Mientras tanto, el padre Claudio entraba en Palacio. Llevaba el rostro casi oculto en el embozo de su manteo de seda para ocultar una risita que daba miedo, por lo mismo que era espontánea.
—Se ha vendido—murmuraba—. Ese muchacho es amigo de Prim y conspira en la actualidad. Estoy seguro: sus palabras lo indican. Haremos que lo vigilen, y muy listo ha de ser para que no lo coja por su cuenta el ministro de la Guerra y lo envíe a Ceuta. ¡Quién sabe si hará méritos suficientes para ser fusilado! Para esto hoy basta poco. De un modo o de otro nos libraremos de un novio romántico que estorba mis planes, y ese mequetrefe aprenderá a oír con más calma, sin amenazar con bofetadas... y a no burlarse de "mis faldas".
XX
El lazo tendido.
Estaba don Fernando Baselga en el sombrío despacho, ocupado en su habitual tarea de estudiar las fortificaciones inglesas de Gibraltar, cuando entró un criado anunciándole la visita del padre Claudio, a quien acompañaba un caballero.
El conde experimentó cierta emoción al oir tal anuncio.
Hacía más de dos meses que no veía al poderoso jesuíta; pero aquel mismo día por la mañana había recibido la visita de Joaquinito Quirós, quien con aire misterioso, le había dicho de parte del padre Claudio que por la tarde iría éste a verle, acompañado de un caballero que acababa de llegar de Gibraltar, y que se comprometería indudablemente a tomar parte muy activa en la grande empresa.
Aquello alentaba mucho las esperanzas de Baselga. Este, siempre que reflexionaba en su soñada conquista del Peñón y teóricamente apreciaba sus inmensas dificultades, pensaba en el jefe de los jesuítas de España, comprendiendo que podía prestarle un auxilio poderosísimo.
Las promesas veladas, pero halagüeñas, que el padre Claudio le había hecho el día en que estuvo próximo a romper sus relaciones con él a causa de la educación que tanto él como la baronesa querían dar a Enriqueta, habían entusiasmado al conde, que con ciego optimismo se creía ya invencible si la Compañía protegía ocultamente su empresa patriótica. De aquí que acogiera con tanto júbilo el recado que Quirós le comunicó de parte del poderoso jesuíta.
Baselga, ocupándose continuamente de su empresa, obsesionado por ella, había llegado a los últimos límites de la exaltación.
Cumplía las promesas que había hecho a su hija para obligarla a olvidar sus amores, y continuamente se exhibía con ella en los paseos, los teatros y los salones; llevaba la vida de un hombre elegante que quiere hacer agradable su existencia y no pierde diversión; tenía empeño en lanzar a su hija en el dorado torbellino de la sociedad aristocrática, y para animarla la daba el ejemplo, haciéndose el viejo verde y mezclándose más entre los jóvenes que entre los amigos de su edad; pero todo esto no lograba borrar de su cerebro aquella idea de conquista que le perseguía hasta en el sueño y le impulsaba a fatigosos trabajos y a un cabildeo continuo.
Su regreso al gran mundo y a sus esplendorosas fiestas, en vez de distraerle, había servido para exacerbar el afán de gloria que le dominaba. En los aristocráticos salones o en los regios bailes de Palacio había encontrado a sus antiguos compañeros de la Guardia Real, que ahora eran generales famosos, políticos de gran renombre y jefes de gobierno, gozando de todas las dulzuras y satisfacciones que proporcionan el poder y el aura popular. Le habían hablado con la cariñosa franqueza que da una antigua amistad, bromeaban con él como si aún fuesen tenientes del Real Cuerpo y comentasen en el cuarto de guardia las locuras de su general en jefe, el estrafalario conde de España, o las alcahueterías del complaciente duque de Alagón; pero a pesar de tantas expansiones cariñosas, Baselga notaba que entre él y sus compañeros se levantaba un obstáculo infranqueable, el de la diferencia de clase, y que él, al lado de aquellos hombres célebres de cuya vida y actos se ocupaba toda la nación, no era más que un hombre rico, pero desconocido fuera del mundo de la aristocracia, y que sólo merecía el afecto desdeñoso que se dispensaba al desgraciado que ha malogrado su existencia y llega a la vejez sin haber hecho nada de provecho.
Su vida resultaba obscura y misteriosa para sus antiguos compañeros.
—¿Pero qué es lo que haces?—le preguntaban éstos con extrañeza cada vez que hablaban de su existencia—. ¿En qué pasas el tiempo? Indudablemente te limitas a gozar de tu gran fortuna y te contentas con llevar una vida regalada y oscura. Podías haber sido mucho, pero tú no conoces la ambición y eres feliz no imitándonos a nosotros, que sufrimos el eterno tormento de subir a una altura que no tiene fin.
Cada vez que aquellos generales, ministros y embajadores hablaban de este modo a su antiguo amigo, éste volvía a su casa más agitado que de costumbre, y muchas veces, encerrándose en su despacho, lloraba de rabia al ver que estaba ya próximo a la ancianidad, y era de todos sus amigos de la juventud quien menos había ilustrado su nombre.
¿Conque él no tenía ambición? Esta había sido su pasión dominante, y de la que no se había dado cuenta hasta verse en la vejez. Ambición era el sentimiento de bullicio y escándalo que le movió a sublevarse contra los liberales en 1822; ambición, lo que le hacía llevar a cabo tan estupendos actos de valor al frente de su regimiento carlista, y ambición lo que ahora le enloquecía y le impulsaba a realizar su aventurado plan de conquista, que de obtener completo éxito, haría su nombre inmortal.
Lo que él tenía de malo, el obstáculo en que tropezaba, es que era un incapaz, un bruto (y Baselga se aplicaba con fruición este calificativo), un hombre incompleto, que había subordinado su ambición a sus amores, y cuando no, había estado ligado al padre Claudio, siendo un ser sin voluntad, una máquina que se movía según las órdenes que emanaban de la voluntad de aquél.
Sus compañeros habían trabajado para sí completamente solos, sin el bagaje de amores que embrutecían, de pasiones póstumas que enervaban, y de protección que en vez de engrandecer, anulaba al protegido, y por esto, con menos esfuerzos y marchando con más arte, habían conseguido escalar la cima de la Fortuna. Pero aún era tiempo, y él estaba dispuesto a remediar todos sus antiguos desaciertos.
Allí estaba su plan, magnífico, sorprendente, digno por lo difícil y aventurado de los romancescos tiempos, el cual, de un solo golpe y en muy pocos días, le colocaría a mayor altura que todos sus afortunados compañeros.
La esperanza de conquistar con tan singular golpe de mano la fortuna hasta entonces esquiva, exaltaba al conde hasta el delirio.
Era rico; pero esto no le bastaba, y pronto sería universalmente célebre, que era lo que constituía su felicidad.
Aquella exaltación patriótica que le dominaba, había cambiado su exterior lo mismo que su carácter. Tenía en los ojos ese brillo propio de la fiebre que consume a los hombres empeñados en realizar por sí solos una empresa que raya en lo imposible, y tan obsesionado estaba por su proyecto, que oía mal y contestaba peor cuando le hablaban de algo que no fuese la conquista de Gibraltar.
Su familia era la que mejor notaba la transformación operada en el conde; sus distracciones, que muchas veces tomaban en la mesa del comedor un carácter cómico, y sus terribles e injustificadas cóleras, que ponían en conmoción toda la casa y que estallaban los días en que Baselga se desalentaba en su plan, convencido de los insuperables inconvenientes que se oponían a su realización.
Pretextando un viaje de inspección a sus posesiones de Castilla, para que ninguno de sus contados amigos pudiera concebir sospechas acerca del objeto de su excursión, abandonó Madrid y estuvo tres días en Gibraltar, teniendo que salir forzosamente pasado este tiempo, a causa de las indicaciones de la Policía inglesa, a quien debió llamar un tanto la atención las preguntas algo indiscretas y el examen interesado y detenido de cuantas obras fuertes pudo ver.
El viaje sólo sirvió para que el conde se indignase todavía más contra los ingleses que expulsaban a un español del suelo de su Península, y para que se convenciese de la imposibilidad de su empresa. Esto puso a Baselga de un humor endiablado, y tanto su servidumbre como su familia sufrieron por algunos días las consecuencias de aquel viaje, que les resultaba misterioso.
El apoyo prometido del padre Claudio fué en adelante su única esperanza, y esperó pacientemente a que éste le concediera el ansiado auxilio.
