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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 3: CAPÍTULO II
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO II

El día diez y seis era el señalado para la venta.

Se había dejado un día en claro entre los de las visitas y el de la venta, al objeto de que los tapiceros pudiesen descolgar los cortinajes y demás objetos, preparándolo todo de manera conveniente.

Yo llegaba de cierto viaje, y por lo tanto no era de extrañar que nadie me hubiese noticiado la muerte de Margarita, como un importante acontecimiento de los que los amigos cuentan siempre al que regresa a la capital de las noticias.

Margarita era una mujer notable y bella; pero así como es verdad que la existencia bullidora de las mujeres de su clase da mucho que hablar, no lo es menos que su muerte apenas deja rastro.

Son soles que se ponen como salieron; sin crepúsculo.

Cuando mueren jóvenes, saben su muerte todos sus amantes a un tiempo, pues en París acostumbran ser amigos casi todos los adoradores de una cortesana. Cámbianse entre unos y otros algunas palabras de recuerdo y luego sigue deslizándose la vida de todos, sin que por ello se derrame una sola lágrima.

En pasando un joven de los veinticinco años, son las lágrimas una cosa tan rara, que no pueden, como el dinero, malgastarse para la primera mujer que se presente.

Los parientes que pagan para que se les llore, mucho consiguen si lo son a razón del dinero que a ello destinan.

De mí puedo decir que, si bien mis iniciales no estaban grabadas en ninguno de los neceseres de Margarita, mi indulgencia instintiva y mis naturales sentimientos, me hicieron deplorar su pérdida más tiempo, tal vez, del que se merecía.

Recordaba haberme encontrado frecuentemente en los Campos Elíseos con Margarita, a donde acudía casi diariamente un pequeño tílburi azul, arrastrado por dos soberbios caballos bayos, llamándome la atención su aire distinguido y poco común en las mujeres de su especie, aire que realzaba su clásica belleza.

Cuando estas desdichadas criaturas salen de casa, acostumbran ir acompañadas de quien nadie conoce.

Como no hay quien se permita revelar en público el amor nocturno que les dedica, y ellas aborrecen la soledad, se hacen acompañar de las que, menos afortunadas, no tienen carruaje, o por alguna vieja elegante, cuyo lujo no tiene origen conocido, y a la que puede todo el mundo dirigirse, en la seguridad de que obtendrá las noticias que le convengan acerca de la mujer acompañada.

Con Margarita sucedía lo contrario.

Siempre iba sola a los Campos Elíseos, ocultándose cuanto podía en el fondo de su carruaje, envuelta en cachemires en invierno, y vestida en verano con elegante sencillez; y por más que en su paseo favorito se encontrase con muchos conocidos, si sonreía alguna vez al saludarles, era con una sonrisa visible únicamente para el interesado, y tan distinguida, que se la podía tomar por una duquesa.

No paseaba Margarita desde la entrada de los Campos a la plazoleta, como sus colegas; iba directamente al bosque y allí se apeaba del carruaje, paseando cosa de una hora. Después volvía a subir al tílburi, dirigiéndose rápidamente a su casa, donde entraba al trote de sus caballos.

Los expresados detalles, de que yo había sido testigo distintas veces, reflejábanse en mi imaginación y me hacían deplorar su muerte como si se tratara de la destrucción de una obra artística, pues era difícil, si no imposible, encontrar una hermosura más seductora que la de Margarita.

Delgada y alta hasta el límite de lo bello, poseía en sumo grado el secreto de salvar esta exageración de la Naturaleza, que armonizaba perfectamente con su manera de vestir.

Su gran cachemir, cuya punta besaba sus huellas, contrastaba artísticamente con los largos pliegues de su vestido de seda, por entrambos lados, y el manguito en que guarecía sus aristocráticas manos y que apoyaba siempre contra su pecho, aparecía orlado de pliegues con tanta habilidad combinados que el dibujante más escrupuloso nada hubiera podido corregir.

Su cabeza parecía modelada por la coquetería misma. Era graciosa y pequeña como la de un niño, y parecía que su madre, como diría Musset, no podía haberla hecho mejor para hacerla con esmero.

Coloquemos en un óvalo de indescriptible rasgo, dos grandes ojos negros bajo unas cejas tan gallardamente arqueadas y finas, que parecían obra de un pintor; velemos estos ojos con largas y sedosas pestañas, que al bajarse sombreen el rosado matiz de sus mejillas; dibujemos una nariz recta, espiritual, cuyas ventanas algo abiertas indiquen una sensualidad ardiente y exquisita; pintemos una boca regular, cuyos labios entreabiertos, con gracia singular, contrasten perfectamente con unos dientes blancos como la leche; esmaltemos el cutis con el sutil aterciopelado del melocotón no tocado por la mano del hombre, y tendremos una idea de aquella cabeza seductora.

Tenía una cabellera negra como el azabache, ligeramente ondulada por la Naturaleza, y que se dividía sobre su frente para enlazarse de nuevo sobre la nuca, dejando al descubierto la parte de oreja necesaria para mostrar la belleza de su pequeñez y hacer ostentación de dos diamantes estimados en ocho o diez mil francos.

El desenfreno de su vida no robaba a Margarita el tinte virginal y hasta infantil de aquel rostro admirable, cosa que jamás pude explicarme.

Poseía un magnífico retrato suyo, trazado por Vidal, cuyo pincel era el único que podía reproducirla.

Después de su muerte he tenido en mi poder este retrato, cuya extraordinaria semejanza me ha suministrado cuantos detalles me negaba la memoria.

Varios de los que incluyo en este capítulo, los he adquirido más tarde, pero los consigno seguidamente para no tener que retroceder al comenzar la historia que estoy escribiendo.

