En la obscuridad del estudi y todavía despierto, vió surgir una figura pálida, indeterminada, que poco á poco fué tomando contorno y colores, hasta ser Pimentó tal como le había visto en los últimos días, con la cabeza entrapajada y su gesto amenazante de terco vengativo.
Molestábale esta visión, y cerró los ojos para dormir. Obscuridad absoluta; el sueño iba apoderándose de él.... Pero los cerrados ojos empezaron á poblar su densa lobreguez de puntos ígneos, que se agrandaban formando manchas de varios colores; y las manchas, después de flotar caprichosamente, se buscaban, se amalgamaban, y otra vez veía á Pimentó aproximándose á él lentamente, con la cautela feroz de una mala bestia que fascina á su víctima.
Batiste hizo esfuerzos por librarse de esta pesadilla.
No dormía, no: escuchaba los ronquidos de su mujer, acostada junto á él, y de sus hijos, abrumados por el cansancio; pero los oía cada vez más hondos, como si una fuerza misteriosa se llevase lejos, muy lejos, la barraca, y él, sin embargo, permaneciese allí, inerte, sin poder moverse por más esfuerzos que intentaba, viendo la cara de Pimentó junto á la suya, sintiendo en su rostro la cálida respiración de su enemigo.
Pero ¿no había muerto?... Su embotado pensamiento formulaba esta pregunta, y tras muchos esfuerzos se contestaba á sí mismo que Pimentó había muerto. Ya no tenía, como antes, la cabeza rota; ahora mostraba el cuerpo rasgado por dos heridas, que Batiste no podía apreciar en qué lugar estaban; pero dos heridas eran, que abrían sus labios amoratados como inagotables fuentes de sangre. Los dos escopetazos: cosa indiscutible. Él no era de los tiradores que marran.
Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente, dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.
—¡Perdónam, Pimentó!—gemía el herido con voz infantil, aterrado por la pesadilla.
Sí; debía perdonarle. Lo había matado, era verdad; pero él había sido el primero en buscarlo. ¡Vamos: los hombres que son hombres deben mostrarse razonables! Él tenía la culpa de todo lo ocurrido.
Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama, sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.
Gimió Batiste de dolor, sin poder moverse para repeler esta mole. Intentaba enternecerlo llamándole Tòni, con familiar cariño, en vez de designarle por su apodo.
—Tòni, me fas mal[29].
Eso es lo que deseaba el fantasma, hacerle daño. Y pareciéndole aún poco, con sólo su mirada arrebató los trapos y vendajes de su herida, que volaron y se esparcieron. Luego hundió sus uñas crueles en el desgarrón de la carne y tiró de los bordes, haciéndole rugir:
—¡Ay! ¡ay!... ¡«Pimentó», perdónam!
Tal era su dolor, que los estremecimientos, subiendo á lo largo de su espalda hasta la cabeza, erizaban sus rapados cabellos, haciéndolos crecer y enroscarse con la contracción de la angustia; hasta convertirse en horrible madeja de serpientes.
Entonces ocurrió una cosa horrible. El fantasma, agarrándole de su extraña cabellera, hablaba por fin.
—Vine ... vine[30]—decía tirando de él.
Le arrastraba con sobrehumana ligereza, lo llevaba volando ó nadando—no lo sabía él con certeza—, á través de un elemento ligero y resbaladizo, y así iban los dos vertiginosamente, deslizándose en la sombra, hacia una mancha roja que se marcaba lejos, muy lejos.
La mancha se agrandaba, tenía una forma parecida á la puerta de su estudi, y salía por ella un humo denso, nauseabundo, un hedor de paja quemada que le impedía respirar.
Debía ser la boca del infierno: allí le arrojaría Pimentó, en la inmensa hoguera, cuyo resplandor inflamaba la puerta. El miedo venció su parálisis. Dió un espantoso grito, movió al fin sus brazos, y de un terrible revés envió lejos de sí á Pimentó y su extraña cabellera.
Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma. Había soñado; era sin duda una pesadilla de la fiebre; ahora volvía á verse en la cama con la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.
Pero no; el delirio continuaba todavía. ¿Qué luz deslumbrante iluminaba su estudi? Aún veía la boca del infierno, que era igual á la puerta de su cuarto, arrojando humo y rojizo resplandor. ¿Estaría dormido?... Se restregó los ojos, movió los brazos, se incorporó en la cama.... No; despierto y bien despierto.
