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La araña negra, t. 3/9 cover

La araña negra, t. 3/9

Chapter 19: XVII
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About This Book

La novela sigue la vida de Esteban Álvarez desde la infancia en un pueblo marcado por la guerra hasta su ingreso en la Academia Militar; hijo de un coronel y de una madre resuelta, desarrolla carácter enérgico y vocación castrense. Mediante episodios de formación, choques con compañeros, recuerdos de campañas y vínculos familiares se abordan la disciplina militar, el honor y las ambiciones personales en el contexto político del siglo XIX en España, mostrando cómo la violencia y la lealtad modelan decisiones y destinos.

El padre Claudio, en aquellas conferencias, con un disimulo que hacía honor a la astuta institución a que pertenecía, llevaba siempre la conversación a un mismo punto, que era invariablemente las desdichas de la patria, lo grande que ésta había sido en otros tiempos y la necesidad de volver por la integridad del territorio, reconquistando los puntos que los extranjeros nos habían arrebatado.

Un hombre más experto y observador que Baselga hubiera adivinado en su interlocutor el deseo de excitar las confianzas sobre un asunto determinado que conocía con anterioridad; pero el conde estaba muy preocupado con sus planes y los acariciaba con sobrado entusiasmo para fijarse en tales detalles.

Por fin, un día, en un rato de excitación patriótica, Baselga hizo traición a la reserva que se había prometido y relató al padre Claudio su plan sobre Gibraltar con todos sus detalles.

El jesuíta sonreía casi imperceptiblemente. Al fin lograba aquella confianza solicitada de tan diversos modos.

¡Cómo pintar el entusiasmo patriótico del padre Claudio! Primero quedóse perplejo, mostrando admiración y duda como si su inteligencia no alcanzase a comprender un plan tan colosal; después, su rostro se animó como a impulsos de excitación inmensa, y, por fin, abrazó al conde con nervioso impulso, diciendo, con acento entrecortado por la emoción, que Dios y la patria sabrían agradecer una empresa tan sublime.

Baselga se enterneció ante aquel arranque de entusiasmo patriótico, y llevado de un risueño optimismo, se dijo interiormente que aquel jesuíta era una buena persona, que si cometía alguna mala acción era indudablemente por exigencias de la Orden.

Desde que el conde hizo tales revelaciones no tuvo quien más atentamente se interesase por la realización de tal plan.

Todas las tardes iba, según su costumbre, a visitar a Baselga y se enteraba minuciosamente de sus propósitos, mostrando una admiración sin límites cada vez que su amigo le hacía una nueva confianza.

—¡Oh! Esto halaga—se decía el conde al quedar solo—. Esto da nuevas fuerzas para seguir adelante. ¡Si todos fuesen tan buenos españoles como el padre Claudio! Después dicen que los jesuítas no tienen patria ni se interesan por otra nación que Roma.

Por su parte, el reverendo padre aumentaba el entusiasmo de su amigo, prometiendo hacer cuanto pudiese en favor del plan. El no sabía los servicios que podría prestar, pero tenía amigos en todas partes, y, ¿quién sabe si en Gibraltar encontraría alguien que quisiera entrar en la patriótica aventura?

Transcurrieron algunos días sin que los dos amigos hablasen de otros asuntos que la atrevida reconquista del Peñón. Quirós, siempre excusándose con sus trabajos en el ministerio, iba ya pocas veces al despacho de Baselga; pero éste se mostraba tan entusiasmado y satisfecho del padre Claudio, que consideraba ya al joven diplomático como lo que era realmente. Ya no veía en él un joven serio e ilustrado, sino un pollo insubstancial e intrigante, que a lo más le servía para sacar cuantas noticias deseara del ministerio de Estado.

El jesuíta tenía por su parte un plan marcado que iba desarrollando lentamente, y cuando creyó poseer la confianza de Baselga, abordó una tarde resueltamente el asunto.

—Supongamos, señor conde, que yo, como así lo espero, proporcione los elementos necesarios para la empresa, y encuentro gente dispuesta a dar el golpe sobre Gibraltar. ¿Quién se encargará de ponerse al frente de los que se apoderen de la plaza?

Baselga mostró en su rostro la misma extrañeza que si oyera a alguien dudar de su valor.

—¡Quién ha de ser! ¡Yo!—dijo con sencillez heroica.

—¿Y ha pensado usted bien las consecuencias que pudiera traerle un fracaso? ¿Ha considerado que en la aventura puede perder la cabeza? Las autoridades inglesas son inexorables con el que quiere arrebatarles algo de lo que poseen, y lo menos que con usted harían, si fracasa el golpe, sería ahorcarlo.

—Nada me importa eso—contestó el conde con frialdad—. He expuesto mi vida muchas veces, para que pueda sentir temor ante tales peligros. Yo iré al frente de los buenos españoles que intenten devolver Gibraltar a España, y si es que la suerte nos es adversa, ¿qué fin puedo ambicionar más glorioso que morir por mi patria, aunque sea de un modo infamante?

—Muy bien, amigo mío. Sigue usted siendo un héroe y la edad no ha amortiguado sus bríos. Pero es preciso que antes de acometer tan santa empresa, que tal vez le conduzca al martirio, piense usted en asegurar el porvenir de sus hijos.

—¡Mis hijos! Gracias a Dios no tengo que pensar en ellos. Son ricos y su porvenir está asegurado. Además, dentro de pocos años tendrán ya edad para casarse y constituir familia.

—Pero entretanto, señor conde, reconozca usted que si por desgracia pierde la vida en esa empresa que vamos a realizar cuanto antes, la situación de esos dos jóvenes solos en el mundo, pues apenas si tienen familia, será apuradísima.

—Tienen a mi hija Fernanda, que por su edad y su experiencia, puede servirles de madre.

—No basta eso.

—¿Pues qué quiere usted decir?

—De Ricardo nada. Al fin pertenece a nuestro sexo y para un hombre no es tan ruda la lucha que ha de sostener en la sociedad para mantenerse a cierta altura. Pero piense usted en Enriqueta. ¿Qué sería de ella al quedar huérfana?

—Sentiría mucho la muerte de su padre, mas no por esto quedaría desamparada. Tiene a mi hija Fernanda, y además, una joven rica como lo es ella, siempre encontraría entre mis parientes de la nobleza quien velara por ella. Esto sin contar que ya no es una niña, y que dentro de pocos años estará ya en estado para casarse con quien ella elija, siempre que sea un hombre perteneciente a su clase.

—Veo, señor conde, que no quiere usted atender a lo yo le propongo y que se forja ilusiones para no contemplar la realidad. Yo hablo del presente y del peligro que a causa del heroísmo de su carácter, corre su hija de quedarse huérfana.

—¿Y qué quiere usted proponerme?

—Yo—dijo el padre Claudio preparándose a dar el golpe y revistiendo sus palabras de la mayor sencillez—pensaba poner a Enriqueta a salvo de todo infortunio y hacer que antes de que usted partiera para Gibraltar su hija quedase en un puesto de confianza donde se ocupasen de su educación, por cierto algo descuidada, pues la baronesa, ocupada en las empresas benéficas, a las que le arrastra su religiosidad, no puede pensar en la cultura de su hermana.

—Concrete más su proposición, padre Claudio—dijo Baselga con fría entonación.

—Pues bien; le propongo, haciéndome en esto intérprete de los deseos de la baronesa, que Enriqueta vaya a educarse en un convento de nuestra confianza.

El conde no era ya el mismo de momentos antes. El entusiasmo y la confianza que mostraba al jesuíta hablándole de empresas militares había desaparecido, y ahora escuchaba al visitante con fría reserva, lanzándole de vez en cuando una mirada escudriñadora que pugnaba por atravesar aquella astuta máscara, adivinando lo que existía tras la dulce sonrisa jesuítica.

Cuando el padre Claudio formuló su proposición, Baselga le miró fijamente y contestó con lentitud:

—Mi hija no será monja mientras yo viva.

