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A. M. D. G.
“El Vicario General de Francia al Vicario General de España; Salud y la bendición de Cristo.
Respetable hermano: Conviene a los intereses de nuestra Orden que a la mayor brevedad enviéis informes completos acerca de la vida de don Ricardo Avellaneda, y una relación detallada de todos los bienes que posee en España, en concepto de administrador legítimo de su hija María, único fruto de su difunta esposa.
El señor Avellaneda fué de los españoles que en 1808 se unieron a Napoleón y su hermano José Bonaparte y a quienes el pueblo llamaba “afrancesados”. Desempeñó altos cargos en la corte del rey intruso, y cuando éste tuvo que huir a Francia, él siguió a su soberano, y desde entonces vive en París, no queriendo volver a España, a pesar de las amnistías, por miedo a los insultos de liberales y reaccionarios.
Su mujer fué patriota y se separó de él por no seguirle en la traición. Como los cuantiosos bienes eran de esta señora, que hizo bastantes donativos para el sostenimiento de las tropas españolas, las llamadas Cortes de Cádiz respetaron su fortuna y no la confiscaron como hicieron con otras familias afrancesadas.
Dichos bienes ascienden a unos quince millones de francos, según nuestros informes.
Enteraos vos por ahí para ver si estamos engañados, y decidnos el resultado de vuestras gestiones.
El asunto es de gran interés para nuestra Orden, pues se trata de que los quince millones ingresen en nuestro tesoro.
Tan gran fortuna sólo tiene derecho a percibirla una niña, que en la actualidad cuenta ocho años de edad y que nació aquí cuando la esposa del señor Avellaneda se decidió a hacer las paces con su marido y vivir con él en París.
La señora de Avellaneda murió hace un año; su esposo está algo resentido en su parte moral, y al paso que va pronto caerá en completa imbecilidad. En cuanto a la niña, tiene aficiones a la vida monástica, que nosotros nos encargaremos de fomentar. Hemos conseguido introducir en la casa a uno de nuestros hermanos, que es español, el cual ejerce gran influencia sobre la hija, y es probable que también logre conquistar al señor Avellaneda.
El día en que la joven sea mayor de edad y pueda disponer, con arreglo a las leyes, de su colosal fortuna, estará ya en un convento, y entonces la Compañía será su heredera, pues María, al abrazar la vida monástica, renunciará antes sus bienes terrenales en favor nuestro.
Vuelvo a recomendaros la urgencia en los informes que os pedimos, pues ya veis que el asunto es de importancia.
Que el corazón de Jesús sea con vos y os conceda largos años de vida.
Fabián Renard (S. J.)”
Cuando el padre Claudio hubo terminado la lectura de la carta, quedóse pensativo y murmuró:
—No es mal golpe el que preparan nuestros hermanos de París. Quince millones de pesetas son un bocado que aquí en España sólo muy de tarde en tarde se ofrece a nuestra voracidad.
El jesuíta dió después la carta a su secretario para que a su vez la leyera, y cuando hubo terminado le dijo:
—Buscarás mañana mismo esos informes que se nos piden de París.
—No es tarea fácil, reverendo padre. En nuestro archivo sólo hay notas muy incompletas sobre el señor Avellaneda, pues éste figuró en España cuando nuestra Orden estaba expulsada, y marchó al extranjero antes de nuestra restauración.
—Irás mañana, en nombre mío, al ministerio de Hacienda, y el señor López Ballesteros nos proporcionará los datos que deseamos acerca del valor y calidad de los bienes de Avellaneda. En cuanto a la carta del vicario de Francia, debes unirla a la nota del señor Avellaneda, pues tal vez algún día tengamos los jesuítas de España relaciones íntimas con dicho señor. Si los sesenta millones de reales llegan a escaparse en Francia de nuestras garras, aquí los buscaremos hasta apoderarnos de ellos.
El secretario se levantó para buscar en el archivo; pero en el mismo instante volvió a sonar la campanilla de antes, sólo que ahora dió cinco toques con diferentes intervalos. Aquello era una especie de telegrafía acústica que comprendieron perfectamente los dos jesuítas.
—Es una visita—murmuró el padre Claudio—. ¿Quién podrá ser a estas horas? Hermano Antonio, sal a recibir al que llega. Debe de ser un amigo, ya que lo deja pasar nuestro portero.
IV
Los pesares de Baselga.
—El señor conde de Baselga—dijo Antonio, volviendo a entrar en el despacho.
Más allá de la puerta sonaban pasos ruidosos y desiguales, que se acercaban rápidamente, acompañados del metálico retintín de unas espuelas. Al fin, don Fernando Baselga entró cojeando en la habitación.
El campeón del 7 de julio estaba algo desfigurado. Tres años habían sido suficientes para robarle mucha de su antigua gallardía, y tanto la cojera como una prematura obesidad encubrían con cierto aire de pesadez su antiguo aspecto marcial.
