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La araña negra, t. 1/9 cover

La araña negra, t. 1/9

Chapter 20: III
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About This Book

Una novela que mezcla intriga política y conflictos sociales, narrando la llegada de personajes enigmáticos al seno de instituciones religiosas y burguesas y cómo sus conspiraciones y rivalidades van erosionando normas y lealtades. La acción alterna escenas íntimas y episodios públicos para explorar la corrupción, la manipulación y las tensiones entre tradiciones conservadoras y fuerzas renovadoras. Estructurada en prólogo y dos partes, articula tramas de engaño, pasión y confrontación que culminan en desenlaces que revelan costos personales y colectivos.

—Estas son, reverendo padre, las cartas llegadas esta tarde. ¿Quiere su reverencia que le indique el contenido?

—Habla y después me dirás los informes de nuestros agentes en Madrid.

—Esta carta es del superior del colegio de Vitoria. En la ciudad se habla mucho contra un hermano coadjutor que, según dicen, intentó forzar a la hija de un militar desterrado y pendiente de purificación. La familia dice pestes contra el coadjutor y nuestra Orden y el superior pregunta qué es lo que debe hacerse... ¿Qué contestamos?

Reflexionó un breve espacio el padre Claudio y después dijo a su secretario que se preparara a tomar notas de las respuestas:

—Ese escándalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparación. Al hermano coadjutor que lo envíen al colegio de Sevilla, y allí que esté durante quince días arrodillado a la hora de comer frente a todos sus compañeros, con un cartel al cuello que diga: “Lascivo”. En cuanto a la familia de la muchacha, recomienda a la Comisión militar permanente de Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasión oportuna, envíe el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. Así aprenderán esos impíos a no llevar en lenguas a la Compañía de Jesús.

—El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don Leandro, lo han metido en la cárcel como autor de la muerte de tres domésticas que en diversas épocas han desaparecido de su casa. El boticario solicita la protección de la Orden, y jura que es inocente.

—Nada tendría de particular que fuese verdadero el asesinato de esas muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar que nadie le va a la mano en la confección de venenos. ¡Con qué lentitud y disimulo matan! ¿No es verdad, hermano Antonio?

Y el hermano jesuíta, al decir estas palabras, sonreía tan malignamente que su rostro tenía la misma expresión de esos diablos berroqueños, que, horripilantes y sarcásticos, surgieron en los frisos de las catedrales bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imitó con una de sus más fúnebres sonrisas, y así permanecieron largo rato, como recreándose en el recuerdo de hechos pasados.

—Favoreceremos a don Leandro—dijo, al fin, el padre Claudio—pues no es racional que nos privemos de tan hábil y sumiso proveedor. Mañana recuérdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.

—La casa Gómez, de Cádiz, anuncia que ha vendido a buen precio la partida de café que nos enviaron de Puerto Rico.

—Envía la carta al padre Echarri, nuestro administrador.

—El agente de Jábea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa. La ganancia de esta operación pasará en su concepto de seiscientas onzas.

—Avisa también al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.

—El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La semana pasada predicaron un sermón en el que pintaban a los jesuítas como intrigantes, sin conciencia, más amigos de los negocios que de la religión y deseosos de avasallar al mundo.

El padre Claudio, al oír esto perdió la calma. Su sonrisa desapareció y un relámpago de ira pasó por sus ojos.

—Esos frailuchos—dijo con voz algo temblorosa por la cólera—son una canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos amordazar. ¿Por qué nos combaten? ¿No los dejamos tranquilos? Durante largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos, monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisición, y explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser soberbios, y Dios no quiere más que servidores humildes y pobres como nosotros.

—Esa es la verdad, reverendo padre—dijo el secretario, que no perdía ocasión de adular a su superior—. Vuestra reverencia habla con la elocuencia de un Bossuet.

Ya sabré poner remedio a la osadía frailuna haciendo que toda España odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolución definió graciosamente diciendo que eran “groseros animales que asomaban la cabeza por una ventana de paño pardo”.

Quedó el jesuíta pensativo, como combinando un plan contra aquellos competidores que disputaban a la Orden la explotación del fanatismo, y después dijo al secretario con resolución:

—Antonio, mañana llamarás al gacetista Martínez.

—Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse partido. Aún no ha hecho las letrillas satíricas que le encargamos contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pagó por adelantado.

—Cállate y no repliques—dijo el superior dirigiendo una altanera mirada al amanuense—. Llamarás a Martínez y le encargarás que sin perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compañía de Jesús ha tenido más sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de malo existe. Martínez es un exclaustrado que abandonó el hábito por su mala conducta, así es que estará bien enterado de las hazañas de sus antiguos colegas.

—Está bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se acuerde de lo que nos ocurrió hace dos años en tiempos de la Revolución, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la libertad, se pedía la santa guillotina, el amor libre y la comunión de bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobró el folleto por adelantado, se lo bebió en unas cuantas borracheras y ésta es la hora que aún no lo ha escrito.

—En vez de llamarlo a él, avístate con su querida, la Pepa, y dale el importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redacción del libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota del asunto, despáchalo mañana mismo, y a ver si la semana que viene está ya el manuscrito en la imprenta. ¡Lástima que ese perdido tenga una pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.

