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La araña negra, t. 6/9 cover

La araña negra, t. 6/9

Chapter 17: I
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About This Book

La narración sigue a Ricardito Baselga, un niño de familia aristocrática educado en un colegio de jesuitas donde la preferencia de los superiores y la tutela de su hermana la baronesa moldean su carácter tímido y devoto. Favorecido como modelo de santidad, aprende a identificarse con una jerarquía social y espiritual que exalta el orgullo de casta y fomenta la sumisión; su piedad, incentivada por elogios y vigilias, contrasta con la vitalidad de sus compañeros y apunta a una crítica de las prácticas educativas clericales y de los lazos entre poder familiar y formación moral.

El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán:

—¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar las vinajeras al altar.

El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor llevando las vinajeras.

Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.

Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando oraciones.

El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el efecto que iba a causar su sermón.

Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en el Real las noches del début.

Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más notable que podía oírse en Madrid.

El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.

Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas damas que ocupaban la nave.

Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura, graciosamente rizado y encañonado.

Avanzó el orador con el aspecto meditabundo y teatral, propio de esos retratos en que se representa a los grandes artistas en el momento de recibir la inspiración; se arrodilló a los pies del padre Claudio para que lo bendijese, e inmediatamente desapareció precedido de acólitos y sacristanes, para surgir al poco rato sobre el púlpito, siempre al son de la misma musiquilla.

El público no había cesado de moverse. Las señoras se acomodaban en sus asientos para oír mejor, los hombres se agolpaban en los puntos de la iglesia que tenían condiciones acústicas favorables, y todos se preparaban a gozar con la palabra divina de aquel jesuíta, a quien los periódicos del gremio llamaban el San Bernardo de la época.

Cesó la música, y el orador, después de algunas actitudes teatrales que tenían por objeto poner de relieve el perfil de su cabeza artística, comenzó a hablar.

Bien conocía el padre Luis su público, y no se equivocaba al anunciar que tendría un éxito. Su sermón hizo delirar de entusiasmo, durante una hora, a todos los oyentes, que por poco no aplaudieron la mayor parte de sus pasajes.

La oración se circunscribió a la festividad que se conmemoraba; pero sólo el padre Luis era capaz de sacar tanto jugo al tema. Habló, haciendo párrafos inmensos que redondeaba con atropelladas imágenes, tan ruidosas, esplendentes y vacías como los cohetes voladores que deslumbran durante un instante y se remontan para caer después chamuscados e inertes.

Los oyentes sacaban de todo el discurso la lógica consecuencia de que San Ignacio había sido el hombre más eminente del mundo, y la Compañía de Jesús la institución más benéfica y útil a la humanidad que habían podido soñar los hombres.

San Ignacio, como santo, era el que seguía a Jesús en la corte celestial, y aún hacía el orador ciertas reservas y apartes que daban a entender su convencimiento íntimo de que con el tiempo, el de Loyola podía muy bien ocupar el puesto de Dios hijo. Como hombre, el fundador de la Compañía de Jesús, era según el orador, el cerebro más potente, el sabio más asombroso que había surgido en la humanidad desde que existía el mundo. A su lado, desde Aristóteles y Arquímedes hasta Franklin y el contemporáneo Edisson, todos los sabios resultaban niños de teta, y no había uno que pudiera compararse con el que había ideado la negra milicia de Jesús.

Y después de la apología del santo, del relato de sus aventuras místicas y de sus locuras de caballero andante, ¡qué pintura tan conmovedora de la fundación y vicisitudes de la Compañía! La comunión de Montmartre, aquella mañana en que Ignacio, tan desconocido como sus humildes compañeros, de rodillas en la cima del monte que domina a París, juraban ante la Virgen constituir la sociedad de Jesús; el rápido crecimiento de la Orden; los grandes servicios que prestó aconsejando a los reyes de Francia el degüello de la noche de San Bartolomé y a los de España que favoreciesen la Inquisición, para que ésta quemase muchos herejes; la paternal autoridad de los jesuítas en América, que convertían el Paraguay en un paraíso; la ruda campaña de los filósofos enciclopedistas contra la Compañía; la ceguera de ciertos monarcas al expulsar a los hijos de Loyola de sus dominios; la resurrección vigorosa y esplendente de la Orden a principios de siglo y su brillante situación actual, todo surgía admirablemente descrito en aquel discurso, envuelto en dorada vestidura de arrebatadoras imágenes y matizado con inflexiones de voz y ademanes elegantes, que conmovían hasta en lo más recóndito las entrañas de aquellas devotas.

Luego vino la parte de actualidad que aun resultaba más agradable para aquel concurso privilegiado. ¡Oh! El infierno iba suelto por el mundo; el diablo hacía de las suyas; la revolución surgía, amenazando destruir todo lo existente; pero no había que temer mientras la Compañía de Jesús permaneciese en pie. La milicia de Cristo sería el baluarte donde se estrellarían todas las impiedades del siglo, pero para que el éxito fuese completo, había que ayudar a la Orden en su resistencia. Y el orador, dando esto por sentado, excitaba a aquel auditorio rico y poderoso con frases indirectas, cuyo verdadero significado era: Odebecednos, servidnos como instrumentos, y no nos escaseéis vuestro dinero, que todo será para la mayor gloria de Dios y para evitar que el pueblo, despertándose, reconozca la farsa y acabe con vosotros.

El auditorio iba ascendiendo rápidamente la escala del entusiasmo, y con los ojos fijos en el orador y la expresión de anhelante curiosidad, le seguía en la carrera de su discurso, accidentada, pero siempre florida.

En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos de buen humor, llamaba siempre “papanatas aristócratas”.

El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido el predicador de su antiguo maestro.

Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.

A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras conocidas.

Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que tenían vueltos los ojos al púlpito.

Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador; todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco tranquilizadora.

Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.

Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no sufría tantas molestias como en el mullido sillón.

La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con completo recogimiento.

Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio, y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.

El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de consumir hasta la última gota del líquido.

Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.

Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.

Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba bastante el viejo jesuíta.

No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta producirle náuseas.

Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.

Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en fantástica contradanza.

El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:

—Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la cabeza.

Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las piernas se negaban a obedecerle.

Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más torpe y estropajosa.

A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando, volviéndose a los fieles, hubo de entonar el “Ite, misa est”, salió de su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se asustó.

Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y aquella violencia que hizo, le perdió.

Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.

Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus brazos.

El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para respirar.

Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.

El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y preguntando a voces qué era aquello.

El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada, rodeaba al padre Claudio.

—Es un ataque—dijo el italiano a los demás jesuítas—. Esto era de esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.

Y el padre Tomás, abriendo camino a los que conducían en brazos al enfermo, salió con tanta violencia de aquel apretado grupo, que dió con el codo a las vinajeras, colocadas en una mesa accesoria del altar, y las derribó al suelo.

