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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 27: CAPÍTULO XXVI
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXVI

«Todo lo que ha ocurrido desde aquella noche fatal, lo sabes tan bien como yo: pero lo que ignoras, lo que no es posible que hayas podido imaginar, es lo que he padecido desde nuestra separación.

«Supe que tu padre te había llevado; pero como creía que no podrías vivir mucho tiempo separado de mí el día que te encontré en los Campos Elíseos me conmoví, pero no me extrañó.

«Entonces dió principio aquella serie de días, cada uno de los cuales gravaba mi corazón con el peso de un nuevo insulto venido de ti; insultos que yo recibía con cierto regocijo, porque además de ser una prueba de que me amabas, me envanecía la idea de que, cuanto más me mortificases, más grande resultaría a tus ojos el día en que supieras la verdad.

«No te admires de ese martirio aceptado, Armando, pues el amor que me tuviste había despertado la nobleza de mi corazón al entusiasmo.

«No obstante, he de confesarte que no fué ésta obra de un momento.

«Entre la ejecución del sacrificio que me impuse y tu regreso pasó algún tiempo, durante el cual me fué necesario recurrir a medios físicos para no volverme loca. Prudencia te dijo que yo no faltaba a ninguna fiesta ni a cuantos bailes y orgías tenía tiempo de frecuentar.

«Abrigaba el presentimiento y el deseo de matarme rápidamente a fuerza de excesos, y creo que no andaba equivocada. Mi salud se iba quebrantando cada vez más, y el día en que fué a pedirte perdón, en nombre mío, la amiga Duvernoy, sentíame en verdad desfallecida física y moralmente.

«No quiero recordarte, Armando, el modo cómo correspondiste a la última prueba de amor que pude darte, ni el ultraje con que echaste de París a la mujer que, casi moribunda, no pudo resistir el encanto de tu voz cuando le pediste una noche de amor, y que, como una insensata, creyó por un momento poder enlazar de nuevo el pasado con el presente.

«Estabas en tu derecho al hacer lo que hiciste, Armando: ¡ninguna noche me ha sido pagada ni me ha costado tan cara como aquélla!

«Entonces lo abandoné todo. Olimpia me substituyó en el amor del conde de N... y encargóse, según me han dicho después, de hacerle saber el motivo de mi huida.

«El conde de G... se hallaba en Londres. Es uno de estos seres que, dando, únicamente, al amor con mujeres de mi clase, la importancia que hace del mismo un agradable pasatiempo, resultan siempre amigos de las mujeres que han querido, y no sienten por ellas odio alguno, puesto que nunca han sentido celos; es, en fin, uno de esos aristócratas que sólo nos abren una parte de su corazón por más que nos abran todo su bolsillo.

«Fué el primero en quien pensé, y corrí en su busca. Recibióme perfectamente; pero era en Londres el amante de una mujer del gran mundo; y temiendo comprometerse teniéndome a su lado, me presentó a sus amigos, que me dieron una cena, después de la cual uno de ellos me llevó consigo.

«¿Qué había de hacer?

«¿Matarme? Esto hubiera sido cargar sobre tu vida, que debe ser dichosa, un remordimiento inútil. Además, ¿para qué suicidarme estando tan cerca de la muerte?

«Pasé al estado de cosa sin pensamiento ni voluntad; viví algún tiempo como un autómata; después regrese a París y pregunté por ti, y me dijeron que habías emprendido un largo viaje.

«Nada, pues, me retenía ya: mi existencia volvió a ser lo que había sido antes de conocerte. Procuré conquistar nuevamente la amistad del duque; pero yo había herido hondamente su amor propio, y los viejos son poco sufridos, sin duda porque se dan cuenta de que no son eternos. Mi enfermedad progresaba diariamente; estaba pálida, triste y sobre todo flaca. Los hombres que compran el amor examinan la mercancía antes de tomarla, y, como había en París mujeres mejor conservadas, más alegres y más tiernas que yo, empezaron a olvidarse de mí. He aquí mi pasado hasta ayer.

