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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 25: CAPÍTULO XXIV
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXIV

Ya tenía dado el primer paso en mi venganza, pero sólo el primero. Comprendía el imperio que aún tenía sobre aquella mujer, y abusaba de él criminalmente.

Cuando pienso que ha muerto, me pregunto si querrá Dios perdonarme el daño que le hice.

Después de la cena, que fué de las más bulliciosas, se empezó el juego.

Me coloqué al lado de Olimpia e hice apuestas tan fuertes, que conseguí llamar su atención. En un momento gané ciento cincuenta o doscientos luises que, amontonados delante de mí, atraían sus codiciosas miradas.

Yo era el único que no estaba completamente preocupado por el juego, y el único de quien se ocupaba Olimpia. Seguí ganando toda la noche, dando a Olimpia dinero para que siguiese jugando, pues había perdido cuanto tenía delante y probablemente en su casa.

Se acabó la partida a las cinco de la madrugada.

Quedé ganando unos trescientos luises.

Habían ya salido todos los jugadores; sólo yo quedé rezagado sin que lo notaran, puesto que ninguno de aquellos señores era amigo mío.

Olimpia alumbraba la escalera, e iba yo a bajar como los demás, cuando volviéndome hacia ella, le dije:

—Tengo que hablaros.

—Volved mañana—me respondió.

—No; ahora mismo.

—¿Qué tenéis que decirme?

—Ya lo veréis.

Y entramos de nuevo en el salón.

—Habéis perdido—le dije.

—Es verdad.

—¿Todo lo que teníais en casa?

Olimpia titubeó.

—Sed franca.

—Pues bien, sí, todo.

—Tomad estos trescientos luises que he ganado: y permitid que me quede esta noche en vuestra casa.

Y diciendo y haciendo, tiré el dinero sobre la mesa.

—¿Por qué me hacéis esta proposición?

—Sencillamente, porque me agradáis mucho.

—No; decid porque estáis enamorado de Margarita y queréis vengaros de ella fingiéndoos mi amante. Amigo mío, a una mujer como yo no se la engaña tan fácilmente; soy por fortuna bastante joven y linda para aceptar el papel que me proponéis.

—¿Es decir, que rehusáis?

—Sí.

—¿Preferís amarme gratis? Esto es lo que yo no aceptaría. Reflexionad, hermosa Olimpia. Si mañana, por ejemplo, os hubiera mandado entregar estos trescientos luises con las condiciones que debéis suponer, los hubierais admitido sin vacilar. Aceptad, pues, y no procuréis penetrar los móviles de mi conducta; vos misma acabáis de decirme que sois bella, y como es verdad, nada tiene de extraño que yo esté enamorado de vos.

Margarita era una mujer como Olimpia, y no obstante, jamás me hubiera propasado a decirle lo que acababa de decir a esta última. Era que yo amaba a Margarita, que había adivinado en ella ciertos instintos de que carecía Olimpia.

Ésta acabó por aceptar, y a las doce del día siguiente salí de su casa convertido en su amante, pero sin haber conseguido que mi corazón tomase parte en las caricias que se creyó obligada a prodigarme en cambio de la suma recibida.

Sin embargo, había quienes se arruinaban por aquella mujer.

Desde aquel día hice de Margarita el objeto de una persecución constante. Dejó, naturalmente, de visitar a Olimpia. Regalé a mi nueva querida un carruaje, joyas y otros objetos; jugué e hice, en fin, todas las locuras propias de un hombre enamorado de una mujer como Olimpia. El rumor de mis nuevas relaciones se difundió bien pronto.

Prudencia misma se dejó engañar por las apariencias, llegando a creer que me había olvidado enteramente de Margarita. Ésta, sea que adivinase la causa de mi proceder, sea que se equivocase como los demás, contestaba con gran dignidad a cuantos desaires le hacía yo diariamente. Conocíase que sufría interiormente, pues, dondequiera que la veía, la encontraba cada vez más triste y más desmejorada. Mi amor, que se había exaltado hasta el paroxismo del odio, gozábase a la vista de aquel sufrimiento continuado. Llegué muchas veces a ser cruelmente infame. Margarita me dirigía algunas miradas tan suplicantes, que me avergonzaba del papel que quería representar a todo trance, y momentos hubo en que sentí deseos de pedirle perdón.

Estos deseos eran fugaces como el rayo; pero Olimpia, que prescindiendo de todo sentimiento de amor propio, comprendía que haciendo daño a Margarita, obtendría de mí cuanto quisiera, se complacía en mortificarla, cada vez que para ello tenía ocasión, con esa obstinada cobardía de las almas serviles e innobles.

Margarita cesó de asistir a los bailes y al teatro, evitando encontrarse con nosotros: entonces los anónimos sucedieron a las provocaciones directas, y no hubo desvergüenza que no nos complaciéramos en publicar, así Olimpia como yo mismo, con respecto a la pobre Margarita.

Era menester estar loco para llegar a aquellos extremos. Yo me sentía como el hombre que, habiéndose embriagado con vino malo, se encuentra impulsado por una de esas exaltaciones nerviosas en las que la mano es capaz de cometer un crimen sin que el entendimiento tome parte en ello. Sin embargo, yo sufría también horriblemente. La calma sin desdén, la dignidad sin menosprecio con que Margarita respondía a todos mis ataques, en cuya conducta reconocía su superioridad, me irritaban y exaltaban más aún contra ella.

Una tarde en que Olimpia había ido no sé a dónde y se había encontrado con Margarita, no quiso ésta perdonar a la joven necia que la insultaba, y llegaron las cosas hasta el punto de que Olimpia tuvo que retirarse cediéndole el puesto, del que luego se llevaron desmayada a mi pobre Margarita; llegó aquélla, furiosa, a contarme lo sucedido, diciéndome que Margarita, al verla sola, había querido vengarse de que fuese mi querida, y que era indispensable que yo le escribiera haciéndole entender que tanto en mi presencia como lejos de ella, debía respetar a la mujer que yo amaba.

Creo por demás deciros que tuve la avilantez de consentir y que en una carta que le escribí en seguida, estampé las palabras más duras, amargas e insultantes, que supe encontrar.

Este golpe era ya muy fuerte para que la desdichada enferma lo pudiese sobrellevar en silencio.

En la creencia de recibir una contestación, permanecí en mi casa todo el día.

A eso de las dos sonó la campanilla y luego vi entrar a Prudencia.

Procuré aparentar indiferencia para preguntarle a qué debía el honor de su visita; pero la Duvernoy que, contra su costumbre, no estaba risueña, me dijo profundamente conmovida, que desde mi regreso, esto es, desde unas tres semanas, no había desperdiciado ocasión de molestar a Margarita; que estaba enferma, y que la escena del día anterior y mi carta la habían postrado en cama.

Esto quería decir, sin hacerme cargo alguno, que Margarita, enviaba a decirme que no tenía ya ni la fuerza moral ni la fuerza física para soportar los sufrimientos que yo le causaba.

—Que la señorita Gautier—dije a Prudencia,—me despida de su casa, está en su derecho; pero no consentiré bajo pretexto alguno, que insulte a la mujer que amo.

—Querido amigo—dijo la Duvernoy,—obráis por la influencia de una mujerzuela sin corazón ni talento; podéis estar enamorado de ella, pero esto no es un motivo para que hagáis sufrir sin piedad a una pobre mujer enferma e indefensa.

—¿Cómo? Mándeme la señorita Gautier su conde de N... y el partido será igual.

—Bien sabéis que no lo hará. Dejadla en paz, querido Armando, pues tengo la seguridad de que si la vierais, os avergonzaríais de la manera como la tratáis. Está pálida, tose mucho y... poco puede ya esperarse de ella.

Y Prudencia me tendió la mano añadiendo:

—Id a verla, vuestra visita la consolará.

—No quiero encontrarme con el señor de N...

—El señor de N... nunca está en su casa. Margarita no puede sufrirle.

—Si ella quiere verme, ya sabe en dónde vivo; venga si lo desea, que yo no he de poner los pies en aquella casa.

—¿La recibiréis bien?

—Perfectamente.

—Pues casi estoy segura de que vendrá.

—Que venga.

—¿Saldréis hoy?

—No; estaré en casa toda la noche.

—Voy a decírselo.

Prudencia salió.

Podéis creer que ni me acordé de escribir a Olimpia que no iría a verla aquella noche, tal era el aprecio que hacía de esta joven con la cual apenas pasaba una noche por semana. Ella, por su parte, creo que se consolaba de mi ausencia con cierto actor de no sé qué teatro.

Mandé encender fuego en todos los aposentos y despedí a José. Fuí a comer y volví inmediatamente.

No puedo pintaros las diversas impresiones que experimenté durante una hora que estuve solo. Cuando a eso de las nueve oí llamar, todas se reasumieron en una emoción tal, que al ir hacia la puerta para abrir, me vi obligado a apoyarme contra la pared, pues creí caerme.

Afortunadamente, la antesala estaba algo obscura y la alteración de mis facciones fué menos perceptible.

Margarita entró.

Vestía de negro e iba cubierta con un velo. Apenas pude reconocer su cara debajo del encaje.

Pasamos al salón y se levantó el velo.

Estaba pálida como un cadáver.

—Aquí estoy, Armando—me dijo;—queríais verme y he venido.

Y dejando caer su cabeza entre ambas manos, se echó a llorar. Acerquéme a ella y le dije con voz alterada:

—¿Qué tenéis?

Estrechó mi mano sin responderme, porque el llanto ahogaba su voz. Pasados los primeros momentos y habiéndose calmado un poco, me dijo:

—Me habéis hecho padecer mucho, Armando, y yo no os he causado daño alguno.

—¿No?—repliqué con amarga sonrisa.

No sé si alguna vez habéis experimentado, o si experimentaréis, lo que yo sentía en presencia de Margarita. La última vez que vino a mi casa, se había sentado en el mismo sitio en que acababa de sentarse, no existía otra diferencia desde la una a la otra vez, que la de haber sido la querida de otro hombre; otros labios que no eran los míos habían rozado los suyos, hacia los cuales a mi pesar se me iba el alma, porque después de todo, yo adoraba a aquella mujer tanto o más que antes.

Lo embarazoso de mi situación me impedía hablar acerca del objeto que la había llevado a mi casa; Margarita, comprendiéndolo, se me anticipó y dijo:

—Vengo a importunaros, Armando, pues he de pediros dos cosas: en primer lugar, perdón por lo que dije ayer a Olimpia, y en segundo clemencia por lo que tal vez estáis aún dispuesto a mortificarme. Voluntariamente o no, desde vuestro regreso me habéis hecho tanto daño, que ya no podría soportar la cuarta parte de las emociones que hasta hoy he experimentado. Me tendréis compasión, ¿verdad? Comprenderéis que para un hombre de sentimientos elevados, existen ocupaciones más dignas que las de vengarse de una pobre mujer enferma y triste. Tomad mi mano, ved cómo abrasa. Tengo calentura; he dejado la cama para venir a pediros, no vuestra amistad, sino vuestra indiferencia.

En efecto al tomar la mano de Margarita, sentí el ardor de la fiebre que la devoraba, mientras la pobre se estremecía de frío bajo su abrigo de terciopelo. Hice rodar el sillón en que estaba hasta la chimenea.

—Ignoráis lo que padecí—repuse,—la noche aquella en que después de haberos esperado en vano en Bougival, vine a París buscándoos y no encontré más que aquella extravagante carta que por poco me vuelve loco. ¡Cómo pudisteis engañarme, Margarita, a mí, que os amaba tanto!

—No discutamos eso, Armando; no he venido para recordarlo. He querido veros, no como enemigo, y he querido estrechar otra vez vuestra mano: he aquí todos mis propósitos. Tenéis una querida joven y bonita, dicen que la amáis, sed dichoso con ella y olvidadme.

—¿Y vos sois muy feliz?

—¿Tengo el aspecto de serlo, Armando? No aumentéis mi dolor, ya que mejor que nadie sabéis cuál es su causa y extensión.

—Si sois desgraciada como me decís, de vos únicamente dependía el no serlo.

—No, amigo mío, no; las circunstancias, más poderosas que yo, dominaron mi voluntad. Obedecí, no a mis instintos de disipación, como suponéis, sino a una necesidad grave y a razones que algún día sabréis y que cambiarán entonces vuestro despecho u odio en agradecimiento y perdón.

—¿Por qué motivo, pues, me ocultáis la verdad?

—Porque no podría restablecer nuestras relaciones y os alejaría tal vez de personas con las cuales no debéis enemistaros.

—¿Qué personas son ésas?

—No os lo puedo decir.

—Entonces, mentís.

Margarita se levantó, encaminándose a la puerta.

No podía presenciar sin conmoverme aquel mudo y expresivo dolor. Crecía mi emoción al comparar interiormente aquella mujer pálida y llorosa, con la joven, alegre y decidora, que se burló de mí en el teatro de la Ópera.

—No saldréis—dije, poniéndome delante de la puerta.

—¿Por qué?

—Porque a pesar de cuanto me has hecho sufrir, te amo todavía locamente y quiero que permanezcas a mi lado.

—Para despedirme mañana, ¿no es eso? No; es imposible. Nuestros destinos se separaron, no intentemos unirnos de nuevo. No queráis acabar por despreciarme ya que, por hoy, únicamente me aborrecéis.

—No, Margarita—exclamé sintiendo renacer todo mi amor y mis recuerdos al contacto de aquella mujer.—No; todo lo olvidaré y llegaremos a ser tan felices como nos habíamos prometido serlo.

Margarita hizo un movimiento de duda y dijo:

—Soy vuestra esclava, haced de mí lo que os acomode, aquí me tenéis.

Y quitándose el sombrero y el abrigo, los arrojó encima del sofá, empezando a desabrocharse bruscamente el vestido, pues por una de esas reacciones tan frecuentes en enfermedades como la suya, la sangre se le subía del corazón a la cabeza y la sofocaba.

A esto siguió una tos seca y ronca.

—Mandad que despidan al cochero—repuso Margarita.

Yo mismo bajé a dar la orden.

Cuando subí, hallé a Margarita tendida junto a la chimenea; sus dientes castañeteaban de frío.

Toméla en brazos, la desnudé sin que hiciese movimiento alguno y la acosté en mi cama, helada como un mármol.

Sentéme junto a ella procurando volverle el calor con mis caricias. Ella se sonreía amargamente sin proferir una sola palabra.

¡Oh, qué noche tan extraordinaria fué aquélla! Toda la vida de Margarita parecía concentrarse en los besos calenturientos que me prodigaba, y yo la amaba tanto, que en medio de los transportes de aquel amor excepcional, me preguntaba interiormente si debía matarla para que jamás pudiese ser de otro hombre.

Un mes de amor como el de aquella noche, y no hubieran quedado más que las sombras de nuestros cuerpos y el recuerdo de nuestras almas.

El día nos sorprendió despiertos.

Margarita estaba lívida: no profería palabra alguna, gruesas lágrimas desprendidas de vez en cuando de sus ojos, se detenían en sus mejillas, brillando como diamantes: sus extenuados brazos se abrían a cada instante para estrecharme, y volvían a caer sin fuerza sobre el lecho.

