquel hombre era muy singular, tan pequeño que apenas llegaba á la cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.

Alzóse al ser tropezado en ademán amenazador y puso mano ferozmente á su puñal y se encogió como el tigre para dar el salto sobre su presa.

Ervigio puso mano á su espada.

Pero al verle el enano, se amansó, envainó su puñal, sonrió horriblemente, arrojó su caña al rio, y dijo con acento singular entre burlon y cruel.

—He aquí que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.

—¿Qué me esperabas?

—Sí, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol salga hasta que se ponga, aquel dia habrás encontrado al que mi alma adora.

—¡Ah! dijo Ervigio; ¿esa profecía te la habia hecho conocer una muger?

—Sí, poderoso y afortunado señor, una vírgen hermosa.

—Déjame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de la ambicion, rechazaba al amor.

Pero el enano no se apartó del sendero.

—El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeño pececillo; tú eres, pues, el mancebo á quien ella ama, yo te esperaba, has venido y yo te he hallado, rey de los godos.

—¡Rey de los godos! esclamó Ervigio.

—Sí, tú serás rey por el amor de ella. Sígueme.

Y el enano saltó de la roca abajo á la selva, y Ervigio, que habia oido saludarle como rey por aquel estraño jorobado le siguió.

IX.

Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia, rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y enmohecida su puerta de hierro.

Nadie, ni una sola persona se veia ni en el claro de la selva, ni al pie de la eminencia donde estaba construida la torre, ni en la torre misma.

Esta no tenia ventanas ni respiradero alguno al esterior.

Ninguna senda se veia en el bosque que condugese á la torre.

Era de noche y brillaba la luna.

Una luna rojiza y opaca.

Dominaba en torno de la torre y en el bosque un silencio de muerte.

Pero en medio de este silencio, se oyó de repente como el ruido de dos espadas que cortaban la maleza.

Poco despues, por un sendero que ellos mismos se habian abierto, aparecieron dos seres humanos.

El uno alto, esbelto, que andaba con gran magestad.

El otro pequeño, contrahecho, monstruoso, que remedaba en su andar al lobo traidor cuando se acerca al redil que guardan los mastines.

Eran Ervigio y el jorobado, á quien habia encontrado pescando en la márgen del rio.

Adelantaron entrambos hasta la torre, y cuando llegaron á su puerta, el enano dijo á Ervigio:

—Si tú eres aquel á quien ella espera, la puerta de la torre se abrirá al tocarla tú.

—¿Hay en esto algun arte de Satanás? dijo Ervigio.

—¿Y qué te importa? ¿no quieres ser rey?

La ambicion habló mas alto que el temor de Dios en el corazon de Ervigio, y tocó con una mano audaz las planchas de hierro de la puerta de la torre.

Apenas la habia tocado Ervigio, cuando la puerta se abrió con un silencio pavoroso.

Dentro no se veian mas que tinieblas.

—Si eres tú á quien ella ama, dijo el jorobado, cuando entres dentro, las tinieblas desaparecerán y oirás maravillas.

Ervigio impulsado siempre por su ambicion, penetró en la torre.

Apenas habia penetrado en el lóbrego dintel, cuando apareció á sus ojos iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.

—¡Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.

—Para ser rey es necesario atravesar ese lago.

Una barca negra, á la que nadie guiaba, salió por las puertas del alcázar rojo, que se abrieron, y adelantó hasta tocar á la orilla donde se encontraban Ervigio y el enano.

Entrambos saltaron dentro.

Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando ésta se hundió entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas ondas.

Y se oyó la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del remolino.

—La virgen maldita ha encontrado á su maldito esposo, y su generacion es mia.

Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron repetidas por mil ecos pavorosos.

X.

Y ahora, dijo Satanás dirijiéndose á Almedí, quiero que sepas quien era la muger que habia atraido así con sus encantamientos al ambicioso Ervigio.