Tan vehemente era este deseo, que el conde, que nunca había apetecido las visitas del poderoso jesuíta, cuyo verdadero carácter creía ya conocer, las esperaba ahora con tanta impaciencia como la devota baronesa, desesperándose al ver que el padre Claudio no cumplía sus promesas.
El, tan altivo y deseoso poco antes de ir rompiendo poco a poco sus relaciones con los jesuítas, fué en busca del reverendo padre a la casa residencia de la Orden, pero en ninguna de sus visitas logró encontrar al padre Claudio. Parecía que lo había tragado la tierra o que se ocultaba intencionadamente, deseando con su ausencia excitar los deseos del conde.
Por esto la alegría de éste fué grande cuando Quirós le comunicó el recado del reverendo padre, y más aún cuando el criado le anunció su visita.
Entró el padre Claudio en el despacho, siempre sonriente y haciendo reverencias, y tras él apareció un hombrecillo moreno, de pelo rojizo, nerviosa movilidad, y una expresión en el rostro algo siniestra, que pretendía corregir con una sonrisa estúpida.
Miraba a todas partes con azoramiento no exento de curiosidad, y tuvo su vista fija algún tiempo en las vistas de Gibraltar, que adornaban el despacho del conde, diciendo después con acento atolondrado, de marcada pronunciación extranjera:
—¡Oh! Está bien; muy bien.
El padre Claudio, después de saludar a Baselga, tomó asiento con su acompañado junto a la mesa de trabajo, y con voz misteriosa preguntó:
—¿Estamos seguros aquí? ¿Podrá oirnos alguien?
—No acostumbran mis criados a escuchar tras las puertas; pero, sin embargo, tomaremos precauciones.
Y el conde, a quien le iba gustando mucho aquel misterio, por lo mismo que le presagiaba cosas muy interesantes, levantóse y salió del despacho, oyéndosele cerrar una puerta lejana y viniendo después a hacer lo mismo con la de la habitación.
—Ahora—dijo, volviendo a sentarse—, ya estamos seguros de que nadie nos oye. Diga usted cuanto quiera, padre Claudio.
Este se detuvo antes de contestar, como si saborease un golpe de efecto, y al fin dijo, dando cariñosas palmaditas en la espalda de su acompañante, que instintivamente tomaba la actitud de un perro acariciado:
—Este señor, que usted ve aquí, es el capitán Patricio O’Conell, caballero inglés que está de guarnición en Gibraltar.
Prodújose en el conde el efecto esperado por el jesuíta. En su rostro retratóse la alegría y miró cariñosamente al capitán irlandés, examinando con atención su personilla.
Baselga, a pesar de que estaba predispuesto a impresionarse favorablemente, no pudo menos de reconocer con su buen ojo de soldado que aquel hombre tenía poco de militar. Era vivaracho y desgarbado en demasía, y, además, llevaba afeitado el labio superior, demasiado grueso y prolongado, ostentando unas patillas rojas y lacias, que le daban más aire de comerciante británico injertado en mercader judío, que de capitán del bravo ejército que con Wellington se cubrió de gloria en Waterlóo.
Pero el conde estaba inclinado a verlo todo por su lado bueno, e internamente excusó al extranjero, diciéndose que en el ejército inglés, aunque había buenos mozos, también se veían figuras raquíticas y extrañas, lo que no impedía que se batieran bien cuando llegaba la ocasión.
Baselga, algo emocionado, había murmurado un cumplido, extendiendo su mano al extranjero.
—Tanto gusto en conocer a usted, señor conde—decía el capitán, con su acento extranjero, que cuidaba de extremar—. El padre Claudio me ha hablado mucho de usted y de su magnífico plan, y tantos deseos siento de ayudarle en su empresa, que he solicitado una licencia de mis jefes, pretextando deseos de conocer las principales ciudades de Andalucía, tan sólo por venir a verle.
—¡Eh! ¿Qué le parece a usted?—dijo el padre Claudio—. Le prometí ayudarle en su patriótica empresa, y aquí me tiene usted, con el socorro apetecido, pues le traigo nada menos que a uno de los más valientes oficiales del ejército inglés. El capitán O’Conell, cual buen irlandés, es ferviente católico, como nosotros, y también lo son todos los soldados irlandeses de la guarnición de Gibraltar, que pasan de ochocientos. Por esto es casi seguro que todos ellos tomarán parte en nuestra santa empresa. ¿No es así, amigo O’Conell?
—Así es, reverendo padre.
Baselga estaba entusiasmado con aquellas seguridades, y se sentía tan feliz, que hasta creía estar soñando. Aquello de poder disponer de casi la cuarta parte de las tropas del Peñón, le causaba una felicidad próxima al desvanecimiento.
Una cosa le llamaba la atención en el capitán irlandés, y era la facilidad con que se expresaba en castellano.
—¿Está usted mucho tiempo en la Península, capitán?—le preguntó—. Habla usted muy bien nuestro idioma.
—¡Oh! Es usted muy indulgente, pues conozco que lo hablo bastante mal. Estoy más de un año en Gibraltar, pero yo tengo gran afición a los idiomas, y, además, conocía desde mi niñez muchas palabras del español. Mi padre fué también militar, e hizo la guerra en España contra los franceses, a las órdenes del duque de Wellington.
Baselga, a quien preocupaba algo aquella facilidad de lenguaje, se tranquilizó, e impaciente por conocer las probabilidades de éxito de su plan, entró directamente a tratar de la conquista del Peñón, su tema favorito.
El tenía en su imaginación ultimado todo su plan. Se había procurado todo lo escrito sobre las célebres fortalezas de Gibraltar y sobre las costumbres militares en dicha plaza; había visto por sus propios ojos en el mismo teatro de operaciones todo lo que le había permitido la policía inglesa, y, para dar el golpe, únicamente necesitaba quien estuviese en combinación con él dentro de la ciudad y le ayudase en el momento decisivo. ¿Estaba conforme el capitán O’Conell en ser su auxiliar?
Llegó para el irlandés el momento de manifestar su pensamiento, que fué bien sencillo y expresado en pocas palabras. El estaba dispuesto a todo, y lo mismo que él todos los irlandeses de la guarnición. Antes que súbditos de la Gran Bretaña, eran vasallos del Papa y fervientes católicos, y, por tanto, se hallaban prontos a ejecutar las órdenes que Dios dictase por boca de sus representantes directos, los jesuítas, los cuales, al mismo tiempo, eran muy buenos amigos de San Patricio, patrón de Irlanda. Además, sentían hacia la vieja Inglaterra, su opresora, perdurables odios, y les gustaba mucho quitarle una plaza de tanta importancia como Gibraltar, creándole, de paso, un conflicto con España.
La conjuración podía contar con ochocientos soldados esforzados, fuerza con la cual bien podía intentar un golpe de mano el conde de Baselga, de cuya historia militar ya se habían enterado tanto él como sus compañeros, y especialmente de sus estupendas hazañas en la guerra carlista.
Al conde resultábale extraño que su vida militar fuese conocida de los extranjeros; pero, a pesar de esto, sentíase halagado por las lisonjas, como todo mortal, y se imaginaba ya apoderándose de Gibraltar al frente de los soldados irlandeses, que le aclamaban como caudillo invencible.
Baselga, cada vez más entusiasmado, en vista de lo segura que era la adhesión de los irlandeses, entraba a detallar su plan, y hacía preguntas al capitán, a las que éste contestaba con su habitual precipitación.
—¿Y esos ochocientos hombres forman todos un Cuerpo?
—No, señor conde. La mayoría están en el batallón de rifles, o sea lo que allí llaman batallón de cazadores, y el resto en los otros cuerpos de la guarnición. ¡Oh! El Gobierno inglés tiene buen cuidado de esparcir a los irlandeses por todos los Cuerpos evitando que formen un regimiento completo, pues saben que éste se sublevaría inmediatamente.
—¿Y qué procedimiento cree usted mejor para dar el golpe?
—El que usted ha expuesto antes es el más aventurado, pero el más seguro. Aguardamos una noche en que entren de guardia en las principales fortificaciones una parte de los nuestros, y en que yo pueda quedarme en el castillo. Usted, al frente de los que estén libres, se apodera del gobernador de la plaza y las principales autoridades; nosotros, desde arriba, apuntamos los cañones a los cuarteles donde estén alojadas las fuerzas no comprometidas, y el hecho queda ya realizado con éxito.
