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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 21: CAPÍTULO XX
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XX

Cuando llegué a mi casa, encontré a mi padre sentado y escribiendo.

En el modo de mirarme al entrar, conocí desde luego que íbamos a tratar asuntos graves.

Sin embargo, me acerqué a él como si nada hubiese adivinado y le abracé.

—¿Cuándo habéis llegado, padre mío?

—Anoche.

—¿Y no vinisteis a mi casa como de costumbre?

—Sí.

—Siento muchísimo no haber estado aquí para saludaros.

Esperaba ver surgir de estas palabras la reconvención que me anunciaba el semblante frío de mi padre; mas no me respondió, cerró la carta que terminaba de escribir y la entregó a José para que la llevase al correo.

Así que los dos quedamos solos, se levantó mi padre, y apoyándose en la chimenea, me dijo:

—Armando, tenemos que hablar de cosas muy serias.

—Ya os escucho, papá.

—¿Prometes decirme la verdad?

—Es mi costumbre.

—¿Es cierto que vives con una mujer llamada Margarita Gautier?

—Sí, señor.

—¿Sabes quién es esa mujer?

—Fué una entretenida.

—¿Es verdad que por ella te has olvidado de ir este año a vernos?

—Sí, padre mío, lo confieso.

—En tal caso, amas mucho a esa mujer.

—Podéis deducirlo de la falta que me ha hecho cometer, falta de la que humildemente os pido perdón.

Mi padre no esperaba, sin duda, contestaciones tan francas y categóricas, pues estuvo reflexionando un momento, y después me dijo:

—Creo que habrás comprendido que no has de vivir así eternamente.

—Lo temo, padre mío; pero no lo concibo.

—Debías haber supuesto también—prosiguió mi padre en tono más áspero,—que yo no lo consentiría.

—He pensado, que mientras no haga cosa alguna contraria al respeto que debo a vuestro nombre, ni a la honradez tradicional de la familia, podría vivir como vivo, y esta idea me ha tranquilizado.

Las pasiones nos infunden valor y fortaleza de ánimo; y tanto es así, que para conservar a Margarita, me sentía fuerte hasta con mi propio padre.

—Debo prevenirte que ha llegado el momento de cambiar de conducta.

—¿Por qué, padre mío?

—Porque estás a punto de obrar contra el respeto que dices profesar a la familia.

—No entiendo lo que queréis decir.

—Me explicaré. Es muy natural, si te parece, que tengas una querida, que la pagues como un hombre galante debe pagar los favores de una manceba, nada importa; pero que por ella te olvides de lo más sagrado, que consientas que la fama de la vida escandalosa que llevas llegue hasta el fondo de mi provincia y arroje la sombra de una mancha sobre el nombre honroso que te he dado, he aquí lo que no puede ser, y lo que no será.

—Permitid que os diga, padre mío, que los que os han enterado de mi conducta están mal informados. Soy el amante de Margarita Gautier, y vivo con ella; pero ni doy a esa joven el nombre que de vos he recibido, ni gasto con ella más de lo que permiten mis recursos, ni he contraído deuda alguna, ni he llegado, finalmente, a ninguna de las situaciones que autorizan a un padre para decir a su hijo lo que me acabáis de decir.

—Está un padre autorizado siempre para apartar a su hijo del mal camino en el cual le ve extraviarse. Aún no has hecho el mal, pero estás en vías de hacerlo.

—¡Padre mío!

—Yo conozco la vida mejor que tú. Los sentimientos enteramente puros sólo existen en las mujeres esencialmente castas. Toda Manón puede hacer un Desgrieux; pero no sólo han cambiado las costumbres, sino también los tiempos. Sería inútil que el mundo envejeciera si no había de corregirse. Es preciso que dejes a tu querida.

—Siento desobedeceros, pero me exigís un imposible.

—Yo te obligaré a ello.

—Por fortuna, ya no hay islas especiales a donde mandar a las cortesanas, y aun cuando las hubiera, acompañaría a mi amada si consiguierais que la desterraran. ¡Qué queréis! puede que obre mal, pero no hay felicidad para mí fuera de la de amar a esa mujer.

—Armando, hijo mío, abre los ojos y escucha a tu padre, que te ha amado siempre y que no desea más que tu felicidad. ¿Es honroso y digno el vivir con una mujer que ha sido de cuantos la han querido?

—¿Qué importa, padre mío, si ya nadie la ha de poseer? ¿Qué importa todo eso si ella me ama, y se regenera por ese mismo amor que me profesa e infunde? ¿Qué importa su pasado, si se ha convertido?

—¿Y puedes tú creer ni presumir que la misión de un hombre honrado sea convertir cortesanas? ¿Crees que Dios haya dado ese destino grotesco a la vida, y que el corazón no ha de tener otro entusiasmo que éste? ¿Cuál será el final de esa cura maravillosa, y qué ideas serán las tuyas sobre el particular a los cuarenta años? Te reirás de semejante amor, si te es dado reir todavía, si no ha dejado huellas demasiado profundas en tu pasado. ¿Qué serías ahora si tu padre hubiera tenido semejante modo de obrar y hubiese abandonado su vida a todas las vicisitudes del amor, en vez de anteponerle firmemente las guardas del honor y de la consideración social? Recapacita, Armando, y no repitas semejantes locuras. Espero que te separarás de esa mujer; yo te lo ruego.

Nada respondí.

—Armando—continuó mi padre,—en nombre de tu virtuosa y santa madre, créeme, renuncia a esta vida, que has de olvidar antes de lo que puedas suponer, y a la cual te encadena una teoría imposible. No tienes más que veinticuatro años; debes pensar únicamente en el porvenir. No es posible que ames siempre a esa mujer, que, por su parte, tampoco te amará siempre. Ambos exageráis vuestro amor. El tiempo que estáis perdiendo lastimosamente se aleja con la oportunidad de aprovecharle para seguir tu carrera. Un paso más y no podrás separarte del camino que has emprendido, sin poder ya desprenderte en toda tu vida del remordimiento de tus imprudencias. Deja a París, vente a pasar uno o dos meses al lado de tu hermana; el descanso y el cariño de la familia te aliviarán bien pronto de esa fiebre, porque no es más que la influencia de la fiebre lo que te domina.

Levanté los ojos hasta los de mi padre como para manifestarle mi asombro. Él, rehuyendo mi mirada, continuó:

—Durante tu ausencia, esa mujer se conformará con otro amante, y cuando veas claro por quién llegaste al extremo de disgustarte con tu padre y de perder su afecto, entonces me dirás que me porté como debía, y me bendecirás agradecido. Partiremos—me dijo,—¿no es verdad?

Conocía que mi padre tenía razón respecto a la generalidad de las mujeres; pero estaba seguro de que no la tenía con respecto a Margarita. No obstante, era tan dulce, tan afectuoso el tono con que me dirigió sus últimas palabras, que no me atreví a replicar.

—¿Qué dices, hijo mío?—me preguntó mi padre emocionado.

—Digo, padre mío—contesté con dificultad y emocionado también,—que lo que me pedís es del todo superior a mis fuerzas.

Creedme—proseguí al notar en mi padre un movimiento de impaciencia.—Exageráis las consecuencias. No es Margarita una mujer perdida como suponéis; su amor, lejos de lanzarme al camino del mal, es por el contrario, capaz de desarrollar en mí los sentimientos más elevados.

El amor verdadero mejora nuestro ser, quienquiera que sea la mujer que lo inspire. Si conocierais a Margarita, comprenderíais que no puede perjudicarme. Es noble como la que más, y su abnegación es tan grande como la codicia de la mayoría de las mujeres.

—A pesar de lo cual acepta toda tu fortuna, pues los sesenta mil francos que heredaste de tu madre y de los cuales le has hecho donación, constituyen, no lo olvides, toda tu fortuna.

Seguramente mi padre se había reservado esta consideración y esta amenaza para darme con ellas el golpe de gracia. Pero yo me sentía más fuerte ante las amenazas que ante los ruegos.

—¿Quién os ha dicho que iba yo a hacer esta donación?—le respondí.

—Mi notario. ¿Cómo hubiera podido un hombre honrado autorizar un hecho semejante sin advertírmelo? Mi venida a París ha sido con el único objeto de evitar tu ruina. Tu madre, al morir, te legó lo preciso para vivir modesta y honradamente; pero no una cantidad para ser despilfarrada por tus queridas...

—Puedo juraros, padre mío, que Margarita ignora mi proyecto.

—Entonces, ¿por qué realizarlo?

—Porque Margarita, esa mujer que estáis calumniando, a quien queréis que abandone, ha sacrificado espontáneamente y sin reticencias todo cuanto poseía, para vivir conmigo.

—¿Y tú has podido admitir semejante sacrificio? ¿Qué hombre eres para consentir que una cualquiera haga por ti el menor sacrificio?

En fin, concluyamos de una vez. Vas a separarte de esa mujer. Hace poco te lo suplicaba, ahora te lo mando. No consentiré semejantes borrones en mi familia. Prepara tu equipaje y disponte a seguirme.

—Perdonadme, padre mío—le dije,—pero no parto.

—¿Por qué razón?

—Porque tengo ya la edad en que no se obedece a un mandato.

Mi padre palideció al oir esta respuesta.

—Está bien—dijo;—ya sé lo que debo hacer.

En seguida llamó a mi criado, y le dijo:

—Que lleven mi equipaje a la fonda de París.

Al mismo tiempo entró en su cuarto para vestirse.

Cuando salió del gabinete me adelanté y le dije:

—Padre mío, os ruego que no hagáis nada que pueda afligir a Margarita.

Mi padre se paró un momento para mirarme desdeñosamente, y se contentó con decirme:

—Creo que has perdido el juicio.

Y salió, cerrando la puerta con violencia.

Salí también inmediatamente, tomé un carruaje y me dirigí a Bougival. Margarita, asomada a la ventana, me esperaba impaciente.