La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso. Oyó sordos crujidos como de cañas que estallan lamidas por la llama, y hasta vió danzar las chispas agarrándose como moscas de fuego á la cortina de cretona que cerraba el cuarto. Sonó un ladrido desesperado, interminable, como un esquilón sonando á rebato.
¡Recristo!... La convicción de la realidad, asaltándole de pronto, pareció enloquecerle.
—¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Amunt![31]
Y del primer empujón la echó fuera de la cama. Después corrió al cuarto de los chicos, y á golpes y gritos los sacó en camisa, como un rebaño idiota y medroso que corre ante el palo, sin saber adónde va. Ya ardía el techo de su cuarto, arrojando sobre la cama un ramillete de chispas.
Cegado por el humo y contando los minutos como siglos, abrió Batiste la puerta, y por ella salió enloquecida de terror toda la familia en paños menores, corriendo hasta el camino.
Allí, un poco más serenos, se contaron.
Todos: estaban todos, hasta el pobre perro, que aullaba melancólicamente mirando la barraca incendiada.
Teresa abrazó á su hija, que, olvidando el peligro, estremecíase de vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un ribazo, apelotonándose con la preocupación del pudor, apoyando la barba en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los pies.
Los dos pequeños refugiábanse amedrentados en los brazos de su hermano mayor, y el padre agitábase como un demente, rugiendo maldiciones.
¡Recordóns! ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!... Habían prendido fuego á la barraca por sus cuatro costados; toda ella ardía de golpe. Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de llamas.
Partían de él relinchos desesperados, cacareos de terror, gruñidos feroces; pero la barraca, insensible á los lamentos de los que se tostaban en sus entrañas, seguía arrojando curvas lenguas de fuego por las puertas y las ventanas. De su incendiada cubierta elevábase una espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendio tomaba transparencias de rosa.
Había cambiado el tiempo; la noche era tranquila, no soplaba ninguna brisa, y el azul del cielo sólo estaba empañado por la columna de humo, entre cuyos blancos vellones asomaban curiosas las estrellas.
Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en aquel infierno. Un instante nada más: lo indispensable para sacar del estudi el saquito de plata, producto de la cosecha.
¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo sus recios empujones. Una barraca arde pronto; la paja y las cañas aman el fuego. La techumbre se vino abajo estruendosamente, aquella erguida techumbre que los vecinos miraban como un insulto, y del enorme brasero subió una columna espantosa de chispas, á cuya incierta y vacilante luz parecía gesticular la huerta con fantásticas muecas.
Las paredes del corral temblaban sordamente, cual si dentro de ellas se agitase dando golpes una legión de demonios. Como ramilletes de fuego saltaban las aves, é intentaban volar ardiendo vivas.
Se desplomó un trozo del muro hecho de barro y estacas, y por la negra brecha salió como una centella un monstruo espantable. Arrojaba humo por las narices, agitando su melena de chispas, batiendo desesperadamente su rabo como una escoba de fuego, que esparcía hedor de pelos quemados.
Era el rocín. Pasó con prodigioso salto por encima de la familia, galopando furiosamente á través de los campos. Iba instintivamente en busca de la acequia, y cayó en ella con un chirrido de hierro que se apaga.
Tras él, arrastrándose cual un demonio ebrio y lanzando espantables gruñidos, salió otro espectro de fuego, el cerdo, que se desplomó en medio del campo, ardiendo como una antorcha de grasa.
Ya sólo quedaban en pie las paredes y la parra, con sus sarmientos retorcidos por el incendio y las pilastras que se destacaban como barras de tinta sobre un fondo rojo.
Batistet, con el ansia de salvar algo, corría desaforado por las sendas, gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas, que parecían parpadear con el reflejo del incendio.
—¡Socorro! ¡socorro!... ¡A fòc! ¡á fòc![32] Sus voces se perdían, levantando el eco inútil de las ruinas y los cementerios.
Su padre sonrió cruelmente. En vano llamaba. La huerta era sorda para ellos. Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni una voz que dijera: «¡Aquí estoy!»
¡El pan!... ¡Cuánto cuesta ganarlo! ¡Y cuán malos hace á los hombres!
