WeRead Powered by ReaderPub
La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 16: CAPÍTULO XV
Open in WeRead

About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XV

Haría como cosa de una hora que llevaba ocupado en hacer los preparativos de mi viaje, cuando llamaron fuertemente a la puerta.

—¿Voy a abrir?—me preguntó José, que me ayudaba en la tarea.

—Sí, abre.

Y mientras pensaba en quién podía venir a tales horas, no atreviéndome a creer que fuese Margarita, me dijo mi criado:

—¡Señor, son dos señoras!

—¡Somos nosotras, Armando!—gritó una voz que reconocí por la de Prudencia.

Inmediatamente salí al encuentro.

Prudencia estaba de pie contemplando las curiosidades de mi salón: Margarita sentada en el sofá reflexionaba.

Volé más que fuí hacia ella, y no atreviéndome a abrazarla, me postré a sus pies, y tomándole ambas manos, exclamé profundamente conmovido:

—¡Perdón!

Su contestación fué darme un beso en la frente y exclamar:

—Os perdono ya por tercera vez.

—Iba a partir mañana.

—¿Puede acaso mi visita hacer cambiar vuestra resolución? Yo no he venido para impedir que salgáis de París. He venido simplemente, porque, no habiendo tenido tiempo de escribiros de día, no he querido que me creyeseis enfadada. A Prudencia no le parecía bien que viniese, objetándome que podría muy bien estorbaros.

—¡Vos estorbarme! ¡vos, Margarita! ¿y cómo habéis podido imaginar tal cosa?

—¡Hombre! podríais tener a otra prójima en vuestra compañía—contestó Prudencia,—y maldita la gracia que le hubiera hecho nuestra llegada.

Durante la observación de Prudencia, Margarita me miraba con verdadera atención.

—Querida Prudencia—repuse,—no sabéis lo que os decís.

—¿Sabéis que vuestra habitación es muy linda?—prosiguió la Duvernoy?—¿Me permitís que vea el dormitorio?

—¿Por qué no?

Prudencia pasó a mi alcoba, quizá menos para visitarla que para reparar la simpleza que acababa de decir, y dejarme solo con Margarita.

—¿Por qué has venido con Prudencia?—le pregunté entonces.

—Porque estábamos juntas en el teatro y porque al salir de aquí quería tener alguien que me acompañase.

—¿No me tenías a mí?

—Sí, pero además de que no quería molestarte, estaba segura de que viniendo hasta la puerta de mi casa me pedirías que te dejara subir a mi habitación, y como no podía concedértelo, no quería que partieses con el derecho de reprochar mi negativa.

—¿Y por qué no podías recibirme?

—Pues mira: porque se me vigila mucho, y la menor sospecha podría causarme gravísimo perjuicio.

—¿Es ésta la única razón?

—Si hubiese otra, te la diría; no estamos ya en el caso de que haya secretos entre nosotros.

—Escucha, Margarita, hablémonos sin rodeos; dime francamente, ¿me amas un poco?

—Mucho.

—Entonces, ¿por qué me has engañado?

—Querido Armando, si yo fuese la señora duquesa de tal o de cual; si tuviese doscientas mil libras de renta, y a más de ser tu querida tuviese otro amante, tendrías el derecho de preguntarme por qué te engaño; pero no soy más que la señorita Gautier, tengo cuarenta mil francos de deudas, sin poseer un céntimo, y gasto cien mil francos al año. Tu pregunta, pues, es ociosa e inútil la respuesta.

—Tienes razón—dije, dejando caer mi cabeza sobre las rodillas de Margarita;—pero te amo como un loco.