—Ha comprendido usted mal—replicó con viveza el jesuíta—. Lo que yo propongo no es que Enriqueta se dedique a la vida monástica abandonando su familia; conozco bien el inmenso cariño que usted la profesa y sé que no es posible que consienta usted el separarse de ella para siempre. Lo que yo propongo es que Enriqueta ingrese en un convento donde se educan otras señoritas aristocráticas para permanecer allí segura mientras usted lleva a cabo esa obra sublime, tan meritoria a los ojos de la patria y a los de Dios.

—Lo que usted me propone es que mi hija entre en un convento como simple educanda para convertirse después en monja profesa y no salir jamás de él.

—¡Señor conde! Me ofende esa suposición.

—Padre Claudio, ya sabe usted que nos conocemos y que hay entre los dos asuntos suficientemente graves para que no nos consideremos como unos extraños. Sé a dónde van a parar tales proposiciones, pues aunque no soy muy listo, adivino muchas veces lo que piensan las personas que me rodean.

—¿Qué quiere usted suponer?

—Aún no se ha borrado de mi memoria el recuerdo de esa mujer tan amada.

Y al decir esto señalaba el conde a un hermoso retrato de María Avellaneda, única pintura que con sus tonos brillantes alegraba las sombrías paredes del despacho y los tintes obscuros de los estantes cargados de libros. El padre Claudio afectaba no comprender a Baselga.

—Esa infeliz—continuó éste—también encontró en París quien mostró empeño en meterla en un convento. ¡Parece esto la fatalidad que pesa sobre la familia Avellaneda!

Y a continuación añadió, sonriendo sarcásticamente:

—Muchas veces es una desgracia tener millones.

El padre Claudio se estremeció internamente. Aquel hombre, que él creía un monomaníaco sometido por completo a su voluntad, sabía adivinar los pensamientos de su interlocutor.

—Señor conde: me ofenden esas palabras, que no sé si creer injuriosas para mí y para la Compañía, pero aunque así sean, las perdono.

Reinó un largo silencio, que interrumpió al fin el jesuíta diciendo:

—Siento mucho que mi proposición le haya producido alguna molestia. Crea que yo siempre procedo guiado por mi afán de dar almas al cielo y de que no se turbe la paz de las familias.

—Gracias por el interés, padre Claudio; pero Enriqueta no necesita que se preocupe de su suerte otro que su padre.

El jesuíta quedó en silencio breves instantes, reflexionando, sin duda, sobre lo que acababa de oír, y después dijo con severo acento:

—Un padre cariñoso debe ante todo procurar la felicidad de su hija.

El conde movió la cabeza en señal de asentimiento y añadió:

—Eso no tiene duda.

—Y la felicidad de los hijos consiste indudablemente en que los padres no violenten su voluntad ni se opongan a sus deseos, siempre que éstos tengan un noble y santo fin.

—Todo eso lo sé hace ya mucho tiempo.

—Lo sabrá usted, señor conde; pero permítame que le manifieste que usted se está oponiendo a una sagrada aspiración de su hija.

—¿Una aspiración de mi hija?—preguntó con extrañeza Baselga.

—Sí, señor conde. Enriqueta quiere ir al convento.

—Es la primera noticia que tengo—respondió Baselga con desdeñosa frialdad.

—No lo dude usted, y si quiere convencerse de ello, pregúntelo a la baronesa, que por haber educado a su hermana es la que conoce mejor su vocación. Enriqueta quiere ser monja.

—Ya va saliendo lo que esperaba. Usted mismo viene a justificar mi negativa a que Enriqueta entrase en un convento para perfeccionar su educación. Lo que yo he dicho antes: primero, colegiala, y después, monja. No está mal urdido el plan.

—Señor conde; hace usted mal en burlarse de ese modo y más aún en oponerse a que su hija siga las inspiraciones de Dios. Yo no digo que Enriqueta quiera efectivamente ser monja, pues a su edad la vocación es poco sólida; pero lo que sí aseguro es que quiere salir de aquí, pues se siente atraída por los místicos, encantos del claustro.

—¿Está usted seguro? ¿Ha consultado directamente la vocación de mi hija?

—Sé cómo piensa por las relaciones de la baronesa, que es "la única persona que se preocupa de Enriqueta".

—Comprendo la intención con que acentúa usted tales palabras. Algo hay, en efecto, que me hace merecedor de tal censura. Mi dolor interno por la muerte de mi esposa, mi odio a la sociedad, y después mis aficiones, me han tenido alejado de mi hija, me han hecho ser mal padre, y he mirado con una indiferencia culpable todo lo que con ella se relacionaba; pero yo le aseguro a usted que esto no volverá a repetirse ni mereceré en adelante que se me tache de descuidado con mis hijos. Acabo de ver las consecuencias de mi indiferencia y sé el peligro que corre Enriqueta, de seguir más tiempo confiada a la dirección de su hermana. Quiero que en mi casa no mande otro que yo, y desde mañana voy a ocuparme de mi hija y así sabré la verdad.

—¿La verdad?...—preguntó con extrañeza el padre Claudio.

—Sí; la verdad. De seguro que cuando yo hable a mi hija no manifestará ésta tanta afición a la vida del claustro. Yo, padre Claudio, soy de los que creen que ninguna joven tiene gusto de que la entierren en vida, alejándola para siempre del mundo, y del mismo modo creo que si algunas infelices huyen de la sociedad y se encierran en esas casas es por contrariedades sufridas, que, aunque fáciles de reparar, son convenientemente exageradas por gentes sin corazón, que muestran empeño en robar a la nación futuras madres que podrían hacer la felicidad de otras tantas familias y dar a la patria hijos que la honrasen y la defendiesen.

El jesuíta puso en juego todo su mímico arsenal de gestos trágicos para demostrar su escándalo y su indignación, y dijo con voz balbuciente:

—¡Pero señor conde! ¿Qué dice usted? ¡Tratar de ese modo a las instituciones monásticas y a las esposas del Señor! Esas ideas son impropias de un buen católico como todos le creen a usted, y únicamente estarían en su sitio en labios de uno de esos terribles revolucionarios que hoy combaten al Trono y a la Iglesia. ¿Acaso usted no cree en la verdad de las vocaciones religiosas? ¿Duda usted de que hay criaturas privilegiadas a las cuales llama Dios para hacerlas sus místicas esposas?

—No quiero discutir, padre Claudio. Soy católico y partidario de la Monarquía, y esto lo tengo bien probado; pero mis ideas las tengo muy arraigadas y ni usted ni toda la Compañía de Jesús en masa conseguirían que me retractase de esto que digo. Toda la vida he tenido por un absurdo que a una joven que apenas si conoce el mundo y que no se ha separado un momento de sus padres, se la encierre en un convento con el pretexto de querer librarse de los males de una sociedad que ni aun de nombre conoce. Comprendo que un hombre cansado de luchar con sus semejantes y fastidiado de las mentiras sociales, huya del trato con los humanos, y se refugie como eremita en un desierto por faltarle el valor para seguir luchando contra el mundo; pero encerrar en una tumba mística a una joven que conserva puras e intactas sus ilusiones y que empieza a vivir, es un crimen, entiéndalo usted bien, reverendo padre, es un asesinato moral del que Dios no puede menos que pedir estrecha cuenta.

El conde hablaba con acento indignado y en sus ademanes nerviosos adivinábase que estaba sintiendo aquello que decía.

El jesuíta conocía perfectamente el carácter de Baselga y sabía que en tales instantes discutir ideas en él tan arraigadas equivalía a comprometerse en una discusión acalorada e iracunda que fácilmente podía tener como final el arrojarse a la cabeza, como postreros argumentos, los libros del despacho y aun los muebles.

—¿De manera—se limitó a decir el sacerdote—que se niega usted a acceder a los deseos de su hija?

—Sí; me niego y me negaré siempre. Usted, como sacerdote, cumpla su obligación trabajando para arrebatar una mujer más a la sociedad y hacerla entrar en la vida mística; yo como padre cumplo mi deber oponiéndome a que mi hija sea infeliz alejándose para siempre, en la edad de la inexperiencia, de un mundo en que sufrirá muchas tristezas, pero no por esto dejará de encontrar mayores alegrías. Dios crió a la mujer para que el mundo no se extinguiera, y con ella estableció la base de la familia. Evitar que la mujer sea madre es ir contra Dios. ¡No olvide usted esto, padre Claudio!

