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La araña negra, t. 2/9 cover

La araña negra, t. 2/9

Chapter 17: X
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About This Book

Un comandante de la Guardia, consumido por los celos, vaga por la ciudad decidido a confirmar si su esposa le ha sido infiel, impulsado por una confidencia anónima y las maquinaciones de una aristócrata resentida. La narración sigue su angustia, las pruebas y sospechas que reconstruye, y el papel del padre Claudio y personajes secundarios que investigan o manipulan los hechos. A través de intrigas cortesanas, peleas internas y observaciones sobre la vanidad y el honor, el relato explora cómo la sospecha destruye la paz y cómo las apariencias y la venganza pueden falsear la verdad.

Pero aquella figura no tenía vagos contornos ni facciones indeterminadas como antes, pues su rostro era, en aquella noche, el mismo de Baselga; el cual, procediendo como un redomado pícaro, se había introducido sin más preámbulos en el corazón de la niña, tomando posesión de él como dueño y señor.

IX

La pasión y el sentido común.

Muy bien le pareció a Tomasa aquel nuevo amigo de la casa.

Y pareciéndole bien a Tomasa, acabó de parecerle inmejorable a todo el mundo, pues la rústica doméstica que, con la edad y el dominio que la daba la exclusiva dirección de la casa, se había hecho arisca y dominante, era la verdadera autoridad en aquel recinto, dentro del cual el dueño, o sea el señor Avellaneda, no tenía más valor que el de una sombra.

La aragonesa sentía irresistible simpatía por aquel señor, no se sabe si por esa tendencia inconsciente que las domésticas sienten hacia todo hombre de espada, o porque encontraba cierta similitud en su porte marcial y autoritario con el de aquel gendarme bigotudo que le hizo el amor cuando María lactaba todavía en los pechos de su madre.

—Vaya un señorón—decía Tomasa cada vez que visitaba la casa el conde de Baselga—. Basta mirarle la cara para conocer que es todo un personaje acostumbrado al trato de las gentes finas. ¡Con qué distinción hablan esos que son títulos! Tiene el mismo aspecto que el marqués de Melci, un señorón de mi tierra que iba vestido de general en la procesión del Corpus, y que llamaba la atención de todos por su seriedad y empaque majestuoso. ¿No te gusta a ti, María? ¿No encuentras que es muy simpático don Fernando? Ahora, nuestra tertulia de por la noche está más alegre, pues antes sólo hablábamos con el señor García, que es casi un santo, pero que resulta muy empalagoso con sus historias viejas y su miedo a las bromas un poco alegres.

Excusado es decir que María asentía a todas las afirmaciones de su antigua criada y que no tenía inconveniente en manifestar que Baselga era hombre muy simpático, por lo cual aguardaba siempre su llegada con gran impaciencia.

Alrededor de la gran mesa del comedor, y junto a la estufa ventruda que ocupaba un ángulo de la pieza, formábase todas las noches la tertulia, que evitaba a Baselga largas horas de aburrimiento en su casa o en el café, y constituía ya para él una cotidiana necesidad.

A las ocho entraba en la casa el emigrado carlista, e invariablemente, el comedor ofrecía a sus ojos todas las noches el mismo espectáculo.

Sobre la gran mesa, que acababa de ser despojada del mantel y los restos de la comida, Tomasa colocaba en correcta formación las tazas de café, la azucarera y una botella de ron; junto a la estufa, María se entretenía en hacer labor, levantando de vez en cuando la cabeza, en la que se veía una expresión de impaciencia mal disimulada; el señor García arreglaba mentalmente las cuentas de su administración, o se entretenía en canturrear, golpeando una taza con la cucharilla, y don Ricardo se paseaba en el reducido espacio que quedaba entre la mesa y la pared, con las manos en los bolsillos, tropezando a cada paso con las sillas. Aquello era, según la gráfica expresión de Avellaneda, para que la comida se bajara a los talones.

La entrada de Baselga producía una verdadera revolución en aquella pieza, sobre la que parecía pesar una atmósfera de monotonía y fastidio.

María se ruborizaba, y con una prontitud que en vano pretendía ocultar, corría su silla hasta la mesa, procurando colocarse cerca del recién llegado, como si temiera perder una sola de sus palabras; el señor Avellaneda rompía su forzado mutismo, y, como si se tratara de un parisién enterado de todos los chismes de la gran ciudad, entraba en conversación, preguntándole, con el rostro animado, qué se decía por París, y Tomasa acababa de reñir en la cocina con las dos criadas francesas, y después de servir el café ocupaba su puesto en el comedor, preparándose a saludar con tremendas risotadas el más insignificante chiste de aquel hombre tan simpático.

Baselga no podía explicarse la atracción que para él tenía aquella casa, pero lo cierto es que eran muy pocas las noches que faltaba a ella.

Sus compañeros de emigración, nobles como él, incapaces de mezclarse con gentes que no fuesen de su clase, le habían presentado en varias casas del barrio de Saint-Germain cuyos habitantes, descendientes en línea recta de los cruzados, daban una vez por semana recepciones, a las que asistía lo más florido de la antigua nobleza y del partido legitimista.

En dichas reuniones, su título de conde y el valor con que se había batido a favor del absolutismo, le valían grandes consideraciones y el contraer importantes amistades; pero esto no evitaba que se aburriera en aquellos salones vetustos, cuyo artesonado contaba siglos, y que prefiriese la sencilla tertulia de Avellaneda con toda su tranquilidad y monotonía y las audaces franquezas de la criada, que se mostraba más impertinente cuanto más cariñosa.

El conde estaba transformado, y las necesidades de la guerra, el continuo roce de las gentes de la montaña, que formaban su hueste, habían modificado completamente su carácter, acostumbrándole a tratar con marcial fraternidad y superioridad bondadosa a las gentes sencillas.

El, que en su juventud negaba el saludo, en Palacio, a los ministros de la época constitucional, por ser plebeyos, sin otro blasón que el del talento, y que creía que los criados eran gente inferior, digna únicamente de ser tratada a palos, sufría ahora todas las impertinencias de la francota Tomasa, y, hasta algunas veces, se dignaba decir algo para ella, con el solo propósito de que abriera su bocaza y diese salida a una de aquellas carcajadas que hacían temblar el techo.

¡Se encontraba tan bien el conde en aquel comedor! ¡Se respiraba en él tal ambiente de paz y de sosiego!

Baselga no podía explicarse el por qué, pero siempre que se sentaba junto a aquella mesa, acudían a su memoria los recuerdos más felices de su vida, y con los ojos de la imaginación se contemplaba tal como era después de casarse con Pepita, cuando pasaba las noches en el gabinete de su esposa, bailoteando sobre las rodillas la pequeñuela que creía suya.

El había nacido para la vida de familia. Le gustaban la guerra, la agitación, los accidentes inesperados, pero esto era tan sólo por una temporada más o menos larga; pero terminado el período de lucha, consideraba como una gran felicidad tener una familia y seres a quienes amar y que le correspondiesen.

¡Ah! ¡Si Pepita no le hubiese engañado! ¡Si aquella mujer no hubiese procedido tan villanamente, y si él no tuviese el genio tan feroz y arrebatado! ¡Qué feliz hubiese sido!

Además (seguía pensando el emigrado), ya se iba haciendo viejo, cualquier día perdería aquel aspecto, todavía juvenil, que le hacía ser mirado con interés por las mujeres, no pensaba volver a España, se quedaría para siempre en un país extraño, y si no constituía una familia, corría el peligro de arrastrar una vejez solitaria, triste y dolorosa; se exponía a ser un señor García, aunque con menos conformidad y valor, y morir una noche, en su cuarto, sin tener un alma caritativa que le auxiliase.

Estos pensamientos pasaban atropelladamente por la mente de Baselga, justamente cuando hablaba con más jocosidad o entretenía a sus amigos con el relato de sus campañas.

Aquella casa tenía el privilegio de despertar en él los instintos sociables y la afición a la familia.

Además, cuando, a media noche, se veía completamente solo en su habitación, sentía miedo y comprendía que era imposible vivir dentro de la sociedad tan independiente y aislado como en un desierto.

Cuando, después de su viudez, vivía solo en el caserón de sus padres, tenía al menos la ventaja de estar rodeado de gentes que le respetaban como a señor, o que le querían por haberle visto nacer; pero allí no tenía más amparo ni más amistad que la del señor García, viejo que, por su vida solitaria, era en extremo egoísta: o la de la portera, que refunfuñaba así que transcurría una semana sin propina.

