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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 4: CAPÍTULO III
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO III

Próximamente a la una de la tarde del día diez y seis, me dirigí a la calle de Antín; desde la puerta cochera se oían los gritos de los subastadores.

Las habitaciones estaban cuajadas de curiosos.

Todas las eminencias del vicio refinado se veían allí murmuradas de soslayo por algunas grandes damas, que con el pretexto de la venta, se habían reunido para examinar de cerca aquellas beldades que les hacían la competencia en un terreno que, no por lo vedado, dejaban de desear algunas de ellas.

La duquesa F... codeaba a la señorita A... uno de los más tristes ejemplares de nuestras modernas cortesanas; la marquesa de T... no se atrevía a pujar sobre un mueble que quería adquirir madame D... la adúltera más conocida y celebrada de nuestros días; el duque I... que malversa su fortuna en París, según los madrileños y se arruina en Madrid, al decir de los parisienses, y que no hace más que divertirse, al tiempo que se dirigía a madame M... una ingeniosa escritora que de vez en cuando firma lo que dice y jura lo que escribe, cambiaba miradas de inteligencia con madame N..., la bella expositora diaria de su belleza en los Campos Elíseos, vestida siempre de azul o rosa y arrastrada en coche por dos magníficos caballos negros comprados en Tony por dos mil francos y pagados... religiosamente por ella; y finalmente, la señorita R..., que con el solo auxilio de su talento ha sabido adquirir el doble y triple de lo que adquieren las unas con su dote y las otras con sus amores, estaba allí también, desafiando el frío, deseosa de comprar algunos de aquellos objetos, y llevándose la mayor parte de las miradas del concurso.

Varías iniciales podría escribir de los nombres de personas allí reunidas, asombradas de verse juntas en semejante sitio, pero las dejaré en el tintero en gracia de la opinión que puedan merecer a determinados lectores.

Consignaré, no obstante, que todas manifestaban cierta alegría, que todas conocieron a la difunta y que ninguna, al parecer, se acordaba de la desgraciada Margarita.

En tanto que los subastadores alborotaban con toda la fuerza de sus pulmones, cambiábanse chillidos y carcajadas entre los compradores. Los que pertenecían al ramo de especuladores y que habían invadido los bancos colocados en torno de las mesas de venta, tenían la vana pretensión de imponer silencio a los demás, para poder hacer sus adquisiciones con tranquilidad. Jamás se ha visto reunión más heterogénea ni ruidosa.

Tímidamente me deslicé en medio de aquel alboroto viendo con tristeza que éste imperaba a dos pasos de la alcoba en que expiró la infeliz, cuyo conjunto mobiliario se descomponía para pagar sus deudas, como se descomponía su cuerpo para pagar a la Naturaleza el debido tributo.

Más que a comprar, había ido yo a observar, y contemplaba en las facciones de los vendedores, el creciente regocijo relacionado con el aumento del precio de los efectos, muchos de los cuales produjeron el doble y aun el triple del valor de la tasa.

Los vendedores eran personas de probidad reconocida, que habían especulado legalmente sobre la prostitución de aquella infeliz, beneficiando en ello un ciento por ciento, y acosádola en los instantes supremos de su agonía con documentos sellados por el Estado, ¡y que después de su muerte, se presentaban tranquilos a cosechar el fruto de sus honrados cálculos, sazonado al escandaloso calor del interés!...

¡Con cuánta razón los antiguos dieron a los comerciantes y a los ladrones un mismo dios!

Abrigos, vestidos, joyas, ricas telas, todo se vendía como por encanto.

Nada de esto me convenía, por lo que seguía viendo y esperando.

De pronto oí gritar:

—Un tomo, perfectamente conservado, dorado por los filos, cuyo título es: Manón Lescaut. Tiene algunas palabras escritas en su primera página. Diez francos.

—Doce—dijo una voz.

—Quince—repuse yo maquinalmente. ¿Por qué? lo ignoro todavía. Acaso por aquellas palabras escritas.

—Quince—repitió el vendedor.

