Además, ¿por qué no había de ser todo aquello verdad? Tratándose de un loco, resultaba lógico que confundiese la profesión de ciertas personas, siempre con ventaja para sus absurdos planes, y ya se mostraba él arrepentido de que su preocupación contra los jesuítas le llevase a ver maquiavélicas tramas donde sólo existían hechos naturales y sencillos.
El padre Claudio adivinaba cómo en el ánimo de su interlocutor iban disipándose las dudas, y para vencer definitivamente su desconfianza, se levantó del sofá, salió del salón y volvió a entrar a los pocos instantes, seguido del ayuda de cámara del conde.
—Además, señor Zarzoso—dijo el jesuíta—, tenemos este criado, que podrá decirle a usted algo de la visita de O’Conell, pues también le vió.
—¿Recuerdas—añadió dirigiéndose al ayuda de cámara—la tarde en que vine a visitar al señor conde, acompañado de un caballero, pequeño de estatura y con patillas rojas?
—Lo recuerdo perfectamente, reverendo padre—contestó el criado con entonación respetuosa—. Era un sabio extranjero, y recuerdo que vuestra reverencia le llamaba doctor y que hablaba con él, al atravesar la antecámara, de lo breve que era su estancia en Madrid.
—¿Recuerdas algo más?
—Me parece que vuestra reverencia me preguntó por la señora baronesa, y al saber que había salido, me encargó manifestara que el doctor... O’Conell (eso es, ya se me había olvidado, el nombre), que el doctor O’Conell había estado a saludarla.
—Está bien. Puedes retirarte.
El doctor Zarzoso no creyó prudente insistir más sobre tal punto. Estaba convencido de que aquel doctor era un ser real, un médico como él, que había estado allí a instancias de su amigo el jesuíta para cumplir un deber profesional, y que el conde, al empeñarse en creerlo un capitán inglés, que le auxiliaba en sus absurdos planes, demostraba estar realmente loco.
—Doy a usted las gracias—dijo al sacerdote, sin reparar que en su interrogatorio había pecado algo de grosero—por los datos que me ha suministrado, y como creo inútil insistir ya más sobre este punto, pasemos a la cuestión más importante, o sea al examen del enfermo.
La baronesa, que hasta entonces había permanecido muda, creyó del caso intervenir en la conversación, obedeciendo a una mirada del padre Claudio.
—Señor Zarzoso, antes de que usted, con su colega, entre a ver a mi padre, me atrevo a dirigirle un ruego. No le exasperen ustedes contradiciéndole, pues entonces se revuelve furioso, y su cólera es tan terrible, que pone en conmoción a toda la casa.
El doctor se inclinó, contestando con toda la galantería de que era susceptible su rudo carácter:
—Señora, agradezco esa indicación, pero es inútil. Estoy acostumbrado hace ya muchos años a tratar dementes, y sé que nada se gana con exasperarlos y contradecir directamente sus manías. Permítame usted ahora una pregunta: ¿son muy frecuentes en el conde los accesos de cólera?
—Sí, señor; muy frecuentes—contestó la baronesa con la precipitación del que ha de mentir sin preparación alguna—. A menudo se pone furioso cuando cree encontrar obstáculos a su plan; sólo que yo, para evitar que la servidumbre se entere de la triste verdad, procuro ocultar tales raptos de violenta locura.
—¿Pero no habrá usted podido ocultar del mismo modo los preparativos militares del conde?
—¡Oh! Eso no. Todos los criados saben que abajo, en las cuadras, hay varias cajas de armas y municiones, y comentan de un modo poco respetuoso para mi padre la llegada de esa banda de hombres casi salvajes que él ha hecho venir desde las montañas de Navarra.
—Ya ve usted, querido maestro—dijo entonces Peláez—, que esos preparativos constituyen un tremendo peligro, que es preciso que nosotros evitemos cuanto antes.
—¡Oh! Efectivamente—dijeron a un mismo tiempo los dos médicos anónimos, que hasta entonces no habían despegado los labios.
El doctor Zarzoso, por toda contestación, se levantó, diciendo a la baronesa:
—Con el permiso de usted, vamos a ver al enfermo.
—Sí; vayan ustedes. El padre Claudio les acompañará, pues él y el doctor Peláez son las únicas personas que logran inspirarle confianza. ¡Ah! Me olvidaba de Joaquinito Quirós, que también es gran amigo suyo.
—¿Quién es ese caballero?—preguntó el sabio doctor.
—Un joven, amigo de mi padre, que fué el primero a quien confió ese maldito plan, causa de su locura. Quirós no tardó en comprender que estaba loco. Debíamos haberlo llamado hoy, pues aunque nada nuevo hubiese añadido a los informes del doctor Peláez y del padre Claudio, siempre hubiese sido útil su presencia. ¿Cómo no se le ha ocurrido a usted llamarlo, reverendo padre?
—Ayer le envié aviso; pero tal vez sus ocupaciones no le habrán permitido venir.
Esto no era verdad, pues el padre Claudio había tenido buen cuidado en que Quirós no se enterara de lo que él proyectaba acerca del porvenir del conde.
No suponía esta reserva que él dudase de la adhesión del escritor católico, pero hacía algún tiempo que Quirós le resultaba peligroso. Notaba en él cierta fatuidad y el claro intento de labrarse una posición sin el apoyo del padre Claudio, para recobrar su independencia, y esto hacía que el astuto jesuíta evitase que se mezclara en un asunto tan importante como era el de la familia de Baselga. El lobo temía las uñas de aquel cachorrillo que con tanto esmero había educado, y reconocía en él facultades suficientes para ser temible.
Los cuatro médicos y el jesuíta estaban ya de pie, dispuestos a salir de la habitación.
El padre Claudio dirigióse al doctor Zarzoso, para decirle, con su aire de hombre humilde y amable:
—Debo advertir a usted, señor doctor, que nuestra visita al conde, si no tiene algún preparativo, puede extrañarle, y les será, por tanto, muy difícil a todos ustedes el estudiarle con entera libertad.
—¿Y qué preparativo es el que usted propone?
—El conde sólo se deja llevar de su manía cuando se cree en presencia de hombres comprometidos en su famoso plan.
—Bien: puede usted presentarnos a él en la forma que más guste.
—Si a usted le parece bien diré que son ustedes individuos del Comité patriótico, que preside el doctor Peláez. Una de sus manías es creer que este señor tiene formada una Junta que ha de ayudarle en sus trabajos de conspiración.
El doctor Zarzoso movió la cabeza, en señal de asentimiento, y estrechó la mano que le tendió la baronesa, medio desmayada en el sofá.
—Valor, señora—dijo el sabio, que, a pesar de su rudeza, se sentía conmovido por el dolor teatral de aquella mujer—. La vida es una lucha, y hay que saber sufrir las desgracias.
—Que Dios le ilumine, señor doctor. Yo sólo pido la verdad, que usted me diga la verdad, sin ocultarme el verdadero estado de mi padre.
Subieron Peláez y sus dos acólitos, llevando en medio al doctor Zarzoso con toda la veneración respetuosa de los labriegos cuando sacan a la calle al santo patrono del lugar.
El padre Claudio les seguía con paso lento; pero cuando les vió salir, volvió rápidamente al sofá donde estaba la baronesa.
—¿Qué va a suceder, padre mío?—exclamó doña Fernanda, que, repeliendo su actitud trágica, se mostraba inquieta y alarmada—. ¿Qué dirá ese doctor sobre el estado de mi padre? ¿Nos traerá el haberlo llamado alguna nueva desgracia?
—Tranquilízate. Tu padre será declarado falto de razón. Los alienistas eminentes, como Zarzoso, a fuerza de tratar locos, acaban por invertir el estado de la humanidad, y creen que la demencia es la regla general, y la cordura una excepción. Basta que se sospeche de la razón de una persona para que la declaren inmediatamente loca. El conde será muy pronto para Zarzoso un caso raro de locura, digno de un curioso estudio. Por eso pensé yo en llamarlo.
—Vaya usted, reverendo padre; vaya pronto a presenciar ese examen, y no tarde, ¡por Dios!, pues esta intranquilidad me mata.
El padre Claudio salió rápidamente del salón y alcanzó en la antecámara al grupo de médicos, que lentamente se dirigía al despacho del conde.
