El secretario siguió escribiendo durante algunos minutos, pero, de pronto, hizo un rápido movimiento, y se encaró con su superior.
—Reverendo padre—dijo—, ya sabéis que os quiero.
—No mucho. Me debías querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo debes a mí; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto débil a que seas mi enemigo. ¿A qué vienen tus palabras?
—A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os separéis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a Roma.
El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba tal indicación.
—Hacéis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar continuamente a nuestras leyes. Yo guardaré siempre el secreto; pero esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los ojos del general.
—¡Ah! Guardando tú el secreto, ¿quién puede enterarse de mis asuntos?
—Ya sabéis que en nuestra Orden todo se sabe.
—Por esta vez, no se sabrá. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy seguro de que si algo llega a oídos del general, será porque tú me habrás vendido. Ya estás enterado; ahora, a trabajar.
El padre Claudio dijo esto con su tono imperioso, y el secretario le obedeció inmediatamente.
Transcurrió algún tiempo, sin que mediara palabra alguna entre los dos jesuítas. El secretario escribía, y el superior, de pie ante la mesa, hojeaba los papeles que estaban en ésta, esperando una clasificación.
Un criado levantó con discreción el cortinaje de la puerta, y asomó su cabeza, con el propósito de retirarse silenciosamente si veía al padre Claudio entregado a una grave preocupación. A los sirvientes de aquella casa bastábales una sencilla ojeada para apreciar la importancia del trabajo de su dueño y su necesidad de aislamiento. Al ver al padre Claudio contemplando con mirada distraída los papeles, se atrevió a interrumpirle y dijo con voz meliflua:
—Reverendo padre, don Joaquín Quirós desea ver a vuestra reverencia. Ha venido ya muchas veces en esta mañana.
—Que espere en el gabinete. Voy allá inmediatamente.
Salió el criado, y el poderoso jesuíta dijo en voz alta:
—¿Qué querrá Quirós? ¿Por qué vendrá a buscarme con tanta insistencia? Ese muchacho cada vez me gusta menos. Presiento en él algo de ingratitud. ¿Qué te parece a ti, Antonio, de ese muchacho?
—Es un fatuo que se ha hecho la ilusión de emplear a vuestra reverencia y a la Orden para llegar muy alto. Hay que tener cuidado con ese ambiciosillo.
—Pues si piensa aprovecharse de nuestro poder para lograr sus fines, y después desligarse de nosotros, está muy equivocado. Eso sería engañarnos, y, ¡francamente!, tendría que ver que un trastuelo como ése engañase a la Compañía de Jesús.
El padre Claudio salió del despacho, y, atravesando varias habitaciones, entró en un pequeño gabinete de paredes grises y desnudas, amueblado con una antigua consola y una sillería de damasco raído.
Joaquinito Quirós, al entrar el poderoso jesuíta, se abalanzó inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendición con aire compungido.
—¡Hola, desertor!—dijo el padre Claudio con jovialidad—. ¿Qué mal viento le trae por aquí? Yo creía que ya había muerto.
—¡Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido por aquí varias veces, sólo que nunca estaba usted visible.
—No es extraño; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como usted, no dispongo de un minuto todos los días para recibir a los amigos. Conque, vamos a ver, ¿qué le trae a usted por aquí?
—Vengo corriendo de casa de Baselga.
—¡Ah!... ¿Y qué?—dijo el jesuíta con una frialdad que contrastaba con el azoramiento exagerado del joven escritor.
—Había ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la Asociación de San Vicente de Paúl...
—Bueno, ¿y qué quiere usted decirme?
—Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me atrevía a creer.
—Vamos a ver esa noticia estupenda.
—Que el conde ha sido declarado loco.
—Y que yo lo he enviado al manicomio, ¿no es eso? De seguro que así se lo habrá dicho la baronesa. ¿Y qué hay en todo esto para que usted venga con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?
—¡Oh!, reverendo padre: la impresión, lo inesperado de la noticia... Comprenda usted el efecto que en mí habrá causado.
—Déjese usted de pamplinas. Usted sabía tan bien como yo, hace ya mucho tiempo, que el conde estaba loco, y que su manía de conquistar Gibraltar, que comunicó a usted antes que a nadie, era un solemne disparate. ¿A qué extrañarse tanto ahora? Baselga estaba loco y lo hemos encerrado en un manicomio. Eso es todo.
—Perdone usted, padre Claudio. Yo esperaba que, como amigo de la familia, me hubiese usted llamado, al tratarse de un asunto tan importante. Tal vez hubiesen aprovechado para algo mis servicios.
—No hemos necesitado a usted para nada.
—Muchas gracias. Además debo manifestarle mi disgusto por la conducta que usted ha observado conmigo. Hace tiempo que comprendí que no le era muy grata mi presencia en casa de Baselga, y por eso he estado tanto tiempo sin ir por allí.
—Así es. No me gustaba mucho que fuese usted por aquella casa; pero ahora puede volver cuando guste.
—Sí, eso es—dijo con rudeza Quirós—. Puedo ya volver, ahora que no está el conde y que le han declarado loco, Dios sabe cómo.
Quirós, apenas dijo estas palabras, se arrepintió, al ver el gesto de indignación que hizo el padre Claudio.
—Joven—dijo el jesuíta con frialdad hostil—, la benevolencia que yo le he dispensado, sólo ha servido, según veo, para que usted se muestre sobradamente audaz y se atreva a hacer suposiciones que no puedo consentir. El conde ha sido declarado loco, porque realmente lo estaba, y yo no he influído para nada en tal declaración. ¿Qué interés podía yo tener en ello?
Quirós, a pesar de que temía al padre Claudio, no pudo evitar un gesto de incredulidad.
—¿Duda usted de mis palabras? Pues pronto tendrá que convencerse forzosamente. ¿Qué médicos cree usted que han certificado la demencia del conde? ¿Se lo ha dicho a usted la baronesa?
—No, señor; pero, como si lo viera: el médico encargado de tal trabajo habrá sido, indudablemente, el doctor Peláez. Un amigo fiel y obediente.
—Pues se engaña usted. El que ha certificado la demencia del conde ha sido el doctor Zarzoso, ese sabio alienista, que es bien conocido por sus ideas antirreligiosas. ¿Dirá usted ahora que Zarzoso es de los nuestros y que yo puedo manejarle para hacer que declare cosas contrarias a la verdad?
El joven quedó moralmente aplastado por estas palabras, y el padre Claudio se gozó en mirarlo con desdeñosa compasión.
Quirós estaba perplejo. Comprendía que acababa de cometer una torpeza, mostrando antes de tiempo cierta aspiración de independencia ante el terrible jesuíta, que no consentía la emancipación de ninguna de las voluntades a él supeditadas. Por esto, deseoso de remediar su ligereza, se apresuró a decir con acento humilde:
—Perdón, reverendo padre. No había yo imaginado, ni remotamente, nada que fuese en perjuicio de la honradez y caridad de vuestra reverencia, pero el maldito amor propio, herido por el despego que hace algún tiempo me mostraba usted, ha sido la principal causa de que yo haya hablado de un modo irrespetuoso. Ruego a usted que me perdone. Ya sabe que le venero y que eternamente le seré fiel.
El jesuíta hizo como que creía en estas palabras, cuyo verdadero valor conocía.
—Es usted un niño, amigo Quirós—dijo con paternal benevolencia—, y si no estuviera convencido de esa ligereza, que le ha de producir muchos disgustos, tomaría en serio sus palabras, en cuyo caso mi enojo sería terrible. Usted tiene un defecto, que consiste en querer subir demasiado aprisa a las alturas donde le arrastra su exagerada ambición. Yo no critico que usted sea ambicioso: todos lo somos en este mundo, y yo el primero: pero hay que pensar bien que aquello que todo hombre ha de procurar para subir, es escoger bien los medios que han de servirle para su elevación. Usted, mientras suba apoyado por nuestra Orden, hará carrera, y el día que intente emanciparse de nosotros, su ruina será completa.