Era una doncella que aun no habia cumplido los quince años, hermosa á maravilla, pero con una hermosura terrible.

El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa á maravilla.

Era una muger como no habia dos sobre la tierra.

Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.

Y á pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos, tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan bellas tas túnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.

Era judía, y se llamaba Asenéth.

Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jóven hermosísima.

Pero con una hermosura semejante á la de las demás mugeres, y enteramente distinta de la de su hija.

Zelpha habia tenido un hermano judío tambien, y que se habia llamado Jamné.

Jamné habia sido mercader de sedas, y de púrpura y de paños preciados.

Habia sido un miserable, vendido á mí, y cuando hubo cometido cuantos crímenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicería, y el envenenamiento, quiso cometer el último y mas horrible de los crímenes: el incesto.

Zelpha, la hermosísima Zelpha, era sin embargo sábia: su madre, famosa hechicera, la habia enseñado la astrología judiciaria, y el arte de los ensalmos y de los encantamientos, y á confeccionar filtros y hechizos, y á evocar los muertos, y á hacer comparecer los vivos, y á leer en sus pensamientos.

Zelpha, que era mas sábia que su hermano, adivinó sus intentos, y antes de que éste la hechizara para reducida á su voluntad, determinó hechizarle á él.

Para ello, una noche se arrancó tres de sus hermosos cabellos negros, los ató cabalísticamente, los quemó á la luz de su lámpara y me llamó.

Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me presenté á ella en la forma de un hermoso mancebo.

—Sé, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco. Verme entre sus brazos sería para mí un tormento horrible.

—¿Y por qué aborreces á tu hermano?

—Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol veo.

—¿Y qué quieres?

—Quiero... lo que no alcanza á hacer la ciencia que me enseñó mi madre. Yo quisiera castigar á mi hermano por la tiranía con que me trata, y por la impureza que por mí siente: es una bestia feróz.

—¿Y te vales de mí? la dije.

—Sí, me contestó.

—¿Y qué me darás en cambio?

—Estoy enamorada de un hombre.

—¿Y qué hombre es ese?

—El duque godo, Wamba.

—Valiente hombre.

—Y hermoso.

—Y temeroso de Dios. No sé si podrán vencerlo tus malas artes.

—Wamba sueña conmigo.

—¡Ah!

—Sí; un dia que estaba yo muy triste porque se habia despertado en mi alma el primer deseo del amor, evoqué la imágen de un hombre, que fuese hermoso, noble, rico, valiente y que no hubiese amado á ninguna muger.

Cuando yo le evoqué era la alta noche, y mi aposento estaba envuelto en tinieblas: entre mi lecho y la pared apareció un hombre como de unos treinta años.

Era rubío, blanco, y sus ojos azules eran tan hermosos, que me abrasaban de amor.

—¿Quién es ese hombre? ¿cómo se llama? pregunté al espíritu.

Entonces sobre su cabeza, en la pared oscura, apareció en letras de fuego este nombre: Wamba.

—¿De qué pueblo es y qué religion profesa? añadí.

—Es lusitano; de la ciudad de Igeditania, descendiente de los visigodos, y cristiano: magnate de la córte de sus reyes, es un capitan bravo é invencible, y tanto ama la guerra, que no ha sentido amor por muger alguna.

—Que mi imagen vaya al sueño de ese hombre, y que me ame, dige al espíritu.

Entonces ví que los ojos de Wamba me miraban con amor y con deseo; que se fijaban en mi boca y en mi seno desnudo, y que sus megillas palidecian.

Wamba me habia visto en sueños, y obedeciendo á mis conjuros, me amaba: ahora bien; yo no puedo romper mis prisiones, ayúdame tú, Satanás. Convierte á mi hermano en una bestia feróz obediente á mi voluntad.

Entonces yo trasformé en leon á Jamné y le traje humilde y manso á los pies de Zelpha.

—Has hecho mi voluntad, dijo ella, y te lo agradezco.