El jesuíta estaba radiante de satisfacción. Había estudiado rápidamente el carácter del doctor Zarzoso, y tenía ya la seguridad del triunfo.
La araña acababa de tejer su tupida y viscosa tela, y Baselga era la incauta mosca que revoloteaba alrededor de aquella pérfida red.
El padre Claudio acechaba tras la oscilante malla, y su alma satánica y ambiciosa sentía como un escalofrío de placer al pensar que estaba próximo el instante en que sería anulado el hombre que se oponía a los planes de la Orden.
XXIV
Baselga cae en la red.
El conde, al ver entrar en su despacho al padre Claudio y a Peláez, seguido de tres desconocidos, levantóse de su sillón con la actitud de un hombre cortés y amable y les hizo tomar asiento en derredor de su gran mesa de trabajo.
El jesuíta tuvo buen cuidado en sentarse junto al doctor Zarzoso, que se había colocado frente al conde, y que con sus vivos ojillos, tan pronto examinaba el rostro de Baselga como aquella habitación, hasta en sus menores detalles.
Para el célebre alienista, que tenía la costumbre de analizar los rostros con una sola mirada, no pasaron desapercibidos la exaltación que brillaba en la mirada inquieta y vaga del conde y el ensimismamiento que en él se notaba, a pesar de su empeño en mostrarse amable y atractivo.
El aspecto del despacho no le preocupaba menos. En sus conferencias científicas se había detenido siempre con predilección en las relaciones directas que existen entre la higiene y la locura, y mirando aquella habitación sombría, con ventanas a un patio, y en la que jamás había entrado el sol, no recibiendo más resplandor diurno que una luz tenue, sucia y cernida, que resbalaba por las paredes grises, después de atravesar la claraboya de cristales del tejado, sacaba como consecuencia inevitable que el ser que pasara la mayor parte del día encerrado en una estancia tan lóbrega, forzosamente había de sufrir un desarreglo de sus facultades mentales y sentir predilección por empresas absurdas y disparatadas.
Mientras el doctor Zarzoso reflexionaba, el padre Claudio hacía a Baselga la presentación de aquellos señores, "ardientes patriotas que pertenecían al Comité del señor Peláez, y que sentían vehementes deseos de conocer al grande hombre que iba a vengar a España."
Los dos compañeros de Peláez creyeron acertado afirmar mudamente las palabras del jesuíta, y se inclinaron profundamente; pero, a pesar de esto, el conde apenas si fijó en ellos la atención.
Como si instintivamente conociera la insignificancia de unos y la valía de otros, despreciaba a los dos médicos y fijaba su atención en Zarzoso, quien clavaba en él su mirada escrutadora e inquebrantable, que tenía algo de la agudeza y frialdad del estilete anatómico.
El padre Claudio notó inmediatamente la predilección que Baselga sentía por el célebre doctor, y comprendió la causa. El carácter susceptible y colérico del conde, forzosamente se había de irritar ante aquel examen detenido y fijo, que le resultaba una imperdonable insolencia.
No creía el jesuíta que fuera favorable a sus planes un choque entre el conde y el doctor, pues podía impedir la conferencia, y por esto se apresuró a intervenir.
—Este señor—dijo señalando al sabio, que estaba a su lado—, es, de todos los admiradores del conde de Baselga, el más entusiasta, y quien más ansiaba conocerle. De seguro que en estos momentos experimenta una satisfacción sin límites al verse cerca del que es su ídolo. ¿No es así, señor Zarzoso?
—Así es, no quiero negarlo. Tengo una gran satisfacción en conocer al señor conde, y me honraría mucho en tratarlo con más asiduidad.
Baselga agradeció la lisonja con palabras que demostraban no había muerto en él el antiguo cortesano, pero, a pesar de esto, aquel hombre panzudo seguía atrayéndole con la antipatía que le inspiraba. Su mirada especialmente, con su fijeza y su frialdad, que parecía registrarle desde la cabeza hasta los pies, le crispaba los nervios, hasta el punto de que en ciertos instantes no se sentía dueño de su voluntad y experimentaba irresistibles impulsos de abofetear al insolente curioso.
Peláez, que por carecer de la penetración del padre Claudio no comprendía lo que pasaba en el interior del conde, sonreía sin objeto, y, deseoso de mezclarse en la conversación, dijo al conde:
—Aquí, donde usted ve a mi amigo el señor Zarzoso, es un hombre de gran importancia, un sabio, que podrá ser de gran utilidad para nuestra empresa.
—¡Oh!, los sabios—dijo con expresión desdeñosa el conde, que deseaba desahogar su ira contra el que tanto le mortificaba con su mirada—. Los sabios no sirven gran cosa en esta clase de empresas, y en nuestro Comité, señor Peláez, lo que deben figurar son los hombres de acción, patriotas de mucha alma, que puedan ayudarnos. No supone esto que yo desprecie a este señor; en esta clase de asuntos todos sirven, pero, siempre que se pueda, deben escogerse personas aptas. Creo que, porque hable con esta franqueza, no se ofenderá el caballero.
—No, señor conde—contestó el doctor, siempre mirando fijamente a Baselga—. Me gusta mucho hablar con franqueza, y, por lo mismo, deseo, antes de comprometerme en una empresa como la que usted ha ideado, enterarme de ciertos detalles importantes.
El conde se sonrió con cierto desprecio, y dijo irónicamente:
—¡Ah! ¿El caballero tiene dudas sobre mi plan?
—Algunas, señor conde, aunque no de gran importancia, y desearía que usted las aclarase. Advierto a usted que estos amigos—y Zarzoso indicó a los dos médicos anónimos—se encuentran en el mismo caso que yo, y desean saber de un modo claro con qué elementos cuenta la patriótica empresa antes de comprometerse en ella.
El doctor ya no miraba fijamente al conde, y éste, como si se viera libre de una presión magnética, que le predisponía al mal humor, sintióse mas aliviado y comunicativo.
—Estoy dispuesto a satisfacer su deseo. Pregunte usted.
El sabio doctor miró a sus compañeros, como indicándoles que iba a comenzar el examen, y habló así:
—Mi amigo Peláez me ha dicho que dentro de Gibraltar tendremos compañeros que nos ayudarán en nuestra empresa. ¿Son dignos de confianza esos auxiliares?
—¡Oh! Yo respondo de ellos, y aquí hay también quien responderá con tanta seguridad como yo. Tenemos allí al capitán O’Conell, un irlandés de gran valor, que está dispuesto a auxiliarnos, aunque esta empresa le cueste la vida. El padre Claudio lo conoce mejor aún que yo, y sabe que es todo un héroe.
La rodilla del jesuíta chocó suavemente con la del doctor, y aquel roce parecía indicar al señor Zarzoso que el conde comenzaba ya a dejarse arrastrar por la locura.
El sabio hizo un gesto de inteligencia y continuó:
—¿Y no podría engañarnos ese capitán?
—¿Engañarnos? No, señor. Yo soy de los que a primera vista conocen a las personas, y tengo al capitán por un hombre franco e incapaz de una traición. ¿No piensa usted lo mismo, padre Claudio?
—¡Oh! Seguramente. Mi amigo O’Conell es una buena persona.
Y volvieron a tocarse las rodillas, para excusarse el jesuíta, porque seguía al conde en su manía, con el propósito de evitar que éste se irritara.
—No dudo—continuó el doctor Zarzoso—que ese irlandés sea una buena persona. Pero, ¿está usted seguro de que sea, efectivamente, un capitán del ejército inglés? ¿Dijo que era militar o se presentó con otro carácter: por ejemplo, médico?
El padre Claudio, a pesar de su serenidad a toda prueba, comenzaba a inmutarse. Aquel doctor tenía un modo tan intencionado de preguntar, que el jesuíta temía que de un momento a otro, y merced a una palabra insignificante, se descubriera la verdad, y su trama, con tanta paciencia forjada, viniese al suelo con estrépito.
Afortunadamente para él, el doctor Zarzoso resultaba antipático a los ojos de Baselga, quien gozaba en contradecirle y en demostrar que sus preguntas no tenían pizca de sentido común.