«Hoy me encuentro gravemente enferma. He escrito al duque pidiéndole dinero, porque no lo tengo, por lo que, sin duda, han venido los acreedores a presentarme sus cuentas con verdadero encarnizamiento. ¿Me contestará el duque? ¿Por qué no estás en París, Armando? Tú vendrías a verme y tus visitas me consolarían».


«20 de diciembre.

«Hace un tiempo horroroso: está nevando; me encuentro sola en mi casa. La fiebre me domina de tal suerte, que hace tres días no he podido escribir una letra. Nada de nuevo, amigo mío; espero en vano diariamente recibir carta tuya, pues no llega nunca, y tal vez no llegará jamás. Sólo a los hombres os es dado el valor de no perdonar.

«El duque tampoco ha contestado a mi última carta.

«Prudencia ha vuelto a emprender otra vez sus viajes al Monte de Piedad.

«No ceso de arrojar sangre. ¡Oh, qué pena te daría verme! ¡Eres bien dichoso de vivir bajo un cielo templado, no teniendo, como yo, todo un invierno de hielo sobre el pecho! Hoy me he levantado un poco, y a través de las cortinas de la ventana he visto correr esta vida agitada de París, con la cual creo haber roto para siempre.

«He reconocido algunos rostros que han pasado ligeros, alegres, indiferentes. Ninguno ha levantado los ojos hasta mis ventanas. Sin embargo, han venido varios jóvenes a inscribir sus nombres en la lista. Otra vez que estuve enferma, recuerdo que tú no me conocías, que únicamente habías obtenido de mí un desaire el día que te vi por primera vez, y venías todas las mañanas a informarte de mi salud. Vuelvo a estar enferma: hemos vivido seis meses juntos; he sentido por ti todo el amor que yo pude abrigar y cuanto podía darte el corazón de una mujer apasionada, y hoy estás lejos y me maldices, tal vez, y no me viene de ti ni una sola palabra de consuelo. Estoy segura de que solamente el acaso puede motivar tan terrible abandono, pues si estuvieses en París no te apartarías un instante de la cabecera de mi cama».


«25 de diciembre.

«El médico me prohíbe escribir diariamente, porque, en efecto, mis recuerdos no hacen más que aumentar la fiebre que me consume. Ayer recibí una carta que me hizo mucho bien, más por los sentimientos de que era expresión, que por el socorro material que me proporcionaba. Por lo tanto, ya puedo hoy escribirte. La carta era de tu padre y decía lo siguiente:

«Señora:

«Acabo de saber que estáis enferma. Si me encontrase en París iría yo mismo a preguntar por vos; si mi hijo estuviera aquí, le diría que fuera a saber de vuestra salud; pero no me es posible salir de C... y Armando está a setecientas leguas de aquí.

«Permitidme, señora, que me limite a manifestaros cuánto me aflige vuestra enfermedad, y creed en los votos sinceros que hago por vuestro pronto restablecimiento.

«Uno de mis mejores amigos, el señor de H... se presentará en vuestra casa; dignaos recibirle. Le he encargado de una comisión cuyo resultado espero con impaciencia.

«Dignaos recibir, señora, la seguridad de mi aprecio y consideración».

«Esto dice la carta. Tu padre tiene un corazón muy noble; ámale mucho, amigo mío, pues existen pocos hombres en el mundo tan dignos de ser estimados. Este papel, firmado con su nombre, me ha servido de mucho más alivio que todas las recetas de mi reputado médico.

«Esta mañana ha venido el señor de H... Apareció algo turbado por la misión que debía cumplir en nombre de tu buen padre. Venía sencillamente a traerme mil escudos de parte del señor Duval. Al pronto quise rehusarlos; pero el señor H... me ha hecho observar que mi denegación ofendería a su amigo, que le había autorizado para facilitarme aquella suma y para seguir entregándome cuantas pudiese necesitar. He aceptado, pues, este favor, que, procediendo de tu padre, no debía considerar como una limosna.

«Si cuando vuelvas he muerto ya, enseña a tu padre lo que estoy escribiendo para él, añadiendo que al trazar estas líneas, la pobre mujer a la cual se dignó escribir su consoladora carta, lloraba de agradecimiento y rogaba a Dios por él».


«4 de enero.

«Acabo de pasar una serie de días horrorosos. Ignoraba que el cuerpo pudiera hacer sufrir tanto.

«¡Cuán cara estoy pagando mi vida pasada!

«Me han velado todas las noches. No podía respirar. El delirio y la tos se disputaban los restos de mi pobre existencia.

«El comedor está lleno de bombones y de regalos de todas clases que me traen los amigos. Entre éstos hay algunos que esperan indudablemente ser más tarde mis amantes. Si vieran el estado a que me ha reducido la enfermedad, huirían aterrados.

«Prudencia es la única que se aprovecha de los presentes que se me hacen.

«El tiempo se ha despejado y el médico me asegura que podré salir dentro de pocos días si continúa el deshielo».


«8 de enero.

«Ayer paseé en mi coche. El día fué esplendoroso. Los Campos Elíseos estaban llenos de gente. Puede decirse que la primavera sonreía. Me pareció que todo lo que me rodeaba rebosaba alegría. Nunca hubiera imaginado que se encerrara en un rayo de sol tanta dulzura y consuelo.

«Encontré a casi todos mis conocidos, alegres como siempre, y, como siempre, ocupados en sus placeres. ¡Cuánta gente dichosa que no sabe que lo es! Olimpia pasó junto a mí en un elegante carruaje que acababa de regalarle el conde de N... Creyó insultarme con sus miradas. No sabe cuán apartada me encuentro de todas esas vanidades. Un buen muchacho a quien conozco hace mucho tiempo, me preguntó si quería ir a cenar con él y uno de sus amigos, que, según aseguró, deseaba conocerme.

«Sonreí tristemente y le tendí mi mano calenturienta.

«Jamás he visto en semblante humano pintado el asombro tan a lo vivo.

«Volví a mi casa a las cuatro y comí con buen apetito.

«Parecióme que el paseo me había probado bien.

«¡Tal vez llegaré a aliviarme!

«¡De qué modo, el aspecto de la vida y de la dicha ajenas hace que deseen vivir los que durante el día anterior, encerrados en las sombras de su alcoba y agobiados por el peso de sus males, pensaban solamente en morir pronto!».


«10 de enero.

«Sólo fué un sueño mi esperanza de recobrar la salud. Vuelvo a estar en cama, cubierto el cuerpo de emplastos que me atormentan. ¡Qué darían hoy por este cuerpo, que en otro tiempo se pagaba tan caro!

«Es menester que hayamos hecho mucho mal antes de nacer o que nos esté reservada una gran felicidad después de la muerte, para que Dios permita que esta vida tenga todos los tormentos de la expiación y todos los dolores de la prueba».


«12 de enero.

«Sigo sufriendo mucho.

«El conde de N... me mandó ayer dinero, que no quise tomar. No quiero nada de él. Ese hombre es la causa de que tú no estés a mi lado.

«¡Oh! ¿qué se hicieron aquellos hermosos días de Bougival?

«Si saliese viva de este cuarto, iría en romería a la casita que habitábamos juntos; pero saldré muerta.

«¡Quién sabe si mañana podré escribirte!».


«25 de enero.

«Llevo once noches sin dormir, ahogándome y creyendo a cada instante que voy a expirar. El médico ha mandado que no se me permita escribir, pero Julia Duprat, que me cuida me tolera que te dedique estas pocas líneas. ¿No volverás antes de que me muera? ¿Se habrá ya acabado para siempre todo entre nosotros? Creo que si volvieras, curaría; pero ¡para qué!».


«28 de enero.

«Esta mañana me despertó un gran ruido. Julia, que dormía en mi cuarto, se ha precipitado a saber lo que era. He oído voces de hombres contra los cuales la de Julia luchaba inútilmente. Ha vuelto a entrar llorando.

«Venían a embargar mis efectos. Le dije que les dejara hacer lo que ellos llaman justicia. Un alguacil entró en mi cuarto con el sombrero puesto. Abrió los cajones, inventarió todo cuanto le pareció bien, sin darse cuenta, al parecer, de que había una moribunda en esta cama que por fortuna respeta la caridad de la ley.

«Al marcharse, me advirtió que tenía derecho a reclamar antes de nueve días; pero dejó un guarda.

«¡Dios mío, que va a ser de mí!

«Esta escena ha sido causa de que se agrave mi enfermedad. Prudencia quería pedir dinero al amigo de tu padre, pero yo me he opuesto a que lo verificase».


«30 de enero.

«Hoy he recibido tu carta, la cual ha sido para mí un gran consuelo, el cual necesitaba. ¿Recibirás mi contestación a tiempo? ¿Podrás volver a verme? La felicidad de hoy me hace olvidar las inmensas amarguras de los días que he pasado de seis semanas a esta parte. Creo que estoy algo mejor, a pesar del sentimiento de tristeza bajo cuya impresión te he contestado.

«No creo que una deba ser siempre desgraciada.

«Cuando calculo que puede ocurrir que yo no muera, que tú vuelvas, que pueda yo ver otra vez la primavera, que me amas aún y que volvamos a nuestra vida del verano pasado...

«¡Tonta de mí! no bien puedo sostener la pluma con que te escribo semejantes ligerezas de mi corazón.

«Sea ello lo que fuere, te amo, Armando, y hace mucho tiempo que hubiera muerto a no sustentar el recuerdo de este amor con cierta vaga esperanza de volver a verte a mi lado.

«Esta esperanza es lo único que me sustenta».


«4 de febrero.

«El conde de G... ha vuelto. Engañado por su querida, se ha quedado muy triste, porque la amaba mucho. Vino a verme y me lo ha contado todo, y a pesar del estado de sus negocios, pagó al alguacil y despidió al guarda.

«Le he hablado de ti y él me ha prometido hablarte de mí.

«En estos instantes me he olvidado de que había sido su querida, y él por su parte ha procurado también hacérmelo olvidar. ¡Qué corazón tan excelente!

«El duque mandó ayer a preguntar por mí y ha vuelto esta mañana. No sé cómo vive todavía este anciano. Tres horas estuvo a mi lado y no me ha dicho veinte palabras. Al verme tan desmejorada, dos gruesas lágrimas han surcado sus mejillas: tal vez el recuerdo de la muerte de su hija le hizo llorar. La habrá visto morir dos veces. No me ha dirigido reconvención alguna. A pesar de esto, llegué a suponer que se gozaba secretamente en el estrago que ha hecho en mí la enfermedad. Parecía sentirse orgulloso de poder mantenerse en pie, mientras yo, joven aún, estaba postrada por los sufrimientos.

«Ha vuelto el mal tiempo. Nadie viene a visitarme. Julia me cuida tan bien como puede. Prudencia, a quien no puedo dar tanto dinero como antes, empieza a pretextar ocupaciones para alejarse.

«Ahora que estoy próxima a la muerte a pesar de lo que aseguran los médicos, pues son varios, lo cual prueba que la enfermedad acrece, casi me arrepiento de no haber cerrado los oídos a las razones de tu padre. Si hubiera sabido que sólo podía robar un año a tu porvenir, no hubiera podido resistir al deseo de pasarlo contigo y moriría estrechando una mano amiga. Es verdad que si hubiéramos podido vivir juntos ese año, no moriría yo tan pronto.

«¡Cúmplase la voluntad de Dios!».


«5 de febrero.

«¡Oh! ven, Armando, ven; padezco atrozmente, estoy muriéndome. ¡Dios mío!

«Ayer estaba tan triste que quise pasar la velada fuera de casa, porque la anterior se me había hecho muy larga. El duque vino a verme por la mañana. Creo que la presencia de ese anciano, que parece olvidado por la muerte, acelera la mía.

