The Project Gutenberg eBook of La cuerda del ahorcado
Title: La cuerda del ahorcado
Author: Ponson du Terrail
Translator: F. Corona Bustamante
Release date: January 3, 2009 [eBook #27695]
Language: Spanish
Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net
PONSON DU TERRAIL
—————
LA CUERDA
DEL
AHORCADO
————
ÚLTIMAS AVENTURAS DE ROCAMBOLE
(Nuevo episodio)
————
TRADUCCION
DEL
F. CORONA BUSTAMANTE
—————
I
EL LOCO DE BEDLAM
—————
PARIS
LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS
calle des saints-pères, 6
—
1889
ROCAMBOLE
(NUEVO EPISODIO)
LA CUERDA DEL AHORCADO.
I
Los hundimientos del subterráneo continuaban con mayor violencia.
La bóveda de la galería se desprendía acá y allá en pedazos enormes, que se deshacían al caer y cerraban todas las salidas.
El suelo rugía y temblaba sin interrupción.
Hubiérase creído presenciar uno de esos espantosos terremotos de las tierras volcánicas del Nuevo Mundo, que destruyen ciudades enteras.
Vanda había caído de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.
Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le decía:
—¡Al menos moriremos juntos!
Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes repitiendo:
—¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!
En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su jefe.
Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente erguida; y parecía esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombre que no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, no cree deber llegar hasta haber cumplido su misión sobre la tierra.
En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y las piedras de la bóveda dejaron de caer.
—¡Adelante! dijo entonces Rocambole.
Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.
—¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.
—Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.
El subterráneo estaba obstruido por enormes pedazos de piedra, tierra y casquijo, desprendidos de la bóveda y de las paredes de la galería.
Sin embargo, Rocambole, ayudado por William y Milon, todos tres armados de piquetas, abrió paso entre aquellos escombros.
Sus demás compañeros, repuestos ya de su alarma, le seguían de cerca.
Así marcharon una centena de pasos.
Pero al cabo de ellos, Rocambole se detuvo de pronto.
Acababa de llamar su atención un objeto voluminoso que se hallaba a un lado de la galería.
Aquel objeto era un tonel.
Y este tonel estaba lleno de pólvora.
Era fácil convencerse examinando una mecha azufrada que salía de la espita aplicada al agujero del tonel, y que tendría medio pie de largo.
¿Qué hacía allí aquel barril?
¿Quién lo había puesto en aquel sitio?
¿Conocían por ventura los fenians aquel paso subterráneo?
Marmouset se había aproximado también, y así como su jefe, examinaba con asombro aquel barril, y parecía hacerse las mismas preguntas.
Vanda y los demás permanecían a cierta distancia.
Rocambole guardó silencio por algunos instantes y dijo al fin:
—Es imposible que los fenians hayan traído aquí este barril.
—¿Quién queréis que sea entonces, capitán? preguntó Marmouset.
Rocambole iba y venía alrededor del tonel y lo examinaba detenidamente.
En fin su frente pareció serenarse y la sonrisa volvió a sus labios.
—Amigos míos, dijo, en la época en que este barril ha sido trasportado aquí, ni nosotros ni nuestros padres habíamos nacido.
—¡Es posible! murmuró Marmouset.
—Esta pólvora tiene doscientos años, continuó Rocambole.
—¿Creéis?
—Ved el tonel, examinadlo. La madera está carcomida y se deshace al tocarla.
—Es verdad, dijo Marmouset.
—No toques a la mecha, añadió el jefe: está seca hasta un punto que se reduciría a polvo.
—Y esa pólvora, dijo Polito, que no había hecho grandes estudios en la materia, no debe ser peligrosa que digamos.
—¿Lo crees así?
Y al decir esto, Rocambole miró sonriéndose al pilluelo de París.
—¡Toma! exclamó Polito, una pólvora tan vieja debe estar aventada.
—Te engañas, hijo mío.
—¡Ah!
—Es diez veces más violenta que la pólvora nueva.
—¡Demonio! Entonces es necesario poner cuidado.
—¿En qué?
—En no acercar las luces.
—¿Por qué razón?
—¡Bah! ya lo sabéis!... ¡después de lo que nos acaba de suceder!.....
—Dejemos ahí esa pólvora y sigamos adelante, dijo Rocambole.
Y continuaron su camino.
—La galería bajaba, como sabemos, en rampa, y ya desde este punto, la pendiente se hacía cada vez más sensible.
Esto era una prueba de que se acercaban cada vez más al Támesis.
Pero de repente, Rocambole se detuvo de nuevo.
—¡Ah! exclamó, esto es lo que yo temía.
La galería subterránea estaba cerrada por un enorme peñasco que se había desprendido de la bóveda, y que formaba una puerta impracticable.
—¡Nos hallamos encerrados! murmuró Vanda acometida de un nuevo terror.
Rocambole no respondió y se quedó suspenso por algunos instantes.
Su última esperanza acababa de desvanecerse.
El camino estaba cerrado, y volver para atrás era igualmente imposible.
Y aun no siéndolo, hubiera sido además insensato, pues era exponerse a caer en manos de los agentes de policía, los cuales, pasado el primer momento de estupor, no dejarían de invadir aquellos subterráneos tan singularmente descubiertos, y cuya existencia había ignorado hasta entonces la generación actual.