Decididamente, las cosas no podían continuar así. Si fuera joven, si todavía no hubiera llegado a los treinta años, como algunos de sus compañeros de emigración, se dedicaría con ellos a la vida alegre y de crápula, tan hermosa en París, y que tanto distrae; pero este remedio a su soledad le resultaba imposible. Era ya demasiado maduro para entregarse a las locuras de la juventud, había sufrido demasiado para distraerse todos los días con los besos de las rameras y los vapores del vino, y, sobre todo no podía resistir tal género de vida, porque era pobre. La administración de los bienes de su hija debía ser asunto muy enrevesado y costoso, pues el padre Claudio se limitaba a remitirle una cantidad mezquina, que apenas si bastaba a cubrir, en París, las necesidades de una vida modesta.

El recuerdo de su hija vino a iluminar repentinamente el cerebro de Baselga, una noche que se revolvía en su cama impresionado por el ambiente de familia que respiraba cotidianamente en casa de Avellaneda.

Ya había encontrado la solución, y se extrañaba de no haber dado antes con ella. Ya no estaría solo ni carecería del cariño y del cuidado cuya necesidad se siente con más fuerza que nunca cuando se vive alejado de la patria.

Sacaría a su hija del convento y haría que viniese a París a vivir con su padre. El bueno del padre Claudio se encargaría de esta comisión, y el asunto era cosa de poco tiempo. Dentro de un mes estaría ya la niña en aquella habitación, o en otra más grande y cómoda, pues como no habría que pagar la pensión en el convento, el padre gozaría del producto íntegro de sus bienes.

¿Quién podría oponerse a esto? Nadie: él era el padre, y podía obrar como mejor le pareciese.

Baselga saboreaba ya su dicha y se felicitaba por su buena idea, cuando un pensamiento desconsolador vino a fijarse con tremenda tenacidad en su cerebro.

¿Qué cariño podría encontrar en aquella niña que no era su hija? ¿Cómo iba a amar a aquel ser, producto de la liviandad de su esposa? ¿No le estaría recordando a todas horas aquella mujer que tan tristemente había influído en su porvenir, y al regio amante a quien tanto aborreció?

No; era una verdadera locura traer la niña a París. Bien estaba en el convento, lejos, muy lejos del que ella creía su padre, y el cual nunca podía amarla.

Pero apenas Baselga adoptó esta resolución, que parecía salvarle de un peligro tan grave como era volver a las melancolías que le producía el continuo recuerdo de su pasada vida, surgió nuevamente y con más fuerza el temor de seguir viviendo completamente solo en el seno de una ciudad que, aunque populosa, resultaba para él un desierto.

No; él no se resignaba a seguir por más tiempo en tan anormal situación. Necesitaba tener a su lado un ser a quien adorar y hacer partícipe de sus alegrías y de sus tristezas. ¿Dónde buscarlo? He aquí el problema.

Al llegar Baselga a este punto en su nocturna meditación, una maldita idea, con la viveza de un duende, surgió del almacén de los pensamientos absurdos y se puso a danzar en su cerebro. Tanta impresión causó al conde aquel pensamiento inesperado, que no pudo menos de turbar el silencio de su alcoba, lanzando una ruidosa carcajada.

¡Vaya una idea diabólica! ¿Pues no acababa de ocurrírsele el casarse? ¿Y con quién? ¡Había que reirse!... Nada menos que con una mujer que podía ser su hija: con aquella María Avellaneda, que tenía más aire de futura monja que de señora de su casa.

¡Buena pareja harían! De seguro que, a realizarse tal idea, la fidelidad conyugal añadiría un ataque más a los muchos que continuamente sufría en el mundo.

A Baselga le parecía imposible que hubiera podido ocurrírsele tal idea, y se avergonzaba de ella, lo que no impedía que siguiera acariciándola como si gozase en apreciar toda la cantidad de absurdo que encerraba.

¡Qué dirían sus compañeros de emigración y sus amigos jesuítas al saber que él pensaba semejantes barbaridades!

Tanto rumió el conde aquella loca idea, que al fin comenzó a encontrarla cierta naturalidad. Bien considerado, ¿no ocurrían todos los días casamientos tan desiguales como el que él se imaginaba?

Además, él no estaba viejo. Las penalidades de la guerra no le habían quebrantado mucho, y tenía una salud a toda prueba. Alguna que otra cana indiscreta comenzaba a marcarse en su cabeza; pero todo lo compensaba su figura, que no debía de haber desmejorado, a juzgar por la atención que merecía entre las francesas de vida galante.

Pensando en el asunto, Baselga comenzó a recordar detalles en que hasta entonces no había fijado la atención; y pensó, aun a riesgo de resultar presuntuoso, que a María no le era indiferente. Y si no, ¿por qué mostraba tal alegría por sus visitas? ¿Por que le dirigía tímidas reconvenciones cuando dejaba de asistir una sola noche a la tertulia del señor Avellaneda?

El conde, a fuerza de deducciones, llegó a considerar que la idea de casarse con María no era del todo descabellada; pero como el sentido común presentaba fuertes objeciones a sus propósitos, decidió entregarse al sueño, dejando para más adelante la resolución de aquel asunto.

Desde aquella noche Baselga no cesó de pensar en María.

Aquélla, que hasta entonces había sido para él una niña, a la que trataba con dulce indiferencia, fué agrandándose ante sus ojos y cobrando importancia, llegando a absorber todo su pensamiento.

El preocupado conde fué descubriendo en ella nuevas e inesperadas cualidades, y su hermosura, considerada ya a través de un prisma amoroso, le impresionó hasta el punto de proporcionarle un continuo insomnio.

Baselga comenzaba ya a sentirse enamorado, pero notaba que su pasión era muy distinta de la que en otro tiempo había sentido por su difunta esposa.

La presencia de María no le ocasionaba aquel escalofrío de excitación carnal que en pasadas épocas le arrancaba la incitante belleza de Pepita, y, bien sea porque la edad había envejecido la bestia insaciable que el conde llevaba dentro de sí, o porque la hermosura de la señorita Avellaneda era ideal, lo cierto es que Baselga sentía por ella una pasión dulce y tranquila, menos arrebatadora que la anterior, pero mucho más firme.

Al emigrado no le cabía ninguna duda de que estaba verdaderamente enamorado de María, y de que era difícil que se desvaneciera tal pasión; pero a pesar de esto, la idea de casarse le producía un sinnúmero de conflictos interiores y de continuas perplejidades.

Semejante a aquel padre de la Iglesia que decía sentir dentro de sí dos distintas y contradictorias naturalezas, Baselga sentíase agitado continuamente por dos diversas tendencias que le causaban un perpetuo malestar.

La pasión y el sentido común libraban en su interior una continua batalla.

El Baselga enamorado entregábase a las más risueñas ilusiones; por más que buscaba, no encontraba ningún obstáculo serio que pudiera oponerse a la felicidad soñada, y se veía ya casado con María, y hasta padre de hijos más legítimos que aquella niña que estaba en el convento de Madrid; pero tales pensamientos no prevalecían mucho tiempo, pues inmediatamente surgía el Baselga hombre práctico, conocedor del mundo y desengañado de él, que se echaba en cara su propia tontería y, para desengañarse, exageraba la diferencia de edad y todo cuanto pudiera oponerse al soñado matrimonio.

¿A qué lado decidirse? Esta era la continua preocupación del conde, que a cada momento acariciaba un pensamiento distinto, acabando por no adoptar resolución alguna.

Así fué transcurriendo mucho tiempo, y en casa de Avellaneda nadie se apercibió de lo que ocurría en el interior de Baselga.

María, con ese instinto especial de las mujeres, comprendía que el emigrado experimentaba una continua preocupación; pero estaba muy lejos de imaginarse que era ella el objeto de tales pensamientos.

Ya no se condolía el conde de su soledad, ni pensaba en casarse únicamente por tener a su lado un ser que le hiciera más llevadera la emigración.

Lo que a él le impulsaba hacia María era el amor, y como la verdadera pasión logra siempre acallar toda clase de preocupaciones, Baselga se decidió a declararse a la joven, aun a riesgo de caer en ridículo y sufrir una negativa que desvaneciera todas sus ilusiones.

El amor triunfaba del sentido común.

X

Declaración.

