Colocando su mesilla junto a la ventana, escribió tan nerviosa y alarmadamente como leyó en la noche anterior. Cuatro renglones de trémula letra y femenil ortografía, fueron la contestación a la carta del capitán, y aquel mismo día se encargó Tomasa de llevar la respuesta a Alvarez, que, como todos los hombres en casos semejantes, se consideró el más dichoso de los mortales.
Desde entonces se entablaron entre los dos jóvenes unas relaciones puramente platónicas, que se desahogaban por medio de miradas rápidas desde la acera al balcón, y cartas interminables que Tomasa entregaba diariamente y con rigurosa puntualidad a ambas partes.
Enriqueta se creía feliz, experimentando emociones que hasta entonces la habían sido desconocidas.
En un cofrecillo laqueado que perteneció a su madre, y que le servía para guardar algunos juguetes de su niñez, y ciertas chucherías propias de una joven aristocrática que sólo de tarde en tarde se presenta en el mundo elegante, y que son, por tanto, recuerdo de agradables y deslumbradoras fiestas, encerraba las cartas y las poesías que le enviaba su novio y que, por la frecuencia con que llegaban, amenazaban convertirse en colosal montón que se desbordara por toda la habitación.
Encerrarse en ésta, abrir el cofrecillo e ir releyendo por centésima vez aquellas epístolas amatorias en que, con diversas palabras, se hacían siempre los mismos juramentos e idénticas promesas, y besar después con instintivo arrebato aquellos pliegos de papel manoseados por continuos exámenes, era el mayor placer de aquella adolescente cuya vida la llenaba el amor.
XIII
Ejercicios piadosos.
Una mañana del mes de febrero, cuando en la casa del conde de Baselga todavía no se habían levantado de la cama los señores, Tomasa, apoyada en la chimenea del comedor, hablaba con una muchachuela que en su feo rostro tenía cierta expresión hipócrita y que era la doncella de doña Fernanda.
Ésta profesaba gran cariño a su servidora íntima, por ser fea y gran amiga de murmuraciones. La primera condición la tenía en gran estima, pues por ley de contraste, al lado de aquella cabeza chata, deprimida y terrosa, adquiría cierto brillo de hermosura su rostro rubicundo y narigudo. En cuanto a lo de chismosa, nada gustaba tanto a la baronesa como hablar largo rato con su doncella, haciendo que ésta le contara todo lo que ocurría en la casa, así como cuanto sabía de las otras señoras devotas que figuraban con ella en las juntas de cofradía e instituciones benéficas.
En esto último salía perdiendo doña Fernanda, pues su doncella, tan dominada estaba por el afán de murmurar, que apenas la dejaba libre su señora, corría en busca de Tomasa, complaciéndose en contarla todas las interioridades de su señora.
Entre el ama de llaves y la doncella reinaba gran intimidad, y aunque ésta, en punto a charlar, no guardaba fidelidad a nadie, siempre se mostraba más pronta, por simpatías propias de su clase, a revelar los secretos de su ama a Tomasa que a contar lo que ésta decía, a la baronesa.
Aquella mañana la chismosa, por complacer a Tomasa, a la que convenía tener favorable, pues de este modo su bondadosa autoridad consentía ciertas salidas nocturnas, se ocupaba en encender la chimenea del comedor, y en cuclillas ante el hogar colocaba cuidadosamente los leños, avivando con furiosos resoplidos la llama, que se obstinaban en rechazar los verdes y húmedos troncos.
Tomasa oía con gran atención lo que aquella muchacha, tosiendo a cada instante por el humo que se le metía en la garganta, e hinchando sus enrojecidos carrillos, le decía casi a sus pies.
La baronesa había pasado una noche pésima, privando a su doncella del sueño con continuos llamamientos. Había para reventar—según decía la doncella—estando al cuidado de aquella perra, que con todos sus aires de señora y de devota era... una de tantas. Ahora le daba por vomitar, por sentir vahídos, por decir a su querido director, el padre Felipe, que estaba muy malita; y la doncella, al decir esto, remedaba grotescamente los dengues de doña Fernanda, haciendo reír al ama de llaves.
Bien empleado le estaba—al decir de la aragonesa—, y esto la enseñaría a no pasarse la tarde entera encerrada con aquel jesuíta que era un sinvergüenza capaz de conmoverse ante una escoba, con tal que llevase faldas.
Tomasa no era cruel, pero se entusiasmaba pensando en el escándalo que iba a producir el estado de la baronesa así que éste se manifestase más claramente, y saboreaba ya de antemano la vergüenza que esto iba a producir a su enemiga.
—Mira tú—decía a la doncella—que oponerse a que la señorita Enriqueta sea como todas las jóvenes y tenga un novio que la quiera bien, y ella, en cambio, procede como una perdida deshonrando esta casa tan respetable con las conferencias que, a puerta cerrada, tiene con el padre Felipe. Ahora pagará en junto todas sus perrerías, y no será flojo el escándalo que se armará cuando todo Madrid sepa que la señora baronesa de Carrillo, a quien los papeles públicos llaman todos los días dama virtuosísima y a la que ensalzan los jesuítas en sus sermones, está en estado interesante por obra y gracia del querido que le ha destinado la Compañía. No me gusta el mal de nadie, pero en esta ocasión, chiquilla, estoy más alegre que si me hubiera tocado el premio gordo de la lotería. A ver si de este modo esa tal aprende a tratar a los pobres con la cortesía que se merecen y no nos aturde más a todos los de esta casa con sus mandatos y sus palabrotas.
—Anoche—dijo la fea doncella—me encargó que avisara al padre Claudio para que viniera a hablar con ella lo antes posible. Querrá indudablemente pedirle consejo para evitar que la gente se entere de lo que la ocurre.
—Pues como no le abran la tripa y le saquen lo que tiene dentro—dijo Tomasa con brutal jocosidad—, no sé cómo podrá arreglárselas para que nadie en esta casa se entere del producto de las tales conferencias a puerta cerrada.
—Anoche hablaba de lo conveniente que sería para su salud pasar una temporada en el campo. Tal vez piense irse a cualquier parte donde no la conozcan, y allí echar al mundo el cachorro del padre Felipe.
Las dos sirvientas hablaron largamente sobre la baronesa y sus dolencias, salpicando su conversación de terribles sarcasmos, y al fin tuvieron que separarse al oír que repiqueteaba furiosamente la campanilla de la habitación de la baronesa.
Aquella mañana doña Fernanda envió por dos veces a su doncella a la residencia del padre Claudio y aguardó con marcada impaciencia la llegada de éste.
Eran ya las doce cuando el vicario de la Orden en España entró en la habitación de la baronesa, deshaciéndose en excusas por su tardanza. ¡Eran tan apremiantes y continuos sus quehaceres! ¡Le llamaban tan a menudo a Palacio para consultas de la reina, cuando ésta no se creía suficientemente asesorada por sor Patrocinio, la monja de las llagas! La impía revolución se mostraba cada vez más imponente, el espíritu popular, hostil a los reyes y a la Iglesia, crecía por momentos y era preciso que la Compañía de Jesús empuñase sus misteriosas armas y pusiera en juego los ocultos resortes de su monstruosa organización secreta para, de este modo, librar el trono en peligro.
No tenía tiempo para ocuparse de los asuntos de escasa importancia, de mezquinas cuestiones de familia, que quedaban al cuidado de sus subalternos; pero apreciaba tanto a la baronesa, que consideraba como hija suya; tan agradecida le estaba la Compañía, que él se apresuraba a acudir a su llamamiento.
Doña Fernanda, muy lisonjeada por las palabras corteses de aquel hombre, cuyo poder inmenso le era conocido, contestaba con sonrisas de agradecimiento, ruborizada como una jovencita al oír los primeros piropos.
La puerta del gabinete de la baronesa se cerró, con gran dolor para Tomasa y la doncella, que rondaban por las inmediaciones, deseosas de oír, aunque sólo fuera algunas palabras de aquella conferencia.