—Sí; éste es el mejor plan. Además, tiene la ventaja de que las autoridades inglesas no están acostumbradas a esta clase de sucesos, y es, por tanto, más fácil pillarlas desprevenidas.
—Tiene usted razón. Las sublevaciones militares son tan desconocidas de los ingleses como populares entre los españoles.
Baselga, cada vez más entusiasmado y deseoso de ultimar su difícil plan, sacó de un cajón de su mesa un plano de Gibraltar, hecho por él mismo, con arreglo a cuanto había visto o estudiado sobre la célebre plaza. Había en él algunos claros que llenar, y deseaba que aquel inesperado y valioso compañero le ayudase a corregir errores y le ilustrase en varios puntos que le resultaban oscuros.
El conde no obtuvo lo que deseaba. El rojo capitán, con tanto aplomo como precipitación, contestaba a todas sus preguntas; pero a Baselga le pareció que muchas veces hablaba sin saber lo que decía, y únicamente por no demostrar su ignorancia.
—Este mozo—pensaba el conde—sabe menos aún que yo. Debe ser un militar ignorante, como yo lo era en mis buenos tiempos. Pero esto no importa. Me doy por satisfecho con que sea valiente y sepa hacerse dueño del Peñón, facilitándome la conquista de Gibraltar.
Baselga guardó el plano y la conversación continuó, mezclándose en ella el padre Claudio, que hasta entonces había permanecido silencioso y mirando a los dos interlocutores con la mayor atención, como si le interesara mucho su diálogo.
—Me decía el capitán, cuando veníamos aquí—dijo el jesuíta—, que sería necesario que en la empresa entrasen también algunos españoles de corazón, que no vacilaran al iniciar el movimiento.
—Sí, señor conde—añadió el irlandés—. Cincuenta o sesenta hombres decididos no estarían de más en el primer instante de nuestra santa revolución. Servirían para apoderarse de una guardia que pudiera estorbar nuestros planes, para desarmar una patrulla, o, cuando menos, para guardar la persona de usted, que es muy necesaria y no debe exponerse a caer tontamente en manos de las autoridades inglesas.
—Algo de eso había yo pensado—dijo el conde—. Efectivamente, no sería de sobra ese grupo de hombres, con el cual se aseguraba la iniciativa del movimiento.
—La cosa no es difícil. Se tienen estos hombres en La Línea, y cuando llega el día propicio para dar el golpe, se los hace entrar en Gibraltar con diversos disfraces. En cuanto a sus armas, yo me encargo de introducirlas sin que nadie se aperciba de ello.
—Lo difícil es encontrar hombres que sirvan para una comisión tan delicada.
—Difícil es. Yo, como vivo en Gibraltar, conozco mucho la gente que pulula en el campo fronterizo, contrabandistas y merodeadores, y aunque son hombres valerosos, aconsejo a usted, señor conde, que no se fíe de ellos. Son gente borracha y habladora, y contar con ellos es ir a la perdición, pues no saben guardar un secreto.
—¿A quién buscaríamos?—murmuró el conde con expresión pensativa.
—No es difícil encontrar la gente que necesitamos—dijo el padre Claudio—. Usted, señor conde, conserva, según muchas veces me ha dicho, sus relaciones con muchos carlistas de Navarra que hicieron la guerra a sus órdenes. Estos, por lo regular, son gente dura y aguerrida, ¿no es eso?
—Se portaron bien a mis órdenes y tengo en ellos absoluta confianza.
—Perfectamente. Pues basta que usted les envíe una carta, diciéndoles que los necesita para una empresa importante (sin decirles cuál sea), para que inmediatamente vengan aquí, creyendo que van a hacer algo por el Pretendiente. ¿Está usted seguro de que le obedecerán?
—¡Oh! Segurísimo. A pesar de los años transcurridos, me quieren y respetan tanto como cuando yo era su coronel. Algunos han muerto desde entonces, pero quedan sus hijos, que me obedecerán de igual modo, pues los he favorecido a todos con mano pródiga, y es imposible que tan pronto olviden mis beneficios.
—Ya tenemos, pues, lo que deseábamos—dijo el capitán irlandés—. De entre esa gente escogerá usted cincuenta, los más fornidos y temerarios.
—Escribiré al tío Fermín, de Zumárraga, que fué sargento a mis órdenes y él se encargará del reclutamiento.
—Además, los armará usted convenientemente. Puede usted comprar cincuenta carabinas de repetición, de esas que han inventado recientemente los yanquis. Las tiene almacenadas aquí, y ya le comunicaré yo desde Gibraltar la forma más adecuada para remitírmelas, introduciéndolas sin riesgo en la plaza. Todo esto resultará tal vez un poco caro, señor conde.
—¡Bah!—repuso éste con ademanes de desprecio—. ¿Quién repara en dinero cuando se trata de una empresa tan grande y que redunda en beneficio de la Patria?
—Muy bien dicho, amigo Baselga—dijo el padre Claudio con entusiasmo—. Y, además, si el dinero faltase, aquí estoy yo, o, más bien dicho, aquí está la Orden, que, aunque pobre, contribuirá cuanto pueda a tan santa empresa.
El conde dirigió una mirada de gratitud al jesuíta.
La conversación entre los tres hombres se generalizó, y pasaron más de una hora ocupados en examinar el plan de conquista, apreciándolo hasta en sus menores detalles.
El capitán O’Conell lo aprobaba todo con entusiasmo, y mostraba a Baselga una confianza sólo comparable con la que un granadero de la célebre Guardia Imperial pudiera sentir por Napoleón.
Esto ensorberbecía al conde y atizaba aquella exaltación nerviosa de que era víctima siempre que examinaba su plan patriótico.
Sólo el padre Claudio le hacía objeciones y le oponía algunos reparos, siendo de éstos el que más molestaba al conde el empeño del jesuíta en asociar otras personas a la empresa.
—Me extraña mucho, padre Claudio—decía Baselga—, que una persona tan culta y prudente como lo es usted, se empeñe en mezclar en este asunto más personas. Recuerde usted el antiguo refrán: "Secreto de dos, lo guarda Dios". Aquí somos más de dos, y bastante es con que conozcan el plan usted, el señor O’Conell y Joaquinito Quirós. ¿Aún quiere usted que lo conozca más gente? Piense usted que de este modo el secreto puede desaparecer, y entonces, adiós las probabilidades de éxito, pues si los ingleses llegan a apercibirse de nuestros intentos, nada podrá hacerse.
A pesar de estas razones el jesuíta no se daba por vencido, y alegaba otras para demostrar la necesidad de asociar ciertas personas a la empresa.
—Desengáñese usted, señor conde—decía con expresión de superioridad—; es preciso que personas respetables, de mi mayor confianza, entren también en la aventura. Para esta clase de negocios, por muchos que seamos, nunca resultaremos bastantes. No todo ha de ser combatir y conquistar. Una vez sea usted dueño de Gibraltar, conviene que forme una Junta, o lo que hoy se llama, en lenguaje revolucionario, un Comité de patriotas, que gobierne la plaza, que entienda de todos los asuntos puramente políticos y que negocie con el Gobierno español, para que éste no tema a Inglaterra y quiera admitir el regalo que le haremos. Además, es necesario mover la opinión pública en favor nuestro, para que no se asuste ante tan estupenda conquista, que podrá traer consecuencias internacionales, y esto lo ha de hacer el tal Comité, pues usted y O’Conell no han de estar en todas partes ni ocuparse de todos los asuntos, pues bastante harán con llevar adelante la cuestión militar.
El conde, después de alguna resistencia, se rindió a las razones de su amigo, y accedió a la formación del Comité, del que sería él mismo el presidente, y el vicepresidente un médico afamado y gran patriota, amigo del padre Claudio.
Después de quedar acordes en todos los puntos, el jesuíta se levantó para retirarse, y Baselga y O’Conell se abrazaron con una efusión conmovedora. El capitán irlandés saldría aquella misma noche para Andalucía, antes que nadie pudiera apercibirse de su estancia en Madrid.
Ya no podrían verse hasta el día del golpe; pero él, por conducto del padre Claudio, le tendría al corriente de cuanto ocurriese y le avisaría la fecha en que debía llegar con sus hombres a las cercanías de Gibraltar.
El jesuíta se negó a que el conde les acompañara hasta la puerta de la escalera, y al pasar por la antesala y ver al ayuda de cámara del conde, que le saludaba reverente, dijo con afectación a su acompañante:
—Pocas horas le quedan a usted, "señor doctor", para sus asuntos, si es que quiere coger el tren de esta noche.