—Reverendo padre, yo no intento separarme de usted, al que tanto venero; yo...
—Menos protestas de adhesión, amigo Quirós. Dios, que lee en el corazón de todos los humanos, es quien sabe mejor la verdad y puede apreciar los sentimientos de cada uno. Aunque no estoy muy seguro de la adhesión de usted, le quiero, a pesar de todo, y buena prueba del ello es que hace un momento pensaba en usted y le procuraba un medio seguro para engrandecerse.
—¡A mí!—exclamó Quirós con codicia—. ¡Oh, cuánto le agradecería que hiciese algo por mi suerte! Mi situación es cada vez más difícil; mis compañeros ascienden todos, hacen fortuna, y yo permanezco inmóvil en mi miserable medianía, sin adelantar un paso. Necesito un protector poderoso, como vuestra paternidad, y que no me abandone en ninguna ocasión.
—Mi protección dependerá del modo como usted se porte en adelante conmigo. Por de pronto, sepa que tengo un medio seguro e inmediato para que el Gobierno agradezca a usted un servicio importantísimo y le premie con largueza.
Quirós hizo un gesto de impaciencia; estaba ansioso por conocer aquel medio, tan seguro, de engrandecerse.
—Se trata—dijo el jesuíta con gran calma—de descubrir al Gobierno una conspiración revolucionaria, verdaderamente terrible, por las personas que de ella forman parte.
Quirós mostró cierta extrañeza al escuchar estas palabras. Notábase en él que acababa de sufrir una profunda decepción.
—¡Oh!—exclamó—. ¡Si no es más que eso!... Todos los días recibe el Gobierno delaciones de esa clase, y apenas si las premia con unas cuantas onzas de oro. Los ministros hacen ya poco caso de tales revelaciones, pues las más de las veces resultan falsas o inútiles, ya que no pueden encontrarse las pruebas.
—Es que aquí las hay, señor Quirós: pruebas claras y concluyentes, papeles de tanta importancia, que con ellos el Gobierno puede ponerse al tanto de una terrible conspiración militar, y conocer a todas las personas que están comprometidas en ella.
—¡Ah!—exclamó el joven, cuyos ojos brillaron con terrible llamarada de alegría—. Eso es otra cosa. Si vuestra paternidad me facilita tan importante delación, mi ascenso está ya asegurado.
—Pues cuente usted con que le apoyaré. Irá usted a ver al ministro de la Gobernación. ¿No lo conoce usted?
—Sí, reverendo padre. He hablado varias veces con él en las reuniones del gran mundo.
—Perfectamente. Pues puede usted decirle que en Madrid funciona una Junta revolucionaria militar, de la cual es secretario un capitán llamado don Esteban Alvarez.
—Eso no basta, reverendo padre.
—No sea usted impaciente, y escuche. Dicho capitán tiene en su casa la mayor parte de los papeles de la conspiración, y registrando su domicilio, el Gobierno puede dar un buen golpe a los revolucionarios.
—¿Está usted seguro, reverendo padre, de que los papeles están en casa de ese capitán?
—¡Oh!, segurísimo. Ya sabe usted que estoy siempre bien informado de todo. Tengo buenos amigos.
—¡Diablo!, pues la cosa resulta grave para ese capitán, si le pillan en su domicilio los papeles. ¿Es algún joven ese capitán?
—Creo que sí. Según me han dicho es una cabeza ligera, un exaltado muy peligroso.
—¿No le conoce vuestra reverencia?
—No. Nunca lo he visto.
Quirós se quedó pensativo unos minutos.
—¡Vamos!—dijo el jesuíta—. ¿Qué piensa usted? ¿No se atreve a dar el golpe?
—Pienso que si le pillan los papeles a ese pobre muchacho, pronto le olerá la cabeza a pólvora. El Gobierno está hoy más irritado que nunca contra los revolucionarios, y será inexorable con aquel que pille.
—Así lo creo yo también. Pero veo que me he equivocado al pensar en usted y ofrecerle un medio tan rápido de elevación. ¿Tiene usted reparo en delatar tan peligrosa conspiración? No hablemos, pues, del asunto. Olvídese usted de todo lo dicho, que otro se encargará de hacer el trabajo. No falta gente que quiera ser premiada por el Gobierno.
Quirós se estremeció, como si acabara de recibir un rudo golpe.
—¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?... El negocio es para mí, y yo no puedo consentir que otro me lo arrebate. ¿He dicho yo acaso que no quiero encargarme de la delación? Lo que hay es que me inspiraba algo de compasión ese pobre muchacho, que es un joven como yo y que no aguarda seguramente el terrible cataclismo que le va a caer encima. Un poco de simpatía, y nada más. Pero se acabó ya el escrúpulo; no soy tan imbécil que dé un puntapié a la Fortuna, cuando ésta se me presenta. Se acabó la compasión. ¡Vaya, padre Claudio!, siga usted dándome órdenes, que yo las cumpliré inmediatamente.
—Celebro verle tan animoso y dispuesto a aprovecharse de mi cariñosa benevolencia. Para alcanzar la gratitud del Gobierno, no tiene usted más que hacer esa delación. Yo me encargaré después de recomendarlo y hacer que la recompensa oficial sea lo más alta posible.
—Pero, padre Claudio, con lo dicho no basta para que la delación sea completa. Falta saber, el domicilio del capitán Alvarez, el punto donde los conspiradores se reúnen y todos los demás detalles que vuestra paternidad juzgue importantes.
—Es verdad. Tiene usted mejor memoria que yo. Pase usted a mi despacho y mi secretario le dará una nota exacta de todo cuanto pide.
Quirós hizo un gesto de alegría, como si ya tuviera en sus manos el importante ascenso que tanto deseaba.
Ansioso por realizar cuanto antes aquel negocio, y sin el menor rastro del escrúpulo que momentos antes había sentido, se dispuso a salir del gabinete para dirigirse al despacho.
—Aguarde usted, impaciente joven—dijo el jesuíta sonriendo con amabilidad—. Supongo que todo esto quedará en el más absoluto misterio, y que el Gobierno no traslucirá quién ha proporcionado tan importantes datos.
—¡Oh! De eso no hay que hablar, padre Claudio. Bueno soy yo para que se me escape una palabra indiscreta. Yo sólo digo lo que quiero.
—Buena condición es ésa. Con ella irá usted muy lejos. Lo importante es que usted no se arrepienta nunca de lo hecho, y quiera perder a sus amigos algún día, sabiendo perfectamente lo que dice.
El joven comprendió que el padre Claudio seguía dudando de su adhesión.
—No recele vuestra reverencia de mi fidelidad—dijo Quirós—. Ya que no por cariño, por egoísmo, debo seguir siempre al lado del padre Claudio. Tratándome como hoy, nunca podré quejarme de su protección. Yo, al que me da, nunca le falto.
—¡Magnífico! Es usted adorable por su, franqueza, Joaquinito. Usted irá lejos y nunca le faltará mi protección. Unicamente—continuó el jesuíta sonriendo con cierto aire de superioridad—, le falta a usted el no dejarse dominar por la compasión en momentos supremos.
—¡Oh! La indecisión de antes ha sido momentánea, como usted ha visto.