Las dos ricas ampollas se hicieron añicos, y el líquido que contenían se esparció por el suelo, no dejando en él más que una pequeña mancha.

XIII

La agonía del padre Claudio.

El padre Claudio se moría.

De esto se hallaban convencidas ya todas las aristocráticas devotas, que, dejando en la puerta una larga fila de carruajes, entraban en la portería de la residencia, a enterarse del estado del reverendo padre, e igual certidumbre abrigaban todos los individuos de la Orden, que, con aquel inesperado accidente, veían turbada la fiesta solemne, en la que pensaban los novicios durante todo el año.

Reinaba en la casa de la Orden ese mismo silencio de las viviendas donde lucha con la muerte alguna persona importante.

Los novicios y los hermanos permanecían en sus celdas, y si se veían obligados a salir de ellas, iban por los corredores con paso precipitado y leve, deslizándose como fantasmas. Las campanas del templo no volteaban alegremente como en otros años para conmemorar la festividad, y los padres de importancia, entre los cuales se hallaba el padre Tomás, estaban reunidos en un aula, comentando el suceso, y haciendo votos porque recobrase la salud el reverendo padre, a quien todos manifestaban un cariño sin límites desde que lo veían próximo a la tumba.

La noticia de lo ocurrido había circulado rápidamente por Madrid, y toda la aristocracia mostrábase conmovida por la próxima muerte de aquel hombre, que, durante cuarenta años, la había dirigido con sus consejos, siendo en ocasiones adusto amigo y en otras bondadoso protector.

Las clases privilegiadas hacían una verdadera manifestación con motivo del triste suceso, yendo en persona a enterarse del estado del enfermo o enviando a sus criados, y hasta el gentilhombre de servicio en Palacio entró en la portería de la residencia para preguntar en nombre de Sus Majestades cómo seguía el enfermo.

No podía quejarse el padre Claudio. Moría envenenado, vencido por sus enemigos y con la rabia que le producía el pensar que el crimen quedaría en el más absoluto secreto, pero al menos podía servirle de consuelo aquel aparato de dolor público que rodeaba sus últimas horas, y que proporcionaba a la Compañía el placer de apreciar, por sus propios ojos, el gran prestigio que tenía aún sobre la clase aristocrática.

Triste caída la del padre Claudio, a pesar de tantos honores. Nunca había llegado a imaginarse él, aun en los instantes de mayor pesimismo, que pudiera perecer de un modo tan sencillo y traicionero.

Morir en medio de una conmoción popular, sacrificado por el odio de los enemigos de la Compañía, le hubiera gustado en su vejez, pues así abandonaba el mundo rodeado de la aureola del martirio y dando a su nombre cierta notoriedad; pero caer en la tumba, víctima, en apariencia, de una lesión interior y en realidad asesinado por el padre Tomás, agente de sus mortales contrarios de Roma, amargaba los últimos momentos de su existencia con la más iracunda de las indignaciones.

Lo que hacía llegar su ira al período álgido, eran las precauciones de que le rodeaban los asesinos para evitar que el crimen pudiera traslucirse.

Desde que le condujeron del altar mayor a una de las mejores celdas de la casa, no se había apartado de su lado el padre Antonio, aquel miserable ingrato que abandonaba al caído para convertirse en esclavo del victorioso, y que, a merced por completo del italiano, estaba allí, a pocos pasos de él, sentado junto a la cama, procurando, con la excusa de cuidarle, que nadie se acercara al enfermo ni recogiera las confidencias que pudiera hacer.

El padre Claudio, tendido en aquella gran cama, desesperábase al pensar en su situación. Sentía en todos sus miembros una terrible languidez que iba en aumento y que apenas le permitía moverse. Su lengua, aunque torpe todavía, estaba expedita para hablar; pero ¿de que podía servirle esto, si sus asesinos habían hecho el vacío en torno de él y sólo entraban en la celda aquellos que por hechos pasados le odiaban, y a los que seguramente tenia ya el padre Tomás a merced de su voluntad?

La habilidad que sus enemigos habían demostrado para librarse de él, y amargar sus últimos instantes con un completo aislamiento, aún contribuía a aumentar su desesperación. Reconocía, mal de su grado, que eran más astutos que él, y este convencimiento de su superioridad, le empequeñecía y degradaba, hiriendo su orgullo, que hasta en tan supremos momentos era su pasión dominante.

Convencido de su debilidad y de que era inútil toda defensa, el padre Claudio se había dispuesto a morir con el estoicismo de uno de aquellos romanos que al ver levantada la espada homicida, se cubría la cabeza con el manto. Tenía cerrados los ojos, y si alguna vez los abría, era para lanzar una mirada de fiero odio al padre Antonio, que en vista de la inutilidad de sus cariñosas e hipócritas palabras, leía atentamente en un pequeño libro de interminables oraciones en bien del alma del enfermo.

Una sola esperanza había acariciado el padre Claudio desde que se hallaba tendido en aquella cama. Al oír que iban a llamar al doctor Peláez, el médico a quien tanto había protegido, experimentó gran alegría. Aquel hombre le salvaría de la muerte si aún era tiempo, o cuando no, sería depositario de su secreto; pues a él podría revelarle que había sido envenenado con el vino de la misa, cuyo sabor desagradable ya causóle bastante extrañeza.

Pero apenas el doctor entró en la celda desvaneciéronse las esperanzas del padre Claudio.

Poseía éste el arte de adivinar al primer golpe de vista los pensamientos de los hombres que le eran familiares, y acertó en esta ocasión.

El doctor Peláez, antes de entrar en la celda, había hablado largamente con el padre Tomás y sabía que éste era la única autoridad y que a él sólo debía obedecer.

No necesitaba saber más el doctor Peláez para ser en adelante un autómata del italiano, como lo había sido del padre Claudio.

El enfermo se abstuvo de hacerle ninguna revelación ¿Para qué? Estaba ya juzgada la honradez de un médico que le examinaba con fingida atención y que decía que aquella enfermedad era un derrame interno producido a consecuencia de un violento esfuerzo.

Intentó el padre Claudio darle a entender con expresiones indirectas que bien podía ser víctima de un envenenamiento, y el doctor miró al padre Antonio de un modo, que parecía decir:

—El padre Claudio está delirando.

Después de esta terrible decepción, al viejo sólo le restaba entregarse a sus desesperados pensamientos y morir.

Una resignación horrible se apoderaba de él.

—Muere—se decía—. Muérete como un perro viejo. Tus enemigos han sido más listos que tú. Les retaste sin medir bien tus fuerzas; sufre ahora la consecuencia. Cuando se es ya una ruina, como yo lo soy, resulta una petulancia desafiar a la gente vigorosa. He sido siempre muy afortunado: alguna vez había de perder. ¡A morir, viejo! A morir, abandonado de todos, rabiando, y sin tener el consuelo de vengarse de los enemigos. Vamos hacia la tumba para dar gusto al padre general.