El jesuíta fué a contestar a estas últimas palabras, pero se detuvo, y como si una idea favorable acabase de surgir en su cerebro, púsose a reflexionar mientras Baselga le contemplaba con desdeñosa superioridad.

El hombre que por tanto tiempo se había considerado como esclavo sumiso de aquel jesuíta que le mandaba con aire sonriente, aunque con despótica autoridad, enorgullecíase ahora al ver cómo su tirano quedaba vencido momentáneamente.

Parecía que el padre Claudio iba a disparar su último tiro contra aquella voluntad rebelde, pues después de contraer su rostro con aquella sonrisa especial propia de los momentos difíciles y que hacía temblar a cuantos le conocían íntimamente dijo con voz melosa:

—El señor conde, al hablar así, olvida una cosa de gran importancia.

—No sé qué cosa pueda ser.

—De seguro que el conde de Baselga no querrá romper sus relaciones con la Compañía de Jesús.

—¡Yo!.., ¿Por qué?

—El señor conde pertenece a ella, pues hace muchos años figura en su clase de hermanos seglares.

—No pienso negarlo. Buena prueba de ello es que sobre el pecho llevo el escapulario que nos permite reconocernos a los hermanos aun en los más lejanos países.

—Recuerde, pues, el hermano, ya que así le place llamarse—dijo el jesuíta con tono de autoridad—, que al entrar en nuestra Orden hizo voto de obediencia a sus superiores, y que yo, como su superior supremo en España, le ordeno me obedezca para mayor gloria de Dios y en nombre de nuestro padre general.

Y el jesuíta, al decir esto, se erguía en su asiento y extendía la diestra con aire bizarro, adoptando una actitud lo más imponente que le permitían sus facultades de actor. Pero al conde le causó poca impresión aquel arranque de autoridad que el padre Claudio creía irresistible, pues encogiéndose de hombros se limitó a contestar con frialdad:

—¡Bien! ¿Y qué?... ¿Para qué se me recuerda mi voto de obediencia?

—Para que acate usted mis órdenes y no se oponga a la vocación de su hija.

—¿Es que la Compañía, no contenta con disponer del individuo para mayor gloria de Dios, ha de intervenir también en asuntos puramente de su familia?

—La Compañía interviene en todo, siempre que sea en bien de la religión, y puede, con perfecto derecho, como usted ya sabrá por haber leído nuestra Mónita secreta y los comentarios de nuestros más célebres escritores, aconsejar al hijo que niegue la obediencia a su padre y hasta que lo mate, siempre que éste le incite a desconocer y abandonar la fe católica.

—Siempre me ha parecido eso un crimen; pero, aparte de ello, en el presente caso no tienen ninguna relación esas leyes; yo no incito a mi hija a que abandone su religión, pues lo que hago es oponerme a que me la roben. Que ame Enriqueta cuanto quiera a Dios, que sea un modelo de religiosidad y devoción, no me producirá ninguna molestia; lo que yo no quiero es que ella sea monja.

—Pero ella quiere serlo, y en tal conflicto, la Compañía, siempre benéfica con el débil y con la virtud, debe colocarse al lado de la hija y frente al padre que quiere violentar una santa devoción.

—La Compañía se colocará donde le dé la gana—contestó rudamente Baselga, que ya comenzaba a cansarse—; pero como yo soy el padre y no doy mi permiso, tendrá que considerarse vencida. Si Enriqueta quiere ser monja (lo que dudo mucho), que espere a ser mayor de edad, cuando no será ya indispensable mi consentimiento.

—¿Quiere usted que llamemos a la niña y a doña Fernanda? Usted mismo le preguntaría sobre sus aficiones, y la contestación que ella dé será el mejor medio de que usted se convenza de la injusticia con que se opone a su vocación.

—No es necesaria esa entrevista. Conozco muy bien, padre Claudio, el sistema que se emplea para obsesionar débiles inteligencias y los risueños colores con que se presenta la vida del claustro para seducir la viva imaginación de las jóvenes. Mire usted a esa infeliz—y el conde señaló el retrato de su esposa—. Ella, en un momento de alucinación, arrastrada por pérfidos consejos, abandonó la casa de su padre y entró en un convento de París sin dejar por eso de amarme y de desear ser mi esposa. También ella pasaba como joven de vocación para el claustro y, sin embargo, bastó que su padre le permitiese ser mi esposa para olvidar inmediatamente todas las dulzuras monásticas. Mi hija presiento que debe de hallarse en el mismo caso. Conozco a la baronesa de Carrillo, sé cuan terribles son sus manías religiosas, y de seguro que ha trabajado mucho para decidir a Enriqueta a que abrace una vida que le repugna. ¡Quién sabe si hasta la habrá maltratado! Yo hablaré a mi hija y de seguro que leeré en su interior adivinando lo que piensa.

—Según eso, ¿se niega usted a cumplir su voto? ¿Desobedece usted a la Compañía?

Y el padre Claudio, al decir esto, tomaba una actitud amenazadora que irritaba a Baselga, el cual no podía sufrir ninguna imposición.

—Sí, ¡vive Cristo!—gritó el conde—; la desobedezco ahora y siempre que intente inmiscuirse en asuntos que le son ajenos. Las cosas de mi casa sólo a mí me competen, y desde ahora digo que lo pasarán muy mal los que intenten mezclarse en mis asuntos e inciten a mis hijos a que desobedezcan a su padre.

Baselga estaba terrible al decir esto y agitaba en el espacio sus enormes manos de un modo poco tranquilizador; pero el jesuíta no por esto perdió la serenidad. No era valor lo que faltaba a aquel Borgia del jesuitismo; así es que, como si no advirtiera las embozadas amenazas del conde, siguió adelante en la agitada conversación.

—Piense usted que al negarse a obedecer a la Compañía, rompe usted con ella toda clase de relaciones.

—Lo siento; pero por esto no he de cambiar en mis propósitos.

—Al abandonar de tal modo a la Compañía, ésta debe responderle del mismo modo, y, por lo tanto, retirará el manto protector que había tendido sobre usted.

Baselga hizo un gesto como indicando que no comprendía qué protección era aquélla.

—Usted, señor conde, tiene en su vida algo que ocultar y existen pruebas que pueden comprometerle seriamente. ¡Quién sabe lo que a usted podrá sucederle el día que nuestra Orden no esté a su lado para prestarle su protección! Recuerde cierto papel firmado por usted que, de hacerse público, le produciría grandes disgustos.

El conde esperaba aquello desde que la conversación tomó un giro tan hostil, pero a pesar de que la amenaza no le sorprendía, no pudo menos de murmurar:

—Ya entra otra vez en danza el maldito papelucho.

Baselga tenía ya adoptada una resolución irrevocable. ¡Vive Dios! ¿Creía acaso aquel jesuíta que a un hombre como él se le tenía sujeto toda la vida y se le hacía danzar como un mono por la fuerza de un documento comprometedor suscripto en un instante de dolorosa ceguedad? ¡No y mil veces no! Ya estaba cansado de que el padre Claudio lo manejase como un recluta, y antes prefería la deshonra que seguir siendo esclavo de aquel tenebroso poder que comenzaba a serle odioso. Además, se trataba de la suerte, del porvenir de su Enriqueta, aquella hija hermosa y delicada cuyo rostro le recordaba el de la difunta María, y su deber era oponerse tenazmente a un plan que labraba su infelicidad.

En la súbita resistencia del conde entraba también por mucho la esperanza de que aquella arma que el jesuíta pretendía esgrimir contra él resultase inservible. ¿Qué peligro podía correr si el padre Claudio entregaba secretamente a la justicia aquel documento en que se confesaba autor de la muerte de su primera esposa? Podía negar la autenticidad de su firma; podía solicitar el auxilio de la reina, que le consideraba mucho (tal vez por haber sido carlista), amenazándola, en caso de una negativa, con hacer más públicas de lo que eran las relaciones de su padre Fernando VII con Pepita Carrillo; y, finalmente, se consideraba con cierta impunidad pensando que, en caso de un proceso, el padre Claudio aparecería como cómplice por haber borrado del cadáver de la baronesa todas las señales de muerte violenta.