El criado se fijó con curiosidad en el "señor doctor", y el jesuíta, con un ligero gesto, pareció indicar que esto era lo que deseaba.
Ya estaba el padre Claudio en la escalera, cuando volvió atrás, y con aire distraído preguntó al criado:
—¿Me has dicho antes que la señora baronesa había salido?
—Sí, reverendo padre. Creo que hoy tiene reunión de cofradía en San José.
—Lo siento; quería presentarle al doctor O’Conell, ese sabio irlandés que viene conmigo.
El criado creyó de su deber hacer una profunda reverencia a aquel sabio, que le volvía las espaldas y bajaba la escalera canturreando.
En la puerta del palacio esperaba una elegante berlina, y a ella subieron los dos hombres.
Cuando el coche partió, el capitán O’Conell lanzó una carcajada sonora, que hizo temblar los vidrios de las ventanillas, y dijo a su acompañante:
—¿Eh? ¿Qué tal, reverendo padre? ¿Soy buen actor? ¿Sé desempeñar bien una farsa? De seguro que vuestra reverencia no esperaba tanto de mí.
—Has estado bien, Daniel Clark, y no desmientes que eres hijo del viejo James Clark, que en su tiendecita de Gibraltar se ha acreditado como el más astuto truhán que compra, cambia y presta a todo el mundo. Tenías un aire completo de militar inglés, y nadie hubiese dicho que te has pasado la vida regateando con los judíos del Peñón, prestando al doscientos por ciento o embarcando contrabando.
—¡Oh! Para fingir me reconozco con algunas facultades; puedo asegurarlo, aunque falte con ello a mi natural modestia.
—Ahora, truhán, lo que debes hacer es salir esta misma noche de Madrid. Vete a Gibraltar, o al infierno; lo importante es que aquí nadie se pueda fijar en ti. En ciertos negocios tiene más mérito que el trabajo el saber desaparecer a tiempo.
—Me iré; perded cuidado. El valiente capitán O’Conell toma el petate, o, si os parece mejor, el señor doctor se va. Y, a propósito, una pregunta, reverendo padre: ¿qué es eso de señor doctor?
El padre Claudio contempló el gesto de malicia con que su compañero le hacía esta pregunta, y fríamente, subrayando sus palabras con aquella sonrisa especial, tan temida por algunos, le dijo:
—Señor Clark, hay cosas que muchas veces producen al que las sabe terribles daños; por tanto, hará usted muy bien en no querer averiguar el por qué le haya yo llamado así o de otro modo. He dicho "señor doctor" porque me ha dado la gana. Ya está usted contestado; ahora, cada uno a sus negocios.
XXI
La confesión.
La Colegiata de San Isidro, a las cinco de la tarde, ofrecía el aspecto sombrío, frío y desnudo que presenta toda iglesia a la hora en que los fieles no llenan sus naves y los santos quedan en esa soledad absoluta y vacía, semejante a la de los muertos en olvidado cementerio.
No había bajo las sombrías bóvedas del templo otros vestigios de la vida exterior que los hilillos del mortecino sol, que, filtrándose por las altas y pintadas ventanas, trazaban en la pared frontera algunas tibias manchas de luz, y el zumbido que la calle de Toledo, arteria popular, siempre rebosante en vida y movimiento, lanzaba al interior del desierto templo.
En las sombras que envolvían el altar mayor y en la obscuridad de las capillas laterales, brillaban algunos cirios y lámparas, con la misma luz indecisa y tímida de las estrellas entre los nubarrones de una noche tempestuosa, y de vez en cuando, el suelo conmovíase, repercutiendo con agigantada vibración la pisada del sacristán y los acólitos, que iban de un lugar a otro, ocupados en faenas de embellecimiento y aseo.
Golpes sordos sonaban en las capillas, anunciando la “toilette” de los santos, que los dependientes de la iglesia hacían con sus zorros, sacudiendo el polvo a los mantos bordados y a las cabezas de cartón piedra, que a la mañana siguiente, rodeados de cirios y de flores, habían de recibir la oración de los fieles, arrodillados reverentemente ante ellos.
Las gastadas baldosas exhalaban perniciosa humedad donde no estaban cubiertas por una áspera estera de esparto, mugrienta y gastada por el roce continuo de pies y rodillas, y en el ambiente se respiraba ese calor pegajoso y caliente propio de los locales donde muchos respiran y es escasa la ventilación.
Sentadas en taburetes de tijera estaban cerca del altar mayor unas cuantas viejas que permanecían inmóviles, confundiendo sus perfiles en la sombra, y con todo el misterio y el aspecto tenebroso de las brujas que aguardaban a Mácbeth al borde del camino.
Cada vez que la cancela de la gran puerta se abría, anunciándolo el chirrido de sus viejos goznes y el sordo chocar de las maderas, las viejas volvían la cabeza con curiosidad, y una vez se borraba la mancha de luz que dejaba entrar la puerta entreabierta, volvían a su inmovilidad de momias y seguían en sus asientos, convencidas de que ya que nada tenían que hacer, era mejor permanecer en el templo, que ya consideraban como su propia casa.
Oyóse el ruido de un carruaje, que paró a la puerta de la iglesia y esta vez la curiosidad de las beatas fué mayor.
Abrióse la cancela y entraron dos señoras, vestidas de negro y con mantilla.
Las viejas pudieron ver bien a aquellas dos elegantes, que se persignaban en el espacio de luz que dejaba entrar la puerta, todavía abierta; pero no las conocieron.
No era extraño, pues la baronesa de Carrillo y su hermana Enriqueta visitaban muy de tarde en tarde la iglesia de San Isidro, a la que no tenían gran afición por estar enclavada en un barrio popular y ruidoso.
En cambio, el padre Claudio la tenía gran cariño; llamábale su templo, y a él hacía ir a cuantas amigas merecían el alto honor de que él las oyera en confesión. La Colegiata de San Isidro la consideraba él como una finca propia, y relataba a los allegados que le pedían el motivo de tal predilección, cómo uno de sus antecesores en la dirección de la Compañía en España, la había construido en 1561 con los legados que para tal objeto dejó la Emperatriz de Alemania doña María.
Buscando, pues, al padre Claudio iban las dos señoras a tal iglesia, y cuando se vieron envueltas por completo en las tinieblas esparcidas por las naves, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol que bañaba las calles, no pudieron distinguir lo que les rodeaba.
Enriqueta se asió a la falda de su hermana, y ésta fué avanzando con cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo desconocido.
—A la derecha—murmuraba la baronesa—, en la penúltima capilla, está el confesonario. Allí vendrá.
Y acostumbrada a aquella oscuridad en la que se iban marcando los perfiles de los objetos, avanzó rectamente hacia el punto que indicaba, llevando siempre a remolque a su hermana.
Cuando llegaron a la capilla sentáronse en un banco de madera, que ceñía el fuste de una columna, y aguardaron pacientemente. La baronesa sacó de su manguito un elegante rosario de oro y perlas, y se puso a rezar. Enriqueta abismóse en sus pensamientos.
Iba a confesarse con el padre Claudio, accediendo a los ruegos de la baronesa, que ya no la maltrataba, como dos meses antes, contentándose ahora con rogarle con aire imperativo.
Doña Fernanda, que respetaba mucho a su padre, el conde, sólo porque le temía, se había abstenido de seguir educando a su modo a Enriqueta, y procuraba no hablar ni incidentalmente de aquella pasión, cuyo descubrimiento tan grave escándalo había producido.
La ausencia de Tomasa, su eterna rival, la tranquilizaba, comprendiendo que esto alejaba el peligro de que volvieran a reanudarse los amoríos de su hermana con aquel capitán Alvarez, contra el que ella sentía un odio mortal.
La afición que el conde de Baselga había adquirido recientemente a la vida de los salones, y a la que arrastraba a su hija, inquietaba un poco a la baronesa, que temía que la coquetería elegante borrase a Enriqueta las huellas de la educación mística que se había esforzado en darla.
Una cosa tranquilizaba a doña Fernanda, y era la seguridad de que su hermana, obedeciendo a su padre, había roto sus relaciones con el capitán Alvarez. Esto lo sabía por el padre Claudio, que la había manifestado algo de su conferencia con el militar, aunque cuidándose de ocultar ciertos detalles.
Enriqueta era para ella más fácil de dominar olvidando aquel amor que cambiaba completamente su carácter y convertía en altivez e independencia su habitual humildad.