¿Cómo supo María que era amada por el hombre cuya imagen no la abandonaba ni aun durante el sueño?

Fué en una tarde de primavera y en aquel paseo del Luxemburgo, que había sido el mudo y cariñoso testigo de todos los juegos y alegrías de su infancia.

Hermosa decoración, digna de la amorosa escena. El lindo paseo sacudía el manto de fría esterilidad con que el invierno le había aprisionado, y en las entrañas de su fresca tierra despertaban de su sueño de seis meses los fructíferos gérmenes que, estallando hacia arriba, se disponían a ver la luz en forma de verde follaje o de olorosas flores.

La savia, cuajada, comenzaba a bullir en las venas de los árboles, y, rompiendo la débil puerta de las tiernas yemas, cubría el ramaje hasta entonces negro, escueto y casi fúnebre, de verdes hojas que filtraban la luz fantásticamente y que, a la menor caricia del viento, se conmovían como una arpa eólica cantando, con interminable susurro, la embriagadora canción de la primavera.

Los perfumes de las primeras flores invadían el espacio y bajaban hasta el fondo de los pulmones, ávidos de aspirar las primicias de los besos de la hermosa estación, y los pájaros, cobijados hasta entonces en los aleros de los tejados, tímidos y medrosos, huyendo siempre del furioso viento, o recelando de la traidora nieve, bajaban ahora al paseo y, ebrios por los efluvios de la desbordada naturaleza, volaban en caprichosas evoluciones, posándose tan pronto en lo más alto de la balanceante rama, para saludar al sol con su balbuciente canto de niño, como descendiendo a los andenes del paseo, para acompañar con sus graciosos saltos la lenta marcha de los paseantes.

Aquella tarde, María llevaba por acompañantes a Tomasa y al señor García, pues su padre había querido aprovechar el buen tiempo para ir al cementerio del Padre Lachaise y colocar una corona de flores sobre la tumba de su esposa.

Baselga marchaba al lado de la joven, que, de vez en cuando, fingiendo distracción, le miraba con el rabillo del ojo.

María esperaba que en aquella tarde ocurriera algo que fuese para ella de gran importancia.

Era extraño, y digno de llamar la atención, el que Baselga, que no asistía más que de noche a su casa, se hubiese presentado aquella tarde con el pretexto de buscar al señor García, mostrando gran empeño en invitarla a un paseo por el Luxemburgo, a pesar de que a ella le parecía mejor quedarse en su habitación.

Además, el emigrado no tenía el aspecto de costumbre.

Mostraba cierta agitación desde que la criada y el preceptor quedaron algo más atrás, dejándolo solo al lado de María, y hablaba con aire distraído, como si le agobiaran importantes pensamientos, o estuviera fraguando un plan de gran trascendencia.

¡Pobre Baselga! ¡Que le sucediera eso a él cuando ya contaba cuarenta años y estaba cansado de saber lo que es el mundo!

El conde se encontraba desconocido. El, que tanto se había distinguido en los salones de Palacio, en Madrid; él, que había hecho el amor más por costumbre que por pasión, y había intentado la conquista, en su juventud, de cuantas mujeres halló a su paso, sentíase ahora impresionado ante aquella chicuela, ignorante y sencilla, que no tenía la astucia ni la doblez de las damas palaciegas.

Varias veces fué el emigrado a abrir la boca para espetar su declaración de amor: una solicitud muy bien pensada, pues no era caso de que un hombre de su edad y categoría fuese a declararse como un cadete, y otras tantas tuvo que detenerse, pues los pensamientos se borraron de su cerebro y no encontró palabras para expresarse.

Había más aún. El conde, que no era hombre capaz de sentir cortedad en ninguna ocasión, temblaba ahora al pensar que había de hablar de amor a aquella criatura que parecía tan distante de pensar en cosas terrenales.

¿Qué significaba aquello? Miedo a ser correspondido, a contraer compromisos y a casarse, no podía ser. El había pensado detenidamente el asunto, el matrimonio le era indispensable, y una boda con la hija de Avellaneda le convenía bajo todos los aspectos, hasta tratándose de conveniencia material, pues la joven era inmensamente rica, según él sabía por su amigo García y por el mismo padre.

¿De qué provenia, pues, aquel temor? El conde no podía explicárselo de un modo claro, y únicamente llegaba a comprenderlo adquiriendo la certidumbre de que estaba realmente enamorado, de que sentía una pasión de muchacho, de esas irreflexivas, melancólicas e infinitas que, aun a trueque de caer en el ridículo, se desahogan en forma de suspiros y versos.

Recordaba la pasión que en otro tiempo le había inspirado Pepita Carrillo, y comprendía que lo que experimentaba ahora era el verdadero amor. Al lado de María no sentía aquellas punzadas de brutal pasión que le acometían junto a su difunta esposa, y se abismaba en la contemplación de la serena belleza de la joven sin que la bestia carnívora le hiciera sufrir el menor estremecimiento.

Era aquello un amor romántico, una de aquellas pasiones que la literatura dominante obligaba a fingir a las gentes de moda, pero que Baselga sentía ingenuamente.

El emigrado conocía las aficiones poéticas de María, lo imbuída que estaba del espíritu romántico, y temía desagradarla con una declaración prosaica que diera a su persona un carácter vulgar.

María, por su parte, con esa percepción femenil tan delicada y atenta, adivinaba cuanto pensaba Baselga, y esperaba ansiosamente su declaración.

El conde se decidió, al fin. ¡Qué diablo! Pecho al agua... Además, aquella cortedad era indigna de un hombre de su clase.

Justamente María estaba hablando de lo feliz que se sentía aquella tarde, al ver que comenzaba a renacer la hermosa estación, tan adorada por ella a causa de su afición a las flores.

—¿Y se considera usted completamente feliz, señorita?

—Hoy, don Fernando, me siento muy contenta.

—Luego la felicidad de usted sólo es momentánea.

—¡Ay, don Fernando! Para ser yo feliz, para que mi dicha fuese perpetua, sería necesario que viviera mi madre y que mi padre gozase más salud.

—Es verdad. Está usted muy sola en el mundo. Su padre es viejo, no tiene más amigos que su criada y un anciano, pero esta misma falta de apoyo me ha hecho pensar detenidamente en usted y en su porvenir.

—¡Cómo! ¿Piensa usted en mí algunas veces?

María dijo estas palabras con alegre acento que animó a Baselga, el cual, mostrando cierta extrañeza por que la joven ignorase la fuerza con que le había obsesionado, contestó con melancólica voz:

—Sí, María. Pienso mucho en usted, y me preocupa su porvenir. ¿Cómo no he de pensar?... ¡Ah! ¡Si usted supiera!...

Por poco no se detiene Baselga y deja su declaración para más adelante, a causa de aquella cortedad que le dominaba; pero una mirada interrogante de María mató su silencio e hizo que el conde siguiera adelante.

—Sí, María. Yo me intereso por su persona más de lo que usted se cree. Es usted, por sus prendas físicas y morales, de las personas que inspiran interés a cuantos las conocen, y yo faltaría a mi deber de buen amigo si no procurara aliviar sus penas; y la pena más grande que usted sufre es la soledad en que vive y que mañana puede ser su peligro. ¿No puede morir pronto su padre? ¿No puede usted quedarse hasta sin el apoyo de su preceptor, ese viejo amigo de la casa? Necesita usted un sostén, un hombre que la adore y la defienda, y ese hombre...

Otra interrupción de Baselga. Aquella lengua siempre tan expedita y que aquel día estaba vacilante y estropajosa, causaba la desesperación de María, que aguardaba ansiosa el trueno final.

Por fin, el hombre siguió adelante y, lo que es más, habló con varonil resolución.

—María, yo no soy más que un soldado y tal vez me explique mal; pero tengo el mérito de hablar con noble franqueza. Ese hombre de quien hablo soy yo, que la amo hace ya mucho tiempo. En una palabra: ¿quiere usted casarse conmigo?

La joven bajó la cabeza con cierta confusión que no era fingida, pues la última parte de la declaración desbarataba todos sus pensamientos.

Aquello era ir demasiado lejos. Ella quería amar y ser amada; deseaba ser protagonista de una novela romántica con personajes de carne y hueso; pero lo de casarse le parecía demasiado y muy digno de pensarse.

Tanta era su preocupación poética, que no había pensado en que los amores firmes y consecuentes terminan siempre en la vicaría, y ahora se sentía confusa al pensar que Baselga no solicitaba únicamente ser su adorador, sino su marido.

