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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 12: CAPÍTULO XI
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XI

Al llegar Armando a este punto, suspendió un momento su narración.

—Tened la bondad de cerrar la ventana—me dijo.—Empiezo a sentir frío, porque a estas horas acostumbro meterme en cama.

Cerré la ventana; Armando, que aún estaba muy débil, se quitó la bata y se acostó, dejando reposar por algunos instantes su cabeza sobre la almohada, como un hombre cansado de una larga jornada o excitado por penosos recuerdos.

—Quizá habéis hablado en demasía—le dije;—¿queréis que me vaya y os deje dormir? Otro día me contaréis el fin de esa historia.

—¡Es verdad! ¿Os fastidia tal vez?

—Al contrario.

—Entonces proseguiré. Si me dejaseis solo, no podría dormir.

—Al llegar a mi casa—continuó, sin necesidad de coordinar ideas, tan presentes estaban en su memoria todos los detalles,—no me acosté y me puse a reflexionar sobre la aventura del día. El encuentro, la presentación, el compromiso de Margarita conmigo, todo había sido tan rápido, tan inesperado, que en ciertos momentos creí haberlo soñado. Sin embargo, no era la primera vez que una mujer como Margarita se comprometía con un hombre para el día siguiente al en que él la solicitaba.

El mío era uno de estos casos.

Aunque yo me esforzaba en afirmar esta reflexión, había sido tan fuerte la primera impresión que en mí produjo aquella que iba a ser mi querida, que no bastaban mis esfuerzos a desvanecerla. Yo me obstinaba en no ver en ella una de tantas, y con la vanidad proverbial de todos nosotros, estaba dispuesto a creer que Margarita sentía por mí igual simpatía que la que yo experimentaba por ella.

Sin embargo, yo tenía presentes ejemplos bien contradictorios, y frecuentemente había oído decir que el amor de Margarita era una especie de mercancía más o menos cara, según la estación. Pero yo me decía en mi abono: «¿cómo conciliar semejante reputación con las continuas negativas hechas al joven conde que habíamos visto en su casa?». Acaso me digáis que éste la disgustaba, y que como ella era mantenida espléndidamente por el duque, quería tomar otro y escogerlo a su gusto. Entonces, ¿por qué no admitía a Gastón, buen mozo, alegre, ingenioso y rico, prefiriéndome al parecer a mí, que me encontró tan ridículo la primera vez que me vió? Es verdad que a veces se consigue en un minuto lo que no es posible en todo el año. De los que estábamos cenando con ella, yo había sido el único que se había asustado al ver que se levantaba de la mesa. La seguí, me conmoví, sin poderlo disimular, y hasta había llorado y besado su mano. Esta circunstancia, unida a mis visitas diarias en los dos meses que duró su enfermedad podían hacerle ver en mí a un hombre muy distinto de los conocidos hasta entonces, y ¿quién sabe si Margarita se había dicho que no le costaba nada hacer por un amor expresado de tal manera, lo que tantas veces había hecho en favor de otros menos delicados, puesto que de todas maneras no podía tener para ella consecuencias graves.

Tales suposiciones eran, como veis, muy verosímiles, pero fuera la que fuese la causa de haber consentido, existía una cosa cierta: el consentimiento.

Por otro lado yo estaba enamorado de Margarita e iba a poseerla; no podía exigir nada. No obstante, os lo repito, aunque fuese una entretenida había creído tan difícil su conquista, tal vez para poetizarla, que cuando más se acercaba el momento en que debía poseerla, tanto más dudaba de la realidad. No pude dormir en toda la noche. Ni me reconocía a mí mismo; estaba loco.

Tan pronto no me creía bastante gallardo, ni bastante rico, ni distinguido, para poseer a semejante mujer, como me ensoberbecía a la idea de su posición; luego temía que Margarita tuviese únicamente un capricho de momento, y presentía la desgracia de un rompimiento inmediato. «Tal vez haría mejor, me decía, no yendo a su casa esta noche, y en ausentarme de París, escribiéndole los motivos de ello y mis temores». Luego me entregaba a esperanzas ilimitadas, a una confianza completa, y soñaba en un porvenir de interminables dichas. Me creía que aquella joven me debería su curación física y moral, que pasaría toda mi vida a su lado y que su amor me haría más dichoso que los amores de la mujer más casta y pura.

En fin, me es imposible repetiros las innumerables sensaciones que de mi corazón subían a exaltar mi cerebro, y que se fueron extinguiendo poco a poco en el sueño que acabó por vencerme, ya entrado el día.

