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La batalla de los Arapiles cover

La batalla de los Arapiles

Chapter 3: II
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About This Book

Una serie de cartas sirve de hilo narrativo para relatar la vida cotidiana y las tribulaciones de personajes atrapados en tiempos de guerra: la miseria y el hambre que asolan la ciudad, la desolación de edificios destruidos, la presencia opresiva de fuerzas ocupantes y la actuación de la policía. Al mismo tiempo se exponen problemas domésticos y legales de una familia que lucha por su patrimonio, con tono satírico y crítico hacia las instituciones y las costumbres sociales. El relato combina observación social, ironía y detalles de la administración y el orden público para mostrar el impacto humano del conflicto.

II

Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente Aguinaldo, territorio de Salamanca.

En abril había yo dejado definitivamente la compañía de los guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían ponerse en guardia.

Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos de viento, fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando en medio del campo contra sus invisibles compatriotas.

Mandaba este hombre una división perteneciente al ejército de que era comandante general D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington, establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a fines de marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont andaban muy desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a atacar al Lord, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla. En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial, después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y Badajoz.

Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel mismo año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses; entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia, continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la división de D. Carlos España.

Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de las que puntualmente he copiado, juzgué favor especial del cielo la disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho, Wellington, a quien debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía ir fácilmente a Plasencia.

Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.