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La copa de Verlaine

Chapter 12: Las manos de Elena
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About This Book

Conjunto de ensayos y perfiles que recrean la vida bohemia y los vicios líricos de poetas célebres, combinando retratos de figuras como Verlaine y Poe con observaciones sobre la bebida, la miseria, la gloria póstuma y las rutinas de los escritores. Alterna reseñas de cafés y tugurios madrileños, anécdotas gastronómicas y sketches humorísticos sobre personajes excéntricos, con reflexiones sobre la creación poética, el fracaso social y la ironía del reconocimiento. El tono mezcla nostalgia, crítica social y evocación estética para analizar cómo la precariedad y el exceso influyen en la obra y en la vida literaria.

La vida es dura, amarga y pesa;
¡ya no hay princesa que cantar!

Poe bebía bárbaramente, como si quisiera «asesinar algo en si mismo». Nuestro admirable y dulce poeta Manuel Paso también se suicidó abrasándose las entrañas y el cerebro en un océano siniestro de aguardiente.

Baudelaire huyendo del burgués de París, Rubén asfixiado por la estupidez del ambiente, Musset ahogando un dolor amoroso, son borrachos corrientes y hasta vulgares. Poe y Verlaine, los clarividentes, me interesan más que todos, porque su órbita literaria estaba en el fondo de esos extraños paraísos violáceos.

Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchas cotidianas, me parece una pueril equivocación. Hay que tener serenidad, firmeza moral contra todas las celadas de la vida. «El alcohol, el opio, el haschid no crean nada; prestan al cerebro una energía de momento con un rédito ruinoso». La inspiración no está encerrada en una botella.

Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a algunos espíritus desventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estúpida y hostil? Una puerta que, como en Poe, acaso conduce a un plano espiritual, perfectamente absurdo, donde viven esos seres misteriosos que se ven en las alucinaciones, y que yo—teosóficamente—sospecho que tienen una completa, aunque invisible realidad.


Un duelo romántico

POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado como una evocación antañona la figura hidalga, pomposa y antigua del buen soldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.

Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don Álvaro, era hijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en nuestro siglo mecánico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda de un poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.

Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya desde muy lejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptos artísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse estrictamente, tal vez sólo por devoción personal al maestro, hasta en las postreras regias salutaciones que trazó su mano senil venerable.

Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asistía al cenáculo del café del Príncipe, amable lugar donde se forjaron algunas de esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestros primeros devaneos sentimentales, cuando pasábamos horas enteras devorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.

Y fué allí, entre románticas melenas y retóricos madrigales, en la exaltación de la nueva escuela revolucionaria y las violentas aspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde el bardo que elogió a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzar sus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudes militares del conde de Cheste.

En aquel mismo punto quedó concertado el lance, como en aquel tiempo galano en que los poetas hampones se batían por un soneto en las encrucijadas del viejo París.

Caía la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a la puerta del cementerio de San Martín. El claro de luna encantaba melancólicamente la fúnebre decoración. A la siniestra mano extendíase el bello jardín de los muertos, con sus anchas columnatas y sus calles de nichos vacíos. Quizá un ruiseñor cantaba entre las ramas de un ciprés religioso y sombrío como una elegía. De la honda paz de la tierra tal vez surgían esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecen diálogos del más allá.

Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros de ala plana. El cronista se finge el rostro pálido, demacrado de Espronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante delirio sensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro un rayo lunático y visionario, quien pasó por la tierra enamorado líricamente de la pálida Prometida.

Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente. Breve fué la lucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida de vértigo, cayó en tierra herido de un sablazo.

Y así se dió fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era bien digno de la rima.

Esta vida serena, suave y rectilínea que acaba de extinguirse bajo la pesadumbre de noventa y seis años, nos da una emoción de vaga tristeza y de simpatía. Pensamos en esa figura noble y artística como un retrato antiguo, superviviente de todos sus contemporáneos, haciendo sus apacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendo una vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las rancias mansiones infanzonas, con escudos de piedra y los palacios grises eternamente cerrados. Pensamos en la inquietud íntima de ese espíritu que había visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse al amanecer de cada día: «¿Será hoy?», e inclinar la frente coronada de plata y sentir el corazón turbado ante la evidencia del angustiador misterio. Muchas veces, al pasar por el pardo caserón de la calle de Pizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre la grave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobre amplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, para convocar a sus íntimas reuniones familiares, que eran como una evocación de los tiempos pretéritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes de otoño a amarillear las hojas de los árboles para alfombrar después las calles solas de su pequeño jardín y la lámina verdosa de las fuentes mudas, hemos pensado con pena que quizá el noble anciano no viera en la caída de las hojas sólo la aproximación del invierno.

Algunos críticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa. Lo más interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas y fecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clásica hidalguía española, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, que de día vivían en poema épico, y en el encanto de las noches tropicales rimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojos de las limeñas.

Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de las melenas románticas, en que los poetas constituían la verdadera y lógica aristocracia; aquel buen tiempo en que había duelos pintorescos junto a las tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que el romanticismo era como un vino generoso y locuaz que hacía soñar a todas las cabezas aun en un ambiente tan antiestético como el de la política.

Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la más bella expresión del alma humana.


Las manos de Elena

UN pintor bohemio rugía en una noche memorable, mientras el frío se colaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntada danzas absurdas.

—Debiéramos desenterrar y quemar los restos de Murger.

Era una noche sagrada y familiar. Hasta los más humildes tenían en aquel momento un poco de fuego y de cariño. De los interiores iluminados salían hálitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, como surgidas del fondo de los tiempos antañones, las melodías ingenuas de los villancicos pascuales.

Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.

Y es que nuestra bohemia ha sido un negro camino de soledad y de pobreza. No han florecido en nuestros episodios las risas de Museta ni las lágrimas de Mimí, ni nuestra madre la Locura nos ha prestado su corona de cascabeles.

Sólo una bella y triste sombra, fugitiva y perfumada como la juventud que huye, ha puesto algunos besos y algunas risas en nuestras noches trashumantes y sin asilo.

Tenía un nombre poemático, célebre en los anales del amor. Elena era su bello nombre. Era alta, rítmica, flexible... En sus ojos garzos, hondos, de un hechizo inquietante, dormían las visiones de su vida encanallada, siempre unánimes y vergonzosas. Sus manos finas, transparentes y monjiles, que parecían hechas para tejerse en los éxtasis y para filigranar ofrendas de vírgenes y capas pluviales; sus manos, finas y transparentes, eran doctas en los secretos del amor mundano.

Cuando yo la conocí, tenía la desolada belleza de las ruinas. Su carne, de azulinas transparencias, tenía la melancólica palidez de los tísicos, y hacía pensar, con pena, en la llegada de esos días grises en que caen las hojas de los árboles. Tenía un aroma vago y casi religioso: olía a cera y a flores de mortaja.

Inició un fugitivo arpegio sentimental en el cordaje de nuestros nervios, en constante hiperestesia por el arte y por la vida. Todos la amamos con una dulce piedad, sin violencias y sin delirios, con un deleite que tenía algo de romanticismo, de rara emoción artística. Amamos su belleza agonizante, con la intensidad de tristeza que sentimos en los adioses para siempre. Había en ella un misterioso encanto de ultratumba.

Un músico poeta elogió en unos versos juveniles su pobre risa, su risa extraña e inconsciente, la loca risa de Elena. Y ella, encantada con la ofrenda lírica y galante, reía siempre que llegábamos a su lado; soltaba la cascada de su risa metálica, vibradora, epiléptica, cuyas últimas perlas parecían sollozos estrangulados.

Su fisonomía moral parecía cristalizada y sin jugosidad ninguna. Tal vez la pobre profesional del amor no había sentido nunca esa embriaguez suprema, el amor sentimental que es la mayor conquista de la civilización, como dice Sthendal, y por lo único que vale la pena de vivir, a pesar del espantoso Schopenhauer.

Nosotros le hablábamos alegremente de las cosas triunfantes de la vida, cosas armoniosas entre sí: de locuras de juventud, de fragancia de primavera, de alegres cenas, de paseos campestres bajo la inmortalidad del sol, de los víveres honrados, fecundos y serenos como mansas corrientes. Y de besos.

Hubiera sido poco piadoso recordarle los melancólicos acabamientos que nos rodean y que espejan la muerte en cada cosa que miramos. Jamás la hablamos de las despedidas, de las naves que parten y de los corazones ausentes, de las últimas notas de las melodías. Y sobre todo, de ese terrible fantasma del otoño.

Su vida había sido un amargo y desbordado rodar hacia abajo, como todas las vidas y todas las cosas, hacia las negras aguas del misterio.

Y aconteció que la misma noche que un periódico publicaba el elogio rimado de su risa, una de esas sombras que cantan canciones lúgubres y corrompidas en la alta noche, me dió la nueva amarga.

—¡La pobre ha muerto hoy en el hospital!

Entonces me asaltó el triste y tardío deseo de poseer algún recuerdo suyo, un bucle, un lazo que conservase su melancólica fragancia peculiar. Lo hubiera guardado con la misma unción amorosa y sagrada con que Rodolfo besaba el gorrito blanco de Mimí.

Porque la pobre muerta era un jirón de mi juventud que se iba para siempre.

Al vagar toda la noche en el alma desconocida e inquietadora de la ciudad, evoqué, dolorido, sus manos marfileñas y monjiles, sus manos celestes e impuras, divinamente tristes y cruzadas en el fondo de uno de esos pardos y siniestros ataúdes de hospital que conservan hedores de otros cadáveres, y pensé, estremeciéndome hasta los huesos, que en aquella primera noche de la tierra ya el gusano conquistador surgiría de la podre de aquellas manos muertas, que besé tantas veces y por las que había sentido una rara pasión inmaterial.