—Cuando yo le aconseje una cosa, no dude usted nunca. Yo no puedo aconsejar a nadie que peque y pierda su alma, y las acciones que yo recomiendo, aunque a primera vista parezcan censurables, seguramente no lo son por venir de boca de un sacerdote del Altísimo. Dios saca el bien del mal, no olvide usted esto, y para hacer bien a nuestros semejantes, es preciso que antes les hagamos daño. Al delatar a ese joven capitán, tal vez le sentenciemos a muerte; pero, ¡cuán inmenso caudal de bienes no producirá nuestra delación! Con su prisión y la incautación de sus papeles, la Sociedad permanecerá tranquila, la revolución quedará desbaratada, perecerán esas ideas diabólicas y disolventes que propagan los enemigos de la Monarquía y de la Iglesia, y quedarán tranquilas en el poderío de que hoy gozan, por la voluntad de Dios, Doña Isabel II, esa reina modelo de virtudes, y la Compañía de Jesús, santa institución que trabaja por la salvación del mundo. Si quiere usted ser grande y poderoso en la tierra, y después feliz y bienaventurado en el cielo, no vacile usted nunca en obedecer mis indicaciones. Todo cuanto yo ordene es...
—"Para mayor gloria de Dios"—interrumpió el joven—. Si ya lo sé, reverendo padre, y juro obedecerle inmediatamente. Ahora, si le parece bien, vamos al despacho a por la nota, pues siento verdadera impaciencia por servir a Dios haciendo la delación.
El jesuíta sonrió bruscamente al oír estas palabras. Sabía él a qué Dios servía el joven egoísta, al mostrarse tan impaciente por cumplir sus órdenes.
—Sobre todo, amigo Quirós, no cometa usted ninguna imprudencia, ni deje que la cometa el Gobierno. Si hace usted la delación ahora mismo, nos exponemos a que el ministro dé inmediatamente órdenes a la Policía, en cuyo caso es posible que armándose estruendo extemporáneamente, se nos escape la liebre. Vaya usted al Ministerio al anochecer, y haga la delación. La noche es favorable para esta clase de asuntos.
Quirós se conformó a esperar algunas horas para dar el golpe que aseguraba su porvenir, y con aire de humildad hipócrita, siguió al poderoso jesuíta a su despacho.
XXVI
La última buena obra
del padre Claudio.
A Baselga comenzaba a parecerle demasiado extraño el aparato misterioso con que el capitán O’Conell había revestido su cita.
Pasaba el conde por alto que le hubiese hecho salir a una legua de Madrid para ir a aquel caserón de grandes y desiertos patios, rodeado de un vasto jardín con solitarias alamedas, a cuyo extremo había entrevisto algunos hombres que al notar su presencia habían desaparecido; hacía caso omiso igualmente de que el doctor Peláez lo hubiese abandonado diciendo que así lo exigía el secreto de la entrevista, dejándolo bajo la dirección de un criado, soberbio mocetón de grandes patillas que orlaban una cara cuadrada y sin expresión alguna; pero no le parecía ya indiferente, pues le causaba cierta molestia próxima a la irritación, que le tuvieran más de una hora en aquella sala, grande, fría y de elevado techo, cuya desnudez aún hacía más antipática el torrente de sol que entraba por las dos rejas situadas sobre el vasto jardín que él había atravesado.
La aventura iba ya resultando para el conde demasiado extraña. Aquellas rejas eran demasiado robustas y tenían todo el aspecto de las de presidio. Mirándolas fijamente, el conde llegó a sonreírse.
—En esta casa—pensaba—debe ser la gente muy miedosa. Según leo a veces en los periódicos, hay bastantes ladrones en los alrededores de Madrid; pero la cosa no creo que sea para tomar tantas precauciones. ¡Cuidado si han empleado hierro en las tales rejas!
Y Baselga, que para buscar distracción al tedio que comenzaba a dominarle, se había entretenido en contar varias veces los barrotes de las rejas, pasó a fijarse en otros detalles de la habitación.
—Pues aquí dentro—continuó pensando el conde—no han sido tan pródigos en muebles como en el hierro de las rejas. ¡Vaya un menaje! Parece que sólo hayan puesto lo estrictamente necesario para que la pieza no sea inhabitable.
Así era. La sala era muy espaciosa, y a pesar de esto, sólo había en ella cuatro sillas de paja, muy ligeras por cierto, y una mesilla colocada entre las dos rejas.
Baselga se levantó, fué tocando uno por uno los escasos muebles, y después siguió paseando de un extremo a otro de la habitación.
Sacó su reloj de oro y miró la hora. Las diez y media. Estaba ya allí más de una hora y comenzaba a parecerle la espera más que pesada.
En uno de sus paseos, al pasar junto a la puerta, que creía entornada, se fijó en ella. También notó, como en las rejas, gran lujo de precauciones. Vaya una puerta sólida. Los tableros estaban tan ajustados, que no dejaban la menor rendija, y toda ella parecía hecha de una sola pieza. En el centro tenía un ventanillo cerrado.
El conde, al pasar, la golpeó distraídamente con el pie, como para apreciar su robustez, y la puerta no se movió.
Baselga hizo un gesto de inmensa extrañeza. ¿Qué era aquello? ¿Acaso estaba la puerta cerrada? ¿Era él un preso?
Esta consideración sublevó al conde, quien, para convencerse de si la puerta estaba cerrada, dejó caer sobre ella sus robustos puños. Conmovióse la recia madera produciendo un sonido sordo, pero la puerta no se movió.
Ya no podía dudar el conde. Estaba encerrado, prisionero en aquella destartalada habitación tan inaccesible a la fuga como un calabozo. Las rejas le impedían saltar al jardín.
Apoderóse de Baselga una terrible indignación al verse tratado de un modo tan inicuo. ¿Por qué le recibían de tal modo? ¿Dónde estaba aquel O’Conell, que no llegaba nunca?
De repente cruzó por la imaginación del conde una absurda idea, propia de su continua preocupación. Sin duda, el Gobierno inglés conocía su plan, temía al audaz patriota, y se atrevía a secuestrarlo casi a las puertas de Madrid. Esta presunción fatua y loca consolaba al conde y le daba cierto valor para sobrellevar tan extraña aventura; pero a pesar de esto, seguía golpeando con sus vigorosos puños la fuerte puerta, sin lograr que hiciera el menor movimiento.
El más absoluto silencio contestaba a aquellos golpes, y Baselga se decidió por fin a gritar:
—¡Eh! Los de la casa. ¿Qué es esto? Venid a abrir esta puerta.
Varias veces gritó y no vino nadie. Pero los gritos no fueron acogidos con el mismo silencio que los golpes.
A los oídos de Baselga llegaron confusas y amortiguadas voces estentóreas, chillidos y cánticos monótonos, que formaban un extraño concierto y que se repetían cada vez que él llamaba.
—No—dijo el conde en alta voz, como si tuviera a sus espaldas quien lo oyera—, pues la broma resulta bastante pesada. ¿Y qué grita toda esa gente?... Juro a Dios, que en cuanto salga de aquí aprenderán cómo nadie se burla impunemente de un hombre como yo.
Transcurrieron algunos minutos sin que el conde se cansara de golpear la puerta. Antes bien, parecía que sus puños, al maltratar a la madera, adquirían nuevo vigor.
Cuando comenzó a llamar, habíale parecido oír unas pisadas que ligeramente se alejaban, y éstas volvieron a escucharse pasado un buen rato, aunque aproximándose con gran rapidez.
El conde vió abrirse el estrecho ventanillo de la puerta, a través del cual apenas si podían mirar a la vez con ambos ojos.
En el pasillo estaban dos hombres; el criadote de las patillas y de rostro inmóvil, que, según se decía el conde, tenía cara de palo, y un joven también fornido y barbudo, que llamaba la atención por su gesto inteligente.
Baselga se dirigió a él lanzándole por el ventanillo una mirada iracunda.
—Caballero, ¿es ésta manera de recibir una persona decente? ¿Soy algún criminal terrible para tenerme cerrado? Soy el conde de Baselga, sépalo usted.