Y el enfermo, convencido de su debilidad, hacía esfuerzos por resignarse con su suerte.

No era él como la mayoría de los enfermos, que asustados por la proximidad de la muerte, no creen en ella y se hacen ilusiones sobre un próximo restablecimiento.

El sabía que iba a morir. Sentía que el veneno minaba rápidamente su organismo, y, aunque no experimentaba los dolores y espantosas convulsiones del primer momento, notaba que su fuerza vital se desvanecía y que la muerte se aproximaba rápidamente.

Al anochecer, su dolencia se agravaba, y el enfermo veía ya inmediato el fin de su existencia.

Por un fenómeno extraño, el padre Claudio gozaba de gran lucidez para recordar su vida pasada y todos los hechos principales surgían en su memoria, claros y precisos, hasta el punto de causarle agudos tormentos morales.

Las familias que había trastornado con sus intrigas; las persecuciones políticas que había organizado; los hombres que estaban en presidio o en la tumba por su culpa; y, sobre todo, el infeliz conde de Baselga, su última víctima, desfilaban por su memoria, causándole una tortura moral mil veces peor que aquellos espantosos dolores que la intoxicación le produjo en los primeros momentos.

Y no es que el padre Claudio estuviera arrepentido sinceramente de sus hazañas, por lo que éstas tenían de perversidad. Hombres como él no se arrepentían ni deploraban los hechos que ya estaban consumados; pero sentía una rabia sin límites al pensar que había causado tanto daño en el mundo, que había traído sobre su cabeza tantos odios y tantos crímenes, todo en provecho de aquella Compañía y de aquel hombre que estaba en Roma, y que pagaba sus servicios con un poco de veneno.

El enfermo sentía la decepción horrible y desconsoladora del enamorado de la gloria, que pasa trabajando toda su existencia, y en los últimos instantes se convence de que su actividad ha sido inútil y de que su nombre se hunde en el mayor olvido.

Pero cuando el padre Claudio pensaba así, una idea, hija de su orgullo, venía a consolarle.

Le temían mucho los ambiciosos de la Orden; el padre general y los suyos le tenían miedo, y buena prueba de ello era que habían aprovechado la primera ocasión propicia para librarse de él.

Su vida les estorbaba y habían de procurar extinguirla cuanto antes, robándola hasta los últimos minutos. ¡Ah! ¡Si se pusiera al alcance de sus uñas aquel sicario italiano, enviado por el general para acabar con su vida!

Tan convencido estaba el padre Claudio de que sus enemigos tenían impaciencia por deshacerse de él, que hasta llegó a pensar que el veneno que circulaba por su cuerpo les parecía escaso, y que todavía, por medio del engaño, procurarían hacerle tragar nuevas dosis.

Por esto se negó a tomar las medicinas que por pura fórmula había recetado el doctor Peláez. Este era ya un autómata del padre Tomás, y podía haber recetado algo que acelerase aún la marcha de aquella vida que se escapaba.

El padre Claudio, apretando los dientes, adelantando las trémulas y vacilantes manos, se opuso a tomar los líquidos que le ofrecía su antiguo secretario, al que miraba con ojos que causaban gran turbación en el padre Antonio, no obstante su impasibilidad característica.

A pesar de que avanzaba la destrucción que el veneno iba operando en aquel organismo, eran menos frecuentes los vómitos de sangre, que dificultaban que al enfermo pudieran darle la comunión.

Esto era lo que discutían con gran calor en el aula donde se hallaban reunidos los padres más graves de la Compañía.

El padre Claudio no podía irse al otro mundo como un pagano, sin los últimos consuelos de la religión proporcionados con todo el aparato que exigía su elevada personalidad.

Los frecuentes vómitos dificultaban la administración del Viático al enfermo, y por esto aquel consejo de respetables jesuítas esperaba que cediese un tanto el derrame sanguíneo, para proporcionar al doliente aquel último consuelo.

Como si aquellos jesuítas tuviesen el instinto de adivinar de parte de quién estaba la autoridad, desde que el padre Claudio había caído enfermo, todos respetaban y obedecían a su “socius”, el padre Tomás, quien daba órdenes con una expresión que no permitía la menor réplica.

A él fué a quien envió el padre Antonio el recado de que el enfermo acababa de experimentar una momentánea mejoría y que ya no arrojaba sangre, e inmediatamente se dispuso el Viático con todo el aparato que se reserva para los padres de importancia.

Era al anochecer. El horizonte estaba teñido por las últimas fajas amarillentas y rojizas de la puesta del sol y las sombras del crepúsculo iban invadiendo la tierra, envolviéndolo todo en fúnebre melancolía.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con toques lentos y tristes y en el interior de la residencia circularon órdenes que pusieron a toda la comunidad en movimiento.

Novicios y padres abandonaron sus celdas para bajar a la iglesia, y en la sacristía, invadida por las sombras, comenzaron a chisporrotear los blandones encendidos que se repartían entre los dispuestos a formar la comitiva.

El padre Claudio no tardó en apercibirse de este movimiento.

Dominado por la rabia que le producía aquel fúnebre desenlace, estaba inerte en el lecho como si ya hubiese muerto.

La presencia de su antiguo secretario agravaba su malestar, y, sin duda por esto, gustábale permanecer envuelto en la espesa oscuridad que el crepúsculo esparcía por la habitación.

La sombra, privándole de la vista, parecía calmarle; pero ni aun este consuelo pudo gozar, pues el padre Antonio encendió dos velas ante un crucifijo que estaba inmediato a la cama.

—Reverendo padre—le dijo el secretario con tono hipócrita mientras encendía las velas—. Aunque no está usted próximo a la muerte y hay esperanzas de salvación, la comunidad ha dispuesto administrarle el Viático con toda la pompa que usted merece. Un buen cristiano debe estar dispuesto a recibir al Señor aun en las más leves enfermedades. Conviene precaverse para un caso inesperado.

El padre Claudio no contestó, pero hizo un gesto de desesperación, al mismo tiempo que se decía interiormente:

—Un tormento más.

Y bien fuese por esta contrariedad, o porque el tóxico obrara con más fuerzas, sintió que volvían a martirizar su pecho aquellos agudos y espeluznantes dolores experimentados en el primer instante del envenenamiento.

Aquella recrudescencia del dolor contrariaba al padre Claudio. El quería vivir aunque sólo fuese por unas cuantas horas; ansiaba conservar limpia su inteligencia y expedita su palabra para romper el espantoso vacío en que sus enemigos le habían arrojado después del crimen. Subiría la comunidad a aquella habitación acompañando al sacerdote encargado de administrarle el Viático y entonces él haría revelaciones en voz alta y acusaría al padre Tomás y a su antiguo secretario del envenenamiento de que era víctima.