Extravagantes imaginaciones, honda y taladrante recordación del fin, que obligan a la pobre carne aterrorizada, y al ánimo conturbado, a refugiarse en la idealidad consoladora de un misticismo.

Mi espíritu siente una inmensa ansia de infinito, que fracasa en las cotidianas banalidades; cuántas veces, al amanecer de noches de tempestad de alma, en que he hallado vacíos y menguados todos los iconos de la vida, me he arrojado a los pies ungidos de los Cristos en demanda de una emoción de eternidad.

El recuerdo de Elena suele inquietarme frecuentemente, y la veo, en la transparencia de la evocación, con el hechizo de sus ojos garzos y de su cabellera magdalénica.

Y en el ritornello de la vida pasada surge un episodio canallesco: la memoria punzante y angustiosa de una noche en que uno de estos pintorescos rufianes madrileños golpeó brutalmente el pecho hundido y flácido de la desventurada.

Ella ahogó su tribulación en el monstruoso refugio del aguardiente.

Escenas de la mala vida, recuerdos de las horas bohemias, negras y desoladas, en que el hambre era absurdo funámbulo en nuestras cabezas y lobo en nuestras entrañas. Las tengo cariño, porque al cabo han sido ser de mi ser.

Pero pienso como mi amigo pintor, que Murger ha envenenado nuestra juventud y nos ha hundido en la pobreza y en la soledad con el hechizo de sus mágicas narraciones.

«Debemos desenterrar y quemar los restos de Murger.»


Siles y su carrik

SILES era filósofo, poeta y cronista. Murió ciego y pobre en el horror sin nombre de un hospital, y su manera de morir fué el obligado epílogo de su vida loca, imprevisora, de titiritero de la literatura.

Siles no era un escritor extraordinario, pero pocos hombres tenían más jugoso temperamento ni más riqueza de ilusión que este pobre cantor errabundo que ha caído para siempre, sin dinero y sin gloria, y al que las gacetas sólo han dedicado un pequeño lingote de prosa vulgar.

El entusiasmo fué su gran energía, lo mismo en la miseria desolada, sin más fortuna que su absurdo chaquet que en las horas efímeras de prosperidad. Siempre hablaba a gritos, de literatura, de teosofía, aquel buen hombre franco, bebedor y mujeriego—todo lo que fuese desbordamiento de emoción y de romanticismo—que, a pesar de su cabello cano, tenía en los ojos tan riente derroche de juventud.

Y un buen día murió un tío de Siles dejándole toda su fortuna. Fué uno de esos tíos maravillosos, imprevistos y ricos que tienen la bondad de morirse a tiempo y que apenas tienen realidad, como si sólo fuesen imaginados para desenlazar las malas comedias. Cayó sobre el bohemio un portentoso aluvión de miles de duros, y el chaquet fué sustituido por un carrik. Este fué el único cambio ostensible en su vida.

¿Qué extrañas armonías existirían entre el alma de Siles y su carrick? ¿Por qué este hombre, en vez de adquirir otro más adecuado indumento, se envolvió en aquella prenda grotesca de grandes cuadros negros sobre fondo amarillo?

Luego de esta valiosa adquisición, Siles se encerró en una torre de marfil, que alquiló por doce duros en una calle de Chamberí, y la media tostada fué sustituida por alimentos más respetables que redondearon la bóveda del vientre y lustraron su cara flácida y exangüe.

En breve espacio, uno tras otro, lanzó al público veinticuatro libros. Toda la esencia de su vivir lamentable, todos los sueños de su cabeza visionaria. Pero la gente no compró sus libros. En inmensas pilas de papel se amontonaban en casa del librero Pueyo, el editor romántico de la épica nariz. También ha muerto el pobre librero sentimental, y puede que sigan ambos devanando en el espacio sus diálogos pintorescos. Pueyo era una gran figura en la andante literatura de esta época: él fué el único que creyó en Siles, el que en los cafés solitarios nos hacía leer nuestros versos, después de escuchar un aria de Marina o el raconto de Lohengrin. Entonces se conmovía mucho y confesaba que él también había escrito versos en su juventud.

Cuando Siles echó fuera de sí su carga mental, tornó a pasearse por los cafés, por las tabernas, envuelto en su pintoresco carrick.

Al cabo de unos años se quebró el cristal encantado de la leyenda, y volvieron los días de penuria y la sórdida pobreza ululaba a la puerta de su hostal. En los últimos tiempos se arrastraba por los tugurios tocado con un sombrero gris y desvencijado, con la pipa humeante, abatida sobre las barbas canas y enmarañadas, y en los ojos ciegos un gran deslumbramiento de ilusión.

Su carrick destrozado era la rota bandera de los días suntuosos y efímeros, e inspiraba la desolación de una grandeza en ruinas.

Pero siempre que le encontrábamos nos saludaba optimista y sonriente, con un gesto de clásico caballero español.