—Lo sé, señor conde—dijo el joven con sonrisa amable—; y ruego dispense esta falta de atención. El tenerle cerrado, comprendo que le será a usted tan enojoso como molesto para mí; pero tengo que cumplir forzosamente las órdenes que me dan. A usted mismo le conviene permanecer ahí.
—¿Esas órdenes son de O’Conell? A ver, ¿dónde está O’Conell?
El joven médico no sabía quién era aquel extranjero que nombraba el conde; pero con el aplomo que le daba su continuo trato con los enajenados, respondió:
—Sí; O’Conell me ha dado la orden. No tardará en venir, puede usted esperar tranquilo. Es cuestión de una hora a lo más. Le ruego, sobre todo, que no se incomode ni se exalte. Piense usted en que le conviene estar así.
El conde seguía no comprendiendo aquel extraño aparato; pero se tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.
No; aquella gente no podía ser mala. Tenía buen aspecto y no parecía que se propusieran causarle el menor daño. Esperaría, ya que tan cortésmente se lo suplicaban, y cuando llegara O’Conell, éste le explicaría la razón de tan extraña conducta.
El joven hizo una cortesía, disponiéndose a retirarse.
—Ya lo sabe usted, señor conde. Permanezca usted tranquilo, que así que llegue el que usted espera, entrará a verle inmediatamente. Mientras tanto, el ventanillo quedará abierto, y si algo se le ocurre, no tiene usted más que llamar a este señor, que acudirá inmediatamente.
Los dos hombres se retiraron, y el conde volvió a pasearse por la habitación.
En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero así que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas sospechas. ¿No podían ser terribles enemigos aquellos hombres que tan amables se mostraban?
Todo inducía a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara vez puede ser precursor de felices acontecimientos.
Y el conde, al pensar esto, se dirigía a sí mismo preguntas de imposible contestación.
—Vamos a ver, ¿dónde está O’Conell? ¿Por qué ordena estas precauciones irritantes? ¿Será acaso un traidor que nos habrá engañado al padre Claudio y a mí? ¿Y qué casa es ésta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese joven, así como por qué chillaban tan desaforadamente hace poco rato.
Justamente cuando el conde se decía esto, volvió a estallar aquel extraño y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes canciones.
Esta vez se oía mejor, y parecía más próximo el griterío, sin duda por estar abierto el ventanillo.
A Baselga le ponía nervioso aquel estruendo, que parecía arañarle los oídos. Además, creía que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos, que celebraban con risotadas extravagantes verle a él encerrado, y por esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmuró iracundo:
—¡Dios! Esto parece una casa de locos.
Después, como si tomara una resolución, se dirigió al ventanillo:
—¡Buen hombre!—gritó—. ¡Eh, buen hombre!
Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con una ligereza juvenil.
—¿Qué se le ofrece?—dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba por dulcificar.
—¿Qué ruido es ése? ¿Por qué chilla esa gente de un modo tan extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa música rara.
—No haga usted caso, señor. Son huéspedes que tenemos aquí hace algún tiempo, y que nos dan bastante trabajo.
—¿Y qué clase de casa es ésta? ¿Qué hacen aquí?
Por fin, la cara de palo del criado perdió su expresión estúpida para animarse con una sonrisa extrañamente irónica.
—¡Oh! Ya lo sabrá usted, ya se encargará de decírselo la persona a quien espera.
—¡Ya lo creo que me lo dirá! Tengo deseos de saber el por qué del aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia tal vez. ¡Esos ingleses son tan excéntricos!
Baselga notó en la inanimada cara del criado cierta expresión de extrañeza. ¡Si él lograra hacerle hablar!
—Qué, ¿te extrañas de lo que digo? ¿No conoces tú al capitán O’Conell?
—Yo, no, señor. Es decir..., ese capitán, ¿no es la persona que usted espera?
—Sí, hombre. Al que espero, y por el que he venido aquí.
—Pues a ése sí que lo conozco; sólo que no sabía que usted lo llamaba por tal nombre, ni que era capitán.
—¿Pues, cómo llamáis aquí al que yo espero?
—Aquí se le llama el doctor Zarzoso, y todas las mañanas, a las once, viene a hacer su visita. Por lo regular, sólo inspecciona a algunos de los huéspedes y se pasa más de dos horas hablando con ellos. Hoy tendrá con usted una conferencia larga.
El conde quedó profundamente desconcertado por tales palabras. ¿Qué enredo era aquél? ¿Había otro que al capitán irlandés quería convertirlo en doctor? Baselga comprendía la necesidad de hacer hablar a aquel hombre, y recordando sus antiguas prácticas de hombre de mundo, que hace apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sacó del bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sacó la mano por el ventanillo.
—Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con tu conversación, hasta que llegue ese señor a quien espero.
—Gracias, señor conde—dijo el criado mirando con codicia las relucientes monedas—; pero me es imposible aceptar la “fineza”. El reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.
—Tómalos sin cuidado. Guardaré el secreto, pues tengo el gusto de hacerte este regalo.
La manaza del criado no tardó en apoderarse de las dos monedas.
—Y dime—continuó el conde—; ¿ese señor doctor que tú nombras, es el mismo a quien yo espero?
—¡Vaya una pregunta! ¿Usted no espera al doctor Zarzoso? ¿No es él quien lo ha enviado aquí para su curación?
—¿Para mi curación?... ¡Ah!, sí. Por eso me encuentro en este sitio y le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco mucho a ese señor médico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo de su cara.
—No es extraño; a muchos les sucede igual aquí. Vea usted si recuerda. Es un señor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.
Al conde no le cabía ya duda alguna. Se trataba de aquel caballero, que en la mañana del día anterior había ido a su casa a revolverle la bilis con sus objeciones. ¿Qué venganza era aquella?
Baselga sentía verdadera ansia de penetrar en lo más hondo ce aquel misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba escalofríos de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su impetuoso carácter.
—Habla, querido, habla—dijo al criado—. ¿Y crees tú que el doctor me curará?
—Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segurísimo, si usted ayuda. Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede asegurar que está libre de vivir aquí o en presidio.
Aquel mocetón hablaba con tono de filósofo. Al conde le causaba cierto pavor su filosofía; pero a pesar de todo tuvo serenidad para preguntar con marcada impaciencia:
—¿Y qué enfermedad es la mía? ¿Lo sabes tú, acaso?
—No es gran cosa. Hace poco rato me la contaba don César, el médico de guardia, ese joven tan simpático que antes ha hablado con usted. Se halla usted tan bueno y sano como yo u otro cualquiera; sólo que en ciertos momentos le domina una manía, que le hace muy peligroso.
El conde temblaba de pavor. El, tan animoso, tan enérgico, se sentía dominado por el miedo ante el sesgo que tomaba la aventura, que momentos antes creía una broma de mal gusto, pero sin consecuencias.
Adivinaba ya dónde estaba, para qué servía el edificio, y qué clase de hombre era el que con él hablaba: ¡Horror! Convertido de pronto en un demente, y teniendo que hablar con fingida tranquilidad con un loquero.
La seguridad que tenía el conde de que su razón estaba sana, aún hacía más horrible su situación.
—Conque decías—continuó el conde esforzándose en sonreir—que mi manía es muy peligrosa.
—Así lo he oído. ¿Usted no piensa en algunos ratos ir a hacerle la guerra a los ingleses, y tenía preparados muchos hombres y armas para tal negocio?
Baselga aún experimentó mayor impresión de terror. ¡Cómo era aquello! ¿Su secreto era ya del dominio público? ¿Lo conocía hasta un criado de manicomio?...
Sentía el infeliz una creciente curiosidad, y por esto, a pesar de su terrible angustia, siguió preguntando:
—¿Cómo sabéis aquí lo que yo pienso?
—¡Bah! Aquí se sabe la historia y la manía de cada enfermo. Ese señor médico que le ha acompañado a usted aquí, ha estado examinándolo con detención durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su enfermedad.