Baselga, en un rápido vuelo de su imaginación, vió todas estas circunstancias favorables y se sintió tranquilizado. Aquel documento resultaba terrible cuando él era el amante de María Avellaneda y temía que ésta, al saber la trágica historia de su matrimonio, cambiase el cariño que le profesaba por repugnante aversión; pero ahora no eran iguales las circunstancias, y el conde se reía interiormente de aquel puñal mohoso, sin filo ni punta, con que pretendía amenazarle el padre Claudio.

—¿No contesta usted?—preguntó éste, en vista del silencio de Baselga.

—Nada tengo que decir. Usted me amenaza en nombre de la Compañía, y yo ahora y siempre me burlo de ella y de usted cuando se trata de asuntos que únicamente a mí me competan.

—Pues allá veremos lo que sucede. Yo rogaré a Dios que no tenga usted motivos para arrepentirse de su temeraria resolución.

—Ruegue usted cuanto quiera; dispuesto estoy a sufrir cuanto venga; pero no olvide usted algunas oraciones para los que me ayudaron a ocultar con astutas artes lo que yo había hecho en un momento de obcecación.

El padre Claudio no pudo menos de reconocer que aquel golpe estaba bien dado, y que el conde de Baselga no era tan simple como él se imaginaba.

Lo que él creía un cordero resultaba un león que, con sus zarpas poderosas, hacía retroceder al domador.

La sorpresa que experimentó el jesuíta ante aquella transformación inesperada fué grande; mas no por esto se dió por vencido, y fué necesario que reflexionase largo rato para convencerse de que por el momento no disponía de ningún medio de persuasión para vencer la terquedad del conde.

¿Había él por esto de abandonar su empresa y resignarse a que los millones de Avellaneda no fuesen a parar a las arcas de la Orden? Su porvenir iba en ello, y para realizar su suprema ilusión, que era el generalato de la Compañía, necesitaba poner todas sus facultadas en aquel negocio y salir triunfante de él como de otros más difíciles.

Abismado en sus reflexiones permaneció el jesuíta mucho tiempo, mientras Baselga, satisfecho de su energía, y conmovido aún por la ira que le había producido aquella discusión, afectaba una fría severidad, fijando sus ojos en el libro que sobre la mesa tenía abierto.

De vez en cuando el jesuíta parecía detenerse en sus reflexiones y lanzaba sobre Baselga rápidas miradas en las cuales notábase un odio inmenso contra aquel hombre fuerte que, escudado en su amor de padre, sabía resistir lo mismo las seducciones que las amenazas.

A pesar del rencor que demostraban aquellas furibundas miradas, el reverencio padre, transcurridos algunos minutos de profundo silencio, tosió como si fuese a hablar, y después de pasarse las manos por la frente repetidas veces, como para ahuyentar molestas preocupaciones, dijo a Baselga con acento cariñoso:

—La verdad, señor conde, es que, a pesar de nuestra edad, hemos procedido como dos niños, llegando hasta a insultarnos y amenazarnos en un asunto que no merece que tan antiguos amigos se enemisten.

—Usted lo ha buscado, reverendo padre.

—Admito el ser culpable del disgusto y le pido me perdone. Usted comprenderá que, en nuestro estado, son fáciles estas intemperancias. Nos encariñamos con la idea de servir a Dios y llevar almas al cielo, aun a riesgo de enemistarnos con las personas a quienes más queremos. Además, la suerte de la hija de un amigo tan íntimo como usted lo es me inspira un interés demasiado vivo, y de aquí que yo haya estado tan imprudente. Vaya, señor conde, olvidemos el disgusto y démonos la mano como verdaderas amigos.

—No tengo inconveniente en ello.

Y el conde avanzó su mano de no muy buena gana. Tenía motivos para conocer al jesuíta; su rencor no se desvanecía tan fácilmente como el del padre Claudio y temía que aquel súbito arrepentimiento fuese tan hábilmente fingido como la mayor parte de sus afectos.

—Sería una falta imperdonable—continuó el jesuíta—que por cuestiones de apreciación sobre el porvenir de Enriqueta, se enfriase una amistad tan antigua como es la nuestra, y más hoy que trabajamos juntos en una causa santa velando por el honor de la patria. No olvidemos que nos hemos propuesto volver por la dignidad de España.

El jesuíta excitó hábilmente el recuerdo de la reconquista de Gibraltar, empresa que, momentáneamente, había olvidado el conde.

Apenas Baselga recordó aquella sublime aventura que le dominaba desde tanto tiempo antes, desvanecióse el disgusto que la acalorada polémica le había producido, y en sus ojos volvió a reflejarse aquel entusiasmo de iluminado que le rejuvenecía.

El padre Claudio comprendía, indudablemente, que con su actitud de superior despótico, adoptada poco antes, había dado un paso en falso descubriendo prematuramente sus intenciones, y se proponía volver a conquistar la confianza de Baselga, mostrando un entusiasmo sin límites por su patriótico plan y prometiendo ayudarle con más éxito que nunca.

Más de dos horas pasó el jesuíta hablando de Gibraltar y animando al conde a acometer la empresa, describiéndole la plaza y sus defensas con un optimismo que hacía sonreír a su oyente. A todos gusta verse halagados en sus ilusiones, aun cuando se reconozca la falsedad de la apreciación.

Los ingleses, según el padre Claudio, tenían instintos de topo y sólo sabían minar, hasta el punto de que el Peñón era una esponja, y el día en que hiciesen fuego las baterias durante algunas horas..., crac, el monte se vendría abajo dejando sepultada a toda la guarnición. La cosa no era difícil, y para un hombre de tanto corazón como el conde de Baselga apoderarse de Gibraltar era una empresa sin importancia.

Parecía que por la boca del padre Claudio hablaban los autores de los antiguos libros de caballerías, y que Baselga era uno de aquellos adalides de la Tabla Redonda, que de una lanzada desbarataban un ejército o de un papirotazo echaban al suelo los muros de las plazas más fuertes.

El jesuíta no se contentaba con adular, pues guiñando un ojo y moviendo la cabeza con expresión de hombre poderoso, aseguraba al conde que no estaba solo en tal empresa. La Orden tenía amigos allí donde existen católicos, y en la guarnición de Gibraltar figuraban siempre muchos irlandeses, soldados fieles al Papa y obedientes a los representantes de Dios. El ya estaba en correspondencia con algunos oficiales irlandeses y... ¡quién sabe lo que saldría de aquellas relaciones!

El padre Claudio daba a entender con sus gestos que había aún más de lo que decía, pero que se veía obligado a callar por no hallarse el asunto terminado.

Aquello puso de buen humor al conde. Conocía el inmenso poder de la Compañía, y sabía que si ésta le ayudaba en su empresa conseguiría aquella adhesión de los soldados irlandeses, lo que haría que su triunfo fuese seguro.

Cuando el jesuíta se despidió del conde, éste, aunque pensaba hablar a su hija de su supuesta vocación, no guardaba a aquél ningún rencor; tanto le habían conmovido las promesas del poderoso auxilio.

Diéronse las manos con el mismo afecto de siempre, y hasta Baselga rogó al jesuíta que fuese a visitarle con la asiduidad acostumbrada, haciendo caso omiso de aquella "ligera nubecilla".

Había ya cerrado la noche, y al poner el padre Claudio el pie en la calle volvióse con movimiento instintivo a mirar los balcones del pequeño palacio, y por sus ojos pasó aquel relampagueo fugaz que tan horrible le hacía.

—¡Ya las pagarás todas juntas, miserable!—murmuró—. Veremos si por mucho tiempo te burlas de la Orden y te niegas a obedecerla, comprendiendo al fin que hoy ningún mal puede causarte el papel comprometedor.

Y después de desahogarse con estas palabras, masculladas como si fuesen las de una oración, se embobó en su manteo, y dijo con la tranquilidad del que prepara un negocio:

—Esta noche escribiremos a Gibraltar al hijo de James Clark, nuestro antiguo agente.

XVII

Un tesoro de amor descubierto.