Atento siempre a presentar un continente interesante, el gallardo soldado del absolutismo, que tanto se distinguía en paradas, ejercicios y guardias, marchando con varonil contoneo al frente de su compañía, no podía ahora conformarse con la necesidad de marchar cojeando a la vista de las damas palaciegas y de sus mismos subordinados; así es que cuando Fernando VII, restablecido en su trono de monarca absoluto, quiso premiar los servicios de tan excelente partidario dándole las charreteras de comandante, Baselga solicitó la merced de pasar a servir en la caballería de la Guardia, con la esperanza de que, puesto su airoso cuerpo sobre un inquieto corcel, nadie notaría aquel tremendo defecto físico, que aún le hacía odiar más encarnizadamente a los liberales.
Cuando el comandante, después de besar reverentemente la mano del padre Claudio y accediendo a las indicaciones de éste, se sentó frente a él al amor del brasero, paseó sus ojos con curiosidad por toda la habitación, demostrando a la vista de tan gran cantidad de papeles el asombro propio del que tiene la lectura y escritura por necesidades de último orden y sólo muy de tarde en tarde hace uso de ellas.
—Ante todo—dijo Baselga, después de satisfacer un poco su curiosidad—, debo pedir a usted, padre mío, mil perdones por la libertad que me tomo al venir a buscarle a este sitio sin su permiso.
—Querido hijo, usted ya sabe el cariño que, tanto yo como toda la Orden, le profesamos, y que puede buscarme en todas partes así como necesite de mi humilde persona.
—He estado en la casa profesa a preguntar por usted, manifestando que tenía alguna urgencia en verle, y el padre Echarri me ha encaminado a esta casa, en la que sólo admite usted las visitas de muy contadas personas; distinción que, en el caso presente, me honra sobremanera.
—Los negocios son muchos, querido conde; el tiempo muy limitado, y hay que aislarse un poco para huir de las estorbosas visitas de los importunos. Por esto ocupo esta casa, antigua mansión de los marqueses de Orduña, personas devotísimas que en el siglo pasado la cedieron a nuestra Orden. Cuando don Carlos III (a quien Dios perdone) nos expulsó de España, esta casa quedó cerrada, guardando el archivo que ahora ve usted y que no lograron descubrir los alcaldes del rey, pues eran pocas las personas que conocían su existencia, así como tampoco que fueran jesuítas los que vivían en el viejo palacio. Aquí han vivido y trabajado mis antecesores en la dirección de la Orden, y aquí estoy yo, que, rodeado de tan preciosos documentos y evocando los pasados recuerdos, trabajo con más fe y me siento más fuerte y hasta con mayor confianza en las bondades de Dios.
Permanecieron silenciosos los dos interlocutores después de tales palabras; Baselga, mirando con atención la parte de los armarios adonde llegaba la luz de la lámpara, y el jesuíta contemplando con aire interrogador al comandante, como esperando que éste manifestase el objeto de la visita.
Por fin el padre Claudio notó que Baselga miraba con cierto recelo al hermano Antonio, el cual había vuelto a sentarse junto a la mesa y escribía con la indiferencia de un autómata.
El jesuíta comprendió que la presencia del secretario estorbaba al conde, y dijo con acento de superioridad benévola:
—Hermano Antonio, retiraos, que ya habéis trabajado hoy bastante.
Salió el secretario, después de saludar con dos reverentes cortesías, y apenas se hubieron perdido sus pasos a lo lejos, Baselga dió un suspiro, que tenía algo de rugido, y con expresión infantil exclamó, inclinando su gigantesco cuerpo sobre el jesuíta:
—¡Padre mío! Soy muy desgraciado.
—¿Desgraciado usted?—dijo el jesuíta con extrañeza—. Señor conde, eso es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su casa; goza en Palacio de una envidiable posición; ¿qué más puede usted desear?
—No me quejo de mi suerte—contestó Baselga con aire contrito—. Dios me ha dado mucho más de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeñada en hacerme desgraciado.
—¿Falta acaso a sus deberes la señora condesa?—preguntó el jesuíta con cierta alarma.
—No, padre mío. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.
—¿Cuál es, pues, la causa de su pena?
—Pepita no me ama.
—¿No le ama su esposa? ¡Ella, que tantas veces ha asegurado que sentía una loca pasión por usted! ¿Cómo puede ser eso?
—Hace usted muy bien en extrañarse. También experimento yo igual impresión cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que correspondía con agrado a mi cariño, pero hoy me acoge en todas ocasiones con el más terrible desvio, y comprendo que ya no soy para ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.
—Permítame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasión desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y además la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasión tranquila y cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable sólo es propio de impúdicas cortesanas. Debe usted pensar además que la señora condesa tiene una pequeña hija, la linda Pepita, y que forzosamente el lugar que ésta ocupa en el corazón de la madre priva al esposo de una parte de cariño.