—Vaya usted a mi casa cuando guste. Vivo en un hotelito en el campo. ¡Hay allí una gran paz que invita a escribir!

Y el mísero vivía en una choza solitaria, perdida en un barranco de las afueras de Madrid.

Por su obsesión de escribir renunció a todo y sacrificó los cincuenta años de su vida. Todos sus artículos, sus versos, sus libros, no le produjeron una sola peseta, ni pusieron una sola hoja de laurel sobre su ataúd pardo y siniestro de hospital. A veces el arte es demasiado cruel; deidad y vampiresa exige hasta la última gota de sangre de sus pobres ilusos.

Así caen destrozados entre la indiferencia los bravos paladines de la bohemia. Su fiera independencia espiritual, su altivo individualismo es la causa del doliente remate de esas vidas. Carecen de habilidad, de condiciones de mercader para administrar su talento. Producen bien o mal, por el gusto de hacer algo bello, por el anhelo de su alma de derramar lo que llevan dentro. Y mientras ellos cantan, las hormiguitas hacen su granero.

Siles ha muerto de una manera trágica; hallaron su cuerpo caído en medio de una carretera, de noche, como un montón andrajoso, y en un carro, como un fardo inútil, ni saber quién era, le llevaron al hospital.

Sirva la angustia sincera de mi corazón como plegaria por este cofrade, que ya no volverá a recitarme sus sonetos en la alta noche, cuando ambos ambulábamos por las calles como dos sombras de un mundo absurdo de sueños de arte y de dolorosas tragicomedias.


Glosario pintoresco

POCOS escritores se alegrarán como yo de los faustos sucesos que le acaezcan al poeta Villaespesa. He leído que, como dramaturgo, está haciendo un paseo triunfal por América. Esto me agrada, porque lo considero como el triunfo colectivo de un género, de una época y de una pintoresca familia literaria.

Está muy bien y es muy justo. Lo que me parece es que ha tardado demasiado en llegar. Un poco antes, y se hubieran evitado muchos cafés con tostada, que es el régimen más absurdo de alimentación.

Villaespesa es de los poetas que han comido peor; como veis, esto es el colmo de la redundancia. Pero él ha probado bravamente que se pueden escribir versos admirables y soñar con princesas, alimentando la miseria corporal con queso manchego y chocolate con churros.

Ha pasado por la vida misérrima sin enterarse, con los ojos vendados por un jirón azul de ideal. Esta divina inconsciencia le ha librado de comprender que los camastros de la Posada del Peine son más propios para cenobitas, que gustan de atormentar el cuerpo, que para gente voluptuosa que guste de dormir a pierna suelta.

Tampoco aquel su suntuoso alzacuellos de obispo era el último alarido del dandysmo ni de la comodidad. Pero de todas las menguas le salvaba su imaginación.

Un día de opulencia se encontró con Julio Camba. Villaespesa tenía un aire de gran señor, llevaba bajo el brazo un formidable envoltorio.

—Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas.

—Hombre, me alegro mucho—exclamó Camba—; tengo una cita galante con una bailarina, con la...—y pronunció uno de esos nombres radiantes, cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los carteles teatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte años—. Estaba muy triste, porque no podía ir por el estado ruinoso de mi deshabillé. Pero tú has venido a salvarme. Me darás unos calzones.

—La cosa es que, verás... calzones no he comprado ninguno.

—Me contraría mucho; pero, en fin, me darás dos camisetas.

—Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y no he comprado ninguna.

—Bueno, hombre. ¡Al menos, me darás una camisa!

—Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera.

—¿Eh?

Villaespesa desenvolvió su lío. Las doce mudas se reducían a doce camisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. ¡Oh, prodigios de la fantasía!

La hermosa bailarina esperó en vano aquella noche a Julio Camba.

Su labor teatral en América le dará dinero y gloria. Empleará el magín en forjar versos y situaciones dramáticas en lugar de asaltar editores y prestamistas. Porque con este honorable gremio, Villaespesa ha sido un águila. Una vez empeñó una calavera, asegurando que volvería a sacarla, porque era un recuerdo de familia.

Estos episodios pertenecen a la época heroica de mi generación literaria. Cuando Camba era anarquista y sufrió un proceso por injurias a San Judas Tadeo; cuando un poeta dormía en el ascensor de un prócer tonto y tacaño, que era tío del vate sin albergue; cuando Barriobero nos invitaba a comer las paellas que él mismo condimentaba y llamaba a los horteras pinocentauros, o sea cuerpo de hombre y las patas de madera, el mostrador. Cuando Pueyo nos llevaba a los cafés con música y, emocionado por las arias de Marina o de La Bohême, nos confesaba que él también había escrito versos en la juventud... Cuando vendíamos todos los libros y empeñábamos todas las prendas—¡oh, aquella levita suntuosa de Bargiela!—, y Antonio Machado, el gran poeta, al recibir un libro nuevo, exclamaba corriendo al tenducho del librero de viejo:

Sol de la tarde. ¡Muy bien! ¡Café de la noche!