—¡El doctor Peláez!—exclamó con extrañeza el conde.
—Sí, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don César y recomendándole que lo trate muy atentamente.
Baselga no se pudo contener.
—¡Pero eso es una infame traición!...
El criado volvió a sonreir irónicamente.
—¡Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aquí, y después, si es que salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto tiempo en esta casa atendiendo a su curación.
Reinó un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin llegar a creer completamente en su horrible situación. Tan absurdo le parecía.
Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomática, dijo al criado:
—Pero mi familia no sabrá que yo estoy aquí; no tendrá noticia de este miserable secuestro.
—¡Toma! ¡Hermosa pregunta! ¿Le parece a usted, señor conde, que sin consentimiento de su familia le hubieran traído a usted aquí? ¿Tenemos acaso ganas de ir a presidio? A usted le han traído aquí después que ayer verificaron en su casa una consulta el doctor Zarzoso, el doctor Peláez y otros dos médicos. Así he oído que aquel señor se lo decía a don César. Qué, ¿no se acuerda usted ya? Pues dicen que usted estaba presente, y que hablaron largamente en su despacho. También estaba un cura que ha trabajado para que usted, a quien quiere mucho, quede aquí, en seguridad, sin emprender peligrosas aventuras. ¿No se acuerda usted de eso?
—Sí, lo recuerdo; lo recuerdo perfectamente—dijo el conde con voz desfallecida.
Y, efectivamente, recordaba con todos sus detalles la conferencia de la mañana anterior en su despacho, y ahora comprendía la significación de las miradas del sabio doctor y aquellas preguntas que tanto le habían irritado. Pero, ¡Dios mío!, ¡cuán infame era aquello!, ¡qué traición tan terrible! Había para volverse loco, pero de verdad; no con aquella demencia fingida, que él comenzaba a comprender de quién era obra.
Su mano crispada apretaba convulsamente el borde del ventanillo, y con la cabeza baja permanecía silencioso y meditando, sin comprender muchas de las palabras que le dirigía el criado.
—Debe usted tranquilizarse, señor conde, y tomar con calma lo que le sucede. Estos son percances de la vida, de los que nadie se halla libre. Si usted tiene serenidad y pone de su parte para ayudar a la ciencia es posible que pronto se encuentre bueno. Calma, mucha calma. Aquí no se pasa del todo mal. Le hemos alojado en esta pieza hasta que venga el doctor Zarzoso y hable con usted. Después, lo trasladaremos a una celda donde tendrá usted vecinos; gente divertida, que en los primeros días le incomodará; pero que al fin le hará reir. Son los que usted oía antes. Además, yo seré el encargado de cuidarle, y no tendrá queja alguna. Me es usted muy simpático, y más desde que veo que es persona razonable. Ratos de sobra tendremos para charlar de nuestras cosas, como ahora lo hacemos.
El conde seguía meditabundo, y de las palabras del criado sólo algunas lograban deslizarse hasta su cerebro, donde no eran del todo comprendidas.
Una sorda irritación comenzaba a bullir en el ánimo de Baselga, sustituyendo al miedo que momentos antes le dominaba.
Hubo un instante en que el conde se creía víctima de una lúgubre pesadilla; pero tocaba la pesada puerta, oía al criado, y la esperanza de ser todo un sueño se desvanecía inmediatamente.
La dignidad de clase, el orgullo viril, la rectitud de conciencia y el convencimiento de su sana inteligencia, todo se sublevaba enérgicamente contra aquella terrible situación, con tan imponente fuerza, con tan arrebatadora rabia, que Baselga se creía capaz de proceder como un loco furioso, ya que todos se empeñaban en hacerlo aparecer como tal.
En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita Carrillo, la esposa infiel y cínica.
El rostro del conde palidecía, sus ojos adquirían el brillo extraño y el tinte sanguinolento que produce la indignación en ciertos hombres de carácter pronto para la violencia.
A pesar de esto, logró contenerse aún, y con voz ronca preguntó al criado:
—¿Pero tú me crees loco?
—¡Yo! ¡Jé, jé!
Y el criado, por toda contestación, reía maliciosamente.
—¿De qué te ríes? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situación sea cosa de risa.
—Me río, señor conde, de que todos cuantos vienen aquí hacen la misma pregunta.
—¡Pero contesta, con mil demonios! ¿Tú crees que estoy loco, sí o no?
—En este momento no lo está usted; pero si sigue así, no tardará en darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure calmarse.
El conde se estremeció. ¿Si estaría realmente loco? Esto es difícil que pueda apreciarlo el mismo paciente, y, además, él se sentía en un estado anormal, a causa de la indignación. Debía tener en el rostro una expresión terrible, a juzgar por el aspecto alarmado del sirviente.
Baselga había comprendido todo el horrible carácter de aquella trama, que se había urdido en torno de su persona, para conducirlo a tan mísera situación. Sentía la necesidad imperiosa de salir de allí; ansiaba destrozar a aquellos miserables enemigos que tan rastreramente habían preparado su ruina. Anhelaba procurarse el divino gozo de despedazar entre sus manos de hierro al repugnante padre Claudio.
Por esto hizo un gesto de imponente autoridad, como si aun estuviese en el Norte, al frente de su regimiento de lanceros carlistas, y dirigiéndose al criado, dijo con voz breve e imperiosa:
—Abre la puerta. Necesito salir al momento.
El mocetón puso el mismo gesto del que oye una cosa ridículamente absurda.
—¿Quién, yo? Tiene gracia.
—Que abras, te digo, o si no, ¡por Cristo vivo!, que...
Y el conde comenzó a dar patadas en la puerta, vomitando por el ventanillo un tropel de juramentos y maldiciones.
El criado permanecía impasible ante aquella rociada de insultos. Veíase que estaba acostumbrado a tales desahogos de los huéspedes de la casa.
—¡Cobarde! Abre, u os echo la puerta abajo y le pego fuego a la casa. Abrid, canallas. ¡Es así como se procede con un hombre honrado! ¡Ah, miserables jesuítas! Abrid, esbirros del padre Claudio. Dejad salir a un padre infeliz. Dios sabe qué será a estas horas de mi hija. Quieren hacerla monja, para robarle su dinero; quieren meter fraile a mi hijo, para robarlo igualmente, y a mí me encierran para que no lo estorbe. Abrid, o lo rompo todo... Pero tú, cara de palo, ¿qué haces ahí tan quieto? Abre y no repares en pedirme gratificación. Te daré cuatro mil duros, diez mil..., ¡los que quieras! Pero abre en seguida. Abre esa puerta, o, ¡por Cristo!, que me como tus hígados y los de todos los doctores canallas.
Y el conde se destrozaba las rodillas y se quebrantaba los pies, golpeando aquella puerta, que permanecía tan inmóvil como el flemático criado.
Apuró Baselga en su balbuciente y furiosa indignación todas las maldiciones y blasfemias aprendidas en los campamentos, sin conseguir alterar aquella estatua de carne, que permanecía rígida e indiferente en el pasillo. Su calma le desesperaba. ¡Oh, cuánto hubiese dado él por poder salir y destrozar a puñetazos la "cara de palo"! Era el primer hombre que se burlaba impunemente de él, que era el terror de cuantos intentaban ofenderle.
La frialdad con que acogía sus palabras era lo que aumentaba su indignación. Hubiese preferido Baselga que el criado contestara a sus insultos, que se enfureciera, que le dirigiese injurias insufribles; pero verse acogido con un silencio compasivo, propio para seres irresponsables, para niños o para viejos, excitaba aún más su terrible rabia. Era ya un loco, no podía dudar. Sus palabras no tenían valor; le habían despojado de su condición viril, y, en adelante, a sus más injuriosas palabras contestarían todos con una sonrisa de conmiseración.