—¡Ay, padre mío! ¡Cuán satisfecho estaría yo con que el desvío que noto en Pepita fuera motivado por su cariño a nuestra hija! Pero desgraciadamente la pequeñuela es víctima igualmente del desvío de mi esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada. La infeliz niña no tiene otro amor que el mío, y yo soy quien con más asiduidad cuida de ella. Pepita hace más de un año que está preocupada a todas horas con un pensamiento desconocido. No sé cuál pueda ser la causa de tal preocupación, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.
—Esto es grave—murmuró el padre Claudio involuntariamente, mostrándose después como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.
—¡Y tan grave, padre mío!—respondió inmediatamente Baselga—. En mi ánimo nunca había arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a dudar de la que lleva mi nombre.
—¿No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvío?
—Más de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre mí, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la sangre.
—¿Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?
—Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre mí tan completa dominación, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado de ella a más bajo nivel que el último de sus criados. Cuando la declaré mi amor me impuso por condición el que abdicara mi voluntad poniéndome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para quejarme. No sé cómo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el más grande peligro, en presencia de Pepita enojada tiemblo como un niño y sólo sé hablar para formular excusas y pedir perdón.
El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante, pensaba interiormente en que Pepita era una buena discípula que honraba a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesuítica por la habilidad con que sabía dominar ajenas voluntades.
Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discípulo de Loyola.
Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridículamente cual otro Hércules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonreía soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, férrea e inquebrantable, que le hacía vivir independientemente de las seducciones mujeriles.
El padre Claudio era incapaz de caer nunca víctima de un amor apasionado. Tenía una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro, ocupado casi por completo por una ambición sin límites, no quedaba el más pequeño rincón para ningún tierno afecto.
Podría el hermoso padre, agitado por el aguijón de la carne, ceder ante las seducciones de elegantes devotas, pero enamorarse hasta abdicar la propia voluntad, era imposible.
Un hombre como él necesitaba para sus fines una completa independencia. Para sostenerse en las alturas a que le empujaba su soberbia, era preciso estar libre de pasiones que con su peso le arrastrasen al abismo del descrédito. Una mujer era un bagaje pesado, que podía causar su perdición.
No amaba el jesuíta, porque con esto tendría que pasar a ser esclavo el que ansiaba llegar a dueño del mundo. De aquí que el padre Claudio considerase con el desprecio que se guarda para los seres ínfimos a los que acudían a él en demanda de consejos, dominados por despótica pasión.
Pero el jesuíta, después de recrearse en la superioridad que le daba su falta de afectos, goce que se transparentó rápidamente en sus ojos con una llamarada de satánica soberbia, creyó del caso acudir a sus intereses, y con acento meloso dijo a aquel campeón del fanatismo, cuya conciencia tenía bajo sus órdenes:
—¡Vamos, hijo mío! Veo que todas sus sospechas carecen de fundamento. Algo hay de cierto en cuanto usted manifiesta, y es que la condesa, a juzgar por las anteriores revelaciones, le trata con algún desvío; pero la mujer es ser caprichoso y variable que muchas veces, sin motivo alguno, cambia inesperadamente de conducta y aborrece las cosas por un momento para quererlas después con más grande pasión. Pepita es algo voluble; la conozco hace mucho tiempo, sé apreciar sus excesos de imaginación, que la arrastran a locos caprichos; pero fundándome en esto mismo, puedo asegurarle que su amor apasionado de otros tiempos renacerá cuando menos lo espere, y entonces usted podrá considerarse nuevamente como un ser feliz. No hay, pues, motivo para que usted sospeche de su fidelidad, de lo que yo me congratulo mucho.
Calló el jesuíta y estudió atentamente el rostro de Baselga para apreciar el efecto que le causaban sus palabras, pero quedóse intranquilo al ver que el conde seguía con el semblante fosco y como preocupado por una dolorosa idea que no se atrevía a exponer.
—¡Cómo, hijo mío!—dijo entonces el jesuíta con acento dulce y atrayente—. ¿No está usted convencido de la inocencia de la condesa? ¿No la cree usted fiel a sus deberes de esposa?
El comandante permaneció silencioso algunos instantes como si dudase en expresar su pensamiento, pero al fin se decidió:
—Padre mío—dijo con voz lenta y como haciendo grandes esfuerzos de voluntad para hablar—. Mucho me cuesta decirle lo que realmente pienso de mi esposa, pero al fin para ello he venido aquí, y debo hablar aunque esto me produzca gran dolor, pues por primera vez me atrevo a tener voluntad y a hablar contra la que lleva mi nombre.
—Hable usted, hijo mío, sin ningún reparo. Para quitarle todo escrúpulo le oiré en confesión, como en otro tiempo hice.
—Sí; así será mejor. Dirigiéndome al sacerdote me será menos difícil el hablar que si lo hiciera al amigo.
