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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 99: XV.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.




Asieron el cadáver de su padre,..... y le arrojaron en medio de la sima

—¿Y cómo abriremos ese lecho? no tenemos mas hierro que tu puñal.

—Aquí hay una ancha sepultura, dijo Jamné señalando á la sima.

—¡Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

—Ayúdame á arrojarle en ella, hermana.

—¿Y no temes que algun dia nos llame á esta sepultura la voz de nuestro padre? dijo Zelpha:

—Dios es Satanás, dijo impíamente Jamné, ¿te acuerdas, hermano lagarto?

—Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella blasfemia me estremecí: los hombres son impíos, porque son soberbios, y una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos malditos eran sábios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satanás: Satanás, á quien el asesinato, el parricidio y la impureza son agradables. ¡Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el cadáver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

—Y luego, añadió la culebra, los dos miserables se acercaron al asno: ¿te acuerdas de lo que sucedió?

—Sucedió que el asno al acercarse el parricida, se volvió y le dió una coz en la frente y no le hizo daño, pero marcó sobre su frente maldita una mancha roja é indeleble.

—Así fué, así fué, hermano lagarto. Luego Jamné castigó al asno, montó en él á su hermana Zelpha, tiró del jumento y desaparecieron entre los árboles.

—Yo me quedé horrorizado, dijo el lagarto.

—Y yo tambien, añadió la culebra.

—Y yo, dijo la golondrina, que escuchaba todo esto, sentia que las plumas se me arrancaban de la carne, amigo ruiseñor.

—Los hombres son infames y réprobos, añadió el ruiseñor; se gozan en el mal: yo no los puedo ver.

—Ni yo: el año pasado me destruyeron mi nido.

—Y á mi hace pocos dias me mataron mi compañera, por eso canto tan tristemente.

—¡Pobre ruiseñor!

—¿Y no dijeron mas el lagarto y la culebra?

—Sí, sí dijeron: y yo los escuchaba, porque aunque tenia mucho miedo, tenia mas curiosidad.

—Hembra al fin, dijo el ruiseñor.

—Pues como decia, continuó la golondrina desentendiéndose en la observacion del ruiseñor, el lagarto y la culebra siguieron hablando, y yo escuchándolos.

—Tú y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto, tú te metiste en tu grieta y yo me bajé abajo á lo profundo, donde tú no has querido nunca bajar.

—Está aquello muy lóbrego y muy oscuro; y aunque tú me has dicho que en pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion quise bajar, y al llegar á cierto punto me volví asustado: se oia un ruido atronador, sordo, espantable.

—Es el alma de Abraham, el padre de Jamné y de Zelpha, que se revuelve rugiente y maldice de contínuo á sus hijos y á las generaciones de sus hijos.

—Y tiene razon, dijo el lagarto.

—Pero él se tuvo la culpa de lo que le sucedió: bien claro se lo dijeron los astrólogos.

—¿Y qué le dijeron los astrólogos? preguntó el lagarto.

—Oye la historia de Abraham.

El lagarto se acomodó en la yerba para oir mejor, y yo apliqué mi oido con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.

—Hace veinte años, un médico judío que ya pasaba de los treinta, entró montado en un asno por una de las puertas de Damasco.

Aquel médico era Abraham.

Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca habia hecho venenos ni invocado á Satanás: era demasiado caritativo para que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese hacer lo otro. Siendo muy niño habia perdido á sus padres, y entrado á servir para que lo sustentase á un famoso médico árabe. Le acompañaba á las montañas y á los valles á buscar yerbas salutíferas, y luego á ver á los enfermos: en doce años que estuvo al lado del médico se hizo tan sábio como él, y conoció todas las yerbas que él conocia, y aprendió á curar todas las enfermedades que él curaba. Con el ejemplo del sábio árabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y caritativo y buen hombre.

El médico árabe le queria como á un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta años, y siendo ya muy viejo el médico árabe, éste le dijo:

—Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo sé y no es bien que continúes en la servidumbre: te compraré un asno, una bolsa y yerbas medicinales, y te irás por el mundo á probar fortuna.

—Pero yo no quiero separarme de tí, que eres mi padre, dijo Abraham: quédante pocos años de vida y quiero estar á tu lado para cerrarte los ojos.

—Tú no puedes permanecer en mi casa, dijo el médico, porque si permaneces vendrá sobre tí y sobre mí una gran desgracia.

—¿Pero qué desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y guardadores de los preceptos de Dios?

—No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

—Si tú me arrojares de ella, me iré, pero permaneceré en la ciudad esperando que pase tu enojo y que me llames á tí.

—Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de mi casa. Dios lo quiere.

—¿Y no me dirás el secreto de tu resolucion?

—No debo decírtelo. Vé, hijo mio, vé, que donde quiera que fueses, irá contigo mi bendicion.

Era tal y tan firme la resolucion del anciano médico, que Abraham se vió obligado á obedecer: tomó la bolsa y algunas ropas que le dió el viejo, montó en el asno y se alejó llorando y desolado; pero no salió de Alejandría, en cuya ciudad moraban, sino que se fué á vivir á un barrio fuera de los muros, y se dió á conocer como médico, y empezó á curar y adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el médico mas famoso de la ciudad.

—¿Quién te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de incredulidad el lagarto.

—Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo ofendida la culebra; y si tú no hubieses sido cobarde y hubieras bajado al último suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde pena Abraham por desobediente á Dios, el alma de Abraham te hubiera contado tambien esta historia.

—No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso lo que me cuentas...

—Pues aun quedan mas maravillas.

—¿Y dime, por qué amando de tal modo á Abraham el viejo médico árabe le echó de su casa?

—Por que el viejo tenia una hija hermosísima.

—¡Ah! ¿y se habia enamorado de ella Abraham?

—No, porque Abraham no la conocia. El médico tenia escondida á su hija como un tesoro.

Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.

Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis años.

Parecia que Dios se habia complacido en ella.

Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como á la vista de una hurí.

Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo de corazones.

Al verla en sus primeros años tan hermosa, el avaro médico dijo:

—Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla; rodeémosla de atractivos, pulámosla y hagámosla tan hermosa que sea inapreciable.

Y la enseñó todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese lo que él no sabia, que era mucho.

Buscó á una maga y la pagó espléndidamente para que enseñase á Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del diablo.

Pero la maga era mala, y sin que lo supiese el viejo médico enseño á Leila-Fatimah la ciencia de lo oculto, y la hechicería y la cábala.

Y la ciencia hacia cada vez mas hermosa á Leila-Fatimah, dando á su mirada un brillo sobrenatural, á su frente una magestad irresistible, á su sonrisa un poder del infierno.