Elegía de un hombre inverosímil

¿CONOCÉIS algo más triste, más desvencijado, más fracasado que un traductor? Es la forma más lamentable del desastre literario. Pues Forondo era el traductor calamitoso, por antonomasia, entre todos sus traspillados cofrades. Forondo tocaba el violín; pero, según se decía, le expulsaban de todos los cafés porque al comenzar a tocar su violín se cortaba la leche. Y esto perjudicaba mucho al crédito de estos establecimientos. Poseía una bonita voz de canario flauta; pero no podía ser aplicable en los coliseos mas que entre el coro de señoras, y Forondo tenía una espesa barba multicolor que le impedía interpolarse entre canoras hijas de Talía. Algunas mañanas cantaba los motetes en algún templo, y por las noches acudía a un mitin societario, porque Forondo era un hombre terrible, enemigo personal del Papa. Forondo era el autor de esta frase demoledora: «De tejas arriba no hay más que metafísica y gatos».

Nuestro amigo vino a Madrid a ser poeta lírico. Escribió un soneto y se dedicó al café con media con verdadera intrepidez. Envió su soneto a todas las revistas y le fué devuelto, «porque había mucho original en cartera». Un periódico no se le admitió porque su soneto era demasiado corto. Entonces escribió un poema en ciento catorce octavillas italianas, titulado «Dios»; pero tampoco se publicó, porque el director opinó que «Dios» no era asunto de actualidad. Forondo carecía del sentido de la ponderación. Lo quiso ser todo y al fin no fué nada; esto es: finó siendo traductor. Elaboraba a brazo sus traducciones. «El pobre pequeño niño sacó su muestrecita. Eran once horas sonadas», o bien: «El desconocido llevaba un pantalón corto y una capa del mismo color». Estas son unas donosas pruebas de su estilo de traductor.

Jamás tuvo ideas propias ni se compró un traje nuevo. Por dentro y por fuera iba siempre adornado con prendas que le estaban anchas. Cuando yo le conocí, Forondo vendía perros en la acera del Suizo. Él me vendió un lindo ratonero muy inteligente, que mordió al señor D. Pedro Luis del Gálvez, suceso que repitieron las gacetas. Mi ratonero tuvo razón. Era un perro consciente, como los ciudadanos de cualquier Comité de barrio.

Forondo dormía en casa de Han de Islandia, un espantable hospedero de la calle de la Madera. El joven montaraz y notable poeta Javier Bóveda le conoció allí. Por cierto que se asustó mucho; moribundo de tuberculosis, con sus barbas rojas, negras, amarillas, y en calzoncillos, no era precisamente una Venus saliendo de las olas. Saliendo de entre las sábanas equívocas de su camastro, al fulgor luminoso del candilón, moribundo, famélico y derrotado, era más bien la alegoría espeluznante de la bohemia matritense. La historia de Forondo es una novela ejemplar para aviso de los jóvenes portaliras que sueñan en su rincón provinciano con esa musa trágica de Verlaine, de Manuel Paso y de Alejandro Sawa, estos grandes mártires de la religión de la literatura.

Era el amante ideal de la Cari-Harta y demás princesas de la gallofa. Cuando no tuvo perros que vender se dedicó de lleno a la traducción. Trabajaba quince horas diarias, luchando con la doble dificultad de que si bien no conocía el francés tampoco dominaba el castellano. Esta es la especialidad de casi todos los traductores. Y ello es natural y corresponde a la generosidad de los editores.

Hace pocas noches Forondo llegó al cafetín donde se reunía con otros pigres. Estaba más enfermo, más pálido, más roto que nunca.

—Vengo a despedirme de vosotros. Traigo media en las agujas...

Todos celebraron el símil taurómaco y le ofrecieron un café con media de honor. Después Forondo se marchó... se marchó a la fosa común.

Hambres, fríos, humillaciones. Acoso de hospederos, de mozos de café, alguna picardía peligrosa para extraer un poquito de calderilla. Y el desdén de los poderosos, de los burgueses; la soledad y el dolor. ¿Vale la pena afrontar todas estas tremendas larvas de la desgracia por haber hecho un soneto corto, según la opinión de un director de revista? El vicio de la literatura resulta demasiado caro.

Forondo se ha muerto. Yo le estimaba; estaba siempre triste, estaba siempre fracasado. Me inspiraba el afecto de la desventura. Pero algo queda sobre mi conciencia como un peso muy grave. Forondo me confesó que había seguido el camino de las letras y había caído en la Puerta del Sol, encantado por la lectura de mis narraciones de la bohemia pintoresca.

De todos modos, yo no tengo la culpa de que me hubiera leído mal. La bohemia es triste, desastrosa, absurda. Y más aún cuando no se tiene talento ni temperamento literario. No sé qué hechizo tendrá esa musa trágica del arroyo, que seguramente mañana volverá a verme Forondo redivivo diciéndome:

—Verá usted, yo he venido a Madrid a luchar con la gloria. Le voy a leer un soneto.