Un día tuvo doña Fernanda un disgusto. Al pasar junto a una ventana de su salón, vió parado en la acera de enfrente al capitán Alvarez, que espiaba la casa como buscando una ocasión para comunicarse con su amada.
El militar estaba en una situación que juzgaba insostenible. Nada sabía de Enriqueta; había buscado al padre Claudio varias veces, sin lograr nunca encontrarlo, e ignoraba cómo marchaba la negociación amorosa que le había encargado, como también si la joven sentía por él algún cariño o había olvidado totalmente su pasión, siendo verdad cuanto le decía en la funesta carta.
Por esto, agitado por crueles dudas y deseoso de salir de ellas cuanto antes, el capitán rondaba la casa de Baselga con la esperanza de encontrar el medio de hacer que llegase una carta suya a Enriqueta. Por desgracia, tropezaba con obstáculos do quiera se dirigía. La servidumbre huía de él, haciéndose sorda a sus ruegos por temor a la ira del conde de Baselga, y Enriqueta no se asomaba nunca a los balcones, y si salía de casa, era acompañada siempre por su hermana o su padre.
La baronesa se alarmó ante aquella inesperada aparición. ¡Cómo! ¿El botarate todavía insistía en sus pretensiones amorosas? Habría que consultar el asunto con el sabio jesuíta.
Este no mostró extrañeza alguna al tener noticia de los actos de Alvarez. Limitóse a sonreir, como siempre, y con tono de omnipotencia aseguró que él tenía el medio para anular y hacer desaparecer a aquel hombre peligroso; y que si no lo hacía inmediatamente, era porque aún no había llegado la hora oportuna.
A pesar de esto, los dos compadres religiosos trataron con interés del porvenir de Enriqueta, asunto que les preocupaba. Había llegado, según la opinión del padre Claudio, el instante oportuno para trabajar. Enriqueta era probable que, deslumbrada por el brillo de la vida elegante, se hubiese olvidado de aquel amor romántico, obstáculo hasta entonces de gran importancia, y resultaba necesario reconquistar prontamente su voluntad, antes que echasen raíces en ellas las seducciones del gran mundo y se comprometiese amorosamente con algún joven que, por su nacimiento y su fortuna, admitiese el conde de Baselga como yerno.
Para desviar a Enriqueta del camino en que estaba y atraerla nuevamente a la senda de la devoción, disponía de un medio tan seguro y poderoso como es el confesonario, y quedó decidido que doña Fernanda, con su hermana, fuesen al día siguiente a la Colegiata de San Isidro, donde el buen padre tenía su cajón, en que depositaban sus extravíos todas las pecadoras de la aristocracia.
Por esto, a la caída de la tarde del día siguiente, las dos hijas del conde de Baselga entraban en la iglesia de la calle de Toledo.
El padre Claudio no había llegado aún, y mientras se retardaba el instante de la confesión, Enriqueta pensaba con terror en aquel acto en que tendría que revelar todos sus secretos a un sacerdote, que a pesar de sus amables sonrisas y pegajosas bondades, le inspiraba siempre un terror casi supersticioso.
Era la primera vez que se confesaba con el padre Claudio. Hasta entonces, el sagrado depositario de todas sus faltas había sido el mismo director espiritual de la baronesa, aquel padre Felipe, en quien ella reconocía instintivamente una imbecilidad inalterable, y que oía su confesión con la boca seca, brillantes los ojos, algo temblonas las manos, y complaciéndose en enviar a través de la mugrienta rejilla hasta aquel rostro aterciopelado, su caliente resuello cargado de los vapores grasientos de una digestión larga y difícil.
El padre Felipe era benévolo hasta la exageración. Todo lo encontraba bien, todo lo excusaba, y si la joven parecía reservarse algo en su confesión, él tampoco mostraba gran interés en descubrirlo.
Pero, ¡el padre Claudio!... Este nombre alarmaba a Enriqueta, quien, si en aquellos momentos de espera estaba pensativa, era porque rebuscaba en su imaginación el medio de salir del atolladero, evitando decir cosas que ella tenía gran interés en ocultar.
Resonó débilmente el pavimento con unos pasos menudos y ligeros, que parecían de mujer y en el oscuro arco que daba entrada a la capilla, dibujóse el contorno de un clérigo, al mismo tiempo que la mortecina luz de una lámpara hacía surgir de la sombra el rostro del padre Claudio, dándole un tinte rojo.
Las dos mujeres se levantaron respetuosamente, y el jesuíta pasó ante ellas grave, contra su costumbre, limitándose a saludarlas con una ceremoniosa inclinación de cabeza.
El acto comenzaba con la gravedad necesaria para que la joven comprendiese que no iba a confesarla el amigo de su familia, que iba con frecuencia a reir y decir bromitas en el salón de doña Fernanda, sino el ministro de Dios.
Oyóse el choque seco de la portezuela del confesonario al cerrarse, revolvióse la abultada sotana, para encontrar una posición cómoda en el asiento, y la baronesa dió un suave empujón a su hermana, diciendo con tono imperativo:
—¡Anda!
Se arrodilló Enriqueta a uno de los lados del confesonario, junto a la rejilla que servía para confesar mujeres, y con voz trémula y balbuciente comenzó a runrunear el "Yo, pecador, me confieso...".
Tan turbada estaba, que se equivocó por dos veces, y volvió a empezar, como si deseara que se retardase el para ella terrible momento.
Dentro del confesonario, con las manos juntas y la actitud estática de un brahmán indio, que, tras cuarenta días de ayuno absoluto contempla a Dios cara a cara, estaba el padre Claudio, esperando pacientemente.
Por fin terminó la joven su oración y acercó su rostro a la rejilla, pegajosa por la humedad y la grasa que en ella habían dejado toda clase de respiraciones.
Lo que pensaba Enriqueta al comenzar su confesión era que el padre Claudio se perfumaba demasiado, pues su olfato sentía la picazón del almizcle que exhalaba la sotana del elegante jesuíta. El perfume favorito de las modistillas y camareras comenzaba a marearla.
—¡Ave María Purísima!—dijo con voz débil.
—¡Sin pecado es concebida María Santísima!—contestó el jesuíta con su meliflua voz—. ¿Hace mucho tiempo que no te has confesado?
—Más de dos meses, padre mío. Antes iba muy a menudo con Fernanda a confesarme con el padre Felipe, pero ahora he tenido ocupaciones y no me ha sido posible venir hasta hoy. El papá me decía siempre que más adelante me confesaría...
—¡Vaya con las ocupaciones!—dijo el jesuíta con tono jovial—. Es preciso—añadió—que no te descuides tanto en limpiar tu alma, y que antes de obedecer a tu papá, pienses en obedecer a Dios. Vamos, adelante. ¿De qué pecados te acusas, hija mía?
Puesto el asunto en este terreno, Enriqueta cobró un poco de confianza. Ya llevaba ella preparado todo un bagaje de pecados veniales y sin importancia, que había estado rebuscando en su memoria la noche anterior. Para confesarse era preciso decir algo, tener actos de que acusarse, pues la Iglesia no puede creer que una persona honrada pase dos meses sin faltar a todas las leyes divinas y humanas, y por esto, la joven se echó a cazar pecados por el campo de la imaginación, y unos reales y otros inventados, formó con todos ellos un murallón diabólico, tras el cual quería ocultar el más gordo, o sea sus amores con Esteban Alvarez. Este pecado sí que no lo decía ella al padre Claudio, aunque los demonios la pellizcasen con tenazas de hierro ardiente.
La confesión comenzó, y Enriqueta fué desarrollando la espantosa serie de pecados horribles que la noche anterior había almacenado en su memoria. Ella se acusaba de que tenía mal corazón para los animales y de que martirizaba a los gatos de su casa; de que reñía muchas veces sin motivo alguno a los criados y tenía gusto en desobedecer a su hermana; de que cuando ésta rezaba el rosario ella se dormía o pensaba en las funciones de teatro a que le llevaba su padre; de que el demonio la martirizaba, haciéndola que le gustasen más las arias italianas del Teatro Real que los gozos que la enseñaba la baronesa; de que en el último baile de la Embajada alemana, en unión de algunas amiguitas, se había burlado de otra que llevaba un traje muy feo; de que en las noches frías prefería rezar sus oraciones entre las calientes sábanas a estar arrodillada al pie de la cama..., y así seguía a este tenor horripilante aquella confesión en que los hechos más inocentes se presentan con importancia afectada, queriendo hacerlos pasar por pecados terribles.