Y el anciano médico, cada vez que veia crecer á su hija en ciencia y en hermosura, se frotaba alegremente las manos y esclamaba:

—Cuando tú hayas llegado á la fuerza de tu juventud y á la cumbre de la ciencia, yo te llevaré á Damasco y te presentaré al califa. Y el califa se enamorará de tí, porque no podrá menos de enamorarse, y tú serás sultana, y yo seré wazir del califa, y tendré alcázares y tesoros, y esclavos, y recojeré al fin el fruto digno de mis vigilias durante tantos años.

Y cuando el codicioso médico vió que su hija era sábia, aunque era todavía niña, quiso que tuviese todo lo que hace amable á una muger, y buscó bayaderas y las llevó á su casa, y las bayaderas, espléndidamente pagadas, enseñaron á Leila-Fatimah las danzas lúbricas que ellas bailaban en las plazas, agitando sus panderetas al son de sus guzlas.

Y al poco tiempo Leila-Fatimah, bailaba como la mejor bayadera, tocaba la guzla y la tiorba y la guitarra, y repicaba las castañuelas como una hija de Egipto, y hacia hermosos versos, y cantaba como una alondra.

Y era mas: Leila-Fatimah amaba, porque el diablo la habia enseñado á amar.

Y era el amor de Leila-Fatimah ardiente y voluptuoso, como inspirado por el diablo.

Y soñaba con sus amores, sin objeto y se abrasaba en ellos, y como no veia á nadie, por que su padre la tenia casi emparedada, un dia en que el delirio de su amor de vírgen era mas intenso, evocó al diablo.

El diablo se la presentó en la figura de Abraham.

Abraham era muy hermoso, y Leila se enamoró de él.

Y fué á arrojarse en sus brazos.

Pero como el diablo era un espíritu, se le huyó.

—¿Por qué huyes de mí, luz de mis ojos, alegría de mi alma, agua fresca y cristalina de mi sed, dijo llorando Leila-Fatimah.

El diablo, que se habia propuesto representar á Abraham, la dijo:

—Yo no puedo ser tuyo, mientras viva tu padre.

—¿Y por qué?

—Porque entre estas paredes desfallezco, me ahogo; yo no puedo darte mi amor si no en medio de los jardines, á la luz de la luna, libres tú y yo como los pájaros que vuelan de una enramada á otra enramada.

—¿Y quién eres tú?

—Yo soy un discípulo de tu padre, médico como él, y como él sábio. Yo no puedo ser tuyo, porque como tu padre te guarda, me he valido de la ciencia para meterme en tus habitaciones convertido en un soplo de aire por las rendijas dé las puertas, y me he dejado el cuerpo fuera.

—Pero yo te veo; veo tus ojos, veo tu boca que me sonrie.

—Sí, sí, eso es verdad; es que mi espíritu toma la apariencia de mi cuerpo, pero para que te convenzas, llega á mí y áseme si puedes.

Leila-Fatimah se dirijió al diablo, disfrazado con la figura de Abraham, y aunque el diablo no huyó, solo cojió Leila aire.

—¿Y cómo te llamas? dijo jadeante de deseo la hermosísima doncella.

—Abraham.

—¿Y vives en la casa de mi padre?

—Sí.

—¡Oh! pues yo haré que mi padre abra las puertas de mis habitaciones para que pueda entrar tu cuerpo.

—Tu padre no consentirá, porque te guarda para el califa de Damasco.

—¡Para el califa, que será un señor muy sério y muy déspota que me tratará como á una esclava! dijo Leila-Fatimah; no, yo te amo á tí, y solo seré tuya: mi padre me ama y no me negará el ser tu esposa.

—Tú no serás mi esposa mientras tu padre viva.

—Mi padre me ama.

—Tu padre ama mas al oro, y espera que el califa le pague esplendidamente tu hermosura.

—¡Oh!¡oh! dijo Leila-Fatimah, en cuyos ojos apareció una espresion terrible: pues si eso es verdad, mi padre no me venderá al califa. Yo soy sábia, mas sábia que él, ¡oh! ¡oh! mi padre no me venderá al califa, y tú serás mio, yo te le juro.

—Ya eres muger y hermosa, y dentro de tres dias, tu padre te meterá en un palanquin y te llevará á Damasco.

—No me llevará.

—Lo veremos; tu padre se acerca, y yo me voy, quédate en paz.

Y el diablo, se desvaneció como humo.

Leila-Fatimah, se quedó desesperada.

Poco despues, sonaron llaves y cerrojos y puertas, y el severo médico entró en el retrete donde acurrucada en un diván estaba su hija llorando.

Al verla el médico, pálida y desolada, se aterró.

—¿Qué te contrista, alegría de mi vida, esperanza de mis canas? dijo el médico.

—Amo á un hombre, buen padre mio, dijo Leila fijando en él sus hermosos ojos negros llenos de lágrimas.

El médico, á pesar de sus años, dió un salto.

—¡Que amas!... ¡que amas á un hombre! esclamó temblándole la barba de miedo y de cólera. ¿Mas cuándo has visto á un hombre?

—Yo amo á tu discípulo Abraham.

—¿Pero dónde has visto tú á mi discípulo? esclamó en el colmo de su cólera, el médico.

—Yo le amo, y quiero ser su esposa, contestó Leila-Fatimah llorando como un niño voluntarioso.

—Tú no has nacido para ese perro judío, esclamó completamente fuera de sí el médico.

—Yo le amo y le quiero, repitió Leila llorando mas fuerte.

—Pero ¿cómo, cuando, donde le has visto?

Leila no quiso decir la verdad á su padre porque amaba á Abraham, y no queria esponerle á la cólera del viejo.

—Yo soy sábia, padre: un dia mi corazon se abrasaba en un fuego dulce y desconocido: tenia sed en el alma. Entonces evoqué á un génio y le dije:

—¿Por qué mi sueño es fatigoso; por qué lloro sin causa; por qué mi corazon se estremece, y mi alma está triste?

—Tú amas, me dijo el génio: has llegado á la edad en que el corazon de una vírgen se abre como el capullo de una rosa para recibir el rocío de la mañana.

El médico se desesperó porque no habia contado con la naturaleza, que habla al alma de las niñas aunque se las guarde en el fondo de un pozo.

Porque el amor nace con ellas, y llega un dia en que habla, y seduce y enloquece.

Y se arrepintió de haberla hecho sábia.

Pero quiso saber hasta el fin todo el secreto de los vírgenes amores de su hija.

—¿Y dónde has visto á Abraham? la dijo.

—¡Soy sábia! dijo con énfasis Leila.

—¡Ah! has buscado un hombre y ha venido á tí la imágen del que tenias mas cerca: pues bien, yo apartaré de tí ese peligro.