Más de una hora duró ésta, y las dos mujeres, aplicando el oído a la cerraja de la puerta, sólo pudieron escuchar los sollozos de la baronesa y algunas palabras sueltas, tales como “deshonra”, “escándalo” y otras de idéntico significado.
Cuando las dos sirvientas escaparon despavoridas al notar que la conferencia terminaba y la puerta se abrió, el padre Claudio, que salía llevando en el rostro un gesto malhumorado, al notar que en la habitación inmediata estaban Tomasa y la doncella, afectando una completa indiferencia, recobró rápidamente su sonrisa amable y dijo en voz alta:
—La salud de usted, señora baronesa, reclama muchos cuidados. No sea usted niña, y procure no extremarse en esa vida agitada que lleva en pro de la religión y la caridad. Sería de muy buen efecto que pasara algunos meses en el campo y para esto le recomiendo el punto que ya le he indicado. Dígaselo al conde, a quien ruego salude de mi parte. Yo no me puedo detener, pues me llaman mis ocupaciones.
El padre Claudio pasó por delante de las dos criadas y, como de costumbre, las dió a besar su mano, sin adivinar que, a pesar de su exterior grave y compungido, se reían interiormente de la enfermedad de la baronesa y de las recomendaciones del jesuíta. Ellas sabían el porqué de aquel viaje al campo.
Aquel mismo día doña Fernanda llamó a su padre, y el conde, a pesar de que sentía gran repugnancia de hablar con ella particularmente, y eran muy contadas las veces que había entrado en su habitación, acudió al llamamiento.
Oyó en silencio la relación que le hizo su hija de sus extrañas dolencias e inmediatamente la dió permiso para que fuera a pasar unos cuantos meses en los alrededores de Bayona, que era el lugar que la había recomendado el padre Claudio.
¡Valiente cosa le importaban a él los asuntos de aquella mujer a la que no podía ver sin que inmediatamente acudiesen a su memoria recuerdos que despertaban su odio! Conocía las costumbres de su hija y, mirándola fijamente, adivinaba la verdadera causa de aquellas dolencias.
En su concepto, hacía bien en ir a Bayona. Allí existía un gran centro de jesuítas, y las recomendaciones del padre Claudio servirían para encubrir el remate de aquella enfermedad, que nadie podía explicar mejor que el atlético padre Felipe.
Al día siguiente la baronesa hizo todos sus preparativos de viaje, y tres días después, sin otra compañía que la de su intrigante doncella, emprendió el viaje. Antes de partir, ya el padre Felipe se había hecho cargo de Ricardito, llevándolo nuevamente al colegio.
Con el viaje de doña Fernanda, la casa de Baselga quedó, como decía el ama de llaves, convertida "en una balsa de aceite".
La ausencia de la baronesa hacía imposibles todas aquellas escenas violentas, aquellos gritos descompasados y represiones continuas a que tan aficionada se mostraba doña Fernanda.
Tomasa, disponiendo y mandando como autoridad superior, estaba en sus glorias, y Enriqueta se consideraba feliz al no tener que vivir con aquella zozobra a que le obligaba su hermana con su astuta vigilancia. El poder escribir cartas a Alvarez a cualquier hora del día sin tener que encerrarse en su habitación y temblar al menor ruido, era para la joven una dicha inmensa.
—Ya verá usted, señorita—decía la aragonesa—, qué rica vida vamos a llevar ahora que no está aquí su hermana endemoniada. Desde que puedo pasearme por la casa sin temor de encontrarme con aquella cara de vinagre, al pasar una puerta me siento otra y hasta parece que me he quitado de encima una docena de años. El capitán ya sabe que la baronesa se fué ayer, y no puede figurarse cuán grande es su alegría, pensando que ahora podrá verla de cerca. Saldremos a paseo todos los días, pues hora es ya de que usted no pase la vida de monja profesa a que quiere acostumbrarla la baronesa. Don Esteban vendrá algunas veces con nosotros, pasearemos por donde nadie nos vea, y yo... me haré la ciega y la sorda, aunque el papel sea poco grato, para que ustedes puedan decirse cuanto gusten. Vamos... que algo tendrán ustedes que decirse después de amarse tanto tiempo sin haber hablado nunca.
El conde de Baselga no era obstáculo para aquel plan que Tomasa se proponía realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su cuidado y continuaba su vida aislada pasando los días encerrado en su despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los desiertos alrededores de Madrid.
Baselga se había transfigurado con aquel método de vida.
La soledad en que le obligaba a vivir su misantropía, habíale aficionado al estudio, y en su despacho, que antes sólo tenia por adornos armas de todas clases, amontonábanse ahora los libros.
Las lecturas literarias y filosóficas le repugnaban. El misterioso influjo que el padre Claudio ejercía sobre su conciencia había desarrollado sus sentimientos religiosos creando en él una susceptibilidad fanática que se irritaba a la más leve indicación contra aquel dogma en el que creía a ojos cerrados. Esto le obligaba a mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y circunscribirse a determinados libros, pues la revolución rugía contra lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta en la más inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los ideales que tan entusiásticamente profesaba el conde de Baselga.
Este, ante todo era militar. La guerra constituía la principal afición de su carácter, y de aquí que, al buscar un remedio al fastidio que le devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y alma a la lectura de obras militares. Cuanto se había escrito, en España como en Francia, acerca del arte de la guerra, fué coleccionándolo el conde en su biblioteca.
Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia, que después había hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante, que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero para ser vencedor, mostrábase ahora avergonzado por su estupidez y se dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo perdido.
Baselga se sentía ahora agitado por el afán de gloria. Muchos de sus antiguos compañeros de la Guardia real eran ahora generales ilustres y estaban en todo el apogeo de su celebridad, y él, aficionado nuevamente a la milicia, miraba con envidia la posición de sus antiguos amigos. Los millones que poseía, sus títulos, todo cuanto era lo hubiera dado por poder mandar una división y haber asistido con ella a la guerra de Africa o a otra de aquellas campañas tan gloriosas como descabelladas que, para labrarse su propia gloria, llevaba a cabo su antiguo amigo don Leopoldo O’Donnell.
El conde, a fuerza de hojear a los tratadistas militares y de leer obras de fortificación, acabó por concebir un plan que produjo sobre su cerebro una verdadera obsesión.
Ya tenía el medio de hacerse célebre. En Baselga, a pesar de su exterior rudo, había algo de poeta: la imaginación era su principal facultad, y esto hacía que revistiesen cierto ambiente romancesco y místico todas las ideas que se fijaban tenazmente en su cerebro.
Comenzó a madurar la idea de apoderarse, por sorpresa y mediante un buen golpe de mano, de Gibraltar, y se dedicó con ahinco a estudiar todo cuanto se había escrito sobre el famoso sitio que los españoles pusieron a la inexpugnable plaza inglesa en el siglo pasado.
Aquella empresa excitaba los entusiasmos que Baselga podía sentir: el patriótico y el religioso. Como soldado español, estremecíase al pensar que la bandera de su patria llegaría a ostentarse desplegada en el mismo punto donde ahora ondeaba el pabellón inglés, y como católico y fanático sentíase dominado por una beatífica emoción, considerando que con la conquista de Gibraltar se privaba de la mejor de sus plazas a Inglaterra, una nación protestante, enemiga de los santos y que se reía del Papa, aquel vicedios que dirigía el mundo desde Roma.
Al poco tiempo de habérsele ocurrido aquel plan se sentía tan dominado por él que le dedicaba toda su existencia.
Pasaba el día y gran parte de la noche inclinado ante imperfectos planos de Gibraltar y consultando notas que se había procurado acerca de la guarnición de la plaza y los puntos donde estaba acuartelada. Cuando el cansancio le obligaba a dejar aquella tarea y podía reflexionar sobre los posibilidades de éxito de su empresa, sentíase muy animado y confiaba en un completo triunfo.