—¡Qué cosas tan extrañas dice usted, caballero!—exclamó el conde—. ¿Acaso estoy yo loco? O’Conell es un capitán del ejército inglés, y como tal se me presentó, pues tratándose de un caballero, como yo lo soy, no tuvo inconveniente en manifestarse tal como es. ¿Conque el tal capitán podía ser un médico, según usted? ¡Buena es esa! Estos sabios tienen unas ideas verdaderamente originales, y si no le hubiera visto ahí mismo, donde usted está sentado, y si no hubiera conversado largamente con él, sobre las fortificaciones de Gibraltar, casi me haría usted creer que yo había soñado. Padre Claudio, ¿no le parece a usted muy extraño lo que pregunta este caballero?
—Sí, señor; pero hay que permitir que el señor se entere bien de la empresa que usted prepara, antes de comprometerse en ella.
Y el jesuíta, al decir esto, volvió a tocar con su rodilla al doctor.
—Perdone usted, señor conde, que yo haga esas preguntas que a usted parecen tan extrañas. Ahora, en vista de sus explicaciones, comprendo que son impertinentes y las retiro. Después de esto, lo que yo desearía es que usted tuviese a bien explicarnos todo el plan, hasta en sus menores detalles.
Peláez intervino:
—¡Oh! El plan es magnífico. Honra al señor conde y demuestra que es un militar de primer orden.
El sabio lanzó al médico aristocrático una furibunda mirada, como indicándole que él, como sus dos compañeros, estaban allí para oír y callar, dejándole al más antiguo la tarea de interrogar al enfermo.
El conde no se hizo rogar. Estaba tan entusiasmado con su plan, que gozaba en relatarlo; así es que inmediatamente comenzó a contar lo que ya conocemos, o sea el medio que pensaba emplear para apoderarse por sorpresa del Peñón.
El doctor volvía a tener fija su mirada en el conde, estudiando atentamente su fisonomía y apreciando aquella exaltación que brillaba en sus ojos y la fiebre nerviosa que le dominaba al hablar de la futura victoria.
El jesuíta comenzaba a tranquilizarse, pues el sabio, preocupado en analizar a Baselga mientras hablaba, no se cuidaba de ocultar sus impresiones, y algunas veces, instintivamente, rozaba con su pierna la del padre Claudio, como indicando la certidumbre que ya abrigaba sobre la locura del conde.
Este no ocultó ninguno de sus preparativos. Habló de los hombres que tenía a sus órdenes, y de los cajones de armas que había almacenado, todo por indicación del capitán O’Conell, y con acento de indignación relató su viaje a Gibraltar y la grosería de la Policía inglesa, que le obligó a salir de la plaza a viva fuerza.
El doctor, oyendo hablar a Baselga con tanta naturalidad de su conferencia con O’Conell y sus bélicos preparativos, sentía tanto asombro como interés, y se decía en su interior que era uno de los casos de locura más raros y dignos de estudio.
El conde terminó su relación.
—Y en este estado, señores—dijo—, se encuentran las cosas Yo estoy dispuesto a no demorar el golpe. Espero una carta del capitán O’Conell, anunciándome que todo está preparado; pero la impaciencia me consume, y si tarda mucho en escribirme ese irlandés, es más que probable que, poniéndome al frente de mi gente, salga para Gibraltar, dispuesto a dar el golpe por mi propia cuenta. Yo conozco bien aquello, y, además, no soy hombre para estarme esperando pacientemente cuando ya lo tengo todo preparado.
—¿Y no retrocederá usted ante el silencio que guardan los auxiliares de dentro de la plaza?
—No, caballero. Tengo el valor suficiente para ultimar las empresas que he iniciado, aunque en ello pierda la vida. Sólo aguardaré una semana, ya se lo he manifestado así varias veces al padre Claudio. Si durante ese tiempo no escribe O’Conell, iré con mi gente a situarme en las inmediaciones de Gibraltar.
El doctor Zarzoso miró a todos los que le rodeaban; pero esta vez no fué con enojo, sino con marcada expresión de alarma. Decididamente, el conde estaba loco de remate, y su demencia era de temer, pues podía producir tremendos conflictos.
Para Baselga no pasó desapercibida aquella mirada.
—Se asustan ustedes de mi decisión, ¿no es así? Yo reconozco que es algo aventurada; pero, señores, en las grandes empresas hay que jugar el todo por el todo, y ser audaz hasta la locura. Por si lo dudan ustedes, ahí tienen al gran Napoleón, que muchas veces se metía voluntariamente en trances que sabía eran peligrosos, y, sin embargo, salía siempre victorioso.
El doctor se animó, como hombre a quien hablan de su tema favorito.
—¡Oh! Es mucha verdad—exclamó—; usted, señor conde, tiene mucho de Napoleón, y hace un momento tenía el honor de decírselo a estos señores.
Y al mismo tiempo que decía estas palabras, con cierta malicia miraba a sus compañeros, como diciéndoles: "No hay remedio, está loco".
—Sí, señores—continuó el conde, hablando con creciente exaltación—. Cuando se siente apego a la vida hay que permanecer tranquilo en casa; pero cuando se piensa vengar a la patria, cuando se desea volver por su dignidad ultrajada, hay que ser valiente hasta el heroísmo, despreciar la existencia, y si la suerte es adversa, morir, con la sublime serenidad de los mártires de una gran idea.
Mientras el conde hablaba, el doctor Zarzoso decía, entre dientes, muy quedo, a pesar de lo cual sus palabras llegaban al fino oído del jesuíta:
—Monomanía heroica; caso curioso.
—Estoy decidido a todo—continuaba el conde—. Yo no espero ya más tiempo, y como tan meritorio es a los ojos de la Historia alcanzar la victoria, como saber morir heroicamente por conseguirla, no reparo ya en peligros, y saldré inmediatamente para Gibraltar, donde no tardaré en dar el golpe.
Quedó en silencio el conde durante algunos instantes, y después añadió con acento triste, marcándose en su rostro una expresión de desaliento:
—Y la verdad es que sería terrible que yo fuera vencido, cayendo en manos de las autoridades inglesas, pues con mi muerte se desvanecería la segunda parte de mi plan, que es magnífico, y ninguno de ustedes conoce.
Todos se conmovieron, y hasta el padre Claudio hizo un gesto de curiosidad. ¿Qué segunda parte sería aquella, de la que nunca había hablado?
Baselga vió el ansia de la curiosidad marcada en todos los semblantes, y como no era hombre capaz de ocultar nada cuando le poseía el entusiasmo, hizo la revelación esperada:
—Voy a decirles cuál es mi idea. He pensado que, en caso de que triunfemos, es una locura devolver Gibraltar a España, mientras esté regida por el Gobierno actual.
—¿Y qué es lo que usted se propone?—preguntó el jesuíta, que deseaba aclarase pronto el conde aquel punto, con la esperanza de que expusiera alguna idea disparatada, que hiciese creer más en su supuesta locura.
—Pues lo que yo pienso hacer, apenas me vea dueño de la célebre plaza, es dar un manifiesto a los españoles, diciéndoles que Gibraltar es de España, pues para eso la habré conquistado yo; pero que su guarnición, sublevada, no hará entrega de ella mientras la nación esté gobernada por doña Isabel II.
—Muy bien; me gusta la idea—dijo el doctor Zarzoso, que con el sesgo que tomaba la conversación sentía que en su interior la curiosidad del hombre político comenzaba a sobreponerse a la del sabio—. ¿Y cuál ha de ser la condición precisa para que la entrega se efectúe?
—Que vuelva a reinar en España el Gobierno legítimo.
—¿Y qué entiende usted por Gobierno legítimo?
—Caballero, su pregunta me extraña. En esta nación no hay más Gobierno legítimo que el del Rey Don Carlos V, por el cual tanto expuse mi vida en Navarra, durante la guerra civil. Ya que el Monarca ha muerto, sólo forman la dinastía legítima sus hijos y demás sucesores, y únicamente a ellos entregaré la plaza de Gibraltar cuando sea mía. Los españoles, con tal de volver a poseer el trozo de la Península que les pertenecía, y que tan infamemente les fué robado, se levantarán en masa, pidiendo el restablecimiento de mis reyes, y de este modo yo habré logrado lo que vulgarmente se dice matar dos pájaros de un golpe.
El padre Claudio estaba muy contento de aquella extraña idea que se le había ocurrido al conde, llevado de su fanatismo político, y su gozo era mayor al ver el gesto de desagrado que hacía el doctor Zarzoso.
El sabio estaba irritado por aquel plan, que calificaba de estúpido, y hasta le faltó poco para olvidarse que examinaba a un loco y decir al conde que su idea era absurda y ridícula.