—Si le apartas de mí moriremos, padre, dijo con acento solemne Leila.

—¡Que moriremos! esclamó con espanto el médico.

—Sí, porque yo moriré sin su amor, y el remordimiento de haber causado mi muerte, te matará.

Leila, invirtiendo su pensamiento se habia sentenciado.

Un terror vago llenó de un frio apenador el alma del médico, y huyó encerrando de nuevo á su hija.

Procuró dominarse, sin embargo, y llamó á Abraham, y sin decirle la causa de su resolucion, le despidió.

Abraham, pues, que nada sabia, tomó la bolsa que le dió su maestro, el médico, montó en el asno, y se alejó de la casa.

XV.

Apenas habia pasado una luna, desde que Abraham habia salido de casa de su maestro, de su segundo padre, cuando una noche llamaron á grandes golpes á la puerta de su casa.

Abrió y vió á uno de los esclavos del médico.

—Mi señor se muere, dijo el negro; se muere de una enfermedad desconocida, le han visto todos los médicos de Alejandría y ninguno ha podido descubrir la causa de su mal, tú eres el único que no le ha visitado, ven.

—¡Que mi padre, mi buen anciano padre se muere! esclamó todo asustado y trémulo el buen Abraham.

Se echó sobre los hombros su capellar, y sin toca para no detenerse, siguió á la carrera al esclavo negro.

Cuando llegó á la casa del padre de Leila, le encontró delirando.

El viejo no le conoció.

Algunos médicos estaban alrededor de su lecho.

—Esta es una lámpara que se apaga, dijo llorando Abraham, pero yo no sé que aceite pueda reanimarla.

—Ni yo.

—Ni yo.

—Ni yo, dijeron los otros médicos.

Revolviéronse los autores mas graves que tenia entre sus buenos libros el difunto, y en ninguno se encontró ni la mas leve noticia, ni la mas leve indicacion de la enfermedad misteriosa que mataba al viejo.

Y su vida se acababa, se acababa.

Y los médicos profundamente contrariados porque se veian en aquel momento ignorantes, miraban con cólera los progresos del mal, que se les reia en sus barbas acabando de una manera rápida, segura y cada vez creciente, con el enfermo.

Al fin, el viejo dió una gran voz pronunciando el nombre de su hija en acento amenazador como si la hubiera emplazado ante la justicia del Altísimo, y espiró.

En aquellos momentos, el diablo, que estaba delante de Leila-Fatimah, bajo la figura de Abraham, dijo á la infame virgen parricida:

—He cumplido tu voluntad, tu padre no te venderá al califa de Damasco, porque tu padre ha muerto.

Y la maldita parricida se levantó de sobre su diván, y esclamó:

—Al fin soy libre como las aves de la selva, y el aire del firmamento, y la luz del sol, soy sábia, y buscaré á mi amado y me uniré á él.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al mismo tiempo, los médicos uno tras otro contrariados y cabizbajos, salieron de la casa.

Solo se quedó en ella Abraham, pálido, consternado y lloroso, velando los restos de su maestro.

XVI.

Al fin, el cadí y los ministros de justicia, fueron á la casa, y mandaron sacar el cadáver y sepultarle.

Abraham, se fué con la túnica rasgada, descalzo y con la cabeza baja en señal de luto tras el féretro do su maestro.

Cuando le enterraron, aun quedó en el cementerio sentado sobre el montecillo de tierra removida de su sepultura.

XVII.

Entre tanto, el cadí recorria la casa del difunto, y hacia inventario de sus riquezas.

Porque el médico, cuyo único pecado era la avaricia, habia amontonado inmensos tesoros.

Encontraron ánforas llenas las unas de oro acuñado, las otras de perlas, las otras de diamantes, y de piedras inestimables otras muchas.

Todo esto, lo habian encontrado en un sótano tapiado.

De buena gana el cadí se hubiera quedado con todo aquello, porque el difunto habia disimulado de tal modo por avaricia su riqueza, que todos le creian pobre.

Pero iban con él muchos ministros de justicia, y los dos esclavos negros, y la esclava cocinera del médico, y se vió obligado á ser justo y recto, y á hacer un fiel inventario.

—Gran herencia encuentra aquí el califa, dijo el cadí que creia que el médico habia muerto sin herederos.

—Te engañas, dijo uno de los esclavos, porque nuestro señor tiene una hija.

—Lo ignoraba, dijo el cadí con alegria, porque tratándose de un heredero muger, creyó que le seria facil abusar de su ignorancia y quedarse con parte de la herencia.

—Nada tiene de estraño que no lo supieras, dijo la esclava, porque mi señora es muy hermosa, y su padre la recataba mucho, y la tenia siempre encerrada de modo que ningun hombre la ha visto, ni ella ha visto á ningun hombre.

—¡Ah! ¡ah! he ahí una buena crianza, dijo el cadí; vuestro amo era un varon sábio y justo y temeroso de Dios, y no hacia como esos padres que dejan ver á todos la hermosura de sus hijas, y comercian con su impureza. Y en verdad, en verdad, dijo el cadí que examinaba unos pergaminos del difunto, he aquí una escritura en que vuestro amo declara que tiene una hija llamado Leila-Fatimah (hermoso nombre), y declara para en el caso de que le sorprenda la muerte, que no tiene otro hijo y que esa doncella es la heredera de todas sus riquezas. ¿Quién habia de creer que vuestro señor era tan rico y que tenia por hija una tal joya?

Y el cadí se hizo conducir á las habitaciones de Leila-Fatimah, á la que encontró durmiendo apaciblemente ó fingiendo que dormia.

Sus esclavas doncellas que la servian tan emparedadas como ella, la despertaron y Leila salió soñolienta y admirada á recibir al cadí.

Al saber que su padre habia muerto, Leila fingió la mayor desesperacion; se mesó los cabellos, se rasgó los vestidos y maldijo la hora en que nació para ver morir á su padre.

Satanás, escondido en un rincon del retrete, se reia, enseñando sus negros colmillos, del fingido dolor de Leila-Fatimah.

Entrególa el cadí las riquezas de su padre, la saludó con las frases mas pomposas, la deseó fecundos consuelos, y llamándose su esclavo, salió de la casa con sus gentes.

Leila-Fatimah, protestando que queria quedarse enteramente sola para llorar á su padre y dejarse acabar por el sentimiento, dió á cada uno de sus esclavos la libertad y algunas monedas de oro, y los despidió.

Los esclavos salieron de la casa como los pájaros á quienes una mano compasiva abre la jaula donde han estado encerrados largo tiempo, y bendijeron la muerte del viejo médico, que aunque los habia tratado bien, porque no era malo, los habia tenido largos años enflaquecidos y hambrientos, porque era avaro.