—Pues si no me das lo que te pido, volveré á tu hermano á su antigua forma y te entregaré á él.

—¿Y qué quieres?

—Quiero la descendencia que tuvieres de Wamba.

Zelpha, mala hija y mala hermana, era tambien antes de serlo mala madre.

Maltrató á Jamné, que habia encontrado en sus mismos crímenes el castigo, abrió sus arcas y sus armarios, se apoderó de sus riquezas, se vistió como una sultana, y al dia siguiente abrió la tienda, y se puso á vender telas, joyas y perfumes, teniendo á sus pies al leon rojo en que yo habia trasformado á su hermano.

Y no sabes tú con cuanta rábia veia Jamné, en cuyo cuerpo de leon vivia su alma de hombre, á su hermana engalanada, hermosísima, magnífica, prodigando sus sonrisas á los compradores, y escuchando sus palabras de amor.

La tienda de la hermosa judía, que tenia á sus pies encadenado y manso á un formidable leon de Africa, llegó á ser la mas concurrida de Toledo: frecuentábanla los caballeros mas principales, y todos enamoraban á Zelpha, y ella los escuchaba á todos, pero solo se bajaban sus ojos y se estremecia su corazon ante un hombre.

Aquel hombre era Wamba.

Con asombro de todos los que conocian la severidad del noble godo, y su desprecio á las mugeres, le vieron concurrir á la tienda de la hermosa israelita y palidecer de celos cuando veia á esta hablando ó sonriendo con otro señor.

Zelpha queria irritar la pasion de Wamba, y se veia reducida á esperarlo todo de su amor, porque el amor que sentia por Wamba la dominaba haciendo inútil su ciencia de hechicera.

Wamba pasaba todos los dias por la tienda de Zelpha y entraba en ella con frecuencia la compraba telas, joyas y perfumes, la miraba mucho de una manera ardiente é involuntaria, pero no la decia una sola palabra de amor.

Un dia por la mañana, cuando Zelpha abria su tienda, y amarraba por la parte de adentro á su hermano, trasformado en leon, un esclavo negro se sentó á la parte de afuera de la tienda y se puso á mirar de hito en hito á la jóven.

—¿Qué quieres? le dijo esta con altivez.

—Si no te enojaras, lumbre de Dios, dijo el esclavo, yo te daria un mensage que traigo para tí.

—¿Tal es, que pueda ofenderme?

—Es un mensage de amor.

—¿Quién te envia?

—Un señor muy noble y muy rico.

—¿Cómo se llama?

—Wamba.

—¡Ah! dijo Zelpha.

—¿Qué diré á mi señor? preguntó el esclavo.

—Díle que esta tarde pasearé á la puesta del sol por las huertas del rey.

—¿Y nada mas?

—Nada mas.

El esclavo partió.

Zelpha cerró la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente para parecer mas hermosa á su adorado Wamba.

Entrelazó sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia amontonado su hermano, se vistió con las mejores túnicas de lino de seda y de brocado, que tenia para venderlas á precios exhorbitantes en la tienda, en todo lo cual invirtió mucho tiempo, comió de una manera suculenta á pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus bellos colores, y allá á la tarde, dejando encerrado y hambriento á su hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvió en un largo velo que la cubria de pies á cabeza, y en paso lento se encaminó á las huertas del rey y se puso á vagar por entre las alamedas á las orillas del rio.

Vió bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.

Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le hubiera evocado.

Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicería.

A punto que el sol se ocultaba, apareció por una avenida de la alameda un caballero ricamente vestido.

Zelpha le reconoció á pesar de la distancia, su corazon se agitó, y se sentó para esperar á su amado Wamba en una piedra al lado de la corriente.

Wamba llegó hasta ella.

—¿Serás tú acaso á quien yo busco?

—¿Y á quién buscais, señor? contestó temblorosa Zelpha.

—Busco á la doncella mas hermosa de Toledo.

—¿Será esa acaso la judía de la calle del Sol?