Sabía que esto no llegaría a producir ningún resultado, y que los criminales quedarían sin castigo, pues la revelación se guardaría en secreto en la comunidad, no trascendiendo fuera de ella; pero al menos él experimentaría el consuelo de morir, después de hacer saber a todos los de la casa, grandes y pequeños, padres y novicios, que el padre Claudio no había bajado a la tumba por muerte natural, sino envenenado por gentes que le temían, sin duda a causa de su grandeza y su poder.

No encontraba el enfermo ningún inconveniente para hacer tal revelación. El padre Tomás se quedaría confundido entre la comunidad, pues aunque el padre Claudio le tenía por un bandido sin conciencia, no le creía capaz de ponerse enfrente de su víctima.

Ansiaba el enfermo que llegase el momento del Viático, y su deseo no tardó en realizarse.

Las campanas comenzaron a sonar con mayor insistencia que antes, y sus sones melancólicos llegaban tan amortiguados a la fúnebre habitación, que parecían salir de un campanario de ultratumba.

El padre Antonio seguía leyendo a la luz de los cirios, en su libro de oraciones, y únicamente se distrajo al oír, aunque lejano, el ruido producido por un tropel de gente que caminaba lenta y acompasadamente.

La ventana de la celda, situada en el primer piso, daba al gran patio de la residencia, donde estaban los claustros, y sus cristales reflejaron un sinnúmero de cirios que iban pasando lentamente.

Era la procesión que comenzaba a salir de la iglesia por la bóveda que ponía en comunicación el templo y la residencia.

Una campanilla de argentina voz sonó tres veces e inmediatamente estalló un concierto de voces varoniles, foscas, compungidas y quejumbrosas, que recordaban las procesiones de esqueletos de las leyendas fantásticas.

El canto se arrastraba lento, monótono y con una expresión fúnebre que infundía pavor.

Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.

El padre Claudio conocía bien aquel canto, lo había entonado muchas veces con bastante indiferencia, marchando al frente de toda la comunidad, hacia la celda de algún compañero moribundo; pero en circunstancias tan terribles como las presentes, con aquel acompañamiento de lejanas y plañideras campanas, próximo a una muerte a que le habían arrojado traidoramente y sin esperanzas de ser vengado, aquellas voces le produjeron un escalofrío de terror.

Quiso evitarse aquel espectáculo fúnebre, sintió tentaciones de escapar de allí y aun intentó incorporarse en la cama; pero fué inútil, pues su cuerpo era ya un tronco inerte que no podía hacer el menor movimiento.

El padre Claudio, enclavado en aquel lecho de dolor, había de apurar todo el cáliz de amargura y sufrir el tormento de escuchar, hasta en sus menores detalles, la lenta marcha hacia su cama de aquella fúnebre comitiva que venía a anunciarle cómo la tumba estaba ya abierta.

La escalera se hallaba próxima a la celda y desde la cama oíase el rumor de pasos de toda aquella gente que comenzaba a subir con desesperante lentitud.

Otra vez estalló el mortuorio canto; otra vez las agudas y desagradables voces de los novicios y las roncas y graves de los padres conmovieron el espado con los sonoros y desgarradores versículos:

Et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam.

El padre Claudio estaba anonadado por aquel canto. ¡Oh! Sí que sabían, en aquella casa, hacer las cosas con aparato; pero al enfermo no le hacían gracia los últimos honores que le rendían, y más hubiera apreciado que le dejasen morir en un rincón, con el rostro vuelto a la pared, pero al menos tranquilo y entregado a sus pensamientos.

Lo único que le consolaba era que pronto tendría ocasión de desenmascarar a sus asesinos en presencia de toda la comunidad, y por esto aún le desesperaba más aquella lentitud y los cantos que entonaba la comitiva deteniendo su marcha.

Aun resonaban en la escalera varias estrofas, hasta que por fin sonaron los primeros pasos de la comitiva en la galería, en cuyo fondo estaba la puerta de la habitación.

Esta se hallaba cerrada y por bajo de ella iba marcándose una ancha línea roja producida por el tropel de luces que lentamente iban acercándose.

La cama estaba colocada frente a la puerta, y el padre Claudio, con la mirada estúpidamente fija en aquella línea de luz, iba viendo cómo aumentaba en intensidad, conforme se oían más cercanos los innumerables pasos de la procesión.

Se abrió la puerta, y lo primero que entró por ella junto con un torrente de roja y luminosa luz, fué el lúgubre campaneo de la torre y otro estallido de horripilantes voces que cantaban la última estrofa:

Ne projicias me a facie tua; et spiritum sanctum tuum ne auferas a me.

El padre Claudio levantó cuanto pudo la cabeza y miró.

Desde la puerta al extremo de la galería, extendíase en dos grandes filas con blandones en las manos toda la comunidad, con las cabezas bajas, el aspecto encogido rebosando un dolor, hipócrita y el labio agitado por el terrible canto.

En el fondo, y casi confundido por el humo de los cirios, erguíase un sacerdote que llevaba en la mano el santo copón y a su lado otro sacerdote con el hisopo, la campanilla y todos los demás útiles necesarios para el acto.

Sobre el fondo oscuro de la galería, aquellos blandones que llenaban el espacio de más humo que luz colorando con tintas rojizas la doble fila de sotanas y aquellos rostros desmayados e inmóviles con los ojos fijos en el suelo, daban a la escena el aspecto interesante y aterrador de un drama inquisitorial.

El padre Antonio se dirigió a la puerta, y el enfermo, al ver lo que hacía, no pudo reprimir un movimiento de indignación y sorpresa. ¡Ah, traidor! Recomendaba a los jesuítas más próximos a la puerta que no entrasen en la habitación, pues con el humo de sus hachones podían causar molestias al enfermo.

Aquel miserable parecía haber adivinado la intención del padre Claudio, y sabía evitar sus revelaciones comprometedoras.

Otra sorpresa aún más dolorosa le faltaba experimentar al enfermo.

Las dos filas de sotanas pusiéronse de rodillas y el sacerdote encargado del Viático avanzó seguido del que le servía de sacristán.

¡Maldición! Estaba aún lejos de la puerta, cuando ya el padre Claudio había adivinado en él, por su alta estatura y su modo de andar, al terrible italiano. No quería, sin duda, abandonar su víctima hasta el último instante, y sabía evitar su comunicación con los extraños al terrible negocio. Quien le servía de sacristán era el padre Felipe, aquel imbécil incapaz de discernimiento, y que además guardaba cierto rencor al enfermo por la falta de miramientos con que siempre le había tratado.