En una barraca brillaba una luz pálida, amarillenta, triste. Teresa, atolondrada por el peligro, quiso ir á ella á implorar socorro, con la esperanza que infunde el ajeno auxilio, con la ilusión de algo milagroso que se ansia en la desgracia.
Su marido la detuvo con una expresión de terror. No: allí no. A todas partes, menos allí.
Y como hombre que ha caído tan hondo, tan hondo que ya no puede sentir remordimientos, apartó su vista del incendio para fijarla en aquella luz macilenta; luz de cirios que arden sin brillo, como alimentados por una atmósfera en la que se percibe aún el revoloteo de la muerte.
¡Adiós, Pimentó! Bien servido te alejas del mundo. La barraca y la fortuna del odiado intruso alumbrarán tu cadáver mejor que los cirios comprados por la desolada Pepeta, amarillentas lágrimas de luz.
Batistet regresó desesperado de su inútil correría. Nadie contestaba.
La vega, silenciosa y ceñuda, les despedía para siempre.
Estaban más solos que en medio de un desierto; el vacío del odio era mil veces peor que el de la Naturaleza.
Huirían de allí para empezar otra vida, sintiendo el hambre detrás de ellos pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecito de uno de los suyos, del pobre albaet, que se pudría en las entrañas de aquella tierra como víctima inocente de una batalla implacable.
Y todos, con resignación oriental, sentáronse en el ribazo, y allí aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de frente por el brasero que teñía sus rostros con reflejos de sangre, siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.
NOTAS:
[1] ¡Buen día nos dé Dios!
[2] Las alboradas.
[3]—¡Pimentó!... ¡Ladrón!... ¡Devuélveme la escopeta!...
[4]—Créeme, hijo mío: ¡te traerán desgracia!...
[5]—Dos razoncitas nada más ...
[6]—¿Es la última palabra?
[7]—Se abre el tribunal.
[8]—Hable usted.
[9]—¡Cuatro sueldos de multa!
[10]—Pagará el Bautista Borrull dos libras como pena y cuatro sueldos de multa.
[11] «¡Judío!»
[12]—¿Por qué?... Porque te quiero.
[13]—Mira, mira, que no vendrá.
[14]—¿Quién es ladrón? ¿Quién?
[15]—¿Mi padre ladrón?... Vuelve á repetirlo y te rompo los morros.
[16] Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar sus huesos.
[17]—Bueno; pues no doy más.
[18]—¡Pimentó!... ¡Ladrón! ¡asómate!
[19]—¡Baja, cobarde! ¡Asómate, morral!
[20]—¡Hijo mío!... ¡Pobrecito mío!...
[21]—¡Hijo mío!... ¡rey de su madre!
[22]—¡Hijo mío!... ¡Alma mía!
[23]—Verdad ... verdad.
[24]—¡Vete!.. ¡Vete ó te mato!
[25]—¿Te vas? ¿te vas?
[26]—Haces mal, hijo mío; te traerán desgracia.
[27]—¡Cristo! ¡Ahora te pillo!
[28]—¡Ladrón ... ladrón: no te escaparás!
[29]—Tòni, me haces daño.
[30]—Ven ... ven.
[31]—¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Arriba!
[32] ¡Fuego! ¡fuego!
Valencia.—Octubre-Diciembre 1898.
LA NOVELA LITERARIA
LOS MEJORES NOVELISTAS-LAS MEJORES OBRAS Director: VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Además de dirigirla personalmente Blasco Ibáñez, eligiendo las novelas y examinando la traducción, ha escrito un extenso prefacio, estudio biográfico y crítico del autor de la obra.
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El año de Clarisa.
El rebaño de Clarisa.
El trust (2 tomos).
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El infierno.
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Al servicio de Alemania.—Colette Baudoche. (2 novelas en un tomo)
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GILBERTO BECCARI
Vida virgen. (La novela del Gran Chaco.)
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La tormenta sobre el jardín de Cándido.
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El poder de la mentira.
Las noches claras.
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Maternidad.
Bajo el cielo vacio.
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Ha seguido la publicación de La llamada de la selva, novela animalista, y las no menos interesantes tituladas Aventura, La Peste Escarlata, La expedición del pirata, Jerry el de las Islas, Tres corazones, Cuentos de los mares del Sur, Valor holandés, El lobo de mar, Miguel, hermano de Jerry, Aurora espléndida, La damita de la Casa Grande y El Îdolo Rojo.
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