El tenía marcada su línea de conducta. Primero combinaría en principio su plan, cuidándolo hasta en sus últimos detalles; después lo comprobaría sobre el terreno, haciendo un viaje a Gibraltar, en el que ya había estado en 1823 durante su campaña en las inmediaciones de Cádiz, y, finalmente, escogería un número proporcionado de hombres de valor y de serenidad para dar el audaz golpe de mano que se había imaginado. En Navarra, y entre sus antiguos voluntarios de la guerra carlista, pensaba hallar los compañeros para aquella loca aventura, en la que estaba dispuesto a gastar la colosal fortuna de sus hijos.
El alcanzaría la inmensa gloria de devolver a España aquel rincón de la península arrancado por la traición inglesa, y si no lo lograba, perecería como un mártir patriótico, digno de eterno renombre.
Y mientras Baselga, en la soledad de su despacho, se entregaba a interminables cavilaciones, interrumpidas de vez en cuando por risueñas esperanzas que se forjaban en su optimista imaginación, su hija y el capitán Alvarez sonreían embriagados por la dulce primavera del amor.
XIV
Primavera de amor.
La primera vez que Enriqueta y Esteban Alvarez se vieron de cerca y pudieron hablarse fué algunos días después de emprender su viaje la baronesa de Carrillo.
El invierno era frío y lluvioso, pero aquel día amaneció hermoso y sereno, y el ama de llaves de Baselga, a más de las diez, cuando su señor, después de almorzar se encerró en su gabinete para dedicarse a sus estudios, invitó a Enriqueta a dar un paseo.
Era simplemente, como decía Tomasa, una agradable escapatoria al Retiro, que aquel día debía de estar hermoso, y por esto Enriqueta se vistió modestamente, aunque con esa seductora coquetería instintiva en las jóvenes hermosas y elegantes.
El cochero recibió orden de enganchar, y media hora después, dentro de una elegante berlina, iban Tomasa y su señorita al hermoso parque que tiene Madrid.
Enriqueta sentía una agitación que tenía mucho de placentera. Iba por primera vez a hablar con el hombre adorado y no podía evitar cierta zozobra, hija del temor de aquel paso decisivo. ¡Ay, si la baronesa llegaba algún día a saber aquello!
Cuando entraron en el celebrado paseo, Enriqueta, con instintivo impulso, sacó la cabeza por la portezuela, y a lo lejos, bajo un grupo de árboles seculares, distinguió la viva mancha de color de un uniforme.
Era el capitán Alvarez, que, avisado por Tomasa, esperaba también impaciente.
Las dos mujeres apeáronse del carruaje, y dando orden al cochero para que esperase en aquel punto, internáronse en una umbrosa alameda sin mirar a Alvarez, el cual procuraba fingir una completa indiferencia mientras estuviera al alcance de las miradas del auriga y el lacayo. El ama de llaves le había recomendado mucho no cometer indiscreciones en presencia de aquellos criados aficionados al chismorreo de escalera abajo, cuyas revelaciones subían muchas veces a las habitaciones de sus tamos.
Poco rato después, en una plazoleta distante, reuníase el capitán con las dos mujeres.
Quien recuerde el feliz instante en que por primera vez habló a la mujer amada puede fácilmente imaginarse las impresiones que experimentaron Esteban y Enriqueta al verse juntos.
El capitán, aunque en su exterior mostraba cierto petulante asombro, era para ocultar mejor la turbación que experimentaba. Aquel endiablado mozo, que tan bien sabía entenderse a sablazos con los marroquíes, y que en épocas de paz, llevado de su carácter batallador, conspiraba contra el Gobierno, era en el fondo tímido como una doncella, y sentía gran cortedad al dirigir por primera vez la palabra a Enriqueta.
El no era ningún niño; había tenido sus novias en todos los puntos donde estuvo de guarnición, y en el regimiento lo consideraban como chico listo, que aunque serio, sabía sacar su parte a tiempo; pero había gran diferencia entre las modistillas y las señoritas cursis con que hasta entonces había tenido relaciones, y aquella joven elegante, millonaria y aristocrática, que contestaba a sus apasionadas cartas con lacónicos billetes, que aunque muy amorosos, parecían por su redacción despachos telegráficos.
Alvarez temía aparecer ridículo en la conversación y deshacer de este modo el buen efecto que en Enriqueta había producido su adoración desde lejos.
Por su parte, la joven experimentaba el mismo temor, y de aquí que ambos amantes caminasen delante de Tomasa exageradamente separados, balbuceando monosílabos, contentos con mirarse tiernamente, sonriendo ruborizados, y diciendo de vez en cuando frases estúpidas, sobre la belleza del día, la lluvia de la semana anterior y el frío que hace en invierno.
Al fin la juventud y el amor desvanecieron aquellos temores; los jóvenes se avergonzaron de su conversación imbécil, y después de esperar cada uno de los amantes que el otro iniciase el amor en el diálogo, como riachuelos que hinchados por la tempestad rebosan sus ribazos y saltan sus presas destrozando todos los obstáculos, los dos comenzaron a hablar con encantadora verbosidad, al principio con cierto recelo y después con tanta confianza como si hubiesen estado juntos desde su infancia.
Alvarez se reía ahora de su sospecha de resultar ridículo. Enriqueta le amaba y él, al hablar, decía cuanto le dictaba su cariño, acogiendo la joven con estremecimientos de placer aquellos juramentos de amor, extremadamente novelescos, que le dirigía el capitán.
¡Qué mañana tan hermosa fué aquélla para el enamorado militar! En su pensamiento surgía el recuerdo de aquella otra en que vió en igual sitio a Enriqueta, y al contemplarse ahora al lado de la hermosa joven en íntima conversación con ella se consideraba feliz, y creía que la vida no es tan mala como muchos quieren suponer.
Enriqueta llevaba un abrigo igual o parecido al que vestía aquella mañana del encuentro, y en su cabeza ostentaba la capota blanca con lazos de rosa, aquella capotita que danzaba en los ensueños de Alvarez. Aquello podía ser coquetería de la joven o casualidad; pero tal igualdad del traje contribuía a hacer más completa la felicidad del capitán.
Pareció a éste que no había transcurrido el tiempo, porque se encontraba aún en aquella misma mañana y que el año que había pasado con sus desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueños interminables era un rápido centelleo de su imaginación visionaria.
Tan penetrado estaba en esta ilusión que varias veces, con instintivo movimiento, volvió la cabeza al oír cómo crujía la arena del paseo bajo unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la pareja, para que los “muchachos” pudiesen hablarse con entera libertad. No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentánea confusión, que le hacía creerse en la mañana misma que vió por primera vez a Enriqueta. Doña Fernanda se hallaba lejos del Retiro y más lejos aún de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos, que parecían salir de boca del galán de una comedia de capa y espada.
¡Cuán dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jóvenes en aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costábanles un sinnúmero de vacilaciones, de las que luego se reían con inocente candor. Necesitó Alvarez mostrarse cómicamente grave para que Enriqueta accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba vergüenza hablar con tanta confianza a un señor que tenía más años que ella.
Si Tomasa no está allí, Alvarez se la hubiera comido a besos.
Era ya mediodía y todavía la pareja, como cometa amoroso cuya cola era el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el gigantesco parque, con gran desesperación de Tomasa, que comenzaba a cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atención de los enamorados, que no querían sentarse en ningún banco. ¡Aquellos malditos novios no llegaban a cansarse!
Esto y lo avanzado de la hora obligó a la franca aragonesa a intervenir en el amoroso diálogo.
Vamos, ¿no había ya bastante? ¿No era ya hora de retirarse a casa antes que el conde, al dirigirse al comedor, se extrañara de la tardanza de su hija?
—Ahora mismo nos iremos—contestaba Enriqueta, y volvía inmediatamente a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversación y siguiendo el paseo.
Varías veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idéntica contestación. No era empresa fácil separar aquella pareja embriagada por el amor y que, arrullándose con las caricias de su mirada, perdía completamente la voluntad.
Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energía de la vieja doméstica, que con el rostro grave se plantó ante los dos amantes impidiéndoles el paso.