—¡Vamos pues! dijo Rocambole después de algunos momentos de silencio, es necesario vencer o morir.
—Soy bastante fuerte, dijo Milon, pero no seré yo quien me encargue de empujar ese pequeño guijarro.
—Si se pudiera socavar..... observó Marmouset.
—¿Con qué? No tenemos las herramientas necesarias.
—Es verdad.
—Y además, es peña viva.....
—¡Ah! exclamó Vanda, ¡mi corazón me lo decía!..... estamos condenados a morir aquí.
—Es posible, dijo Rocambole.
Paulina se echó de nuevo en los brazos de Polito.
Pero este, al mismo tiempo que la estrechaba convulsivamente, le decía:
—No llores, amiga mía; el caso no es tan desesperado; ¿no ves la calma de ese hombre?....
En efecto, Rocambole estaba tan tranquilo en este momento, como si se encontrase aun en la sala del gobernador de Newgate.
—Marmouset, dijo en fin, y tú Milon, escuchadme.
—Decid, capitán.
—¿No oís un ruido sordo?
—Sí.
—Es el Támesis, que se halla a poca distancia de nosotros.
—En efecto, así parece, dijo Milon.
—Examinad ahora la bóveda de esta galería... ¿Veis? está abierta en la roca.
—Sí, en la peña viva, repuso Marmouset, y como el enorme trozo que se ha desprendido es de la misma materia, no hay medio de pasar adelante.
—Esperad, añadió Rocambole. Uno y otro habéis manejado comúnmente en vuestra vida las armas de fuego, ¿no es verdad?
—¡Pardiez! exclamó Marmouset.
—Pues bien, seguid con atención mi razonamiento. Supongamos dos cosas: la primera, que esta parte de la galería está muy cerca del Támesis.
—Eso es seguro, dijo Milon.
—Supongamos además que siendo como es de granito y siguiendo en línea recta, es como el cañon de un fusil.
—Bien, repuso Marmouset.
—Y que ese enorme peñon que tenemos delante y que nos cierra el camino, es un proyectil.
—¡Bah! empiezo a no comprender! dijo Milon.
—Dado pues el cañon y el proyectil, prosiguió Rocambole, no perdamos de vista que poseemos pólvora.
—¡Ah! ¿Queréis hacer saltar el peñon?
—No, pero quiero lanzarlo hacia adelante.
—¡Ah!
—Y empujarlo hasta el fin de la galería, de donde caerá al Támesis.
—Eso me parece difícil, repuso Marmouset.
—¿Por qué?
—Porque la pólvora, no encontrando cerrado el tubo por esta parte, no tendrá punto de apoyo, y todo lo que conseguiremos con una nueva explosión será ocasionar otro hundimiento que nos entierre vivos esta vez.
—Marmouset tiene razón, dijo Vanda.
—No tiene razón, dijo fríamente Rocambole, pues no hay inconveniente cuando se sabe obviarlo.
Todos le miraron con ansiedad.
Pero él, siempre tranquilo e impasible, continuó fríamente dirigiéndose a Marmouset:
—Encuentras que falta la fuerza de resistencia, ¿no es verdad?
—Sí, la fuerza de resistencia que la pólvora encuentra en la recámara de un cañon, y que la obliga a producir su expansión hacia adelante.
—Pues bien, nada hay más sencillo que obtener eso.
—¡Ah!
—Milon, tú y yo vamos a empujar el barril hasta aquí, y a aplicarlo contra el peñon, con la mecha hacia atrás, bien entendido.
—¿Y después? preguntó Marmouset.
—Después amontonaremos contra el barril todas las piedras y peñascos más pequeños que tenemos a mano, todos los materiales que se han desprendido de la galería.
—Y levantaremos así una especie de muralla detrás del barril, ¿no es verdad, capitán? dijo Milon.
—Efectivamente, y construiremos esa muralla seis veces más espesa que el peñasco que queremos desalojar.
—¿Y cuántas horas creéis que nos tomará semejante trabajo?
—Seis horas al menos.
—¡Oh! exclamó Vanda, es inútil. Antes de seis horas..... ¿qué digo? antes de una hora tal vez, estaremos perdidos sin remedio.
—¿Y por qué razón?
—Porque la policía y la tropa van a invadir los subterráneos.
Rocambole hizo un movimiento de impaciencia.
—Estáis en un error, dijo. En primer lugar, detrás de nosotros todo es ruinas, y ese impedimento que nos corta toda retirada, nos protege al mismo tiempo contra la policía. En segundo lugar, es más que probable que nos crean muertos.
—¡Ah, es un grano de anís, seis horas! dijo Milon desalentado.
Rocambole se echó a reír.
—¿Te parece demasiado tiempo? dijo.
—¡Toma!.....
—Pues bien, supón que el muro de que se trata está ya construido.
—Bien.
—Y que no queda más que hacer que poner fuego al barril.
—¿Y qué?
—Tendríamos que esperar forzosamente siete u ocho horas.
Y como todos le miraban sin que nadie pareciese comprenderlo:
—El ruido sordo y continuo que oímos, añadió, nos prueba que estamos cerca del Támesis.
—Sí, dijo Milon.
—Y es la hora de la marea: de consiguiente nos es necesario esperar a que haya bajado el río.
—¿Por qué?