Al día siguiente doña Fernanda estaba furiosa, llegando su abultado rostro a un grado tal de rubicundez, que parecía próximo a estallar.

El descubrimiento que acababa de hacer la ponía fuera de sí, y tanta era su indignación, que cuando, cansada de pasear con ademanes de fiera enjaulada por aquel salón de colorido conventual donde reunía su tertulia se sentaba en un sofá y estrujaba con nerviosas convulsiones aquel abultado paquete de cartas, parecía la clásica y viviente estatua de Medea agitada por una rabia loca.

¡Quién iba a imaginarse aquel escandaloso hecho! ¡Quién podía pensar que una muchacha tan recatada y silenciosa como era su hermanastra tuviera tales secretos y se atreviera a sostener unos amores que deshonraban aquella santa casa!

La baronesa no podía menos de celebrar su intuición, para la cual no pasaba inadvertido ningún detalle.

Aquella mañana, al dirigirse al comedor doña Fernanda, había visto a Enriqueta al extremo del corredor leyendo atentamente un papel, que ocultó apresuradamente al ver que se acercaba su hermanastra.

Esta sintió tentaciones de perseguirla en su huída para exigirle que le presentase aquel papel sospechoso; pero por un misterioso y repentino impulso prefirió dejarla escapar como si comprendiese que de otro modo malograba un precioso descubrimiento.

La baronesa almorzó con bastante tranquilidad, fijando de vez en cuando su inquisitorial mirada en Enriqueta, que aquel día era también objeto por parte de su padre de una extraña solicitud. Era que Baselga buscaba un momento favorable para hablar a su hija sin que pudiera apercibirse de ello doña Fernanda.

Esta tenía ya formado su plan, que quería ejecutar cuanto antes, y encargó a Tomasa que acompañase a misa a la señorita, pues a ella, por cierto malestar repentino, le era imposible cumplir esta obligación que diariamente se imponía.

Fuese Enriqueta con el ama de llaves, metióse Baselga en su despacho, e inmediatamente la baronesa, con cierto aire misterioso, y asegurándose antes de que nadie la veía, se introdujo en la habitación de Enriqueta, dispuesta a registrarla con tanta escrupulosidad como un corchete del Santo Oficio.

Allí había misterio y ella pensaba descubrirlo inmediatamente. Aquel papel que tan apresuradamente había ocultado Enriqueta era para la baronesa (sin que ella pudiera explicarse el porqué) la prueba concluyente de que en la habitación de la joven había otras cosas que ella tenía interés en conservar secretas.

¿Habría amores de por medio?

Doña Fernanda, al pensar en esto, sintió un escalofrío de indignación. No era posible que una joven tan recatada y destinada a ser monja cometiese la imperdonable falta de sostener amores ocultándose de su familia. Eso no podía hacerlo nunca una señorita que había recibido una educación tan escrupulosa.

La baronesa, paseando su mirada por aquella habitación que presentaba aún el desorden propio de las horas anteriores a la diaria limpieza, se tranquilizaba y sentía que sus sospechas se amortiguaban.

Nada había en aquel cuarto que revelase el amor y el femenil deseo de agradar. La blanca cama, con sus sábanas arrugadas y en desorden, que aún conservaban la huella de la durmiente, no exhalaban perfumes voluptuosos, sino el olor acre de salud, propio de un cuerpo sano, rebosante de vitalidad juvenil, y sobre el mármol del tocador, dos peines, una pastilla de jabón y un botecito de agua de Colonia, que apenas si contenía media docena de gotas del oloroso líquido, demostraban la pobreza que en su embellecimiento observaba Enriqueta. Aquella miseria ruda en punto a artes de hermosearse, aquella carencia completa de los mil y un objetos propios de una joven aristocrática, y que hacían parecerse la habitación a la de una infeliz obrera, eran, según la baronesa, el medio ambiente que convenía a una señorita que con el tiempo había de vestir de estameña y abandonar a media noche las duras tablas del lecho para ir a cantar al coro.

La pobreza de la habitación la tranquilizaba e iba recobrando su confianza al no ver ninguna carta arrugada y mojada en lágrimas sobre el velador, ni tomos de poesías abiertos en los pasajes más sentimentales. Allí no había amor, sino devoción, mucha devoción, como lo probaban los devocionarios y los pliegos de oraciones que se apilaban sobre la mesilla de noche al lado del candelabro de cristal.

Pero... ¿y el papel? ¿Y aquel papel misterioso que Enriqueta había ocultado presurosamente?

Doña Fernanda, después de mirar bajo la cama, en los cajones del tocador y hasta dentro de la mesilla de noche, iba ya a retirarse cuando se fijó en una cajita antigua, brillantemente maqueada, que estaba sobre el velador.

Tantas veces había visto la tal cajita, que por una distracción nacida de la costumbre no se fijaba en ella ni pensaba en registrar su interior como lo había hecho con los demás escondrijos del cuarto.

El brillo del negro barniz atrajo su mirada, y entonces, la baronesa, con movimiento instintivo, la tomó en sus manos y la agitó, sonando dentro de ella el "frú-frú" de muchos papeles al rozarse.

La baronesa abrió desmesuradamente sus ojos para manifestar su sorpresa.

Allí estaba el misterio; aquellos papeles eran, indudablemente, los que ella buscaba.

La caja estaba cerrada, pero su pequeña cerraja era un insignificante obstáculo para la baronesa, poco escrupulosa cuando se trataba de satisfacer su curiosidad.

Con unas tijeras hizo saltar la dorada chapa de la cerraja, y, al abrirse la tapa violentamente, cayeron al suelo un gran número de cartas, esparciéndose sobre la alfombra.

La baronesa no pudo reprimir un grito de júbilo. Su rostro tenía la misma expresión del inventor que, después de muchas fatigas, logra realizar un descubrimiento.

—¡Ah! He aquí lo que buscaba.

En una rápida ojeada abarcó todas aquellas cartas que estaban esparcidas a sus pies. Las había en papel de diversas clases; unas estaban amarillentas y manoseadas, como delatando una tenaz y apasionada lectura, y otras, que eran las menos, estaban blancas y tersas, como si hubiesen sido encerradas en la cajita momentos antes.

Aquéllas eran, indudablemente, las últimas que habían llegado, y por esto doña Fernanda, que de un golpe quería enterarse del contenido de aquellas cartas escritas todas en la misma letra, recogió la que le parecía más moderna, y, acercándose a la ventana púsose a leer:

"Cielo mío: Ayer te seguí cuando ibas a misa con tu tía. No sé si me verías. Iba yo a alguna distancia y recatándome, pues todo se perdería si me viera ese "zuavo pontificio" que no te deja a sol ni a sombra..."

La baronesa se detuvo e hizo un gesto de extrañeza.

¡Zuavo pontificio! ¿Quién sería el tal zuavo?... ¡Ah! Ya comprendía. Era un apodo que le ponía aquel infame incógnito.

Doña Fernanda hizo un gesto horrible. ¡Ya le daría ella al insolente, a tenerlo entre las manos como a sus cartas!

La devota siguió leyendo, y cuando terminó la carta, cogió otra, leyendo en cinco minutos más de una docena.

Sentíase invadida por una terrible fiebre, y la indignación le hacía leer con una celeridad pasmosa, sin escoger entre las cartas antiguas y las modernas. Tan vehemente era su deseo de enterarse de los amores de Enriqueta y de saber quién era el hombre que con aquella pasión trastornaba todos sus planes.

La baronesa, al leer cada una de aquellas hipérboles amorosas o los juramentos de eterna pasión, no podía menos de torcer la boca con un gesto de rabioso desdén, propio de una solterona desgraciada que nunca había merecido tales floreos.

—¡Dios mío!—murmuraba con voz entrecortada—. ¡Qué tonterías tan horribles! Sólo una muchacha tan tonta como Enriqueta puede envanecerse con tales requiebros. ¿Qué es esto? ¿Versos también? Vamos, este señor Esteban Alvarez es una alhaja. Ahora resulta poeta. Pero, ¿quién será este hombre?