—No queda más que esta carta, que es del arzobispo de Valencia.

—¿Qué quiere su ilustrísima?

—Pregunta qué es lo que debe hacerse con Ripoll, el maestro de escuela de Ruzafa.

—Grande hereje es ese maestro, y no parece sino que el diablo hable dentro de su cuerpo. Figúrate, hermano Antonio, que en todos los tonos y con la firmeza del que asegura una verdad indiscutible, afirma que la Santísima Trinidad es una farsa, que la misa es un sainete, que todas las religiones son falsas y malas, sin exceptuar la católica; que el hombre no debe creer en otra cosa que en su propia razón, y no sé cuántos disparates más, que apoya siempre con testimonios sacados de las endiabladas obras de Voltaire, Rousseau y demás filosofastros que formaron la endiablada Enciclopedia. ¡Bien marcharía la Religión y medrados estaríamos nosotros si el pueblo creyera lo mismo que ese maestro hereje!

—El arzobispo se muestra admirado por el valor y la fuerza de voluntad del preso.

—¿Qué es lo que hace?

—Los presos, en la cárcel de Valencia, están subyugados por la humildad y los buenos sentimientos que demuestra el hereje. A sus perseguidores, los hijos de la Fe, les devuelve palabras cariñosas por insultos; con discursos halagadores anima a los presos a que sepan sobrellevar su suerte y a no encenagarse en el vicio, y varias veces se ha despojado de sus ropas en el rigor del invierno para cubrir las desnudeces de empedernidos criminales.

—En muchas ocasiones he visto, con sorpresa, cómo algunos de esos herejes, enemigos del rey y de la Religión, procedían tan santamente. Misterio es éste que me llama mucho la atención, y aun me hace creer que quien tan meritorias obras hace es el diablo, que se alberga en su cuerpo, y que con tales demostraciones quiere atraerse a los incautos y a los asombrados.

—Así será, reverendo padre. Vuestra sabiduría descubre siempre la verdad.

—¿Y pregunta algo su ilustrísima?

—Sí. Consulta a vuestra reverencia de qué modo ha de proceder para castigar a ese impío. Los buenos católicos de Valencia quieren aprovechar tan buena coyuntura para restablecer la Inquisición, quemando vivo al maestro en medio de la plaza del Mercado, y el arzobispo desea saber si puede hacerse tal fiesta en honor de Dios, sin peligro de que se queje el Gobierno de Su Majestad.

—Difícil es eso. Nuestra aliada, Francia, a quien debemos la caída de la Constitución, no quiere consentir, a pesar de todo su realismo, que vuelvan los felices tiempos de la Inquisición. Un auto de fe en una capital tan importante como Valencia motivaría grandes protestas de las potencias de la Santa Alianza.

—¿Qué es, pues, lo que debo contestar?

—Dile al arzobispo que se contente con ahorcar al impío Ripoll. Lo importante es librar a la sociedad de un monstruo que tan descaradamente blasfema de la religión y atenta contra los derechos de la Iglesia; lo de menos es que muera achicharrado o pendiente de una cuerda. ¿No tiene el arzobispo constituída una especie de Inquisición con el título de Junta de la Fe? Pues que esa Junta se convierta en tribunal, y que juzgue al maestro, condenándolo a muerte. Di a su ilustrísima que no tema las reclamaciones del Gobierno, y que cuente con nuestra valiosa protección. Si los embajadores se quejan ya sabremos arreglar el asunto. Organizaremos otra conspiración como la de aquel Bessieres (que santa gloria haya) y diremos a las potencias extranjeras que es necesario dejar al pueblo amante del Rey y de la Religión que desahogue sus instintos contra los liberales y los impíos, pues de lo contrario se corre el peligro de que se subleven a cada momento los voluntarios realistas.

—Reverendo padre, vuestro inmenso talento se manifiesta en todos los asuntos.

Aquella nueva muestra de adulación rastrera causó grata impresión en el padre Claudio, que permaneció durante algunos minutos silencioso, como gozándose en sus ideas.

—Además—dijo al amanuense, cual si le acometiera súbita inspiración—, los buenos católicos de Valencia pueden cumplir sus deseos. La horca puede compaginarse con la hoguera. Di al arzobispo de Valencia que ahorque a Ripoll primeramente y, después, que arroje su cadáver en un tonel pintado de llamas. Será quemado aparentemente, pues el tal tonel vale tanto como la hoguera del Santo Oficio. Por algo se ha dicho que con la intención basta... Pasemos ahora a los informes de nuestros agentes de Madrid.

II

La policía jesuítica

—¿Qué agentes son los que han venido hoy?—preguntó el padre Claudio a su “alter ego” o, más bien, a su “socius”, como se dice en el lenguaje usado entre los hijos de Loyola.

—Esta tarde sólo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio, el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la embajada de Francia.

—Empieza por el último. ¿Cuáles son sus informes?

El amanuense consultó las abiertas páginas de un grueso cuaderno, en el cual anotaba las delaciones de los espías de la Compañía, y después de repasar las últimas notas con una rápida ojeada, contestó:

—El embajador piensa pedir mañana una audiencia al Rey para quejarse en nombre de su Gobierno del carácter brutal que reviste la restauración absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que le acompañaban que está harto de las barbaridades de los realistas españoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizándole para que manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido con su ejército una reacción que pone a España, en cultura y humanidad, más abajo que el imperio de Marruecos.