—Porque el trozo de roca que tenemos a la vista, en vez de ser impulsado hacia adelante, encontrará una fuerza de resistencia invencible en la columna de aire que aprisiona el río, y que existirá hasta que haya descendido más abajo del orificio del subterráneo.
—Todo eso es exacto, dijo Marmouset, pero me queda aún una objeción.
—Veamos.
—¿Cómo pegaremos fuego al barril, luego que se halle encerrado entre el peñon y el terraplén que vamos a construir?
—Por medio de la mecha, que haremos pasar entre las piedras.
—Pero esa mecha es demasiado corta.
—La alargaremos con un trozo de cualquiera de nuestras camisas cortada en tiras.
—Ya me había ocurrido también esa idea; pero la mecha no podrá nunca ser tan larga como lo exige la seguridad del que la pegue fuego.
—Eso no te importa, dijo Rocambole.
—¿Eh? exclamó Marmouset.
—Una persona basta para poner fuego, y esa persona seré yo.
—¿Quién?... ¡vos! exclamaron a la vez Milon, Vanda y Marmouset.
—Yo, repitió tranquilamente Rocambole, sonriéndose de una manera desdeñosa. He sido y soy aún, según vosotros, vuestro jefe. En su consecuencia, cuando yo ordeno debéis obedecer. ¡Manos a la obra!
II
Esta órden no tenía réplica para aquellos hombres acostumbrados toda su vida a seguir las inspiraciones de un jefe que había logrado fanatizarlos.
En cuanto a William y Polito se hallaban dominados por aquella situación extraña.
Además, la hora del peligro estaba lejos aún.
Así Marmouset se contentó con inclinarse hacia Milon, diciéndole al oído:
—Trabajemos en levantar el terraplén, y luego veremos.
—Eso es, repuso Milon.
Y se pusieron a la obra.
Ya sabemos que además de Marmouset, de Milon y de Vanda, de Polito y de Paulina, había además otras tres personas en el subterráneo.
Una de ellas era el marinero William, a quien había vencido en otro tiempo el Hombre gris.
Después, la Muerte de los Bravos, y en fin Juan el Carnicero, que un tiempo llamaron en el presidio Juan el Verdugo.
Estos no hubieran osado discutir, ni por un instante, una órden del jefe.
Rocambole hizo una seña, y los tres volvieron atrás en busca del barril de pólvora.
Milon los siguió inmediatamente.
El barril era muy pesado, pero empujado metódicamente por aquellos cuatro hombres, fue al fin arrancado del sitio que ocupaba hacía doscientos años.
Arrimáronlo pues a la peña, y lo volcaron al pie, dejando la mecha hacia atrás.
—Ahora, a construir el muro, dijo Rocambole.
Y consultó su reloj.
Todos llevaban antorchas encendidas.
Rocambole ordenó apagarlas, como ya lo habían hecho los tres que le habían ayudado a trasportar el barril.
—Una sola basta, añadió apoderándose de la que tenía Marmouset y entregándola a Paulina, que debía alternar con Vanda para alumbrar a los trabajadores.
—El capitán es precavido, murmuró Milon.
—Hace bien, respondió Marmouset en voz baja. Estamos obligados a permanecer aquí siete u ocho horas al menos, y si gastamos todas las antorchas a la vez, corremos el riesgo de quedarnos en tinieblas.
En seguida, dando Rocambole el ejemplo, todos pusieron manos a la obra.
Los peñascos y escombros esparcidos acá y allá, fueron trasportados por los compañeros de Rocambole, y a medida que llegaban, este y Milon, haciendo el oficio de albañiles, los iban colocando, igualándolos con sus piquetas en caso de necesidad, y afirmándolos con tierra y casquijo.
El muro subía poco a poco.
Cuando llegó a dos pies del suelo, tomaron la mecha con precaución y la alargaron añadiendo la camisa de algodón de Juan el Carnicero, cortada en tiras muy delgadas.
Después la hicieron pasar por encima del muro, dejándola colgar hacia fuera.
Rocambole dispuso alrededor de ella varias piedras pequeñas, formando así en todo el espesor del muro un estrecho agujero semejante al oído de un cañon.
Hecho esto, y protegida así perfectamente la mecha, continuaron con grande actividad el muro.
Cada uno traía a toda prisa su piedra, y la muralla iba subiendo, subiendo... más rápidamente de lo que habían creído.
Cuatro horas después, tocaba ya a lo alto de la bóveda.
De este modo, quedó encerrado el barril de pólvora entre el peñon que obstruía el subterráneo y el muro o terraplén que acababan de construir, y que tendría diez o doce pies de espesor.
Según los cálculos de Rocambole, debía tener una fuerza de resistencia triple de la del peñasco.
Concluido todo, Rocambole consultó su reloj.
—¿Ha llegado el momento? preguntó Milon.
—No, todavía no, repuso Rocambole.
—Sin embargo hay un buen trozo de tiempo que trabajamos.
—Cuatro horas solamente.
—¡Ah!
—Y la marea no ha bajado todavía.
Milon suspiró y guardó silencio por algunos instantes.
—¿Cuánto tiempo nos queda? dijo en fin.
—Tres horas.
—¡Ah! en ese caso los policemen tienen tiempo de venir.....
—Es de esperar que no vengan, dijo Rocambole con calma.