El padre Claudio escuchaba tranquilamente, aunque de vez en cuando se removía nerviosamente en su asiento, como si se impacientara, en vista de la marcha que seguía aquella confesión. La muchacha resultaba algo ladina, y así lo pensaba el jesuíta, quien quería comprometerla en otra clase de revelaciones.
Calló Enriqueta y entonces preguntó el sacerdote:
—¿Nada te queda por decir? ¿No tienes más pecados?
—No, padre.
—¿Estás segura de ello?
—Creo que sí, padre mío.
El padre Claudio se revolvió vivamente en su asiento. Decididamente, la muchacha se presentaba reservada, y habría que emplear algún trabajo para lograr que confesase sus secretos amorosos.
—Piensa, hija mía—dijo el cura—a lo mucho que te expones si ocultas un pecado. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se arrepienta, es inexorable con los seres que ante el tribunal de la confesión ocultan intencionadamente algunas de sus faltas. Este lugar es la piscina espiritual donde se limpian las almas de toda mancha, y quien aquí oculta una parte de su ser por mezquinas pasiones, es un réprobo que se niega a recibir la gracia de Dios, y a quien éste castiga con mano fuerte. El que oculta algo a su confesor, engaña a Dios, y el Señor ha de indignarse forzosamente cuando se ve engañado por una miserable criatura.
El jesuíta hablaba con tono severo; vibraba su voz terriblemente, como si fuese la de la divina cólera, y Enriqueta temblaba atemorizada por las amenazas del confesor.
Este no quiso extremar el santo terror de la joven y añadió, haciendo su voz menos imponente:
—Hay ejemplos de los graves males que han sufrido muchos infelices que pretendieron ocultar a sus confesores algunos de sus pecados. Recuerdo justamente ahora lo que leí en un libro piadoso digno del mayor crédito, acerca de lo ocurrido a una joven y hermosa princesa en tiempos ya lejanos. Ocultó a su director espiritual varios pecados de amor, y el sacerdote, engañado por la que creía una joven candorosa e inocente, le dió la absolución. ¡Ojalá la princesa hubiese dicho todos sus pecados sin ocultar ninguno! Apenas volvió a su palacio, sintió su pecho oprimido por una gran angustia; un fuego infernal le abrasaba el corazón y por su garganta sentía subir algo que la ahogaba y la hacía estremecer con su contacto viscoso. Tuvo una espantosa convulsión y de su boca salieron disparadas esparciéndose por el aire e impregnándolo todo de un irresistible olor a azufre, las más infernales apariciones. Serpientes verdes y repugnantes que se enroscaban en complicados anillos, echando llamas por las temblonas bocas; diablejos que hacían espantosas contorsiones y obscenas cabriolas; sapos negros manchados de colorado, que hacían repicar las campanillas que llevaban pendientes del cuello y cuyo sonido ponía los pelos de punta; en fin, cuantas apariciones espantables y horripilantes pueden creerse en el infierno. ¿Sabes, hija mía, lo que era aquéllo?
El padre Claudio se detuvo para excitar mejor la temerosa curiosidad de Enriqueta y apreciar el efecto que en ésta causaba la relación. Después añadió con acento de religioso terror:
—Pues eran los pecados que aquella infeliz había ocultado a su confesor y que salían bajo tan horribles formas, por no poder estar más tiempo encerrados en un cuerpo que la absolución había santificado. Los pecados; al salir, ahogaron a la princesa, cuya alma indudablemente, está ahora ardiendo en el infierno. Piensa, hija mía, a cuan terribles castigos se expone la miserable criatura que intenta ocultar su conciencia a Dios.
El padre Claudio había logrado su objeto. Conocía el verdadero carácter de Enriqueta, el gran predominio que en ella tema la imaginación sobre las demas facultades, y, por tanto, obraba acertadamente para sus planes, relatando aquella leyenda estupida, sacada de uno de esos antiguos libros de devoción, que tanto utilizan los confesores para asustar a las mujeres y los niños.
Enriqueta estaba horrorizada por la terrible muerte de aquella princesa, y con los ojos de su viva imaginación, pronta siempre a dar cuerpo y vida a todos los pensamientos, veía el asqueroso coleo y las cabriolas incesantes de los pecados ocultados al confesor, y hasta por una aberración de los sentidos, las exhalaciones almizcladas del jesuíta le parecían oler a azufre.
¿Si iría a ahogarla a ella aquel pecado de amor, que tan cuidadosamente quería ocultar?
No necesitó el jesuíta de grandes esfuerzos para arrancar a la joven la revelación que ella tanto se había esforzado en evadir. Llorosa y suspirando, pero al mismo tiempo con la satisfacción del que, arrojando un peso comprometedor, se libra de un peligro, relató al confesor sus amores con Alvarez, aunque haciendo la salvedad de que ella creía siempre que aquello no podía ser pecado.
El padre Claudio mostraba indignación. ¿Cómo que no era pecado? Y no venial, sino grave, resultaba el comprometerse en amoríos una joven a quien su familia destinaba a Dios, convencida de que sentía una santa vocación por la vida monástica.
El jesuíta, oyendo el relato de aquellos amores, mostraba gran curiosidad, especialmente al tratarse de los paseos matutinos por el Retiro, únicos momentos en que los dos amantes se veían de cerca. Mostrabase el jesuíta ávido de detalles y varias veces interrumpió a la joven, dirigiéndola preguntas que en parte no comprendió, pero que la hicieron ruborizar.
Era la primera vez que Enriqueta oía hablar de aquellas tretas amorosas, pero obscenas, y, avergonzada, contestaba negativamente, extrañándose de que un sacerdote le hiciera tales preguntas, y de que creyera a ella y a Alvarez capaces de tales locuras, burlando la vigilancia de Tomasa, que los seguía.
El buen padre manifestó la misma expresión de desaliento del cazador que cree haber encontrado un rastro y al fin no halla nada, y siguió interrogando a la joven, hasta que se creyó bastante enterado de aquellos amores desde el principio al fin.
—Ese es, hija mía—dijo, cuando la joven terminó la revelación—, el más grave pecado, pues los demás que has confesado nada son al lado de tales amores. Afortunadamente has acudido a tiempo a lavar tu alma y a librarte del demonio de la voluptuosidad, que te posee.
—Pero, padre mío, ¡si ya no existen tales amores! ¡Si yo, por orden de papá, escribí una carta rompiendo mis relaciones con el capitán!
—No importa; tú le amas. Se conoce en tu modo de expresarte que no has olvidado aún a ese hombre, y es preciso, si quieres salvar tu alma, que de ella se borre la huella de un amor vergonzoso.
Enriqueta, que tanto había temido revelar sus amores al jesuíta, ahora que se veía ya descubierta había recobrado su serenidad y sentía renacer su carácter, que era doble, pues si en ciertas circunstancias se mostraba débil, y como propio de un ser automático, en otras daba a conocer una energía y una independencia verdaderamente inesperada.
—Pero padre—dijo con resolución—, ¡yo creía que un amor puro no era tan enorme pecado!
—Estás en un grave error, hija mía, y sin duda, el diablo te mantiene en él. La joven que no sienta temor al pensar en las penas del infierno, la que no quiera ir al cielo, esa puede entregarse a ese amor puramente terrenal, que no es, en el fondo, más que una torpe pasión; pero la que desee figurar después de su muerte entre las bienaventuradas y gozar las delicias celestes, debe huir de las falsas dichas terrenales dedicándose al único amor cierto, al que no engaña, a ese amor ardiente a Dios, que tan célebre hizo a Santa Teresa. En una palabra: dónde quieres ir tú después de la muerte, ¿al cielo o al infierno?
No había perdido el tiempo la baronesa educando a su hermana. La gran preponderancia que en ésta tenía la imaginación, convertíala en ciertos momentos en una visionaria; la continua lectura de leyendas piadosas, le había hecho formarse un horrible y exacto concepto del diablo y sus maléficas hazañas; cerrando los ojos, veía a Satanás, con su horrible catadura, y no podía oir hablar del infierno sin estremecerse de pies a cabeza.
—Al cielo; quiero ir al cielo—contestó con ansiedad, como si ya oyera en la sombra los pasos del demonio, que se acercaba para cargar con ella.
—Pues para ir al cielo es preciso, hija mía, estar en estado de santidad, y este estado los que más fácilmente pueden adquirirlo son los célibes o las vírgenes. Tú, indudablemente, procediendo como joven honrada, querrías contraer matrimonio con ese hombre que decía amarte. ¿No es esto?
