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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 28: CAPÍTULO XXVII
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO XXVII

—¿Estáis enterado?—preguntó Armando cuando yo terminaba la lectura del manuscrito.

—Comprendo cuánto habréis sufrido, amigo mío, siendo cierto cuanto acabo de leer.

—Mi padre lo confirmó en una carta.

Estuvimos hablando un buen rato del triste destino que acababa de cumplirse y me volví a mi casa a descansar.

Armando, siempre triste aunque un poco aliviado por la narración de esta historia, se fué restableciendo. Luego fuimos juntos a visitar a Prudencia y a Julia Duprat.

Mme. Duvernoy había quebrado. Dijo que Margarita era la causa de su desgracia, que durante su enfermedad le había prestado mucho dinero que tuvo que procurarse firmando pagarés, que luego no pudo cubrir, y que habiendo muerto Margarita sin devolverle el dinero ni haberle dado recibo, no le había sido posible presentarse como los demás acreedores.

Con la invención de esta fábula, que la Duvernoy contaba a cuantos querían oirla para disculpar la quiebra, consiguió arrancar un billete de mil francos a Armando que aparentó creerla por deferencia al respeto que le merecía la memoria de Margarita.

Luego vimos a Julia Duprat que, vertiendo lágrimas sinceras al recuerdo de su amiga, nos contó los tristes acontecimientos de que había sido testigo.

Últimamente, fuimos a visitar la tumba de Margarita, sobre la cual a los primeros rayos del sol de abril despertaban las primeras flores.

Esta manifestación de la Naturaleza parecía decirle a mi amigo:

«La muerte no existe; es sencillamente una transformación. ¡Consuélate!».

Quedábale a Armando el último deber que llenar: el de ir a reunirse con su padre, a donde quiso que también le acompañase.

Llegamos a C... vi al señor Duval tal como me lo había figurado por el retrato que de él me había hecho su hijo: serio, digno, benévolo.

Acogió a Armando con lágrimas de satisfacción, y estrechó afectuosamente mi mano. Advertí desde luego que el sentimiento paternal era el que dominaba en el buen anciano.

Su hija, llamada Blanca, tenía esa transparencia de los ojos y de la mirada, esa serenidad de la boca, prueba de que aquel alma sólo abriga sentimientos puros y de que los labios no pronuncian sino palabras piadosas. Alegrábase de la vuelta de su hermano, ignorando la casta joven que distante de ella hubo una cortesana que había sacrificado su existencia a la sola invocación de su nombre.

Permanecí algún tiempo en el seno de aquella ya dichosa familia, dedicándome por completo a ayudar la convalecencia moral de mi amigo Armando.

Luego volví a París, en donde escribí esta historia tal como me había sido referida.

Sólo tiene un mérito, que quizá sea disputado: el de ser verdadera.

No entra en mi ánimo deducir de este hecho que todas las mujeres de la clase de Margarita sean capaces de obrar como ella obró: lejos de mí tal suposición; pero supe que una de ellas sintió durante su vida un amor noble y verdadero, por el cual padeció, y al cual se había sacrificado hasta morir; y quise contar al lector cuanto sabía.

Creo haber cumplido un deber.

No soy el apóstol del vicio, pero siempre me haré eco de la desgracia dondequiera que la oiga gemir.

Lo he dicho y repito: la historia de Margarita es una excepción; pues a ser una generalidad no merecía el trabajo de escribirse.

FIN