Leila se quedó en su casa enteramente sola.

Entonces, valiéndose de su ciencia mágica, evocó al diablo.

—Aquí estoy, señora mia, dijo Satanás presentándose como siempre, bajo la figura de Abraham, ¿qué me quereis?

Leila fué á arrojarse entre sus brazos, pero el diablo se le huyó.

—¿Por qué no ha entrado hasta mí tu cuerpo con tu alma? dijo la enamorada jóven: ¿no están abiertas mis puertas?

—Yo no tengo cuerpo, dijo el diablo.

—¿Pues quién eres tú? dijo asombrada Leila-Fatimah.

—¿No te lo dice tu ciencia?

Leila se reconcentró, miró fijamente al diablo, y esclamó:

—¡Ah, tú eres Satanás!

—Al fin, me has mirado con los ojos de la ciencia y no con los del corazon, y me has reconocido.

—¿Y Abraham? dijo Leila.

—Está llorando sobre la sepultura de tu padre.

—¿Y no piensa en mí?

Abraham no te conoce.

—¿Pues no ha hablado su espíritu conmigo?

—He sido yo que he tomado su figura.

—¿Y no me amará Abraham?

—Sí, si tú quieres.

—Quiero presentarme á él como una hada.

—Hazlo, eres sábia.

—No puedo, yo soy sábia para hechizar, para enamorar, para matar; conozco el lenguaje de las estrellas, puedo obligarlas á que me digan lo que ha de suceder; pero no puedo trasladarme con el pensamiento á donde mejor quiera, no puedo trasformarme, no puedo construir en un momento un palacio, y yo lo quisiera hacer.

—Entre las joyas que ha dejado tu padre, hay un poderoso talisman.

—¿Y qué talisman es ese?

—Un abanico de oro, perlas y plumas. Búscale.

Leila fué al lugar donde estaba el tesoro que su padre habia amontonado, y despues de revolver mucho encontró un precioso abanico, formado de plumas de los mas raros colores, y como no habia visto ninguno de ninguna ave Leila: su mango era de oro con cercos de perlas, de diamantes y de rubíes, y este sujeto por una cadena de oro á un brazalete que se cerraba con una pequeña llave hecha de una esmeralda, pendiente del brazalete, que deslumbraba con la riqueza de sus piedras, por una sútil cadena.

—Tu padre prestó á un wazir muchos miles de doblas sobre ese abanico, el wazir se obligó á pagarle el préstamo en un tiempo dado, trascurrido el cual el abanico seria de tu padre.

El wazir habia robado su abanico del tesoro del califa, donde estaba de padres á hijos, desde que un ángel dió de parte de Dios ese talisman á Fatimah la santa, madre del Profeta.

Las plumas son de aves del paraiso, y el oro y las piedras, cogidas en los valles del Edém.

Un arcángel le fabricó, y Dios le dió la virtud que tiene.

El califa no solo no sabia la virtud de este talisman, sino que ni tampoco conocia su poder. El wazir creyéndole simplemente una alhaja de precio incomparable, le empeñó á tu padre, porque como lo habia robado al califa, no queria tenerlo en su poder.

Tu padre, le guardó entre sus tesoros, sin saber tampoco cuanta era su virtud.

Pero yo, que te he dado el filtro que ha apagado la vida de tu padre, te doy tambien ese talisman.

—¿Y cuál es su virtud? dijo Leila.

—No te lo diré si no me lo pagas.

—Ya te he dado mi alma por la vida de mi padre.

—Dame las almas de tus hijos.

—¡Oh! eso no.

—Pues bien, Abraham no te amará.

—Y si te doy mi descendencia...

—Abraham será tuyo.

—Pues te la doy.

—Firma aquí, dijo el diablo poniendo un pergamino escrito con fuego delante de los ojos de Leila-Fatimah: firma con tu sangre.

Leila se arrancó un alfiler de oro de su peinado, y se rasgó un dedo.

Corrió la sangre, y con ella firmó la jóven el escrito que el diablo le habia presentado, y que era una escritura solemne, por la cual Leila cedia su descendencia al espíritu de las tinieblas.

—Dime ahora la virtud de ese talisman.

—Tiene muchas: en primer lugar, á ese talisman obedece un génio.

—¿Y cómo he de hacerle aparecer?

—Cuando quieras hablarle, ponte el abanico primero sobre el corazon, luego sobre los ojos, y últimamente sobre la cabeza. Luego di por tres veces: génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, ven.

Leila, estaba impaciente por conocer la virtud del talisman, é hizo lo que el diablo le habia dicho.

Inmediatamente la habitacion en que la jóven estaba, se llenó de un humo rojo y denso, que se fué haciendo mas denso, hasta que se convirtió en una nubecilla; luego la nubecilla, cayó al suelo, se prolongó, se adelgazó, tomó formas, y apareció un hombrecillo, tal y tan diminuto, como el dedo índice de Leila, que era muy pequeñito.

Aquel hombrecillo, saltó del suelo y se asió al broche del seno de Leila, y la miró con unos ojillos relucientes y negros como los de un pequeño raton.

Era de color cobrizo, con la nariz larga, el rostro largo y la barba puntiaguda: tenia puesto un gorro dorado, y el diminuto cuerpo vestido con un sayo dorado, en la mano tenia una vara delgada y larga como una fina aguja, y en la punta de la vara un cascabel que sonaba, sonaba sin cesar; y el geniecillo se reia mirando á Leila-Fatimah.

Leila se desaferró del broche de diamantes de su seno, y al genio le puso sobre la palma de su mano.

—¿Qué quieres? la dijo el genio haciéndola un mohin y dando una cabriola y con una vocecita como la de un pájaro.

—Quiero un palacio mas rico que el del sultan de la India.

Inmediatamente Leila se encontró en un magnífico y resplandeciente alcázar, dentro de un pabellon desde el cual y entre columnas de resplandecientes mármoles, se veian torres y muros dorados, y mas allá de los muros, jardines y lagos y horizontes azules.

El diablo habia desaparecido.

El alcázar era sonoro.

Parecia exhalar de sí una música deliciosa que convidaba al sueño.

Anchos y blandos divanes ofrecian reposo.

Fuentes de aguas olorosas refrescaban y embalsamaban el ambiente.

Todo aquello era magnífico.

—Quiero que venga aquí el tesoro de mi padre, añadió Leila.

Anforas, cofres y sacos aparecieron en el centro del retrete.

—Quiero que guarde ese tesoro un arca de hierro pulimentado como un espejo, bellamente labrado, y que solo se abra cuando le toque yo.

Cubrió el tesoro una magnífica arca que deslumbraba por su brillantez, cerrada con siete candados y cubierta de peregrinas labores.