El jesuíta le tocó con su rodilla, como para recordarle que hablaba con un loco, y el doctor se serenó.
—Esa segunda parte del plan—dijo el padre Claudio—me gusta mucho, y creo que de igual modo pensarán estos señores.
Todos hicieron gesto de aprobación, y el doctor Zarzoso, que estaba ya convencido de la locura del conde, aunque no creía necesario insistir, quiso aún apreciar el dominio que en su ánimo ejercía la familia y hasta dónde llegaba su manía heroica.
—La patria—dijo—tendrá mucho que agradecer a usted; pero, por grato que sea el aprecio de los conciudadanos, creo que usted, señor conde, se expone demasiado y lleva su sacrificio a un límite exagerado. Usted tiene familia: ¿ha pensado alguna vez en el dolor de ésta, si es que usted llega a morir en la empresa?
Este recuerdo, hábilmente evocado, produjo bastante efecto en el ánimo de Baselga. La figura de Enriqueta surgió de su imaginación, rodeada de un ambiente de pureza y sencillez, y se sintió conmovido.
—Sí, señores. Tengo familia, y, sobre todo, una hija, mi Enriqueta, a la que amo mucho, y que es el único ser que me liga a este mundo.
Pero el conde sólo podía sentir un enternecimiento pasajero, cuando estaba poseído de su afán heroico, que tanto le dominaba.
—Sentiría mucho—continuó con el acento del que toma una resolución definitiva—que mi muerte la produjera un eterno dolor; pero me consuela la idea de que un día u otro debo morir, y que aunque no quisiera exponer mi vida en esta santa empresa, no por esto la evitaría tal aflicción. Soy ya viejo, y todo consiste en que el momento fatal llegue antes o después. Además, los mártires del cristianismo, para morir por su idea, no reparaban en su mujer ni en sus hijos, y el amor a la patria es una verdadera religión, que también necesita mártires.
El doctor desistió de seguir la conversación sobre tal punto. Era inútil excitar en el conde el recuerdo de la familia, pues esto no causaba mella alguna en sus ambiciones tan arraigadas.
—Celebro mucho verle tan decidido—dijo el doctor—, y le deseo que la suerte le favorezca. La empresa me parece muy aventurada; pero, a pesar de ello, estoy dispuesto a trabajar en ella y a seguir a sus órdenes.
—Según eso, ¿no tiene usted ya, más objeciones que hacer?
Y el conde, al decir esto, sonreía con aire de superioridad.
—Algunas me quedan, señor conde—respondió el doctor—; pero evito hacerlas, no sea que usted lo tome a mal.
—¡Oh! No. Hable usted con entera confianza, que yo le escucharé sin inmutarme.
Baselga desmentía sus recientes palabras, pues hacía un gesto de mal humor, como indicando la molestia que le producían las preguntas de aquel hombre, que para él era un desconocido.
El doctor Zarzoso miró rápidamente a sus compañeros, y después dió un enérgico rodillazo al padre Claudio.
El jesuíta comprendió en la tal señal que Zarzoso iba a intentar el último medio para convencerse de la locura del conde. Sin duda, quería apreciar la irritabilidad de su carácter.
Mostraba Baselga marcada impaciencia por oír al doctor; pero éste, como si se propusiera exasperarle, siguió mirándolo fijamente, sin decir nada, y, por fin, habló así, con lentitud:
—Quería manifestarle a usted que estoy admirado de ese valor sublime que demuestra, pero que esto no me impide creer que puede ser víctima de un engaño. ¿Está usted seguro de haber visto alguna vez a ese capitán O’Conell, de que tanto habla, y que tan gran confianza le inspiró?
El conde palideció; el cetrino color de su rostro tomó un tinte verdoso y sus manos se agitaron con un temblorcillo nervioso. Para el jesuíta, que conocía su carácter, era aquello el claro signo de una explosión violenta.
—Caballero—dijo Baselga con voz insegura por la ira—. ¿Tengo yo cara de haber mentido alguna vez? A ver, explíquese usted: se lo exijo, se lo mando, o, de lo contrario...
Y Baselga, con aire amenazador, se erguía en su sillón.
Peláez no permanecía muy tranquilo ante la actitud que tomaba el conde, y en cuanto a sus dos compañeros, los silenciosos médicos que creían habérselas realmente con un loco, comenzaban a lamentarse en su interior de las imprudencias del doctor Zarzoso, que tenía gusto en exasperar a los enfermos.
Sólo el sabio y el jesuíta permanecían tranquilos.
—No se altere usted, caballero—dijo el doctor Zarzoso con absoluta tranquilidad, como si las palabras del conde fuesen insignificantes—. Daré a usted cuantas explicaciones quiera, pues aquí lo importante es buscar la verdad. He querido decir antes que tal vez se hubiese usted engañado acerca de la personalidad de ese señor O’Conell.
—¿Qué engaño es ése, caballero? ¿Acaso estoy yo ciego o es que usted quiere suponer que yo estoy loco?
Y Baselga, a pesar de toda su cólera, se reía sardónicamente, solamente de pensar que alguien pudiera suponerlo falto de razón, cuando se sentía intelectualmente más fuerte que nunca.
Era la primera vez que reía en toda la conferencia. El padre Claudio tocó nuevamente al doctor, indicándole que se fijase en aquella risa poco espontánea.
—Sé perfectamente lo que me digo—continuó—, y a menos que usted, en su odioso afán de contradecirme, no quiera suponer que soy un loco, habrá de creer que ahí, en el mismo sitio donde usted se encuentra, estuvo sentado hace algún tiempo el irlandés Patricio O’Conell, capitán del batallón de rifles, de guarnición en Gibraltar.
Calló Baselga, pero su razón revolvíase furiosa contra aquellas suposiciones, que él tenía por impertinentes, y que parecían tender a la negación de sus facultades mentales.
—Y ¡gran Dios!—continuó—. ¿Por qué esas dudas sobre la personalidad de O’Conell, cuando yo le he visto, le he hablado y he quedado muy satisfecho del valor y de la resolución que mostraba? Paso porque se dude de su fidelidad, porque se crea que no cumplirá su promesa de auxiliarnos, aunque esto sea muy aventurado; pero, ¿creer que él no es él, o, más bien dicho, llegar a suponer que yo no he hablado con dicho capitán de la conquista de Gibraltar, ni escuchado sus promesas de auxilio? Vamos, eso sí que es un absurdo, una tremenda locura.
Baselga se agitaba nerviosamente en su asiento, como si aquellas suposiciones del doctor le molestasen, como otras tantas punzadas, y clavaba sus ojos amenazadores en la fría mirada del sabio, que cada vez le irritaba más.
El conde resultaba ya peligroso, y los dos médicos amigos de Peláez lamentaban las palabras del maestro, y mirando a Baselga esperaban de un momento a otro que, levantándose del asiento, cerrase con todos y dejase caer sobre sus espaldas un chaparrón de golpes.
El supuesto loco se serenó un tanto, y, dirigiéndose al jesuíta, dijo con acento despreciativo:
—¿Qué le parece a usted, padre Claudio, lo que supone este señor? ¿Será O’Conell algún ser que yo me habré inventado? Usted puede decirlo mejor que nadie, pues fué quien lo trajo aquí y presenció toda la conversación. ¿No le parece que este caballero tiene ganas de burlarse, y me cree tan mentecato que quiere hacerme dudar de lo que yo he visto?
El doctor Zarzoso, en vista de la exaltación del conde y de la insolencia agresiva con que dijo las últimas palabras, creyó prudente intervenir.
—Yo no he dudado de que usted hablase con O’Conell. Sé que estuvo aquí y que lo presentó el padre Claudio. Pero, señor conde, ¿no podría usted haber oído mal? A veces la imaginación puede engañarnos. A ver, procure usted recordar lo ocurrido en aquella conferencia. ¿Está usted seguro de que el irlandés era un capitán que trató con usted de la célebre empresa, o usted se lo imaginó así, a pesar de que él nada dijo de pertenecer al ejército?
El conde, con el ceño fruncido y la mirada centelleante, estuvo algunos momentos contemplando frente a frente al doctor Zarzoso, que seguía impasible.
Todos callaban, aguardando con impaciencia.
Por fin, el conde agitó la cabeza, como si quisiera repeler una idea enojosa, y extendiendo su diestra, dijo con fosca voz:
—Caballero, salga usted inmediatamente.