El padre Claudio perdió la esperanza, contemplando aquellas dos filas de autómatas arrodillados en la galería. En aquellos momentos encontraba demasiado perfectas la organización y disciplina de la Compañía. Era inútil que hablase. Aquellos hombres tenían oídos, pero no oirían; porque el secreto que iba a revelarles era demasiado grave, y en la Compañía se prefiere ser sordo, mudo o imbécil, a poseer historias que molesten a los superiores en su prestigio.

Además, el enfermo no se sentía con fuerzas para dar un escándalo. La audacia y la habilidad de sus enemigos, que parecían adivinar todos sus cálculos, había llegado a intimidarle, y hacían aún mayor su debilidad.

El enfermo estaba ya resuelto a morir; pero como última protesta se propuso no tomar la hostia de tales manos. Discurría con torpeza, pero pensaba que la hostia bien podía ser un nuevo veneno que le daban para, acelerar su muerte. ¡Creía el infeliz que no era suficiente el tóxico que circulaba por sus venas y que iba extinguiendo rápidamente su fuerza vital!

Entró el padre Tomás en la celda, y tomando el hisopo de manos de su compañero, roció el lecho con agua bendita murmurando el Asperges me Domine hissopo et mundabor etc.

Después el italiano se colocó cerca de la cabeza del enfermo y a su lado el padre Antonio, formando con sus cuerpos una muralla que impedía a los que estaban fuera ver al enfermo.

Querían aislar al padre Claudio por si intentaba hacer alguna protesta; pero el infeliz no se sentía con fuerzas para hablar, y se limitó a lanzar una intensa mirada al padre Tomás.

Sus ojos de moribundo claváronse con tal expresión en el rostro del italiano, que éste, a pesar de su cínica serenidad, no pudo menos de inmutarse, y volvió la cabeza, huyendo de aquella mirada que le perseguía.

El odio más feroz, la rabia más inmensa, asomábanse como una extraña luz a aquellos ojos que comenzaba ya a empañar la muerte.

El padre Tomás sentía deseos de acabar, mas para recobrar su serenidad, dijo con su habitual audacia:

—¿Cómo se siente usted, reverendo padre? Animo, que esto no es nada.

El padre Claudio se asombró oyendo aquellas cínicas palabras y en el primer instante intentó protestar.

—¡Ca... na... llas!...—balbuceó con dificultad.

Y como desesperado por la torpeza de su lengua y la audacia de sus enemigos, hizo un esfuerzo supremo y girando sobre un costado, volvió el rostro a la pared.

No quería ver a sus asesinos y en señal de odio y de desprecio, les volvía las espaldas.

El padre Tomás no se desconcertó. Convenía seguir el acto antes de que se apercibieran los que estaban arrodillados fuera de la celda, y sacando del copón una hostia, la elevó a la altura de sus ojos y comenzó a murmurar la fórmula:

Ecce agnus Dei, ecce qui tollis peccata mundi, etc.

El padre Claudio seguía presentando las espaldas y con el rostro vuelto a la pared, sin hacer caso de las palabras del sacerdote, que anunciaban la administración del Viático.

El padre Antonio estaba consternado.

—¿Qué hacemos, reverendo padre?—preguntó al padre Tomás.

—Haga usted que vuelva el rostro el enfermo.

El secretario, empujando dulcemente a su antiguo superior, intentó hacerle cambiar de posición.

El enfermo contestó con un rugido.

—Dejadme tranquilo... ¿Queréis envenenarme otra vez?

El padre Tomás palideció al escuchar estas palabras.

—Es preciso que el enfermo comulgue—dijo con energía—. El padre Claudio ha perdido seguramente la razón. A ver: vuélvanlo ustedes, aunque sea a la fuerza.

El secretario y el atlético padre Felipe se abalanzaron entonces sobre la cama y con grandes esfuerzos consiguieron cambiar de posición aquella masa de carne, que aunque inerte e incapaz de resistencia, pesaba mucho por su volumen grasoso.

El padre Claudio, sujeto por los brazos de los dos jesuítas, quedó en el lecho tendido de espaldas con la mirada fija en el padre Tomás.

En su rostro, desfigurado por grandes manchas violáceas, que a cada instante se hacían más visibles, destacábanse los ojos, que lucían con brillo de intensa cólera.

El padre Tomás no se sentía capaz de mirar frente a frente a aquel moribundo, que parecía querer asesinarle con sus ojos. Había que apresurar el acto, y con la hostia en la mano, inclinó el cuerpo, poniéndola a poca distancia de la boca del enfermo.

Accipe frater Viaticum Corporis Domini nostri Jesu Christi, qui te custodiat ab hoste maligno et perducat in vitam æternam. Amén.

Y estas palabras eran interrumpidas por la débil voz del padre Claudio, que tenazmente balbuceaba:

—¡Queréis envenenarme! ¡No me engañaréis!

El padre Tomás miró a su víctima, la vió inmóvil, a pesar de sus protestas, y avanzó la hostia hacia su boca, murmurando la acostumbrada fórmula: Corpus Domini nostri, etc.

Pero no pudo terminar, pues ocurrió un suceso inesperado.

Al sentir el moribundo, en sus contraídos labios, el contacto de la Sagrada Forma, se estremeció de pies a cabeza, y haciendo un esfuerzo para resistir, agitó los brazos desesperadamente.

—¡M...da! ¡M...da!—gritó con voz que parecía salir de la tumba, y que produjo un movimiento de escándalo y extrañeza en todos los que estaban arrodillados en la galería.

Y con su nervioso braceo dió un golpe en la mano del padre Tomás, y la hostia cayó rota sobre las ropas de la cama.

Oyóse un ruido seco semejante al que produce el tapón al saltar de la botella, y un vómito de sangre negra y pestilente se derramó sobre la cama, cubriendo los fragmentos de la hostia que acababan de caer.

Después, la cabeza del padre Claudio quedó inerte sobre la almohada.

Había muerto, y en sus labios contraídos y manchados por la inmundicia, parecía leerse su última palabra, sucia como sus vómitos y soez como el alma de quien la había dicho.

Era el adiós más propio del padre Claudio al dejar el mundo.

SEPTIMA PARTE

MARUJITA QUIROS

I

La baronesa y la revolución.

El día en que se esparció por Madrid la noticia de la batalla de Alcolea, la baronesa de Carrillo creyó morir de indignación y de miedo.

Indignación contra el destino, contra la Providencia Divina, si necesario era, pues existiendo un Señor Todopoderoso en el cielo, no podía ella comprender cómo consentía que el trono de los reyes fuese destruído por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los santos.

Miedo, porque bien debía sentirlo una dama de Palacio, aristócrata de nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin límites, destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de ciertos establecimientos.

Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la más valiente baronesa. Pero ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de España sin reyes? ¿Qué sucedería cuando la revolución expulsase a los padres jesuítas? ¿Podría salirse a la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese un hecho la República, a la que daban vivas?