—Sí, padre.
—Pues bien; el matrimonio, aunque muchos no lo crean así, es lo más opuesto al estado de santidad y el camino más recto para ir al infierno. No soy yo quien lo digo, sino la Santa Madre Iglesia, que no puede engañarse jamás.
—¿Y cómo es que la Iglesia casa a la gente?—preguntó Enriqueta con ingenuidad terrible.
—Es necesario el matrimonio, pues de lo contrario acabaría la procreación, y el mundo quedaría desierto. La Iglesia lo consiente, mas no por esto aconseja el matrimonio, pues sabe que para ganar el cielo sirviendo a Dios, no basta la virginidad del alma, pues es necesario también conservar la del cuerpo. ¿Has oído tú hablar del Santo Concilio de Trento?
—Sí, padre—contestó Enriqueta, que algunas veces había oído tal nombre en boca de los contertulios de su hermana aunque no estaba muy segura de lo que pudiera significar.
—Fué una santa reunión de todas las lumbreras de la Iglesia, sobre cuya augusta frente descendió el Espíritu Santo. Allí se distinguió por primera vez nuestra sagrada Compañía de Jesús, y se dictaron cánones sobre el matrimonio, que afirman esto que te digo. Oye lo que dice el Canon X, y recuérdalo siempre: "Si alguno dijese que el estado de matrimonio debe preferirse al estado de virginidad y de celibato, y que no es mejor y más venturoso permanecer en la virginidad o en el celibato que casarse, sea anatema." Anatematizados son, pues, por la Iglesia, los que no creen que la virginidad es el procedimiento más seguro para ir al cielo, como lo prueba el celibato de los sacerdotes, fieles representantes del Altísimo, y el de las religiosas, dulces esposas del Señor. Ahora, ya lo sabes; ya estás advertida por mí, que en estos momentos hablo por inspiración del cielo; cásate si ésta es tu voluntad y lo permite tu familia, pero está segura de que vas rectamente camino del infierno.
—No, padre mío; no me casaré. Además, he roto ya toda clase de relaciones con el hombre que amaba, y hoy mi corazón está vacío.
—No basta esto. Es preciso que ese corazón lo llenes con el santo amor a Jesús crucificado, divino Esposo de todas las jóvenes destinadas a gozar en el cielo una eterna dicha.
—¡Amaré a Dios, padre mío! Yo se lo aseguro. Hoy no le amo aún como debiera, pero con el tiempo...
—La oración y la humildad harán más que cuantos esfuerzos de ánimo intentes. Obedéceme a mí siempre; sigue los consejos de tu hermana, que es casi una santa, y no dudes que éste es el camino que te conduce a la eterna felicidad.
—Mi hermana desea hacerme monja.
—Es porque te quiere con verdadero cariño; porque se interesa por tu dicha. ¿Te sientes con fuerza para entrar en un convento?
—¡Yo!... No sé. En este instante creo que sí; pero después...
—Eso es, porque como muy bien has dicho antes, no amas aún a Dios verdaderamente. Cuando te sumas en la inmensa felicidad que produce entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la felicidad, cuando sigas fielmente mis consejos, entonces tú serás la más interesada en abandonar el mundo y pedir la vida religiosa. Serás monja y nos agradecerás a tu hermana y a mí el cuidado que nos hemos tomado por tu alma.
—¿Y mi papá?—preguntó Enriqueta, que al hablar del convento recordaba la oposición de su padre.
—¿Se opone acaso a tu vocación?
—Sí; un día me dijo que prefería verme muerta antes que monja.
—Eso es, sin duda, una obcecación lamentable del señor conde. Yo, que como sabes, le trato con asiduidad, estoy convencido de que las desgracias le han perturbado bastante, y que muchas veces no piensa bien lo que dice. Su oposición será fácil de vencer.
Enriqueta hizo un gesto, como indicando que no creía fácil disuadir al conde.
—Además—continuó el jesuíta—, los obstáculos que tu padre pueda oponer a tu vocación no deben torcer ésta. Los padres sólo tienen potestad sobre sus hijos cuando se trata de asuntos puramente terrenales; pero cuando un alma privilegiada quiere elevarse sobre las miserias mundanas y volar directamente a Dios, un padre es poca cosa para impedir tan sublime designio.
Enriqueta escuchaba con instintiva extrañeza tales palabras. El padre Claudio apercibióse del efecto que en su penitente producían sus afirmaciones y se apresuró a añadir, apelando al procedimiento casualista, propio de los jesuítas.
—No es esto decir que se debe desconocer y despreciar la autoridad de los padres; pero todo tiene su límite en este mundo, y ante Dios deben enmudecer las jerarquías y los privilegios creados por la sociedad. Nuestra santa Compañía, que por ser la que más hombres eminentes ha contado en su seno, se ha ocupado de todos los problemas que pueden surgir en la vida cuando se trata de servir a Dios, tiene previsto el caso en que la voluntad del padre se oponga a los sentimientos religiosos del hijo. Ilustres escritores de la Compañía de Jesús han publicado libros en que se marca lo que deben hacer los hijos cuando por culpa de sus padres ven en peligro su piedad y su salvación eterna. El padre Estevan Facúndez, jesuíta portugués, en su "Tratado sobre los Mandamientos de la Iglesia", que publicó en 1626, dice que los hijos católicos pueden denunciar a sus padres, si son herejes y no creen en su religión, y hasta pueden, sin caer en pecado, asesinarlos, si intentan obligarlos a abandonar la fe. Otro jesuíta español, el padre Dicastille, en su libro "De la Justicia del Derecho", cree del mismo modo que un hijo puede hasta asesinar a su padre si éste le impide ser buen católico. Del mismo modo han hablado otros respetables escritores de la Compañía, que no creo necesario citarte, y ya ves que cuando la Iglesia, por boca de nosotros, que somos sus más legítimos representantes, autoriza a un hijo, en cuestión de religión, para que mate a su padre, bien puede aconsejar a una hija que desobedezca a su padre también, que desprecie sus mundanales consejos y que procure, ante todo, salvar su alma, haciéndose esposa del Señor.
Enriqueta parecía convencida.
Allá dentro, en lo más profundo de su cerebro, le escarabajeaba cierta duda sobre la bondad y la lógica de las doctrinas del padre Claudio; pero esto en una joven ignorante e impresionable, como era ella, no pasaba de ser un fugaz chispazo, y, arrastrada por su fe, atribuía la ligera duda a una pérfida sugestión del demonio, que todavía intentaba poseerla.
—No; tu padre no se opondrá—continuó el jesuíta—. Y si se opusiera, el cielo se encargaría de defenderte y de barrer tales obstáculos. ¡Quién sabe lo que Dios habrá dispuesto contra tu padre, en vista de su impía obstinación!
El jesuíta dijo estas palabras con tono tal, que Enriqueta se estremeció, presintiendo en ellas una amenaza.
Por algunos momentos permanecieron silenciosos confesor y penitente, y, al fin, el padre Claudio, como arrancándose de una grave meditación, dijo a Enriqueta:
—Es preciso, hija mía, que te decidas; que tomes una resolución y sepas sostenerla con energía. Ahora es tiempo para escoger el porvenir. Estás en el cruce de dos caminos: el del cielo y el del infierno. Si eres débil, si te sientes seducida por las míseras pompas terrenales, si ocultas tu escasa fe, diciendo que quieres obedecer a un padre que tiene tendencia a la impiedad, entonces toma el camino del infierno; pero si quieres ir al cielo, sacrifica el mísero cuerpo, renuncia para siempre a los goces de la materia, guarda un alma virgen en un cuerpo intacto, huye de la maldita sociedad y enciérrate en un convento, lugar seguro, donde se alcanza la vida eterna. ¿Por quién te decides? ¿Por Dios o por el demonio?
—Por Dios, padre mío; yo amo a Dios sobre todas las cosas, como manda el catecismo.
—Muy bien, hija mía. Ama al Señor, que él te recompensará con creces. ¿No olvidarás esta resolución? ¿No sentirás flaqueza de ánimo?
—No, padre mío. Estoy resuelta.