—No son ustedes razonables—les dijo—. ¡Ah, la juventud, la juventud! Todo quieren comérselo en un día, aunque después se mueran de hambre. Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podrá sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volverán a repetirse estas entrevistas... En fin..., señorita Enriqueta, yo no estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida a casa, juro no volver a traerla más aquí.
Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar donde esperaba el coche verificóse la despedida.
Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer, pues aquellas dos horas le habían parecido un minuto, tendió su enguantada manecita al capitán, quien la estrechó entre las suyas con energía cariñosa.
El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella mano delicada, causó gran efecto en Alvarez, que se estremeció de pies a cabeza. Fué aquello un latigazo de esa extraña voluptuosidad que pone en tensión los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra de la carne.
Fuése alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvió la cabeza varias veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.
Aquella fué la época feliz de Alvarez, que hasta entonces no había conocido realmente el amor.
Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad llegó a hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el día en que por cualquier accidente no podían las dos mujeres salir de casa y dejaban de acudir al punto de cita.
Llovía aquel año con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy poco de las variaciones del tiempo, dormíase ahora todas las noches pensando con inquietud en la problemática bonanza del día siguiente.
La lluvia o el frío malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si Enriqueta y su fiel Tomasa se decidían a salir era para ir a alguna iglesia donde los amantes sólo podían mirarse de lejos, hablándose con los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de la pila, era lo único que alcanzaba el capitán en aquellas mudas entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente, conmovida por el monótono rugido del canto llano y el murmullo del rezo de las beatas.
Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas de hojas secas y orladas por grupos de árboles que con cierta salvaje grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban más a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acudía al público parque apenas el día no se mostraba tormentoso.
Aquella Arcadia amorosa, que tenía por fondo un imponente paisaje de invierno, se prolongó por espacio de unos dos meses, y en este tiempo los amantes llegaron al último límite de una intimidad tan casta como cariñosa.
Horas enteras de conversación, en que las lenguas se mostraban tan activas como lánguidos los ojos, momentos de dulce abandono, sirvieron para que cada uno de ellos vaciase su memoria al oído del otro, relatando los sucesos de su vida pasada, sus deseos y sus aspiraciones.
No había secretos ni calculadas reservas en aquella interminable charla amorosa, que tenía mucho de los caprichosos giros del gorjeo del ave; hablaba el corazón en todos los momentos, y a los pocos días cada uno conocía tan perfectamente la vida del otro, como la suya propia.
Enriqueta experimentaba un gran consuelo al tener alguien, que no fuera el ama de llaves, a quien comunicar las penas que le ocasionaba su educación casi religiosa, que pugnaba con su carácter, y las exigencias imperiosas de la baronesa.
Alvarez, oyendo a su novia, sintió crecer su odio contra aquella señora que tan antipática le era.
La personalidad del conde no le inspiraba ningún sentimiento, pues el capitán la consideraba como misteriosa e indefinida.
Siempre que Enriqueta hablaba de su padre lo hacía con tal brevedad y con tanta falta de pasión, que Alvarez no tardó en adivinar que la hija de Baselga sentía hacia éste la misma frialdad temerosa, nacida de la falta de confianza.
Aquel buen señor, que hacía una vida aislada y silenciosa como la de un eremita, y que pasaba los días enteros encerrado en su despacho sin permitirse ninguna expansión ni mostrar su afecto a la familia, resultaba un ente misterioso, y Alvarez, en su imaginación de poeta, casi llegaba a representárselo como uno de los fantásticos y tétricos protagonistas de los cuentos de Hoffman.
Conforme iba conquistando Alvarez la confianza de su amada y se enteraba de las particularidades de su familia sentíase invadido de una gran tristeza que ocultaba cuidadosamente.
Aquella baronesa, orgullos e irascible, y el conde, grave, inabordable y misterioso, le causaban miedo, pues comprendía que él, pobre, humilde y sin otro patrimonio que su valor y su talento, nunca conseguiría entrar legalmente en la familia siendo esposo de Enriqueta, que era lo que anhelaba, más por amor que por ambición.
Aquella era la única nube que empañaba el puro cielo de su primavera de amor.
La época feliz de sus amores duraría el tiempo que la baronesa tardara en volver a Madrid.
El día en que doña Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta volvería a su vida semimonacal, y él tendría que contentarse con pasear la calle, sosteniendo unos amores románticos que acabarían a la puerta de un convento.
Alvarez estaba triste. Los días en que más locuaz y adorable se mostraba Enriqueta eran los en que más sufría el capitán apenas quedaba solo y reflexionaba sobre el porvenir.
XV
El amigo de Baselga.
El conde de Baselga tenía un amigo a quien no vacilaba en dar este nombre.
Aquel misántropo, que huía del trato social no buscando más compañía que la de los libros, habíase sentido ablandado de repente en su genio arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.
Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesía y que merecían no ser comprendidos en una recepción fría y ceremoniosa figuraba Joaquín Quirós, joven a quien ciertos periódicos nombraban siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tenía alguna reputación entre la alta sociedad de Madrid.
Estaba ya cinco años empleado en el ministerio de Estado y figuraba con cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que, expertos en dirigir un cotillón, mascullando medianamente el francés y hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado ministerio, donde se preparaban a representar a España, tiempo adelante, en lejanas Embajadas.
Joaquinito Quirós, como le llamaban en las reuniones notables, a pesar de que estaba ya en sus treinta años, era hijo único del segundón de una gran casa, que había gastado hasta su último ochavo en Nápoles en ridículas ostentaciones de riqueza, para hacer ver al mundo que España elegía siempre sus embajadores entre la gente más opulenta y manirrota. Cuando no tuvo ya con qué pagar comidas a lo Lúculo y caprichos propios de Creso y hubo de ceñirse a vivir de su sueldo de embajador, creyó que España quedaría deshonrada si sobrevivía su arruinado representante, y un tiro rompió la caja de hueso que contenía aquel menguado cerebro.
Cuando aquel loco se suicidó, su hijo tenía muy pocos años, y aunque estaba emparentado con la nobleza más distinguida, fué escasa la protección que recibió, y hubo de amoldarse a una vida mísera que compartió con su madre. El descendiente del que en Nápoles encomendaba a Sévres una vajilla de frágil porcelana que costaba una fortuna, y a los postres la arrojaba por el balcón, riéndose del asombro de los convidados, antes de ser hombre supo muchísimas veces lo que era hambre y algunas noches se durmió envuelto en una manta apolillada, pensando que la suprema felicidad en este mundo era tener una estufa en la alcoba.
Mediante el auxilio mezquino de algunos parientes de su padre y valiéndose principalmente de su carácter flexible y adulador y de una rápida y certera intención para apreciar las debilidades de los hombres, el joven consiguió seguir la carrera de leyes con escasa brillantez, pero sin perder un curso, y cuando tuvo el título de abogado, se lanzó al mundo haciendo valer las condiciones ya citadas.
Fué un chico amable, humilde e instruído, un muchacho juicioso, que jamás caería en las extravagancias de su padre, y las familias aristocráticas que de este modo hablaban de Joaquín Quirós, tuvieron empeño y hasta mostraron entre ellas cierta competencia por ayudar y proteger a aquel joven que con una sencillez conmovedora agradecía cuantos servicios le prestaban.
Quirós, tan humilde y tan ingenuo, se reía en su interior de la imbecilidad de aquellas gentes, que le encumbraban por parecer caritativas, y lejos de enfadarse por aquellos favores que olían a limosna, sabía acertadamente adular a unos y excitar el orgullo de otros, siempre en provecho propio, creando una rivalidad entre todos los que a porfía le ayudaban a conquistar una posición.
La miseria y los desaires sufridos en su juventud habían quedado muy impresos en su memoria, y al par que odiaba a todas aquellas gentes que le auxiliaban, lo mismo que si se tratara de un criado simpático, digno de mejor suerte, sentía un hambre insaciable de riquezas para resarcirse de los crueles tormentos de su anterior pobreza.