—¡Oh! ¡ella es á quien amo! Adios.

—¿Por qué te vas, señor?

—Voy á buscar á esa doncella.

—¡Oh! pues no sigas, señor mio, porque esa doncella enamorada está á tus pies.

Y Zelpha echándose atrás el velo, y descubriendo su resplandeciente hermosura, aumentada por sus resplandecientes galas, asió las manos de Wamba que la levantó en sus brazos.

Nadie los veia mas que la blanca luna que acababa de aparecer en el oriente.

XI.

Por un postigo del muro de Toledo, entraban aquella misma noche una muger envuelta de los pies á la cabeza en un velo blanco, y un hombre envuelto asimismo, de la cabeza á los pies, en una clámide roja.

El hombre y la muger atravesaron las calles de la ciudad, subieron á lo alto, y el hombre se detuvo junto al muro de un frondoso huerto, y llamó á un postigo.

Un esclavo abrió, y el hombre y la muger entraron.

Siguieron adelante, y penetraron en una noble cámara estensa y hermosa.

Pero los adornos de aquella cámara eran banderas africanas, y los muebles severos, y las paredes desnudas de tapicerías.

Una lámpara de hierro la iluminaba.

Cuando estuvieron dentro, la muger se desenvolvió de su velo y el hombre de su clámide.

Eran Wamba y Zelpha.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Zelpha, durante muchos dias, permaneció al lado de Wamba.

Su tienda estaba cerrada, y los rugidos del leon hambriento asustaban á los vecinos y á los que pasaban por la calle.

Zelpha, sin embargo, no parecia.

XII.

Pero llegó un momento en que Zelpha tuvo celos.

Celos, no ciertamente de una muger, sino celos de la guerra.

Wamba la habia dicho:

—Voy á partir á Africa.

—Llévame contigo, habia contestado Zelpha.

—Aquella tierra abrasa, tus megillas se quemarán bajo aquel sol ardiente, y luego... esponerte á los peligros... no, no: el guerrero, solo debe llevar al combate su lanza y su escudo.

Wamba era muy firme; Zelpha no tenia sobre él mas poder que el de su hermosura, y se acercaba el dia de la partida.

Zelpha quiso detenerle, y no pudiendo detenerle por su voluntad, pensó en valerse de un filtro.

Pero no queria confiarse á nadie, ni podia tampoco hacer el filtro en el palacio de Wamba.

Una mañana muy temprano, con el pretesto de ir á visitar su casa, salió del palacio de Wamba.

Al acercarse á la tienda, la sorprendieron los horribles rugidos del leon su hermano, y una espiral de negro humo que salia por encima de la casa.

—¿Qué será eso? dijo Zelpha.

Aquello era que Jamné, que aunque habia perdido la forma de hombre no habia perdido la inteligencia, hambriento, celoso, desesperado, habia llamado al infierno y hablaba conmigo.

Me pedia que yo le restituyese á su forma de hombre y á su poder de hechicero.

Pero yo no podia hacerlo, porque Jamné estaba hechizado por un conjuro invencible para mí.

—Pero le dije: Zelpha se acerca.

Jamné se echó á temblar.

—Y me maltratará, dijo, porque me aborrece y es cruel.

—Zelpha no puede maltratarte, le dije.

—¿Y por qué?

—Porque ha perdido su poder y su ciencia al perder su pureza entre los brazos de Wamba.

—¡Ah! esclamó Jamné en un rugido mezcla de dolor y de alegría; ¿conque Zelpha apagará la sed de mi amor?

—Recuerda que es tu hermana.

—¿Y qué me importa?

—Ofenderás á Dios, y Dios te castigará.

—Yo la amo.

—Si tu hermana es tuya, concebirá y tendrá una hija.

—No importa.

—Zelpha morirá al ser madre, y su hija heredará la ciencia y el poder que ella ha perdido.

-¡Ah!