No desperté hasta las dos de la tarde; hacía un tiempo magnífico. Jamás la vida me ha parecido tan espléndida y hermosa. Los recuerdos del día anterior se presentaban en mi imaginación sin sombra de obstáculo, acompañando alegremente las esperanzas de la futura noche. Me vestí tan de prisa como me fué posible.

Estaba tan contento, que no existe acción generosa de que no me sintiese capaz. Mi corazón saltaba de júbilo y rebosaba de amor dentro de mi pecho, dominado por febril agitación. Ya no me preocupaban las razones que me habían inquietado antes de dormirme, porque veía únicamente el resultado, sin pensar más que en la hora en que debía ver de nuevo a Margarita.

No me era posible permanecer en casa. Mi cuarto me parecía demasiado estrecho para contener tanta felicidad; necesitaba toda la Naturaleza para respirar libremente.

Salí, e instintivamente me encontré en la calle de Antín. El carruaje de Margarita esperaba a su puerta.

Me dirigí a los Campos Elíseos. Hubiera abrazado sin conocerlas a cuantas personas encontraba al paso.

¡Qué buenos nos hace el amor!

Una hora llevaba paseándome, de los caballos de Marly al rond-poind y del rond-poind a los caballos de Marly, cuando vi a lo lejos el carruaje de Margarita, que más bien adiviné que reconocí.

Cuando revolvió el ángulo de los Campos Elíseos, mandó detener el carruaje, y un joven alto se separó de un grupo de elegantes para ir a decirle algunas palabras.

Pocos momentos después el joven volvió a reunirse a sus amigos, y los caballos prosiguieron al trote. Yo, que me había acercado al corrillo, reconocí en el que había hablado con Margarita al conde de G... de quien había visto el retrato, y que, según Prudencia, era a quien Margarita debía su posición.

Por él era sin duda por quien Margarita el día anterior había cerrado la puerta y dado orden de que no se abriese.

Me hice la suposición de que ella había mandado parar el carruaje al objeto de darle explicaciones, y hasta me figuraba que al mismo tiempo habría encontrado algún nuevo pretexto para no recibirle aquella noche.

No recuerdo cómo se me pasó el resto del día; paseé, fumé, hablé; pero de cuanto hice y vi no me quedaba ningún recuerdo a las diez de la noche.

Únicamente sé que entré en mi casa, que pasé tres horas en el tocador, y que miré cien veces mi péndulo y mi reloj, los cuales marchaban desgraciadamente acordes.

Dieron las diez y media, y creí llegada la hora de salir.

Por aquella época vivía yo en la calle de Provenza; seguí la de Mont-Blanch, atravesé el boulevard, tomé las calles de Luis el Grande y de Port-Mahon, llegando a la de Antín. Levanté los ojos y vi luz en las ventanas de Margarita.

Llamé y pregunté al portero si estaba en casa la señorita Gautier.

Me contestó que Margarita no volvía nunca a su casa antes de las once o de las once y cuarto. Miré mi reloj. Creía haber andado muy despacio, pero en sólo cinco minutos había recorrido el trayecto que media de la calle de Provenza a la de Antín. Entonces me puse a pasear aquella calle sin tiendas y desierta a tales horas.

A la media hora o cosa así llegó Margarita, que descendió de su carruaje mirando en torno suyo como si buscase a alguien.

El carruaje se alejó al paso, pues en la casa no había caballerizas ni cochera.

Cuando Margarita iba a llamar, me acerqué y la dije:

—Buenas noches.

—¡Ah! ¿sois vos?—me preguntó en tono poco tranquilizador sobre el placer que sentía de verme allí.

—¿No me disteis permiso para venir a visitaros esta noche?

—Tenéis razón; lo había olvidado.

Estas tres últimas palabras destruyeron todas mis reflexiones de aquella mañana y todas mis esperanzas de aquel día. No obstante, empezaba a familiarizarme con sus maneras, y no me marché como lo hubiera hecho antes. Entramos. Nanina había abierto anticipadamente la puerta.

—¿Ha vuelto ya Prudencia a su casa?—preguntó Margarita.

—No, señora.

—Pues anda y encarga que venga aquí en cuanto vuelva. Antes apaga la lámpara del salón, y si viene alguien dile que no he vuelto todavía y que tal vez no volveré esta noche.

Creía adivinar que la preocupaba alguna cosa y que quizá la molestaba mi presencia. Yo no sabía qué aire tomar ni qué decirle. Margarita se dirigió a su dormitorio; yo permanecí donde estaba.

—Venid—me dijo.

Entré. Se quitó el sombrero y el abrigo de terciopelo y los echó sobre su cama; después, dejándose caer sobre un gran sillón cercano a la chimenea, que ella mandaba encender hasta principios de verano, me dijo, jugando con la cadena de su reloj:

—¿Qué me contáis de nuevo, amigo mío?