Al conde de Baselga le cegaba la rabia, como si para aliviarla y desahogarse necesitara algo más que proferir insultos, apretó su rostro cuanto más pudo contra el estrecho ventanillo, y escupió furiosamente al rostro del criado.
—Toma, cara de palo; esto, para ti. A ver si abres la puerta y entras a reñir conmigo.
Baselga recibió en el rostro un rudo golpe, que le hizo retroceder al centro de la habitación.
Era que el criado le había arrojado la hoja del ventanillo en las narices, y después de cerrarlo se retiraba con lentos pasos.
El golpe, a pesar de ser fuerte, apenas si causó efecto en Baselga. Pronto se repuso del aturdimiento que le produjo el choque de la recia madera contra su rostro, y dando un salto prodigioso que tenía algo de la ligereza flexible y elegante del tigre, cayó con todo el peso de su corpulento cuerpo sobre aquella puerta, a la que combatía e injuriaba lo mismo que si fuese un ser viviente.
Nada. Gimieron las maderas sordamente, pero ni una sola se movió. Eran previsores en aquella casa y la puerta estaba a prueba de locos, aun de los más furiosos y forzudos.
Varias veces repitió el conde aquel asalto, sin conseguir abrir brecha en la puerta.
Su rostro estaba congestionado; gruesas gotas de sudor surcaban sus facciones; respiraba fatigosamente, con la entonación del rugido; sus ojos estaban veteados de sangre; las venas de su cuello, hinchadas por furiosas contracciones, parecían querer estallar, y, a pesar de esto, no se sentía fatigado.
La rabiosa indignación centuplicaba su fuerza de Hércules, y él, al tropezar con aquel implacable obstáculo, inmóvil y firme, se creía un niño, y le faltaba poco para llorar su debilidad.
Excitado por su misma impotencia, y dominado por loca tenacidad, volvió varias veces a caer en prodigioso salto desde el centro de la estancia sobre la pesada puerta, y aquellos choques que le magullaban hacían crecer su furor sin límites.
Fuera de la estancia, la espeluznante gritería de los locos contestaba a cada uno de los quejidos de la madera, combatida por aquel ariete humano.
Los médicos y los criados del establecimiento, agrupados en el fondo del corredor, escuchaban el estrépito producido por Baselga, y se prometían tratarlo en adelante con grandes precauciones, pues sus violentos accesos le hacían temible.
El conde, después de golpear inútilmente la puerta, dirigióse a las rejas, y poseído de vertiginosa movilidad, iba de una a otra, agarrando los barrotes con sus nervudas manos y haciendo esfuerzos poderosos por romper el hierro.
Desollose sus manos, tirando de los robustos barrotes, y... nada; no consiguió que las rejas hicieran el menor movimiento.
Estaba vencido, le era imposible libertarse, y aquella casa había de ser el sepulcro de su razón calumniada.
El sol, que en oleadas de oro entraba en la habitación, marcando en el suelo dos cuadriláteros de luz; las verdes capas de los árboles del jardín, en las que piaban algunos gorriones; el cielo azul y esplendoroso que se veía a través de las rejas, todo constituía un sarcasmo para el infeliz prisionero. La naturaleza sonreía y mostraba a Baselga la inmensa libertad que en ella existe justamente cuando el desgraciado reconocía que había perdido ya para siempre la suya.
El conde se sentía poseído de tal furor, que en su cerebro surgió este pensamiento:
—¡Si estaré yo loco!
Y experimentó un tremendo dolor de cabeza. ¿Qué era aquello? Hizo un esfuerzo Baselga para volver en sí, y cuando adquirió cierta serenidad, encontróse que estaba golpeándose furiosamente la cabeza contra las paredes.
Otra vez volvió el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dándole razonables consejos.
—Si sigues entregándote a tu desesperación, si te golpeas, creerán fundadamente que estás loco. Modérate, ten calma.
Había en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y veía claramente la situación; otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destrucción.
Los músculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrás del último, y obedecía todos sus mandatos.
—Detente, espera, no pierdas la calma—gritaba la eterna idea en el interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba, aullaba de furor, daba puñetazos en las paredes, se arrojaba con la cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se arañaba la cara, se mordía las manos, y, al fin, se arrojó en el centro de la habitación, revolcándose, agitado por terribles convulsiones.
Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos de fiera. Pedía por centésima vez a los canallas de afuera que le abrieran la puerta, y en algunos momentos se creía estar luchando con el padre Claudio, y como si le asestara terribles puñetazos, se golpeaba el rostro, hasta hacerse sangre.
Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa, derribando las sillas y dejando tras sí pedazos de su traje, rasgado por terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer con mayor furia, golpeando con rabiosa saña su magullado rostro contra los fríos baldosines.
Esta terrible escena duró más de diez minutos, y al fin las fuerzas de Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dejó caer su cuerpo inerte.
Una saludable reacción comenzó a operarse en él. Su respiración era semejante al estertor del moribundo, y así, tendido de espaldas, con la vaga mirada fija en el techo y agitándose de pies a cabeza por un nervioso estremecimiento, permaneció mucho tiempo.
Por fin movió la cabeza a uno y otro lado; su mirada, vaga hasta entonces, contempló fijamente cuanto le rodeaba con marcada expresión de extrañeza, y se incorporó, como si volviera en sí después de un terrible ensueño.
Sus ojos fueron fijándose en las desgarradas ropas y en las sillas caídas, y comenzó a sentir al mismo tiempo el punzante dolor que en todos sus miembros producían las contusiones y magullamientos.
Otra vez el buen sentido volvió a hablar bajo su cráneo, y una sonrisa contrajo los labios del conde.
—Bravo, Fernando—se dijo con terrible ironía—. Ya han logrado tus enemigos lo que querían. Te has entregado a la desesperación neciamente, has dejado libre de toda traba tu carácter violento, has hecho locuras, y ahora nadie dudará que eres un demente furioso. Ya no saldrás de aquí, y tal vez dentro de poco te pongan la camisa de fuerza.
Mientras que estas ideas se agitaban en su cerebro, el conde permanecía sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y mirando con estúpida fijeza su sombrero, que, pisoteado y roto, estaba en un rincón.
Cuando Baselga salió de su abstracción, se encontró derecho, paseando apresuradamente por la sala, de un extremo a otro.
El conde había experimentado una reacción. Sentía una calma absoluta; todo lo veía de diverso modo, sentía una tranquilidad sobrenatural y hasta le parecía que durante la anterior crisis había muerto, y ahora se encontraba en otra vida, libre de las miserias y de las desgracias de este mundo.
Había en el interior de su cerebro alguien que le seguía hablando, y cuyos consejos aceptaba sin protesta.
—Resignación, Fernando. Ya estás loco; ¿y qué? Piensa en permanecer tranquilo; tu salud es antes que nada. No te golpees, no te maltrates. ¿Qué vas ganando con desesperarte? Olvídate del mundo, de esos miserables, que te han engañado; de tu familia, que te ha traído aquí.
Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo círculo, y después de una vuelta vertiginosa, venían a parar al punto de partida: a la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su cerebro, salió al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos seres inocentes y desgraciados, a quienes él veía ahora acechados por la negra traición, tímidos e incautos insectos, que iban a caer en la red de la sombría araña, en aquella red que había aprisionado a su razón, y que de un hombre fuerte e independiente había hecho un guiñapo humano, arrojándolo, sin compasión, al fondo de un manicomio.
La figura del padre Claudio apareció en la imaginación de Baselga, irónica, sonriente y como complaciéndose en burlarse de su desesperación.
¡Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llevó la crispada mano a la frente. Necesitaba arañar algo.
Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa debió hablar otra vez bajo el cráneo, y la mano cayó desmayada a lo largo del tronco, chocando con un objeto duro.
Baselga palpó instintivamente el objeto que había detenido su mano, y sacó del bolsillo derecho del chaleco la pequeña y brillante pistola que había tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.