—Por si algún día te tienta el diablo con los esplendores del mundo, pretendiendo apartarte de la buena senda, piensa que esta existencia que arrastramos es cosa débil y efímera, que a los ojos de la eternidad tiene tanta duración como el fugaz relámpago ante nuestros ojos. ¿Qué es la vida? Unas cuantas docenas de años, que la criatura humana malgasta en satisfacer su ambición o en apagar su sed de placeres, sin pensar en ponerse bien con Dios, ni menos en que más allá de la tumba está la verdadera vida, la que no acaba nunca, la existencia eterna, y que lo que aquí hacemos sirve para estar por los siglos de los siglos nadando en un piélago de felicidad celeste o sumido en un infierno de horrores. Mira a esas mismas mujeres que te rodean en los salones y que se llaman tus amigas. Son honradas, no lo dudo: cumplen sus deberes de esposas, hermanas e hijas: no hacen mal, al menos con deliberada intención: pero viven totalmente olvidadas de Dios, y no piensan un solo instante en poner bien su alma para el día en que les sorprenda la muerte. No piensan más que en el presente, no lanzan una sola mirada al porvenir: su dios es la moda: su devoción, el amor: sus oraciones, estúpidos y dulzones galanteos, e ignoran, ¡oh, desgraciadas!, que llegará el día de la ira, el día de la desolación, en que el Señor juzgará a los buenos y a los malos, a los que le han amado y a los que le han desconocido, y entonces esas carnes, ahora tan cuidadas y frescas, chirriarán al contacto del infernal fuego: sus blondos cabellos se convertirán en ondulante corona de azuladas llamas: sentirán en el pecho una angustia enloquecedora, y para apagar su inmensa sed sólo tendrán sus amargas lágrimas. Ya los alegres violines del baile o del teatro no las arrullarán con sus gratos sonidos: gritos de agonía, espantosas maldiciones, rugidos de dolor, llegarán a sus oídos, como horrísono concierto de los desesperados réprobos; y danzarán sin tregua ni descanso, pero no será como ahora, por puro placer, sino para librar sus pies de las enrojecidas brasas, de los viscosos monstruos, de los agudos puñales que forman el pavimento del infierno. ¡Ah, infelices los que ahora se divierten unos cuantos años, para vivir agonizando durante una eternidad!
Conocía perfectamente el jesuíta el carácter de la joven, y sabía manejar a su placer aquella viva imaginación, por la que pasaban las ideas atropelladamente, aunque detallándose y tomando el relieve de los hechos reales.
Aquella peroración de tonos apocalípticos era para Enriqueta una especie de linterna mágica, cuyos cuadros la aterraban. Ella, con los ojos de la imaginación, veía a Dios iracundo, ofendido y deseoso de venganza, arrojando las almas en el infierno, y sobre el suelo, tapizado de monstruos y brasas, por entre las crepitantes y azules llamas, distinguía a todas sus compañeras, las flores de la aristocracia madrileña, desnudas y chamuscadas, apestando a grasa quemada y arrojando raudales de lágrimas por los ojos, implorando en vano la misericordia divina y lanzando lamentos de loca desesperación.
No, ella no quería verse así; no quería ir al infierno; deseaba ser esposa de Jesús, y llevada del religioso egoísmo, propio de las visionarias, se prometía no dejarse tentar más tiempo por las seducciones mundanas, renunciar al amor y desobedecer a su padre, si es que éste se oponía a que entrara en un convento, impidiéndola que salvara su alma.
Pero, ¿qué era aquello que con tono tan agradable resonaba en su oído? ¿De dónde procedía una armonía tan deliciosa? Era el padre Claudio, que seguía hablando; pero su acento enérgico y aterrador había tomado una entonación dulce y meliflua.
—¡Cuán distinta es la suerte de la mujer que dedica su existencia a Dios! Ella ve claramente lo que es el mundo, y con la vista fija en el porvenir sabe despreciar el presente por lo futuro. Renuncia a las pompas y las dulzuras humanas, pero, en cambio, goza la eterna felicidad, y cuando su alma queda libre de la terrena envoltura, paséase por las celestes salas, conversa con los bienaventurados, oye el arrobador concierto de los angelicales coros, y se sumerge en el esplendor de sublime luz que circunda la persona de Dios, estremeciéndose con los arrebatadores espasmos del más sublime placer. La lengua humana es pobre para describir la inmensidad de dichas que se gozan en la mansión de los justos, pero bástate, para imaginar cuán grande será la celestial felicidad, pensar que es Dios el que todo lo puede y todo lo sabe, quien dispone y prepara los goces de los bienaventurados. Cuando se considera lo poco que cuesta ganar tanta dicha, es cuando mejor se comprende la inmensa bondad del Señor. ¿Qué sacrificios exige? Nada. Renunciar a los engañosos placeres que proporciona el demonio durante el poco tiempo que dura la vida de la humana criatura. Y a más de esto, ¡cuán llena de dichas está la existencia de la feliz esposa de Jesucristo! Vive alejada de las miserias del mundo y los dolores sociales; las penas que engendra la familia, la maldad y la murmuración de los hombres, vienen a estrellarse contra los muros del convento. Dentro de él, la mística esposa es libre, independiente, se ha despojado del peso de las preocupaciones mundanales, no tiene que luchar ni que preocuparse en defender su honor, ni tiene marido que la aflija, ni hijos que la apenen con sus dolencias. Le basta con amar a Dios, su esposo, y vive en íntimo y dulce consorcio con sus compañeras, seres llenos de dulzura y de benignidad. Habla amorosamente con Jesús crucificado, que le sonríe amoroso y besa con estremecimientos de pasión sus abiertas llagas, sus raudales de sangre; aspira el místico y tranquilizador ambiente de los claustros, que elevan en el espacio su filigrana de piedra de un modo tan aéreo como la oración del creyente; no tiene que preocuparse ni aún de reflexionar; todo muere dulcemente dentro de su cerebro, y un poder superior y maternal se encarga de pensar por ella. De día, a la luz del sol, mira las florecillas que abren sus cálices salpicados de rocío, como mudas bocas que entonan su invisible himno a la divinidad; conversa con el sencillo pajarito; de noche, para ir al coro, atraviesa las silenciosas crujías bañadas por la misteriosa luz de la luna, y siente tras sus pasos los del invisible Angel de la Guarda, que con la ígnea espada desenvainada, la defiende del demonio; junta el oro con el terciopelo y la seda para hacer un traje a la Madre de Jesús, y se extasía a todas horas en la contemplación de su alma, pura y limpia de malos pensamientos, por lo mismo que no piensa, y hasta puede esperar que el Omnipotente la favorezca, haciéndola obrar milagros y destinándola a que por el tiempo figure en los altares. ¿No es esto la mayor de las felicidades?
¡Ah, padre Claudio! ¡Bendito padre Claudio! Buena mano derecha os había dado Dios para trastornar cabezas juveniles y para hacer hervir, hasta derramarse, a las imaginaciones fogosas. Por algo la Compañía le tenía, ya que no por uno de sus mejores predicadores, por el más eminente confesor de cuantos enloquecen cabezas juveniles de aristocráticas herederas, para arrojar sobre ellas las blancas tocas y limpiarlas después los bolsillos.
Enriqueta estaba trastornada. Aquella descripción de las dulzuras monásticas, que el jesuíta aún recargó con detalles más conmovedores, hizo más que todas las exhortaciones de la baronesa, dichas con lenguaje imperativo.
Al terminar el jesuíta su discurso, Enriqueta, con la impetuosidad de aquel carácter que tenía dos diversas fases, exclamó:
—¡Oh, padre Claudio! ¡Yo quiero ser monja! ¡Obedeceré cuanto usted me mande y entraré en un convento, aunque se oponga el mundo entero!
El jesuíta sonrió en la sombra, con la dulce expresión de un artista que se siente satisfecho ante su obra.
—¡Bien, muy bien!—dijo—. Serás monja, te lo asegura el padre Claudio, que te mira como una hija y te protegerá en todas ocasiones. Ahora di el "Señor mío, Jesucristo...", y acabemos, que tu hermana está impaciente.
Rezó la joven, con la cabeza baja, mientras dentro del confesonario sonaba un confuso masculleo de latín.
Acabó el rezo, y sobre la portezuela del sacro cajón apareció la blanca mano del jesuíta, que trazó en el espacio la bendición absolutoria.
Con aquello bajaba del cielo a la cabeza de Enriqueta la divina clemencia, y el padre Claudio comenzaba a tentar los millones de la familia de Baselga, tan apetecidos por la Orden.
Otro golpecito como aquella confesión, y el hermoso jesuíta andaba de un solo salto la mitad del camino que conducía al generalato.