Y me leerá otro soneto corto, y después a dar saltos mortales para conquistar el camastro de esos hostales de la bohemia, figones de Satanás con manjares embrujados, que sólo se pueden ingerir cuando se poseen las hambres de doscientos poetas juntos.


Nuestro amigo el alquimista

NUESTRO amigo Aclayar es alquimista. No posee un laboratorio misterioso con retortas, ni usa túnica ni caperuza, como los nigromantes remotos. La alquimia se ha modernizado. Ya no quiere fabricar el oro; más modesta, se conforma con elaborar pesetas sevillanas, precioso metal en este reino de la calderilla. En lugar de arrojar materias químicas al hornillo infernal, hace números en una tarjeta, invocando a Butatar, que es la deidad del cálculo.

Nuestro amigo ha escrito un libro para ganar infaliblemente a los juegos de azar. Nosotros le decimos que todo martingala se reduce a una combinación para perder con método. El alquimista sonríe:—El azar no es una cosa diabólica. El ingenio humano puede vencer a esa diosa meretriz que se llama la Fortuna.

El alquimista tiene una llamita de ilusión en sus ojos, rojos de tejer y destejer las cifras: siniestra tela de Penélope que ha servido de sudario a tantos soñadores del número. Las matemáticas tienen tanta poesía como un bello soneto. Aclayar es un poeta del cálculo de probabilidades, un estoico de la ruleta y de sus malas artes de hembra caprichosa, un apóstol del martingala.

Ahora que se alzan en España incontables capillas del Azar, no me negaréis que mi alquimista es un personaje de actualidad. Él cree poseer el secreto para hacer oro, y este rico metal piensa extraerlo de la rueda diabólica, y como testimonio, ha escrito un curioso volumen. Yo prefiero esta lectura a otro volumen de rimas, chirles o a una novelita de Biblioteca Patria. Tiene ciertamente, más poesía y más palpitación espiritual, aunque nuestro alquimista se equivoque, lo mismo que fracasaron sus predecesores en la busca del oro.

Un hombre de pasiones y de imaginación no puede resignarse con la pobreza o con un pasar ramplón y cotidiano. Hay que ahuyentar al lívido y desarrapado espectro de la necesidad. Hay que buscar la llave mágica que abre los tesoros de la vida: la espada bruja que decapite al dragón de la miseria. Y este talismán impreciado es el oro.

Un hombre pasional e imaginativo ama a las bellas mujeres, los viajes por las tierras fabulosas y lejanas, las obras de arte, los libros inmortales. Y sueña con conquistar el oro, que es la palabra misteriosa que abre todos los paraísos y da la serenidad de espíritu necesaria para la contemplación de lo bello. La pobreza amarga el amor, el arte no es buen camarada de la necesidad, a pesar de que se dice que el hambre aguza el ingenio.

Además, nuestro alquimista sueña con obtener ganancias fabulosas que le permitan suprimir, en torno suyo, el dolor social.

Comprende que el dinero, en los contratos humanos, es el espíritu del mal. Un filántropo rico e inteligente como él sería un nivelador. Repartiría los billetes de los grandes casinos entre los pobres, los fracasados, los parias de la injusticia de esta sociedad farisea y anticristiana. Este ideal altruista merece nuestros plácemes. El dinero del juego está amasado con dolor, con sangre, con toda la turbia gama del delito. El alquimista lo trocaría en alegría, esperanza, tranquilidad. Arruinaría a todos los empresarios de juego, eso sí; pero el fin justifica los medios, según nos han enseñado los nietos de Loyola.

Nuestro amigo sabe que la Fortuna prefiere a los toreros, a los navieros contrabandistas, a los profiteurs, buitres de la carnaza europea. Él es intelectual, es un poco soñador y desdeña estos menesteres antiestéticos. Tiene alma de luchador y prefiere luchar con el monstruo del azar. Es más noble y más heroico. Como buen filósofo, sabe que es lo mismo combatir en las encrucijadas de la vida que contra el capricho de la bolita saltarina, que puede ser la dicha o el desastre para tantos espíritus ilusionados. La vida no es más que una ruleta mucho más grande, cuya bolita—fortuna o fracaso—rueda invisiblemente en torno nuestro. El alquimista aspira a ser un superhombre que domine las fuerzas ciegas o, al menos, que las sujete entre las reglas de un martingala, basado razonablemente en el cálculo de probabilidades.

Yo creo que su libro no les será útil a los lectores. En los lances del azar, como en la vida, cada uno es víctima de su temperamento. El que se arruina en el juego, es por un torbellino de locura que hay en su alma; le pasaría igual con una querida vampiro, con la política o con los negocios. Además del invisible factor de la suerte personal, es que tiene la voluntad enferma. Para vencer a los duendes del azar hay que tener un espíritu fuerte y sereno, como para dirigir multitudes. La voluntad y el ingenio pueden vencer a la mala suerte.