«No obstante, la fiebre que me devora, me hice vestir y conducir al teatro del Vaudeville. Gracias a los menjurjes del tocador, podía pasar por un ser viviente. Fuí a aquel palco en el que te di la primera cita: mientras duró la representación, tuve mis ojos fijos en la localidad que aquel día ocupabas y en la que ayer se sentaba un palurdo que se reía ruidosamente de cuantas tonterías decían los actores. Volviéronme a mi casa medio muerta. Tosí y arrojé sangre toda la noche. Hoy no puedo hablar, apenas alcanzo a levantar el brazo, ¡Dios mío! ¡Dios mío! voy a morir. A pesar de esto, la idea de la muerte me intimida menos que la de prolongar mis padecimientos, y sí...».

A partir de este punto, los pocos renglones que Margarita había procurado trazar, aparecían ininteligibles. Julia Duprat los había continuado.


«18 de febrero.


«Señor Armando:

«Desde el día que Margarita se empeñó en ir al teatro está mucho más grave. No alcanza a pronunciar palabra ni a mover sus extenuados miembros.

«Imposible es describir cuánto padece nuestra pobre amiga. Yo, que no estoy acostumbrada a parecidas emociones, me encuentro continuamente sobresaltada.

«¡Cuánto me alegraría de que estuvieseis con nosotras! Delira casi siempre, pero delirante o no, nunca intenta pronunciar otra palabra que vuestro nombre.

«El médico asegura que vivirá muy poco. Desde que está tan grave, el viejo duque no ha vuelto a parecer. Al decir del médico, ese espectáculo le afecta demasiado.

«La señora Duvernoy está muy retraída. Como ve que no puede sacar más dinero de Margarita, a costa de la cual vivía casi por completo, ha contraído compromisos que no puede cumplir, y viendo que su vecina no puede sacarla de ellos, se excusa de verla. Todos la abandonan. El señor de G... acosado por sus acreedores, se ha visto en la necesidad de volver a Londres. Antes de salir, nos ha mandado algún dinero; hizo por Margarita cuanto ha podido; pero no ha habido medio de evitar un nuevo embargo y los acreedores no esperan sino que haya venido la muerte para empezar la venta.

«He pretendido evitar con mis últimos recursos el secuestro; pero me ha dicho el alguacil que era inútil; ya que había otros fallos ejecutivos.

«Toda vez que va a morir, más vale abandonarlo todo, que salvarlo para su familia, que no ha querido ver, porque nunca la ha amado. No podéis calcular en medio de qué dorada miseria se muere esta infeliz. Ayer no teníamos absolutamente dinero. Cubiertos, alhajas, cachemires, está empeñado todo lo que no se ha vendido. Como Margarita tiene conciencia de cuanto pasa a su lado, sufre de espíritu a la vez que de cuerpo. Gruesas lágrimas surcan continuamente sus mejillas descarnadas y pálidas. Si la vierais no podríais reconocer a la que tanto habéis amado. Me hizo prometer que os escribiría mientras ella no pueda, y escribo en su presencia. Dirige sus ojos hacia mí; pero no me ve; su mirada está completamente empañada. No obstante, sonríe y estoy segura de que su pensamiento y su alma están en vos.

«Cada vez que abren la puerta, sus ojos parecen iluminarse, creyendo siempre que vais a entrar; luego, al ver que no sois vos, vuelve a tomar su cara la expresión dolorosa, acardenalándose sus pómulos que baña un sudor frío».


«19 de febrero, a media noche.

«¡Qué día tan horrible el de hoy, señor Armando! Esta mañana Margarita se ahogaba, el médico la sangró y ha parecido recobrar la voz; el doctor le ha aconsejado que llame a un sacerdote; y con asentimiento de la enferma, ha ido él mismo a buscar al cura de San Roque.

«Durante este intervalo Margarita me ha llamado junto a su cama y me ha suplicado que abriera un armario. Luego me ha señalado un gorro de dormir y una camisa larga guarnecida de encajes y me ha dicho con voz apagada:

«—Como voy a morir después de haberme confesado, quiero que me vistas en seguida con estos objetos: es una coquetería de moribunda.

«Luego me abrazó llorando y añadió:

«—Puedo hablar, pero me ahogo cuando hablo; ¡me ahogo! ¡aire!

«Llorando con amargura y casi a tientas, abrí la ventana. A los pocos momentos entró el sacerdote.

«Salí a su encuentro.

«Al saber en qué casa se encontraba, pareció que temiese ser mal acogido.

«—Entrad sin cuidado, padre mío—le dije.

«Muy poco tiempo estuvo en la alcoba de la enferma, pero, al salir, me dijo:

«—Vivió como una pecadora y muere como un ángel.

«A poco rato ha vuelto a darle la comunión.

«Aquella estancia dentro de la cual resonaron palabras tan extravagantes, se había convertido en santo tabernáculo.

«He caído de rodillas y he rezado. No sé el tiempo que me durará la impresión que produjo en mí aquel espectáculo, pero no creo que exista nada humano que pueda impresionarme de tal suerte.

«El sacerdote ungió con óleo santo los pies, las manos y la frente de la moribunda, recitó una breve oración, y Margarita se halló dispuesta a subir al cielo, a donde irá sin duda, si Dios le toma en cuenta los padecimientos de su vida y la santidad de su muerte.

«Desde aquel instante no ha pronunciado una palabra más, ni ha hecho movimiento alguno. Muchas veces la habría creído muerta a no oir el sordo ronquido de su respiración».


«20 de febrero, a las cinco de la tarde.

«Todo acabó.

«A las dos de esta madrugada Margarita entró en la agonía. A juzgar por los quejidos que exhalaba, nunca sufrió mártir alguno tormentos semejantes. Dos o tres veces se incorporó sobre la cama como queriendo detener la vida que se le escapaba para volver a Dios.

«Dos o tres veces también pronunció vuestro nombre. Después, careciendo de toda fuerza, volvió a caer extenuada sobre la cama. Finalmente, de sus apagados ojos rodaron algunas lágrimas silenciosas y expiró...

«Entonces me acerqué a ella, la llamé por dos o tres veces y viendo que no contestaba cerré sus vidriosos ojos y besé su frente.

«¡Pobre amiga mía! Yo hubiera querido ser una santa para que aquel beso pudiese recomendarla a Dios.

«La vestí conforme me lo había encargado, fuí a la iglesia de San Roque a buscar un sacerdote, hice encender dos cirios y estuve una hora en la iglesia rogando por ella.

«He repartido entre algunos pobres el dinero que quedaba de Margarita.

«No sé qué religión es la mía; pero pienso que el Todopoderoso reconocerá que mis lágrimas eran sinceras, ferviente mi oración, pura mi caridad, y que se habrá apiadado de la que, habiendo muerto joven y bella aún, me ha tenido a mí para cerrarle los ojos y vestirla».


«22 de febrero.

«Hoy ha tenido lugar el entierro. Acudieron a la iglesia muchas amigas de Margarita, algunas de las cuales lloraban sinceramente. Cuando el entierro tomó el camino de Montmartre, dos hombres le seguían: el conde de G... que ha venido expresamente de Inglaterra, y el duque, que andaba apoyándose en dos criados.

«Escribo estos detalles desde la casa de Margarita, en medio de mis lágrimas y delante de la lámpara que arde tristemente, alumbrando una comida que no pruebo, que Nanina ha mandado traer para mí, pues hace más de veinticuatro horas que no como bocado.

«Mi vida no podrá conservar mucho tiempo tan tristes impresiones, pues tampoco me pertenece como no perteneció la suya a Margarita. Por esta razón os doy todos estos detalles desde el punto en que han tenido lugar, temiendo que si transcurriese mucho tiempo entre ellos y vuestro regreso, no os lo podría narrar con toda su triste exactitud.»