—Eso es una exageración propia de un poeta como el ministro francés—dijo el jesuíta sonriendo con expresión de desprecio.

—El embajador ha dicho, además—continuó el hermano Antonio consultando de vez en cuando las notas—, que aunque su Gobierno no le ordenara tal comisión, él la haría por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele de la brutalidad de los victoriosos realistas. Además, ha dicho que de todo cuanto sucede es culpable la Compañía de Jesús, y que no ha de parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la Orden.

—¿Eso ha dicho el botarate francés?—exclamó el padre Claudio sonriendo de un modo que causaba miedo—. Ya voy cansándome de sus continuas fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de él. A ver, Antonio, cómo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.

Levantóse el secretario de su asiento, y colocándose casi en el centro de la habitación, paseó su mirada rápidamente por los grandes estantes, agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.

Después, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigióse a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sacó una abultada carpeta. ¡Ya estaba seguro aquel ratón de archivo de no equivocarse!

Descargó el pesado paquete sobre la mesa, hojeó los diversos cuadernos que contenía, y separó uno, cuya cubierta tenía este lema: “Nota relativa al barón de La Tour-Royal, embajador de Francia”.

—Aquí está—dijo el hermano Antonio enseñando el legajo a su superior.

—Busca la página referente al carácter, y lee.

Pasó el secretario algunas hojas, y encontrando al fin lo que buscaba, comenzó a leer:

—Carácter del anotado. Enérgico, pundonoroso y susceptible. Como en su mocedad se batió en la Vendée contra la Revolución, guarda ciertas costumbres militares y es incapaz de tolerar ninguna ofensa. Se ha batido muchas veces. Es hombre temible. Cree mucho en el rey y poco en Dios. Antes de la Revolución fué de los nobles que aplaudían las impiedades de Voltaire.

—No dice más, reverendo padre—añadió el lector.

—Dice bastante—contestó el padre Claudio—. Ahora mira en la sección de documento útiles; tal vez encontrarás en ella dos cartas adheridas que nos serán de gran provecho en esta ocasión.

El hermano Antonio volvió a buscar, y al poco rato tremolaba en la diestra dos pequeños pliegos.

—Aquí están, reverendo padre.

—Mira la firma, y ve si son de la señora baronesa de “La Tour-Royal”.

—Efectivamente, reverendo padre. A lo que veo, son dos cartas de amor.

—Así es. La esposa del embajador hace más de un año que tiene por amante a un gallardo oficial de la Guardia, y a él van dirigidas las tales cartas. El oficial es antiguo penitente de un padre de la Orden, y éste logró arrancárselas. Mañana las enviarás con persona de confianza y en sobre cerrado a ese embajador tan lenguaraz, para que se convenza de su deshonra.

El secretario miró a su superior con la expresión de un discípulo ante el maestro. Con ser él un malvado sin escrúpulos ni preocupaciones, reconocíase pequeño ante el padre Claudio.

—Ahora veremos—continuó éste—si el embajador de Francia sigue haciéndonos daño. Nuestros informes nunca mienten. Ese hombre tiene un carácter belicoso e incapaz de sufrir la más leve mancha en su honor. Se ha batido en varias ocasiones, y ahora se batirá otra vez con ese militar elegante que posee a su mujer. Si le mata el oficial, nos libramos para siempre de tan enojoso enemigo, y si él mata al amante de su esposa, el suceso causará suficiente escándalo para que el Gobierno francés le releve del cargo y lo llame a París. De un modo o de otro nos libraremos de ese enemigo de los defensores de Dios.

El secretario había quedado como embelesado por la diabólica astucia del superior, pero éste no podía permanecer inactivo mucho tiempo.

—¿No tienes más noticias de la Embajada? Pues a otro asunto. A ver lo que dijo el empleado de Gracia y Justicia.

—No son gran cosa sus revelaciones en comparación con las de otros días.

—¿Qué hace Calomarde?

—Nada entre dos aguas y quiere estar bien con tirios y troyanos para hacer mejor su santa voluntad.

—Obra mal el bueno de don Tadeo siguiendo esa conducta. Eso de halagar al mismo tiempo a unos y a otros para explotarlos mejor a todos, sólo lo podemos hacer los jesuítas, y el que quiera imitarnos corre peligro de que le declaremos la guerra.

—Calomarde se permite ya tener voluntad propia y olvida que fué vuestra reverencia quien lo elevó al ministerio.

—Es un hijo ingrato. Nos sirve de buena voluntad, pero algunas veces olvida su deber. Habrá que echarle una buena reprimenda.

—Hoy mismo ha dado dos excelentes canonicatos a unos paisanos suyos, dejando para otra vacante que se presente a un recomendado de vuestra reverencia. Además, en la confiscación de los bienes de los emigrados liberales se queda la mayor parte de los productos de las ventas y sólo nos envía a nosotros miserables cantidades, y esto a regañadientes. A pesar de portarse mal, se ha hecho tan desvergonzado, que en su despacho ha tenido el atrevimiento de decir que estando bien con el rey, le importa muy poco quedar mal con los jesuítas.