Como si el brillo de los niquelados cañones le produjeran un principio de hipnotismo, estuvo mirándola fijamente bastante tiempo. Su frente se contraía como si en el interior le punzara algún terrible pensamiento; sonrió dos o tres veces con frialdad, y su voz murmuró muy quedamente:
—¿Y por qué no...?
Movió la pistola, levantó el gatillo, miró las dos negras bocas de sus cañones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un precipicio, y se apresuró a dejar la terrible arma sobre la mesa.
Había hablado otra vez su buen sentido, y comprendía la terrible revelación que encerraba aquel hallazgo.
—Quieren mi muerte—pensaba—, por eso el padre Claudio mostraba tanto empeño en que me llevara la pistola. El sabía bien adónde me conducían.
Y el conde se prometía mentalmente no dar gusto a sus enemigos. ¿Querían su muerte? Pues bien, él viviría, él haría esfuerzos por conservarse sano y recobrar su libertad, él probaría que su razón no estaba enferma y que tenía derecho a salir de allí, y en cuanto saliera... El conde miraba otra vez fijamente la pistola; pero era apreciando lo bien alojadas que estarían sus dos balas en la cabeza del padre Claudio.
La esperanza de vengarse algún día de su miserable enemigo, tranquilizó al conde, devolviéndole su perdida calma; pero una mirada que lanzó a las robustas rejas y a la puerta, le hizo caer bruscamente en la terrible realidad.
¿Cuándo saldría él de allí? Los médicos serían tan duros e inexorables como aquel hierro y aquella madera; en vano pugnaría él por hacerles comprender que su razón estaba sana, y que era víctima de una maquinación infame; los médicos estaban prevenidos contra él, tenían el prejuicio de que él se hallaba privado de razón, y cuantos esfuerzos intentase para convencerlos de su verdadero estado, serían tan infructuosos como las tremendas acometidas que había dado a la robusta puerta. Además, ¿los encargados de aquel establecimiento, aquel doctor Zarzoso que tan antipático le resultaba, no podían ser agentes del terrible jesuíta, que despreciarían sus alardes de razón y eternamente le tendrían por loco?
—¡Dios mío!—seguía diciéndose el conde—, ¡qué infierno en el porvenir! Hay para volverse loco de veras.
No había salvación. Dentro de un momento llegaría el antipático sabio, ¿y qué? Le escucharía con atención, sonreiría, como lo había hecho el loquero al oír que le era necesario salir de allí, y después lo enviaría a una miserable celda, donde agonizaría años y años, acompañado siempre por aquel diabólico griterío de la locura, que le crispaba los nervios.
No; un hombre como él, un Baselga, no había nacido para morir de tal modo. Sabía salir del mundo más dignamente. Y dentro de su cráneo seguía bailoteando el mismo pensamiento:
—¡Y por qué no!... ¡Y por qué no!
El conde avanzó hacia la mesa, poniendo su mano sobre la pistola. El frío del brillante acero le produjo el efecto de una ducha.
El siniestro pensamiento se desvaneció, su inteligencia pareció despejarse y nuevas ideas vinieron a tocar su cerebro, con consoladora caricia.
El no podía morir. Tenía en el mundo dos seres que necesitaban de su apoyo, y estaba en el deber de luchar para recobrar la libertad y correr a su lado.
Además, un arranque de altivez le daba fuerza. Matarse era dar gusto a sus enemigos, a aquel diabólico padre Claudio, que casi había puesto la pistola en su mano, y él no quería pasar por un imbécil capaz de vivir o perecer a capricho de la voluntad ajena.
Viviría; así se lo exigía su altivez y su instinto de padre: tendría fuerzas para resistir el infortunio. Y halagado por estas decisiones que le fortalecían, permaneció derecho, inmóvil y con la mano puesta en la pistola, sin pensar en nada, invadido por una dulce somnolencia.
El silencio que le rodeaba quedó turbado repentinamente. Otra vez el griterío irritante de los locos, pero en esta ocasión había uno cuyos rugidos, que parecían imposibles para una garganta humana, sobresalían sobre las voces y las carcajadas de los demás.
Baselga sonrióse tristemente. Otro que estaba como él mismo momentos antes, y con curiosidad oía aquel rugido, tan atentamente como si se mirara a un espejo, para apreciar su rostro.
Aquello trastornaba al conde, le producía honda pena. ¡A cuán bajo nivel puede la desgracia hacer descender a un hombre! ¡Y pensar que él hacía poco rato había gritado así, y que tal vez, a la menor contrariedad, o apreciando todo su infortunio, volviera a caer en la brutal irracionalidad!
El conde sentía miedo, y como si la imaginación se complaciera en asustarle, le desarrollaba el porvenir con toda su horripilante lobreguez.
Pronto tendría él por vecinos a aquellos infelices. Como ellos, gritaría, golpearía su cuerpo, por más cuidadosos que con él fueran los guardianes, iría siempre cubierto de andrajos, como ahora estaba, pues su traje aparecía ya despedazado por varias partes, las plagas de una miseria irracional se cebarían en él, languidecería e iría muriendo lentamente, y la razón se anularía del mismo modo, gradualmente, extinguiéndose hasta en su última chispa.
No, aquello no llegaría a sucederle; él sabría evitar tanta degradación, tan horrible miseria.
Y aquella idea, persistente y diabólica, que parecía estar clavada en su cerebro, seguía gritando dentro del cráneo:
—¡Cobarde! Atrévete... ¡Y por qué no! ¿Por qué no?
¿Por qué? Porque no quería proporcionar a sus enemigos el placer de su muerte; porque tenía en el mundo dos seres inocentes por quienes velar... Pero, ¡Dios mío! ¡Qué lucha tan terrible!
Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolvía indignada, echándose en cara su cobardía, y pintándole el porvenir con los más sombríos colores. ¡Y qué! Si vivía, ¿evitaría con esto el permanecer hasta el instante de su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradación, y convirtiéndose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros enajenados? ¿Acaso conservando su vida podría acudir en auxilio de sus hijos?
Sus enemigos habían sido más hábiles que él, y le habían muerto moralmente. Ya que su razón había muerto, ¿por qué no anular aquella mísera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, poseído de delirante indignación, y a agitarse con las más violentas convulsiones?
El diabólico pensamiento seguía aconsejándole, al par que le inspiraba tales reflexiones.
Había que apresurarse, si quería aprovechar la ocasión. No tardaría en llegar el doctor Zarzoso; le someterían entonces a un registro antes de llevarlo a la nueva celda; le quitarían su pistola, y con ella toda esperanza de eterna emancipación: si quería matarse, tendría que estrellar su cabeza contra la pared.
Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo sentía asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le poseía.
—Atrévete; éste es el momento. No vaciles, porque después, será tarde.
El conde se sorprendió, hablando en alta voz:
—Acabemos—murmuraba—, sufro mucho.
Y su imaginación se recreaba en considerar la calma absoluta, el descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egoísmo le embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para él un grupo de pálidas figuras, sin contorno ni expresión, que no lograba conmoverle.
A morir; a sumirse para siempre en la densa sombra de la nada. Allí no había repugnantes traiciones, ni padre Claudio alguno.
El conde, como si despertara de un sueño, se vió con la pistola en la mano, y el índice en el gatillo.
Experimentó una ligera sorpresa. ¡Qué iba a hacer!... ¡Ah, sí! Iba a matarse y no se arrepentía de su decisión.
Lanzó una mirada a su traje desgarrado, y le pareció contemplarse, demacrado, miserable y roto, tal como estaría al poco tiempo de permanecer en aquella casa. El pasado acudió a su memoria y recordó a aquel conde de Baselga, elegante y palaciego y adorado de las damas. ¿Podría tal hombre morir de un modo tan miserable? Seguramente que no. A librarse, pues, del peligro; a demostrar que en el trance supremo sabía salir del mundo con toda la maestría de un actor que conoce el medio de desaparecer dignamente de la escena.