Había que pensar aquéllo, porque si ella se casaba, ¿cómo iba a ser monja, tal como se lo había prometido a la Virgen y al señor García?

María estuvo mucho rato con los ojos bajos, ruborizada y mostrando confusión, al mismo tiempo que pensaba la respuesta que había de dar a Baselga.

El amor pudo en ella más que sus compromisos religiosos.

La posibilidad de que una respuesta negativa alejase para siempre a aquel hombre de su lado la alarmó de tal modo, que apresuradamente hizo con la cabeza una señal afirmativa y después se ruborizó aún con más fuerza, como avergonzada de su audacia.

El emigrado se consideró feliz con tal demostración, y fué tanta la alegría que le produjo ver aceptado su amor por María, que a no ser por lo próximos que iban los dos acompañantes de la joven, dejándose arrastrar por sus impulsos, hubiera estrechado sus lindas manos hasta estrujarlas.

Cuando aquella misma noche, después de la tertulia, Baselga y el señor García volvieron a su casa de la calle de los Santos Padres, el viejo notó en su amigo una agitación y unas demostraciones de alegría que le parecían extrañas.

—¡Qué! ¿Hay buenas noticias de España? ¿Ha sabido usted algo de su hija?

—No es eso, señor García; es que estoy alegre... porque sí.

El viejo devoto estaba muy lejos de imaginar la verdadera causa de la felicidad que se retrataba en el rostro de su amigo.

Los amores de María y Baselga comenzaron siendo iguales a todos los que se desarrollan en idénticas condiciones.

Miradas apasionadas, cartas de amor deslizadas cautelosamente al ir a tomar el sombrero en la antesala y apretones de manos expresivos hasta el punto de descoyuntarse los dedos.

A Baselga gustábale aquel amor inocente y misterioso que le rejuvenecía; pero en ciertas ocasiones tenía por ridículos e indignos de su carácter todos aquellos tapujos y hablaba a María de abordar directamente la cuestión pidiendo su mano al señor Avellaneda.

Pero la joven, como si todavía fuese una niña temerosa de los azotes paternales, temblaba al escuchar tal proposición y se oponía a que su padre tuviera noticia de sus amores, dejando siempre para más adelante tal revelación.

Lo único que Baselga adelantó fué participar a la omnipotente Tomasa sus relaciones con María, y desde entonces la criada fué la medianera y protectora de aquellos amores.

XI

En el despacho del padre Fabián.

—Entrad, señor García, entrad. Tengo grandes deseos de hablaros.

—Reverendo padre—dijo el viejo español, penetrando en el despacho después de haber anunciado su visita, sacando la cabeza por el resquicio de la entreabierta mampara—, me habéis mandado llamar y aquí estoy, como siempre, fiel a vuestras órdenes.

—Yaya, sentaos y encareced menos vuestra puntual fidelidad, pues si os dejan hablar os tendrán por el primer servidor de la Compañía, siendo así que, aunque con mucha voluntad, pecáis de descuidado.

—¿Por qué decís eso, reverendo padre?

—Tenemos que hablar mucho sobre vuestro negocio en la casa de la rue Ferou. ¿Cómo está aquello?

—Como siempre, reverendo padre. Todo marcha bien. El asunto sigue presentándose magnífico.

—¡Magnífico!, ¡magnífico!—repuso con acento irónico el padre Fabián Renard—. Parece imposible que un hombre de vuestra edad y vuestra experiencia hable con la ligereza de un muchacho atolondrado y prometa facilidades donde sólo hay dificultades. ¿Cómo está el señor Avellaneda?

—Tan supeditado como siempre a su amigo y administrador. Su voluntad es mía, o más bien dicho, es nuestra.

—¿Y su hija?

—Sigue tan aficionada, como siempre, a la vida religiosa, y es seguro que profesará en el convento que nosotros le indiquemos.

—¿Y por qué no lo ha hecho ya?

—Porque... porque..., ¡francamente, reverendo padre!, esa joven experimenta lo que todas a los veinte años. Tiene aficiones monásticas; pero las pompas del mundo le atraen un poco y está dudando entre el diablo y Dios, para decidirse, al fin, por este último. Bueno es que dude, pues así el desengaño será mayor y se acogerá con más fe a la vida religiosa.

—Señor García, sois un mentecato. Yo soy quien sabe por qué esa joven no entra en el convento.

—¿Por qué, reverendo padre?—contestó el vejete, que correspondía al insulto del superior con aduladoras sonrisas.

—Porque está enamorada.

—¡Enamorada!—exclamó verdaderamente sorprendido García—. ¿Y de quién?

El padre Fabián miró de pies a cabeza a su subordinado, hizo un gesto de desprecio y, sin hacer caso de su sorpresa ingenua, continuó preguntando:

—¿Visita el conde de Baselga muy a menudo la casa de Avellaneda?

—Va casi todas las noches. Se encuentra solo, no sabe pasar sin mí y además en dicha casa encuentra una tertulia de buenos amigos y honesta conversación.

—¿Sois vos quien lo presentasteis en la casa?

—Sí, yo fuí, reverendo padre; creo no haber faltado con ello a vuestras instrucciones.

—¡Imbécil! ¿Y quién os manda relacionar al conde con la familia de Avellaneda?

—Reverendo padre, permitidme que os diga que fué vuestra reverencia quien me encargó ser el guía del conde en París, y no creo haber faltado a vuestras instrucciones presentándolo en dicha casa, tanto más cuanto que el señor Baselga deseaba tener amigos.

—Pues bien; sabedlo, hombre obcecado. María y el conde se aman y se cortejan en vuestras propias narices.

El vejete experimentó tan tremenda impresión como un devoto a quien el Papa le dijera que no hay cielo.

Quedóse estupefacto por algunos instantes, pero fácilmente se repuso y, con sonrisa de incrédulo, contestó a su superior:

—Permítame vuestra reverencia que le diga que lo han engañado. Seré tan imbécil como vuestra reverencia quiera, pero a un hombre como yo no le pasa desapercibida una cosa de tanta importancia.

—Señor García, ¿conocéis bien los estatutos de nuestra Orden? ¿Sabéis de qué modo realizamos nuestros negocios?

—Creo que sí. No soy nuevo en la Compañía.

—Cuando a un hermano se le encarga un negocio, ¿qué es lo primero que hacemos?

—Designar a otro hermano que sea desconocido por el primero para que le vigile y dé cuenta del modo cómo lleva a cabo el asunto y si procede con acierto.

—Perfectamente. En esta ocasión, como en todas, el ojo de la Compañía, que ve hasta en las mayores tinieblas, os ha vigilado mientras trabajábais "para la mayor gloria de Dios" en el seno de la familia de Avellaneda, y por este medio nos hemos convencido de vuestros desaciertos y vuestros descuidos. La vigilancia del hermano encargado de espiaros ha penetrado hasta el interior de la casa de Avellaneda, y por una de las domésticas, de nacionalidad francesa, hemos sabido que el conde y la niña se aman, que aprovechan la menor ocasión para hablarse solos y sin testigos y que diariamente y a la hora de despedirse cambian una carta ante vuestros ojos de topo. Ya veis que estos datos no admiten réplica, y para avergonzaros más, aun faltando al sigilo que recomienda la Orden, os digo el medio por el cual hemos adquirido tales noticias.

—Reverendo padre—dijo el viejo con desaliento, aunque con el deseo de no pasar por vencido—, eso puede ser muy bien un chisme propio de una sirvienta.

—Si esa doméstica ha mentido no puede hacer lo mismo el hermano encargado de espiaros, y éste declara que varias tardes ha visto pasear en el Luxemburgo a Baselga y a la señorita Avellaneda muy amartelados, mirándose con la empalagosa dulzura de los amantes, mientras que vos, con aire de estúpido que os es el más propio, íbais a pocos pasos de distancia hablando majaderías con el padre o la criada.

—Permitidme que os diga que ese hermano, a quien no conozco, puede haberse equivocado y que su deseo le habrá hecho ver cosas que sólo existen en su imaginación.

Creía el señor García que con esto lograba desbaratar todas las acusaciones de su superior, pero se quedó frío cuando éste exclamó con acento colérico:

—¡Aún encuentra vuestra imbecilidad objeciones que oponer! Pues para que os confundáis puedo enseñaros las palabras amorosas que nuestro hermano ha sorprendido, paseando con aire indiferente al lado de los amantes, y que tengo apuntadas en este legajo.