Y Baselga, con voz algo temblorosa y poseído del respeto que le inspiraba el joven jesuíta, comenzó a relatar sus relaciones con la duquesa de León desde la época en que comenzaron hasta el mes de julio de 1822, en que los sucesos políticos le hicieron conocer a la que ahora era su esposa.
El padre Claudio le escuchaba con atención, a pesar de que cuanto decía lo tenía por muy sabido, y únicamente de vez en cuando mostraba alguna impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus deslices amorosos a los ojos del sacerdote.
—No veo, señor conde—dijo el jesuíta cuando el comandante hubo terminado de referir sus amores con la duquesa—, qué relación haya entre esa pasión pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora sólo encuentro que ésta es la más indicada para sospechar de la fidelidad de usted.
Bajó Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta recriminación, y dijo humildemente:
—Es verdad, padre mío; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero también yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.
—¿Quiénes son esas personas? ¿Acaso la citada duquesa?
—La misma, padre mío. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio, y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.
—¿Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?
—¡Ah! ¡Ojalá! Así, al menos, saldría pronto de dudas y no sufriría esta cruel zozobra que me consume.
—¿Qué es, pues, lo que la duquesa ha dicho?
—Hace muchos días que se goza en atormentarme cada vez que me encuentra en las antecámaras de Palacio. La primera vez que nos vimos después de mi casamiento creí que iba a ser víctima de una escandalosa explosión de celos, pues la duquesa es una mujer rara y despreocupada, cuyo carácter varonil creo que usted conocerá; pero muy al contrario de lo que yo esperaba, me acogió con vulgar amabilidad y hasta con un aire de fría indiferencia que... ¿por qué no he de confesarlo?, produjo cierta impresión en mi dignidad de antiguo amante.
Sonrió el padre Claudio al escuchar estas palabras dichas con ingenuidad; le imitó Baselga con risa algo estúpida, y siguió adelante en su revelación.
—Me habló de mi mujer con indiferencia y me aseguró que su deseo era verme feliz, pues ya se había curado de los antiguos amores, dándome expertos consejos para que fuera feliz en mi nuevo estado. Esta bondad me impulsó en adelante a no rehuir su trato, y la duquesa y yo, siempre que nos encontrábamos, hablábamos con el amigable cariño de dos viejos que, fríos y desapasionados, recuerdan las calaveradas de sus buenos tiempos. Poco a poco y casi sin que yo lo notara la duquesa fué cambiando de táctica en sus conversaciones. Yo no recuerdo cómo fué, pero lo cierto es que comenzó a introducir en mi ánimo la sospecha y a hacerme pensar que mi esposa podía muy bien engañarme, siendo como era, joven, hermosa y de carácter alegre. Me habló de la vida un tanto misteriosa que llevaba antes de casarse conmigo, de sus entrevistas políticas con el rey, de cierto fraile que hace algunos meses venía con frecuencia a nuestra casa, y hasta de mi hija, ¡de la pobre niña!, y tal entonación diabólica supo dar a sus palabras, al par inocentes, que la sospecha penetró en mi alma, y tan fuertemente se arraigó en ella, que por más que lucho y me esfuerzo no la puedo arrancar.
—Señor conde. Me parece que es usted víctima de una excitación nerviosa o, más claramente dicho, de una loca preocupación, pues en todo cuanto me manifiesta no hay nada de particular ni que autorice a poner en duda la virtud de Pepita.
—No he terminado aún. Hace dos días, la duquesa se atrevió a decirme claramente que mi esposa me engañaba y que ella tenía razones para creerlo. Calcule usted el efecto que esto causaría en mí, que cada vez estoy más enamorado de mi esposa. Hubiera dado cualquier cosa por que la duquesa se hubiera convertido en hombre para poder arrojarla por una ventana; tal fué la rabia que experimenté; pero debo de estar en las garras del diablo, ya que, después del odio, la curiosidad se apoderó de mi alma y en vez de enfurecerme con mi antigua amante, descendí hasta suplicarla encarecidamente que me diera pruebas para creer en sus palabras.
—¿Y las ha dado?—preguntó con alarma el padre Claudio.
—No, padre mío. Pero hace poco acaba de prometerme que encontrará el medio de que vea yo por mis propios ojos cómo soy un marido infeliz. Dice que tiene en su poder las pruebas y que sólo espera una ocasión propicia para mostrármelas. Esa mujer conoce sin duda esta impaciencia que me devora, y se propone atormentarme haciendo que se prolongue por mucho tiempo. Crea usted, padre mío, que daría parte de mi vida por saber ciertamente esta misma noche si son ciertas las palabras de la duquesa, pues la zozobra me agita hasta el punto de privarme del sueño y tenerme en un estado semejante a la locura. ¿Será cierto lo que dice la duquesa? ¿Qué le parece a usted, padre Claudio? Yo estoy sumido en una confusión que me abruma. En ciertos momentos me siento inclinado a creer en la inocencia de Pepita; pero en otros el recuerdo de su frialdad y del despego con que nos trata a mí y a mi hija, me acomete rápidamente y entonces adquiero el convencimiento de que tiene un amante y lo busco por todas partes. Mire usted si los celos y las dudas me tienen loco, que he llegado a sospechar del mismo rey.