El libro lo vende el editor Pueyo. Pero conste que no es réclame. No tengo el menor interés por éste ni por el otro editor. El librero, comerciante del cerebro ajeno, realiza el milagro de comer de los libros sin saber leer. Sentimos hacia el hermano librero la mayor desconsideración, y lo decimos de esta manera franciscana, como pudiéramos decir el hermano lobo o el hermano buitre. El librero es el enemigo del escritor. Debería inventarse un violento insecticida para la destrucción del librero.


El galán de los "ouistitis"

AQUEL rincón de café era como un muestrario de personajes absurdos. Poetas, pintores, apaches, inventores... En los cristales amarillentos se reflejaban las chalinas y las pipas, y, a veces, como una aparición de balada germana, la linda cabecita de paje rubio de Betina Jacometi, una genial pintora holandesa, a quien la policía metió en la cárcel sin más razón que la de fumar cigarrillos por las calles y ser muy extraña. Esto, que es una cualidad de aristocracia, llevó a la pobre Betina a la prisión, de donde salió tuberculosa. Esta mujer artista, de espíritu extraordinario, dice que todo en España es idioto, menos los amigos del café silencioso. Realmente, con bastante dificultad se podría hallar un cenáculo más pintoresco y más multiforme.

El amigo Montalbán, arqueólogo y cazador de leones, nos hablaba de sus exploraciones en la India; Peñalba, el Tartarín de la cuarta plana, nos decía sus sueños de publicidad, a la americana, mientras tomaba café con media; el poeta Alberto Valero se dedicaba a cantar la romanza de Roberto, el diablo, con unas burguesitas sentimentales de la mesa contigua. Betina fumaba, fumaba, con los ojos azules e ingenuos, en un éxtasis de arte. ¿Qué pensaría aquella linda cabeza de paje provenzal, tan exquisita, tan femenina y al par tan rebelde y tan misteriosa? Después, llegaba Fantomas, el rey de los ladrones. Nosotros no le tomamos nunca completamente en serio. Nos parecía un folletín ambulante. Bien vestido, rasurado a la inglesa, con un acento también inglés (deslucido por su dejo catalán primitivo) y su monóculo, un bastón con correa y una gabardina, Fantomas era un espectáculo.

—¡Mozo!: Whisky and soda... Miri, mejor es que me traiga un five o'clock tea.

Generalmente ya era noche bien cerrada... Pero Fantomas era un hombre chic, un Brummel de la Barceloneta, y los pobres poetillas no nos atrevíamos a contradecirle en asuntos de elegancia y de buen tono. ¡Oh, él había operado en los grandes hoteles mundiales!

De todos modos, Fantomas era un tipo interesante. Tenía ojos de gato y dientes agudos de animal de presa. Era en aquellos días en que las autoridades le vigilaban celosamente—los periodistas hemos fabricado el tópico de que los policías son muy celosos—. ¡Le habían hallado una calavera y un pijama negro! Esto indicaba que se trataba de un apache peligroso, de un terrible souris de hotel. Fantomas se pavoneaba en la apoteosis de su gloria y fumaba cigarrillos turcos como una cocota. Realmente tenía un alma enferma de cocota en un cuerpo delirante de histerismo. Era un hombre marioneta, producto patológico de la vida artificial que empieza en una cena montmartresa del Palace y termina con una borrachera de éter en un burdel elegante. Valses vieneses, rameras viejas, pintadas y bien vestidas; artificio, morfina, pases de bacarrat... Todo esto formaba la careta de Fantomas la veladura de su fisonomía espiritual. En el fondo, yo creo que se trataba de un buen chico que tenía unos furiosos deseos de epatar y cogió un mal camino: el del hotel de la Moncloa. Pero él hubiera llegado a la escalerilla del patíbulo con tal de que la gente le creyese un hombre terrible. Era un enamorado de lo extraordinario, de lo singular, un sugestionado por los libros de andanzas policíacas. Aquí no se conoce bien su tipo modelo. Él mismo se encargó de descubrírmelo. Hace dos meses recibí un libro desde Lisboa. Me lo enviaba un remitente misterioso, sin una carta, sin una tarjeta. Se titulaba La dame aux ouistitis. Memoires d'un souris d'hótel.

—Esto es de Fantomas—exclamé.

Efectivamente, el protagonista de Claudio Lefaure es un ladrón de hoteles que se llama Fabricio Levrot. Fantomas sueña con emular la vida azarosa y fantástica de este personaje. Es el galán de los ouistitis.

Como todo hombre vanidoso, Fantomas se cree irresistible con las damas. Pone los ojos velados y coquetones, adopta un gesto de elegante fatiga y hace algunas conquistas entre las camareras, las cocotas del Palace y alguna gentil desequilibrada que, también enamorada de lo extraordinario, de lo detonante, le entrega sus encantos y sus alhajas.

¿Realmente Fantomas es el rey de los ladrones? Oyéndole a él hay que creer que sí. Una bella noche de luna paseábamos por las calles, fragantes de primavera. Fantomas exhaló un sollozo romántico:

—¡Qué noche tan hermosa para robar!

Lo del maillot y el gorro con borla es una invención de la fantasía folletinesca de la policía.

—Yo no robo en traje de etiqueta y zapato de charol. Estoy de antemano una hora encerrado en mi habitación, completamente a obscuras, hasta que mis ojos ven perfectamente en la sombra. Mientras introduzco el ouistitis en la cerradura, estudio la respiración del durmiente. ¡Es una emoción tan exquisita!...

Otro día, en el camerino de una cupletista, pedía a gritos—con rotos gritos de epiléptico—una jofaina de agua perfumada, porque quería morir abriéndome una vena. Esta dulce muerte romana la acababa de aprender en ¿Quovadis?, película de gran metraje que se estaba proyectando en un teatro. Quería ser Petronio, quería ser Fabricio Levrot, el gran cambrioleur, y hubiera querido ser el último personaje singular de la última lectura. Este espíritu impresionable paga caro su diletanttismo morboso, haciendo lamentables estancias en las cárceles de Europa. Ama el lujo como una cortesana y roba por amor al lujo y por amor a lo raro y a lo escalofriante, y por ese capricho de lo singular se enterró en un féretro de cristal, en el Palace, vestido de faquir, como aquel Papús de la larga perilla.

Lo malo es que la vida no se desenlaza tan a gusto como en los folletines. La vida galante, de perfumes, de joyas, de elegantes y afrodisíacos venenos, de bacarrat, de música frívola y áureo tintinear de relucientes luises, tiene este amargo contraste del calabozo y del buriel del presidiario. El grillete disipa los sueños absurdos de morfina. Esta figura desquiciada y pintoresca confieso que me es simpática y que la vería con gusto otra vez en el rincón del café de artistas. Pero Fantomas es el hombre nube, el hombre pájaro, que no vuelve a posarse en el mismo sitio. No me extrañaría recibir una carta suya diciéndome que se ha hecho mago del Tíbet o que está dirigiendo una academia de baile flamenco entre los pieles rojas. Cualquier cosa que sea arbitraria y extravagante. Lleva en el alma un viento de locura y de aventuras este pintoresco enfermo de lo maravilloso.


Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas

HA venido a verme el señor Sindulfo del Arco, arqueólogo y cazador de jirafas. Como comprenderéis es un personaje inquietador. Yo le conocí este verano en una juerga en la Bombilla, porque Sindulfo es un arqueólogo flamenco.

Desea que yo llame la atención de las Academias acerca de la calavera de Atahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuya autenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo es que intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y esta adquisición me parece inestimable para la colección del Museo Arqueológico. Un hallazgo tan importante haría la felicidad de cualquier docta Corporación.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezca raro, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios, anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ángeles domésticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varón.

—Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soñado para formar un hogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romántico, digno de ser cantado por Walter Scott.

Y lo melancólico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tiene muchos hilos blancos en las barbas proféticas.

Este hombre extraño ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas más desconcertantes.

—Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona... Estaba perdido en un bosque del Chaco central. Otra vez, los indígenas me condenaron a muerte y me salvé a lomos de un jaguar. Así llegué a una tribu de indios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas en mi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamaba Atarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para que no tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no sé si Sindulfo dice la verdad o si es folletín ambulante. Tengo motivos para creer que la imaginación es su facultad predominante. Un día que dábamos un paseo por la Moncloa se nos acabó el tabaco. Era otoño. Sindulfo cogió un puñado de hojas secas de chopo, las estrujó y las metió en su pipa. Después dejó errar su mirada por las lejanías de El Pardo, añorando sin duda los bosques vírgenes del Arauco. De pronto se detuvo y exclamó:

—Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco. Tiene un aroma muy delicado.

—¡Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! ¿No recuerda que las hemos cogido cerca del caño gordo?

—Usted está soñando, amigo mío. Esto que fumamos es tabaco turco. Compré yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto que aquella noche el Bósforo parecía un espejo. La luna rielaba sobre su superficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el ánima se fué en pos de aquel recuerdo otomán que él acababa de crear... Yo respeté su ensimismamiento y pensé que con esta fantasía Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado. Realmente ha recorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que sucedía ante sus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventando paisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo que le rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durante diez años.

—Otra vez, en África, me encontré a un cazador que llevaba sobre su camello un magnífico león muerto.

—No diga usted más—le atajé, sonriendo—. Era el gran Tartarín de Tarascón.

—Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y figúrese que cierta noche...

En medio del desierto de Sahara...—interrumpí—. Naturalmente, amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigiré que las Academias le compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en la Bombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecerán dos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquios del baile. Yo le he visto marcarse un schotis, cosa que es compatible con la arqueología y con Atahualpa, mientras cantaba, con una voz cavernosa que parecía la del propio inca difunto, este estribillo flébil: