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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 23: CAPÍTULO XXII
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXII

El tren me parecía que no andaba.

Llegué a Bougival a las once.

En ninguna de las ventanas de la casa se veía luz.

Llamé y nadie respondió.

—¿Dónde está tu señora?

—Ha ido a París—contestó Nanina.

—¿A París?

—Sí, señor.

—¿Cuándo?

—Una hora después que vos.

—¿Y no te ha dado ningún encargo para mí?

—Nada.

—Es extraño. ¿Ni te ha dicho que le esperase?

—No, señor.

Nanina se retiró.

«Habrá sentido celos—me dije,—y habrá ido a París para cerciorarse de si lo de ver a mi padre era sólo un pretexto para gozar de un día de libertad.

«O será que Prudencia le ha escrito para algún asunto importante; pero a mi llegada he visto a la Duvernoy y nada me ha dicho que pudiera hacerme sospechar que hubiese escrito a Margarita».

De pronto me acordé de la pregunta aquélla: «¿No vendrá, pues?» que Prudencia me había dirigido cuando le dije que Margarita se hallaba enferma. Recordé también la turbación de la Duvernoy durante nuestra entrevista. A estos recuerdos unióse el de las lágrimas de Margarita durante todo el día, lágrimas que la acogida que me dispensó mi padre me había hecho olvidar por unos momentos.

Desde entonces todos los incidentes del día vinieron a agruparse en rededor de mi primera sospecha, fijándola de tal manera en mi pensamiento, que todo, incluso el cambio operado en mi padre, lo confirmaba.

Margarita había casi exigido que fuese yo a París. Había afectado tranquilidad cuando le propuse seguir a su lado. ¿Se me había tendido un lazo? ¿Me engañaba Margarita? ¿O había creído estar de vuelta antes que yo para que su viaje no fuese sabido, y se encontraba detenida por la casualidad? ¿Por qué nada había advertido a Nanina o por qué no me había escrito? ¿Qué querían decir aquellas lágrimas, aquella ausencia, aquel misterio?

Y me hacía todas estas preguntas asustado, en medio de aquel aposento vacío, fijos los ojos en el reloj que, señalando la media noche, parecía decirme que era ya muy tarde para que aguardase la vuelta de Margarita.

No obstante, ¿era posible que me engañase después de las resoluciones que acabábamos de tomar, después del sacrificio ofrecido y aceptado? No. Era necesario, por lo tanto, desechar mis primeras suposiciones.

—Habrá encontrado tal vez quien se quede con los muebles de que pensaba deshacerse y habrá ido a París para ultimar el negocio. No me habrá prevenido porque sabe que, aunque la acepto, esta venta, necesaria a nuestra dicha futura, me disgusta, y habrá temido herir mi susceptibilidad hablándome de ello. Querrá mejor no volver hasta haber realizado la venta. Seguramente Prudencia la esperaba para ello y no ha sabido disimular delante de mí. Margarita, no habiendo podido despachar hoy, se habrá ido a dormir a su casa o tal vez llegará pronto, porque ha de pensar en mi inquietud, y no podrá prolongarla.

Pero entonces ¿por qué aquellas lágrimas? Tal vez a pesar del amor que me profesa, no habrá sabido la pobre determinarse sin llorar, a dejar el lujo en medio del cual ha vivido hasta hoy y que la hacía tan dichosa como envidiada.

Yo se lo perdonaba todo desde luego; únicamente la esperaba para decirle, cubriéndola de besos, que había adivinado la causa de su misteriosa ausencia.

La noche iba avanzando y, sin embargo, Margarita no llegaba.

La inquietud fué dominándome poco a poco hasta apoderarse por completo de mi cabeza y de mi corazón. Tal vez le había ocurrido alguna desgracia. Podía estar herida, enferma, ¡muerta! Yo temía la llegada de algún mensajero, noticiándome algún accidente doloroso, y me decía: «Vendrá a encontrarme el nuevo día en la misma duda y en los mismos recelos y temores».

La idea de que Margarita pudiese engañarme no cabía en mi imaginación. No podía, pues, suponer sino que era causa independiente de su voluntad la que la retenía lejos de mí, y cuanto más pensaba en ello, tanto más me persuadía de que la tal causa sólo podía ser una desgracia cualquiera. ¡Oh, vanidad humana, cómo nos seduces y atraes siempre presentándote bajo diversas formas!

Acababa de dar la una. Resolví esperar todavía una hora más y marchar a París a las dos, si aún no había vuelto Margarita.

Careciendo de fuerza y valor para seguir discurriendo, busqué un libro para hacer más corta aquella hora.

Manón Lescaut estaba abierto encima de la mesa. Parecióme que en muchas de sus páginas había huellas recientes de lágrimas. Después de haberlo hojeado, cerré el libro, cuyos caracteres me parecieron vacíos de sentido a través del espeso velo de mis dudas.

El tiempo transcurría lentamente. El cielo estaba nublado. Una lluvia de otoño azotaba los cristales. El lecho vacío parecía tomar el aspecto de una tumba.

Tuve miedo. Abría la ventana, fijaba mi oído hacia el camino de París, pero contestaban solamente a mis ansias los gemidos de los árboles azotados por el viento. Ni un coche pasaba por la carretera. El reloj de la iglesia dió triste y lentamente la media.

Anhelaba y temía al mismo tiempo la llegada de quienquiera que fuese, pues me figuraba que a tales horas y con un tiempo tan sombrío, sólo podía traerme la noticia de una gran desgracia.

Dieron las dos. Esperé unos momentos más. Sólo el ruido monótono del péndulo turbaba el silencio que me envolvía.

Dejé por fin aquel aposento, cuyos objetos habían tomado aquel aspecto fúnebre que presta la inquieta soledad del corazón a cuanto le rodea.

En el cuarto de al lado estaba Nanina durmiendo sobre su labor. Despertóse al ruido de la puerta y me preguntó si había vuelto ya la señora.

—No, pero, si vuelve, dile que no he podido resistir a mi inquietud, y que me he vuelto a París.

—¿A estas horas?

—Sí.

—Pero, ¿de qué modo? No encontraréis carruaje.

—Iré a pie.

—¡Pero si está lloviendo!

—No importa.

—La señora no debe tardar en volver, y si no volviese, de día podréis averiguar lo que haya podido detenerla. Vais a exponeros imprudentemente.

—No hay peligro, Nanina; hasta mañana.

La pobre chica fué a buscar mi abrigo y me lo echó a los hombros, ofreciéndose a ir a informarse de si era posible encontrar un carruaje; pero no se lo permití, convencido de que en aquella tentativa, inútil de seguro, emplearía más tiempo del que necesitaba para andar la mitad del camino. Luego, tenía necesidad de respirar libremente y de una fatiga física que disipara la sobreexcitación febril que me dominaba. Cogí la llave del cuarto de la calle de Antín, y después de despedirme de Nanina, que me acompañó hasta la verja, eché a andar.

Empecé por correr, pero como la tierra estaba mojada, me fatigaba mucho. A la media hora de marcha tuve que detenerme. Nadaba en sudor. Tomé aliento y proseguí. La noche era tan obscura, que temía estrellarme a cada paso contra alguno de los árboles del camino, los cuales, presentándose bruscamente a mis ojos, parecían gigantescos fantasmas corriendo hacia mí. Alcancé dos o tres carros que no tardé en dejar atrás.

Encontré un coche que se dirigía al trote a Bougival. Al pasar junto a él, dominado por la idea de que Margarita iba en él, me detuve y grité:

—¡Margarita, Margarita!

Nadie me contestó, y el coche prosiguió su camino. Le miré cuanto me lo permitía la obscuridad y emprendí de nuevo la marcha. En dos horas llegué a la barrera de la Estrella.

La vista de París me dió nuevo aliento y bajé corriendo la larga alameda que tantas veces había recorrido.

Nadie pasaba por ella. Parecía el paseo de una ciudad muerta. Ya amanecía. Cuando llegué a la calle de Antín, la gran ciudad comenzaba a desperezarse como queriendo despertar.

Daban las cinco en la iglesia de San Roque en el instante que yo entraba en casa de Margarita.

Dije mi nombre al portero, quien había recibido de mí bastantes monedas de veinte francos, para enterarle de que tenía derecho a entrar a las cinco de la mañana en casa de la señorita Gautier, y pasé sin reparo alguno.

Hubiera podido interrogarle si Margarita estaba en casa, pero tal vez me habría contestado que no, y preferí dudar dos minutos más, pues dudando conservaba la esperanza. Subí. Apliqué el oído a la puerta con objeto de sorprender un ruido, un movimiento cualquiera. Nada. El silencio del campo parecía reinar también allí. Abrí con mi llave y entré.

Todas las puertas interiores se encontraban cerradas. Corrí las cortinas del comedor y me dirigí hacia el dormitorio. Precipitéme sobre el cordón de las cortinas y tiré de él con violencia. Las cortinas se replegaron, dando paso a la débil luz del alba.

Corrí a la cama. Estaba vacía. Abrí todas las puertas, unas después de otras, recorriendo varias veces todos los aposentos.

¡Nadie! Había para volverse loco. Pasé al gabinete tocador, abrí las ventanas y llamé varias veces a Prudencia. La ventana de Mme. Duvernoy permaneció cerrada.

Entonces bajé a preguntar al portero si la señorita Gautier había estado aquel día en su casa.

—Sí, señor—me dijo el hombre,—con Mme. Duvernoy.

—¿Os ha dejado algún recado para mí?

—Ninguno.

—¿Sabéis qué han hecho luego?

—Han subido a un coche.

—¿Qué clase de carruaje era?

—Particular.

—¿Qué quería decir todo aquello?

Llamé a la puerta vecina.

—¿A dónde vais?—me preguntó el portero después de abrir.

—A casa de Mme. Duvernoy.

—Todavía no ha vuelto.

—¿Estáis seguro de ello?

—Sí, señor; tengo aquí una carta que para ella trajeron anoche y que no he podido darle todavía.

Y el portero me enseñó una carta, sobre la cual dirigí maquinalmente los ojos.

En seguida conocí la letra de Margarita.

Cogí la carta.

En el sobre se leía lo siguiente:

«A Mme. Duvernoy, para entregar a M. Duval».

—Es para mí—dije al portero enseñándole el sobrescrito.

—¿Sois vos M. Duval?

—Sí.

—En efecto, ya os recuerdo; venís a menudo a ver a madame Duvernoy.

Salí a la calle y rompí el sobre.

Un rayo que hubiera caído a mis pies no me hubiera impresionado como aquellos renglones.

Decían así:

«Armando, cuando leáis esta carta, seré ya la querida de otro hombre. Todo acabó entre nosotros.

«Volved al lado de vuestro padre, amigo mío; id a ver a vuestra hermana, joven casta que nada entiende de nuestras miserias, y junto a la cual olvidaréis en breve cuanto os ha hecho sufrir esta mujer perdida llamada Margarita Gautier, a la que os habéis dignado amar un instante y que os es deudora de los únicos momentos dichosos de una vida que no puede prolongarse».

Después de leer la última palabra, creí volverme loco.

Hubo momento en que tuve verdadero miedo de caer en medio de la calle. Una nube velaba mis ojos y la sangre me martilleaba las sienes con violencia.

Después de reponerme un poco, miré en torno mío, admirándome de ver que los demás seguían viviendo sin detenerse en presencia de mi desgracia.

No tenía fuerzas suficientes para soportar solo el golpe que Margarita me acababa de dar.

Entonces recordé que mi padre se encontraba en la misma ciudad que yo, que a los diez minutos podía estar a su lado, y que cualquiera que fuese la causa de mi dolor, la compartiría conmigo.

Eché a correr como un loco, como un ladrón, hasta la fonda de París. La llave estaba puesta en la cerradura de la puerta del cuarto de mi padre. Entré.

Estaba leyendo.

Por lo poco que le sorprendió mi llegada, parecía que me esperaba.

Me arrojé en sus brazos sin pronunciar palabra; le di la carta de Margarita, y dejándome caer junto a su cama, rompí a llorar como un chiquillo.