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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 26: CAPÍTULO XXV
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXV

Fatigado Armando con su larga relación, interrumpida sólo por sus lágrimas, dejó caer la frente entre sus manos y cerró los ojos, ya fuese para meditar, ya para conciliar el sueño, luego de haber puesto en mi mano las hojas escritas por Margarita.

Bien pronto una respiración algo más rápida, me probó que Armando dormitaba, con ese sueño ligero que disipa el menor ruido.

He aquí lo que leí y que transcribo sin añadir ni quitar una sílaba:

«15 de diciembre.

«Hace tres o cuatro días que padezco mucho. Esta mañana no he podido levantarme; el tiempo está sombrío, estoy triste, no tengo a nadie junto a mí y pienso mucho en ti, querido Armando. Y tú, ¿en dónde estás mientras yo te escribo estas líneas? Lejos de París, muy lejos, según me han dicho, y acaso te habrás ya olvidado de Margarita. Sea como fuere, sé dichoso, tú a quien debo los únicos momentos felices de mi vida.

«No pude resistir al deseo de darte explicaciones de mi conducta, y te escribí una carta; pero, escrita por una mujer de mi clase, puede parecer una mentira, a menos que la muerte la santifique con su autoridad y que, en vez de ser una simple carta, se convierta en una confesión.

«Hoy me encuentro muy mala, puedo morir de esta enfermedad, pues siempre he tenido el presentimiento de que moriré joven. Mi madre murió del pecho, y el género de vida que yo he llevado ha debido agravar esta predisposición, única herencia que se me ha legado; pero no quiero morir sin antes dárteme a conocer tal como soy, por si alguna vez, cuando hayas vuelto, piensas aún en la pobre joven a quien amaste.

«Te repito el contenido de aquella carta que me complazco en volver a escribir, para darme una nueva prueba de mi justificación.

«Recordarás, Armando, que la llegada de tu padre nos sorprendió en Bougival; recordarás también el terror involuntario que su llegada me causó y la escena que tuvo lugar entre tú y él, y que me contaste por la noche.

«Al día siguiente, mientras estabas en París esperando a tu padre, que no volvía, vino un hombre a mi casa y me entregó una carta del señor Duval.

«En dicha carta, que te envío con ésta, me suplicaba que te alejara por todo el día bajo cualquier pretexto y que le recibiera a él. Me decía que debía hablarme a solas, y me suplicaba, sobre todo, que nada te dijera con respecto a semejante paso.

«Ya sabes con qué insistencia te rogué que volvieses a París el día siguiente.

«Hacía una hora que te habías ido cuando llegó tu padre. Dejo aparte la impresión que me produjo su severo semblante. Tu padre estaba penetrado de las rancias teorías, según las cuales toda mujer de mi clase es un ser sin razón, una especie de máquina para recibir dinero, dispuesta siempre, como las máquinas de hierro, a pulverizar la mano que se le acerca, y a desgarrar, sin piedad ni discernimiento, al que la hace vivir y obrar.

«La carta de tu padre era muy atenta, al objeto de que no me negase a recibirle; pero no se presentó personalmente en las mismas formas con que me había escrito. Sus primeras palabras fueron harto altaneras e impertinentes, y pretendió llegar hasta las amenazas, poniéndome en el caso de recordarle que estaba en mi casa y que no debía darle cuenta de mi modo de ser, más que por la sincera afección que sentía por su hijo.

«Entonces pareció calmarse un tanto y empezó a decirme que no podía consentir por más tiempo que su hijo se arruinara por mí; que positivamente yo era hermosa, pero que, por mucho que lo fuese, no debía servirme de mi belleza para matar el porvenir de su hijo.

«Esta acusación sólo tenía una respuesta, ¿no es verdad? mostrarle las pruebas de que, desde que era tu querida, ningún sacrificio había omitido para serte fiel ni pedirte más dinero que el que podías darme. Enseñéle las papeletas del Monte de Piedad, los documentos de las personas a las cuales había vendido los objetos que no había podido empeñar; expuse mi resolución de deshacerme de todos los muebles para pagar mis deudas, y luego poder vivir en tu compañía sin serte muy costosa. Le enteré de todos nuestros proyectos, y acabó por convencerse y alargarme la mano pidiéndome perdón por los modos bruscos con que al principio me había hablado.

«Luego añadió:

«—Ahora, señora, no por inculpaciones ni amenazas, sino por súplicas, procuraré obtener de vos un sacrificio mayor que todos los que hasta ahora habéis hecho por mi hijo.

«Temblé a este preámbulo.

«Tu padre se acercó a mí, me cogió ambas manos y continuó en tono cariñoso:

«—No deis una interpretación torcida, hija mía, a lo que voy a deciros; comprended que la vida tiene a veces necesidades crueles para nuestro corazón, pero a las cuales es preciso someterse. Sois buena, y vuestra alma tiene arranques generosos desconocidos de muchas mujeres que tal vez os desprecian sin valer lo que vos; pero recapacitad y comprenderéis que al lado de la querida existe la familia; que sobre el amor están las obligaciones; que a la edad de las pasiones sucede la edad en que el hombre, para ser respetado, necesita estar sólidamente constituido en una posición legal. Mi hijo carece de bienes de fortuna, y no obstante, ha decidido haceros donación de la herencia de su madre. Si aceptase de vos el sacrificio que queréis imponeros, su honor y dignidad, afectados, le obligarían a haceros en cambio la citada donación, que os pondría para siempre al abrigo de toda adversidad; pero no puedo consentir semejante sacrificio, porque el mundo que no os conoce, supondría en mi consentimiento, una degradación que el nombre que llevamos debe rechazar. No se cuidarían de averiguar si Armando os ama, o vos le amáis, que ese doble amor es una dicha para él y una rehabilitación para vos, vería únicamente que Armando Duval ha permitido que una manceba—perdonadme, hija mía, lo que me veo en el caso de deciros,—vendiese por él cuanto poseía. Después vendría, no le dudéis, el día de las reconvenciones y del arrepentimiento, y entonces os hallaríais sujetos por una cadena que no podríais romper.

«¿Qué haríais entonces?

«Vuestra juventud se habría agostado, el porvenir de mi hijo estaría destruido, y yo, su padre, sólo recibiría de uno de mis hijos el galardón que espero de los dos.

«Sois joven, sois bella, la vida os sonríe y podéis consolaros. Dada vuestra nobleza de alma, el recuerdo de una buena acción redimirá gran parte de vuestro pasado; desde que Armando os ama, se ha olvidado completamente de mí; en seis meses le he escrito cuatro veces, y él no ha pensado en contestarme una sola. ¡Hubiera podido morir sin que él lo hubiese sabido!

«Por más que os hayáis propuesto vivir retirada y modestamente, Armando, que os ama, no querrá condenaros a la posición que su escasa fortuna os permita, y que no está al nivel de vuestra belleza. ¿Quién sabe lo que haría en este caso para mejoraros? Sé que ha jugado; sé también que vos lo ignoráis; pero comprendo que, en un momento de embriaguez, hubiera podido perder una parte de lo que yo estoy recogiendo hace muchos años para mi hija, para él y para el descanso de mis últimos días. Lo que ha podido suceder antes, pudiera suceder todavía.

«Y luego, ¿estáis segura de que la vida que le sacrificaríais no os atraería nuevamente? ¿Estáis segura de que vos, que le amáis ahora, no amaréis a otro? ¿No sufriríais, en fin, los obstáculos que vuestras anteriores relaciones pondrían a la tranquilidad de vuestro amante, y los cuales no podríais salvar, si con la edad las ideas de ambición sucedieran a los sueños de amor?

«Pensad detenidamente cuanto os digo, señora. Amáis a Armando; pues bien, probádselo por el único medio que de probárselo os queda; esto es, sacrificando vuestro amor a su porvenir. Ninguna desgracia ha ocurrido hasta ahora; pero sucedería andando el tiempo, y tal vez mucho mayor de lo que yo presiento. Armando puede tener celos de cualquiera de los que os han amado, puede provocarle, batirse, y por último puede ser muerto. Imaginad, si por desgracia llegase este caso, cuánto sufriríais delante de este padre, que os pediría cuentas de la vida de su hijo.

«Por último, sabedlo todo, hija mía, porque no os lo he dicho todo aún; sabed el principal motivo que me ha traído a París. Acabo de deciros que tengo una hija joven, bella, pura como un ángel, ama también y ha hecho de su amor el encanto de su vida. Se lo he escrito a Armando, pero absorbido completamente por vos, nada me ha contestado. Ahora bien, mi hija va a casarse, va a unirse con el hombre a quien ama, y a entrar en una familia honrada, que quiere igualmente que todo sea honroso en la mía. Los parientes del hombre que va a ser mi yerno han sabido cómo vive Armando en París, y me han comunicado que retirarán la palabra empeñada si Armando no cambia de modo de vivir. La suerte de una niña, que no os ha hecho mal alguno, está en vuestras manos.

«¿Tenéis derecho y os sentís con valor para destruirla? Margarita, en nombre de vuestro amor y de vuestro arrepentimiento, otorgadme la felicidad de mi hija.