Leila llegó al arca, y al tocarla, el arca se abrió.

Cada parte del tesoro estaba en un compartimiento separado, aquí las perlas, acullá las piedras, cada una segun su género, y las monedas de oro y plata, cada una segun su valor.

—Quiero un bruñido espejo de plata, dijo Leila despues de haber cerrado el arca, y trasladádose á otra magnífica habitacion.

Apareció un espejo gigantesco de resplandeciente plata, en que se reprodujo enteramente la hermosa figura de la jóven.

—Quiero parecer mas niña, dijo Leila.

—¿Mas niña? esclamó el génio: eso no puede ser: aun no has cumplido los quince años y tu juventud es fuerte, rica, incomparable como el primer verdor de la primavera.

—Quiero parecer mas niña y ser mas muger, dijo Leila.

Y entonces, pareció como que su semblante resplandecia, como que sus ojos deslumbraban, como que sus cabellos se hacian mas finos y mas pesados y mas bellos sus rizos y mas negros: y se levantó su estatura, y se alzó su seno y sus brazos, y su cuello y las demás partes de su cuerpo, se volvieron tales, como solo Dios puede imaginar para hacer un ángel muger.

Y Leila-Fatimah, se veia desnuda en el espejo y sonreia orgullosa á aquella nueva hermosura que no habia desfigurado ni una sola de sus formas, porque Dios habia ya criado á Leila demasiado hermosa.

—Quiero que se peinen mis cabellos y se adornen de joyas, dijo Leila.

—Me estás convirtiendo en tu esclava, dijo el génio:

—Lo quiero.

Los hermosos cabellos de Leila, se trenzaron, rodearon su cabeza, cayeron en rizos y en lazos junto á sus megillas, y sobre sus hombros y sobre su seno, y entre ellos brillaban racimos de perlas y de diamantes y de rubíes y de corales, formando al rededor de su cabeza una como corona de hojas de vid con fruto.

—Quiero un hermoso collar para mi garganta y unas hermosas arracadas para mis orejas, y brazaletes y ajorcas para mis brazos y mis piernas.

El génio cumplió la voluntad de Leila.

Y no parecia sino que aquellas joyas habian sido buscadas á propósito para realzar la blancura y la belleza de la jóven.

—Quiero un ceñidor interior para mi cintura que defienda mi pureza y me haga invulnerable y fuerte, capaz de vencer á uno, á diez, á un cuento de caballeros armados.

—Te basta para eso con tu hermosura y con tus ojos, sultana, dijo el génio: ¡qué hermosa eres, señora mia! ¡qué hermosa! yo te amo.

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! dijo riendo la jóven, ¿y cómo harias tú para satisfacer tu amor?

El génio saltó de la mano al redondo y blanquísimo hombro de Leila, y la mordió en su incomparable cuello.

Leila dió un grito agudo, se puso de repente pálida como si no la hubiese quedado una sola gota de sangre en las venas, pero aquella palidez aumentó su hermosura.

Leila se sintió desfallecer.

Un ardiente fuego, el fuego de un volcán, llenaba sus venas, y la consumia.

Su vida se habia multiplicado.

El resplandor de su hermosura se habia hecho irresistible.

—Vuelve á mi mano, maldito, esclamó Leila.

—¡Oh! ¡qué hermosa, qué hermosa eres, sultana mia! esclamó el génio volviendo de nuevo á la mano de la jóven. Tú no sabias el peligro que corrias conmigo, ¿no es verdad? dijo el génio. Pero ya no tiene remedio; tú tendrás siempre una sed inestinguible de amor, sufrirás eternamente el infierno de tu pecado, y amarás como no ha amado otra muger sobre la tierra.

—¿Y no veré satisfecho mi amor?

—Tú serás muy feliz durante algunos años, ¿pero que serán esos años? un instante, menos que un instante en la eternidad: Satanás ha sido muy cruel contigo: porque tú has sido muy cruel con tu padre.

—¿Quién se acuerda ahora de aquel viejo avaro que me tenia emparedada?

—Dices bien: ¿á qué acordarse de eso? tu padre duerme tranquilo en la tumba.

—Quiero ver á mi adorado, dijo Leila dejándose caer sobre un diván.

—¿Y vas á recibirle así? es virtuoso y casto, y tu desnudez le sonrojaria.

—Vísteme de túnicas de luz, dijo Leila.

Inmediatamente lucientes y finísimas túnicas cubrieron á la jóven.

Leila entonces parecia un astro caido del firmamento.

Pero sus resplandores no ofendian á la vista.

—Quiero ver á mi amado, ¿dónde está?

—Llorando sobre la tumba de tu padre.

—Que se sequen sus lágrimas, y que sienta mi amor en su corazon.

—Ya no llora y se estremece dulcemente alhagado por un fuego desconocido.

—Ahora, llévame con mi palacio á Damasco.

—Mira por aquella ventana, ¿qué vés?

—Veo fuertes torres á la luz de la luna, dijo Leila.

—Aquel es el alcázar del califa.

—Veo á los pies de la altura donde está ese alcázar una ciudad cubierta por la sombra.

—Esa ciudad es Damasco. ¿Qué mas quieres?

—Quiero que al despertar mañana, el califa vea mi resplandeciente palacio; que lo vean desde la ciudad, y que vean esclavos en sus pórticos, y que dentro haya bailarinas que me alegren, y doncellas que me sirvan, y músicos que me recreen.

—Mira, dijo el génio; ¿vés allá entre las quebraduras de una distante sierra una lucecita?

—Sí.

—¿Sabes dónde arde esa lucecita?

—No.

—Voy á mostrártelo.

—Leila, se encontró en una cabaña miserable; en ella un anciano y un jóven lloraban desconsoladamente junto á una muger jóven y hermosa, pero enferma y enflaquecida, que moria.

—¿Y á qué me has traido aquí? dijo Leila.

—Escucha, esas pobres gentes son labradores.

—¿Y qué me importa?

—Escucha, los años anteriores han sido malos, no solo no han podido esos infelices pagar su tributo al califa, sino que se han privado de lo mas necesario; hace quince dias que los encargados de cobrar las contribuciones del califa, fueron á esa choza, y á pesar de las lágrimas de esa familia, se llevaron los dos jumentillos con que araban sus tierras, su cabra, sus semillas y hasta su lecho; esa familia hace quince dias que está hambrienta; el padre y el hijo se han sustentado con yerbas y raices, pero la pobre Haraxa, no ha podido resistir y muere entre los brazos de su padre y de su esposo. Invocan á Dios, ¿no los oyes? tú tienes poder; díme: levanta del suelo á esa muger, y la levanto; dales pan y medios de vivir y de ser felices, y se lo doy; ¿no ves lo que pende del pecho de esa desgraciada? un niño que procura amamantarse del pecho exhausto y no puede.

—¿Y que tengo yo que ver con eso? dijo con dureza Leila; yo me abraso de amor. Llévame á mi alcázar.

—Héte en él, pero no tienes caridad: Dios, que hizo ese talisman de que soy esclavo, le construyó para la santa Madre de su Enviado, ¡oh, y cuán diferente uso hacia en su poder aquella alma noble!

—Calla.

—Un momento, señora mia: lo que tú no has querido hacer con una pobre familia lo ha hecho Dios; los habia castigado porque la prosperidad los habia hecho un tanto soberbios, los habia reducido á esa cabaña, á esa desdicha. Pero han invocado con fé á Dios, eran buenos, y Dios los ha enviado un ángel en figura de peregrino.

Con el ángel, ha entrado la Providencia de Dios en la cabaña.

Han tenido alimento, y el ángel les ha dejado al partir un saco lleno de oro.

—Has que venga naturalmente atraido á mi, mi adorado Abraham, dijo Leila.

—Tú no tienes caridad. Hélo aquí que viene.

—Vete, dijo Leila.

El génio saltó de la mano al suelo, y desapareció como habia aparecido, desvaneciéndose en humo.

XVIII.

—¿Sabes hermana culebra, que tu cuento me está maravillando? dijo el lagarto. ¿Crees tú que eso pueda haber sucedido?

—Eso y mucho mas puede hacer Dios, que es Todopoderoso, hermano lagarto.

—Sí, sí, pero esa muger endemoniada....

—Dios la castigaba con sus mismas pasiones. Cuando el alma de Abraham, que está allá abajo penando donde tú no te has atrevido á bajar, me contaba esto, la desdichada alma se estremecia.

—Sigue, hermana culebra, sigue; tengo impaciencia por saber el fin del cuento.

—Pues escucha, hermano lagarto, y aprende y escarmienta.

—Yo, añadió la golondrina, hermano ruiseñor, escuchaba sin dormirme aunque estaba muy cansada.

—Como te escucho yo, amiga golondrina, dijo el ruiseñor, y como te escucha esa maldita Asenéth, que como Leila-Fatimah, quiere matar á su padre por gozar sus amores.

—¡Oh! esclamó Asenéth, pájaros habladores, seguid, seguid vuestro cuento de los amores de la maga con el judío Abraham, mi abuelo.

La golondrina, calló un momento como quien recuerda, y luego continuó:

XIX.

La culebra siguió diciendo á su amigo el lagarto:

—Entre tanto, el buen Abraham, que habia dejado de llorar de repente, y se habia sentido inflamar por un fuego dulce y desconocido, olvidó enteramente á su protector, y saliendo del cementerio montó en su asno, y se volvió hácia un lugar donde le llamaba una fuerza misteriosa que le atraia, le atraia, sin que fuese poderoso á contrarestarla y sin saber á dónde.

Y el asno andaba con la velocidad del Borac[93], y la tierra se quedaba rápidamente atrás, y parecia un rio que huia.

Y antes del amanecer, Abraham se encontró no lejos de una populosa ciudad y á la puerta de un jardin deleitoso.

En medio del estensísimo jardin, habia un palacio resplandeciente que arrojaba sobre el jardin y sobre los montes una luz diáfana, mas diáfana que la de la aurora.

El asno se detuvo en la puerta del jardin, levantó la cabeza, abrió sus narices al viento y rebuznó.

En el momento se abrió la puerta del jardin, y aparecieron muchos esclavos negros.

—¿Eres tú, dijeron, el sábio médico á quien nuestra señora espera?

—¿Y quién es vuestra señora? Yo al ver la hermosura de estos sitios y los resplandores de aquel palacio, habia creido que Dios el Misericordioso, me mostraba su jardin de Hiram.

—Estos no son los jardines de Hiram, sino los de nuestra señora, que está enferma y te espera.

—¿Es acaso la sultana de este imperio vuestra señora?

—Nuestra señora es la poderosa maga Leila-Fatimah.

Al oir la palabra maga, Abraham invocó á Dios, y le invocó tan de corazon, que fueron inútiles para con él en aquel momento los hechizos de Leila-Fatimah.

Revolvió su asno, y escapó á cuanto correr pudo el asno por la campiña.

El cuadrúpedo tomó por una senda, y al fin de ella se paró delante de un humilde edificio.

—Loado sea Dios, que me trae á su santa casa, dijo Abraham.

En efecto, el asno se habia detenido en una pequeña mezquita, donde hacia penitencia un hombre de Dios, un santo morabitho.

Abraham descabalgó de su asno, y entró en la mezquita.

El morabitho estaba prosternado delante del mirab.

Prosternose tambien Abraham, y oró.

Cuando se levantó, vió delante de sí al morabitho, que era un anciano de barba blanca.

—¿Qué buscas ante Dios? dijo el morabitho.

—La tentacion me ha acometido, hermano, dijo Abraham, cuando oraba esta noche sobre la sepultura de mi padre.

—Dios solo es veráz, y Satanás es pérfido; lleno de lazos tendidos por el demonio está el camino de la vida: dichosos los que, como tú, acuden en sus tribulaciones á Dios.

—Es que me siento vacilar, hermano mio.

—¿Qué te dice el diablo?

—Ha llenado de amor mi corazon.

—Amar puede el hombre; para él ha nacido la muger.

—Pero mi amor es ardiente, desenfrenado.

—Recurre á la penitencia.

—Mi corazon vacila.

—Véncele.

—¿Querrás consultar la voluntad de Dios en las estrellas, hermano?

—Las consultaré por tu amor, porque te veo lleno de tribulacion.

—Dios te lo pagará.

—Quédate entre tanto conmigo, bajo el amparo de la casa de Dios.

XX.

Entretanto, Leila se paseaba furiosa por el magnífico alcázar, viendo que Abraham se le huia.

Consultaba al génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, y el génio se le reia diciéndole que no podia nada contra Dios.

—Pero Abraham saldrá alguna vez de la mezquita, decia la enamorada maga.

—Cuando salga te prometo traértelo. Entretanto, y para que te diviertas, te voy á traer al califa que se ha asombrado al ver levantarse desde sus miradores este magnífico alcázar que yo he construido para tí.

—En efecto, el califa al ver aquellas altas torres, y aquellos magníficos jardines que el dia anterior no existian delante de su palacio afrentándole con su hermosura, llamó á los sábios y les dijo:

—¿Qué alcázar es aquel resplandeciente que se levanta sobre un monte donde ayer era un llano cubierto de viñas?

Los sábios miraron y se restregaron los ojos, porque dudaban.

Y del mismo modo las gentes de Damasco se asomaban á los terrados de sus casas, maravilladas de aquello.

Y los sábios dijeron al califa:

—Artes mágicas debe haber en esto, porque ni los hombres pueden hacer una obra tan grande en tan poco tiempo, ni el mas sábio trabajando toda su vida podria idear una obra tan magnífica.

El califa envió á su wazir para que se informara de aquello.

El wazir volvió asombrado y enloquecido.

—No vayas, señor, le dijo, á ese alcázar, porque en él encontrarás una muger tal y tan hermosa que perderás tu alma.

Esto mismo incitó con mas fuerza al califa para ver aquella peregrina hermosura que, como una perla en su concha, se escondia en una obra tan magnífica.

Hízose preceder por sus esclavos, montó en un caballo blanco, y precedido de su córte se encaminó al alcázar misterioso.

XXI.

—Hé aquí que el califa de Oriente se acerca, dijo el geniecillo a Leila-Fatimah. Mira si quieres ser sultana.

—Por Abraham maté á mi padre, y solo de Abraham seré, dijo la vírgen maldita.

—¿Pero no recibirás al califa?

—Sí, le recibiré, y le enloqueceré, para que me sirva.

—Pues ya se acerca.

—Vete, pues.

Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro á la puerta del retrete de la jóven.

Levantóse ésta del diván, abrió la puerta, y al verla tan resplandeciente y tan hermosa, el califa su prosternó.

—¡Levántate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te prosternes ante tu esclava!

Y alzó al sultan.

Luego cerró la puerta y se quedó sola con él.

Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.

Leila le hizo sentarse en el diván, y se sentó junto á él.

—Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto á Damasco, cabeza de mi imperio, sultana de las huríes, dijo el califa. ¿Por qué has venido á alegrar esta tierra con tu hermosura?

—Venia á buscarte, señor.

—¡A buscarme! ¿será acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi fé y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su paraiso, y con él un arcángel del sétimo cielo?

—Dios me envia á salvarte, señor.

—¿A salvarme dándome tu amor?

Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.

Walid se prosternó.

—¡Oh! poderoso génio, esclamó: ¿por qué te han visto mis ojos, si no ha de ser mia tu hermosura?

—No pienses en el amor, cuando Dios me envia á salvar tu imperio.

—¿A salvar mi imperio?

—Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera contra los hijos de Omeya: ¡ay de tí, y ay de los tuyos, si yo por mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca á ti en silencio!

—¡Habla, poderoso génio! dijo Walid, aterrado por aquella oscura profecía.

—Ven acá, dijo Leila, llevándole á un mirador: ¿ves aquella mezquita en el valle junto á la vertiente de la montaña?

—Allí mora un santo.

—Allí mora la traicion.

—¿La traicion dices?

—Sí, en aquella mezquita se oculta un sábio médico llamado Abraham, que viene á alentar á los partidarios de Abul-Abbas.

—¿Y qué he de hacer, poderoso génio?

—Escucha; cuando medie la noche, rodearás tú mismo con tus gentes aquella mezquita.

—Lo haré.

—Sacarás fuera al morabitho y al hebreo Abraham.

—Lo haré.

—Despues te llevarás á esos dos traidores á la alcazaba, y los encerrarás en una mazmorra.

Sí, ¿y luego?

—Luego... mira... primero crucificarás al morabitho.

—¿Y despues?

—Despues cortarás por ti mismo la cabeza, y á solas con él encerrado en su mazmorra, al hebreo Abraham.

—¿Y habré salvado mi corona?

—Tu corona, tu familia y tus parciales.

—¿Y despues no me amarás tú?

—Consiste eso en la voluntad de Dios.

—¡Oh! yo serviré de tal modo á Dios, que Dios me recompensará dándome tu amor.

—Sí, yo te amo... dijo lánguidamente Leila.

—¡Ah! ¡sol ardiente de mi alma! esclamó Walid.

—Pero no te daré mi amor hasta que hayas esterminado á los traidores y á los impíos.

—¡Oh! pues los esterminaré.

Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de la tarde.

Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con él.

Pero á pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder invencible.

Y era que protegia la pureza de Leila el cíngulo mágico que rodeaba su cintura.

El califa salió del alcázar de Leila al empezar la noche, afirmándola que haria pedazos á los traidores y que volveria al dia siguiente.

Cuando el califa salió, Leila-Fatimah se puso el abanico sobre el corazon, sobre los ojos y sobre la cabeza, y llamó al génio.

El génio acudió.

—El califa sacará á la media noche á Abraham de la casa de Dios, le dijo: prepárate á hacerle venir.

—¿Y vendrá?

—Vendrá.

Ahora prepárame mi aposento nupcial, y aumenta mis galas y mi hermosura.

El geniecillo al escuchar aquel mandato, soltó una carcajada tal, y tan siniestra, que aterró á Leila.

—¿Por qué te ries, dijo la maga?

—Me rio por la locura de tu amor, contestó el génio: pero ya he hecho tu cámara nupcial, y he aumentado tu hermosura y tus galas: ven á ver mi obra, y á mirar tu belleza.

Y ella fué á examinar aquel nuevo milagro del génio.

XXII.

Llegaba la media noche.

El anciano morabitho de la mezquita del valle, consultaba tristemente las estrellas.

Junto á él estaba Abraham.

—El espíritu del mal te persigue, dijo el morabitho al hebreo.

—¿Y cómo podré conjurarle? dijo este.

—La muerte se acerca: si la arrostras sin temblar serás salvado, pero si no caerás en poder de Satanás y te perderás.

—¿Y no hablan mas claro las estrellas?

—Las estrellas hablan siempre misteriosamente; pues te avisan de un peligro y te dan el medio de conjurarlo; ese medio es morir con el valor de un mártir sin estremecerte ante la muerte.

—Voy á orar, dijo Abraham, para que Dios me dé su fortaleza.

—Oremos juntos, hermano, dijo el morabitho, porque la hora de la tribulacion se acerca para los dos.

—Y entraron en la mezquita y entrambos se prosternaron ante el mirab.

XXIII.

Poco tiempo despues llamaron á la puerta.

—Hé ahí la muerte, dijo el morabitho.

—Abrid al califa magnífico y vencedor, dijo fuera una voz robusta.

—El momento ha llegado, dijo el morabitho á Abraham, valor y fé en Dios, y dentro de poco tiempo nos encontraremos juntos en el paraiso.

—Moriré como un mártir, dijo Abraham; vé, y abre al califa, hermano.

El morabitho abrió.

Walid se arrojó frenético dentro de la mezquita, y dijo á los esclavos que le seguian:

—¡Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!