Y el furibundo realista, como si se sintiera súbitamente avergonzado por esta confesión, calló, al mismo tiempo que el jesuíta le decía adoptando un aire paternal:
—No hace usted bien en dudar tan a tontas y a locas de su esposa, pues ésta merece más consideración por parte de su marido, que no tiene ningún motivo para creerla infiel. Y si no, vamos a cuentas, señor conde: ¿qué dato medianamente serio tiene usted para dudar de Pepita? Todas sus sospechas se basan en las pérfidas insinuaciones de una mujer que desea vengarse de pasados desdenes y que para ello agota su ingenio dándose maña en influir sospechas; empresa fácil tratándose de un hombre tan crédulo y susceptible como lo es usted.
Y a este tenor siguió hablando el jesuíta, aguzando su ingenio para probar a Baselga cuán desacertadamente obraba al creer en las palabras de su antigua amante.
Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el ánimo del conde no parecía causar a éste gran efecto; así es que el padre Claudio prefirió halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba aquél, y le pareció salir mejor del asunto terminando su discurso de este modo:
—En fin, señor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se encuentra. ¿Qué es lo que usted desea? ¿Saber con certeza si su mujer le es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no dé más oídos a las pérfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a mí me sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confío que de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente calumniada, saldrá pura y sin mancha.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—dijo Baselga estrechando una mano al jesuíta—. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento más tranquilo, pues confío en que pronto podré saber la verdad.
Permanecieron los dos hombres por algún tiempo hablando de cosas indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecución de los liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se levantó, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio en sus importantes trabajos.
—¡Que Dios sea con usted, señor conde!—dijo el jesuíta levantándose y dando su mano a besar—. Confíe en que muy pronto cumpliré sus deseos y le pagaré esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.
El padre Claudio tiró del viejo cordón de una campanilla y a su cascado timbre, que sonó en lejana habitación, acudió el hermano Antonio, el cual apareció en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes pasos, como para borrar toda sospecha en el ánimo de su superior de que hubiera podido estar oyendo la conversación.
—Hermano, acompañad al señor conde.
Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvió a sentarse el padre Claudio, quedando profundamente pensativo.
Algunos minutos después, los pasos del secretario, que volvía, le sacaron de su meditación.
—¿Quiere algo su reverencia?—preguntó con humildad el jesuíta desde la puerta.
—Antonio—dijo el padre Claudio con voz algo fosca—. No sé por qué me temo que en el asunto que lleva entre manos la duquesa de León nos va a traicionar tu madre.
—¿Por qué dice eso vuestra reverencia?
—La duquesa asegura que ya tiene pruebas para advertir a Baselga de su deshonra, y como ya sabes, tu madre es en este asunto el testigo de mayor fuerza.
—Eso no prueba que mi madre vaya a hacernos traición.
—¡Bah! Tú conoces perfectamente el afecto y la adhesión sin límites que ella profesa a la duquesa. Fué doncella de ésta y la tercera en todas las escandalosas aventuras que la dicha dama corrió en su juventud, y además debe estarle agradecida por la protección que tanto a ti como a ella os dispensó. Recuerda que aun no hace diez años tu madre era casi una ramera vagabunda que arrastraba por las calles de Madrid a un pillete repugnante y sarnoso, hijo de padre desconocido, que eras tú, y que la señora duquesa, en un arranque de su carácter caprichoso, que tan pronto la arrastra al bien como al mal, dió a tu madre los medios para que pudiera ejercer de partera, y a ti te hizo ingresar en nuestra santa casa, no parando hasta lograr que yo fijara en tu persona la atención. Tu madre está profundamente agradecida, y de seguro que la menor indicación de la duquesa la recibirá como una orden. Cree que estoy grandemente arrepentido de que el secreto del parto de Pepita lo confiásemos a una mujer como tu madre.
—Reverendo padre, mi madre no hablará. Me quiere demasiado para comprometer con tal imprudencia mi porvenir dentro de la Orden.
—Que así sea es lo que yo deseo. De todos modos, nada perderás en verla mañana mismo y aconsejarla que haga por creerse ella misma que la hija de los condes de Baselga nació en el mes de abril de 1823, y no en el de junio. Si revelara la verdad, el conde de Baselga sabría que esa niña que considera como a hija no tiene nada de su sangre.
—Mañana mismo veré a mi madre y lograré que ésta sea muda hasta para la duquesa. Entre ésta y el hijo, a mí es a quien prefiere.
—Yo veré también a primera hora a Pepita. Tiempo es ya de que vuelva a sentar la cabeza y se convenza de que yo no consiento por mucho tiempo que se emancipe de la Orden. El que entra en nuestra familia y goza los beneficios del jesuitismo, nunca podrá ya recobrar su libertad. Acuérdate siempre de esto, hermano Antonio. Los lazos con que el hijo de San Ignacio se une a la Orden, sólo pueden desligarse con la pérdida de la vida.
V
La víbora y el lobo
Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la mañana siguiente, leyendo en aquel gabinete donde se habían desarrollado las primeras escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la servían de criados entró a anunciar la visita del padre Claudio.
Como en aquella época la chimenea francesa era un mueble desconocido, y hasta en el Real Palacio se empleaban los más vulgares medios de calefacción, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero, leyendo al mismo tiempo la vida del santo del día en un tomo del “Flos Sanctorum”, mientras que de vez en cuando, con aire distraído, mojaba un bizcocho en una jícara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y lentamente lo llevaba a la boca.
Cuando el criado iba a retirarse después de anunciar la visita, la condesa cesó de leer, y con el rostro contraído por furibunda expresión, preguntó al negro:
—¿Todavía no ha vuelto?
—No, ama mía. Desde ayer por la mañana, en que desapareció, nada hemos podido averiguar sobre su paradero.
—¿Habéis avisado a la Policía?
—Hace un momento he llevado la carta de la señora condesa a la Comisaría, y me han dicho que harán cuanto puedan por atrapar al negro Juan.
—Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y allí estará durmiendo la mona. ¡Flojos serán los latigazos que va a llevarse apenas lo encuentren! Los de ayer le parecerán delicias comparados con los que le dé apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la horca.
Y la baronesa, después de desahogar de tal modo su malhumor con el negro Pablo y el fugitivo, dió orden para que pasara adelante el jesuíta, e instintivamente fué a mirarse en un espejo, arreglando rápidamente su peinado, bastante descuidado a aquellas horas.
Puesta aún frente al espejo, vió entrar al padre Claudio, que dejó su sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fué a sentarse junto al brasero.
—¡Gracias a Dios!—dijo Pepita riendo graciosamente—que vuestra reverencia se digna visitar esta casa.
—Mis negocios son muchos, hija mía, para que yo pueda dedicar ni una sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que me conduelo mucho de no poder ser más asiduo en venir a esta casa, pues de lo contrario evitaría algunos males.
—¿Qué quiere decir vuestra reverencia?
El jesuíta, en vez de contestar, miró a la puerta con cierta zozobra, y después dijo en voz baja:
—¿Está el conde en casa?
—Salió hace más de una hora. Según me han dicho los criados, vinieron a buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.
Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuíta, experimentaba grandes deseos de que hablara, y había ido a sentarse frente a él.
—Puesto que estamos solos—dijo el padre Claudio—, hablemos con entera franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, inútil es todo fingimiento.
La condesa asintió a estas palabras con movimientos afirmativos de cabeza, y el padre Claudio continuó hablando:
—Vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?
La hermosa quedóse algo pensativa y después dijo con un gracioso acento de indiferencia:
—Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace más de un mes que el señor don Fernando no se acuerda de mí, y yo, por mi parte, si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que cada vez me resulta más antipático.
Y Pepita, al decir las últimas palabras, reía como una loca, sin parar mientes en la seriedad del jesuíta.
Este lanzó una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta, como para que ésta le entendiera mejor:
—No son ésas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted, atendiendo a los intereses de la Orden. Usted debía tener al rey sujeto a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras mujeres.
—Pero ¿qué he de hacer yo, reverendo padre? ¿He de ir acaso como una ramera a mendigar sus caricias y a decirle: “Amame, porque así le conviene al padre Claudio”? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos tiempos en que podía hacer sin deshonra cuanto la Orden me exigía; pues hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas épocas, cuando no tenía una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de Baselga.
Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuíta, como retándole a que arguyera algo contra sus palabras; pero éste se limitó a mirarla con desprecio y decir en voz baja:
—¡Siempre farsanta! ¡Siempre amiga de mentir!
Quedó un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero rápidamente recobró su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una niña a quien regañan injustamente:
—¿Por qué dice usted eso, padre mío? ¿Cree usted acaso que no debo velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted quien me aconseje lo contrario.
—Lo que parece imposible—dijo el jesuíta con voz algo temblona por la ira—es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. ¿A qué hablarme de su hija? ¿Acaso no sé yo tan bien como usted que su padre no es Baselga, sino el señor don Fernando? ¿Y a qué decirme que no puede seguir faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo sé perfectamente que después del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted adúlteras relaciones? Tales excusas son inútiles para librarse de los santos compromisos que con nosotros tiene usted contraídos.
La condesa pareció quedar anonadada por estas palabras, y sólo supo disculparse con voz temblorosa:
—No es verdad, padre mío. A usted le han informado mal. Mi único amante ha sido el rey.
—¡Embustera, como de costumbre! ¿No recuerda usted al lindo frailecillo que yo alejé de esta casa y que compartía con usted locos placeres mezclados con actos de devoción? ¿Cree usted acaso que yo no conozco a un “baronet” agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?