—Y como has amado á tu hermana amarás á tu hija, porque estás maldito de Dios; y tu hija, que no le conocerá, será mas cruel contigo que lo ha sido Zelpha.

—¡No importa! esclamó rugiendo con mas fuerza Jamné, yo la amo.

—Pues héla que abre la puerta, le dije; quedad en paz.

Y desaparecí.

XIII.

Lo que sucedió cuando Zelpha abrió la puerta fué horrible.

Jamné, irritado, hambriento, feróz, enamorado, tomó de su hermana una venganza completa.

Zelpha fué suya, y no solo fué suya, sino que fué su esclava.

Zelpha no volvió á ver á Wamba.

Habia partido á la guerra y estaba en Africa.

Jamné habia dicho á su hermana.

—Abre la tienda y vende; toma una esclava que te sirva, y tú y yo, ya que por tu crueldad y tu infamia me veo reducido á esta forma, que solo tú podias quitarme, y que ya no puedes porque has perdido tu poder, comamos y vivamos lo mejor posible. El daño que me has hecho se vuelve contra tí; te ves reducida á ser la amante de un leon, cuando podias haberlo sido de un hombre. Abre la tienda y toma la esclava, pero no pienses en mas, porque yo estaré siempre junto á tí y en cuanto intentares huir te despedazaré.

Zelpha hizo lo que Jamné la mandaba, porque tenia miedo.

Habia probado su poder mágico, y su antiguo poder no habia respondido.

Desde el momento en que habia perdido su pureza entre los brazos de Wamba habia perdido su poder, y habia quedado reducida á la condicion de una muger vulgar.

Jamné en cambio, habia recobrado todo su poder mágico menos para volver á su antigua forma.

En el tiempo preciso, desde que Zelpha habia caido de nuevo en poder de su hermano, dió á luz una hija.

Aquella hija, tenia los cabellos y los ojos del color de los del leon, y la piel dorada.

Pero era un prodigio de hermosura.

Zelpha, murió al darla á luz.

Jamné evocó á una hada maldita para que la criase, y la hada se presentó y amamantó á la niña.

Jamné la puso por nombre Asenéth, y quiso obtener por mí lo que no podia obtener por sí mismo.

Y repitiendo sus conjuros, me evocó.

—Génio, me dijo, cuando me presenté á él; un palacio encantado para guardar á mi hija, y criarla para mí.

Apenas habia dicho estas palabras, cuando se encontraron en un palacio magnífico.

Pero todo en él era rojo; el oro, las piedras preciosas, las columnas de pórfido, hasta las aguas que corrian de las fuentes.

Aquel palacio, era invisible para los que no conociesen su encanto, y estaba guardado por un lago de sangre.

Solo un hombre podia entrar en él, el hombre para quien habia nacido destinada Asenéth.

Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante su infancia. Génios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires en armonía, y de encantos los sueños.

Para ella, el alcázar encantado no era rojo.

Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cúpulas subia el fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian á deliciosos jardines donde habia cuantos árboles, cuantas flores, cuantas plantas crió Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban acá y allá en medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante, siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la tormenta.

Ella, que era espíritu de tinieblas, solo conocia al dia.

Ella, que era el producto y el castigo á un tiempo de un horrible pecado, no conocia los pesares.

La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros años, con toda su alma, con toda su voluntad á un ser que veia niño como ella, cuando era niño, mancebo cuando fué muger, á quien veia, digo, por todas partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos, entre las flores de los jardines, á la sombra de las enramadas, en los ángulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromático de los pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.

Asenéth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas, en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las hadas malditas entonaban para adormirla.

Y cuando se dormia, le veia en sus sueños; pero en sus sueños, como en su vigilia, jamás tocaba á aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar á él: bastábale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de él. Asenéth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia perdido, que era por lo tanto mas sábia que su padre Jamné, sabia que al cumplir los quince años se decidiria su destino, que perteneceria á su padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio encantado, ó que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.

