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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 22: CAPÍTULO XXI
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXI

—¡Al fin llegas!—exclamó Margarita estrechándome entre sus brazos.—¡Qué pálido estás!

Entonces le conté la escena con mi padre.

—¡Dios mío! ya lo presentía—dijo.—¡Cuando vino José a anunciar la llegada de tu padre, me estremecí como a la noticia de una desgracia! ¡Yo soy, pobre amigo mío, la causa de tantos disgustos! Tal vez será mejor que me dejes antes que indisponerte con tu padre. Sin embargo, yo nada le he hecho a este buen señor. Nosotros vivíamos muy bien e íbamos a vivir mejor todavía. Comprendiendo, como debe comprender, que has de tener una querida, debiera darse por muy contento de que esa querida fuese yo, puesto que te amo y no necesito ni quiero más que lo que te permite tu posición. ¿Le has enterado de nuestros proyectos?

—Sí, alma mía, y eso es lo que más le ha irritado, puesto que en ellos ha visto la prueba de nuestro mutuo amor.

—¿Qué haremos, pues?

—Continuar viviendo juntos, Margarita mía, y dejar que se despeje la tormenta.

—¿Supones que se despejará?

—Forzosamente.

—Pero tu padre no se contentará con lo que ha hecho.

—¿Qué más puede hacer?

—¡Qué sé yo! Todo lo que pueda hacer un padre para conseguir ser obedecido por su hijo. Te recordará mi vida pasada, y tal vez para conseguir que nos separemos, me hará el honor de inventar en contra mía alguna nueva historia.

—¡Bien sabes cuánto te amo!

—Sí, pero sé también que tarde o temprano se acaba por obedecer a los padres y tal vez te dejarás convencer.

—No, Margarita; yo seré quien le convenza a él. Los chismes de mis amigos han provocado su cólera, pero es bueno y justo, y no tardará en escucharme. Además, si no fuese así, ¡nada me importa!

—No digas eso, Armando, yo lo prefiero todo a dejar que se diga por nadie que te he indispuesto con tu familia: acabemos de pasar el día, y mañana vuelve a París a ver a tu padre. Ambos habréis reflexionado, y quizá llegaréis a un acuerdo mejor. No te opongas resueltamente a sus propósitos, aparenta hacer concesiones, no te manifiestes tan enamorado, y puede que deje las cosas tal como están. Espera, amigo mío, y cree que pase lo que pase, tu Margarita siempre te amará.

—¿Me lo juras?

—¿Necesito jurártelo?

—¡Qué grato y delicioso es dejarse convencer por una voz amada!

El resto del día lo pasamos repitiéndonos nuestros proyectos, como si comprendiéramos la necesidad de realizarlos cuanto antes. A cada instante esperábamos un nuevo suceso, pero el día terminó felizmente sin que ocurriese nada de particular.

Al día siguiente partí a las diez, y a las doce entraba en el Hotel de París.

Mi padre había salido.

Me dirigí a mi casa en la creencia de que le encontraría en ella. No había estado. Fuí a casa del notario. Tampoco estaba allí.

Volví a la fonda y esperé hasta las seis inútilmente.

Entonces regresé a Bougival.

Hallé a Margarita, no aguardándome como el día anterior; estaba sentada a la chimenea y completamente entregada a sus reflexiones, tanto, que no me oyó ni volvió la cabeza al aproximarme hasta tocar el respaldo de su sillón. Cuando puse mis labios en su frente, se estremeció como si hubiese despertado sobresaltada.

—Me has asustado—dijo.—¿Y tu padre?

—No le he visto, ni sé dónde para, ni sé lo que esto significa. No le he hallado en cuantas partes he creído probable que estuviera.

—Es preciso que vuelvas mañana.

—Estoy por esperar a que me mande llamar, pues creo haber hecho cuanto debía hacer.

—No, amigo mío, no has hecho lo bastante; debes volver a ver a tu padre. Mañana sobre todo.

—¿Y por qué mañana mejor que otro día?

—Porque—dijo Margarita, que pareció sonrojarse a esta pregunta,—porque parecerá más viva tu insistencia por la reconciliación y tardaremos menos en obtener su perdón.