Y al decir esto golpeaba ruidosamente con su diestra una carpeta repleta de papeles que tenía sobre la mesa y en cuya tapa se leía este rótulo. "Familia Avellaneda. Vale quince millones".

El señor García quedó anonadado, y su superior, gozándose en su confusión y completa derrota, continuó diciendo con colérica voz:

—¿Ya estáis satisfecho? ¿Os falta algo para convenceros de que sois un imbécil completamente inservible? En otro tiempo podréis haber sido muy bueno, pero ahora me parecéis uno de esos perros viejos que han perdido el olfato. Pensad en las consecuencias de vuestra inadvertencia, en el peligro en que habéis puesto los intereses de la Orden, y éste será vuestro mayor castigo.

El viejo bajó la cabeza como avergonzado por aquella justa reprimenda, y durante algún tiempo nada turbó el silencio en aquella habitación.

Reflexionó un buen rato el señor García, y arrojándose por fin a los pies del jesuíta, exclamó con acento dramático:

—Castigadme, reverendo padre. Haced de mí lo que queráis. Soy un miserable que he descuidado los sagrados intereses de la Orden, y merezco un severo correctivo.

El padre Fabián miró con altivez a aquel viejo que se humillaba a sus pies con el aspecto de resignada víctima que espera el golpe, y con una brutalidad soldadesca, dijo:

—Vaya, amigo mío; levantaos del suelo y no sigáis haciendo demostraciones de un arrepentimiento que no sé si sentís. Ya sabéis que no gusto de comedias.

García se levantó del suelo con aire humilde, y el superior continuó hablando:

—Afortunadamente, el asunto todavía tiene remedio. El conde es hombre de mundo que sabe bien lo que se hace; pero la hija de Avellaneda no pasa de ser una chicuela a la que os resultará fácil convencer siempre que apeléis a ciertos medios. Eso es el primer amor y su fragilidad la conozco por experiencia. Una pasioncilla que pasará como nube de verano al soplo de la primera desilusión. Quien me inspira cuidados es Baselga, que me parece un tuno redomado. Vamos a ver si en estos amores tiene su parte el interés. ¿Habéis hablado alguna vez al conde de la fortuna de Avellaneda?

—Ese señor sabe por mí que don Ricardo es rico, o más bien dicho, su hija.

—¿Pero sabe a cuánto asciende su fortuna?

—Creo que no. Baselga no se imagina, ni remotamente, que Avellaneda sea millonario.

—Acordaos bien de todos mis encargos. Ante todo, es necesario saber con absoluta certeza si el conde sospecha de lo cuantiosa que es la fortuna de María.

—Lo sabré, reverendo padre.

—Después, es preciso averiguar si Baselga está enamorado de la joven, o si, tal como yo me lo figuro, la quiere únicamente por atrapar sus millones.

—Difícil es eso, pues el conde, aunque vive conmigo con cierta intimidad, no me habla con entera confianza y sólo dice aquello que quiere. A pesar de esto, averiguaré lo que me ordena vuestra reverencia.

—Baselga es un noble español tan cargado de pergaminos como falto de dinero. No tiene para vivir otros recursos que una parte de las rentas de la hija que tiene en España, y nada tendría de extraño que quisiera enriquecerse merced al efecto que su gallarda figura haya podido causar en esa chicuela.

—Efectivamente, reverendo padre; tal vez sea lo que decís.

—Es necesario también que en un plazo breve estéis enterado de un modo cierto del estado en que se hallan las relaciones amorosas y de si esta pasión es fuerte y digna de inspiraros cuidado. Os exijo que seáis un lince, ya que hasta ahora habéis sido un bestia; que espiéis a los dos amantes y que no paréis hasta penetrar en lo más recóndito de sus pensamientos. Difícil es la tarea para un hombre de tan cortos alcances; pero éste es el único medio para que la Compañía os perdone el peligro en que la habéis puesto con vuestras distracciones.

—Haré cuanto pueda, reverendo padre—contestó el vejete sonriendo con cierta malicia—, y de seguro que no quedaréis descontento en esta ocasión.

—Considerad el inmenso perjuicio que causáis a la Compañía si por vuestra ineptitud María se casa, y su fortuna, esos millones que la Orden cuenta ya como suyos, pasa a manos de su marido. La religión está en peligro, la impiedad la ataca sin tregua y para sostenerse necesita dinero, mucho dinero que le preste nueva vida. Si por culpa vuestra se pierde ese negocio, perjudicáis la causa de Dios, y éste en la hora de vuestra muerte os arrojará al infierno.

El señor García, al escuchar estas palabras, no pudo ahogar una sonrisita burlona que rápidamente contrajo sus descoloridos labios, y que no pasó desapercibida a la inquisitorial mirada del padre Fabián:

—¿No creéis en el infierno?... Bueno, pues yo tampoco. Debía castigaros por vuestro escepticismo, pero me sois simpático porque tenéis sentido común. Esas farsas sólo son buenas para la turba imbécil que nos adora.

—Así es, reverendo padre.

—Pero si no creéis en el infierno—continuó el padre Fabián con el acento con que se dirigía a un camarada—, convendréis en que necesitamos mucho dinero para llevar nuestra obra adelante, y que llegue un día en que la Compañía de Jesús tome posesión del mundo, y que todos cuantos formamos parte de ella seamos los reyes de la tierra.

—¡Oh! Eso sí, reverendo padre—dijo el viejecillo apresuradamente, mientras que sus ojos se iluminaban con una chispa de soberbia ambición.

—Pues bien; esos millones de Avellaneda son un nuevo grano de arena que aportamos a nuestra grandiosa obra de la dominación universal. Además, vos sois como un hijo de la Compañía; entrasteis en ella en vuestra juventud, en su seno habéis crecido, la consideráis como vuestra verdadera familia, y ninguna gloria os será tan grata como el que la Orden, en vista de que la proporcionáis quince millones, os considere como uno de sus hijos más útiles, laboriosos y digno de eterno recuerdo.

—Sí, reverendo padre; ésa es toda mi ambición.

—Excuso, pues, deciros lo mucho que habéis de trabajar para conseguir el hermoso resultado de que la fortuna de Avellaneda entre en nuestro tesoro. Ya sabéis el plan. Que María no se case, que entre en un convento y que haga donación a nuestro favor de todos sus bienes. La Compañía en la actualidad es pobre. Apenas si pasa de ochocientos millones lo que en la actualidad poseemos en el mundo, y el general desde Roma sigue con mirada atenta este negocio del que depende vuestro porvenir y mi crédito. ¡Qué gloria si aumentáramos de golpe con quince millones el capital de la Orden!

El señor García sintió un escalofrío de felicidad al pensar en la grande honra que le proporcionaría el buen éxito de aquel negocio, y dijo con aplomo:

—Lograremos nuestro propósito; no lo dudéis, reverendo padre.

—En esta clase de negocios ya sabéis cuál debe ser siempre nuestra conducta: separar todos los obstáculos que se opongan a la consecución del fin. Sólo los imbéciles reparan en sus empresas en la legitimidad de los medios.

—Soy de esa misma opinión.

—¿Quién nos estorba? ¿Baselga? Pues le apartaremos buenamente de nuestro camino, y si no se puede por los medios pacíficos...

—Se usan otros más convenientes. Lo sé, reverendo padre.

—No olvidéis que igual conducta debe seguirse con el señor Avellaneda, con la doméstica y con toda persona que intente perjudicar nuestros sagrados intereses.

—Así debe ser, reverendo padre. Ante todo la Compañía.

—No; ante todo Dios y nosotros, que somos sus verdaderos representantes.

Aquellos dos hombres al hablar de obstáculos y de medios para llegar al fin, tenían impresa en el rostro una expresión horrible.

Parecían cuervos disputándose a graznidos la posesión de una próxima víctima.

Cuando el señor García, aquel santo varón, se despidió de su superior, éste le dijo con tono de amenaza:

—Recordad que yo fuí quien os encargué este negocio para que os lucierais y el que hice todo lo necesario para que el confesor de la difunta señora de Avellaneda os recomendara eficazmente, facilitándoos la amistad con la familia. La Compañía confía en vos. No la hagáis sufrir una decepción, porque el castigo sería terrible.

