WeRead Powered by ReaderPub
La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 19: CAPÍTULO XVIII
Open in WeRead

About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XVIII

Resultaría una tarea harto pesada explicar con todos sus pormenores la vida que llevábamos, compuesta de una serie de niñerías sublimes y encantadoras para nosotros, aunque insignificantes para cualquier otro. Vos sabéis lo que es amar a una mujer; cómo se acortan los días y con qué grata pereza nos dejamos arrastrar de un día a otro. Tampoco ignoraréis que ese olvido de todo nace de un amor sin límites, confiado y compartido. Toda mujer que no es la que amamos, nos parece una criatura inútil, y nos duele el haber gastado con otras mujeres partículas de nuestro corazón, sin creer en la posibilidad de estrechar nunca otra mano que la que acariciamos entre las nuestras en tales momentos. La mente lo rehúsa todo y aleja cuantos trabajos y recuerdos puedan distraerla del pensamiento único e incesante que la domina. Cada día descubrimos en nuestra amada nuevos encantos y placeres desconocidos.

La existencia es únicamente el repetido cumplimiento de un deseo continuo; el alma no es más que la vestal encargada de conservar el fuego sagrado del amor.

Cuando anochecía íbamos muchas veces a sentarnos en el bosquecillo que domina la casa, escuchando allí las plácidas armonías que traía la noche, pensando ambos en la hora cercana que iba a dejarnos hasta el día en nuestra habitación sin permitir que ni aun el sol penetrara en ella. Las cortinillas estaban perfectamente corridas, y el mundo exterior desaparecía para nosotros unos instantes. Sólo Nanina tenía el permiso de abrir la puerta para traernos la comida, que a veces tomábamos sin movernos de nuestro sitio, interrumpiendo sin cesar aquellos banquetes con risas y locuras. Sucedía a ellos un corto sueño, pues desapareciendo bajo nuestro amor, nos parecíamos a dos buzos obstinados, que sólo aparecen en la superficie para tomar aliento.

A pesar de todo esto, sorprendí en Margarita momentos de tristeza y a veces lágrimas, y al preguntarle la causa de aquella pesadumbre repentina, me respondía:

—Nuestro amor no es un amor vulgar, Armando; tú me amas como si nunca hubiera yo pertenecido a nadie, y temo que algún día, arrepintiéndote de tu amor y recriminándome mi pasado, me coloques en el caso de volverme a hundir otra vez en esa existencia, de la cual tú me sacaste. Piensa que, después de haber probado esta nueva vida, me moriría si me viese obligada a dejarla. Dime, pues, que nunca nos separaremos.

—¡Te lo juro!

Al pronunciar estas palabras, se fijaba en mis ojos como para leer la sinceridad de mi juramento, echábase después en mis brazos, y ocultando la cabeza contra mi pecho, exclamaba:

—¡No sabes tú lo mucho que te amo!

Una noche, estando apoyados en la barandilla de nuestro balcón, contemplábamos la luna, que parecía salir con dificultad de su lecho de nubes, y oíamos el viento que agitaba violentamente los árboles; nuestras manos se hallaban enlazadas, y hacía más de un cuarto de hora que no nos dirigíamos la palabra, cuando Margarita me dijo de pronto:

—Ya ha llegado el invierno: ¿quieres que dejemos esta casa?

—¿Y adónde iremos?

—A Italia.

—¿Pero no te encuentras aquí bien?

—Le temo al invierno, y sobre todo a nuestra vuelta a París.

—¿Por qué?

—Por muchas razones.

Y continuó bruscamente, sin decirme la causa de sus temores:

—¿Convienes en lo dicho? Venderé cuanto tengo, iremos a vivir muy lejos, nadie sabrá quiénes somos ni quién he sido. ¿Qué me respondes?

—Bien; marchemos, si ello te agrada; pero, ¿qué necesidad hay de vender tus muebles, que te han de alegrar y servir a tu regreso? No tengo una fortuna inmensa para aceptar semejante sacrificio, pero sí lo bastante para que podamos viajar con comodidad por espacio de cinco o seis meses.

—No—respondió Margarita, dejando la ventana y sentándose en el sofá que se hallaba en lo más obscuro del cuarto;—¿para qué gastar dinero y lejos? bastante te cuesto aquí.

—¿Por qué eres tan poco generosa reprochándomelo, Margarita?

—Es verdad; perdóname, amigo mío—dijo tendiéndome la mano;—el estado borrascoso de la atmósfera me irrita los nervios, y no digo lo que quiero decir.

Me dió un abrazo, y cayó en una profunda meditación.

Escenas como ésta tuvieron lugar varias veces, y aunque yo ignoraba lo que las producía, creía ver en Margarita un sentimiento de inquietud sobre el porvenir. No podía dudar de mi amor, que cada día iba en aumento, y, sin embargo, la veía casi siempre triste y preocupada, sin que nunca me explicara el verdadero motivo de su tristeza, que atribuía a una causa física.

Creyendo que la entristecía la monotonía de nuestra existencia, le propuse volver a París; pero ella rechazaba siempre esta proposición, asegurándome que en ninguna parte podía estar mejor que en el campo.

Prudencia iba a vernos raras veces, pero, en cambio, escribía muchas cartas que nunca pretendí leer, por más que a cada una de ellas se entregaba Margarita a una profunda preocupación, sin que yo quisiese averiguar la causa.

Un día que Margarita se había quedado sola en su cuarto, al volver la hallé escribiendo.

—¿A quién escribes?—le pregunté.

—A Prudencia: ¿quieres que te lea la carta?

Como no quería en manera alguna parecer suspicaz, contesté a Margarita que no necesitaba ver lo que ella escribía, y, sin embargo, casi estaba seguro de que aquella carta me hubiera explicado la verdadera causa de su tristeza.

Al día siguiente fué un día magnífico, de modo que a fin de aprovecharlo, me propuso Margarita dar un paseo en esquife y visitar la isla de Croissy. Durante la excursión estuvo más alegre que de costumbre, y no menos cuando hubimos regresado a casa a las cinco dadas.

—Madame Duvernoy ha estado aquí—dijo Nanina al vernos entrar.

—¿Se ha marchado?—preguntó Margarita.

—Sí, señora, en vuestro coche, diciendo que tenía permiso para ello.

—Está bien—dijo con viveza Margarita;—que nos sirvan la comida.

Dos días después llegó una carta de Prudencia y durante los quince siguientes me pareció que Margarita había roto con sus misteriosas melancolías, por las cuales me rogaba a cada paso que la perdonase.

Sin embargo, el coche no volvía.

—¿Qué motivos hay para que Prudencia no te devuelva tu carruaje?—le pregunté cierto día.

—Uno de los caballos está enfermo y hay que hacer algunas reparaciones en el coche. Mejor es que se arregle todo mientras permanecemos aquí, en donde para nada lo necesitamos.

A los pocos días vino Prudencia, confirmando cuanto Margarita me había dicho. Pasearon solas por el jardín y cuando fuí a reunirme con ellas, observé que mudaban la conversación.

Al marcharse Prudencia por la tarde, quejóse de que sentía frío, y rogó a Margarita que le dejara un chal de cachemir.

Transcurrió un mes durante el cual Margarita estuvo más contenta y enamorada que nunca.

Pero el coche no volvía, ni el chal había sido devuelto; todo ello me hacía entrar en sospechas a pesar mío, y como sabía en qué cajón guardaba Margarita las cartas de Prudencia, aproveché un momento en que aquélla se hallaba en lo más apartado del jardín, y traté de abrir el cajón. Trabajo perdido, pues estaba cerrado con llave. Se me oprimió el corazón. Comprendí que si reclamaba de Margarita la verdad respecto de aquella desaparición, me la había de negar.

—Querida Margarita—le dije,—vengo a pedirte permiso para ir a París. En mi casa no saben dónde me encuentro, y se habrán recibido en ella cartas de mi padre; él estará intranquilo por mi silencio y debo contestarle.

—Anda con Dios—me dijo,—pero vuelve pronto.

Partí inmediatamente. Al llegar a París, me dirigí, sin detenerme, a casa de Prudencia.

—Veamos—le dije sin otro preliminar,—decidme francamente: ¿qué ha sido de los caballos de Margarita?

—Se han vendido.

—¿Y el chal de cachemir?

—También se ha vendido.

—¿Y los diamantes?

—Empeñados.

—¿Y quién los ha vendido y empeñado?

—Yo.

—¿Y por qué no me lo advertisteis antes de hacerlo?

—Porque Margarita me lo prohibió terminantemente.

—¿Por qué no me pedisteis dinero?

—Porque ella no quiso.

—¿Puedo saber en qué se ha empleado el dinero producido por semejantes operaciones?

—En pagar deudas.

—¿Cuánto debe entonces?

—Debe aún unos treinta mil francos. Bien os lo previne yo, amigo mío; pero vos no quisisteis creerme; ahora os convenceréis. El tapicero, cuyas cuentas el duque había prometido pagar, fué echado a la calle cuando se presentó a cobrar, recibiendo al día siguiente una carta en que se le prevenía que el duque nada haría por la señorita Gautier. El hombre necesitaba dinero, y le di a cuenta aquellos miles de francos que os pedí; algunas buenas almas le avisaron después que su deudora, abandonada por el duque, vivía en compañía de un joven sin fortuna; los demás acreedores fueron avisados también; reclamaron sus créditos, y se procedió al embargo. Margarita quiso venderlo todo, pero ya era tarde, y además yo me hubiera opuesto. Siendo preciso pagar, y no queriendo pediros dinero, se han vendido los caballos y cachemires, y empeñado sus alhajas. ¿Queréis los documentos de venta y las papeletas del Monte de Piedad?

Y Prudencia abrió un cajón en que guardaba aquellos papeles.

—Comprended—continuó con aquella tenacidad de la mujer que tiene derecho a decir: «¡Yo tenía razón!»—comprended que no basta amarse e ir a vivir en el campo una vida pastoril y vaporosa. No, amigo, no. Al lado de la vida ideal está la material, y las resoluciones más castas se encuentran sujetas a la tierra por hilos, ridículos si queréis, pero de hierro, y no pueden romperse fácilmente. Si Margarita no os ha engañado cien veces, es porque tiene una naturaleza excepcional. No es que yo no la haya aconsejado, pues me aflige ver a la pobre joven desprenderse de cuanto posee. Nunca ha querido hacerme caso, contestándome que os amaba y que por nada del mundo os engañaría. Todo esto es magnífico, poético, sentimental; pero con semejante moneda no se paga a los acreedores, y lo que es ahora, os aseguro que no se escapa de sus manos sin que deje en ellas los treinta mil francos.

—Está bien, yo os daré esta cantidad.

—¿Tomándola prestada?

—¡Creedlo así!

—Haréis una solemne locura; pues además de indisponeros con vuestro padre, mermaréis vuestro capital, y luego no se hallan tan fácilmente treinta mil francos de la noche a la mañana. Hacedme caso, Armando, conozco las mujeres mejor que vos; no cometáis semejante locura, de la que os arrepentiríais tarde o temprano. Atendedme y tened juicio. No os digo que os separéis de Margarita; pero vivid con ella como a principios del verano. Dejad que encuentre los medios para salir del presente apuro. El duque volverá a reconciliarse poco a poco, el conde de N... me aseguraba ayer mismo que si ella le admite, se compromete a pagar todas sus deudas y a darle cuatro o cinco mil francos mensuales. Éste cuenta con doscientas mil libras de renta, lo cual asegura bien a Margarita, al paso que vos tendréis que abandonarla un día u otro, pudiendo haberlo hecho antes de arruinaros, sobre todo siendo el tal conde un imbécil que en nada ha de impediros que sigáis siendo el amante de Margarita. Los primeros días llorará un poco, pero a la postre se acostumbrará, terminando por daros las gracias de cuanto hayáis hecho. Haceos la ilusión de que Margarita está casada y engañáis al marido, ni más ni menos. Ya otra vez os aconsejé lo mismo; sólo que lo que entonces no pasaba de ser un simple consejo, hoy es casi una necesidad.

Prudencia tenía indudablemente razón.

—Ocurre—prosiguió,—que las mujeres de la clase a que ha pertenecido Margarita, preveen siempre que serán amadas, pero nunca que serán ellas las que amen, lo que hace que no se ocupen de economizar, para poder permitirse a los treinta años el lujo de tener un amante a su gusto. ¡Si en mis buenos tiempos hubiera yo sabido lo que sé...! En fin, no digáis nada a Margarita y traedla a París. Habéis vivido sólo con ella cuatro o cinco meses, está bien, ahora cerrad los ojos; nada más tengo que advertiros. Dentro de quince días aceptará al conde de N.... economizará durante el invierno, y el verano próximo podréis volver a las andadas. Ya veis cómo todo puede solucionarse.

Y Prudencia parecía admirada de su propio consejo, que yo rechazaba con indignación.

No sólo mi amor y mi dignidad me prohibían aceptar lo que me aconsejaba Prudencia, sino que estaba convencido de que, en el punto a que habían llegado las cosas, Margarita hubiera preferido morir antes que transigir con aquella extraña combinación.

—Basta de chanzas—dije a Prudencia resueltamente;—¿cuánto necesita Margarita?

—Ya os lo he dicho, treinta mil francos.

—¿Y cuándo hay que pagar esta suma?

—Antes de dos meses.

—Se pagará.

Prudencia se encogió de hombros.

—Ya os lo remitiré—proseguí;—pero juradme que no diréis a Margarita que soy yo quien os la ha facilitado.

—Estad tranquilo.

—Y si os envía algún otro objeto para que lo vendáis o empeñéis, noticiádmelo.

—No hay cuidado, porque ya nada queda.

Dejé a Prudencia y me dirigí a mi casa a ver si había cartas de mi padre.

Se habían recibido cuatro.