—¿Eso ha dicho?—exclamó con sorpresa el padre Claudio.

—Así lo ha asegurado nuestro agente, que es hombre incapaz de mentir.

—Ya arreglaremos las cuentas al ministro favorito de Su Majestad. Saca del archivo la nota referente a la vida y actos de don Tadeo, y en la sección de documentos útiles encontrarás la carta dirigida al obispo de Sigüenza, acusándole recibo de los tres mil duros a cambio de la mitra. Bien es verdad que don Tadeo destinó de dicha cantidad treinta mil reales para nuestra Orden, por gastos de comisión; pero esto no consta en la carta, y además, el bueno del ministro se guardará mucho de decirlo. ¡Bonita será la cara que haga Su Majestad mañana al enseñarle yo el documento en que el ministro favorito se delata tan claramente! Cuando el rey le eche una filípica que le ponga las orejas coloradas, don Tadeo adivinará de dónde procede el golpe, y en adelante será más cauto y tratará con más respeto a nuestra Orden.

—¿Busco ahora la carta, reverendo padre?

—No; mañana me la darás cuando vaya a Palacio a la hora de la misa. ¿Qué más hay en el ministerio?

—Nada que nos interese.

—Pasemos pues, a las revelaciones del camarero de Palacio. Es buena persona, muy temeroso de Dios y de sus representantes, y estoy por decir que es el mejor de nuestros agentes.

—Soy de la misma opinión.

Y el hermano Antonio, después de halagar otra vez con tales palabras la vanidad de su superior, consultó las notas y comenzó a decir:

—Las noticias de Palacio son, como de costumbre, abundantes, aunque no de gran importancia. ¿Por dónde le parece a vuestra reverencia que comencemos?

—Di primero todo lo referente al rey.

—Su Majestad se muestra algo preocupado por la actitud de Francia y las demás potencias de la Santa Alianza, las cuales no le dejan respirar ni obrar con libertad, pues, como de costumbre, apenas da una ley contra los liberales, llueven sobre él amenazadoras notas diplomáticas, en las que los soberanos le aseguran que van a dejarlo solo si se obstina en extremar la reacción. Aún se preocupa más de la falta de buenos espadas desde que Pedro Romero se retiró del arte a causa de sus achaques y de la decadencia que viene notándose en el ganado que se presenta en la plaza de Madrid.

El hermano Antonio miró de reojo al padre Claudio, y viendo que se sonreía despreciativamente, creyó muy del caso el imitarle.

—Anoche—continuó el amanuense—hablaba en su tertulia de la necesidad de remediar prontamente esa decadencia que deshonra a la nación, y apuntó la idea de establecer en Sevilla una escuela de tauromaquia. Calomarde se atrevió a hacerle algunas objeciones, y el rey consintió en dejar la realización de tal proyecto para más adelante.

—¿No hay nada referente a la vida secreta?

—Sí, reverendo padre. El rey muestra ahora gran afición por una manola que vive cerca de la puerta de Toledo y es hija del tío Quitapellejos, honrado dependiente del Matadero. El duque de Alagón le acompaña muchas noches a la casa de esa rústica beldad. Esta nueva conquista es en Palacio desconocida para todos menos para nuestro agente, que ha logrado descubrirla a fuerza de paciencia y astucia.

—Desconocida es tal aventura, pues ni aun yo tenía noticias de ella. ¿Y qué hace el rey con la condesa de Baselga?

—La baronesa de Carrillo pasa en la corte todavía, para los que se precian de conocer los regios secretos, como la querida predilecta de Su Majestad; pero lo cierto es que don Fernando (que Dios guarde) parece hastiado de ella, pues sólo acude a sus citas de tarde en tarde, y más por la fuerza de la costumbre que por la del amor.

—Mala noticia es ésta—dijo el padre Claudio poniendo la cara seria—. Pepita, gracias a sus relaciones con el rey, nos presta grandes servicios. Nosotros tenemos gran influencia en el ánimo de Su Majestad; pero aquello que éste no nos concede, lo alcanza la baronesa cuando tiene a su regio amante ebrio de lujuria entre sus brazos. ¿Qué hacemos si el rey abandona definitivamente a la hermosa señora de Baselga y va en busca de las manolas del Matadero?

—La noticia es tanto más grave cuanto que nuestro agente asegura que don Fernando está cada vez más enloquecido por la hermosa hija del matarife, y muchos días espera con impaciencia la noche para dirigirse a su casa.

—Lo comprendo; es la pasión senil. El último amor de un viejo, o sea la lujuria más terca y persistente. Será necesario poner en juego toda la linda locura de Pepita, y que invente nuevas gracias para atraerse al rey.

—Será inútil, reverendo padre, pues Pepita, según los informes, está también cansada del soberano y busca distracción a su tedio, llamando a su casa, siempre que su marido está de servicio en Palacio, a un guapo mozo que figura como agregado a la Embajada inglesa y que se llama el “baronet” sir Walace.

El padre Claudio, a pesar del imperio que tenía sobre sus sensaciones, mostró algún asombro ante aquella revelación que no esperaba, y murmuró con enfado:

—Ya hace tiempo que creo, con razón, que con mujeres nada puede hacerse. Esa Pepita es una...