Las recomendaciones de sus aristocráticos protectores, que hacían valer los “servicios” que a la patria había prestado el padre de Quirós, lograron que éste fuese admitido en el ministerio de Estado, donde no tardó en abrirse paso. Aquel diablo de Joaquinito, como decían las viejas señoras que le protegían, tenía un aspecto tan simpático y era tan amable que en todas partes donde entraba conseguía hacerse el amo a fuerza de cariño. Así era; pero lo que Quirós tenía principalmente en su favor era su facultad de adulador rastrero, pero hábil, que le hacía descubrir con rápido golpe de vista las debilidades de sus superiores, a los cuales sabía elogiar a tiempo, consiguiendo de ellos una sonrisa de benevolencia protectora.
Además, el joven era trabajador y sabía mostrar tan oportunamente su mediana inteligencia, que ésta parecía muy superior a su verdadero mérito. Con estas condiciones había de sobra para abrirse paso en una oficina del Estado.
A los pocos meses de estar en el ministerio, Joaquinito, siempre amable y humilde sin afectación, era el imprescindible. Los jefes más adustos y viejos, que miraban siempre con prevención a los jóvenes agregados, tenían para él sonrisas de cariño y hablaban con acento protector de su talento y laboriosidad, y en cuanto al tropel de futuros diplomáticos, que en los gemelos de su camisa ostentaban un fárrago inmenso de heráldica, le reconocían voluntariamente como jefe y maestro en todas las materias.
Los futuros embajadores le consultaban, convencidos de su superioridad, cuando hacían algún trabajo por encargo de sus superiores, y aún se mostraban más atentos y sumisos a sus consejos en materias de distinción y elegancia, pues aquel muchacho, que había paseado cuando estudiante sus zapatos rotos y su traje deslucido y remendado por todo Madrid, era ahora el más autorizado intérprete de la moda francesa.
El "pollo" Quirós, como le llamaban en el Casino, era el más acabado tipo del vividor elegante.
Aquella sociedad aristocrática que le mimaba dispensándole algunas consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerándolo como un ser insignificante por su posición poco desahogada; aquellos marquesitos que le consultaban mirábanle en ciertas ocasiones con la superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es empleado por comer; pero Quirós, a pesar de conocer el verdadero concepto que merecía a aquellas gentes, continuaba como siempre, y explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando raíces que aseguraban los avances que hacía, siempre en busca de fortuna.
Los cambios políticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por otro tan inepto como el anterior, aunque más hambriento, no conseguían atemorizar a Quirós, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto que ocupaba. Empleado por los moderados en el período álgido de la brutal dictadura de Narváez, y significado por sus exageradas muestras de adhesión al Gobierno, al subir al Poder la Unión Liberal esperaban todos sus compañeros que cayese sobre él la cesantía; pero ésto no llegó y en su lugar vino un ascenso.
Tenía amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le querían, los títulos más linajudos le daban su protección, y especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien había conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba haciéndose lenguas de su talento. El jesuíta había adivinado en él un hermano malogrado que de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.
—Me río yo de los cambios políticos—decía el joven vividor con aire de hombre confiado—. Yo estoy a prueba de cesantías, y mientras tenga tan buenos amigos me da lo mismo que mande O’Donnell o Narváez.
Quirós no contaba únicamente con sus cualidades de joven laborioso, amable y sencillo. Tenía otras que le hacían ser muy apreciado en la alta sociedad, especialmente por las señoras y los personajes serios.
Ante todo era un espíritu profundamente religioso. Era, según la feliz expresión del padre Claudio, un muchacho como ya no los había en este siglo de escepticismo y de incredulidad.
¡Con qué fervor hablaba Quirós en los bailes, entre un vals y un rigodón, de la santa religión católica, ante un grupo de viejas retocadas que rabiaban al tener que desempeñar el papel de beatas, ya que no podían hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y acento tan expresivo defendía a la religión aquel diplomático vividor, que hubo quien le comparó una vez al elocuente San Bernardo, ignorando, sin duda, que el fanático competidor de Pedro Abelardo no sostenía contiendas religiosas, después de haber disertado con brillantez en una mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones que debían llevarse en la pechera.
Donoso Cortés era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al cielo como víctima que pide misericordia, y tronando otras con acento apocalíptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la sociedad descreída que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del catolicismo, prediciendo un sinnúmero de catástrofes horripilantes si el mundo no se separaba de la senda de perdición a que le impulsaban las doctrinas republicanas y librepensadoras.
¡Qué talento tenía aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus aristocráticos compañeros de oficina, oyéndole perorar de este modo ante unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos, aunque ponían una cara compungida, propia de un devoto indignado, se reían en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular de Fornos, donde Quirós, dando besos y pellizcos a las convidadas que tenía más cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la religión, que él calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos marquesitos que pertenecían a familias muy cristianas y habían sido educados por los padres jesuítas.
—¡Valiente farsante!—decían admirados al oírle declamar a favor de la religión aquellos hijos de familia que en sus casas se veían precisados a proceder tan hipócritamente, aunque con menos talento.
Quirós no se contentaba con ser un predicador de salón, pues ansioso de ganar alguna notoriedad, escribía en el "Boletín de las Damas Católicas", un periódico que pasaba por órgano del padre Claudio y cuyos números figuraban en los tocadores de las señoras de la aristocracia, manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella publicación, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesuítas todas las personas de gran fortuna, Quirós publicaba artículos trascendentales sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante, tratando con un desdén olímpico a un joven catedrático casi desconocido que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos golpes al ultramontanismo fanático, explicando historia, y a un tal Pi y Margall que escribía libros sobre arte y ciencia canónica, que la autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase de combatir una invasión epidémica.
¡Qué cosas se le ocurrían al "pollo" cuando trataba con tan soberano desprecio a aquellos escritorzuelos impíos, y con qué desparpajo se burlaba de ellos!
Aquello era escribir, según la opinión del padre Felipe y todas sus antiguas penitentas, y no lo que hacían unos libelistas que el pueblo se empeñaba en aplaudir y que sólo sabían hablar mal de la Iglesia, fiel representante de Dios.
Quirós, sin perder en la alta sociedad su carácter de hombre elegante, que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica, consiguió fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a coronar su reputación una novela titulada: "¡Pobre Eulalia!", engendro lacrimoso y dulzón que, encuadernadito en color de rosa, salió de la imprenta para ser hojeado por blancas y aristocráticas manos, descansando sobre el mármol de los tocadores o en el fondo de perfumados costureros acolchados de raso. Fué aquello un éxito espantoso, una apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un púbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. ¡Cuánta pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocían sino de oídas la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movían como las figurillas de un teatro mecánico a voluntad del escritor. La protagonista, joven cándida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si sus diminutos pies tendrían a continuación carnales pantorrillas, pasaba las de Caín perseguida siempre por el traidor de la obra, un señor que, por añadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el lector, después de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba consolado y alegre, pues en el epílogo moría el monstruo y triunfaba la inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad, aunque en el mundo vemos lo contrario todos los días.
Los mismos periódicos que hablaban con fruición de la caridad y de las costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de la flamante producción de don Joaquín Quirós, "uno de los más decididos adalides de nuestra santa causa", y el joven consiguió un triunfo completo.
A los veintinueve años Quirós se acordaba algunas veces de la miseria que había sufrido en su niñez y de las privaciones terribles que para educarle se imponía su difunta madre, y al verse en la actualidad considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como necesario, y en todas como digno de aspirar a más altos destinos, reconocía que la suerte no le había sido esquiva y que aún podía prometerse mayores felicidades en el porvenir.
Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias asociaciones devotas. Era aquél el tiempo de las cofradías, pues la sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general O’Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, veíase obligado a ir en las procesiones de la cofradía de San Pascual, con el escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal hacía el jefe del Gobierno, inútil es decir el deseo de imitación de aquella sociedad aristocrática que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que privaban en Palacio.