XII

Espionaje de jesuíta

Púsose en campaña el señor García para averiguar todo lo referente a los amores de Baselga con María, y comenzó por sonsacar diestramente a todos cuantos servían en casa del señor Avellaneda.

El examen de los dos amantes lo dejó para después. Si es que éstos querían espontanearse con él, siempre tendría ocasión para enterarse de sus secretos.

Las dos criadas francesas fueron las que primeramente abordó el señor García, en la confianza de que una de ellas, que al decir del padre Fabián, estaba en relaciones con un individuo de la Orden, le proporcionaría las noticias que él necesitaba.

Nada de nuevo supo el señor García, pues las revelaciones en nada se diferenciaron de lo que ya había manifestado el superior de los jesuítas: que la señorita y el conde se entendían, que todas las noches cambiaban una cartita en la antesala, que parecían estar muy enamorados...; he aquí todo.

El señor García se convenció de que por aquella parte no podría adquirir más noticias, y adoptó la resolución de dirigirse directamente a Tomasa, pues sospechaba que ésta forzosamente había de saber mucho de lo que ocurría entre su señorita y el conde.

Al principio de su conversación con la aragonesa, la encontró muy reservada; pero sus dulces palabras hicieron mella en su tosca inteligencia, y al fin Tomasa dudó, acabando por decidirse a revelar a su viejo amigo todo cuanto sabía.

¿Por qué no había de enterarse el señor García de los amores de la señorita? ¿Aquel viejo no era una buena persona que amaba a María casi tanto como ella? No había allí nada malo, y además, el santo varón podía prestar un buen servicio a Baselga sirviendo de intermediario a éste, ya que pensaba pedir al padre cuanto antes la mano de María.

Ella no era egoísta en aquella ocasión, ni quería atribuirse a su persona el mérito exclusivo del casamiento; así es que charló por los codos, revelando al viejo todo cuanto sabía, y rogándole que procurase hacer todo lo posible para que el señor consintiese el matrimonio de aquella pareja tan enamorada, que, según la expresión de Tomasa, se comía con los ojos.

El señor García, oyendo a la criada, se convenció de que, efectivamente, era un imbécil, tal como le decía el padre Fabián. Cuatro meses tenían ya de existencia aquellos amores, sin que él se apercibiera, por sí mismo de nada, y Baselga llevaba sus asuntos tan apresuradamente, que un día de aquéllos, tal vez mañana, pensaba pedir al señor Avellaneda la mano de su hija.

El viejo devoto estaba asombrado. ¡Diablo! Aquel conde, a pesar de su aspecto de soldado algo rudo, sabía hacer las cosas bien y despistar aun a los más allegados. Con justicia figuraba en la Compañía de Jesús.

Propúsose García impedir el rápido desarrollo de aquellos amores y comenzó por exigir a Tomasa el más absoluto secreto de cuanto habían hablado.

—Que no sepan el conde ni la señorita—decía el viejo con la más amable de sus sonrisas—que tú me has revelado el secreto de sus amores. Si ellos ignoran que nosotros nos entendemos, las cosas marcharán mejor, y yo podré con más facilidad conseguir el consentimiento de don Ricardo. Hay que proteger a ese par de enamorados. ¡Con que la señorita ya no quiere ser monja y piensa en casarse!... ¡Vaya!, estas niñas del día son el mismo demonio....

Y el vejete sonreía tan bondadosamente, que Tomasa se sentía dominada por aquel hombre tan amable y simpático, acabando por prometerle que no diría una palabra de todo lo tratado entre los dos.

En la tertulia de aquella noche el señor García ejerció un espionaje digno de acreditarle como hombre astuto y reservado.

Afectando entregarse a ratos a absorbente meditación o sosteniendo discusiones sin objeto con el señor Avellaneda, espiaba a María y Baselga, que estaban sentados junto a una ventana del comedor, logrando sorprender rápidas miradas y otros signos de amorosa inteligencia que hasta entonces le habían pasado desapercibidos.

El viejo estaba irritado por su torpeza, y la rabia que le producía no haber adivinado aquella pasión que se desarrollaba en su presencia la hacía caer sobre los dos amantes que, sin darse cuenta de ello, se habían burlado de él ocultando tan maestramente su afecto. El señor García odiaba a aquella pareja como si se tratara de tremendos enemigos, y tenía cierto placer en pensar que desbarataría su felicidad aunque tuviera que apelar a los medios más extremos.

Cuando llegó la hora de retirarse y el conde, seguido del viejo, salió de la casa con dirección a la calle de los Santos Padres, ninguno de los dos hombres pronunció la menor palabra. Caminaban silenciosos, como abstraídos en sus pensamientos.

De vez en cuando Baselga miraba rápidamente a su acompañante, siempre cabizbajo, y en sus ojos se notaba la expresión interrogante del que duda en confiar un secreto importante.

Habían entrado ya los dos en la habitación del primer piso, y el señor García, con la palmatoria en la mano, se disponía a subir a su buhardilla después de desear al conde muy buena noche, cuando éste le detuvo con un ademán, y dijo con acento que intentaba hacer indiferente:

—Si usted no tuviera mucha prisa en subir a su cuarto, hablaríamos un poco.

—Como usted guste, señor conde. Yo siempre estoy a sus órdenes. Diga usted, que ya le escucho.

Y el vejete, dejando su palmatoria sobre una mesa, se sentó sonriendo amablemente.

Reinó un largo silencio. Ninguno de los dos hombres deseaba ser el primero en hablar; Baselga tenía miedo de exponer su pensamiento y el señor García no tenía prisa y aguardaba pacientemente a que el otro dijera lo que él ya sabía.

Por fin el conde rompió el silencio.

—¿No me dijo usted una vez que María quería ser monja?

—Sí, señor. Esa es su vocación.

—¿Y cuándo entra en el convento?

—No se ha fijado aún la fecha, pero ello será más pronto o más tarde.

—¿Y está usted seguro de que a ella le gusta la vida del convento?

—¡Oh!—exclamó el señor García por contestar algo—. Eso nadie lo puede decir mejor que la interesada.

—¿Y no podría suceder que a María le gustase más ser como todas las mujeres, casándose con un hombre a quien amase?

—Todo puede ser en este mundo—contestó el señor García, y miró a Baselga con aire interrogante como animándole a que se franqueara más.

Pero el conde parecía arrepentido del sesgo que él mismo había dado a la conversación, y se alarmó al considerar que había estado a punto de hacer público su secreto.

No; el señor García no debía de saber nada. Más adelante, cuando el padre hubiese dado su consentimiento y estuviera todo arreglado para la boda, el viejo sabría lo ocurrido; pero ahora no convenía y su instinto le hacía adivinar un peligro en el señor García.

Había que cortar aquella conversación iniciada por él y que comenzaba a hacérsele pesada.

—¡Vaya, querido señor! Es ya muy tarde, usted madruga y estoy imprudentemente quitándole lo mejor de su sueño. A descansar, que usted tendrá para mañana mucho trabajo. ¿Irá usted por la tarde a casa del señor Avellaneda?

El vejete no pudo por menos de hacer un guiño instintivo al oír aquella pregunta. Ya comprendía él lo que aquello quería decir. El conde pensaba sin duda ir al día siguiente a pedir a don Ricardo la mano de su hija.

—Iré, sí, señor. Tengo que arreglar con el señor Avellaneda las cuentas de administración del pasado mes. Además, el pobre señor está, como ya ha visto usted, con sus dolores, y no puede salir de casa, lo que le tiene muy fastidiado. Desgraciadamente, yo sólo estaré con él hasta las cuatro, pues tengo que despachar algunos asuntos urgentes al otro lado de París.

Y luego añadió con ingenuidad asombrosa:

—Si usted no tiene mañana ocupaciones precisas podía ir a acompañarle un rato. El pobre ¡lo agradecería tanto! Además, mil veces me ha dicho que le gusta mucho discutir con usted, a pesar de que odia a los carlistas.

El conde prometió que iría a acompañar al señor Avellaneda, y el vejete, después de repetir sus ¡buenas noches!, comenzó a subir los noventa y cuatro escalones que separaban su buhardilla del primer piso.