El resto de aquel día Margarita estuvo preocupada y triste. Para obtener una respuesta, me veía obligado a repetirle dos veces cuanto le decía. Ella se disculpaba de su preocupación con los temores que tenía respecto del porvenir, dados los sucesos sobrevenidos en aquellos dos días.

Al día siguiente se empeñó con tal insistencia en que volviese a París, que me vi precisado a obedecerla.

Tampoco conseguí ver a mi padre; pero, al salir, me había dejado en el hotel una carta en la que me decía:

«Si hoy vuelves a verme, espérame hasta las cuatro; si a esta hora no he vuelto, vente mañana a comer conmigo; tengo que hablarte».

Esperé hasta las cuatro, no vino mi padre, y yo volví de nuevo a Bougival.

El día antes había hallado triste a Margarita; en éste la encontré agitada y febril. Al verme entrar, se precipitó en mis brazos, y estuvo llorando en ellos un buen rato.

Le pregunté el motivo de aquel súbito pesar cuya magnitud me alarmaba, pero no obtuve ninguna respuesta categórica, aun cuando me dijo todo lo que puede decir una mujer cuando no quiere confesar la verdad.

Cuando se calmó un poco, le conté el resultado de mi viaje, manifestándole la carta de mi padre, y haciéndole observar que se me antojaba un buen augurio.

Al ver la carta y al oir mi reflexión, redoblaron sus lágrimas de tal modo, que hube de llamar a Nanina, temiendo un ataque nervioso. Acostamos a la pobre Margarita, que seguía llorando sin pronunciar una palabra, pero apretándome las manos que besaba con febril insistencia.

Pregunté a Nanina si durante mi ausencia había recibido su señora alguna carta o visita que pudiese motivar el estado en que se hallaba; pero Nanina me contestó que nadie había ido ni se había recibido carta alguna.

No obstante, no me cabía duda de que desde el día antes algo serio debía suceder, dado sobre todo el empeño de Margarita en manifestarme lo contrario.

Por la noche pareció un poco más tranquila, y haciéndome sentar junto a su cama me renovó por muchas veces sus promesas de amor. Luego sonreía, pero con esfuerzo, porque, a su pesar, inundábanse de lágrimas sus ojos.

Procuré, por cuantos medios supe, hacer que declarase la verdadera causa de su aflicción, pero fué inútil, pues ella se obstinó en darme únicamente razones vagas e inaceptables.

Concluyó por dormirse en mis brazos, pero con ese sueño que quebranta el cuerpo en vez de darle reposo. De vez en cuando lanzaba un grito, despertando sobresaltada, y después de convencerse de que me hallaba junto a ella, me hacía jurar que la amaría siempre.

Yo estaba intranquilo, sin poder explicarme la verdadera causa de aquellas intermitencias de dolor, que se prolongaron hasta la mañana, en que cayó Margarita en una especie de sopor. Hacía dos noches que no dormía.

Despertó a eso de las once, y al verme vestido, me dijo mirando su reloj:

—¿Te vas ya?

—No—dije tomándole las manos,—pero al verte dormida, he querido dejarte tranquila. Aún es temprano.

—¿A qué hora vas a París?

—A las cuatro.

—¿Tan pronto? Hasta las cuatro permanecerás a mi lado, ¿verdad?

—Sí, como los otros días.

—¡Qué felicidad! ¿Vamos a almorzar?—añadió con aire distraído.

—Como quieras.

—¿Y luego estaremos abrazados hasta el momento de marchar?

—Sí, y volveré a tu lado lo antes posible.

—¿Volverás?—dijo mirándome con ojos extraviados.

—¡Naturalmente!

—Está bien, volverás por la noche... y yo... te esperaré, como de costumbre... tú me amarás..., y seremos muy felices... como lo somos desde que nos conocemos.

Todas aquellas palabras estaban pronunciadas con tal reticencia, pareciendo ocultar algún pensamiento doloroso, que a cada paso temía ver que se trocaran en verdadera locura.

—Oye—le dije,—estás enferma y no puedo dejarte así. Voy a escribir a mi padre que no me espere.

—¡No! ¡no!—exclamó bruscamente;—no hagas eso. Tu padre me acusaría también de haberte impedido que fueras a verle justamente cuando más lo desea; no, no; es preciso que vayas, es indispensable. Además, yo no estoy mala, me siento muy bien. He tenido un sueño pesadísimo; pero ya he despertado.

Desde aquel momento Margarita se esforzó en aparecer alegre, y no volvió a llorar.

Cuando llegó la hora de marcharme, la abracé y le pregunté si quería acompañarme hasta la estación del ferrocarril: mi objeto era que el paseo la distrajese y el aire puro la reanimase. ¡Además, me complacía en tenerla a mi lado el mayor tiempo posible!

Aceptó mi proposición y se hizo acompañar de Nanina para no regresar sola.

Veinte veces estuve tentado de no acudir a la cita, pero la esperanza de volver pronto y el temor de indisponerme otra vez con mi padre, sostuviéronme, y al fin marché.

—Hasta la noche—dije a Margarita desde la ventanilla del vagón.

No me respondió.

Otra vez me había despedido sin contestarme a la misma palabra, y el conde de G... pero estaba tan distante aquel día, que parecía haberse borrado de mi memoria, y si esta vez temía algo, no era por cierto que Margarita me engañase.

En cuanto llegué a París, corrí a casa de Prudencia para pedirle que fuese a ver a Margarita, esperando que con su buen humor la distrajera.

Entré sin anunciarme. Prudencia estaba en su tocador.

—¡Ah!—dijo entre sorprendida y alarmada.—¿Margarita ha venido con vos?

—No.

—¿Cómo está?

—Muy delicada.

—¿Entonces no vendrá?

—¿Pues qué, había de venir acaso?

Mme. Duvernoy se sonrojó y respondióme con cierta turbación:

—Quise decir, que puesto que habéis venido a París, vendría ella a reunirse con vos.

—No.

Miré a Prudencia, que aunque bajó los ojos, creí ver en su fisonomía el temor de que mi visita se prolongara.

—Venía a rogaros, mi buena Prudencia, que fuerais esta tarde a ver a Margarita, y si nada os lo impide, podréis quedaros a dormir en nuestra casa de campo. Jamás la he visto como hoy y temo que su enfermedad empeore.

—Hoy como fuera de casa—respondió Prudencia,—y me es absolutamente imposible ver a Margarita, pero iré a verla mañana.

Despedíme de la Duvernoy, que, a mi entender, parecía casi tan preocupada como Margarita, y me dirigí al Hotel de París. Mi padre me esperaba. Fijó en mí su mirada con atención y luego me tendió la mano.

—Tus dos visitas, Armando—me dijo,—me han complacido mucho, pues parecen indicar que habrás reflexionado como he reflexionado yo.

—¿Puedo permitirme preguntaros cuál ha sido el resultado de vuestras reflexiones, padre mío?

—Ha sido, hijo mío, que he comprendido que tal vez había exagerado la importancia de las noticias que me dieron, y he resuelto ser menos severo.

—¿Qué decís, padre mío?—exclamé con alegría.

—Digo, querido hijo, que siendo casi indispensable que los jóvenes tengan una querida, he tomado nuevos informes de la señorita Gautier y creo que debes preferirla a otra.

—Querido padre, ¡cuán feliz me hacéis!

Continuamos hablando así por algunos instantes, y luego nos sentamos a la mesa. Mi padre estuvo muy complaciente todo el rato que duró la comida.

Yo no veía el momento de volver a Bougival para dar cuenta a Margarita de un cambio tan satisfactorio. Miraba el reloj a cada instante.

—Deseas que llegue pronto la hora—dijo mi padre;—muy impaciente estás por dejarme. ¡Oh, jóvenes! ¡siempre sacrificáis las afecciones sinceras a las dudosas!

—No digáis eso, padre mío; Margarita me ama, estoy seguro de ello.

Mi padre no contestó.

Insistió bastante para que me quedara aquella noche en su compañía, pero yo había dejado a Margarita delicada y triste, y le pedí permiso para ir a reunirme con ella, prometiéndole volver al día siguiente.

Hacía buen tiempo y vino a acompañarme hasta la estación. Nunca me había considerado tan dichoso.

En el momento en que iba a marcharme insistió de nuevo para que me quedara, pero yo le disuadí y marché.

—¡Mucho la amas!

—Locamente.

—Anda con Dios—me dijo, y se pasó la mano por la frente como si hubiese querido alejar de sí algún pensamiento triste.

Luego movió los labios como para decirme algo, pero se contentó con estrechar mi mano y se alejó rápidamente diciendo:

—¡Hasta mañana!