WeRead Powered by ReaderPub
La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 18: CAPÍTULO XVII
Open in WeRead

About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XVII

Al día siguiente muy temprano despidióme Margarita, diciéndome que el duque debía llegar muy de mañana y prometiendo escribirme en cuanto éste se marchara, diciendo dónde podría verla aquella noche.

Efectivamente, durante el día recibí esta carta:

«Voy a Bougival con el duque; procura estar en casa de Prudencia esta noche a las ocho».

A la hora indicada estaba ya de vuelta Margarita y nos encontrábamos en casa de Mme. Duvernoy.

—Todo está arreglado—dijo al entrar.

—¿Os tomó la casa?—preguntó Prudencia.

—Sí, desde luego ha consentido en todo.

Podéis creerme: yo no conocía al duque; pero, la verdad, me avergonzaba de engañarle de aquella manera.

—Aún no lo he dicho todo—replicó Margarita.

—Pues qué, ¿hay más?

—Hay, que me he ocupado de procurar habitación para Armando.

—¿En la misma casa?—preguntó Prudencia riendo.

—No, sino en el Point-du-Jour, en donde he almorzado con el duque. En tanto que él observaba el paisaje, he preguntado a la viuda Arnould; le he dicho si tenía una habitación; por fortuna le quedaba una con salón, antesala y dormitorio, que creo es todo lo que se necesita. La alquila por sesenta francos al mes, amueblada y todo; es una habitación capaz de distraer a un hipocondríaco, y me he quedado con ella. ¿He hecho bien?

La contestación mía fué dar un abrazo a Margarita.

—¡Qué bien vamos a estar!—continuó;—tú tendrás una llave de la puerta excusada; al duque le daré la de la verja, que no usará, pues no vendrá a verme más que de día. Creo que está muy satisfecho con la realización de este capricho que me aleja de París por algún tiempo, porque piensa, y no sin fundamento, que hará callar un poco a su familia. No obstante, me ha preguntado en qué consiste que, amando tanto como amo yo la vida de París, me haya podido resolver a enterrarme en el campo, a lo que he contestado que, sintiéndome enferma, creía que el reposo me convenía mucho. Presumo que no me ha creído del todo, pues el pobre viejo está siempre en acecho, lo que nos coloca en el caso de tomar muchas precauciones, mi querido Armando, y que vivamos muy sobre aviso, porque no consiste todo en que haya alquilado la casa; es menester también que pague mis deudas, que desgraciadamente son muchas. ¿Te parece bien?

—Sí—respondí al tiempo que procuraba acallar mis escrúpulos por aquel extraño género de vida en que iba entrando.

—Hemos visitado con detenimiento la casa; estaremos en ella perfectamente. El duque trataba de apreciar todos los detalles. ¡Querido mío!—añadió abrazándome llena de júbilo;—no puedes estar descontento, pues es nada menos que un millonario quien te proporciona tales comodidades.

—¿Y cuándo pensáis trasladaros a la nueva habitación?—preguntó Prudencia.

—Lo más pronto posible.

—¿Llevaréis también el coche y los caballos?

—Sí; con todos mis criados. Vos quedaréis al cuidado de la casa durante mi ausencia.

Ocho días más tarde, Margarita había tomado posesión de su casa de campo, y yo me había trasladado a la habitación en el Point-du-Jour.

Entonces comenzó para nosotros una existencia que con dificultad podré describiros.

Los primeros días de su residencia en Bougival, le fué imposible a Margarita romper resueltamente con sus antiguas costumbres, y como la casa estaba siempre de fiesta, iban a visitarla todas sus amigas, de modo que por espacio de un mes no hubo día en que Margarita no tuviera a su mesa ocho o diez personas. Prudencia, por su parte, llevaba a todos sus conocidos, haciéndoles los honores de la casa como si fuese ella la verdadera dueña.

Como podéis figuraros, todos aquellos gastos eran sufragados con el dinero del duque, aunque Prudencia se permitió algunas veces pedirme un billete de mil francos, diciendo, por supuesto, que lo hacía en nombre de Margarita. De los beneficios que el juego me había producido, yo le entregaba a Prudencia lo que por su mediación me pedía Margarita, y por si llegaba a necesitar más de lo que yo tenía, pedí prestada a París una cantidad igual a la que otras veces había tomado y que siempre había devuelto con toda puntualidad.

Encontréme, pues, nuevamente rico, con doce mil francos sobre mi pensión.

El placer que experimentaba Margarita obsequiando a sus amigas, se fué aminorando ante los crecidos gastos que le originaba, y sobre todo, ante la necesidad que de pedirme dinero tuvo alguna vez.

En cuanto al duque, que había alquilado aquella casa para que Margarita descansara en ella de su vida de París, no iba nunca a visitarla, temiendo siempre encontrarse con gente alegre y de la que no quería ser visto. Este temor procedía de que cierto día que estuvo a verla con el deseo de comer a solas con ella, cayó en medio de un almuerzo de quince personas, las cuales no habían aún acabado de almorzar a la hora en que él pensaba sentarse a la mesa para comer. Al abrir la puerta del comedor, una risa general acogió su entrada, viéndose obligado el buen señor a retirarse bruscamente ante la bulliciosa algazara de las mujeres allí reunidas.

Margarita se levantó de la mesa y fué a encontrar al duque en la habitación inmediata, procurando por todos los medios posibles hacerle olvidar aquella escena; pero el anciano, herido en su amor propio, lejos de olvidarla, dijo secamente a la pobre joven, que estaba cansado de pagar las locuras de una mujer que ni aun sabía procurar que se le respetara en su casa, y se retiró lleno de despecho.

Desde aquel día no se habló más de él. Margarita había creído prudente despedir a sus convidados y mudar de costumbres; pero el duque continuaba retirado. Esto me había ganado el complemento de la posesión de mi amada, viendo así realizados mis ensueños. Margarita ya no podía vivir sin mí. Sin importarle las consecuencias, blasonaba públicamente de nuestras relaciones, habiendo llegado al extremo de que yo no saliera de su casa, y que los criados me tuvieran por su amo y me consideraran como tal.

A causa de este nuevo género de vida, Prudencia no cesaba de hacer reflexiones a Margarita; pero ésta le respondía que me amaba, que no podía vivir sin mí, y que ocurriera lo que ocurriese, no renunciaría a la dicha de tenerme siempre al lado suyo; añadiendo, que aquéllos a quienes su determinación no agradase, eran muy dueños de no volver más a su casa.

Esto es lo que oí un día en que Prudencia dijo a Margarita que tenía que darle una noticia muy importante y que pude oir desde la puerta de la habitación en que se encerraron.

Algunos días después volvió Prudencia.

Al entrar, estaba yo a lo último del jardín y no pudo verme. Al ver cómo Margarita corrió a su encuentro, sospeché que de nuevo iba a tener lugar una conversación parecida a la que había escuchado días antes, y me puse en acecho para enterarme de ésta como me enteré de la otra.

Encerráronse ambas en un gabinete; yo me coloqué donde pudiese oir sin ser visto.

—¿Qué tenemos?—preguntó Margarita.

—Tenemos que he visto al duque.

—¿Qué os ha dicho?

—Que os perdona de buen grado la primera escena; pero que había sabido que vivís públicamente con Armando, y que esto no podía perdonároslo. «Que se aparte de ese joven—añadió,—y seguiré dándole todo cuanto quiera; de lo contrario, debe renunciar absolutamente a obtener de mí nada más».

—¿Qué le habéis contestado?

—Le dije que os notificaría su determinación, prometiéndole que procuraría haceros comprender vuestra conveniencia. Reflexionad, mi buena amiga, que estáis perdiendo lo que jamás Armando podrá daros. Es cierto que ese joven os ama entrañablemente, pero su fortuna no es bastante a subvenir vuestras necesidades: llegará día en que se verá precisado a dejaros; día en que, de seguir, será ya tarde para que el duque pueda hacer algo por vos. ¿Queréis que hable a Armando?

Margarita pareció reflexionar, pues estuvo unos instantes sin contestar palabra. Durante aquellos instantes de espera, me latía atrozmente el corazón.

—¡No!—dijo con resolución Margarita,—no me separaré de Armando ni ocultaré nuestras relaciones. Puede que sea un disparate, pero ¿qué queréis? le amo. Él se ha acostumbrado también a amarme sin obstáculo alguno, y sufriría mucho si se viese obligado a separarse de mí, aunque no fuese más que una hora por día. Además, no es tanto el tiempo que de vivir me queda, para que me haga desgraciada a mí misma ligándome ciegamente a las exigencias de un viejo cuya sola vista me envejece también. Guárdese su dinero; me pasaré sin él.

—¿Pero qué vais a hacer?

—No lo sé.

Prudencia iba a replicar probablemente, cuando yo entré corriendo a echarme a los pies de Margarita, bañando sus manos de lágrimas, que me hacía derramar el placer de verme amado hasta tal punto.

—Mi vida es tuya, Margarita, ninguna necesidad tienes de ese hombre. ¿No estoy yo aquí? ¿acaso puedo yo abandonarte jamás? Basta ya de sujeción; amándonos como nos amamos, ¿qué nos puede importar todo lo demás?

—¡Oh! sí, te amo, Armando mío—murmuró enlazando sus brazos alrededor de mi cuello:—te amo cual no había creído poder amar. Seremos dichosos, viviremos tranquilos, y me despediré para siempre de la vida que he llevado hasta hoy y que ya me avergüenza. ¿No es verdad que tú no me recordarás nunca mi triste pasado?

El llanto embargaba mi voz, y no pude contestar de otro modo que estrechando a Margarita contra mi corazón.

Ella, enteramente conmovida, exclamó volviéndose a Prudencia.

—Id y contad esta escena al duque, añadiendo que para nada le necesitamos.

Desde aquel día no se volvió a hablar más del buen anciano.

Margarita ya no era la mujer de antes. Procuraba evitar cuanto hubiera podido recordarme la vida en medio de la cual la había conocido, y jamás hubo esposa, amante, ni hermana cariñosa, que tuvieran para su esposo o hermano tantos cuidados y cariño tanto. Aquella naturaleza delicada estaba dispuesta a toda clase de impresiones y sentimientos.

Había roto con sus amigas como con sus costumbres, así como con su lenguaje y con los gastos de su vida pasada. Al vernos salir de casa para ir a dar un paseo en un lindo esquife que yo había adquirido, nadie hubiera creído que aquella mujer vestida con una bata blanca, cubierta con un ancho sombrero de paja y llevando en el brazo la sencilla manteleta de seda destinada a preservarla de la humedad, era la misma Margarita Gautier, que cuatro meses antes hacía alarde de su lujo y de sus escándalos.

Pero ¡ay! nos apresurábamos tanto a ser felices como si presintiéramos que no debíamos serlo por mucho tiempo.

Pasaron dos meses sin acordarnos de ir a París, ni que nadie en París se acordase de nosotros, excepto la Duvernoy y la joven Julia Duprat, de la cual os he hablado, y a quien Margarita había de entregar más tarde la triste relación que guardo aquí.

Yo me pasaba días enteros a los pies de mi querida. Abríamos las ventanas que caían al jardín, y contemplábamos cómo el verano declinaba alegremente en las flores que producía, y guarecidos de sus ardores a la sombra de su follaje, respirábamos el uno junto al otro la verdadera vida, vida que hasta entonces ni Margarita ni yo habíamos probado.

Aquella mujer sentía admiración por el jardín como una niña de diez años en pos de una mariposa o de un insecto cualquiera.

La cortesana que había derrochado en ramilletes más dinero que el que se necesita para vivir cómodamente toda una familia, se sentaba a menudo en el prado y pasaba allí una hora examinando la sencilla flor cuyo nombre llevaba ella también.

Durante aquella temporada leía con frecuencia Manón Lescaut, y la sorprendí muchas veces poniendo notas al libro. Decía siempre que cuando una mujer ama verdaderamente, no puede hacer lo que hizo Manón. El duque le escribió dos o tres veces; pero ella, al conocer la letra, me daba las cartas sin abrirlas.

Los términos en que las tales cartas venían escritas, consiguieron más de una vez arrancar lágrimas a mis ojos.

El buen viejo había supuesto que, cerrando su bolsa a Margarita, reconquistaría su afecto; pero, al convencerse de la inutilidad de aquel procedimiento, no pudo avenirse a dejar de verla y le escribió pidiéndole, como en otro tiempo, permiso para ir a visitarla, fueren cuales fuesen las condiciones que se le impusieran.

Yo había leído aquellas cartas suplicantes y reiteradas, y las había hecho pedazos sin dar cuenta a Margarita de su contenido, y sin dejar que volviera a recibir al viejo, por más que a mí me lo aconsejara un sentimiento de compasión hacia el dolor de aquel hombre, porque temía que ella viese en semejante consejo el deseo de echar sobre el duque las obligaciones de la casa, en cambio del permiso para sus nuevas visitas, y me molestaba sobre todo, que me pudiese creer capaz de declinar semejante responsabilidad con todas sus consecuencias.

Viendo el duque que no recibía contestación alguna, dejó de escribir, y Margarita y yo seguimos amándonos sin preocuparnos del porvenir.