—Treinta—gritó el primer postor, como queriéndose imponer.

La lucha había comenzado.

—Treinta y cinco—grité en el mismo tono.

—Cuarenta.

—Cincuenta.

—Sesenta.

—Ciento.

Si me hubiese propuesto causar sensación, lo hubiese conseguido, puesto que mi última palabra pareció arrastrar hacia mí las miradas de los circunstantes ganosos de conocer quién era el personaje empeñado en adquirir el libro.

Acaso convencido mi adversario de la inutilidad de la lucha, cuyo resultado era hacerme pagar el libro diez veces más de lo que valía, díjome sonriéndose cortésmente:

—Cedo, caballero.

Me fué, pues, adjudicado el libro como mejor postor.

No bastándome el dinero que llevaba en el bolsillo, di mi nombre, hice separar el libro y me retiré.

Sin duda debió ser comentado mi proceder por toda aquella gente, puesto que acababa de comprar por cien francos un libro que en cualquier librería podía adquirir por quince o diez.

Al cabo de una hora tenía el libro en mi poder.

En su primera página se leían las siguientes palabras escritas con elegantes caracteres:

«Manón a Margarita

«HUMILDAD».

La dedicatoria estaba firmada por Armando Duval.

¿Qué significaba la palabra humildad?

¿Concedería aquel Armando Duval a Margarita superioridad de libertinaje o de sentimiento sobre Manón?

Más verosímil me parecía la segunda suposición que la primera, pues aquélla hubiera sido una libertad que no podía haber tolerado Margarita, fuese cual fuere el concepto que de sí propia tuviese formado.

Salí de mi casa y dejé el libro, del que no volví a ocuparme hasta por la noche a mi vuelta.

Manón Lescaut es una historia interesante y tierna, cuyos detalles recuerdo perfectamente, y, sin embargo, cuantas veces llega a mis manos no puedo prescindir de leerla de nuevo y comunicarme con la desdichada heroína del abate Prevost. Está creada con tal verdad, que me figuro haberla conocido.

Teniendo en cuenta estas especiales circunstancias, la comparación entre ambas mujeres daba nuevo incentivo a la lectura, y sobre el sentimiento de indulgencia se agregaba el de la compasión con cierto viso de cariño hacia la pobre muerta, parte de cuya herencia era aquel libro. Es cierto que Manón expiró en un desierto, pero fué en brazos del hombre que la amaba con todo el ardor de un alma virgen, que la abrió una fosa regándola con sus lágrimas, y enterró su corazón con el cuerpo de su adorada; mientras que Margarita, pecadora como Manón y regenerada tal vez como ella, había fallecido en medio del lujo, a juzgar por lo que yo acababa de ver, en el lecho de su pasado, es cierto, pero también en medio del vacío arenal de su corazón, más árido, más vasto, y mucho más horrible que el en que fué enterrada Manón.

Algunos amigos, enterados de las últimas circunstancias de la vida de Margarita, me contaron que a la cabecera de su cama no se sentó ni una persona para consolarla en los dos meses largos que duró su triste y dolorosa agonía.

Después de Manón y de Margarita mi pensamiento se dirigía a otras que yo conocía y veía caminar alegres y contentas hacia una muerte casi siempre igual.

¡Desgraciadas criaturas! si es delito el amarlas, es casi un deber compadecerlas. Si compadecemos al ciego que jamás ha visto la luz del sol, al sordo que jamás ha oído las armonías de la Naturaleza y al mudo que jamás ha podido exhalar la voz de su alma, ¿por qué, pues, bajo un falso pretexto de pudor, no hemos de compadecer esta ceguera del corazón, esta sordera del alma, esta mudez de la conciencia que vuelven loca a la infeliz que afligen, inhabilitándola para ver el bien, sentir a Dios y hablar el casto y santo lenguaje del amor y de la fe?

Hugo nos pintó Marion Delorme, de Musset Bernedette, Alejandro Dumas Fernanda; los pensadores y poetas de todos los tiempos han tributado a la desgraciada cortesana la ofrenda de su misericordia, y ha habido grandes hombres que las han rehabilitado con su amor y hasta con su nombre.