Cuando poco después el mugriento levitón quedaba colgado en la percha junto a la cama y el señor García se quitaba los tirantes, mascullando al mismo tiempo, por la fuerza de la costumbre, algunos padrenuestros al ángel de la Guarda, cediendo a la necesidad de hablar alto, que algunas veces le acometía, exclamó interrumpiendo sus palabras con nasales risitas:

—Mañana será el trueno gordo. ¡Descuida, conde arruinado!, que cuando tú vayas a hablar con don Ricardo, ya lo habré yo arreglado de modo que te eche a puntapiés de su casa! ¡Pues no faltaba más sino que ese conde hambriento viniera con sus manos lavadas a apoderarse de los quince millones que tanto tiempo perseguimos! Ese dinero es de la Orden, que cuenta ya con él, y el que intente ponerle la mano, que se prepare a recibir nuestros rayos. ¡Buena se va a armar mañana! ¡Je, je, je!...

XIII

La cólera de Avellaneda

Fué inmensa la impresión que experimentó Avellaneda cuando su amigo y administrador le reveló los amores de María.

Aquel anciano vivía fuera de la realidad. Sus manías y preocupaciones, que algunas veces hacían dudar de su razón, daban cierto espíritu vago y fantástico a sus ideas; todo lo miraba por el prisma de su propia personalidad; porque se encontraba débil y viejo no creía que en el mundo hubiera juventud y nunca se le había ocurrido pensar que María pudiese casarse.

Era su hija, y, por lo tanto (en concepto de Avellaneda), lo natural es que María viviese íntimamente unida a él sin conocer otro cariño que el filial.

Júzguese cuál sería su impresión al escuchar aquella tarde las revelaciones del señor García.

Después del almuerzo, y mientras María, junto a los rosales de una ventana leía las seductoras "Orientales", el viejo devoto se encerró con don Ricardo en el despacho de éste, y comenzó a llevar poco a poco la conversación adonde él deseaba.

Presentó las cuentas de su administración en el pasado mes, papelotes que Avellaneda apenas si miró, y después el taimado viejo comenzó a hablar de lo rica que era María y de la necesidad de evitar que su fortuna sirviera de cebo a algún hombre egoísta y vicioso.

Don Ricardo no manifestaba afectarse gran cosa por tal peligro. ¡Valiente susto le producían a él aquellos temores que García parecía tener empeño en exagerar! ¿Acaso María no era su hija? ¿Quién podía venir a separarlo de ella; a llevársela con el propósito de su riqueza? Eso eran absurdos que únicamente se le podían ocurrir a su devoto administrador, enemigo del mundo y empeñado en exagerar sus maldades.

Pero el bueno de don Ricardo se quedó frío al oír que su viejo amigo quería revelarle un secreto que estaba pesando sobre su conciencia, y con tanta atención como pudo fué siguiendo las revelaciones del señor García, que eran bastantes embrolladas y dificultosas, sin duda para hacerlas más interesantes.

Lo que sacó en limpio Avellaneda, haciendo el resumen de una charla que duró más de media hora, es que el señor García, por el hecho de haber presentado en la casa al conde de Baselga, no quería cargar con ninguna responsabilidad, y se apresuraba a poner en conocimiento del padre que el tal señor había conseguido enamorar a María y que ésta estaba loca de pasión por aquel noble que, bien considerado, por su pobreza y su expatriación forzosa no pasaba de ser un aventurero.

Era tan enorme aquello, que el señor Avellaneda se resistía a creerlo. ¡María enamorada! ¡María dispuesta a casarse!

¡Bah!, señor García—dijo el afrancesado después de una larga meditación—. Tal vez esté usted en un error y su exagerado celo por la niña le haya hecho ver un peligro donde no le hay.

—Don Ricardo, puedo asegurarle a usted, y aun jurárselo por lo más sagrado, que María y el conde se aman.

—Amores propios de una chiquilla. Caprichos que desaparecerán a la menor reprimenda del padre.

—Está usted equivocado. La cosa es más seria. María está enamorada como una heroína de las novelas que ahora lee ocultándose de nosotros.

Avellaneda, al ver la seguridad con que hablaba su amigo, comenzó a dudar.

—Lo más acertado será llamar a María para que confiese francamente lo que ocurre. Ella no sabe mentir, y así sabremos las cosas con certeza.

—No haga usted tal, pues nada adelantaremos. María negará como todas las niñas hacen en su caso. Además, ¿quiere usted convencerse?, pues dentro de poco tiempo, tal vez esta misma tarde, vendrá el conde a pedirle la mano de su hija. Lo sé de cierto, pues leo perfectamente en el pensamiento de Baselga.

Aquello dió al traste con la paciencia de Avellaneda, que se indignó, y, a pesar de su carácter bondadoso y de los dolores que le obligaban a permanecer quieto en su sillón, comenzó a moverse y a proferir palabras entrecortadas por bufidos de furor.

—¡Esa es buena! De modo que ese caballerete tiene el atrevimiento de querer venir a mi propia casa para robarme mi hija... ¡Canalla! Quisiera ser más joven para imponerle un correctivo, y aun así no sé si podré contenerme y dejaré de darle de bofetadas. ¡Bueno va esto! Se ha lucido usted presentando en mi casa a ese conde del demonio. No, y mil veces no. Mi hija no se casa ni con él ni con nadie. ¿Para eso la he criado yo? ¿Para que me la robe el primer zascandil que se presente?...

Y Avellaneda daba furiosos puñetazos sobre los brazos de su butaca, haciéndose la ilusión de que machacaba la hermosa cabeza de Baselga.

El señor García contemplaba con aire satisfecho aquel acceso de furor; pero temiendo al fin una complicación, creyó del caso intervenir, y aconsejó a su amigo que tuviese calma.

—Ya ve usted, señor Avellaneda, que no es razonable irritarse de tal modo porque a un mequetrefe se le ocurra hacer una barbaridad.

—Dice usted bien—contestó don Ricardo, y su rostro fué serenándose hasta quedar en apariencia tranquilo algunos minutos después.

Transcurrió bastante tiempo sin que hablase ninguno de los dos viejos, hasta que, por fin, don Ricardo exclamó dolorosamente:

—No imaginaba yo que mi hija me diese tan gran disgusto. Creía que me amaba lo suficiente para no pensar nunca en separarse de mí, pero ahora veo que vivía engañado.

—Las mujeres son muy inclinadas a las locuras, y María no ha podido librarse de esa enfermedad amorosa que acomete a todas las jóvenes.

—Siempre me había parecido un mal hombre ese Baselga. Confieso que lo miraba con recelo. ¡Mire usted de quién va a enamorarse mi hija! De un hombre que casi puede ser su padre, de un noble matachín ignorante como un lego, y por añadiduda carlista.

Y el señor García, aunque torciendo el gesto, tuvo que aguantar una verdadera rociada de denuestos que Avellaneda arrojó sobre todos los que defendían la monarquía absoluta, el fanatismo religioso y el restablecimiento de la inquisición.

Cuando don Ricardo terminó de desfogar su indignación, el viejo devoto, que por inconsciente instinto de servilismo iba apoyando con inclinaciones de cabeza todas las palabras, dijo a su amigo:

—Hace usted perfectamente en oponerse a las pretensiones del conde. María no debe casarse. Pero para impedir ese matrimonio tendremos que luchar mucho, pues esa niña está muy enamorada.

—Yo sabré impedir esos amoríos.

—Lo veo difícil mientras María esté aquí.

—Arrojaré a ese hombre de mi casa tan pronto como se presente.

—Con eso nada impedirá usted; Baselga es hombre ducho en amores, y siempre encontrará medios para comunicarse con María animando cada vez más su pasión, ¡Si usted hiciera caso de mis consejos!...

—¿Qué quiere usted proponerme?

—El mejor medio, para lograr que se extinga en el pecho de María esa pasión que hoy la domina, es sacarla de aquí, romper todos los lazos que la unen al conde y hacer que no viva en el mismo lugar donde ha visto nacer y desarrollarse su amor.

—¿Y dónde quiere usted que la llevemos?

—A una santa casa, a un convento de nuestra confianza cuya superiora me aprecia mucho. María en sus tiempos de niña ha tenido grandes aficiones a la devoción y allí, disfrutando la paz angelical del claustro, se borrará por completo de su memoria la imagen del hombre a quien hoy tanto ama. ¡Oh! Tranquilícese usted, don Ricardo! No se trata de que su hija sea monja. Permanecerá poco tiempo en el convento; nada más que el suficiente para que olvide esa malaventurada pasión.

El señor García decía estás palabras con la maligna y atrayente dulzura de la serpiente bíblica cuando tentaba a la primera mujer.