Y la baronesa, siempre leyendo, hacía esfuerzos por adivinar quién era el adorador de su hermana, sin que las cartas le diesen ninguna luz que satisficiese su curiosidad.

Por fin, al leer una de las cartas que, por estar más ajada que las otras, demostraba su antigüedad, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa. Ya sabía quién era aquel incógnito adorador, ya había surgido de aquel fárrago amoroso que ella calificaba de variaciones sobre el mismo tema la personalidad del hombre que había osado poner sus ojos en su hermanastra.

"Nunca olvidaré, vida mía—decía aquella carta—, el feliz instante que te vi por primera vez. Hoy, paseando por el Retiro, recorriendo aquellas alamedas por las que yo iba siguiendo las huellas de tus pasos, recordaba aquella hermosa mañana de invierno en que yo iba tras de ti arrastrado por una fuerza irresistible, hasta el punto de hacer caso omiso de las furibundas miradas de tu “simpática” y “amable” hermanastra. Por cierto que aún recuerdo el piropo que me lanzó el "zuavo pontificio" cuando os acompañé hasta la puerta de vuestra casa."

No necesitó doña Fernanda leer más para saber quién era el adorador de Enriqueta; tenía la baronesa buena memoria, e inmediatamente recordó con todos sus incidentes la mañana aquella en que un militar insolente las siguió por todo el Retiro, llegando hasta la calle de Atocha.

Estaba ya convencida de que el tal Esteban Alvarez era el capitán que tan insolente se había mostrado con ella, y esto aumentaba su indignación. Lo mismo se hubiera enfurecido al saber que Enriqueta mantenía relaciones amorosas con un duque millonario; pero al pensar que un capitán de modesto origen había logrado cautivar el corazón de su hermanastra, aumentaba su rabia.

A su indignación de beata, que veía como mujer enamorada a la que pensaba dedicar al claustro, se unía el sagrado fervor de una mujer noble que se enorgullecía de su bastardía y de tener sangre real en sus venas, ante un amor desigual y deshonroso para una linajuda familia.

Más de media hora permaneció doña Fernanda como clavada en el centro de la habitación y sin fuerzas para continuar aquella lectura que le producía escalofríos de furor, y por fin, como haciendo un supremo esfuerzo, se arrancó de aquel sitio y, llevando sobre ambas manos en arrugado paquete las cartas comprometedoras, se dirigió a su salón, esperando impaciente la llegada de Enriqueta, a la que deseaba confundir.

La indignación contra aquella "mosquita muerta", como ella decía, era inmensa; pues al pesar que le producía el amoroso descubrimiento uníase el haber sido engañada durante tanto tiempo por aquella muchacha que ella creía poco menos que idiota. Al pensar que aquellos amores duraban ya cerca de un año sin que ella hubiese llegado a apercibirse de ello, experimentaba tanta indignación como si hubiese sido víctima de un terrible engaño.

Además, en su odio había mucho de despecho; pues a la solterona despreciada que durante años enteros había rodado por los salones de la alta sociedad sin llamar la atención de los hombres le era forzosamente muy antipática una joven que, apenas salida de la pubertad, y a pesar de vivir en su casa como en clausura, encontraba un adorador y se comunicaba con él burlando la vigilancia de su familia.

Cuando la baronesa oyó las voces de Enriqueta y Tomasa, que entraba en la antesala de vuelta de misa, la baronesa experimentó el estremecimiento de voluptuosidad sangrienta que agita a la fiera antes de caer sobre su víctima.

Doña Fernanda sentía tal impaciencia, que no dejó que su hermanastra fuera a su cuarto para cambiar el vestido, y la llamó con acento imperioso.

Al entrar Enriqueta en el salón, sus ojos parecieron atraídos por un magnetismo misterioso, pues se fijaron inmediatamente en las cartas acusadoras que la baronesa, a fuerza de estrujarlas en sus arranques de indignación, había convertido en una arrugada pelota.

La joven quedóse plantada en el dintel de la puerta, con aspecto tímido e irresoluto, y así recibió la primera rociada de palabras furiosas que salió a borbotones por entre los labios de la baronesa, trémula de ira.

—Pase usted adelante, desvergonzada, pase usted, que ya lo sabemos aquí todo. ¡Miren qué aire de inocencia el de la niña! Cualquiera, al verla, pensaría que en su vida ha roto un plato, y sin embargo, la señorita tiene un novio, sostiene relaciones criminales a espaldas de su familia, y está en correspondencia con un pillete insolente, escribiéndose porquerías, buenas únicamente para ruborizar a toda persona honrada. ¿Es esa la educación que yo te he dado? ¿Es así como debe portarse una señorita honrada y cristiana, a quien todos creen destinada a tan alta honra como es ser esposa del Señor? ¿Qué es esto, di? ¿Qué significan todas estas cartas que tengo en mis manos? Explícate; defiéndete tú misma.

Buena estaba Enriqueta para defenderse. Apenas vió que la baronesa conocía su secreto, y que estaba en su poder el tesoro de amor que tan cuidadosamente guardaba en su cuarto, sintió algo semejante a si se hundiera el pavimiento y el techo cayera sobre su cabeza. Las piernas le flaquearon y tuvo que agarrarse del cortinaje de la puerta para no caer, al mismo tiempo que por sus ojos pasaba una densa nube.

Todo el terror que la baronesa había infundido en aquel carácter tímido con su educación dura, tiránica y austera, despertaba ahora y la joven experimentaba un terror cercano al espasmo.

En cambio, doña Fernanda, que sentía gran placer en prolongar aquella situación, se revestía de una calma glacial y decía con ironía:

—¿No contestas? Yo esperaba que te justificases; que me hicieras ver la posibilidad de que una joven que quiere ser esposa del Señor pueda recibir cartitas al mismo tiempo de un "señor distinguidísimo" que tiene que vestir un uniforme para poder comer. También quisiera que me probases que el alma se salva y va una derechita al cielo leyendo todo el cúmulo de indecencias que contienen estos papelotes.

Y al decir esto doña Fernanda, que no podía fingir por mucho tiempo aquella calma irónica, y que experimentaba la necesidad de desahogar su rabia, arrojó al rostro de la joven el puñado de arrugadas cartas.

Enriqueta recibió en mitad de su cara aquel proyectil de papel que encerraba sus alegrías y que representaba muchas noches de lectura placentera, interrumpida por suspiros de felicidad y besos dados a cada renglón. Ante aquella brusca agresión de su hermanastra, la joven sintió acrecentarse su miedo, y, para conjurar el peligro, sólo supo decir, con voz entrecortada:

—He sido muy culpable; perdón.

Al oír estas palabras la baronesa ya no hizo uso de su fría ironía, sino que, dando salida a la explosión de su escandalosa violencia, lanzó sobre la joven un torrente de injurias.

Aquello era deshonroso, y una señorita que sostenía tales relaciones perdía su dignidad y era motivo de afrenta para su familia. Además, estaba en pecado mortal una joven que era prometida del Señor y se atrevía a hablar de amor con un desconocido que sabe Dios quién sería. ¿Cómo se había olvidado tan por completo de su devoción? ¿Cómo tenía la desvergüenza de asegurar a todos los piadosos amigos que visitaban aquella casa su deseo de entrar pronto en un convento?

Enriqueta fué a contestar. Su carácter franco sublevábase ante tales mentiras, y sentía la necesidad de protestar diciendo la verdad, o lo que es lo mismo, que ella nunca había manifestado claramente su afición a entrar en un convento, siendo la baronesa, con su carácter absorbente y despótico, la que se había encargado de inventar aquella vocación; pero el terror trabó su lengua y se detuvo al ver la expresión amenazadora que contraía el rostro de doña Fernanda.

La joven sólo sabía oponer sus lágrimas a las irritadas palabras de la baronesa, y con la cabeza caída sobre el pecho, llorando sin cesar, escuchaba aquella filípica que la llenaba de terror.