Ser miembro importante de una cofradía aristocrática, de una de las asociaciones creadas con aparente fin benéfico por la incesante propaganda jesuítica, equivalía en aquella época a tener abiertas las puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado Quirós, que nunca se equivocaba al elegir el más rápido camino para hacer carrera, mostró gran empeño en tomar importante participación en aquella corriente religiosa y ofreció su servicio a cuantas fundaciones de tal género se iniciaron.
La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su protección se puso el aprovechado Quirós, prestándose a desempeñar el cargo de secretario en cuantas corporaciones fundaba doña Fernanda.
Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a conferenciar frecuentemente con doña Fernanda, y de aquí que visitase casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde llegó a ser casi tan considerado como el director espiritual de la baronesa.
Los criados encontraban a don Joaquín un señorito muy simpático, que tenía sonrisas y palabras amables hasta para el mas ínfimo servidor; doña Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su talento y su religiosidad, y Enriqueta era la única que lo miraba con cierta indiferencia, considerándolo sin duda como un ser superficial e insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las niñas más inocentes.
El conde de Baselga consideró, al principio, del mismo modo que su hija a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fué interesándose por él, y de una indiferencia despreciativa pasó a un afecto que poco a poco fué creciendo y dominándolo.
Era que la astucia de Quirós había adivinado el punto flaco de aquel carácter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y creencias.
El afecto de Baselga considerábalo de gran importancia para él, y de aquí que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.
Quirós comenzó por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba de política en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en honor de la rama legítima de los Borbones y del absolutismo, acompañados de maldiciones a Fernando VII, valíale fijas miradas del conde, que le escuchaba sin romper su obstinado silencio.
El era carlista y no tenía inconveniente en decirlo en todas partes, así como en asegurar que si servía al legítimo gobierno de Isabel II era porque ésta, en su concepto, no tardaría en ser iluminada por Dios con la luz de la verdad, lo que haría que ésta entregase la corona a sus parientes, que era a quienes pertenecía. Además, él estaba empleado en el Ministerio de Estado porque así lo exigían sus correligionarios, pues desde su puesto podría servir mejor a los intereses del partido.
Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de interés, lograron conmover al conde, que, faltando a sus hábitos de misantrópica reserva, comenzó a dispensarle cierta confianza.
Baselga, después de muchos años de aislamiento social, experimentaba la apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar una íntima relación.
Renacía el hombre en él, con todos sus naturales necesidades, y sus aficiones al estudio, así como el aventurado plan que hervía en su cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en quien depositar sus locas ilusiones.
Quirós fué el primero que se acercó a él, y de aquí que le concediese toda su confianza.
El joven diplomático conquistó de tal modo el afecto de Baselga, que éste no tardó en considerar como necesaria su amistad, haciéndole partícipe de todos sus secretos.
Al principio el conde se limitó a relatarle sus estudios, complaciéndose en enseñarle, con la misma pasión del avaro al mostrar sus tesoros, la preciosa biblioteca militar que había logrado reunir; pero cuando el joven fué penetrando en su intimidad y se dedicó a visitar diariamente su gabinete de trabajo, le fué imposible a Baselga ocultar el plan grandioso a que dedicaba su existencia, y en un momento de abandono relató a Quirós su soñada conquista de Gibraltar.
El joven tenía gran dominio sobre sí mismo y sabía ocultar hábilmente sus impresiones; pero a pesar de esto, cuando el conde, con una calma olímpica, le fué explicando su plan, le faltó muy poco para exclamar:
—¡Este hombre está loco!
Algún oculto propósito debía tener Quirós acerca del conde, por cuanto halagó tan locas ilusiones, incitándole a perseverar en el descabellado plan. Este era el medio más seguro para conquistar por completo su confianza.
Quirós aceptó con entusiasmo las ideas del conde, y fingiendo con aquella habilidad de farsante que tan irresistible le hacía, un amor sin límites a la patria, juró que ayudaría a su viejo amigo en tan santa empresa.
Desde entonces Baselga tuvo en el joven un auxiliar apreciable, al que dió bastante trabajo, pues por un capricho propio del que se encariña en una idea y quiere poseerla por completo, le hizo sacar copia de cuantos datos existían en el archivo de Estado acerca de la cesión de Gibraltar a los ingleses.
De este modo tuvo el conde un amigo íntimo, y Joaquinito Quirós fué en casa de Baselga un personaje considerado por todos casi como miembro de la familia.
XVI
El padre Claudio en campaña.
Cuando menos lo esperaban los habitantes del palacio de Baselga, que vivían en una paz octaviana desde la partida de doña Fernanda, llegó un telegrama anunciando la próxima llegada de ésta, y a la mañana siguiente la baronesa, seguida de su doncella y llevando al lado al padre Felipe, que había ido a esperarla a la estación, hizo su entrada triunfal en el edificio, solemnizando su llegada con destempladas riñas al portero y a la restante servidumbre por su torpeza al subir las maletas y los innumerables paquetes que formaban su equipaje.
—Ya tenemos el diablo en casa—murmuró Tomasa, que perdió repentinamente su animación al ver el avinagrado gesto de la baronesa.
Aquella inesperada aparición preocupaba al ama de llaves, que con cierto fundamento esperaba que el viaje de doña Fernanda duraría algunos meses más. Su mirada escudriñadora fijábase con insistencia en la persona de la baronesa buscando en ella las huellas de una dolencia. Tenía el rostro muy pálido y su rubicundez se habia extinguido; pero el vientre que Tomasa miraba con descaro no presentaba ninguna señal denunciadora. ¡Y aquel viaje sólo había durado tres meses! ¿Se había engañado la doncella de doña Fernanda, y por su afán de inventar chismes habría atribuído a su señora aquel embarazo que ahora resultaba falso?
No era el ama de llaves mujer capaz de esperar pacientemente la resolución de sus dudas, así es que al ver cómo la doncella llevaba su equipaje a su cuarto, fué tras ella y sin preámbulos le preguntó lo que deseaba saber.
—Calle usted, señora Tomasa, que bastante hemos pasado. Los padres a quien fué recomendada la baronesa eran unos jesuítas franceses muy finos y alegres, que se interesaron por nosotros y tomaron a pechos el sacar a la señora de apuros. Yo escuché tras una puerta cómo un padre ya viejo y con aire de experimentado, le preguntaba un día qué prefería: tener un hijo a su tiempo y sin graves complicaciones, o buscar un aborto que suprimiese aquella criatura, viviente testimonio de su falta y que algún día la podía comprometer a los ojos de la sociedad. Ya sabe usted quién es esa mujer y su alma atravesada, que le permite no temblar ante los mayores peligros. Aceptó la última proposición, ganosa de salir del paso cuanto antes, aunque esto le costase la vida, y yo no sé qué diablos le darían aquellos padres tan listos, que a las pocas noches la baronesa púsose a morir, pero arrojó de su cuerpo el regalo del padre Felipe. El mes que yo he pasado cuidando a la señora, que estaba entre la vida y la muerte, no se le doy a pasar a nadie; pero, al fin, se ha puesto buena y algo me han valido mis penalidades, así como mi reserva.
Y al decir esto, sonreía irónicamente la charlatana doncella.
—Ahora—exclamó con acento cruel el ama de llaves—, otra vez a empezar, volviendo a las conferencias a puerta cerrada. Esa perra es insaciable y no escarmienta. ¿No la has visto llegar tan amartelada con el padrazo Felipe?
—Le telegrafió ayer ordenándole que saliese a la estación, y ese cura alegre parece estar enamorado de la señora a juzgar por la sumisión con que la obedece.
—¡Valiente hermosura la de tu señora para enamorar a nadie!
Si la llegada de la baronesa había puesto de mal humor a Tomasa, no era menor la impresión que hizo experimentar a Enriqueta, que recibió a su hermanastra con la misma sonrisa forzada y violenta del esclavo que tras una larga ausencia vuelve a encontrar a un amo cruel.