Había que seguir la táctica jesuítica e ir haciendo las cosas poco a poco. Primero, María entraría en un convento por una temporada; después ya se encargaría él de que se perpetuase el encierro, despertando en la joven sus tendencias al romanticismo religioso y haciendo que pronunciara los severos votos claustrales. Lo importante y más preciso era que el padre diese la aprobación para que ella entrase en un convento.

Don Ricardo al oír aquella proposición quedó mirando fijamente a su amigo, y después de un largo silencio, dijo con voz agresiva:

—¡Vaya usted al diablo! ¿Le parece a usted que yo soy partidario de los conventos? No quiero ver a mi hija en tales sitios, y antes que verla monja sería capaz de entregarsela a ese mentecato de Baselga.

El golpe había fallado y el señor García bajó la cabeza con resignación.

Quedaron silenciosos largo rato los dos ancianos; pero Avellaneda, que en su afán de padre egoísta no podía comprender cómo se atrevía un hombre a querer arrebatarle su hija, volvió otra vez a su tema, o sea a hablar contra aquel amante audaz.

—¡Mire usted que es atrevimiento! Venir a solicitar la mano de mi hija un hombre que en realidad no sé quién es. Porque ¡vamos a ver! ¿Usted sabe quién es Baselga? ¿Cuál ha sido su antigua vida? No sé por qué me figuro que debe haber hecho mucho mal en este mundo.

—Mucho, don Ricardo; no se equivoca usted. Yo sé de él cosas horribles, y tenga usted la seguridad que a saberlas antes, no lo hubiera presentado en esta honrada casa.

—¿Y qué se dice de él?—preguntó Avellaneda con curiosidad.

—De un modo cierto, nada. Pero se murmura que a su esposa, la baronesa de Carrillo, la estranguló en un rapto de celos. No conozco el suceso detalladamente, pero puedo enterarme y adquirir datos.

—No, no es necesario. Nada me importa lo de ese hombre; al fin, tan pronto como se presente aquí, lo arrojaré a la calle.

—Hará usted perfectamente.

El señor García siguió con gran habilidad haciendo odioso a aquel hombre que vivía en su misma casa y al que manifestaba en todas ocasiones un cariño admirablemente fingido.

El sentía mucho tener que hablar contra el conde, pero la amistad y la honradez ante todo, y no quería que por culpa de sus afectos, viniese a sufrir crueles decepciones un amigo tan querido como lo era el señor Avellaneda.

Este, agitándose continuamente por las punzadas de dolor que sentía en sus huesos, iba siguiendo con atención las peroraciones del vejete, y se sentía impulsado a abrazar a aquel santo varón, que tanto se interesaba por el honor y el bienestar de la familia.

Cuando al dar las cuatro los relojes de la casa, el señor García se dispuso a marcharse para atender a sus ocupaciones de hombre devoto, Avellaneda quedaba ya convencido de que Baselga era un conde aventurero que, al enamorar a María, únicamente buscaba sus millones y de que debía ponerlo en la puerta sin ningún miramiento, como si se tratase de una bestia dañina que quería introducir la desgracia en aquel hogar.

No había transcurrido un cuarto de hora desde que el mugriento levitón del devoto había desaparecido tras el cortinaje de la puerta, cuando entró Tomasa secándose las manos con su delantal, y con la ruda franqueza que le daba su dominio en la casa, anunció a su señor que acababa de llegar el conde de Baselga.

—Viene a hacerle un rato de compañía. ¡Qué bueno es ese señorón!

Avellaneda hizo una mueca al escuchar las últimas palabras de la doméstica, la cual, sin esperar contestación, volvió a salir para llamar al recién llegado.

Cuando entró Baselga saludando a don Ricardo con aquella cortesía franca y distinguida que le hacía tan simpático, éste apenas si contestó con unos cuantos gruñidos, casi imperceptibles.

Tenía delante al traidor, al monstruo infame que pretendía robarle su hija, y él, tan pacífico y tan humilde, sentía no ser fuerte y ágil como en su juventud para arrojarse sobre aquel mequetrefe y molerlo a palos.

La conversación fué lánguida e incolora. Baselga, como si deseara retardar todo lo posible el entrar en materia, hablaba del tiempo y se enteraba minuciosamente del estado del enfermo, no logrando de éste otras respuestas que secos monosílabos y gestos de mal humor.

El conde adivinaba en su viejo amigo un disgusto, cuyo motivo no comprendía, y estaba temeroso de que en tal ocasión sus pretensiones iban a experimentar un tremendo fracaso.

Vacilaba el emigrado como el día en que declaró su pasión a María; pero allí se trataba de un hombre, y Baselga experimentó cierto rubor por su cobardía, decidiéndose acto seguido a explanar sus pretensiones.

—Don Ricardo: yo no soy viejo. Los rudos accidentes de mi vida me han marchitado algo, pero por mi edad y por mi vigor, todavía estoy lejos de la vejez. ¿No le parece a usted así?

Avellaneda hizo un gesto de indiferencia, como para demostrar que nada le importaba aquello.

—La soledad en que vivo aquí, me ha impulsado a refugiarme en el seno de la familia de usted, buscando afectos y atenciones que nunca agradeceré bastante, y este continuo roce ha engendrado en mí una pasión de la que en vano pretendo librarme.

Si Baselga no hubiera tenido inclinada su cabeza, de seguro que se hubiera intimidado ante el relámpago de ira que pasó por los ojos del anciano; pero no lo vió, y siguió hablando.

—En resumen, señor Avellaneda, María me ama tanto como yo a ella, y vengo a pedir su mano.

El golpe estaba ya dado, y Baselga, libre, al fin, de su carga, levantó la cabeza para mirar ansiosamente al viejo, esperando la contestación.

Avellaneda esperaba aquella demanda, y a pesar de esto, se quedó estupefacto como si le sorprendiera la petición de Baselga.

Tanto le obsesionó aquello, que él llamaba atrevimiento inaudito, que por algunos minutos no supo qué contestar; pero, al fin, dijo con fosca voz:

—Caballero, eso que usted me pide es imposible. Mi hija no es para usted. Acaba de darme un gran disgusto y le ruego se retire.

Entonces le tocó mostrarse estupefacto al conde. ¡Cómo! ¡El padre de su amada le rechazaba de tal modo! ¿Y por qué?

Baselga estaba transformado. Aquella despedida, dicha en tono grosero, le había producido el efecto de un latigazo y resucitaban en él sus instintos caballerescos, sus susceptibilidades de matachín. El no se iría de allí hasta que le fueran explicadas tales palabras, y así se lo manifestó de un modo enérgico a don Ricardo.

Este también había ido excitándose rápidamente y las exigencias de Baselga le pusieron fuera de sí.

—¡Cree usted que me asusta, señor conde, con ese aire de matón! ¡Ay, si yo fuera más joven y no estuviera enfermo! ¿Quiere usted explicaciones? Pues bien, sepa que no le concedo la mano de mi hija porque no me da la gana; ya está usted enterado. Soy el dueño de mi casa y no tengo que explicar mis actos a quien no vive en ella.

—Pero eso es una indignidad—arguyó Baselga con gran calor—; María me ama y usted no tiene derecho para hacerla infeliz.

—¿Quién la haría más feliz, yo, negándome a que se case con usted, o el conde de Baselga, siendo su esposo? Yo no sé quién es usted. Mis noticias se reducen a saber que usted fué casado hace ya algunos años con la baronesa de Carrillo. ¿Pero me puede asegurar alguien que careció de dramáticos y repugnantes accidentes su matrimonio?

Baselga se estremeció. Aquel diablo de viejo había dicho sus últimas palabras con tan marcada intención, que el conde tembló, creyendo que don Ricardo conocía en todos sus detalles el dramático fin de Pepita Carrillo. Pero poco tardó en tranquilizarse. No; aquella triste página de su vida sólo la conocía el padre Claudio y era imposible que éste la hubiese revelado a nadie.

—Señor Avellaneda, permítame usted que le diga que se engaña al creer que María no puede ser feliz conmigo. Donde hay amor desaparece la desgracia, y yo amo a María hasta llegar a la demencia.

—Caballero, basta de farsas. Usted es un noble arruinado y lo que ama son los millones de mi hija.

Aquél sí que fué un golpe duro para Baselga. Estaba lejos de esperar un insulto tan atroz disparado a bocajarro y se estremeció de la cabeza hasta los pies, como si una pesada mole acabara de caer sobre su cráneo, dejándole aturdido con el golpe.