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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 24: CAPÍTULO XXIII
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXIII

Al amanecer del día siguiente no podía creer que éste fuera para mí semejante a los que le precedieron. En ciertos momentos me figuré que circunstancias de que no me daba cuenta, me habían obligado a pasar la noche separado de Margarita, pero que al regresar a Bougival, la encontraría inquieta como yo lo había estado, y me preguntaría qué causa me había retenido lejos de ella.

Cuando contraemos una costumbre, hija de una pasión avasalladora como lo era para mí la de amar a Margarita, parece imposible que esta costumbre pueda romperse sin destrozar al propio tiempo los demás resortes de la vida.

Para cerciorarme de la desgarradora realidad de mi situación, me veía obligado a leer y releer la inexplicable carta de Margarita.

Mi cuerpo, postrado del todo a causa de la sacudida moral que acababa de sufrir, estaba por completo inerte. La inquietud, el acelerado viaje de la noche y la noticia de la mañana me habían anonadado. Mi padre se aprovechó del abatimiento de mis fuerzas para arrancarme la formal promesa de que partiría con él.

Accedí a cuanto me propuso. No me sentía capaz de sostener discusión alguna, y me era necesario un afecto positivo para que me ayudara a soportar el peso de la vida.

Si hubiese sido posible, me hubiera causado alegría ver que mi padre se dignaba consolarme de semejante desgracia.

No recuerdo más sino que aquel mismo día, a media tarde, mi padre me hizo subir con él a una silla de posta. Sin que yo lo viese, había mandado preparar mi equipaje, lo había unido al suyo detrás del coche, y se me llevaba.

No supe darme cuenta de lo que me ocurría hasta que la población hubo desaparecido de mi vista y la soledad del camino me representó el vacío de mi corazón.

Entonces las lágrimas se me soltaron nuevamente.

Mi padre, comprendiendo que en las palabras, por más que fueran suyas, no encontraría consuelo alguno, me dejaba llorar sin interrumpirme, contentándose con apretarme la mano alguna vez, para recordarme que tenía a mi lado un buen amigo.

Por la noche, casi no dormí y soñé con Margarita.

Desperté sobresaltado; sin explicarme el por qué me hallaba dentro de un carruaje.

En seguida volvió a presentárseme la terrible realidad y dejé caer la cabeza sobre el pecho.

No me atrevía a hablar a mi padre, temiendo que me dijese:

—Ya ves con cuánta razón dudaba del amor de esa mujer.

Pero no abusó de su derecho, y llegamos a C... sin haberme dicho una palabra que no fuese completamente extraña al motivo que me había obligado a acompañarle.

Cuando abracé a mi hermana, se vinieron a mi memoria las palabras de la carta de Margarita que se le referían; pero en seguida me convencí de que por buena que fuese mi hermana, su bondad no sería suficiente a hacerme olvidar a mi querida.

Estábamos en la época de la caza, mi padre creyó que sería una distracción para mí, y organizó algunas partidas con varios de sus amigos y vecinos. Yo asistía sin repugnancia ni entusiasmo, con una especie de apatía impresa en todas mis acciones.

Ocupaba el puesto que se me designaba, pero sin cuidarme de cargar la escopeta, que dejaba tranquila a mi lado para abismarme en mis meditaciones y mirar cómo pasaban las nubes.

Daba rienda suelta a mi imaginación por las llanuras del espacio, y alguna que otra vez me parecía oir como que algún cazador me llamase para señalarme una liebre a diez pasos de mí.

Ni uno solo de estos detalles se le escapaba a mi padre, que no se dejaba engañar por mi calma aparente. Conocía muy bien que, por abatido que mi corazón estuviese, sentiría más o menos tarde una reacción terrible, peligrosa tal vez, y en la imposibilidad de consolarme, hacía cuanto se le ocurría para distraerme.

Mi hermana, como era natural, no estaba en el secreto de aquellos sucesos y no alcanzaba la causa de que yo, tan alegre en otros tiempos, me hubiese vuelto de pronto tan meditabundo.

Sorprendido alguna vez en medio de mi tristeza por la mirada inquieta de mi padre, le tendía la mano y apretaba la suya como pidiéndole perdón del daño que, a pesar mío, le estaba causando.

Pasamos un mes: yo no podía aguantar ya más.

Me perseguía de continuo el recuerdo de Margarita. Yo había amado y amaba todavía mucho a aquella mujer, para que de súbito me fuera indiferente. Mi pasión no admitía términos medios y debía seguir amando a Margarita o trocar en odio mi amor intenso. Era preciso, además, cualquiera que fuese el sentimiento que me inspiraba, volver a verla cuanto antes mejor.

Este deseo penetró en mi alma, ejerciendo en ella toda la violencia de la voluntad que experimenta un cuerpo, inerte por mucho tiempo, al verificarse la reacción.

Necesitaba ver a Margarita; pero no dentro de un año, ni dentro de un mes, ni dentro de ocho días, si no en el mismo instante de habérseme ocurrido. Díjele, pues, a mi padre que iba a dejarle para trasladarme a París, con el pretexto de unos negocios, y que volvería cuanto antes.

Figurándose mi padre el motivo de mi partida, insistía en que me quedase, pero convencido de lo irrealizable de su pretensión, dado el estado de irritabilidad en que me hallaba y ante el temor de que podía tener fatales consecuencias, me abrazó, despidiéndome casi con lágrimas en los ojos y suplicándome que volviese pronto a su lado.

No dormí un solo minuto durante el viaje.

Sin plan trazado sobre lo que iba a hacer una vez llegado a París, sólo pensaba que ante todo era preciso ocuparme de Margarita.

Llegué a mi casa, cambié de traje, y como hacía buen tiempo y era temprano todavía, me dirigí a los Campos Elíseos.

A la media hora, vi venir de lejos y desde el rond point a la plaza de la Concordia, el coche de Margarita.

Había vuelto a adquirir sus caballos, pues el carruaje estaba como en otro tiempo, pero ella no iba dentro.

En cuanto noté su ausencia, volví los ojos a mi alrededor y vi a Margarita que venía a pie acompañada de una mujer a quien yo no conocía.

Al pasar por mi lado palideció, y una sonrisa nerviosa contrajo sus facciones. Yo sentí una violenta sacudida en el corazón, que estremeció mi pecho, pero creo que conseguí dar una expresión impasible a mi semblante y la saludé ligeramente. Mandó parar el coche, en el cual subieron ella y su amiga.

Conocía muy bien a Margarita. Mi encuentro inesperado había debido trastornarla. Probablemente había tenido noticia de mi partida y se había tranquilizado con respecto a los efectos de nuestro rompimiento; pero al volverme a ver, frente a frente conmigo, demudado como me vió, habría comprendido que mi vuelta tenía algún objeto, y debía preguntarse qué era lo que iba a encontrarse.

Si yo hubiese visto a Margarita en la miseria, si para vengarme de ella hubiese podido acudir en su socorro, quizá la hubiera perdonado y de seguro no habría pensado en causarle el menor daño; pero la veía, al parecer, dichosa, alguien la había restituido al lujo en que yo no la pude conservar; nuestro rompimiento, provocado por ella, tomaba por lo tanto el carácter del más bajo interés; mi orgullo y mi amor habían sido pisoteados, era preciso e indispensable que le hiciese pagar lo mucho que me había hecho sufrir.

No pudiéndome ser indiferentes los actos de aquella mujer, lo que más daño había de causarle era mi indiferencia; este sentimiento, pues, era el que yo debía fingir no sólo a sus ojos, sino también a los de todo el mundo.

Simulando, pues, una tranquilidad casi jovial, fuí a visitar a Prudencia.

Después de haberme hecho anunciar y de unos momentos en la antesala, apareció Mme. Duvernoy, la cual me introdujo en su gabinete con cierta solemnidad. Al ir a sentarme, oí que abrían la puerta del salón y pasos ligeros que se alejaban, luego una puerta vidriera se cerró con estruendo.

—¿He sido inoportuno?—pregunté a Prudencia.

—No; es Margarita que acaba de irse. Al oir que os anunciaban, se ha escapado.

—¿Tiene miedo?

—De ninguna manera; pero teme que os sea desagradable volver a verla.

—¿Por qué?—dije haciendo un esfuerzo para respirar, pues la emoción me ahogaba;—ella me dejó para recuperar su carruaje, sus muebles y sus diamantes; no debo culparla por lo que es lógicamente natural. Hoy la he encontrado—continué con indiferencia.

—¿En dónde?—dijo Prudencia, que me miraba y parecía preguntarse si yo era aquel mismo hombre a quien había visto tan enamoradísimo hacía poco más de un mes.

—En los Campos Elíseos, acompañada de otra joven muy linda. ¿Sabéis quién es?

—Si no me dais sus señas...

—Rubia, delgada, ojos azules y muy elegante.

—¡Ah! es Olimpia; efectivamente, es muy bella.

—¿Vive con alguien?

—Con nadie y con todo el mundo.

—¿Y tiene su casa?

—En la calle de Tronchet, número... ¿Queréis hacerle la corte?

—Nadie sabe lo que puede ocurrir mañana.

—¿Y Margarita?

—Deciros que la he olvidado por completo, sería mentir; pero soy de aquellos hombres en quienes el modo de romper entra por mucho. Y como Margarita me despidió bajo un pretexto tan frívolo, me he tenido por muy necio de haberme enamorado de ella tan extremadamente.

Ya supondréis con qué tono procuraba yo decir todo esto: el sudor corría por mi frente.

—También ella os ama mucho y os adora aún, lo que mejor lo prueba es que luego de haberos visto le ha faltado tiempo para venir a contármelo. Al entrar temblaba de pies a cabeza, y he llegado a temer por su salud.

—¿Y qué os ha dicho?

—Me ha dicho que suponía que vendríais a verme, y me ha encargado que os pidiese perdón en su nombre.

—Podéis decirle que la he perdonado. Es mujer al fin, y no podía esperarme otra cosa que lo que hizo. Creed que le agradezco su resolución, pues ahora que veo claro, me pregunto a dónde hubiera podido llevarme la idea de vivir juntos.

Fué una verdadera locura.

—Yo creo que ella tendrá una satisfacción cuando sepa que habéis comprendido la precisión en que se encontraba al obrar como obró. Sí, amigo mío, era ya hora de que se separara de vos. Ese canalla de agente de negocios a quien había propuesto la venta de sus muebles, fué a preguntar a sus acreedores cuánto se les debía; éstos llegaron a sospechar e iban a pedir que a los dos días se procediera a la venta en subasta.

—¿Y se ha pagado todo?

—Casi.

—¿Y quién ha facilitado el dinero?

—El conde N... ¡Ay, amigo mío! hay hombres que han nacido expresamente para casos tales. El conde dió veinte mil francos y consiguió lo que deseaba. Él sabe bien que Margarita no está enamorada de su persona; pero esto no impide que siga portándose muy bien con ella. Ya lo habéis visto: le ha vuelto a comprar sus caballos, ha desempeñado sus joyas, y le da tanto dinero como le daba el duque. Si ella tuviese buen juicio, el conde no la dejaría en muchísimo tiempo.

—¿Y qué hace ahora? ¿vive siempre en París?

—No ha querido volver a Bougival. Yo fuí a recoger todos sus muebles y también los vuestros, que tengo aparte y por los cuales podéis mandar cuando gustéis. Están todos menos un libro de memorias con vuestra cifra, que Margarita se quiso guardar, pero si deseáis que se lo reclame, lo haré.

—Que se lo guarde—balbuceé notando que las lágrimas acudían desde mi corazón a mis ojos al recordar aquellos días en que había sido tan feliz, y a la idea de que Margarita se reservaba un objeto mío que se los recordase también.

Si Margarita hubiera llegado en aquel momento, mis proyectos de venganza se hubieran disipado, y yo me hubiera arrojado a sus pies.

—Además—dijo Prudencia,—nunca la he visto como ahora: casi no duerme, frecuenta los bailes, asiste a las orgías y llega al extremo de embriagarse. No hace mucho que después de una cena fuerte, tuvo que guardar cama ocho días; pero en cuanto el médico le dijo que ya podía levantarse, volvió de nuevo a las andadas, sin curarse del peligro que corre ni de lo muy delicada que está. ¿Iréis a verla?

—¿Para qué? He venido a veros, porque siempre habéis sido muy buena para conmigo y porque ya os conozco de antes de conocer a Margarita. A vos os debo el haber conseguido su amistad, como os debo también el haberla perdido. ¿No es así?

—No hay duda: he hecho cuanto he podido para que se separara de vos, y espero que con el tiempo me estaréis agradecido.

—Os estoy doblemente reconocido—le dije levantándome. Me dolía que aquélla tomase por lo serio cuanto yo le decía.

—¿Os vais ya?

—Sí.

Sabía ya lo bastante.

—¿Cuándo volveré a veros?

—Muy pronto. Adiós.

—Adiós.

Prudencia me acompañó hasta la puerta, y regresé a mi casa llorando de rabia y sintiendo necesidad de venganza en el corazón.

Margarita era indudablemente una mujer perdida, como todas las de su clase; el amor profundo que me profesaba no había luchado con el deseo de volver a su vida pasada ni con la necesidad de tener un coche para acudir a las cenas alegres.

Yo me decía todo esto en medio de mis insomnios, al paso que si hubiera reflexionado tan fríamente como parecía hacerlo, hubiera visto en esta vida ruidosa de Margarita la esperanza de ahogar un sentimiento continuo, un recuerdo incesante.

Desgraciadamente la pasión mala dominaba en mí, y yo no buscaba más que un medio para hacer sufrir a aquella pobre criatura.

¡Oh! el hombre es muy pequeño y muy vil cuando está herido en sus mezquinas pasiones.

Aquella misma Olimpia, con la cual la había visto, era si no la amiga de Margarita, la que ella trataba con más intimidad desde su vuelta a París. Iba a dar un baile, y ante la idea de que Margarita asistiría tal vez, procuré que me invitaran y lo conseguí.

Cuando, lleno de dolorosas emociones, entré en el baile, éste estaba ya muy animado. Bailábase, se gritaba también, y en uno de los cuadros vi a Margarita bailando con el conde de N..., el cual afectaba orgullo en enseñarla, y parecía decir a todos:

—Esta mujer me pertenece.

Fuí a colocarme junto a la chimenea, cabalmente enfrente de donde estaba Margarita, viendo cómo bailaba. Verme y turbarse fué obra de un segundo. Notélo yo, y la saludé distraidamente con la mano y los ojos.

Al pensar que después del baile no sería yo quien la acompañara, sino aquel rico imbécil; cuando me figuraba lo que vendría después del regreso a su casa, la sangre se me subía a las mejillas y me asaltaba el deseo de perturbar aquellos amores.

Terminada la danza, fuí a saludar a la dueña de casa, que hacía ostentación ante los ojos de sus convidados de unas espaldas esculturales y de una garganta encantadora.

Aquella cortesana era hermosa, tanto, que bajo el punto de vista de la forma, era más perfecta que Margarita. Acabé de persuadirme de ello por algunas miradas que ésta dirigió a Olimpia, mientras yo conversaba con ella. El hombre que hubiese conseguido ser amante de aquella mujer, podía estar tan orgulloso de sí mismo como el señor de N... y era bastante guapa para poder inspirar una pasión igual a la que Margarita me había inspirado.

Entonces no tenía amante. No era, pues, imposible llegar a serlo. Todo consistía en tirar mucho oro para llamar su atención.

Tomé, pues, mi determinación y me dije:

—Esta mujer será mi querida.

Empecé mi papel de pretendiente bailando con Olimpia.

Antes de la media hora, Margarita, pálida como un difunto, se envolvía en su abrigo de pieles y dejaba el baile.