Ella sabía lo que representaba en su vida aquel inesperado regreso de doña Fernanda, ¡Adiós los días tranquilos pasados en la casa paterna en adorable libertad, sin temor de oír la agria voz de su hermanastra, ni de obedecer sus tiránicas órdenes! ¡Adiós los alegres paseos por el Retiro apoyada en el brazo de Alvarez, y las interminables conversaciones amorosas! La educación férrea y monótona de una joven a quien se intenta dedicar a Dios, aparecía otra vez a los ojos de Enriqueta destacándose en un negro porvenir.
Desde el día en que llegó la baronesa volvió a restablecerse en aquella casa el antiguo sistema de vida. El padre Felipe hizo invariablemente su visita por la tarde; otros jesuítas, por pura cortesía, fueron una vez por semana a hacer tertulia a la baronesa, hablando de la maldad de los tiempos y de la necesidad de establecer el reinado de Dios; el padre Claudio apareció de tarde en tarde, siendo recibido con tantos honores como un soberano; Quirós continuó sus conferencias con Baselga acerca del famoso plan, y con la baronesa sobre administración de cofradías y fundación de otras nuevas, y Enriqueta fué otra vez la sierva de su hermanastra, la víctima propiciatoria de todos sus enfados, la “Cenicienta” de la casa, que pasaba como un ser insignificante, pronta siempre a temblar y a obedecer resignada todos los mandatos de aquello mujer que manejaba a su gusto su voluntad.
—Esa muchacha—decía siempre doña Fernanda al hablar con sus amigos, con la misma complacencia que el artista al tratar de la obra que ha modelado—carece en absoluto de libertad, y sin mis consejos y sin mi dirección no sé qué sería de ella en el mundo. La pobrecita no sirve para vivir en sociedad, y el día más feliz de su vida será aquel en que haga sus votos en el convento. Dios la llama y ella es feliz al pensar que Cristo la quiere por esposa.
En aquella tertulia de sotanas y levitas de corte clerical que todas las tardes se reunía en el salón de la baronesa, era artículo de fe que Enriqueta tenía una vocación sobrehumana a la vida religiosa, y la mayor parte de aquellos señores creían proporcionar a la joven un inmenso placer llamándola "la monjita", cuando por rara casualidad la encontraban en las habitaciones de su hermanastra.
La vocación de la joven fué un asunto que requirió toda la atención de la baronesa poco tiempo después de su regreso a Madrid.
Una mañana, cuando ella menos lo esperaba, se presentó el padre Claudio, que muy contra su voluntad engordaba de un modo vulgar, perdiendo en gallardía lo que ganaba en majestad.
Cada una de aquellas visitas llenaba de satisfacción a la baronesa, que conocía mejor que muchos individuos de la Orden el inmenso poder que aquel clérigo tenía en sus manos, y que manejado ocultamente, minaba todas las clases de la sociedad.
—¡Oh! ¡Cuánto honor para mí, reverendo padre!—contestó Fernanda, rubicunda por la satisfacción—. Hace tiempo que no venía vuestra reverencia y temía el rogarle que pasase algún rato por aquí por miedo a turbarle en sus importantes ocupaciones.
El padre Claudio dió a besar su blanca y regordeta mano de obispo y contestó con amables sonrisas a todos los cumplidos que la baronesa le dirigía.
Cierto que por él no pasaban los años, pues, aunque aquella pícara obesidad le sofocaba, sentíase más fuerte que nunca; y al decir esto lanzaba miradas relampagueantes y extendía impetuosamente sus brazos como si quisiera atemorizar a algún misterioso enemigo con el que venía luchando por espacio de muchos años.
El padre Claudio estaba muy preocupado hacía algún tiempo por una idea que le obsesionaba. Aquel hombre que ocultamente desde el fondo de su despacho manejaba casi toda la nación, que intervenía en los asuntos palaciegos y que en varias ocasiones había logrado con sus manejos derribar unos ministerios y elevar otros, juzgábase postergado y la envidia y la ambición le hacían mirar como mezquina la posición que ocupaba dentro de la Orden.
Aquel cargo de asistente o vicario de la poderosa Compañía en España desempeñábalo desde su juventud y no podía menos de irritarse al ver que no lograba continuar la carrera de grandezas que tan fácil le había sido en sus primeros años de jesuíta.
A la edad en que muchos compañeros se contentaban con ser coadjutores, él dirigía los intereses de la Orden en España como dueño absoluto y sin tener que dar cuenta de su conducta a otro padre que al general que estaba en Roma. Algunos negocios afortunados, que dieron gran utilidad a la Compañía y que él llevó a cabo con una astucia y una sangre fría sorprendente, le habían valido una gran reputación en la Orden y el ser elevado a una dignidad que nunca habían desempeñado jesuítas de tan pocos años.
Tan rápida elevación había amortiguado en el padre Claudio su ambición inextinguible y transcurrieron muchos años sin que se le ocurriera al satisfecho jesuíta quejarse de su suerte; pero cuando fué entrando en la vejez, cuando por su edad veía ya sobradamente justificado el cargo que ejercía, quiso ser más y escalar el último puesto que quedaba dentro de la Orden.
Un vicario general de España únicamente podía aspirar a la dirección suprema de la Compañía en todo el mundo, y el padre Claudio quiso ser general de aquel negro ejército que tenía su núcleo en Roma y sus avanzadas en todas partes.
Sabía el importante jesuíta que debía ocultar sus miradas ambiciosas cuidadosamente, pues el hombre que desde Roma los dirigía a todos era un Argos de cien ojos, que mediante su misterioso poder, desde las cercanías del Vaticano, adivinaba los pensamientos del último jesuíta establecido en el Japón o en las más apartadas islas de Oceanía. Una indiscreción podía perderle, pues así como el generalato de la Orden era vitalicio y nadie podía destituir al general, una vez elegido, las asistencias o direcciones de las naciones a las cuales el lenguaje jesuítico, con su tendencia de unificación universal, llamaba provincias, eran puramente de gracia, y el poder supremo de la Orden podía destituirlo a él del vicariato de España apenas notara el más leve indicio de ambición o de intriga.
El general había tratado siempre con gran benevolencia al padre Claudio, haciendo justicia a sus facultades de dulce tirano y hábil intrigante, y, sobre todo, a aquella indiferencia en punto a procedimientos que hacía recordar a los Borgias cuando, en el entusiasmo del brindis orgiástico, deslizaban el veneno en la copa del vecino o, sonriendo como ángeles, daban de puñaladas. Nunca el general había demostrado intención de relevar al padre Claudio de su alto cargo, lo que no impedía que el vicario de España, cuando comenzó a sentir cómo se removía su dormida ambición, pensase en la conveniencia de hacer algo desde Madrid para que aquel viejo que estaba en Roma saliese del mundo de un modo más o menos trágico, dejando su puesto vacante a otro más joven, que podía ser él mismo.
Pero el padre Claudio sólo optaba por los procedimientos violentos en caso apurado, pues prefería aquellos otros nacidos de su astucia y que él preparaba hasta en sus últimos detalles con el exquisito gusto de un gran artista del mal.
El sabía algo de otros generales que habían sido envenenados por sus subordinados o expuestos al público envueltos en una sotana nueva para ocultar las puñaladas con que el cadáver tenía rasgado el pecho; pero todos estos medios le parecían propios de tiempos bárbaros; sentía una repugnancia de damisela al pensar en la sangre, y con aire de superioridad, sonreía considerando que era más fácil y seguro esperar pacientemente, teniéndolo todo preparado para lograr su deseo apenas el actual general, que tenía más de ochenta años, dejase de vivir.
El fallecimiento del general era cosa segura en plazo no muy largo, y el gallardo jesuíta pensaba dar antes un golpe que le proporcionara inmenso renombre en la Orden y que le facilitara su elección en Roma.
Un negocio afortunado que hiciera ingresar en las arcas de la Compañía muchos millones era el golpe que él necesitaba para preparar su elección de general, y por esto se acordó de la fortuna de los hijos de Baselga, que tanto había perseguido la avaricia jesuítica.