—Pues bien, amigo mío; debieras amarme un poco menos, o comprenderme un poco más. Tu carta me ha producido un verdadero disgusto. Si yo hubiese sido libre, no habría recibido al conde anteayer, o de haberle recibido, hubiera venido a pedirte el perdón que tú acabas de pedirme, y en lo sucesivo no tendría otro amante más que tú. Yo creí en un principio que podrías darme esa felicidad durante seis meses; pero no lo has querido: te empeñabas en saber los medios de que iba a valerme, y a fe mía que estos medios eran bien fáciles de adivinar. Al emplearlos, hacía yo un sacrificio mucho mayor de lo que puedes figurarte. Bien hubiera podido decirte: «Necesito veinte mil francos»; estabas enamorado de mí y los habrías hallado, corriendo yo el peligro de que más tarde me los echases en cara; pero he preferido no deberte nada, y no has querido comprender mi delicadeza. Cuando nosotras conservamos aún un resto de corazón, damos a las palabras y a las cosas una extensión y un desarrollo desconocidos de las demás mujeres. En una palabra, créeme que, por parte de Margarita Gautier, el medio que empleaba para pagar sus deudas sin pedirte dinero, era un acto de delicadeza de que debías aprovecharte sin decir palabra. Si no me hubieses conocido hasta hoy, te hubieras dado por satisfecho con lo que te prometiera sin pedirme cuentas por lo que hice ayer. Nosotras casi siempre nos vemos obligadas a comprar las satisfacciones del alma a expensas de nuestro cuerpo, y si vieras cuánto sufrimos con semejante sacrificio cuando vemos desvanecerse la satisfacción que tan cara nos cuesta.

Yo escuchaba y miraba a Margarita con verdadera admiración. Al considerar que aquella maravillosa criatura, de quien antes me hubiera conformado con besar los pies, me concedía un lugar en su pensamiento y un papel en su existencia, y que yo no me contentaba con lo que ella me ofrecía, preguntábame interiormente si los deseos del hombre tienen límites, puesto que, habiendo visto tan de repente satisfechos los míos, ambicionaba todavía más.

—Es cierto—añadió Margarita—que nosotras, las hijas del azar, concebimos deseos fantásticos y amores incomprensibles. Tan pronto nos entregamos por una cosa como por otra. Hay personas que se arruinan sin obtener nada de nosotras, y las hay que nos poseen por un ramillete. Nuestro corazón tiene mil caprichos que son su única distracción, su excusa única. Yo me he entregado a ti más pronto que a ningún otro, te lo juro, ¿por qué? porque viéndome arrojar sangre me tomaste la mano, porque lloraste al verme padecer, porque eres la única criatura humana que me ha compadecido. Voy a decirte una locura. Hace algún tiempo tenía yo un perrito que me miraba con tristeza cuando me oía toser; pues bien, era el único ser a quien amaba entonces.

Se murió, y lloré más que a la muerte de mi madre. Verdad es que ella me había pegado durante los doce años que su vida alcanzó de la mía.

¡Pues bien! te amé tan de repente como a mi perro. Si los hombres supieran lo que pueden conseguir con una lágrima, serían más amados, y nosotras seríamos menos peligrosas.

Tu carta te ha desmentido, pues me ha revelado que no conoces bien el corazón humano, y te ha sido más perjudicial en mi amor que en todo cuanto hubieras podido hacer. Es verdad que el móvil de tu conducta fueron los celos, pero celos irónicos que resultan siempre indiscretos. Cuando recibí tu carta ya estaba triste, esperaba verte al mediodía, almorzar contigo y borrar con tu presencia un pensamiento que me atormentaba, y con el que me conformaba sin esfuerzo antes de conocerte.

Además—continuó Margarita,—tú eres el único hombre que había conseguido inspirarme confianza y con el que creía poder pensar y hablar libremente. Cuantos rodean a las jóvenes de mi clase, tienen interés en escudriñar nuestros hechos e interpretar nuestras más insignificantes palabras y sacar consecuencias. De aquí que no tengamos, naturalmente, amigos, sino por el brillo de su amor propio y de su vanidad.