La revolución sumía a doña Fernanda en un mar de confusiones y no sabía si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para no ser víctima del canibalismo revolucionario, el día en que las trompetas de los descamisados tocasen a comerse curas y baronesas.

Ella había vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que aquella gente, que no tenía un título, ni iba a los bailes de Palacio, podía aspirar a gobernarse por sí misma; pero ahora, en vista del resultado, se confesaba que forzosamente había de ocurrir aquello más tarde o más pronto.

Los intereses de la monarquía y de la religión habían sido mal cuidados, en, concepto suyo. ¡Ah! ¡Si hubiera vivido el padre Claudio!

Después de los dos años transcurridos desde la muerte del poderoso jesuíta, doña Fernanda era la única, admiradora que se conservaba fiel a su memoria.

Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Tomás. Admiraba la sagacidad y la astucia, del italiano, pero no encontraba en él el encanto del padre Claudio, y se decía que, a no haber muerto éste y de seguir aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la revolución, ni las personas decentes pasarían tan malos ratos como proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.

Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese seguido en su emigración a la reina y a sus queridos padres jesuítas. No podía acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel confesor insustituíble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades y fortaleza, y tampoco podía transigir con aquella vida de manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos agitados.

Por desgracia, la situación de la baronesa no le permitía obrar con entera libertad ni cumplir sus gustos.

Ella que tanto había buscado el matrimonio en su juventud, viéndose condenada por su fealdad y su carácter a un forzoso celibato, encontrábase ahora convertida en verdadera madre de una niña de cinco años, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la calle de Atocha sobre la cual parecía pesar una maldición desde el trágico fin del conde de Baselga.

Era su sobrina María, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de Quirós.

La baronesa, cuando ocurrió aquel cambio político que tanto pavor le produjo, llevaba todavía el luto por la muerte de su hermana.

¡Infeliz Enriqueta! Después de la terrible escena que presenció desde su balcón en las últimas horas del 22 de junio, todavía vivió más de un año, si es que podía llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la que ella misma no se daba cuenta.

En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la muerte. Algunas veces surgían los recuerdos como fugaces chispazos en su memoria, y entonces decía cosas ignoradas por la baronesa y que a ésta le causaban gran impresión.

De este modo supo doña Fernanda que la enfermedad de su hermana, que ella creía a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la acera, provenía, en realidad, de que vió a su antiguo amante, a aquel pillete republicano detenido por las tropas del Gobierno y próximo a ser fusilado.

Aquella noticia causó gran alegría a la baronesa, que odiaba intensamente al capitán Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encargó a varios amigos de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un insurrecto ex oficial del Ejército, llamado Alvarez, había sido fusilado en la calle de Atocha.

Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningún Centro constaba la ejecución de un insurrecto de tal nombre. Además, Alvarez era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase inadvertido para las autoridades.

Doña Fernanda se quedó dudando sobre la certeza de aquel suceso y no supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antipático le era. En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer que el tal fusilamiento era una visión de Enriqueta, delirante al ver el cadáver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rápidos momentos de lucidez que tenía ésta, asombrábase y se inclinaba a creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo y el encuentro con la patrulla que los fusiló.

Lo del fusilamiento nunca llegó a creerlo doña Fernanda; pero tuvo por indudable que su antipático enemigo había estado en la barricada de la plaza de Antón Martín, y como no le dolía atribuir a Esteban Alvarez cuanto de malo podía imaginar, tuvo por indiscutible que él era quien había enviado el balazo mortal al infeliz Quirós.

Enriqueta, debilitándose lentamente y corroída por una enfermedad que era más moral que física, agonizó cerca de dos años, hasta que por fin murió a principios del sesenta y ocho.

La baronesa quedó como madre de aquella niña, a la cual, a pesar de su aversión a los niños, quiso un poco más que a Enriqueta en su infancia.

La fanática señora habíase creado en torno de su persona el vacío. Ricardo estaba en la Compañía de Jesús; exaltado cada vez más por sus aficiones místicas y aspirando al supremo grado de santidad, no quería sostener relación alguna con su familia. El padre Claudio, que era su más adorado ídolo, había muerto.

Quedábale el padre Felipe, aquel atleta que parecía insensible al curso de los años, pues se conservaba con su aspecto de eterna y zafia juventud; pero la vejez había apagado a doña Fernanda sus furores insaciables, y poseída ya del frío y de la indiferencia propia de su edad, comenzaba a sentirse molestada en presencia de su confesor, cuya rusticidad y grosería reconocía ahora en que sus ojos estaban libres del velo amoroso.

Aquella soledad extremóse al sobrevenir la revolución. Algunas de las damas con quienes estaba más en relaciones marcháronse a Francia para ponerse al lado de la destronada reina y comer con ella las trufas de la emigración dorando en París, con sus millones, las penas de un voluntario destierro; la mayor parte de las cofradías dejaron de funcionar momentáneamente, hasta ver en que paraba aquello; la juventud dorada de los salones, que se burlaba del pueblo y leía al padre Claret después de salir de los burdeles, se ocultó no se sabe donde, y la baronesa encontróse sin amigas, sin entretenimiento, sin contertulios, y lo que es peor, sin poder seguir a los que se iban, pues por el momento no se decidía, a causa de aquella niña, cuya salud era delicada y a la que se había propuesto cuidar por sí misma.

Los jesuítas huyeron. La baronesa vió al padre Tomás el mismo día de la revolución, y le pareció muy trastornado, a pesar de la serenidad que se esforzaba en fingir. Dijo que tras aquellos tiempos calamitosos no tardarían en sobrevenir otros mejores, pero al día siguiente, con toda la comunidad formada en grupos sueltos, tomó el camino de Francia, no parando hasta Bayona. A dicho punto fué también el novicio Ricardo Baselga, a quien la Compañía cada vez tenía más empeño en presentar como futuro santo.

Doña Fernanda quedó sola en Madrid, y tan aislada como si de golpe hubiese trasladado su casa a la capital de Rusia.

Parecía que la habían arrojado de un empujón en un mundo nuevo, y su vida era un continuo gesto de extrañeza.

Leía los periódicos reaccionarios, aquellos que antes la entusiasmaban con sus artículos en favor de la intolerancia religiosa y los privilegios, y los encontraba ahora partidarios incondicionales de la revolución victoriosa, encomendándose a cada paso a la trinidad del día: Prim, Serrano y Topete.

Los nombres, políticos nuevos que surgían con una fecundidad alarmante, no la extrañaban menos. ¿Quiénes eran aquellos señores que constituían la Junta revolucionaria, de Madrid? ¿De dónde salían aquellas gentes a las que ahora daban vivas y que ella nunca había oído nombrar? Dos o tres años antes, en su tertulia, hablábase de un tal Castelar, que hacía discursos en el Ateneo, y de otro tal Pi y Margall, que escribía en La Discusión artículos socialistas que espeluznaban a las personas decentes; pero ella siempre había tenido a estos hombres y a otros como míseros pelagatos, que el Gobierno debía enviar a Ceuta, y por esto no podía comprender las aclamaciones de que constantemente eran objeto en las calles de Madrid, y lo mucho que de ellos hablaban los periódicos.

Había que huir de un país en que tales absurdos ocurrían. De aquello a degollar una mañana a todas las personas que en Madrid llevaban camisa limpia, no había más que un paso.

Cada una de las manifestaciones que hacia el pueblo de Madrid costaba un susto a la baronesa.

Apenas oía vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban hacia la estación del Mediodía para recibir a algún personaje de la situación, la baronesa palidecía y temblaba, y si no corría a esconderse en el último rincón de la casa, era por la dignidad de clases, pues en su predisposición a imaginarse peligros y enemigos, creía que los criados eran terribles descamisados, que aunque la servían con el mismo respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor, eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en práctica la liquidación social, repartiéndose su dinero y alhajas.

Doña Fernanda vivía en perpetua alarma; no salía a la calle ni aun para ir a la iglesia, y se estremecía de horror solo al oír los títulos que voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.

Todos tenían en aquella época algo que escribir o que cantar contra la p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y cuando la baronesa pensaba que por sus venas corría algo de sangre de aquella, y que al mismo tiempo había sido gran amiga del cura palaciego y de la monja milagrera, estremecíase de horror creyendo que sus relaciones con aquellos caídos no podían conservarse en el secreto.

Para colmo de desdichas, el tabernero que vivía enfrente se tragaba todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas merecían a las plumas democráticas, había fijado sus ojos en la baronesa santurrona que tenía por vecina, y aunque el pobre hombre no era capaz de hacer daño a una mosca, poníase rojo de satisfacción cuando todas las mañanas detenía en la acera a la chismosa doncella de doña Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vería un 93, y que todas las algaradas presentes no eran más que preludios de la gran cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se encontrasen a mano.

Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitían textualmente la doncella y el portero a su atribulada señora, la cual se estremecía de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcón, veía tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz de otros crímenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.

Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitación comenzó a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la revolución “entró en caja”, como decían los periódicos sensatos. Con esto, doña Fernanda gozó de una relativa tranquilidad.

La nación se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se venía abajo el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la baronesa conocía de la época en que, joven, gallardo y con el apodo de el General Bonito, disponía como dueño en Palacio y era el único que tenía imperio sobre la caprichosa Isabelita.

Doña Fernanda comenzó a encontrar más tolerable la situación, y hasta reanudó su vida de antes, consolándose, con frecuentes visitas a las iglesias, de la fuga de sus amados padres jesuítas. Las cofradías comenzaban a funcionar, y los antiguos compañeros de asociación volvían a encontrarse y a reunirse para echar sendos párrafos sobre la impiedad de los tiempos y las desgracias de España desde que en ella no reinaban los Borbones.

Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en período revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la intranquilidad.

Desde que Paco Serrano remaba, con el título de jefe del Gobierno Provisional, se sentía más sosegada, confiando en su protección, y de aquí que ya no le importasen gran cosa las amenazas del descamisado tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel Nerón, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una mañana en que levantó el cortinaje de una ventana para ver qué tiempo hacía y decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutóse al ver un hombre parado en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.

Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y que, a pesar de ser joven, tenía en su bigote y en la cabeza algunas manchas de canas.

Doña Fernanda creyó reconocerlo más con el corazón que con los ojos, pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.

¡Dios mío! ¡Qué ilusión más completa! Parecía el mismo; pero no, no podía ser. Aquel otro había muerto fusilado casi en aquel mismo sitio, según el testimonio de la pobre Enriqueta.

La baronesa, embargada por la emoción del que ve levantarse un muerto de la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposición, y buscaba en aquel militar algún rasero que la demostrase cómo no era el mismo que ella se imaginaba.

Pero resultaba inútil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo único de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo demás, la misma expresión e idénticos ademanes.

Doña Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparición de ultratumba, una visión fantástica que surgía ante sus ojos en pleno sol y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que permanecía inmóvil y con la mirada fija enfrente, abandonó su actitud para alejarse calle arriba con lento paso.

Doña Fernanda, al verle moverse y codearse con los transeúntes que venían en dirección contraria, ya no dudó más.

No era una aparición. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo amante de Enriqueta, el verdadero padre de María.... el fusilado el día 22 de junio.

II

Lo que fué del revolucionario Alvarez.

Cuando el ex capitán Alvarez, sentado en el café de Madrid, sito en el boulevard Montmartre y punto el más frecuentado por los españoles residentes en París, contaba a sus compañeros de emigración sus hazañas del 22 de junio, lo que más excitaba la atención y torturaba la curiosidad de todos era la última parte de la jornada, o sea lo que le ocurrió después de disparar el último tiro en la barricada de la plaza de Antón Martín.

¡Oh! ¡Qué gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! ¡Cuán poco debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo que con más emoción se recuerda durante toda la vida.

Huían Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detúvose sorprendido viendo a ésta en un balcón. Hízola una señal de adiós, y apremiado por el peligro, volvió a emprender su precipitada carrera: pero ya era tarde para salvarse.

Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos por un grupo de guardias civiles, y les fué imposible resistir. Para escapar con más ligereza habían arrojado las armas y era inútil que intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con sus fusiles.

Dejáronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceñudo de sus rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propósitos poco tranquilizadores.

Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenían un aspecto poco distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenían de hacerles preguntas, tomándolos por dos revolucionarios, y únicamente les dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras lindezas por el mismo estilo.

Amo y criado habían sido arrojados contra una pared, y allí, cogidos de la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.

Alvarez, próximo a recibir la fatal caricia del plomo, miró a aquel balcón, en el que había visto a Enriqueta como una aparición momentánea. Allí estaba ella aún, casi doblada sobre la balaustrada y próxima a desvanecerse, y Alvarez la vió caer, al fin, pesadamente y golpeando su cabeza en los hierros.

El amante apenas se impresionó, pues en aquel día los sucesos terribles se seguían con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.

Iba a morir, y preocupado por esta idea, sólo atendió al presente. Por un rasgo de coquetería varonil, semejante al que sentía Murat, cuando al ser fusilado gritaba: ¡No tiréis a la cara! Alvarez se cubrió el rostro con un brazo y esperó la descarga.

Alvarez oyó los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el brazo de sus ojos vió a un pelotón de soldados de Infantería que desembocaba por la misma bocacalle.

Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento que mandaba el pelotón de guardias civiles:

—¡Se están ustedes deshonrando!—gritaba el joven militar—. No son ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso están los consejos de guerra.

Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los suyos habían caído atravesados por los certeros tiros de las barricadas y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos, entre los cuales el compañerismo es el mayor de los deberes.

El sargento intentó resistirse al mandato del oficial, pero éste se le impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes de armas.

La Guardia civil bajó sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder del teniente, que se comprometió a conducirlos al Principal, donde iban amontonándose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.

Alvarez experimentó verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Sabía lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sería identificada, tendría que comparecer ante un consejo de guerra que le aburriría con sus preguntas y, al fin, sería fusilado, ni más ni menos, que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.

Ganaba algunas horas más de vida, pero también se prolongaba su agonía y tenía que luchar con sus negros recuerdos.

Irritado contra el oficial que le había arrancado de manos de los guardias, lanzó una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El militar no se fijaba en él; le volvía la espalda con ese desprecio que el vencedor siente hacia el caído.

Aquella rápida mirada sirvió a Esteban para hacer un descubrimiento. En el cuello de los soldados que le rodeaban ostentábase el mismo número del regimiento a que él había pertenecido. Una nueva desgracia que caía sobre él. Sus guardianos no tardarían en reconocerlo a él y a su antiguo asistente, y sería imposible el impedir la identificación de personalidad, que tan terrible había de serle.

A Alvarez le pareció adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo batallón, y aunque ahora se fijó más atentamente en el oficial que los mandaba, le fué imposible reconocerlo, pues marchando al frente del destacamento le presentaba la espalda.

Una gran parte de aquella compañía, de la que estaba encargado el teniente por haber muerto el capitán en aquella mañana, siguió por la calle de Atocha arriba, para reunirse con las demás fuerzas que ocupaban la barricada de la plaza de Antón Martín: la Guardia civil quedó detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados, que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la marcha por la calle del Fúcar.

Anochecía, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el alumbrado público hasta que se recompusieran los destrozos causados en las cañerías de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en las calles estrechas reinaba una obscuridad que hacía caminar a los soldados con bastante precaución.

El oficial, que iba al frente, fué acortando poco a poco su paso, hasta quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.

Seguía en su actitud indiferente y desdeñosa y entonaba, entre dientes, los toques de corneta que había estado oyendo durante todo el día. Alvarez, a pesar de su triste situación, sentíase muy molestado por la petulancia de aquel oficialito, que, pegado a él, parecía hacerle fisga con su monótono canturreo.

De pronto se estremeció al oír, entre un toque a la bayoneta y otro de alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.

—Te he conocido en seguida, querido Séneca. Ya me figuraba yo que era muy posible el encontrarte metido en esta zambra... ¡Eh! ¡No te inmutes! No me hables: podían apercibirse estos muchachos y lo echaríamos todo a perder.

Alvarez no volvió la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la sorpresa que experimentaba. Había reconocido al oficial; era su antiguo amigo, el vizconde del Pinar, aquél a quien llamaban en el regimiento el alférez Lindero, y que durante la emigración de Alvarez había ascendido.

Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a él, oía perfectamente tales palabras, y más sereno que aquél no hizo el menor gesto de sorpresa. El había reconocido al teniente desde que se puso al lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel encuentro.

El vizconde seguía hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que había adquirido en los salones para decir cuanto quería, sin que se apercibiera otra persona que la interesada y de la que él se mostraba siempre muy orgulloso.

—¡Buen día nos habéis dado con vuestra maldita revolución! Te digo que aquellos guardias tenían motivo de sobra para haberos fusilado. ¡Diablo! Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... ¡Bien!; y ahora, ¿qué...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa librándote yo de los fusiles de aquellos energúmenos. Vas a ser fusilado, querido Séneca, a pesar de toda tu filosofía, y lo mismo le ocurrirá a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas partes. Mi deber es conducirte al Principal: allí no faltará alguien que te reconozca, y no te digo si tendrán ganas de meterle plomo en el cuerpo a un conspirador como tú, que lleva revuelto el Ejército, arreglando pronunciamientos. Pero.... ¡con mil demonios!!, estate quieto. ¡Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.

Y aquel buen muchacho inclinó la cabeza, ocupado en pensar cuál sería el medio más seguro y acertado para salvar a su amigo.

Reflexionó largamente, y la única consecuencia que pudo sacar es que se había metido en un lío terrible, y que no le quedaba otro remedio que comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.

El vizconde sentía que algo que dormía en el fondo de su vano cerebro se sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por él mismo en el Principal, de donde saldría para ser fusilado con otros muchos prisioneros. No; esto no ocurriría, pues sería para él un eterno remordimiento.

—Yo creo en la Providencial—pensaba—. Y ¡qué diablo!..., cuando las cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el destinado á hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para que sea su salvador. Y le salvaré..., ¡sí, señor!, le salvaré.

El teniente, convencido por esta lógica de que estaba en el deber de salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida, ocupábase en imaginar los medios de evasión, y de vez en cuando miraba con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la bayoneta calada, marchaban detrás de los prisioneros. Aquel examen le tranquilizaba poco.

—Mira, Esteban—siguió diciendo a su amigo del mismo modo que antes—. Veo muy difícil que tú te puedas escapar. Si fueras un desconocido, aún podría yo intentar algo con esos muchachos, diciéndoles que eres un honrado padre de familia y que resultaría un crimen el fusilarte. Pero te conocen, Séneca, te conocen. Muchos de ellos son quintos del año pasado; pero vienen aquí dos gastadores de la época en que tú estabas en el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos saben quién eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano. Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarán, pues son buenos tiradores. Pero..., ¡con mil demonios!, ¿qué es lo que voy a hacer?

Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposición del teniente, habló con voz apenas perceptible.

—Llévame al Principal; es lo más fácil. Me importa poco vivir después de lo ocurrido.

—Por fin has hablado para decir una barbaridad. ¿Te parece, alma de cántaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es—continuó con visible vacilación—que no es cosa fácil salvarte. Es fácil que un preso se escape, pero aquí sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla. ¿Qué haremos?

Y el teniente, que caminaba cada vez más lentamente, volvió a sumirse en una profunda meditación.

La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las casas tenían cerradas sus puertas y no se veía un transeúnte por parte alguna. Parecían las calles de una ciudad abandonada. El vecindario, aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se habían sostenido en aquella zona de Madrid, sentía aún en los oídos el zumbido de las últimas descargas y no se atrevía a dejar libre la más pequeña rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de alumbrado aumentaba aún más el terror.

La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jesús, próximos a la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde tocó con el codo a su amigo Alvarez.

—Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te queda más recurso que la fuga. Puede ser que alguno de éstos, al verte correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, más vale que tientes fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en distinta dirección, por lo menos uno puede salvarse. ¿Nos oyes tú, muchacho?