Margarita concurría con asiduidad a todas las primeras representaciones, compartiendo sus noches entre los espectáculos y los bailes.

Siempre que había estreno, se presentaba en el teatro llevando consigo tres objetos que parecían inseparables de su persona y que ostentaba juntos en su palco: sus lentes de teatro, un ramo de camelias y un cucurucho de dulces.

El ramo de camelias era blanco veinticinco días del mes, y encarnado los cinco restantes.

Nadie supo jamás el por qué de este cambio de colores, que consigno sin poder explicarlo, y que cuantos concurrían a los teatros a que asistía Margarita, como sus amigos y aun yo mismo, habíamos observado y comentado.

Nunca supo nadie que Margarita llevase otras flores que camelias; de manera que en casa de madame Boujon, su florista, la llamaban La Dama de las Camelias y por este nombre se la conocía.

Todos los que frecuentábamos ciertos círculos de París, sabíamos que Margarita había sido querida de los jóvenes más elegantes, que lo decía sin recato, y que ellos mismos se jactaban de ello, lo cual prueba que amadores y amada estaban mutuamente satisfechos; pero hacía como tres años, que de vuelta de un viaje a Bagneres, no vivía, al decir de las gentes, con otra compañía que la de un viejo duque extranjero y muy rico, que procuraba apartarla todo lo posible de su manera de vivir anterior, añadiéndose que Margarita se complacía en satisfacer los deseos del viejo.

He aquí lo que sobre el particular puedo exponer:

Entre los enfermos de Bagneres se hallaba la hija del tal duque, la cual, sobre padecer la misma enfermedad que Margarita, se le parecía físicamente hasta el extremo de confundirlas o tomarlas por hermanas; con la única diferencia de que la joven hija del duque estaba en el último grado de la enfermedad y murió a los tres días de la llegada de Margarita.

El duque, que no sabía dejar el suelo de Bagneres, por tener sepultado en él tan gran parte de su corazón se fijó en Margarita cierto día que la halló al revolver de un corredor.

Le pareció ver la sombra de su hija, y dirigiéndosele maquinalmente, le tomó las manos, la abrazó, y sin preguntarle quién era, le suplicó, llorando tiernamente, permiso para verla y adorar en ella la imagen de su difunta hija.

Margarita, sola en Bagneres con su camarera y sin peligro de comprometerse, accedió fácilmente a las súplicas del anciano.

Alguien que la conocía advirtió al duque de la vida que llevaba la señorita Gautier, lo cual fué una crueldad que hirió vivamente al pobre viejo, pues dejaba de parecerse a su hija en lo más esencial; pero la oficiosidad llegó tarde, Margarita era ya una necesidad para la vida del Duque; su único pretexto para prolongarla.

Ni siquiera le hizo cargos de ninguna especie, pues carecía de derecho para hacérselos; se limitó a preguntarle si se creía con valor suficiente para mudar de vida, ofreciéndole, en cambio, cuantas compensaciones pudiera desear.

Ella se lo prometió sin vacilación.

En aquellos momentos se sentía enferma y en el ardimiento de su naturaleza decaída.

Veía en el pasado las principales causas de su enfermedad, y un rayo de superstición, tal vez, le hizo entrever que Dios podía conservar su belleza y devolverle la salud, en cambio de un arrepentimiento más o menos verdadero.

Luego las aguas, los paseos, el cansancio natural y el sueño la habían restablecido, al parecer, al terminar el verano.

El duque la acompañó a París donde siguió visitándola como en Bagneres.

Tal amistad, de la que no se sabía en París la causa ni el origen, causó gran sensación, pues el duque, conocido por el prisma de sus riquezas, dábase a conocer por el de su prodigalidad.

Los viejos acostumbran ser exagerados cuando se entregan al libertinaje, y creyóse que ésta era la causa de su intimidad con Margarita.

Se supone todo menos lo cierto.

Y a pesar de todas las suposiciones, era tan puro el amor que sentía aquel desdichado padre por Margarita, que cualquier otro lazo que no hubiese sido semejante al del amor filial le hubiera parecido incestuoso.

Lejos de mi ánimo el querer hacer de mi heroína una pintura distinta de la realidad.

Diré, sí, que durante su permanencia en Bagneres no le fué difícil cumplir cuanto había prometido al viejo duque; pero con su vuelta a París, volvieron los recuerdos del pasado, y Margarita, acostumbrada a la disipación y a los ardientes placeres de las orgías, no pudo sobrellevar la monotonía de una vida sosegada, sin otras visitas que las periódicas del duque.

Téngase en cuenta que Margarita había regresado a París casi buena, y, por consiguiente, mucho más hermosa; que ardía en su pecho el fuego de los veinte años, acrecentado por el de la amortiguada, pero no extinguida, enfermedad, y se comprenderá la sed de placeres que la aquejaban.

Esto ocasionó al pobre duque un gran disgusto, pues sus amigos, continuamente en acecho, le contaron y probaron que en las horas que Margarita estaba segura de su ausencia, recibía visitas que se prolongaban muchas veces hasta la madrugada.

El duque interrogó a Margarita y ella se lo confesó todo, rogándole que rompiese aquellos extraños lazos que creía imposible soportar, pues que le faltaba valor para cumplir lo que le prometiera, y no quería recibir más beneficios de una persona a la que forzosamente había de engañar.

Se pasó una semana sin que el duque visitase a la joven, pero al octavo día se le presentó de nuevo suplicándole se dignase volver a admitirle; prometióle aceptar las condiciones que quisiese imponerle, y que nunca jamás se permitiría hacerle cargo alguno.

Así estaban las cosas a los tres meses de su regreso a París, esto es, a primeros de diciembre de 1842.