Con semejantes seres, debemos estar alegres cuando lo están ellos, tener apetito cuando quieren cenar, y ser escépticas cuando ellos lo son. No podemos manifestar otros sentimientos que no sean los suyos; en una palabra, se nos prohíbe tener corazón, so pena de ser silbadas y perder nuestro crédito; dejamos de pertenecernos. Descendemos de la categoría de seres a la de cosas. Somos las primeras en su amor propio y las últimas en su estimación. Nuestras amigas son amigas como Prudencia, mujeres que se nos anticiparon en los placeres, las cuales aún conservan afición a ciertos gustos que su edad ya no les permite subvencionar. Entonces vienen a ser nuestras amigas o, mejor, nuestras comensales. Su amistad llega hasta el servilismo, pero nunca hasta el desinterés. Jamás nos darán un consejo que no les sea lucrativo. Nada les importa el número de nuestros amantes, con tal que ello les valga algunos regalos y puedan de vez en cuando pasearse en nuestro carruaje y acompañarnos al teatro en nuestro palco. Aprovechan nuestros ramilletes de la víspera y se arropan con nuestros cachemires. Nunca nos prestan servicio alguno, por pequeño que sea, sin cobrarse el doble de su valor. Tú mismo lo has visto: la noche en que Prudencia me trajo aquellos seis mil francos que yo le mandé pedir en mi nombre al duque, me pidió prestados quinientos francos, que o no me devolverá, o me pagará en sombreros que nunca saldrán de su establecimiento.

No podemos tener, o mejor, yo no podía esperar más que una sola felicidad, y era que, triste como estoy algunas veces, mala como estoy siempre, encontrara un hombre de carácter bastante elevado para no pedirme cuentas de mi conducta, y que más fuese el amante de mis impresiones que de mi cuerpo. Yo había hallado ese hombre en el duque; pero el duque es viejo, y la vejez no consuela ni protege. Creí poder aceptar la vida con que me brindaba, pero ¡qué quieres! me moría de tedio, y para consumirse, lo mismo da arrojarse a una hoguera que asfixiarse con carbón.

En tal situación te encontré a ti, joven, ardiente, dichoso, entusiasta, y quise hacer de ti el hombre por quien suspiraba en medio de mi espantosa soledad: En ti, Armando, no amé al hombre que era, sino al que debía ser. Tú no aceptas este papel, lo rechazas como indigno de ti, eres un amante vulgar: imita, pues, a los demás, págame y no hablemos más de ello.

Al llegar aquí, Margarita, fatigada por esta larga confesión, reclinóse contra el respaldo del sofá, y para calmar un débil acceso de tos, llevó el pañuelo a los labios y aun a los ojos.

—¡Perdón, perdón!—murmuré;—yo comprendía muy bien todo esto, pero quería oírtelo decir, mi querida Margarita. Olvidemos, pues, lo pasado y acordémonos sólo de una cosa: de que somos el uno para el otro; que somos jóvenes y nos amamos. Margarita, haz de mí todo lo que quieras, soy tu esclavo, tu perro; pero, en nombre del cielo, rompe la carta que te he escrito y no permitas que parta mañana, pues me mataría el dolor.

Margarita sacó la carta de su seno, y entregándomela, me dijo con una sonrisa de inefable dulzura:

—Toma, te la traía.

Despedacé la carta y besé llorando la mano que me la había entregado.

En este instante entró Prudencia de nuevo.

—¿A que no adivináis, Prudencia, lo que Armando me estaba pidiendo?—dijo Margarita.

—Os pedía perdón.

—Precisamente.

—¿Y le perdonáis?

—Era indispensable; pero aun quiere otra cosa.

—¿Cuál?

—Quiere venir a cenar con nosotras.

—¿Y accedéis a ello?

—¿Qué os parece?

—Pues me parece que sois dos criaturas sin juicio. Pero también me parece que tengo mucho apetito, y que cuanto más pronto accedáis, tanto más pronto cenaremos.

—Vamos—dijo Margarita,—en mi coche caben perfectamente tres personas. Toma—añadió dirigiéndoseme y devolviéndome la llavecita;—Nanina estará acostada, puedes tú abrir la puerta, y cuidado con perderla otra vez.

Abracé entusiasmado a Margarita.

En esto entró José.

—Señor—me dijo con aire del hombre satisfecho de sí mismo:—los baúles están arreglados.

—¿Del todo?

—Sí, señor.

—Pues bien, vuelve a ponerlo todo tal como estaba, porque no parto ya.