—De nuevo nada; únicamente pienso que debo haberme equivocado viniendo esta noche.

—¿Por qué?

—Porque parecéis contrariada, y acaso sea yo la causa.

—No me molestéis; es que, como estoy enferma, he sufrido todo el día y no he dormido; tengo una jaqueca atroz.

—¿Queréis que me retire para que podáis acostaros?

—Podéis quedaros si queréis. Si yo deseo acostarme, lo haré delante de vos.

En esto llamaron a la puerta.

—¿Quién será?—dijo con un movimiento de impaciencia.

A los pocos instantes volvieron a llamar.

—No hay quien abra. Será preciso, que yaya yo misma.

En efecto, se levantó y me dijo:

—Esperadme aquí.

Atravesó la habitación, y oí abrir la puerta.

Entonces escuché.

El recién llegado se detuvo en el comedor. En las primeras palabras reconocí la voz del joven conde de N...

—¿Cómo os encontráis esta noche?—preguntó a Margarita.

—Mala—contestó ella secamente.

—¿Acaso os molesto?

—Puede.

—¡Cómo me recibís así! ¿Qué os he hecho, querida Margarita?

—Nada, amigo mío; no me habéis hecho nada. Pero estoy indispuesta y debo acostarme. Así, pues, tened la bondad de retiraros. Ninguna noche puedo entrar en mi casa sin que os presentéis a los cinco minutos, y esto me contraría. ¿Qué pretendéis? ¿Que sea yo vuestra querida? ¡Pues bien! Ya os he dicho cien veces que no os puedo admitir y que perdéis el tiempo miserablemente; dirigíos a otra parte. Vuelvo a repetíroslo por última vez: nada quiero de vos, nada absolutamente; conque, adiós. Mirad, Nanina viene y ella os alumbrará. Buenas noches.

Y sin decir una palabra más, ni escuchar las que balbuceaba el joven, Margarita volvió a entrar en su cuarto, cerrando violentamente la puerta. Nanina, casi al mismo tiempo, entró también.

Margarita la llamó y dijo: «Oye, siempre que venga ese imbécil, dile que no estoy en casa o que no quiero recibirle. Ya estoy cansada de ver continuamente personas que vienen a pedirme lo mismo; que me pagan, y que luego creen no deberme ya nada. Si las que empiezan este género de vida supieran lo que es, preferirían, de seguro, el estropajo a los diamantes. Pero no; la vanidad de ostentar lujosos vestidos, elegantes carruajes y costosos adornos, nos arrastra; creemos en lo que se nos cuenta, pues la prostitución tiene también su fe; vamos derrochando paso a paso nuestro corazón, nuestro cuerpo y nuestra belleza; se nos mira como animales dañinos; se nos desprecia como parias; nos rodean solamente personas que siempre nos quitan más de lo que nos dan, y a la postre morimos como perros, en un hospital, después de haber perdido a otros como a nosotras mismas».

—Por Dios, señora, calmaos—le dijo Nanina.—Esta noche estáis muy excitada.

—Este vestido me molesta—dijo Margarita haciendo saltar los corchetes que la oprimían. Dame un peinador. ¿Y Prudencia?

—No ha vuelto todavía; pero he dejado recado, y en cuanto vuelva se le dará para que suba.

—¡Otra de tantas!—exclamó Margarita quitándose el vestido y poniéndose un peinador blanco,—otra que sabe encontrarme cuando me necesita y no puede hacerme un favor de buen grado. Ella sabe que aguardo una contestación esta noche, que debo tenerla y que estoy inquieta, y estoy segura de que se ha ido a paseo sin acordarse del santo de mi nombre.

—Tal vez la han entretenido.

—Manda traer un ponche.

—Os va a hacer daño—dijo Nanina.

—Tanto mejor. Trae té, también frutas, pasteles o un alón de pollo, cualquier cosa; pero al momento, de prisa, porque tengo hambre.

No acierto a deciros la impresión que me produjo semejante escena; pero vos lo adivináis, ¿no es verdad?

—Cenaréis conmigo—me dijo;—entretanto tomad un libro, mientras yo voy un instante a mi tocador.

En seguida encendió las bujías de un candelabro, abrió una puerta que estaba al pie de su cama y desapareció.

Yo me quedé reflexionando sobre la vida de aquella joven, y mi amor se acrecentó con la compasión.

Paseaba la estancia a grandes pasos entregado a mis meditaciones, cuando entró Prudencia.

—¡Bravo! ¿vos aquí?—me dijo.—¿Dónde está Margarita?