Y el hermoso jesuíta largó una palabra tan castellana y clásica como poco culta. Después dijo con voz más fuerte:

—Hace mucha falta en aquella casa el señor Antonio. Cuando el general de nuestro instituto envió desde Roma la orden para que el viejo volviera a América, donde podría servir mejor nuestros intereses, presentí que pronto nos sería muy necesaria su presencia. Si él estuviera en casa de la baronesa, ni entraría ese inglés ni Pepita hubiera dejado escapar al veleidoso rey; pero está casi sola, su marido es un imbécil que no ve ni oye más que cuanto su mujer quiere, y ya dice el refrán que la cabra apenas se ve suelta siempre tira al monte. Lo vuelvo a repetir: esa Pepita es una perdida, digna de que la abandonemos y aun de que digamos a su marido todo cuanto hace, para que éste, que es un barbarote, la estrangule sin misericordia.

Y al decir esto el padre Claudio, brillaba en sus ojos aquella chispa maligna que transfiguraba su rostro de un modo horrible, poniéndolo en armonía con su oculto pensamiento.

—Nada se pierde—añadió el jesuíta cuando pasó el primer ímpetu de su rabia—en echar un buen sermón a Pepita, que la lleve nuevamente a la buena senda. Es una loca tan inclinada a la devoción como a prostituirse, y tal vez tocando sus aficiones religiosas la arrastremos nuevamente a sufrir pacientemente las caricias del rey, que, en verdad, no deben ser muy gratas para una mujer joven y hermosa.

—Difícil lo veo, reverendo padre. La baronesa está tan entusiasmada con el inglés, que, según las revelaciones de nuestro agente, en el baile que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultándose tras los cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y solitarios.

—La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas locuras, pero con una gran dosis de ambición. Mientras fué en Madrid una desconocida, nos obedeció fielmente, cifrando todo su empeño en agradar al rey; pero desde que conoció al conde de Baselga y se casó con él, viéndose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los más lindos adornos de la corte, ha dado por satisfecha su ambición y hoy únicamente piensa en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su variable voluntad. Mañana hablaré con ella y le haré entender que, si por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojándola en la desgracia.

—En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.

—Habla, hermano Antonio.

—Nuestro agente sorprendió el otro día algunas palabras de la conversación que en la antecámara de la reina sostenía la duquesa de León con otra dama de honor.

—¿Qué tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de León?

—Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el de Baselga conociera a doña Pepita, era su querida y hasta se cree que corría con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la confección de sus uniformes.

—Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en nuestra nota acerca de la duquesa de León. ¿Y cuáles eran las palabras de ésta?

—Aunque nuestro agente no escuchó toda la conversación, comprendió inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba frío e indiferente por culpa de su esposa, que le tenía sujeto con sus embelecos y que, en cambio, le hacía traición, no con un amante, ni con dos. Cuando nuestro agente se acercó más, la duquesa hablaba misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de terribles pruebas de que podía disponer.

—Eso es muy grave—dijo el padre Claudio—. Pepita puede oír nuestros consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sería un tremendo inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa, pues el tal Baselga es un gañan algo idiota que no conoce eso que en el mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir como amante de su esposa ni aun al mismo rey.

Quedóse reflexionando un buen rato el padre Claudio, y al fin añadió:

—La duquesa de León es un gran peligro. La conozco bien y sé que es una mujer terca capaz de cumplir cuanto diga. Además, esas viejas libidinosas, cuando se enamoran de un hombre, no retroceden ante ningún obstáculo. Si ella ha hablado de pruebas, es porque las tiene o piensa adquirirlas pronto... Afortunadamente, la duquesa es penitente mía y podré dentro de pocos días sondear su conciencia desde el confesonario.

Calló el jesuíta por algún tiempo, y al fin añadió con aire de hombre preocupado:

—Sin embargo, no dejan de interesarme esas pruebas de que habla la duquesa. ¿Adivinas tú cuáles pueden ser, hermano Antonio?

—No, reverendo padre. Doña Pepita no es mujer capaz de haber escrito cartas a sir Walace ni al lindo frailecito de la Merced, que es el amante que tuvo antes del inglés y cuyas relaciones tan hábilmente supo estorbar vuestra reverencia. No existiendo cartas, no sé qué pruebas pueda tener la duquesa de León.

—Hay otra prueba más terrible y concluyente que una persona astuta, como lo es la duquesa, podía aprovechar si nosotros no estuviéramos alerta.

—¿Cuál es, reverendo padre?

—El testimonio de la mujer que asistió a Pepita en su parto, la cual puede citar la fecha cierta en que éste se verificó.

—Reverendo padre, esa mujer ya sabéis que es mi madre. Ella hace cuanto yo quiero y nunca traicionará los intereses de la Compañía.

—En ello confío. Ya sabes que buscamos a tu madre para tan delicada misión confiando en tu palabra, y tampoco debes olvidar que a mí me debes cuanto eres, y que así como puedo encumbrarte más alto de lo que te imaginas, puedo arrojarte al suelo y aniquilarte como un insecto si es que haces traición a la Orden.

—Lo sé, padre mío, lo sé perfectamente—dijo el secretario sonriendo con afectada humildad.

Reflexionó el padre Claudio y añadió con tono imperativo:

—Dirás mañana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la duquesa de León, procurando penetrar en sus propósitos. Yo buscaré el medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procuraré extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos a otros asuntos. ¿Qué más se dice en Palacio?

—En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa, doña Francisca, como el obispo de León, preparan una sublevación en Cataluña, en la que entrarán todos los realistas descontentos con la política que actualmente sigue don Fernando.

—Me voy convenciendo de que estos realistas son gente más levantisca e ingobernable que los mismos liberales...; pero más vale así, pues hay que reconocer que don Carlos, príncipe piadoso, amante de Dios y obediente en todas ocasiones al clero y a la Compañía de Jesús, sería más buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religión y sumiso a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altísimo para irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.

—Don Carlos haría la felicidad de España.

—Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones políticas. Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que discurran por él. Sin embargo, en esta ocasión, te digo que estás en lo cierto. Don Carlos, rey, sería para nosotros tan ventajoso como tener un individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy problemática, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo dudoso. ¿Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algún día llega su triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta política, que es la que debe seguir todo buen jesuíta.

El secretario acogió la lección con aire de gratitud y creyó del caso dar a su rostro una expresión de asombro, que interpretaba la admiración producida por las palabras de su maestro.

—Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los trabajos del día sólo hay que añadir la plática que he tenido esta tarde con el brigadier Chaperón, presidente de la Comisión militar permanente de Madrid.

—¿Ha venido aquí ese bárbaro?

—Sí. Quería visitar a vuestra reverencia y saber de propios labios si estabais satisfecho de su conducta, y me ha dicho, con el aire de satisfacción propio del que cumple con su deber, que si en el mes pasado ahorcó siete liberales en la plaza de la Cebada, en el presente piensa que lleguen a una docena, además de que tiene en lista unos doscientos individuos parientes hasta de sexto grado y amigos de vista de los emigrados revolucionarios, los cuales a la mayor brevedad serán enviados a los presidios de Africa.

—Chaperón es un partidario tan decidido de la causa de Dios y del rey, que el Gobierno debía citarlo como modelo digno de imitación a esas comisiones de las provincias que sólo envían cada vez un liberal a la horca. ¡Lástima que tan perfecto campeón de la Fe sea un poco imbécil y no se le pueda confiar otro trabajo que el exterminio de los revolucionarios!

—El brigadier desea que vuestra reverencia le recomiende al rey, y que éste, en vista de sus nobles servicios a la causa del absolutismo, le conceda un ascenso, una gran cruz o cualquiera otra distinción.

—Puede contar con ello. Hoy somos nosotros los dueños de la situación, y cuanto indicamos se realiza inmediatamente.

El jesuíta, al decir esto, inclinó la cabeza sobre el respaldo del sillón, y con los ojos cerrados permaneció algunos instantes sonriendo, como el que paladea risueñas y halagadoras ideas.

—Hermano Antonio—dijo de pronto el jesuíta, estremeciéndose para sacudir el dulce sopor que le había acometido—. A ti te lo digo todo porque tengo confianza en tu discreción y me siento inclinado a tratarte con franqueza. Los asuntos de nuestra Orden en España no pueden ir mejor. Después de la caída de la Constitución, el rey se ha arrojado por completo en nuestros brazos, y esta tarde misma, al volver de su diario paseo, y en uno de los salones de Palacio, ha dicho ante la turba cortesana, en la que figuraban los generales de los dominicos, de los franciscanos y de otros institutos religiosos, que sólo tiene confianza en los jesuítas, que sólo fía en nuestra fidelidad, y que si antes de 1820 hubiéramos sido nosotros sus consejeros de gobierno, seguramente que no hubiera triunfado la revolución. ¿No es esto suficiente motivo para mostrarse satisfecho? ¿No te sientes orgulloso de pertenecer a una Orden que tanta admiración inspira a su rey?

—¡Oh, seguramente, reverendo padre!

Y el secretario, al decir esto, no mentía, pues sus mejillas cadavéricas, coloreadas por un fugaz rubor, demostraban lo caldeada que estaba su soberbia por tales palabras.

—Comienzan ya—continuó el padre Claudio—a brillar para nuestra Orden aquellos felices días del reinado de Carlos II, en que éramos dueños de la nación y movíamos a nuestro gusto los resortes del Estado. Ya no nos veremos obligados a asustar a los reyes como lo hicimos con el impío Carlos III, enemigo de nuestra preponderancia, organizando el motín de Esquilache y enviándole anónimos en que le amenazábamos de muerte. Nadie nos arrojará de aquí; somos los amos y ya no tendremos que esgrimir pistolas ni puñales, como lo hicimos en Portugal con el rey José y en Francia con Enrique III y Enrique IV. ¿Para qué?... Hoy los reyes, en vez de nuestros mortales enemigos, son nuestros lacayos, viven la vida que nosotros les damos y están sujetos a nuestra voluntad. En el régimen absolutista, el rey es un sol cuyos rayos llegan hasta el antro más obscuro de la nación, y, sin embargo, la luz de ese sol nosotros la mantenemos...; nosotros, que trabajamos en la densa sombra.