Y se sentó en una de las piedras que habían quedado sin empleo en medio de la galería.
Todos sus compañeros lo rodearon en seguida.
—Prestadme ahora atención, dijo, y preparaos a obedecerme sin discutir mis órdenes.
A estas palabras se siguió un profundo silencio. Hubiérase podido oír volar una mosca en el subterráneo.
Rocambole prosiguió:
—Creo firmemente que lograremos salir de aquí. Sin embargo, puedo engañarme en mis cálculos.
—No me lo parece, dijo Marmouset.
—Ni a mí tampoco, pero en fin es necesario suponerlo todo.
—Bueno, murmuró Milon.
—Si no podemos lanzar el peñasco hacia el río, dirigiendo así la fuerza de proyección al aire libre, estamos expuestos a un nuevo hundimiento.
—Y entonces, dijo Vanda, pereceremos todos bajo los escombros.
—Tal vez sí y tal vez no, repuso Rocambole.
Y sonriéndose tristemente, añadió:
—Cuando llegue la hora de poner fuego a la mecha, os iréis todos al otro extremo del subterráneo, y no os detendréis hasta llegar a la sala circular donde nos esperaba esta joven.
Y designó a Paulina con el gesto.
—Pero, ¿y vos, capitán?
—No se trata de mí ahora. Os hablo y debéis escucharme.
Estas palabras fueron pronunciadas con tono duro e imperioso, y todos bajaron la cabeza.
—La explosión tendrá lugar, continuó. Entonces, una de dos cosas: o el peñasco será violentamente lanzado hacia adelante, como una bala de cañon.......
—O seremos todos aplastados, añadió Marmouset.
—Vosotros no; yo solo.
—Eso es precisamente lo que no queremos, dijo Vanda.
—Pero eso es absolutamente lo que yo quiero.
—Hay sin embargo una cosa muy sencilla, murmuró Milon.
—¿Cuál?
—Echar a la suerte el que debe pegar fuego.
—Tienes razón en apariencia, dijo Rocambole.
—Ya veis...
—Pero no la tienes en realidad.
—¿Por qué? preguntó Milon.
—Porque si se arruina esta parte de la galería, todo camino quedará cerrado para los que se hallen en la sala circular.
—Bien, pero.....
—La fuga será imposible, todos caerán en manos de la policía, y si yo me hallo entre ellos seré ahorcado. Ahora bien, morir por morir, prefiero morir aquí.
Este razonamiento era tan lógico, que nadie replicó una palabra.
—Vosotros, por el contrario, prosiguió Rocambole, no sois culpables, ni estáis incriminados; y aun admitiendo que en el primer momento os pongan presos, no os costará trabajo alcanzar la libertad.
—¿Quién sabe? dijo Milon.
—Conozco la ley inglesa, repuso Rocambole, y estoy seguro de lo que digo.
—¿Y qué nos importan la vida y la libertad si vos morís? exclamó Vanda.
—Continuaréis mi obra, dijo fríamente Rocambole.
Milon se engañó sobre el sentido de estas palabras.
—¡Ah! no!... lo que es eso, no! dijo con cólera, basta con lo hecho por los fenians... por esos miserables que son causa.....
—¡Silencio! Milon; basta de necedades! dijo Rocambole con acento imperioso.
Y volviéndose a Vanda, añadió:
—Tú, escúchame.
—Decid.
—Si la hipótesis de que hablo llega a realizarse; si quedo enterrado en estas ruinas, y si vosotros lográis salir de aquí, presos o no; tan luego como seas dueña de tus acciones, te pondrás inmediatamente en busca de miss Ellen.
—Se halla en el vapor que nos espera a la salida del subterráneo.
—Ya lo sé. Pero como no puede esperarnos indefinidamente, la buscarás donde quiera que se halle.
—Bien, ¿y qué haré!
—Iréis juntas a Rotherhithe, al otro lado del Támesis, cerca del túnel.
—Bueno, repuso de nuevo Vanda.
—Allí buscaréis Adam street, una callejuela estrecha y sombría que os haréis indicar, y entraréis en la casa señalada con el número 17.
—Muy bien.
—En el tercer piso de esa casa vive una pobre vieja que llaman Betzy-Justice. Procurarás hablarla, y le presentarás esto.
Y Rocambole sacó al mismo tiempo una pequeña medalla de plata que llevaba suspendida al cuello con un cordón de seda.
—¿Y después? preguntó Vanda.
—Entonces Betzy-Justice te dará unos papeles.
—¡Ah! ¿y deberé leerlos?
—Sí, y por ellos sabréis, tú y mis demás compañeros, lo que os queda que hacer.
—Está bien, dijo Vanda.
Rocambole consultó de nuevo la hora.
—¿Qué día del mes es hoy? preguntó.
—El 14, respondió Marmouset.
El jefe pareció reflexionar por algunos instantes.
—Me había engañado, dijo en fin; la marea avanza hoy una hora.
—¡Ah!
—Y en este momento debe ya estar libre el orificio de la galería.
—Entonces..... ¿ha llegado el momento? preguntó Vanda temblando.
—Dentro de diez minutos.
Milon se arrojó entonces a los pies de Rocambole.
—Capitán, dijo, en nombre de Dios concededme una gracia.
—Habla.
—Permitidme permanecer a vuestro lado.