El jesuíta vió que estas últimas palabras producían en la condesa un tremendo efecto y continuó diciendo con acento cada vez más severo:
—Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia exacta de cuanto hace la señora de Baselga, mujer ingrata que paga los beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, ¿y aún se atreve usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces obligaciones que le ha impuesto la Orden? ¿Dónde están aquellas promesas de eterna adhesión que usted nos hacía en otro tiempo? ¿Qué se ha hecho del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirtió primero en poderosa manceba del rey y después en esposa del conde de Baselga?
Cada una de las palabras del jesuíta, dichas lenta e intencionadamente, causaban tal impresión en el ánimo de la hermosa, que ésta quedó mucho tiempo cabizbaja y pensativa, no atreviéndose a mirar de frente al airado acusador. Por fin pareció adoptar una resolución, y levantando el rostro, fijó sus ojos en los del padre Claudio, diciéndole con aspereza:
—¿Qué es lo que desea usted de mí?
—Así la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la abandona momentáneamente, es sólo porque nota desvío y frialdad. Hoy don Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta los barrios más bajos, y de seguro que volverá al lado de usted en cuanto sepa que no encontrará una mujer fría e indiferente que se entrega por deber y no sabe fingir pasión. ¿Está usted dispuesta a obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?
—No—contestó resueltamente la condesa.
En el rostro del jesuíta pintóse una mezcla de asombro y de rabia, pero esto sólo fué momentáneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la acostumbrada sonrisa.
—¿Dice usted que no?... ¿Y por qué?
—Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no mentir con otro la pasión que por él siento.
—De seguro que ese hombre no será su esposo.
—Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo esté loca por él.
—¿Ese afortunado mortal será sin duda sir Walace?
—El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la inmensidad de mi pasión.
—¡Hermosa frase!—dijo irónicamente el jesuíta—. Sin duda usted decía lo mismo hace pocos meses y también se asustaba ante la inmensidad del amor que profesaba al frailecito.
Pepita acogió estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de broma contestó:
—Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia también lo amé mucho.
—Lo mismo dirá usted dentro de poco de ese inglés a quien tanto cariño profesa, y que no tardará en ser sustituído.
—Todo puede ser. Conozco bien mi carácter, y sé que mis pensamientos son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.
El padre Claudio, a pesar de su sangre fría, mostróse un tanto asombrado ante la cínica franqueza de Pepita.
—Acabemos pronto, hija mía—dijo adoptando aquel tonillo dulce, insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones—. ¿Cuándo le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en él a todas horas? ¿Cuándo quieres recibirle?
—Nunca—contestó Pepita, haciendo un mohín de desprecio—. El tal don Fernando es un ente repugnante y, por añadidura, algo viejo. Yo estoy ya en los treinta, y a mi edad sólo se siente simpatía por la juventud hermosa y robusta.
—¡Franca confesión de prostituta!—murmuró el padre Claudio.
El jesuíta quedóse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y sonriendo cada vez más placenteramente, la preguntó:
—¿Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?
—Ya lo creo; mi marido...
—Dígalo usted con franqueza. El señor conde es un bruto.
—Eso es. Le conoce usted muy bien.
—El la ama a usted cada vez con pasión más fogosa.
—Así es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legítimo. Sus caricias me causan náuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta el punto en que me dan tentaciones de revelárselo todo y gritarle: “¡Márchate, animal! En otro tiempo creí que te amaba, pero hoy estoy convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey”. Cada vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, sólo por el placer de ver la cara de idiota que pondría.
—Muy bien, hija mía. ¿Y qué le parece a usted que haría el conde si se convenciera de que su mujer le engaña? ¿Hasta dónde llegaría su cólera cuando supiera que sus compañeros se burlan a sus espaldas y le tienen por un marido digno de lástima?
La condesa se estremeció, y por su rostro extendióse momentáneamente una gran palidez, mientras que el jesuíta, cada vez más sonriente, decía con acento melifluo:
—¿Cómo le parece a la señora condesa que su marido procederá cuando lo sepa todo? ¿Dando de puñaladas, como los protagonistas de las comedias, o estrangulando, como un gañán?
Pepita era cobarde y además impresionable a causa de su temperamento nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginación reproducía con exactitud las amenazas que el jesuíta apenas si indicaba. La condesa se vió ya lívida y estrangulada, con el rostro golpeado y la amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco de sangre y destrozado el pecho a puñaladas, teniendo al lado, como imagen de la venganza, al iracundo Baselga, poseído de un furor gigantesco.
Estos fantasmas, que pasaron rápidamente por su imaginación, le produjeron un terror que el jesuíta adivinaba mientras permanecía silencioso y atento, deseando prolongar la agitación de la rebelde adepta.
Esta no tardó en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse a sí misma, dijo al jesuíta con tono triunfante:
—Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cuál es mi conducta.
—Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene interés en mostrárselas al conde.
—¿No será usted esa persona?
—No; pero algún ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que el conde sepa toda la verdad.
Sonrió la condesa al oír estas palabras, y el jesuíta adivinó que aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.
—¿Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por mí para lograr mi objeto?
—Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace tiempo.
—Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niéguese usted a obedecer mis indicaciones, que yo permaneceré inactivo, dejando que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de veinticuatro horas tal vez éste se convencerá de hasta dónde llega su deshonra.
Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadió de que sus amenazas eran ciertas, y reflexionó largo rato sobre la resolución que le convenía adoptar.
Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y había tomado gran parte en sus tramas para dudar del poder de los jesuítas. El padre Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo que ponerse en pugna con la Institución más poderosa de su época, que sabría vengarse de un modo tan oculto como seguro.
La hermosa condesa tembló ante la perspectiva de crearse tan tremendos enemigos, y de tal modo perdió la serenidad, que mirando al impasible padre Claudio con aire propio de quien pide compasión, le dijo humildemente:
—Estoy dispuesta a cumplir las órdenes de vuestra reverencia.
—Así la quiero ver, hija mía. Permanezca usted siempre fiel a nuestro glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de darla toda clase de felicidades. ¿Está usted dispuesta a recibir al rey?
—Le recibiré cuando quiera vuestra reverencia.
—Bueno. Ya avisaré oportunamente a la señora condesa. Por de pronto, anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabrá nada de los deslices de su esposa.
Pepita inclinó la cabeza, y ocultándola entre sus manos, comenzó a llorar. El padre Claudio la contempló con la indiferencia del que está acostumbrado a tal clase de arranques, y únicamente preguntó al poco rato por pura cortesía:
—¿Qué le ocurre a usted, Pepita?
—Soy muy desgraciada, padre mío.
—¡Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra le sonríen y alcanza honores que le envidian otras mujeres.
—¡Vaya un honor! ¡Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carácter antipático! ¡Ay, Jesús mío!... ¡Soy muy desgraciada!... ¡Y pensar que yo he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en mí!...
Y al decir esto, Pepita levantó la hermosa cabeza, que bañada por las lágrimas resultaba más interesante, y con sus ojazos empañados por el llanto, lanzó una diabólica mirada al bello jesuíta.
No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la significación de aquello. Además, no era la primera vez que la hermosa condesa pretendía inflamar con tan claras indirectas al almibarado padre.
La esclava del jesuíta quería convertirse en dominante señora, y para ello pretendía encender en él una pasión. Apoderándose de la parte de hombre que encerraba aquel negro hábito, podría dominar la parte de autómata teocrático que ocultaba.
Pero el jesuíta comprendía la importancia de las amorosas demostraciones; sabía que aquello no significaba más que el deseo de arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueño de su voluntad, para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su condición regia; y como esto no convenía a los planes del padre Claudio, de aquí que éste, para librarse de la tentación que le ofrecía aquel cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba a desaparecer.
Púsose en pie, tomó el sombrero y se despidió de Pepita, diciéndola con un tonillo jovial, aunque algo autoritario:
—Conque quedamos en que usted será obediente y buena hija de nuestra Orden. ¡Buenos días y que el Sagrado Corazón le guarde!
Salió el jesuíta rápidamente de la habitación, y Pepita, secándose las lágrimas con dos rudos restregones, fijó su centelleante mirada en la puerta, y dijo con voz colérica:
—¡Imbécil! Huye, como el casto José, de una mujer hermosa. No quiere comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. ¡Monstruo! Sin duda en los novicios de la Orden encontrará consuelo para sus pasiones.
FIN DEL TOMO PRIMERO
| Los errores corregidos por el transcriptor: |
|---|
| pertenciente=> perteneciente {pg 11} |
| Palacio=> Palaico {pg 32} |
| dificios=> edificios {pg 43} |
| quenes=> quienes {pg 54} |
| fracmasones=> francmasones {pg 55} |
| Méiico=> Méjico {pg 59} |
| covoyes marítimos=> convoyes marítimos {pg 60} |
| distiguida=> distinguida {pg 62} |
| tiene utsed=> tiene usted {pg 70} |
| pemitía=> permitía {pg 78} |
| pemitía=> permitía {pg 79} |
| salidad=> salida {pg 85} |
| hemosa=> hermosa {pg 86} |
| deseperación=> desesperación {pg 86} |
| fueza=> fuerza {pg 87} |
| contamplaba=> contemplaba {pg 95} |
| odivinado=> adivinado {pg 99} |
| Hemano=> Hermano {pg 100} |
| deculpas=> de culpas {pg 100} |
| pemita=> permita {pg 101} |
| hemosa=> hermosa {pg 105} |
| quellos=> aquellos {pg 113} |
| Superitendente=> Superintendente {pg 119} |
| únicamete=> únicamente {pg 131} |