Mi insistencia sobre este punto es porque, entre los que van a leerme, los puede haber resueltos a arrojar este libro, por el temor de ver únicamente la apología del vicio y de la prostitución, y porque tal vez la edad del autor puede contribuir a motivar tamaños recelos. No teman los que esto supongan y continúen leyendo si ello sólo les detiene.

Yo estoy altamente convencido de un principio, y es éste: A la mujer que ignora el bien por falta de educación, Dios acostumbra trazarle dos senderos que conducen únicamente a él: el dolor y el amor, cuyo paso es bien difícil por cierto. Las que los siguen se ensangrientan los pies y se lastiman las manos, pero al mismo tiempo dejan en los abrojos del camino las galas del vicio, y llegan al término con esa desnudez de que nadie se sonroja delante del Señor.

Los que se encuentran con esas atrevidas viajeras, vienen obligados a defenderlas, y decir a todo el mundo que las han encontrado, puesto que éste es el modo más breve de enseñar la verdadera senda.

Esto no quiere decir que se trate de colocar buenamente dos postes a la entrada de la vida, con estas inscripciones: Senda del bien, y Senda del mal, diciendo a los que se presenten: Elegid; sino que, imitando a Jesús, debemos enseñar los atajos que conducen de la segunda a la primera senda, a los que se dejaron seducir por la amenidad de los alrededores, y sobre todo, se debe procurar que el principio de estas veredas no sea muy escabroso, ni pueda parecerles del todo impenetrable.

La maravillosa parábola del hijo pródigo preceptúa la indulgencia y el perdón. Jesús prefería en su amor esas almas heridas por las pasiones humanas, cuyas llagas se complacía en curar, sacando de ellas mismas el remedio de salvación, cuando dijo a la Magdalena: «Mucho se te ha de perdonar, porque has amado mucho». ¡Sublime perdón que debía despertar una fe santa!

¿Y nosotros hemos de ser más severos que Jesús? ¿Por qué, abroquelándonos en las opiniones de un mundo que petrifica su sensibilidad para que se le crea fuerte, hemos de apartarnos de las almas heridas que, con la sangre corrompida que de ellas mana, arrastra la corrupción de su vida pasada? ¿Por qué hemos de rechazar esas enfermedades sociales que sólo esperan una mano amiga que las cure y les devuelva la paz del corazón?

A mi generación apelo, a las personas para quienes felizmente ya no existen las teorías volterianas, a las que, como yo, creen que la humanidad ha emprendido desde hace quince años una de sus más atrevidas jornadas. Poseemos la ciencia del bien y del mal; y si el mundo no se ha vuelto completamente bueno, al menos ha mejorado en tercio y quinto.

Todos los hombres inteligentes dirígense al mismo fin, y todos los grandes corazones se les adhieren; seamos buenos, seamos justos, seamos veraces. El mal no es más que una vanidad; tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no desesperemos. No menospreciemos a la mujer que no es madre, ni hija, ni esposa, ni hermana. No reduzcamos el afecto al limitado círculo de la familia, ni vistamos el egoísmo de indulgencia.

Una vez que el cielo gusta más del arrepentimiento de un pecador, que de la oración de cien justos, procuremos que el cielo se regocije, y busquemos en la satisfacción de hacer el bien, su propia compensación.

Demos la limosna del perdón a las víctimas de los deseos terrenales, a quienes salvará, tal vez, la esperanza de un más allá; y como dicen las bondadosas ancianas cuando aconsejan un remedio casero, «si no cura, tampoco hace daño».

Acaso alguien me tache de temerario, porque deseo obtener tan grandes frutos del pequeño raigón que pretendo cultivar; pero yo me cuento en el número de los que creen que lo máximo está en lo mínimo. El niño es pequeño y encierra al hombre; el cerebro estrecho, y abriga el pensamiento; el ojo es un punto y abarca grandísimos espacios.