—Sea, dijo Rocambole.
Milon lanzó un grito de alegría.
Entonces el jefe se acercó a Vanda y la estrechó afectuosamente entre sus brazos, y luego abrazó sucesivamente a cada uno de sus compañeros.
—¡Ahora, alejaos! dijo.
Y todos obedecieron.
Vanda se alejó también, pero volviéndose a cada paso.
—¡Más de prisa! gritó Rocambole.
Después, cuando todos desaparecieron a lo lejos, se volvió a Milon y le dijo:
—¿Estás pronto?
—Ahora y siempre, respondió el coloso.
—¿No tienes repugnancia en ir de este modo a la eternidad?
—Con vos, ninguna.
—Está bien. En ese caso..... ¡en camino!
Y diciendo esto, Rocambole aproximó la antorcha a la mecha y la pegó fuego.
En seguida se cruzó de brazos y esperó.
Milon permaneció tan impasible como él.
Y la mecha en tanto ardía lentamente, y el fuego llegaba ya al muro que la separaba del barril...
III
Vanda se había vuelto muchas veces, y se iba quedando atrás, mientras que los compañeros de Rocambole se alejaban del barril de pólvora y se refugiaban en la sala circular.
—¡Más de prisa! había gritado el jefe, ¡más de prisa!
Y Marmouset, que iba al frente de todos, había precipitado el paso.
Así llegaron a la sala circular.
Marmouset dijo entonces a Vanda:
—Estamos a cuatrocientos metros de distancia del barril; pero como esa galería subterránea va en línea recta, podemos ver desde aquí la explosión.
Dicho esto, fue a fijar la antorcha entre dos piedras, dejándola a su espalda, y entonces pudieron ver a Rocambole y Milon a lo lejos, gracias a la claridad de la antorcha que habían conservado.
Ambos se hallaban de pie e inmóviles, esperando la explosión.
Vanda temblaba como una azogada.
Pero no por ella, pues más de una vez había probado ya su heroísmo y su desprecio de la vida; sino por Rocambole, a quien amaba siempre, a pesar de haber renunciado hacía tiempo a su amor.
En esto trascurrían los minutos.
Minutos que parecían siglos en situación tan angustiosa.
—¡Oh! es demasiado largo! decían los otros.
—No, respondió Marmouset, la mecha es larga y arde lentamente; es necesario esperar que se consuma.
Y añadió volviéndose de repente:
—Echaos todos en tierra.
—¡Por qué? preguntó la Muerte de los Bravos.
—Porque la explosión va a haceros perder pie violentamente, y si esperáis ese momento, arriesgáis romperos un brazo o una pierna.
Todos obedecieron, excepto Vanda.
—Yo quiero ver lo que sucede, dijo.
Y continuaba siempre con los ojos fijos en Milon y Rocambole, que le aparecían en lontananza, en medio del círculo de luz que formaba la antorcha, como dos seres idos como a una pequeñez fantástica.
—¡Pues bien!... yo quiero ver igualmente, dijo Marmouset.
Y como Vanda, permaneció de pie.
Pero en aquel momento la mecha inflamada se puso en contacto con el barril.
Jamás explosión tan formidable había llegado a oídos humanos.
La conmoción fue tal que Vanda y Marmouset cayeron la faz contra tierra, violentamente empujados por una fuerza irresistible.
Mas tal era su fuerza de voluntad, que a pesar de tan terrible caída, permanecieron con los ojos abiertos.
¡Oh! milagro!
En lugar de la antorcha que alumbraba a Rocambole y a su compañero y que se había apagado bruscamente, apareció al otro extremo del subterráneo una luz argentada, redonda como la luna.
El barril de pólvora, al saltar como una mina, había al mismo tiempo echado la muralla para atrás y lanzado el peñasco hacia adelante.
Rocambole no se había engañado en sus cálculos: la galería había hecho el oficio de un cañon.
Aquella luz que brillaba a lo lejos era la del día, el día a orillas del Támesis.
Casi al mismo instante, dos sombras se agitaron en el suelo.
Eran Milon y Rocambole que, echados también violentamente a tierra, se levantaban vivamente.
La voz del capitán llegó a los oídos de Marmouset y de Vanda.
—¡Adelante! gritaba, adelante!
Y le vieron, así como a Milon, que se lanzaban a la carrera hacia el punto luminoso, es decir, hacia el orificio de la galería.
Los demás compañeros de Marmouset y de Vanda se habían levantado igualmente.
—¡Adelante! repitió Marmouset.
Y todos corrieron para ir a reunirse con Rocambole y Milon.
Pero en el mismo instante un ruido terrible, como si se desplomase todo el subterráneo, se dejó oír delante de ellos; una formidable columna de viento pasó sobre sus cabezas como una tromba..... y la luz blanca desapareció de golpe.
El suelo seguía temblando, como hacía algunas horas, y Marmouset que iba delante de todos, se detuvo bañada en sudor la frente.
Era la bóveda de la galería que se desplomaba de nuevo, amontonando enormes trozos de piedra que cerraban por segunda vez el subterráneo.
Un terror indescriptible se apoderó esta vez de los compañeros de Rocambole.
Las antorchas se habían apagado, y las más profundas tinieblas envolvían a Marmouset, a Vanda y los que los seguían.