Más de media hora habló doña Fernanda, siempre en el mismo tono, paseándose febrilmente en unas ocasiones, y en otras arrojándose con ademán trágico sobre el asiento más cercano. Todo el repertorio de frases hechas que la baronesa había adquirido hablando con sus contertulios salió en la irritada peroración, sembrando el terror en el ánimo de Enriqueta. Doña Fernanda habló del diablo, que a aquellas horas debía ya considerar como suya el alma de la joven, por ser traidora a Dios; describió con espeluznantes detalles las penas del infierno, y acabó extendiendo sus brazos al cielo como si en un último arranque de cariño pidiera, misericordia para su hermana, amenazada de tremendos peligros.

Esto conmovía a Enriqueta, pues no en vano la había educado la baronesa a su gusto. Estremecíase de horror la joven al pensar en las penas del infierno, y temblaba pensando en la perdición de su alma, lo que la hacía redoblar su llanto.

Por fin, la baronesa, que espiaba atentamente el efecto que sus palabras causaban en su hermana, creyó llegado el momento de cesar en sus declamaciones y hacer algo útil.

La indignación que había sentido al descubrir las cartas, y que era producto de la decepción sufrida por sus planes, y el odio de solterona vieja, amortiguóse un tanto al ver el terror convulsivo y el llanto interminable que sus palabras producían en Enriqueta.

Lo importante para la baronesa era cumplir las instrucciones del padre Claudio y hacer que la joven entrase en un convento.

Doña Fernanda, reflexionando sobre el suceso, comenzaba a alegrarse del descubrimiento de las cartas, pues iba a servirle para domar por completo a la joven y hacer que declarase con franqueza aquella vocación religiosa que hasta entonces sólo había sostenido por obediencia. Convenía que la joven demostrase, al ser interrogada por su padre, una afición sin límites al claustro, y por esto doña Fernanda dispúsose a ser clemente, aunque exigiendo antes ciertas condiciones.

—Eres muy culpable, no a los ojos de tu familia, sino ante los de Dios; por eso no sé si debo perdonarte. Sólo haciendo una gran penitencia podría el Señor perdonarte la gran ofensa que le has inferido con esos torpes amores. ¿Estás tú dispuesta a lavar tus culpas?

—Sí, hermana mía—gimoteó Enriqueta, deseosa de no oír por más tiempo las irritadas acusaciones de doña Fernanda—. Conozco que he ofendido a Dios. Dime lo que he de hacer, que yo te obedeceré inmediatamente.

—Piensa—añadió la baronesa, que deseaba extremar el arrepentimiento de su hermana—en el gran disgusto que ocasionaría a tu padre el conocer esos amoríos a que tan ciegamente te has entregado. ¡Qué afrenta para un conde de Baselga! Ver a su hija enamorada de un militar de humilde origen, de uno de esos a quienes los presentes tiempos revolucionarios han elevado y que en otra época hubieran sido nuestros lacayos. ¿Conoces ahora cuán criminal ha sido tu conducta?

Enriqueta, al oír hablar de su padre, experimentaba cierto religioso temor, como si se tratase de un ser misterioso y extraño que se mostraba bondadoso y humilde, pero para ocultar mejor su poder y su cólera terrible e inmensa.

La amenaza de que su padre podría llegar a conocer sus amoríos causó tal impresión a la joven, que con voz de ardiente súplica dijo a su hermana:

—¡Oh, por Dios. Fernanda mía! ¡Que nada sepa papá; me mataría, de seguro!

La baronesa mostrábase satisfecha al ver el terror de su víctima. Ya era llegada la hora de imponer condiciones a cambio del perdón y del silencio.

—Vamos a ver: tus lágrimas, ¿son de miedo o de verdadera contrición? ¿Estás realmente arrepentida?

—Sí, hermana mía; perdóname, y que Dios me perdone igualmente.

—Dios te perdonará, si es que tu arrepentimiento es sincero y haces todo cuanto yo te diga. Por de pronto, ayunarás un mes, y en todo ese tiempo sólo saldrás de tu cuarto cuando yo te lo mande. ¿Estás conforme?

Enriqueta hizo con la cabeza una señal afirmativa.

—Entrarás en un convento así que tengamos arreglados todos los preparativos, y entretanto, mientras llega este momento, no te acercarás a los balcones, ni saldrás nunca de casa más que en carruaje y acompañada por mí.

La joven volvió a manifestar su conformidad, y la baronesa siguió exponiendo todas las condiciones.

No hablaría más con aquella grosera aragonesa, medianera de torpes amores, a quien ella, la baronesa, ya arreglaría después las cuentas por ser cómplice y protectora del capitán Alvarez, según se desprendía de las tales cartas. Cuando hablase con su padre el conde, aunque éste intentase disuadirla de sus aficiones monásticas, ella se resistiría tenazmente diciendo que Dios la llamaba al claustro, y además, para fomentar su vocación y ponerse a cubierto de las pérfidas sugestiones de Satán, rezaría todos los días doce rosarios, y antes de dormir se arrodillaría en el desnudo suelo y besaría éste dos veces en señal de cristiana humildad.

Doña Fernanda daba gran importancia a estos detalles de la penitencia, a juzgar por la solemnidad con que los exponía, y Enriqueta manifestaba su conformidad con todo, deseosa de terminar cuanto antes aquella terrible escena.

—Además, te confesarás con el padre Claudio así que éste pueda dedicarte un momento, quitándolo a sus sagradas ocupaciones. Es un santo varón que te dará sanos consejos y a quien debes obedecer en todo si no quieres ir al infierno.

—Te obedeceré, hermana mía.

Faltaba algo grave que decir y que la baronesa guardaba para el último instante. Plantóse frente a su hermanastra, y con ademán imperativo le dijo:

—Para que el perdón sea completo y se borre hasta el último vestigio de esa pasión que te contamina y nos deshonra a todos es preciso que inmediatamente escribas una carta a ese... “señor” Alvarez.

—¿Una carta?—dijo con extrañeza la joven.

—Sí; una carta que yo te dictaré y en la cual le dirás que todo ha sido un capricho de niña, que no le amas ni amarás nunca a ningún hombre, y que tu pensamiento está puesto en Dios.

Enriqueta quedóse meditabunda. Hasta entonces, con el deseo de salir cuanto antes de tan apurada situación, había dicho “sí” instintivamente a todas las proposiciones; pero aquello de mostrar desprecio a Alvarez le repugnaba, y comenzaba a darse cuenta de que la baronesa exigía de ella demasiado.

—¿Qué es eso? ¿No contestas?—preguntó doña Fernanda con irritada impaciencia.

—Eso que me propones no es posible; sería mentir, y la mentira es un pecado horrible.

—Según eso, ¿le amas?—dijo la baronesa abalanzando el cuerpo con nervioso impulso y colocando su congestionada faz junto al desolado rostro de Enriqueta.

—¿Amarle...? No lo sé.

La joven preguntábase si amaba al capitán Alvarez y no sabía contestarse a sí misma. Ciertamente que se reconocía culpable y que temía el castigo de Dios y los horrores del infierno, pues nunca en sus libros de devoción había leído que las santas que vivían en el cielo se hubiesen paseado en vida por las alamedas del Retiro llevando al lado un buen mozo a quien caía bien el uniforme; pero aquello de escribir a Alvarez despidiéndose de él para siempre, le parecía muy cruel, tanto más cuanto que se obligaba a decir una mentira; pues ella, a pesar de sus terrores religiosos, más deseos sentía de ser la mujer del capitán que esposa mística de Dios.

Además, aquella difícil situación, que duraba cerca de una hora, había desvanecido en la joven el terror experimentado en el primer momento ante la indignación de su hermana. Por esto permaneció impasible ante las excitaciones de la baronesa.

—De modo—dijo ésta, cada vez con acento más indignado—que te negarás a escribir esa carta...

—Me niego, sí, me niego porque en ella tendría que decir una mentira, y eso es un horrible pecado. Yo no puedo decir que aborrezco a ese hombre.

Enriqueta dijo estas palabras sin afectación, pero con una entereza que doña Fernanda nunca había supuesto en ella.

Aquello contribuyó a ponerla fuera de sí.

—Miren la mosquita muerta cómo va sacando ya las uñas. ¿Así te he enseñado yo a contestar, gran... pecadora? ¿Esa es la educación que yo te he dado? ¡Ah! No en balde has pasado muchas mañanas en el Retiro hablando con ese grandísimo canalla. El te ha pervertido.

Enriqueta experimentaba la necesidad de defender a su amante. En el seno de su timidez despertábase una irritabilidad que la sorprendía a ella misma, y a pesar de todo el miedo que le inspiraba doña Fernanda, sentíase impulsada a justificar a Alvarez.

Cada uno de los insultos que la baronesa dirigía a éste, causábanla el efecto de crueles latigazos aplicados a su amor propio, y al oír en toda su irritante crudeza el calificativo de canalla, irguió su graciosa figura con fiera altanería, demostrando con el instintivo arranque, que en su ser había algo de aquel Baselga subteniente de la Guardia, susceptible y acometedor como un paladín andante.

—Oye, tú—dijo con insolencia mientras brillaban de furor sus ojos, empañados aún por las lágrimas—. El capitán Alvarez no es un canalla, y yo no puedo consentir que a un hombre honrado se le insulte de tal modo por el delito de amarme.

La baronesa experimentó la misma impresión de sorpresa que sentiría un lobo al verse mordido por un cordero. La buena doña Fernanda dudaba que aquella joven que la miraba con ojos centelleantes fuese la misma muchacha que temblaba al notar en su hermana mayor el más leve gesto de cólera. Aquella rebelión inesperada excitó su carácter irritable, y agarrando a su hermanastra por las muñecas, puso su rubicundo rostro junto al de Enriqueta.

—¿Conque le defiendes?—rugió con acento tembloroso por la rabia—. ¿Conque te indignas por lo que digo de ese hombre? Pues bien, sufre cuanto quieras, que yo no por esto dejaré de decir que ese militarillo es un canalla, un hombre sin educación. No hay más que leer sus cartas. ¡Qué respeto! ¡Qué finura!... ¡Mire usted qué gracioso! ¡Llamarme a mí zuavo pontificio!...

En mala hora recordó doña Fernanda esta expresión de Alvarez. Al acudir a su memoria el apodo con que la designaban los amantes experimentó una indignación sin límites, un cruel deseo de vengarse, y como si la persona que tenía agarrada fuera el capitán, al cual deseaba castigar, apretó furiosa los brazos de Enriqueta. Esta dió un grito de dolor, y como si esto excitara aún más el furor de la doña Fernanda, soltó su presa, e iracunda y terrible, alzó sus dos manos en el espacio y las dejó caer sobre el hermoso rostro de la joven.

La escena fué horrible y repugnante. Las bofetadas y los puñetazos llovían sobre Enriqueta, que algunas veces vaciló próxima a desplomarse por la violencia de los golpes.

—¡Toma, perra!—vociferaba aquel energúmeno con faldas—. Toma otra para que aprendas a sacarme nombres bonitos. Ahí va ésa; traspásasela al granuja de tu amante, a ese que tan “gracioso” se muestra en sus cartas.

Y doña Fernanda seguía lanzando, con voz entrecortada, ironías espeluznantes, al mismo tiempo que Enriqueta se defendía instintivamente cubriéndose el rostro con las manos, gimiendo de dolor y gritando en demanda de socorro.

De repente, la baronesa, que estaba ebria de furor y golpeaba a su hermana con la cabeza baja sin fijarse en sus lamentos, vió que algo entraba en la habitación, con la violencia de una tromba, y en el mismo instante sintió en sus espaldas un tremendo golpe que por poco la derribó en el suelo.

Era Tomasa, que al oír los gritos de Enriqueta, entró precipitadamente al salón. Viendo a la baronesa maltratar a su hermana, la enérgica ama de llaves enarboló una silla y la arrojó sobre doña Fernanda, dándole de lleno en la espalda.

Aquello complicó aún más la situación.

A la baronesa le saltaron las lágrimas por el dolor que le producía el golpe; pero sobreponiéndose a éste y lanzando furiosos rugidos, se arrojó sobre Tomasa sin soltar por esto a Enriqueta, en cuyos brazos había hecho presa.

La escena fué vergonzosa. Tenía todo el carácter de una riña de plazuela, y por lo mismo resultaba extraña en aquel salón lujoso y de tonos lóbregos, que se conmovía con la violencia de la lucha.

Las dos mujeres eran de irritable carácter y fiero empuje; y una lucha entre ellas tomaba un carácter de grotesca epopeya.

El odio tradicional que doña Fernanda sentía contra el ama de llaves encontraba ocasión para desahogarse; y Tomasa, por su parte, no sentía mejores intenciones acerca de la baronesa. El resultado de aquella enemistad antigua se manifestaba por fin en forma de crueles bofetadas, soberanos puñetazos y mordiscos frustrados, todo ello con acompañamiento de frases soeces que se escapaban de las bocas jadeantes y un incesante tirar de las greñas que dejaba las testas de las combatientes tan horriblemente espeluznadas como la cabeza de Medusa.

Enriqueta, arrastrada siempre por su hermana, había quedado sujeta entre el grupo que formaban las dos enemigas, y asombrada, lloriqueando y oprimida por aquel paquete de carne humana, iba de un lado a otro del salón, recibiendo de vez en cuando algún manotazo perdido.

La pelea resultaba ruidosa. El belicoso grupo se empujaba de un extremo a otro de la habitación; las sillas rodaban por el suelo, y un vigoroso codazo de Tomasa hizo añicos con chillón estruendo todo el museo de pinturas fantásticas y estrambóticas con que un artista chino había embellecido el juego de porcelana que adornaba una consola.

Aquella lucha ruidosa, que duraba ya algunos minutos, había puesto en conmoción toda la casa.

Fuera de la habitación sonaban repiqueteantes campanillas y los pasos apresurados de gente que corría.

Nada de esto llegaba a oídos de las dos mujeres, que, tercas en su odio, se hubieran hecho pedazos antes que desasirse.

De repente se sintieron agarradas por dos manazas de hierro que, a pesar de su potencia, hubieron de forcejear algo para deshacer aquel estuche de carne que asfixiaba a Enriqueta.

—¡Papá!—gritó ésta—. ¡Ya llegó papá! ¡Gracias a Dios!

Las dos combatientes, desgreñadas, sudorosas y delirantes como furias, vieron ante ellas al conde de Baselga, con sus enormes manazas, nerviosamente contraídas, y el ceño fruncido.

Aún no se había extinguido en ellas el furor; aún iban a reanudar aquel pugilato del que las había sacado las manos del conde, pero éste intervino con oratoria convincente.

—A la primera que se mueva, de un sopapo la tiendo.

Las dos luchadoras miraron a la puerta, y entonces el furor desapareció para ser reemplazado por la vergüenza.

El escándalo era completo.

Allí, estrechándose y avanzando la cabeza para ver mejor, estaba toda la servidumbre de la casa, desde la doncella de la baronesa al panzudo portero. El cochero y la cocinera hacían esfuerzos para no reírse, y procuraban imitar el gesto de estúpida extrañeza de sus compañeros.

El conde, ante aquella curiosidad doméstica, sufrió como pocas veces en su vida.

¡Cuánto iba a reírse aquella gente! Tenían ya tela cortada para murmuraciones que durarían más de un mes.

Los errores corregidos por el transcriptor:
bibilotecas=> bibliotecas {pg 12}
su familia le ocurrió dedicarlo=> su familia se le ocurrió dedicarlo {pg 24}
naturalea=> naturaleza {pg 30}
palaciejo=> palaciejo {pg 39}
busco=> buscó {pg 43}
extrordinarios=> extraordinarios {pg 50}
jeusíta=> jesuíta {pg 54}
un exhibición=> una exhibición {pg 58}
condescencias=> condescendencias {pg 59}
El padre Felipe hizo un gesto con el que quiría signifi-bien=> El padre Felipe vaciló en contestar no comprendiendo bien {pg 68}
que me la gana=> que me da la gana {pg 71}
probrecito=> pobrecito {pg 83}
unas cuantos=> unos cuantos {pg 88}
areglárselas=> arreglárselas {pg 97}
los estanques cargados de libros=> los estantes cargados de libros {pg 130}
inmismuirse=> inmiscuirse {pg 135}
rebexionando=> reflexionando {pg 148}