Prodújose un movimiento de extrañeza en todos, menos en el célebre doctor, que seguía imperturbable.
El conde se irritó más ante aquella calma, y avanzando el cuerpo sobre la mesa, como una fiera ansiosa de devorar, le lanzó estas palabras, con la misma expresión que si se las escupiera a la cara:
—Está usted burlándose de mí, y hace un momento he sentido tentaciones de abofetearle; pero estamos en mi casa, y esto es lo que me detiene; mas si no sale usted inmediatamente, ¡por Cristo!, que le marcaré el rostro, para que eternamente se acuerde de su impertinencia.
Y el conde, al jurar, dió un puñetazo sobre la mesa, que demostró cómo quedaba aún en sus brazos aquella fuerza de la juventud, que tan insolente le hacía. El puño, al chocar contra la madera, produjo un enorme estampido, y todo danzó en la mesa, papeles, plumas, plegaderas, cajas de dibujo y hasta la tinta, que, movida por la trepidación, saltó del negro receptáculo, invadiendo con su creciente suciedad la dorada escribanía.
El fiero golpe repercutió en el ánimo de los médicos anónimos, que, como movidos por un resorte, se levantaron de sus asientos. No había remedio: el loco iba a pegarles.
Peláez se levantó también, y el padre Claudio le imitó, poniendo el semblante triste, aunque en su interior estaba muy satisfecho del resultado de aquella conferencia. El doctor Zarzoso fué el último en levantarse, y se dispuso a salir.
Mientras tanto, el conde, como para evitar la presencia de aquel hombre que tan antipático le resultaba, y cual muestra de soberano desprecio, había hecho girar su sillón y estaba con el rostro vuelto a la pared.
Los médicos comenzaron a desfilar.
El padre Claudio no se separaba del doctor Zarzoso, y éste, cuando ya estaba en la puerta del despacho, al ver la pregunta muda que el jesuíta le hacía con los ojos, dijo con voz queda:
—Está loco. No tengo ya la menor duda.
El jesuíta acercó sus labios al oído del doctor y habló en el mismo tono.
—Pueden ustedes celebrar su consulta en el salón donde aguarda la baronesa. Yo me quedo aquí para disipar un tanto el furor del conde y evitar que lo descargue después sobre su familia. Es un deber que me impone mi sagrado ministerio.
El doctor Zarzoso hizo un movimiento de hombros y salió tras sus compañeros.
Cuando se extinguió el ruido de sus pasos, el conde volvió el rostro, que todavía tenía impreso un gesto de feroz ira.
Al ver al padre Claudio derecho en el centro del despacho, se serenó un poco.
—¿Ha visto usted, padre?—dijo, después de un largo intervalo de silencio—. ¡Qué entes tan antipáticos hay en el mundo! No sé cómo no le he dado de bofetadas.
—Calma, señor conde, mucha calma. Hay ciertos carácteres que resultan insufribles. Yo siento haber presentado a usted ese señor, que tan mal rato le ha dado; pero, en fin... lo mejor que podemos hacer es olvidarnos de lo ocurrido.
—Si todos los individuos del Comité formado por Peláez son como ése, nos hemos lucido. Dígale usted a nuestro doctor que en adelante no cuente con el tal sabio, que a mí me parece un majadero.
—Se lo diré. Ahora yo confío en que lo ocurrido no habrá entibiado su fe, y que seguirá usted tan dispuesto como siempre a llevar a cabo el patriótico plan.
—¡Oh! Eso siempre. Esto ha sido un incidente ligero, y nada más. En cuanto se desvanezca la irritación producida por las suposiciones de ese majadero, todo lo habré olvidado.
—Así lo espero. El desaliento no existe para hombres como usted. Adelante, y siempre adelante, que Dios premiará a los que se sacrifican por su causa.
El conde y el jesuíta hablaron después largamente sobre el eterno asunto, extremándose el segundo en entusiasmar a Baselga con optimistas ilusiones.
—Usted—dijo—debe cumplir su propósito de partir para Gibraltar así que pase una semana y yo no reciba carta de O’Conell; pero no creo que transcurra ese tiempo sin que el capitán dé señales de existencia. Un agente que tenemos en aquella plaza dice que O’Conell hace muchos trabajos sediciosos entre sus compatriotas de la guarnición, y no sé por qué me figuro que no tardará mucho en avisar. Tal vez mañana recibamos noticias suyas y nos indique que todo está preparado para que pueda usted marchar a la plaza con sus hombres.
La esperanza que mostraba el jesuíta animó mucho al conde, e hizo que cuando aquél salió del despacho, su rostro estuviese ya serenado y no se notase en él la menor huella de su anterior ira.
Cuando el padre Claudio entró en el salón de la baronesa, ésta se hallaba completamente sola y sentada en el sofá, siempre con actitud trágica.
—¿Y los médicos?—preguntó el jesuíta, extrañándose de aquella soledad.
—¡Chist! Hable usted más bajo—contestó la baronesa, indicándole con una señal que no levantase tanto la voz—. Están en el gabinete inmediato celebrando consulta. ¿No los oye vuestra reverencia?
En efecto; apagado por la puerta y los cortinajes, llegaba hasta el salón el eco de la voz de Peláez, haciendo tímidas indicaciones al doctor Zarzoso, que explicaba la enfermedad del conde.
—He escuchado un poco—continuó la baronesa—, y, a la verdad, no he entendido gran cosa. Hablan en términos técnicos y las palabras acabadas en ía y en oni se repiten con una frecuencia abrumadora. Lo que me parece es que todos estamos conformes en declarar loco a mi padre... ¡Ay, padre Claudio!
—¡Qué es eso, hija mía!—exclamó el jesuíta, asombrado por aquella inesperada manifestación de dolor—. ¡Vamos, ten un poco de valor! Además, esta noticia no es nueva para ti, pues ya hace días que conocías la locura de tu padre. Piensa que Dios saca muchas veces el bien del mal, y... no digo más.
La baronesa comprendió la intención de estas palabras, que dijo el jesuíta de un modo muy marcado, y permaneció silenciosa.
Era más acertado guardar absoluto mutismo que seguir una conversación en la que ambos se exponían a ser demasiado francos y decir públicamente sus pensamientos, que mutuamente eran conocidos. Muchas veces las paredes oyen.
Transcurrió como un cuarto de hora sin que ninguno de los dos despegase los labios. El padre Claudio tenía apoyada la barba en el pecho, y parecía entregado a profunda meditación; la baronesa se entretenía en peinar con sus dedos las franjas de cordonería del sofá.
Las voces de los médicos iban siendo cada vez más sordas; callaron por fin, y levantándose el cortinaje de la puerta del gabinete, entraron todos ellos en el salón.
El doctor Zarzoso iba al frente y tenía el aspecto grave, cabizbajo y tétrico de un sacerdote de ópera que se presenta a dar la noticia fatal.
—Señora—dijo colocándose en frente de la baronesa—, la conciencia profesional me impone el penoso deber de proporcionarle con mis palabras un profundo dolor. Mis compañeros y yo nos hallamos plenamente convencidos de que el señor conde está loco.
Doña Fernanda miró al cielo con la misma expresión que si en su interior se desgarrara algo.
—No debe usted por eso entregarse a la desesperación—continuó el doctor—. La locura del conde no es más que una monomanía que, aunque grave, resulta de posible curación. Con un régimen moral lento, pero seguro, iremos despojándole de esas creencias que hoy le perturban, y es casi cierto que recobrará la razón.
—¡Dios lo quiera! ¡Dios lo quiera!—murmuró la baronesa con dramática resignación.
—Ahora, inútil es que yo diga a usted el terrible compromiso que arrostra teniendo a su padre en esta casa.
—Lo sé, señor doctor; ¿qué debemos hacer?
—Después de la declaración suscrita por nosotros, en que certificamos la falta de salud mental que aqueja al conde, puede usted, como jefe de la familia, hacerlo ingresar en un manicomio, donde atenderán a su curación.
—¡Oh, Jesús mío! ¿Y cómo comunico a mis hermanos la fatal noticia? ¿Qué dirá Enriqueta? ¿Qué impresión tan cruel experimentará Ricardito cuando sepa que su padre, a quien no ha visto en tanto tiempo, ha perdido la razón? ¡Por Dios, padre Claudio! Ocúltele usted al pobre niño la verdad, mientras pueda.
—No tengas cuidado, hija mía—dijo el jesuíta—. Así lo haré; pero ahora lo importante es ocuparse de lo inmediato, o sea de lo que debe hacerse con tu padre. El doctor Zarzoso creo que dirige un manicomio, montado con arreglo a los últimos adelantos.
—Sí, señor—contestó el aludido—. Lo dirige un compañero; pero yo voy allí todos los días para hacer estudios prácticos.
—Pues allí llevaremos al conde, y así podrá usted atender más directamente a la curación. ¿Estás conforme, hija mía?
La baronesa aprobó todas las disposiciones del jesuíta y se convino en que al día siguiente el conde sería conducido al manicomio.
Era preciso no perder tiempo, según decía el padre Claudio, pues de lo contrario, se corría el peligro de que Baselga, en un rapto de locura, acelerase la ejecución de sus quiméricos planes, y con su gente y sus armas saliese para Gibraltar marchando a una muerte cierta.
Peláez quedó encargado de conducir al conde a la casa de salud, y el padre Claudio se comprometió a hacerle marchar a ella sin violencia, valiéndose de un habilidoso engaño.
El doctor Zarzoso creía que era más fácil curar una manía como la de Baselga permaneciendo éste en su casa; pero el miedo a que estando en libertad promoviese un conflicto de carácter público, le hacía transigir con la idea de conducirlo al manicomio. Para el sabio, la curación era larga, pero no difícil. Todo consistía en hacerle comprender que el tal O’Conell era un médico y que únicamente por una aberración intelectual lo había él creído un militar. Una vez demostrado esto, todos aquellos planes descabellados caerían por su base.
Los médicos despidiéronse de la baronesa, y ésta quedó sola con el jesuíta, quien no pudo reprimir sus impresiones.
—¡Por fin!...—exclamó, suspirando con la expresión del que se despoja de un peso enorme.
El padre Claudio, a pesar de toda la serenidad que había demostrado poco antes, estaba bastante intranquilo. La intriga era hábil, pero frágil en exceso, y una palabra demasiado indiscreta podía haber desbaratado su obra, dejándole a él en descubierto como único autor de tan infame maquinación.
La suerte, que siempre le había favorecido, acababa de mostrársele constante.
Ya se había librado del conde, eterno obstáculo para sus planes; y él jesuíta, al pensar en su triunfo, sonreía diabólicamente.
Estaba satisfecho de su fuerza y de su terrible astucia. O no había justicia, o él sería general de la Compañía de Jesús.
XXV
Donde el padre Claudio da el último
golpe a Baselga y vuelve a ocuparse
del capitán Alvarez.
Cuando a la mañana siguiente el conde de Baselga vió entrar en su despacho a su amigo el jesuíta, llamóle la atención inmediatamente la expresión de alegría que llevaba impresa en el rostro.
Acababa el conde de levantarse; eran las ocho de la mañana y en la otra ala de la casa, o sea donde estaban situadas las habitaciones de doña Fernanda y de Enriqueta, todo estaba en silencio, velado por la dulce penumbra del sueño matutino.
El conde, en la noche anterior, había ido con su hija al teatro Real. Necesitaba repeler del todo el mal humor producido por su altercado con el doctor Zarzoso, aquel señor desconocido para él, que tanta irritación le había causado; y logró su deseo, pues se acostó muy tranquilo y se levantó tarareando trozos de música italiana que habían quedado en su memoria, y que él, falto de sentido filarmónico, desfiguraba de un modo horrible.
Cuando Baselga canturreaba, a pesar de hacerlo muy mal, se alegraba toda la casa. Era esto signo evidente de buen humor en aquel gigantazo que con un bufido de cólera hacía temblar a todos.
El gozo interior que delataba la cara del jesuíta, extremó la alegría del conde.
—¿Qué hay, padre Claudio? ¿Por qué tan contento a estas horas?
—Grandes noticias, señor conde—contestó el jesuíta sentándose en un sillón y respirando precipitadamente, como si llegase sofocado.
—¿Qué es ello? Vamos a ver. Siento gran curiosidad, y me parece que va usted a darme un alegrón. Anoche, no sé por qué, presentía que hoy iba a ocurrirme algún suceso feliz. ¿Es que ha escrito O’Conell, marcando ya fecha para el golpe?
—Mejor, mucho mejor—dijo el jesuíta, que parecía gozarse en excitar la curiosidad del conde, para lo cual retardaba la explicación definitiva.
—¿Mejor? Pues confieso que no lo entiendo. ¡Por Dios, explíquese pronto!
El jesuíta se levantó, y acercándose a su amigo, le dijo al oído, con entonación misteriosa:
—O’Conell está aquí.
—¿Dónde?—exclamó el conde, incorporándose con nervioso impulso producido por la sorpresa.
—En Madrid. No puedo decir a usted más.
—¿Y le ha visto usted?
—No; pero acabo de recibir aviso de su llegada, y al mismo tiempo, el encargo de que él desea hablar a usted con mucha urgencia.
—¿Y por qué no viene aquí?
—Lo ignoro: mas él tendrá sus motivos para obrar tan misteriosamente. Tal vez teme ser espiado por el personal de la Embajada inglesa: tal vez la índole de su conferencia con usted requiera el misterio.
—¿Y qué debo yo hacer?
—Vestirse inmediatamente y acudir a la cita.
—¿En qué punto me espera?
—No he tenido tiempo de informarme, pues inmediatamente he venido a manifestarle la noticia. Abajo, en un coche de punto, para no llamar la atención, le espera el doctor Peláez, que es quien sabe dónde es halla O’Conell. El le conducirá.
—Voy al momento. La impaciencia me devora, y no tardaré ni cinco minutos en estar listo.
Salió el conde del despacho apresuradamente, llamando a su ayuda de cámara con estrepitosas voces, y despojándose de su bata rameada para acabar cuanto antes de vestirse.
El padre Claudio lanzó una mirada distraída a la mesa de trabajo, donde los papeles estaban en desordenado abandono.
Un objeto brillaba asomando bajo algunos periódicos, y el jesuíta fijó en él la atención. Apartó los papeles, y vió una pistola doble, con los cañones niquelados y la culata de ébano. Tenía la pequeñez de las armas de bolsillo; los arabescos complicados y fantásticos que la adornaban dábanle cierto carácter de joya; pero el excesivo calibre de sus cañones le hacía una máquina terrible.
El jesuíta la contemplaba con curiosidad. Examinó sus cañones, que estaban cargados, y se puso a reflexionar que un tiro disparado con aquella pistola, a corta distancia, era tan seguro como mortal.
El conde era muy aficionado a las armas; tenía siempre en casa las más modernas, y aquella pistola era, sin duda, una novedad.
Daba vueltas el jesuíta en sus manos a la brillante pistola y sonreía de un modo extraño, como si le fuera muy grato el pensamiento que en aquellos instantes se agitaba en su cerebro.
Cuando el conde volvió a entrar en el despacho, con traje de calle y el sombrero puesto, halló al padre Claudio examinando todavía con atención la hermosa pistola y sonriendo con una expresión poco tranquilizadora. Pero el conde no se fijó en la sonrisa.
—¿Le gusta a usted, padre Claudio?—le preguntó.
—Mucho. Es una hermosa arma que da gran seguridad al que la lleva y que al mismo tiempo no ocupa gran puesto en los bolsillos.
—Esa es su principal ventaja. Yo la suelo llevar alguna vez, y siempre la meto en un bolsillo del chaleco, sin que apenas se note el bulto que produce. Es de moderna invención, y ahí donde usted la ve, tan diminuta, yo me comprometo a hacer blancos con ella a cincuenta metros.
—Es un arma maravillosa.
—Quédese usted con ella, si le gusta.
—¡Yo! ¿Para qué? Un sacerdote no debe llevar armas; y, además, usted la necesita ahora mismo.
—¿Necesitar yo armas? Salgo únicamente para ver a O’Conell.
—En asuntos como el nuestro, que no es muy legal, aun cuando usted piense lo contrario, conviene siempre ir prevenidos. Cuando O’Conell se ha escondido, sus motivos tendrá, y no es cosa que vaya usted a un punto que desconoce sin tomar sus precauciones. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Recuerde usted que, según el refrán, "hombre prevenido..."
—Sí: "vale por ciento"; pero yo tengo siempre mis puños, que casi dan los mismos resultados que una pistola, cuando el enemigo está próximo.
—Vamos, señor conde, no sea usted tan confiado, y métase esta arma en el bolsillo.
—Como usted quiera, ya que tanto se empeña. Bien considerado, no me estorba llevarla, y tal vez, como usted cree, puede serme de alguna utilidad.
El conde metió la pistola en un bolsillo de su chaleco, y abrochándose la levita, indicó al jesuíta que estaba dispuesto a partir.
Salieron los dos y atravesaron la antecámara sin encontrar ningún criado.
Baselga iba delante, y ocupado en reflexionar sobre la extraña cita de O’Conell, en nada se fijaba. El padre Claudio, que lanzó una mirada a la puerta que comunicaba con las habitaciones de la baronesa, vió que el cortinaje se agitaba y hasta le pareció que una mano, semejante a la de doña Fernanda, asomaba para desaparecer rápidamente, después de hacer una señal de despedida.
Al salir a la calle encontraron parado frente a la puerta un coche de alquiler, por cuyas portezuelas veíase recostado en el interior al doctor Peláez, fumando tranquilamente.
El aristocrático doctor se apresuró a abrir la portezuela, y demostrando una agitación que contrastaba con su anterior calma, gritó:
—Vamos, señor conde; suba usted inmediatamente, pues se hace tarde y nos aguardarán con impaciencia.
—¿Adónde vamos?—preguntó el conde subiendo a la berlina de alquiler.
—Ya lo sabe el cochero. Vaya, ¡adiós, padre Claudio!
—Salude usted en mi nombre, amigo Peláez, al capitán O’Conell.
El médico correspondió con un malicioso guiño a la sonrisa intencionada con que el jesuíta acompañó sus palabras.
Estrechó el conde la mano del padre Claudio, e inmediatamente el carruaje se alejó a buen paso.
El jesuíta quedó inmóvil en la acera, como atendiendo al monólogo que la alegría recitaba en el interior de su cerebro.
—¡Anda con Dios!—se decía—. Por fin he logrado librarme de ti, que eres el eterno obstáculo para mis planes dentro de tu familia. Ya no me irritarás con tu tenaz oposición; ya no impedirás que tu hija entre en un convento y tu hijo en la santa Compañía de Jesús, y yo podré con toda tranquilidad guiar hacia las cajas de la Orden ese rebaño de millones que no son tuyos, sino de tu mujer.
El pensamiento del jesuíta cambió de faz repentinamente, y el monólogo continuó:
—No puedo quejarme. Hoy es un día feliz; se inicia del modo más favorable, pues ese imbécil se ha dejado conducir sencillamente y sin resistencia al lugar de donde no saldrá nunca. ¡Y quién sabe lo que allí podrá sucederle! Por algo le he hecho tomar su pistola.
Este pensamiento se reflejaba en el rostro del jesuíta con una sonrisa diabólica.
—Día que así empieza—continuaba diciéndose—forzosamente ha de ser muy favorable a mis planes. De seguro que me espera alguna buena noticia. Apostaría algo a que de aquí a la noche conquisto una fortuna o me libro de algún enemigo. Me lo dice el corazón. Hoy, después de tan feliz principio, haré algo bueno.
El padre Claudio volvió en sí, y dándose cuenta de que estaba plantado en el centro de la acera, gesticulando mudamente y llamando la atención de los transeúntes, emprendió la marcha con dirección a la antigua casa donde tenía establecida su oficina y su archivo y en la cual vivía con independencia y separado de la Orden que dirigía.
Saludando algunas veces a personas que le conocían y rehuyendo muchas el encuentro de otras cuya conversación importuna le era molesta, llegó a su casa.
Entró en ésta, no por el gran portal, sino por una escalerilla de servicio, según era su costumbre, para que no conocieran su ausencia las personas que iban a buscarle y que llenaban continuamente la antesala.
Aquella mañana nadie le esperaba, según dijo un lego que le servía de ujier. Habían estado un buen rato algunos de los que la Compañía empleaba como agentes; pero, después de hacer sus revelaciones al padre Antonio, que seguía siendo el secretario general del asistente o vicario de la Compañía en España, se habían marchado inmediatamente.
El padre Claudio entró en su despacho, donde su secretario estaba, como siempre, entregado al trabajo de ordenar notas y extractar informes para enviarlos a Roma o encerrarlos en aquellos legajos que, cada vez más numerosos, invadían todo el gran salón.
El secretario saludó con una rápida cabezada a su superior, y siguió escribiendo.
—¿Qué hay?—preguntó el padre Claudio, con aquel acento imperativo que era el suyo propio y se manifestaba siempre que el jesuíta estaba lejos de los convencionalismos de la sociedad.
—Han venido tres de nuestros agentes, y en estos instantes estoy redactando en forma las notas que he tomado de sus revelaciones.
—¿Qué informes son los suyos?
—Dos de ellos no tienen gran importancia. Helos aquí. El presidente del Consejo de Ministros dijo anoche, en una antesala de Palacio, que hay que temer más a vuestra reverencia que a sor Patricio y al padre Claret, pues éstos no son más que agentes de vuestra paternidad, que los mueve a su gusto. El otro informe es detallando el carácter de ese periodista rojo que tan furibundos artículos escribe contra nuestra Orden. Es irritable en extremo, y, además, tan falto de dotes oratorias y tímido, como mordaz con la pluma.
—Está bien. Al presidente del Consejo ya procuraré, de aquí a un rato, cuando yo vaya a Palacio, darle a entender que estoy enterado de sus palabras, y de paso le haré comprender a lo que se expone tirándonos chinitas a los compañeros de Jesús. En cuanto al asunto de ese periodista, toma nota de lo que voy a decir.
El secretario puso los puntos de su pluma sobre el papel, y esperó.
—¿Quién ha traído los informes?
—Pepe, "el Americano", ese que perora en los clubs y que está afiliado en la Masonería, para darnos cuenta de todo lo que piensan nuestros enemigos.
—¿Cómo está ahora en punto a prestigio?
—Mejor que nunca, reverendo padre. Ha estado aquí largo rato, y como es muy chistoso, me ha hecho reir mucho remedando grotescamente la que hacen en las sociedades secretas, y las sartas de barbaridades que él suelta a guisa de discurso. Como es tan vocinglero e intrigante, y como habla mal de todos los que se distinguen en los partidos avanzados, ha conseguido formarse su correspondiente grupito con cuatro imbéciles, y hoy se da ya importancia de hombre de prestigio en las masas.
—Perfectamente. Pues ordenarás a nuestro agente que poco a poco y con mucho arte emprenda una campaña de difamación contra ese periodista que tanto nos ataca. El mejor medio de matar su pluma, que tanto nos molesta, es aislarle, quitarle el afecto y la admiración de los suyos, que hoy tanto le aplauden. Esto puede conseguirlo nuestro hombre.
Al secretario debió parecerle difícil la empresa, pues levantando el rostro, interrogó con la mirada a su superior.
—¿Te parece difícil lo que me propongo? Pues nada tan sencillo. Nuestro agente tiene facilidad de palabra, y esto constituye una ventaja preciosa cuando se ha de trabajar sobre la conciencia de muchedumbres tornadizas y veleidosas, más propensas a derribar que a sostener a sus ídolos. Ves anotando lo que "el Americano" debe hacer para anular a nuestro enemigo. Primero perorará en los clubs, diciendo con maligna intención que a los hombres hay que apreciarlos por lo que hagan y no por lo que digan, y de paso hará la apoteosis de la fuerza, diciendo que vale más un carbonero que esté dispuesto a salir con un trabuco a la barricada, que todos esos periodistas, oradores y sabios que únicamente sirven para enredarlo todo. Este será, el primer golpe. Después, cuando el terreno esté preparado y haya tronado en varios discursos contra los traidores y los espías, asegurando que entre los partidarios hay muchos agentes pagados por los jesuítas...
—Esto podrá él jurarlo por su alma, sin temor de ir al infierno.
—No me interrumpas y escribe. Después que, como decía, haya preparado el terreno, podrá ir poco a poco deslizando la idea de que ese periodista que nos ataca es uno de tantos traidores pagados por los jesuítas. ¡Eh! ¿Qué te parece el golpe?... ¿Por qué pones esa cara?
—Reverendo padre; eso me parece demasiado fuerte. ¿Cómo van a creer esas gentes que está pagado por los jesuítas el mismo que con tanto rigor nos ataca?
—¡Bah! Tú no conoces a las muchedumbres. Son enemigos por instinto de todo el que se distingue y se eleva por encima de lo vulgar, y, además, todo lo que es absurdo y raro lo recoge con más entusiasmo, por lo mismo que lo comprende menos. Unicamente aquél que posee una oratoria vehemente y tribunicia, es el que consigue conservar el aprecio del pueblo; pero el que no tiene más arma que la pluma, pierde con facilidad el prestigio, pues esas masas revolucionarias sólo se sienten subyugadas por una palabra ardiente. Además, las masas sienten primero que discurren; adivinan entre ellas más traidores y espías de los que nosotros pagamos, y aquél que cualquiera señale como agente jesuítico, será el desgraciado sobre el cuál caerá el odio popular. En fin, Antonio, escribe mis instrucciones y aprende eso bien; sé lo que me digo. Ya verás cuál es el resultado.
El secretario escribió las órdenes de su superior.
—La calumnia—continuó el padre Claudio—es siempre entre las masas populares una bola de nieve que a poco que ruede se convierte en imponente alud. Que nuestro agente obedezca mis órdenes y dentro de poco apreciarás el resultado. No faltará una turba de imbéciles que le haga coro; todos, una vez señalado el traidor, querrán estar enterados de su traición, se aguzarán las imaginaciones, la mentira rodará de boca en boca agigantándose rápidamente, y antes de dos meses habrá exaltado que contará con todos sus pelos y señales la traición del periodista, el lugar donde se avista con nosotros, las órdenes que le damos y hasta la cantidad que percibe por su infame obra. Hay que emplear todos los medios para batir al enemigo.
El padre Antonio mostraba la admiración que le producía el diabólico arte de su superior. Este continuó hablando.
—Después que la calumnia se extienda, será cuestión de poco tiempo el robarle la pluma al escritor y hacernos dueños de su conciencia. Se verá escarnecido, insultado y calumniado por los mismos que ahora le admiran, y poseído del despecho y la rabia, despreciará justamente a asa misma gente a quien quiere ilustrar y abrir los ojos, y que paga a coces sus desvelos. El vacío se formará en torno de su persona; no tendrá a su lado un admirador que le aliente ni un amigo que le sostenga; sus escritos no serán leídos y carecerá ya del mezquino producto que hoy le da su trabajo y que le permite vivir. Intentará defenderse de palabra en las reuniones de su partido; pero su timidez personal y su falta de elocuencia, harán que sea anonadado por nuestros agentes, que pintarán su balbuceo e inseguridad como el rubor de su conciencia que se delata; y cuando esté ya definitivamente perdido, cuando no tenga un amigo y esté aplastado bajo el peso de su descrédito, entonces...
—Entonces llegaremos nosotros. ¿No es eso, reverendo padre?
—Así es. Entonces nosotros nos presentaremos a él como seres que nos apiadamos de su desgracia y que llevados de nuestro noble y generoso carácter, sabemos perdonar al enemigo cuando éste se halla en la desgracia. Nuestra dulzura por una parte, y por otra el odio que él sentirá contra los ingratos, harán que, sin gran esfuerzo, su voluntad se nos entregue, y entonces dispondremos por completo de esa pluma que ahora tanto nos incomoda. Además, vivirá en la miseria, y las necesidades de su familia le harán mirar nuestra amistad como un auxilio de la Providencia. No dudes que así será. Tengo mucha experiencia, y más de una vez he conseguido iguales éxitos. Con los hombres ocurre lo mismo que con las plazas fuertes. No hay ninguno inexpugnable, y el éxito únicamente depende del modo y forma de establecer el bloqueo.
—¡Oh!, ¡magnífico!, reverendo padre. La comparación es exacta, y cada vez me convenzo más de que al lado de vuestra reverencia, siempre se están aprendiendo cosas nuevas.
—¡Bah! Déjate de palabrerías y vayamos a lo importante. ¿Ha dicho "el Americano" algo sobre trabajos revolucionarios?
—Nada importante. En los clubs se habla mucho y se confía en que Prim hará pronto un movimiento; pero nada se dice de cierto. Pero hay aquí otra revelación sobre el mismo asunto, que es muy importante.
—Vamos a ella. ¿De quién es?
—De aquel teniente retirado a quien hace más de quince días encargó vuestra reverencia que siguiese los pasos a un capitán llamado don Esteban Alvarez.
—¿Y han llegado, por fin, los informes? ¡Gracias a Dios!
—Caros han costado. He dado tres mil reales al tal teniente.
—No hay que reparar en gastos cuando se trata de asuntos importantes. Ve diciendo.
Y el padre Claudio se colocó en actitud de escuchar con profunda atención. Brillábanle los ojos y en su rostro se mostraba una satánica alegría. Su cerebro rumiaba con detención un pensamiento halagador. Iba a darle una lección a aquel mequetrefe que en la plaza de Oriente lo había tratado como una mujer, amenazándole con darle de bofetadas. Ahora vería el tal mequetrefe si se podía insultar impunemente a un hombre como el padre Claudio.
El secretario consultó sus notas para estar más seguro de su informe.
—El teniente, para encarecer su servicio, ha dicho lo mucho que le ha costado averiguar la vida y costumbres del capitán Alvarez. Adivinaba que éste conspiraba y que era amigo de Prim; pero no podía saber la cosa, con todos los detalles que le pedía su paternidad. Por fin, merced a las palabras indiscretas de un amigo del capitán, y después de haber seguido a éste a todas partes, ha podido averiguar cosas que comprometen mucho al espiado. El capitán Alvarez es el secretario de la Junta militar que preside Prim, y que está encargada de los trabajos revolucionarios en toda España.
—¿No hay más datos?
—Sí, reverendo padre. Los conspiradores se reúnen en una casa cuyas señas exactas tengo aquí. Está en las inmediaciones de la plaza de Santo Domingo. El capitán Alvarez asiste a todas las reuniones. Lo ha visto nuestro agente.
—¿Y no sabe más?
—Ha indicado un dato de gran estima. El tal capitán, como ejerce de secretario del Comité, tiene en su poder papeles importantes y comprometedores, y, según cree nuestro agente, los guarda en su domicilio.
—Sí que es de importancia la noticia. Con este dato ese hombre está por completo a nuestra disposición. Ya pensaremos en el medio más adecuado para que el Gobierno se incaute de esos papeles y dé su correspondiente castigo a los conspiradores. ¿No hay más asuntos?
—No, reverendo padre.
—Saca extracto de las dos primeros, el del periodista y la murmuración del jefe del Gobierno, para enviarlos al archivo de Roma, como es costumbre.
—¿Y el otro?—preguntó el secretario, lanzando una rápida mirada a su superior.
—¿Te refieres al asunto del capitán Alvarez?—dijo el padre Claudio—.¡Oh! Ese es negocio particular, que sólo a mí me importa, y del que no es necesario que sepan una palabra en Roma. Es una pequeña venganza, un desahogo que me permito, y no creo necesario ocupar la atención del general y de sus secretarios con tales nimiedades.
El secretario siguió escribiendo, con la cabeza baja, y sin hacer el menor movimiento; pero el padre Claudio, bien fuese por curiosidad o porque adivinase sus pensamientos, sintióse impulsado a preguntarle:
—Oye, Antonio, ¿te parece mal lo que yo hago?
El secretario clavó su mirada con cierta audacia en los ojos de su superior.
—Reverendo padre, ya conocéis los estatutos de la Orden.
—Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde terminantemente.
—Ya que me preguntáis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.
—¿Y te parece que yo falto?
—Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compañía dé cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que éstos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.
—Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, ¿no es esto?
—Así es, seguramente.
—Celebro que seas franco. Yo lo seré de igual modo, diciéndote que conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay cosas que resultan peligrosas únicamente al pensarlas.
Y el padre Claudio sonreía al decir esto, y fijaba en su secretario aquella mirada extraña, que hacía temblar a cuantos le conocían.
—Está bien, reverendo padre—contestó fríamente el secretario—. No olvidaré vuestras indicaciones.
—Confío—continuó el padre Claudio—que todo quedará en secreto y serás tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes al capitán Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo que se haga en tal asunto.