La trepidación del suelo continuaba, y por momentos se oían crujidos sordos a corta distancia.
—¡Estamos perdidos! exclamó Vanda.
—¿Quién sabe? repuso Marmouset.
Su antorcha se había apagado, pero la conservaba en la mano.
—Ante todo es necesario ver, dijo.
Y sacando su caja de fósforos, encendió de nuevo la antorcha.
Los crujidos de la bóveda habían cesado, el suelo no temblaba bajo sus pies, y todo había vuelto a entrar en silencio.
—¡Adelante! repitió Marmouset.
—¡Adelante! gritó Vanda.
Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se había desmayado de miedo.
Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de la reducida tropa.
Así llegaron al sitio donde había estallado el barril, y pasaron sobre los escombros de la muralla.
Desde allí se veían las paredes de la galería destrozadas acá y allá por el paso del peñasco que había caído al Támesis.
—Sigamos adelante, dijo Marmouset.
Y continuaron avanzando.
En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielo había desaparecido de repente.
Un enorme peñon, todavía mayor que el primero, se había desprendido de la bóveda, y cerraba la galería formando un muro impracticable.
Marmouset y Vanda se quedaron mirándose, pálidos, mudos, temblando de emoción.
La misma pregunta venía a sus labios, y ni uno ni otro se atrevían a hacerla.
¿Qué había sido de Rocambole?
¿Había perecido acaso en aquel hundimiento?
¿O bien el peñon había caído detrás de él, separándolo de sus compañeros, pero dejándole tiempo suficiente para llegar al Támesis?
En fin, Vanda pareció salir de su abstracción y pronunció una palabra, una sola palabra.
—¡Esperemos! dijo.
—Esperemos, repitió Marmouset.
Y ambos miraron a sus compañeros que parecían anonadados, poseídos de un desaliento mortal.
—Amigos míos, les dijo Marmouset, no hay que pensar siquiera en seguir adelante: ya lo veis, el camino está cerrado.
—Pues bien, dijo Juan el Verdugo, volvamos para atrás, y si vienen las gentes de policía..... ya veremos.
Vanda no hizo la menor observación: esta última catástrofe la había anonadado, y su imaginación no sabía fijarse sino en la horrible duda que la oprimía.
—¿Rocambole estaba vivo o muerto?
Esta era su sola preocupación, su única idea. Lo demás le era indiferente.
La Muerte de los Bravos dijo a su vez:
—No me queda duda, el capitán y Milon han podido salvarse.
Marmouset no respondió a esta aserción.
Volvieron pues para atrás, y se detuvieron de nuevo en la sala circular. Marmouset dio el ejemplo, y colocándose en medio de sus compañeros, dijo:
—Ahora, amigos míos, acordemos entre todos el partido que debernos tomar.
Y señalando con la mano la galería central, por donde algunas horas antes habían venido de Newgate, añadió:
—Ya sabemos adónde ese camino conduce.
—¡Mil gracias! dijo el marinero William, ¿queréis acaso que vayamos a entregarnos a los policemen?
—No arriesgaríamos en ello gran cosa.
—Arriesgaríamos en primer lugar el ser estrechamente encerrados.
—Yo me haría poner en libertad bien pronto.
—Vos, tal vez, pero yo..... que soy Inglés.
Polito había colocado a Paulina en tierra, sosteniéndola entre sus brazos; y la pobre joven empezaba a volver en sí, y preguntaba qué era lo que había pasado.
Polito la tranquilizó como pudo, y viéndola ya en estado de sostenerse, tomó una antorcha y la encendió en la que llevaba Marmouset, y dijo adelantándose:
—Voy a explorar un poco ese camino.
Y entró por la galería.
Pero no había andado cincuenta pasos, cuando volvió para atrás y vino a reunirse con sus compañeros.
—No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas inútiles, dijo.
—¿Eh? exclamó Marmouset.
—No hay nada que temer de la policía.
—¿Qué quieres decir?
—Que una parte de esa galería se ha arruinado y se halla perfectamente cerrada.
—¡Ah!
—Lo que hace que estamos enterrados aquí.
—Enterrados, dijo la Muerte de los Bravos, y condenados a morir de hambre.
Marmouset se encogió de hombros.
—¡Bah! dijo con desdén, debemos fiar en nuestra estrella que nos ha favorecido hasta ahora.
Todos se quedaron mirándolo.
—Ahí tenéis otra galería que no hemos explorado aún, añadió.
—¡Es verdad! dijo Vanda.
—¿Quién sabe adónde conduce?
—Veamos de todos modos.....
Y Marmouset sacudió su antorcha y penetró por la tercera galería.
Esta, como sabemos, en vez de seguir un plano inclinado, subía al contrario poco a poco.
Marmouset se volvió hacia sus compañeros.
—Esta galería, dijo, que yo creía antes cegada, se divide en dos ramales, y sube de manera, que tal vez llegaremos pronto al nivel del suelo.....
—Sigamos adelante, dijo la Muerte de los Bravos.
Pero de repente, Marmouset se detuvo y apagó vivamente su antorcha.
—¡Silencio! murmuró en voz baja.
Polito se detuvo también a su vez diciendo:
—¡Que nadie se mueva!
En medio del profundo silencio que reinaba en aquellas catacumbas, un ruido extraño había llegado de pronto a oídos de Marmouset.