«Yo lloraba en silencio al escuchar aquellas reflexiones que me había hecho varias veces y que en boca de tu padre aún tomaban un aspecto más serio y hasta apremiante. Yo me decía a mí misma lo que tu padre no se atrevía a decirme y que, de seguro, tuvo veinte veces en sus labios; esto es: que yo no era más que una manceba y que cualquiera que fuese la denominación que se diera a nuestras relaciones, tendría siempre la apariencia del cálculo; que mi pasado no me daba derecho a esperar semejante porvenir, y que contraía una responsabilidad a la cual mis costumbres y mi reputación restaban toda garantía. Finalmente, Armando, yo te amaba muchísimo, y la manera paternal con que tu padre me hablaba, los sentimientos castos que invocaba, el deseo de obtener la estimación de aquel noble anciano, la seguridad de reconquistar más tarde la tuya, todo junto despertaba en mi corazón sentimientos sublimes que me engrandecían a mis propios ojos, inspirándome ideas santas y desconocidas para mí hasta entonces. Cuando pensaba que llegaría un día en que aquel anciano que me imploraba por el porvenir de su hijo, diría a su hija que uniera mi nombre a sus oraciones, como el nombre de una amiga misteriosa, me enorgullecía de tal modo que me sentía capaz del heroísmo.

«Acaso la exaltación del momento exagerase la realidad de las impresiones que experimentaba; pero es lo cierto que estos nuevos sentimientos consiguieron que desoyera los consejos que me daba el recuerdo de los días felices pasados a tu lado.

«—Está bien, caballero—dije a tu padre, secando mis lágrimas.—¿Creéis que amo a vuestro hijo?

«—Sí—respondió el señor Duval.

«—¿Con un amor desinteresado y sin límites?

«—Sí.

«—¿Creéis que yo había hecho de este amor la esperanza y el ideal del perdón de mi vida?

«—Estoy seguro de ello.

«—Pues bien, caballero, abrazadme una vez como abrazaríais a vuestra hija, y os juro que este abrazo, el único verdaderamente casto que habré recibido, me dará fuerzas contra mi amor, y que antes de ocho días vuestro hijo estará a vuestro lado, desgraciado tal vez por algún tiempo, pero curado para siempre de su amor.

«—Noble criatura—exclamó vuestro padre besándome en la frente,—vais a intentar una acción meritoria que Dios os tendrá en cuenta; pero temo que no consigáis nada de mi hijo.

«—¡Oh! tranquilizaos, señor, llegará a odiarme.

«Era preciso poner una barrera insuperable entre nosotros.

«Escribí a Prudencia diciéndole que aceptaba las proposiciones del conde de N... y que fuera a decirle que aquella noche cenaríamos con él.

«Cerré la carta, y sin decirle su contenido, la entregué a tu padre para que se sirviese mandarla a su destino en cuanto estuviese de vuelta en París.

«Preguntóme, sin embargo, lo que contenía.

«—La felicidad de vuestro hijo—contesté.

«Tu padre me abrazó por última vez. Sentí caer sobré mi frente dos lágrimas de agradecimiento que fueron como el bautismo de mis pasadas culpas, y en el momento en que consentía en unirme a otro hombre, me enorgullecía pensando que por medio de aquella nueva falta labraba tu felicidad.

«Era muy natural, Armando; tú me habías dicho que tu padre era el hombre más honrado y leal del mundo.

«El señor Duval subió al coche y se alejó.

«A pesar de todo, yo era mujer y te adoraba. Cuando volví a verte, no pude dejar de llorar; pero no desmayé en mi resolución.

«¿Hice bien? Esto es lo que me pregunto hoy que me encuentro enferma en un lecho que probablemente no abandonaré sino con la vida.

«Fuiste testigo de lo que experimenté a medida que se acercaba la hora de nuestra separación; tu padre no estaba allí para infundirme valor, y hubo un momento en que estuve casi resuelta a contártelo todo: tanto me horrorizaba la idea de que ibas a despreciarme y aborrecerme.

«Voy a decirte, Armando, una cosa que tal vez no creerás, y es que pedí a Dios que me diese fuerzas, y la prueba de que aceptó mi sacrificio es que lo llevé a cabo sin desmayar.

«Aquella terrible noche y durante la cena necesité también fortalecerme, porque no quería saber lo que iba a hacer: tan poca confianza tenía en mí misma.

«Así es que bebí para olvidar y conseguí mi objeto. Y tanto fué así, que al día siguiente, al amanecer, desperté en casa del conde y en sus brazos.

«Ésta es toda la verdad, amigo mío: juzga y perdóname como yo te perdono todo el daño que me has causado desde aquel día».