Jamné, menos sábio que su hija, no conocia sus pensamientos.

La acompañaba continuamente como un perro, y se echaba á sus pies, y aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera, en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por no despertar ó incomodar á su hija con sus rugidos.

Para Jamné, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.

Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire cálido que abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.

XIV.

Llegó, no la primavera del año, porque en el alcázar encantado todo el tiempo era una perpétua primavera para Asenéth, y un abrasador estío para Jamné, sino la primavera de la vida de Asenéth.

Faltaba únicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los quince años.

Aquella noche, cuando Jamné dormia á los pies del diván de su hija, Asenéth fijó en él una mirada sombría.

—Mañana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondrá á pescar en el rio, y si pasa por allí el amado de mi alma, le traerá á mis brazos.

Y si para entonces, tú eres leon, despedazarás á mi amado.

Pero si eres perro, mi amado le despedazará á tí y yo quedaré libre de mi encanto.

Y Jamné bien ageno de la crueldad de su hija, dormia.

Asenéth se levantó, fué á un ajimez de su retrete, y miró á las estrellas.

—Hablad para mí, dijo.

Y las estrellas temblaron en su inmensidad y enviaron á Asenéth trémulos resplandores.

Asenéth, leyó en aquellos resplandores las siguientes palabras:

—«Evoca al génio de la vida.»

—Poderoso génio de la vida, dijo Asenéth asiendo un amuleto obra del sábio rey Salomon, ven.

Apareció un génio horroroso.

Tenia cuatro pechos, cuatro ojos, cuatro manos y una cabellera de fuego.

En la una mano tenia una llave de oro, y en la otra una llave de plomo.

Su cabeza era de jóven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre hinchado y sus pies vacilantes.

Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.

Asenéth, siguió tras él, porque el génio no se detenia.

A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rápido; marchaba por un camino rodeado de jardines.

—Poderoso génio, le dijo Asenéth: ¿sabes para que te he llamado?

—Sí. Tú temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para debilitarle y entregarle al furor de tu amante.

—Y dime: ¿mi amante le matará?

—No, dijo el génio, porque tú padre no ha cumplido aun su destino.

—Y dime, ¿cuál es el destino de mi padre?

—El de llevar al último límite la maldicion de su raza. Tu serás la ramera de tu padre.

Se estremeció Asenéth.

—¿Y no puedo evitarlo?

—Sí, si tienes valor para ello.

—¿Y qué he de hacer?

—Cuando mañana llegue á tí Ervigio...

—¿Se llama Ervigio, el amado de mi alma?

—Sí, y por tí morirá, ó por tí será rey.

—¡Será rey! dijo con altivez Asenéth, y yo seré reina.

—Tú serás la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de tí despedazado por él.

—¿Y si yo eso hiciere?...

—Tú, has nacido destinada en tu pureza á Ervigio, tú le amas desde antes de nacer; tú por él has enloquecido; consentir en su muerte seria lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria por él, y perdonaria á tu familia. Tú habrias sido la víctima espiatoria.

—¡Matando á Ervigio!

—Sacrificándote en él.

—No, dijo con una inmensa valentía Asenéth.

—Tú y los tuyos caereis en el fuego eterno.

—No importa.

—¿Entonces para qué me has llamado?

—Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.

—Mas que los tuyos.

—¡Ah! ¿y cómo podré yo hacer para que los dias de ese maldito terminen mañana?

—De ningun modo.

—¿Pero puedo dejarle encantado en mi palacio?

—Dios romperá el encanto cuando llegue la hora del castigo.

—¿Pero Ervigio, será mi esposo?

—Será tu amante...

—¿No mas que mi amante?

—Ervigio cuando sea rey te abandonará.

—No le haré rey.

—No puedes, á no ser que le dejes despedazar por tu padre.

—Yo soy sábia, soy hechicera...

—Lo que está escrito, se cumplirá.

—Desaparece de mi vista, génio maldito.

El génio de la vida desapareció con estruendo en las entrañas de la tierra.

Asenéth se sentó pensativa bajo un árbol de sus jardines.

Brillaba una luna plácida y tranquila.

Y apenas se sentó, oyó cantar un ruiseñor.

Asenéth comprendia el lenguaje de las aves, y oyó que el ruiseñor decia:

—¿Qué haces tú ahí, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?

—Estoy muy cansada y no he podido llegar al alcázar de Toledo; me he parado en este ciprés, y sin embargo no he podido dormirme.

—¿Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?

—Sí; esta mañana con el alba salí de Africa; allí quema ya el sol, y los manantiales están secos, rugen los leones sedientos y los vencejos caen sofocados de calor.

Yo habia dejado mi nido en el alcázar de Toledo, y dije á mi esposo:

—Amado mio, yo me voy á España, sígueme.

—Tengo que arreglar aquí unos negocios con nuestro rey, se acerca la grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.

Me despedí de él, y llegué á España cuando ya el sol quemaba.

Estaba muy cansada.

Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.

Mis alas estaban doloridas.

Abatí el vuelo sobre un frondoso bosque y me escondí con delicia en un sicomoro.

¡Ay hermano ruiseñor! estaba escrito que yo no reposase.

Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aquí que de una negra sima que se veia á poca distancia desde el sicomoro, salió un culebron enorme.

Yo me aterré y me dí por perdida, y no pude moverme.

Creí morir.

Pero el culebron, no reparó en mí.

Empezó á silvar, y yo entendia sus silvidos.

El culebron decia:

—Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.

Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.

Y se oyó ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asomó al borde de la sima y se puso á mirar á la culebra agitando la cola.

—¿Qué sucede, hermana mia? dijo el lagarto.

—¿Te acuerdas? dijo la culebra.

—¿De qué?

—De la tarde de horrores.

—¡Ah! ¿de aquella tarde en que un anciano de barba blanca, que venia montado en un asno, y acompañado de sus dos hijos, hombre y muger, se detuvo al pié de la acacia junto á la fuente?

—Sí. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo de que el viejo se apeó, se sentó junto á la fuente, sacó su hijo provisiones de unas alforjas, comieron él y su padre y su hermana, y luego el viejo se tendió bajo la acacia y se durmió.

—¡Sí! ¡sí! veo que te acuerdas, y te acordarás tambien de que los dos hijos del viejo eran muy jóvenes: el tendria veinte años y ella catorce. El era hermoso y fuerte, y ella delicada y pura como una flor.

—Sí, es verdad, dijo el lagarto; él se llamaba Jamné y ella Zelpha.

—¿Y eran judíos?

—Y malditos.

—¿Te acuerdas?

—El asno que era muy fuerte iba muy cargado y pacia la yerba; pero paciendo, paciendo, no quitaba ojo del viejo que dormia.

—¿Y no te acuerdas de mas? dijo la culebra.

—¡Vaya! me acuerdo de lo que dijeron los dos malditos, ¿y tú?

—Yo tambien.

—Jamné se acercó á su padre y le examinó atentamente: el viejo no se movia: entonces Jamné sacó de entre su hopalanda un largo y reluciente puñal, y acercó su hoja á la entreabierta boca de su padre.

La brillante hoja del puñal no se empañó.

—Nuestro padre no despertará, dijo Jamné á Zelpha.

—¿Y por qué? dijo Zelpha.

—Porque nuestro padre ha comido un dátil que yo traia guardado para él desde Africa.

Zelpha se encojió de hombros.

—De modo que, dijo, lo que el asno trae sobre sí, es nuestro.

—Nuestro es el tesoro de perlas, diamantes y telas preciosas que trae sobre sí el asno.

—¿Y dónde iremos á llevar esas riquezas?

—A la córte imperial de los godos, á Toledo. Pero para que no interrumpan el sueño de nuestro padre, acostémosle en un lecho eterno.