Pero no un ruido sordo y lejano como el que produjeran los primeros hundimientos, ni el fragor del viento y del suelo agitados.....
Aquel rumor, al principio indefinible, era el murmullo de voces humanas.
¿Eran acaso los policemen?
¿O bien algunos fenians que venían en busca del que habían prometido libertar?
Y a tiempo que Marmouset se hacía esta pregunta y recomendaba el silencio a sus compañeros, las voces se hicieron más distintas y una luz apareció en el fondo de aquel subterráneo.
Luego pudieron distinguir a un hombre que llevaba una linterna en la mano.
Y Marmouset, después de un momento de duda, llegando al fin a reconocer a aquel hombre, exclamó:
—¡Es Shoking!—¡Nos hemos salvado!
IV
Marmouset no se había engañado.
El hombre que tan providencialmente llegaba, era Shoking en efecto.
Shoking que venía con una linterna en la mano, alumbrando a otra persona que marchaba a su lado, y que Marmouset reconoció igualmente.
Era uno de los jefes fenians que habían prometido salvar al Hombre gris.
Marmouset al ver esto, se volvió hacia los que le seguían, y que también se habían parado a su ejemplo, y les dijo:
—Podemos avanzar. Son amigos.
Shoking se adelantaba en tanto, y acabó por percibirlos a su vez.
Y reconociendo a Marmouset, lanzó un grito de alegría y vino a echarse en sus brazos.
—¡Ah! exclamó, hace largo tiempo que os andamos buscando.
—Así es, dijo el fenian.
—Y grande era nuestro temor de que hubieseis perecido o de que os hallaseis enterrados vivos, prosiguió Shoking.
Al mismo tiempo buscaba con la vista a Rocambole y, no hallándolo, exclamó:
—Pero, ¿dónde está el Hombre gris?
Marmouset movió tristemente la cabeza.
Shoking dejó escapar un grito ahogado.
—¿Muerto? murmuró.
—Esperamos que así no sea, repuso Marmouset.
—¡Cómo!... ¿Qué queréis decir? preguntó Shoking fijándose en Marmouset en el colmo de la ansiedad.
Este le contó en dos palabras todo le que había pasado.
Entonces volvió a aparecer la sonrisa en los labios de Shoking.
—Estoy tranquilo, dijo.
Y como Vanda, Marmouset y los demás le miraban con curiosa extrañeza, el buen Shoking añadió:
—Yo he vivido largo tiempo en compañía del jefe, y puedo asegurar que, si no lo habéis visto muerto, es que se ha escapado de la catástrofe. Yo lo conozco.
La confianza de Shoking se comunicó a todos los demás, excepto a Vanda que no participó de ella.
Los más siniestros presentimientos seguían agitando su espíritu.
—En fin, dijo Marmouset, ¿cómo habéis llegado hasta aquí?
—Veníamos en busca vuestra, respondió el jefe fenian.
—¡Ah!
—Os habéis anticipado a nosotros, y contrariado de consiguiente mis planes. Si ha sucedido una desgracia, a nadie debéis culpar sino a vosotros mismos, dijo aquel hombre con una calma enteramente británica.
Marmouset se sintió herido y se irguió con altivez.
—¿Lo creéis así? dijo.
—Sin duda, repuso el jefe fenian con la misma flema. Si no hubierais dudado de mi palabra..... no os hubierais puesto en acción.....
—¡Veamos! dijo Shoking interviniendo, no es esta la ocasión ni el momento de empeñar una discusión: lo que importa es salir de aquí cuanto antes, pues puede desplomarse todavía alguna parte del subterráneo.
—Pero, ¿por dónde habéis venido? preguntó Marmouset.
—Por la tercera salida.
Esto parecía indicar claramente que Shoking conocía las otras dos.
Y como Marmouset al oírlo hiciese un gesto de sorpresa, el buen Shoking añadió:
—Los fenians conocían mejor que vos la existencia del subterráneo.
—¿De veras?
—Y contaban volar una parte de Newgate, si no os hubierais dado tanta prisa.
—Pero en fin, preguntó Marmouset, ¿cuál era su plan?
—Voy a decíroslo, respondió el jefe fenian. Por nuestras órdenes, se habían colocado seis barriles de pólvora.
—Bien.
—Tres en los subterráneos, y los otros tres contra los muros mismos de la prisión.
—¿Y después?
—Como habéis visto, pusieron fuego a los de los subterráneos, que estaban destinados a derribar una parte de las casas de Old-Bailey.
—¿Con qué objeto?
—Con el de producir tal confusión y desorden que, haciendo volar de seguida los muros exteriores de Newgate, nos hubiera sido fácil sacar de allí al Hombre gris.—Uno solo de los barriles ha saltado.
—¿Y los que estaban junto al muro de la cárcel?
—Cuando hemos sabido que estabais con el Hombre gris en los subterráneos, nos hemos apresurado a arrancarles la mecha.
—Pero entonces, ¿Old-Bailey se ha desplomado?
—No.
—¿Cómo pues?
—Solamente una casa de Sermon Lane se ha venido abajo; pero el fracaso ha sido tal, que nadie ha podido comprender bien la causa de ese hundimiento espantoso.
—Entonces..... ¿la cárcel de Newgate ha quedado en pie?