Lo que el padre Fabián Renard no había podido lograr, él lo conquistaría, consolidando de este modo su fama de hombre astuto e invencible en punto a procurar buenos negocios a la Orden.
Ya sabemos el sistema que el reverendo padre se proponía usar para ir despojando a los hijos de Baselga. Aquellos dos jóvenes, sobre los que tenía puestos sus ojos la Compañía, abrazarían el estado religioso y harían una donación de sus bienes a la Orden, que, correspondiendo a tal merced, los tendría toda la vida alejados del mundo y encerrados en un claustro donde podrían ganar el cielo.
Agitado por tales ideas hizo el padre Claudio su visita a la baronesa.
Era preciso acelerar el negocio y hacer que cuanto antes entrase Enriqueta en un convento.
No era el gallardo jesuíta amigo de preámbulos ni de artificiosos rodeos cuando hablaba con amigas tan íntimas y subordinadas fieles como lo era la baronesa de Carrillo, así es que inmediatamente abordó la cuestión.
Enriqueta tenía ya edad para entrar en un convento y aficionarse verdaderamente a las dulzuras de la vida monástica, preparándose a prestar sus votos. ¿Qué ganaba permaneciendo en aquella casa a la cual, aunque muy santa y muy cristiana, llegaban las murmuraciones del mundo? Enriqueta, permaneciendo como hasta aquel momento en continua relación con la servidumbre, corría el peligro de saber cosas que destruyeran su infantil inocencia; y tales aspavientos hacía el jesuíta al decir esto, de tal modo se horrorizaba aparentemente al pensar en la posibilidad de que alguna palabra indirecta se deslizase en sus virginales oídos, que no parecía sino que la casa de su padre era un lugar de perdición para la joven.
Doña Fernanda, como era su costumbre, siempre que oía al poderoso padre Claudio, asentía a todo y se mostraba dispuesta a obedecer sus órdenes.
—Ya lo sabe vuestra paternidad; yo soy su sierva espiritual, su humilde penitente, y estoy dispuesta a cumplir cuanto se sirva mandarme. Realmente esa niña no está muy bien aquí, pues aunque todas las personas que visitan la casa son buenas cristianas, el mundo se halla tan pervertido, que es fácil que se deslicen hasta aquí palabras y ejemplos que perturben a una joven prometida del Señor.
Y la amiga del padre Felipe, que a fuerza de rozarse con los jesuítas se había asimilado mucho de su meliflua elocuencia, aprovechó la ocasión para disertar ante su superior sobre la corrupción de la sociedad por sus tendencias impías, asegurando que la virtud estaba desterrada, ocultándose únicamente en las personas piadosas; ella, por ejemplo.
Los dos compadres en Cristo no tardaron en entenderse y quedaron perfectamente convenidos en lo que debían hacer.
Enriqueta entraría cuanto antes en un convento que designaba el padre Claudio, pero primeramente había que lograr el permiso de su padre el conde de Baselga, cosa que no creía tan fácil el director espiritual ni su penitente.
—Yo, reverendo padre, le anticipo con harto dolor mío que nada conseguiré. Mi padre me aborrece, esto bien lo sabe su paternidad, y yo sospecho el porqué, y, por tanto, no esta demanda, sino otra que le hiciera, me la negaría seguramente. Ya recordará vuestra reverencia que rotundamente me dijo que no el día que yo le indiqué la conveniencia de que Enriqueta fuese a educarse en el convento. Donde usted le ve, a pesar de sus alardes de religiosidad, yo creo que es todo un impío, y más ahora, que se ha dado de lleno a los libros.
—¡Ah! ¡Los libros!... ¡Mala cosa es eso!
Y el jesuíta decía esto con acento de distracción, al mismo tiempo que con la cabeza inclinada parecía reflexionar profundamente.
—Será mejor, amiga mía—dijo después de un larga silencio—, que yo hable al conde. Efectivamente, él no hace gran caso de la hija de su primer matrimonio y de seguro que le producirán más efecto mis palabras. Sin embargo, tratándose de un hombre como él, este asunto no debe llevarse precipitadamente. Conozco su carácter y sé que es preciso explorar primeramente sus intenciones e ir poco a poco convenciéndole de la conveniencia de dedicar a Enriqueta a la vida monástica, sobre todo si la vocación de la niña es segura.
—¡Oh! En cuanto a eso no hay cuidado. La vocación es segurísima. Enriqueta no hace nada más que lo que yo la mando.
La baronesa hablaba de las aficiones religiosas de su hermanastra con completa seguridad, aunque nunca había logrado de ella una contestación categórica, ni se había tomado el trabajo de consultarla sobre aquel porvenir que la preparaba... ¿Para qué? Ella, la señora de aquella voluntad, tenía el poder de atemorizarla con una mirada o con un gesto, y creía ridículo detenerse a inquirir lo que pensaba aquel ser que había educado para una vida automática.
Desde aquella conferencia y después de haber combinado su plan el jesuíta y la baronesa, Baselga comenzó a sufrir un asedio del que tardó en darse cuenta.
Doña Fernanda, en la mesa o en las cortas entrevistas que ella buscaba, y de las que el conde procuraba zafarse cuanto antes, mostraba empeño en hablar del porvenir de Enriqueta en términos vagos para que su padre mostrara claramente sus propósitos, pero Baselga oía silencioso y distraído, no escapándosele nunca una palabra que demostrase su pensamiento.
En cuanto al padre Claudio, visitaba la casa con tanta asiduidad como en pasados tiempos, honor que ensalzaba la baronesa en su reunión, y del que se hacían lenguas sus contertulios, que sabían las múltiples ocupaciones que pesaban sobre el vicario de la Orden en España.
Todas las tardes iba el jesuíta a fumar algunos cigarrillos en el gabinete de estudio de Baselga, el cual, no considerando las cosas como su hija mayor, tomó al principio esta distinción por una solicitud fastidiosa que le distraía en sus ocupaciones.
Para colmar su aburrimiento, el amigo Quirós, con el que hablaba todas las tardes de su gran plan de conquista, depositando en él todas sus esperanzas y risueños optimismos, desde que el padre Claudio se dedicó a hacerle cotidianas visitas, dejó de acudir con tanta regularidad pretextando ciertos asuntos que tenía que despachar con urgencia en el ministerio, y el conde hubo de resignarse a permanecer horas y más horas con aquel sacerdote que nunca tenía prisa en irse, y que, siempre sonriendo, le molía a preguntas.
Pero era en todas ocasiones tan amable aquel padre Claudio, oía con tanta atención sus explicaciones sobre lo que estudiaba en los tratadistas militares, manifestaba tal entusiasmo por Malbourough, Montecucoli, Jomini y otros señores que a cada instante barajaba el conde en su conversación, que, al fin, éste comenzó a adquirir alguna confianza y recibir con más gusto las visitas del jesuíta.
Al fin, era un buen compañero, y en ausencia de Quirós, el conde experimentaba gran placer teniendo un compañero con quien hablar de su manía favorita.
Era un cura aquel oyente de aventuradas empresas militares; su ministerio, sus estudios y sus costumbres no le hacían muy adecuado para aquella clase de conferencias; pero... ¡qué diablo!, escuchaba con gran atención, y, además, Baselga adivinaba en el padre Claudio—como en otros tiempos—que había en su persona algo de caudillo, aunque de fuerzas menos ruidosas y francas que las del ejército, y en todos sus actos se traslucía la costumbre de mandar con ademanes imperiosos que no admiten réplica.
La confianza entre el conde y el jesuíta fué estrechándose rápidamente. Aquella frialdad con que Baselga había tratado al padre Claudio a raíz de su llegada de Francia, fué desvaneciéndose, y aunque el conde no volvió a ser como en su juventud, el admirador sumiso e irreflexivo del astuto jesuíta, le dispensó cada vez mayores atenciones, y llegó en sus conversaciones apasionadas hasta olvidarse de quién era aquel hombre y de las amenazas viles que usó para conservarlo esclavo de la Compañía.