Abraham y el morabitho fueron conducidos á la alcazaba del califa, y arrojados en profundas mazmorras.

Abraham sin temor estuvo orando á Dios.

Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror á la muerte.

Parecíale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible tiraba de él.

Era que Leila, viéndole fuera de la casa de Dios, donde únicamente estaba protegido por sus encantos, compelia al génio á que le trajese á sí.

Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el temor de la muerte, y Dios le amparaba.

Pero de repente se oyeron gemidos de agonía.

Gemidos horribles.

Y junto á los gemidos, gritos y risas de verdugos.

Era que crucificaban al morabitho.

Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dejó de orar.

Un terror vago empezó á apoderarse de él.

De repente se abrió la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.

Entonces Abraham temió á la muerte, y esclamó:

—¿Acaso no se habrá engañado el morabitho? y llegó... yo no quiero morir...

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en una magnífica y resplandeciente cámara nupcial delante de Leila, cuya hermosura era tal, como la de un arcángel.

Abraham creyó que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba en el paraiso delante de su hurí.

—Sí, sí, dijo Leila; has muerto y eres mio.

Pero quítame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podré ser tuya.

Y se abrió sus magníficas túnicas, dejando descubierto el cingulo que tenia sobre su cintura desnuda.

Abraham se arrodilló, y quitó el cingulo á Leila.

En aquel momento se oyó un estruendo pavoroso como el de un inmenso edificio que se desplomara: oyóse una carcajada horrible, y la voz de Satanás que dijo:

—Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al derrocarse el alcázar de tus locos deseos, se ha sepultado con él el tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.

—Pero Abraham es tuyo.

—Suya eres tú.

—Y bien: su amor me basta, esclamó Leila-Fatimah.

XXIV.

Encontróse de repente Abraham caminando entre montañas, llevando delante su asno, y sobre su asno una muger hermosísima y sencillamente vestida.

Abraham habia perdido completamente la memoria de lo que le habia acontecido.

Del mismo modo la habia perdido Leila-Fatimah.

Pero Abraham se abrasaba en los amores de ella, y ella en los amores de él.

Aquel amanecer llegaron á Damasco.

Abraham tomó una casita en los arrabales de la ciudad, y empezó á curar como médico.

Y como era muy sábio, adquirió una gran fama, y le llamaron los mas ricos, y le pagaron maravillosamente sus curas.

Antes del año de haberse unido Abraham y Leila-Fatimah, ésta dió á luz un niño.

Aquel niño se llamó Jamné.

Púsose enfermo el califa, y de tal modo y con una enfermedad tan estraña, que los médicos de la córte no atinaban con ella.

Al fin fué llamado Abraham.

Y Abraham, despues de muchos dias, restituyó su salud al califa.

Y el califa dió á Abraham, en premio de su curacion, un palacio con jardines dentro del mismo Damasco, y muchos miles de mitcales de oro.

Y entonces dijo Leila á Abraham:

—Oye, amado mio, el oficio de médico es trabajoso: ir de acá para allá, correr todo el dia; levantarte de noche de entre mis brazos para ir á curar dolencias... te tengo muy poco tiempo á mi lado, y yo te amo mucho, con toda mi alma, y quisiera estar siempre á tu lado.

—¿Y qué hemos de hacer?

—Deja de curar á otro que al califa: pídele licencia para vender el palacio que te ha dado, y que es muy grande y demasiado magnífico para nosotros, y con el dinero de la venta del palacio, y el que te ha dado el califa, compremos joyas y ricas telas y perfumes, y pongamos una tienda: yo atraeré á los magnates, que comprarán sin escusar el precio por hablar conmigo, y además prestaremos con usura y nos pondremos muy ricos.

—Pero eso es ofender á Dios.

—Yo no tengo mas Dios que tú, y además, tenemos un hijo.

—Lo pensaré, dijo Abraham.

Abraham hasta entonces era inocente: no habia ofendido á Dios; creia haber encontrado en un camino sola y abandonada á una hermosa y casta doncella que habia huido de casa de unos parientes codiciosos que querian venderla, porque habia olvidado lo del encanto y aquel resplandeciente alcázar donde habia quitado su cíngulo de pureza á Leila-Fatimah, que al perder el talisman no habia perdido su ciencia y habia engañado á Abraham. Este se habia casado con ella y habia seguido siendo bueno y compasivo.

Cuando Leila le propuso que aumentara su dinero con la usura, Abraham, que amaba ciegamente á su esposa, vaciló; pero aun le quedaba temor de Dios, y consultó á los astrólogos.

Estos, uno tras otro, hasta siete, á quienes buscó, le dijeron una misma cosa.

—Esto es: sepárate de tu muger, que le perderá: porque es un espíritu maldito vendido al diablo.

Pero creia tan buena y tan inocente á su esposa Abraham, que creyó mas bien que los astrólogos eran unos ignorantes, que no que decian la verdad, y despreció sus avisos.

Desde aquel momento pecó Abraham desoyendo las revelaciones de Dios.

Y como amaba á Leila-Fatimah, sobre todas las cosas, cedió al fin á sus halagos; vendió con licencia del califa en una gran cantidad á un príncipe de Persia el palacio que el califa le habia regalado, y con este dinero, y el que antes tenia, compró púrpuras, y sedas, y brocados, y perfumes, y alhajas, y puso una hermosa tienda en el bazar de Damasco.

Al mismo tiempo se negó á curar á todo el mundo, menos al califa, lo que fué una falta de caridad, y se pasaba los dias enteros en el fondo de la tienda, sobre una tarima y una alfombrilla, mascando opio, jugando sobre sus rodillas con su pequeñuelo Jamné, y tocando la guitarra, mientras Leila escitaba con sus miradas á los hombres poderosos que pasaban por delante de su tienda, y que compraban muy caro el breve placer de hablar algun tiempo con la hermosísima mercadera.

A puestas del sol se cerraba la tienda, y los dos esposos comian espléndidamente, bebian contra la ley licores espirituosos, y luego se entregaban á un amor desenfrenado.

Su oro se habia aumentado y se aumentaba cada dia mas, por medio de la usura.

Desde muy pequeñito, Leila á hurtadillas de su padre, enseñaba á su hijo su ciencia maldita.

Los dos esposos estaban continuamente ofendiendo á Dios.

Pero se amaban de una manera tal, que eran felices.

Las artes mágicas de Leila-Fatimah aumentaban cada dia el amor de Abraham.

Y así pasaron seis años, durante los cuales, Leila no tuvo mas hijos.

Pero al empezar el sétimo se encontró en cinta.

Al cumplirse los siete años del nacimiento de Jamné, Leila dió á luz una niña.

Aquella niña se llamó Zelpha.