Baselga miró a una de las rejas. Sufría ya alucinaciones, y le parecía que algo negro había cruzado volando por delante de ella. Tal vez la sotana del padre Claudio.
—¡Adiós, canalla! Hiciste bien en darme la pistola. Es el último favor que te debo.
El conde apoyó la pistola en el pecho, buscando el sitio del corazón. Oprimió el gatillo, y recibió un golpe violento que le hizo caer; aunque con gran extrañeza, no oyó detonación alguna.
Había quedado de rodillas, agarrado con una mano al borde de la mesa, y miraba a su alrededor, con ojos asombrados, pareciéndole que toda la habitación tenía otro aspecto.
La pistola había caído al suelo, y él murmuraba con rabia:
—¡Maldita pistola! ¡Ha fallado el tiro!
Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente, que, escurriéndose a lo largo del cuerpo, caía sobre el pavimento.
A sus oídos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una cerradura.
—¡Vienen, vienen!
Y Baselga, alarmado, buscó a tientas la pistola que estaba en el suelo, e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.
Apoyó el segundo cañón en la sien, en el mismo instante que la puerta se abría y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonación.
El conde apretó el gatillo, y le pareció reconocer entre los que avanzaban sobre él despavoridos al sabio, que tan antipático le era, el doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.
Esta vez tampoco oyó el infeliz ruido alguno, pero recibió en la cabeza un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese caído sobre su cráneo.
Sintió lo mismo que si le arrebatasen, arrojándolo en una inmensidad de negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua, millones de millones de puntos luminosos.
Pero aún tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de amarga ironía y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres consternados que le rodeaban:
—Ya tengo bastante.
XXVII
Revelación inesperada
Aquella tarde, la baronesa se había mostrado muy complaciente y amable con su hermana. La había dirigido alegres palabras, acariciando bondadosamente sus cabellos, y la había prometido concederle alguna libertad mientras el papá estuviera de viaje.
Ignoraba Enriqueta cuál era la suerte de su padre, y cuando a la hora de comer mostró extrañeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio, que a la vuelta de su visita a Palacio había sido invitado por doña Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde había salido muy de mañana para un viaje en el que estaría algún tiempo.
Enriqueta se lamentó de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le impedía la asistencia a algunas fiestas aristocráticas, que habían de verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que llegó a la hora de los postres, la resarcieron algún tanto de la contrariedad sufrida.
—Hoy estás libre—la dijo la baronesa—; si no quieres dedicarte a la oración o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a asomarte al balcón; te doy permiso. Mañana ya saldremos de paseo.
Enriqueta se apresuró a aprovecharse del permiso, y salió del comedor, sin ver cómo su hermana miraba con dramática tristeza a los dos jesuítas, y murmuraba:
—Pobrecilla; ¡si ella supiera lo que sucede!
De pie, tras los cristales del balcón, que daba luz al gabinete contiguo al salón de la baronesa, permaneció Enriqueta toda la tarde, entreteniéndose en contemplar la incesante circulación de los transeúntes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.
A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oyó en el salón cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.
El padre Claudio se había ido ya, llamado, sin duda, por sus apremiantes ocupaciones, y la baronesa y su director espiritual se entregaban a sus diarias conferencias.
La puerta que comunicaba con el gabinete estaba cerrada.
Enriqueta no era curiosa, y, además, presentía algo del significado de aquellas relaciones espirituales, y su delicadeza y pudor la alejaban de ellas.
La joven no era de carácter inocente: no sentía esa curiosidad maliciosa y malsana, que es patrimonio de ciertos temperamentos juveniles; pero no por esto ignoraba la existencia de ese sagrado misterio, productor de la vida, que las más de las veces degenera en vicio.
Sólo en ciertas novelas aparecen jóvenes de sublime candor, ignorantes del amor sexual; en la vida real, y más aún en las elevadas capas sociales, es imposible encontrar tan prodigiosa inocencia.
Enriqueta era una joven igual a todas. No experimentaba ninguna curiosidad, ni sentía deseos de hacer penetrar su pensamiento en las oscuridades del vicio, pero había visitado demasiado los salones, había tratado con cariñosa intimidad a jóvenes de su clase, educadas más libremente, y sabedoras de cuanto en el mundo pasa, y comprendía ahora cosas que hasta poco antes le resultaban indescifrables misterios.
Adivinaba el significado de aquella intimidad entre su hermana y el robusto jesuíta, presentía la forma de aquellas conferencias, que tanto daban que hablar a la servidumbre; pero no quería conocer de cerca tales suciedades.
Experimentaba náuseas al pensar en aquellas relaciones, que ya se habían hecho públicas y que eran comentadas en los corrillos de murmuración que las damas ya venerables formaban en los salones aristocráticos.
La curiosidad de Enriqueta permanecía alejada de tales relaciones, que presentía, sin sentir deseo de conocerlas de cerca, al igual de ciertas damas, que al saber las miserias del pobre se compadecen de ellas, pero no van a buscarlo a su vivienda, por miedo a mancharse el vestido de seda.
La joven tenía el egoísmo de la castidad, y no quería ponerla en peligro, atisbando cosas de las que le habían enseñado a huir.
Por esto hacía caso omiso de aquella escena que, indudablemente, se estaba desarrollando en el salón, y seguía de pie tras los cristales, contemplando el movimiento de transeúntes en la gran calle.
Aquello constituía para ella una gran distracción. Contemplaba con simpatía a las personas de porte franco y atrayente; reíase de otras de aspecto ridículo, entreteniéndose en buscar en su imaginación apodos que les cuadrasen, y seguía con mirada cariñosa a los niños, que, cogidos de las faldas de sus madres, andaban con paso vacilante, contoneándose con la timidez graciosa del polluelo al romper el cascarón.
Enriqueta, fijando sus ojos en la acera de enfrente, recordaba a Esteban Alvarez, que tantos días había invertido en pasear por ella, esperando siempre una mirada furtiva, promesa futura de felicidad.
La joven se sentía invadida por una dulce tristeza. ¿Qué sería ahora de Esteban?
Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de él. Desde el día en que su padre le hizo prometer que olvidaría para siempre su amor, no había recibido ya ninguna carta del capitán, ni cruzado con él la menor palabra.
Su padre y su hermana habían formado en torno de ella una muralla infranqueable, sobre la que se estrellaban todos los esfuerzos que hacía el capitán por protestar amorosamente contra aquel inesperado rompimiento.
Varias veces, al ir con el conde al teatro o a una fiesta del gran mundo, bajando de su coche, había visto a Esteban entre la gente, lanzándola una mirada interrogante, mezcla de amor y de reproche; pero la joven, herida por la vergüenza y escudándose en su padre, huyó ligera.
Después, la vigilancia de la baronesa y la promesa hecha al padre Claudio, al pie del confesonario, y en un momento de exaltación mística, la habían alejado moralmente más aún de su antiguo amor.
Pero en aquella tarde, por un fenómeno de su alma, sentía renacer con fuerza su antigua pasión, y gozaba recordando todas las dulzuras experimentadas en las gratas mañanas del Retiro, cuando en vez de encontrarse bajo la irritante vigilancia de la baronesa, estaba bajo la protección de la cariñosa y condescendiente Tomasa.
Enriqueta estaba arrepentida de su debilidad, y se lamentaba de haber cedido por cariño a las indicaciones de su padre y por terror a las del padre Claudio, perdiendo para siempre aquella pasión, que tan feliz la hacía.
¿Quién sabe lo que a aquellas horas haría el capitán Alvarez? Tal vez la hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envió, y hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven más fiel, y que supiera defender mejor su cariño.