—Sí, y han libertado al gobernador, que ha referido vuestra evasión. En su consecuencia han bajado a los subterráneos, pero han tenido que volverse atrás.
—¿Por qué?
—En primer lugar porque los hundimientos continuaban, y luego, porque el camino que habíais seguido se hallaba cerrado.
—¡Ah! es verdad! dijo Marmouset recordando que Polito no había podido penetrar en aquella galería.
Y después añadió:
—Pero en fin, ¿vos habéis tomado otro camino?
—Sin duda.
—Entonces... ¿podemos salir de aquí?
—Cuando queráis, dijo Shoking. Seguídme.
Y echó a andar por el camino que había traído.
Marmouset y los demás le siguieron de cerca, y al cabo de un cuarto de hora de marcha, se encontraron en fin al pie de una escalera.
—¡Ah! dijo Marmouset, ¿adónde se sube por aquí?
—A la bodega de un public-house.
—Cuyo dueño es uno de los nuestros, añadió el jefe fenian.
—¿Y dónde se halla situado ese public-house?
—En Farringdon street.
—En ese caso nos hallamos ahora al este de Newgate.
—Así es.
Shoking tomó por la escalera seguido de todos los demás.
Vanda cerraba la marcha.
Hubiérase dicho que la pobre joven dejaba su alma en aquellos subterráneos: de tiempo en tiempo, sin dejar de seguir a los otros, volvía hacia atrás la cabeza y murmuraba:
—Tal vez a esta hora se halla destrozado y sangriento..... y respirando aún, enterrado bajo las piedras.......
La escalera tendría unos treinta peldaños.
Al llegar al último, la cabeza tocaba a una trampa que estaba echada en aquel momento.
Shoking la levantó, y Marmouset que lo seguía se halló en la sala baja del public-house, donde todos se encontraron al fin reunidos.
Los postigos de la tienda estaban cerrados.
Además era ya bien entrada la noche, y el publican había despedido a sus parroquianos y se hallaba solo.
Él buscó también con la vista al Hombre gris, y pareció admirarse de no verlo entre las numerosas personas que llegaban.
Marmouset dijo entonces a Shoking:
—Nos hallamos en Farringdon street, ¿no es esto?
—Sí.
—¿Más arriba o por bajo de Fleet street?
—Más abajo.
—Por consiguiente, muy cerca del Támesis, ¿no es así?
—Ciertamente.
—Pues bien, es necesario ponernos de seguida en busca del capitán.
—Eso es tanto más fácil, repuso Shoking, cuanto que tengo una lancha cerca de Temple Bar.
—Entonces partamos, dijo Marmouset.
—Yo voy a acompañaros, dijo Vanda.
—Y yo también.....
—Y yo también... exclamaron a un tiempo los demás.
—No, dijo Marmouset con tono de autoridad. Vosotros permaneceréis aquí y esperaréis a que yo vuelva.
En ausencia del capitán, Marmouset era ciegamente obedecido. Así, todos bajaron la cabeza, y ninguno presentó la menor objeción.
En cuanto a Polito, no disimuló su satisfacción de quedar allí tranquilo por algún tiempo, pues la pobre Paulina se hallaba destrozada de fatiga y mal repuesta aún de tan terribles emociones.
Marmouset, Shoking y Vanda salieron pues del public-house, y se dirigieron por la ancha vía que toma al principio el nombre de calle y después el de camino de Farringdon.
La noche era oscura y brumosa.
Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar la niebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombrías calles de Londres.
Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compañeros habían visto un momento después de la explosión, por el orificio del subterráneo.
Vanda y sus dos compañeros descendieron pues a orillas del Támesis, y continuaron por el malecón hasta llegar al sitio donde Shoking tenía amarrado su barco.
Todos entraron en él y Shoking tomó los remos.
—Puesto que los fenians conocían los subterráneos, dijo entonces Marmouset, vos debéis saber sin duda dónde se halla la entrada de la galería que da al Támesis.
—Vamos directamente hacia ella.
—¿Está lejos? preguntó Vanda temblando.
—Llegaremos dentro de diez minutos.
Y Shoking se puso a remar vigorosamente.
En fin la barca, que había tomado un momento el largo, se acercó poco a poco a la orilla, y Shoking, levantando los remos, la hizo derivar.
La lancha fue a dar contra unas matas espesas que cubrían por aquella parte todo el ribazo.
—Aquí es, dijo Shoking.
Marmouset que tenía la vista penetrante, examinó las malezas y dijo volviéndose a Vanda:
—Estoy convencido de que nadie ha pasado recientemente por aquí.
—¡Oh! Dios mío!
—El capitán y Milon no han salido del subterráneo.
—¡Ah! dijo Vanda con acento desgarrador, ¡sin duda han perecido!
Marmouset no respondió una palabra.
Apartó con un remo la maleza, y poniendo a descubierto una ancha abertura, saltó vivamente de la barca.
—¿Has traído la linterna? preguntó a Shoking.
—Sí, respondió este, pero no la encenderemos hasta estar ahí dentro.
Y en seguida penetraron los tres en el subterráneo.
Entonces Shoking se puso a encender su linterna; pero apenas una dudosa claridad empezó a alumbrar aquella tenebrosa entrada, cuando Vanda y Marmouset lanzaron a un tiempo un grito de espanto.....