—En su tocador.

—Tengo que hablarle. La esperaré. La habéis flechado de veras. ¿No lo sabíais?

—No.

—¿Y no os lo ha dado a entender?

—De ninguna manera.

—¿Pues cómo estáis aquí?

—He venido a verla.

—¿A verla a media noche?

—¿Qué tiene de extraño?

—¡Vamos, no mintáis!

—Me ha recibido muy mal.

—Ya os recibirá mejor.

—¿De veras? ¿Por qué?

—Porque le traigo una buena noticia.

—Decidme: ¿cómo os ha hablado de mí?

—Veréis: anoche, o mejor dicho, esta madrugada, después que os marchasteis con vuestro amigo... A propósito, ¿cómo está vuestro amigo? ese... Gastón R... se llama así, ¿no es cierto?

—Sí—dije sin poder contener una sonrisa acordándome de la confidencia que Gastón me había hecho con respecto a Prudencia, y que ésta recordaba apenas su nombre.

—Es buen mozo ese joven: ¿en qué se ocupa?

—Tiene veinticinco mil francos de renta.

—¡Bonita renta!... Pero volvamos a vuestro asunto. Sabed que Margarita me ha pedido con mucho interés informes sobre vos; me ha preguntado quién erais, qué hacíais, quiénes habían sido vuestras queridas; en fin, todo cuanto se puede preguntar con relación a un hombre de vuestra edad. Yo le he dicho cuanto sé, añadiendo que sois un excelente y distinguido joven, y... nada más.

—Os doy gracias. Ahora decidme cuál es la comisión que os encargó ayer.

—Ninguna; era sencillamente un pretexto para hacer que el conde se marchara; pero me dió otra para hoy, y aquí traigo la respuesta.

Entonces salió Margarita de su tocador, coquetamente ataviada, cubierta la cabeza con un elegante gorro de dormir, adornado con cintas color caña. Estaba encantadora. Venía con los pies desnudos, dentro de unas ricas chinelas de satén, y estaba acabando el tocado de las uñas.

—Y bien—dijo precipitadamente a Prudencia,—¿habéis visto al duque?

—Sí.

—¿Y qué os ha dicho?

—Me ha entregado...

—¿Cuánto?

—Seis mil.

—¿Los traéis?

—¡No que no!

—¿Se manifestó disgustado?

—¡Ca!

—¡Pobre hombre!

Esta exclamación fué pronunciada en un tono indescriptible. Margarita tomó seis billetes de mil francos.

—¡Ya era tiempo!—dijo.—Querida Prudencia, ¿necesitáis algo?

—Ya sabéis, hija mía, que faltan sólo dos días para el quince; si pudieseis prestarme tres o cuatrocientos francos, me haríais un grandísimo favor.

—Mandad por ellos mañana por la mañana, pues ya es demasiado tarde para mandar al cambio.

—No os olvidéis.

—No hay cuidado. ¿Queréis cenar con nosotros?

—No, Carlos me está esperando.

—¿Aún seguís enamorados?

—Enamoradísimos. Hasta mañana. Adiós, Armando.

Prudencia se marchó. Margarita abrió un cajón y echó en él los billetes de Banco.

—Permitiréis que me acueste, ¿verdad?—dijo sonriendo y dirigiéndose a la cama.

—No solamente os lo permito, sino os lo ruego.

Entonces separó el rico cobertor de la cama y se acostó.

—Ahora—dijo,—venid, sentaos a mi lado y hablemos.

Había acertado Prudencia; la contestación del duque que ella había traído transformó a Margarita.

—¿Me perdonáis el mal humor de esta noche?—me dijo tomándome una mano.

—Os lo perdono todo.

—¿Me amáis?

—Con delirio.

—¿A pesar de mi mal genio?

—A pesar de todo.

—¿Me lo juráis?

—Sí—dije prolongando la sílaba muy por lo bajo.

En esto entró Nanina trayendo un pollo fiambre, una botella de Burdeos, fresas y dos cubiertos.

—No he mandado hacer ponche—dijo Nanina,—porque os conviene más el Burdeos. ¿No es verdad, caballero?

—Ciertamente—respondí conmovido aún por las últimas palabras de Margarita y fijando en ella mi ardiente mirada.

—Bueno—dijo Margarita,—deja todo eso sobre la mesita y acércala a la cama; nos serviremos nosotros mismos. Llevas ya perdidas tres noches, y debes estar fatigada; vete a la cama, que ya no necesito nada más.

—¿Cerraré la puerta con llave?

—Perfectamente, y sobre todo no dejéis entrar a nadie antes del mediodía.