Y el padre Claudio, al decir esto, reía sarcásticamente. Su secretario le imitaba; pero esta vez no era por adulación, sino porque le producía inmenso placer la completa victoria del aborto de Loyola.

—Nada puede oponerse a nuestro soberano poder—continuó el jesuíta levantándose de su asiento, impulsado por la fiebre del entusiasmo y repeliendo al gatazo que hasta entonces había estado enroscado sobre sus piernas—. ¿Ves a don Tadeo Calomarde, que se cree omnipotente sólo porque el rey le aprecia a causa de su actividad de ardilla? Pues que procure que yo no levante mi omnipotente mano pues de un revés lo arrojaré del ministerio cuando quiera, y se verá pobre y desgraciado, si es que no va a morir en la horca como otros favoritos regios. ¡Y qué digo Calomarde! El mismo don Fernando caería, si alguna vez se mostrara rebelde a nuestros mandatos y no quisiera adoptar las dulces insinuaciones de nuestra Orden. En las arcas de la Compañía hay dinero suficiente para comprar un reino y para armar un ejército ante el cual el de Jerjes parecería miserable pelotón; y en cuanto a gente que nos defendiera, demasiado sabes que en España tenemos hoy más de la que podamos desear. Mira, Antonio; mira una vez más, y podrás convencerte de que España es nuestra.

Al padre Claudio el entusiasmo y la contemplación de la grandeza que su persona representaba, poníanle nervioso y le hacían pasearse por la habitación con la impetuosidad de una fiera que encuentra pequeña su jaula.

Al decir sus últimas palabras, cogió el gran quinqué que estaba sobre la mesa, y levantándolo al nivel de su cráneo, bañó en luz el colosal mapa de España, que ocupaba la pared libre de armarios.

—Pasea bien tus ojos por ese mapa—continuó diciendo a su secretario—, y verás cómo España semeja un pedazo de firmamento en el que las cruces negras brillan tan compactas e innumerables como las estrellas en el cielo.

Efectivamente, sobre aquel mapa destacábanse un sinnúmero de crucecillas negras de varios tamaños, que parecían esparcidas a la ventura, pero que ocupaban los mismos sitios que las ciudades, los pueblos y los lugares sin importancia en los mapas ordinarios. Bajaban serpenteando a lo largo de las costas, saltaban a las cercanas islas, extendíanse sobre las tortuosas cordilleras, enseñoreábanse de las provincias del centro y hasta ocupaban las Canarias y las Antillas, que en cuadro aparte figuraban a un extremo del mapa.

Estaban tan inmediatas las cruces, que sus aspas casi se tocaban unas con otras y formaban como una negra red que envolvía el territorio español, dándole el aspecto de un insecto enredado en fúnebre telaraña.

El padre Claudio, con la cabeza erguida y la soberbia expresión de un general ante su ejército, abarcó de una mirada la colosal obra de su Orden, y sonriendo después con aire satisfecho, continuó:

—Ya sabes tú lo que representan estas cruces. Cada una de ellas equivale a un miembro que desde aquí puedo yo mover a mi voluntad, así como a mí y a todos los vicarios que están al frente de una nación nos maneja el general desde Roma, y cómo a éste lo impulsa Dios. Las cruces más grandes representan ciudades de importancia, donde hay colegios y casas profesas que hacen una continua propaganda en favor de la Orden; las medianas son poblaciones de menor importancia donde tenemos misiones permanentes, y las más pequeñas equivalen a lugares y villorrios, en lo que no nos faltan amigos fieles y obedientes a nuestros mandatos. España entera tiene su centro y su eje en esta habitación. Para moverla y que se alce en éste o en otro sentido, el mismo día y a la misma hora, sólo es necesario que tú tomes la pluma y yo te dicte. ¿Hay alguien que posea tan inmenso poder? ¿Quién es más dueño de España: don Fernando VII o nosotros? ¡Ah! Si todos los reyes comprendieran de lo que la Orden es capaz y los sujetos que los tiene, no nos concederían tanta estimación ni nos protegerían. ¿Ves cuánto se afana el infante don Carlos por quitarle la corona a su hermano? Pues todo cuanto haga será inútil si nosotros permanecemos impasibles, y en cambio dentro de un mes ocuparía el trono si así conviniera a los intereses de la Orden; para esto bastaría que yo hiciese un llamamiento a nuestros innumerables agentes.

La contemplación de su propio poder pareció calmar al padre Claudio, que recobrando su aspecto habitual, frío y sonriente volvió a dejar el quinqué sobre la mesa, y fué a sentarse junto al brasero, mientras su secretario le miraba con admiración.

—Reverendo padre—dijo tras una larga pausa el hermano Antonio—. Cada vez me siento más orgulloso de pertenecer a la Orden de nuestro santo padre San Ignacio, y cuando os oigo hablar con acento tan inspirado me miro con asombro pues me parece que yo, miserable gusanillo, crezco al compás de vuestras palabras hasta convertirme en un gigante.