Llegué a creer que podía olvidar cuanto había pasado desde mi partida de Bougival, y dije a Margarita:

—¿Quieres que nos marchemos, que huyamos de París?

—No, no—me dijo como asustada ante aquella idea,—seríamos muy desgraciados. Yo ya no puedo hacerte feliz; pero, mientras me quede un soplo de vida, seré la esclava de tus caprichos. Siempre y a cualquier hora del día o de la noche que me quieras, ven, seré tuya; pero no pretendas unir tu porvenir al mío, serías muy desgraciado y me harías más desgraciada a mí. Todavía soy y seré por algún tiempo hermosa; aprovéchate de mi belleza, pero no exijas más.

Cuando se hubo marchado, me espanté de la soledad en que me quedaba. Dos horas después, permanecía aún sentado junto al lecho que acababa de dejar, contemplando en el vaciado de su forma, cómo sentía en mi corazón el de su espíritu, preguntándome qué sería de mí entre mis celos y mi amor.

A las cinco me dirigí instintivamente a la calle de Antín.

Nanina salió a abrir la puerta.

—La señora no puede recibiros—me dijo algo turbada.

—¿Por qué?

—Porque está con ella el señor conde de N... y ha mandado que no se permita entrar a nadie.

—Está muy bien—tartamudeé,—se me había olvidado.

Volví a mi casa como un hombre ebrio, y ¿sabéis lo que hice durante aquel momento de delirio? ¿sabéis lo que hice? Creyendo que aquella mujer se burlaba de mí, me la representé en su inviolable entrevista con el conde, repitiéndole las mismas frases y las mismas caricias que me había prodigado durante la noche, y tomando un billete de quinientos francos, se lo remití con una carta que decía así:

«Esta mañana os habéis marchado tan a prisa, que me olvidé de pagaros.

«Aquí tenéis el importe de vuestra visita».

Mandada ya la carta a su destino, salí de mi casa como para substraerme al remordimiento instantáneo de semejante infamia.

Fuí a ver a Olimpia, a la que encontré probándose unos vestidos y que, cuando estuvimos solos, cantó para distraerme, algunas estrofas obscenas.

Ésta era el verdadero tipo de la mujer sin rubor, corazón ni talento, con relación a mí, se entiende, pues era muy posible que otro hombre hubiese pasado con ella una noche semejante a la que yo había pasado con Margarita.

Me pidió dinero, se lo di, y libre ya de poder retirarme, volví a mi casa.

Margarita no había contestado a mi carta.

Es inútil deciros cuán agitado pasé el día siguiente.

A las seis y media de la tarde un mozo me trajo un pliego dentro del cual venía mi carta y el billete de quinientos francos.

—¿Quién os ha entregado esto?—pregunté a aquel hombre?

—Una señora que, acompañada de una criada, iba a partir en la diligencia de Boulogne, quien me encargó que no la llevase a su destino hasta que el carruaje se hubiese puesto en marcha.

Fuíme corriendo a casa de Margarita.

—La señora—me dijo el portero,—ha salido para Inglaterra esta tarde a las seis.

Ya nada podía detenerme en París, ni el amor ni el odio. Tantas emociones juntas me habían aniquilado. Uno de mis amigos iba a emprender un viaje a Oriente; obtuve de mi padre el permiso, además de algunos fondos y cartas de recomendación, y a los ocho o diez días me embarcaba en Marsella.

En Alejandría supe por un agregado de la embajada, a quien había visto algunas veces en casa de Margarita, el estado alarmante de la enfermedad de la desdichada joven.

Entonces le escribí la carta a la cual dió la contestación que ya conocéis, y que recibí en Tolón.

Púseme inmediatamente en camino, y ya sabéis todo lo demás.

Ahora ya no os queda más que leer las pocas páginas que me entregó Julia Duprat, las cuales son el complemento indispensable de cuanto acabo de referiros.