El padre Claudio se sonrió por aquella lisonja, y dijo a su secretario con tono protector:

—Crecerás, no lo dudes; crecerás, hermano Antonio; pero es preciso, como antes te dije, que permanezcas fiel a nuestra Orden y que jamás me hagas traición a mí, que soy tu superior. Tienes condiciones para brillar en nuestra sociedad. Eres astuto, conoces a los hombres, sabes aprovecharte de sus debilidades, no reparas en los medios y, sobre todo, el bien y el mal son indiferentes a tus ojos, pues uno y otro valen lo mismo y deben emplearse en una empresa siempre que así convenga. Con tales condiciones se puede formar un excelente jesuíta, y tú lo serás. Sólo te falta despojarte de ciertas preocupaciones mundanas. Todavía eres hombre y te falta algo para convertirte en un completo hijo de Loyola, que debe ser máquina inconsciente para los mandatos de los superiores, e inteligencia despierta para cuantos se encuentran a un nivel más bajo.

—Reverendo padre—dijo con humildad el jesuíta—. Yo hago cuanto puedo, y siento no tener más voluntad para aprovecharme de vuestras notables lecciones.

—Si me sigues e imitas en todos mis actos, puedes llegar a ser como mi sombra, y algún día, cuando la Orden me llame a más altos destinos, ocupar tú la dirección de España, que hoy desempeño. Yo siento simpatía por ti, ¿por qué he de ocultarlo? En tus actos veo mi propia personalidad como en un fiel espejo, y reconozco que tus facultades son iguales a las mías para ayudar a la conquista del mundo en nombre de Dios, que es el fin que persigue nuestra Orden. Unicamente hay en ti defectos que afean tu mérito y que yo corregiré.

—Decid, padre mío; os escucho ansioso.

—Eres desordenado hasta el punto de que parezca que has declarado una cruda guerra al método. En esta misma habitación tienes una clara muestra de tu defecto culminante. Los papeles más importantes están archivados con el orden más caprichoso y extravagante, y documentos preciosos ruedan a cada momento sobre sillas y mesas, sin método alguno. Tú te entiendes y sabes guiarte en tal dédalo, pero esto no impide que te agites en un caos incomprensible para los demás, por lo mismo que tú eres su único creador. Te parecerá nimia tal vez esta observación, pero has de saber que en un jesuíta lo más esencial es un orden rígido e inmutable, al cual deben sujetarse su persona y sus actos. Tu vida debe ser semejante al reloj de la alta torre que lo mismo en los días serenos que en medio de la tempestad, deja oír sus horas impasible y con igual indiferencia. El desorden es indicio de carácter propio, y el jesuíta debe perder todo lo que le sea personal y le emancipe de las reglas de la Orden. Mírame, estudia mis actos, y verás cómo la pulcritud y el orden, que siempre acompañan a la verdadera astucia, facilitan mucho el éxito de las empresas.

El hermano Antonio escuchaba atentamente la lección de su superior, quien continuó con su acostumbrado aire de protección:

—Además, tu terrible defecto, al par que te hace desmerecer como buen secretario, te pierde como campeón de nuestra Orden. Como eres desordenado, gustas de los golpes ruidosos y de efecto, y muchas veces atacas antes de hora, lo que facilita la defensa del enemigo. Tu odio es terrible, pero tiene el tremendo inconveniente de que puede ser leído en tu rostro mucho antes de que estalle. Imítame a mí, que me encubro con el contrario bajo la forma más agradable. Si cuantos me rodean me conocieran bien, temblarían en el instante que yo sonriera más placenteramente.

Quedó unos instantes silencioso el lindo padre acariciando con aire distraído al gato, que había vuelto a colocarse sobre sus piernas, y de repente agarró una de las patas delanteras del felino, y extendiéndola, dijo al secretario:

—Aquí tienes la verdadera imagen del perfecto jesuíta. Este animal acaricia con su fina mano, toma un aire humilde que atrae y cuando menos se espera hace valer sus afiladas uñas, que oculta cuidadosamente. Nosotros somos los gatos, que nos tendemos humildemente a los pies de la sociedad, pidiéndola su calor y su protección; el que se deje acariciar por nosotros que tenga por seguro el arañazo.

El secretario púsose a reflexionar sobre la metáfora de su maestro, pero cuando estaba en lo mejor de sus reflexiones fué llamado a la realidad por tres rudos golpes de timbre que sonaron dentro de la casa aunque algo lejanos.

—¡Tres toques!—dijo el padre Claudio—. Una carta es. Antonio, marcha a recogerla inmediatamente, pues, traída a estas horas, debe tratar de asuntos interesantes.

III

El lobo de París al lobo de Madrid

—Carta es, reverendo padre—dijo el secretario al volver a entrar en el salón—. Acaba de traerla el portero de nuestro colegio, y dice que aún no hace un cuarto de hora se la ha entregado el correo de Burgos, el cual ha llegado con retraso a causa de las nieves que obstruyen el paso del Guadarrama.

—¿De dónde viene la carta?

—A juzgar por el sobre, procede de París.

—Ya hacía tiempo que no teníamos noticias de nuestros hermanos de Francia. A ver, hermano Antonio, rompe el sobre y dame su contenido.

El padre Claudio acercó su sillón a la luz y recibiendo el pliego que su secretario le tendía respetuosamente, paseó rápidamente su vista por él.

Estaba escrito en latín, con caracteres menudos y erizados de caprichosos rasgos.

Decía así: