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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 5: CAPÍTULO IV
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO IV

A los dos días terminó la venta, que produjo ciento cincuenta mil francos.

Dos terceras partes de la suma fueron para los acreedores, y la familia, compuesta de una hermana y un sobrino, heredó el resto.

La hermana se quedó como quien ve visiones cuando el agente de negocios le anunció que heredaba cincuenta mil francos. Hacía siete años que la joven no había visto a su hermana mayor, la cual había desaparecido de su casa un día sin que por nadie se averiguase el menor detalle de su vida, desde el día en que se fué.

Faltóle tiempo para venir a París, y encontró su fortuna hecha y derecha, sin querer averiguar el origen de tan inesperada riqueza.

Más tarde se me dijo que había vuelto a sus hogares con el corazón lacerado por la muerte de la hermana, pero bastante consolada por haber podido colocar la cantidad heredada al cuatro y medio por ciento de interés.

Estas circunstancias, repetidas en París, población madre del escándalo, empezaban a caer en el olvido, y ni yo mismo casi recordaba la parte que tomé en tales sucesos, cuando otro incidente casual me dió a conocer toda la historia de Margarita, enterándome de tan interesantes pormenores, que me entraron deseos de escribirla.

A los tres o cuatro días, estaban vendidos los muebles y la habitación estaba por alquilar.

Una mañana llamaron a la puerta de mi casa. Mi portero, que hacía las veces de criado, fué a abrir y me trajo una tarjeta, diciéndome que la persona que se la había entregado quería hablarme.

Leí en la tarjeta estas palabras:

Armando Duval.

El nombre no me era desconocido, y en efecto, recordé el de la primera página del volumen de Manón a Margarita.

¿Qué podía solicitar de mí la persona que había regalado el libro a Margarita? Mandé que le hicieran pasar.

Era un joven rubio, alto, pálido, en traje de camino, que parecía no habérselo quitado de encima desde algunos días; ni siquiera se lo había cepillado a su llegada a París, pues venía cubierto de polvo.

El señor Duval, profundamente conmovido, no hizo ningún esfuerzo para ocultar su emoción, y arrasados los ojos, me dijo con voz entrecortada:

—Caballero, os suplico me perdonéis por veniros a visitar en semejante traje. Entre jóvenes se suprimen fácilmente ciertas formalidades. Y luego, era tan vivo el deseo por veros hoy mismo, que ni siquiera me tomé tiempo para instalarme en la fonda, a donde mandé mi equipaje, volando a vuestra casa, temeroso de no encontraros a pesar de ser tan de mañana.

Rogué al señor Duval que se sirviese tomar asiento cerca de la chimenea, lo que efectuó sacando un pañuelo con el cual ocultó su rostro por unos momentos.

—No vais a adivinar—dijo sonriendo tristemente,—el por qué viene este desconocido a visitaros, a tal hora con semejante traje y llorando como un chiquillo. Me he permitido venir a pediros un gran servicio.

—Hablad, caballero. Estoy a vuestras órdenes.

—¿Asististeis a la venta de los muebles de Margarita Gautier?

Al pronunciar este nombre, la emoción de que el joven parecía haber triunfado, fué más poderosa que él, y tuvo que enjugar nuevas lágrimas.

—Debo pareceros bastante ridículo—añadió;—perdonadme, amigo mío, y creed que nunca olvidaré la paciencia con que tenéis la bondad de atenderme.

—Caballero—repliqué,—si el servicio que según decís puedo prestaros ha de mitigar algún tanto el dolor que hiere vuestra alma, sepa yo en qué puedo complaceros y tened la seguridad de que me consideraré dichoso si llego a satisfaceros.

La aflicción del señor Duval era simpática, y a pesar mío, hubiera deseado poderle servir.

Entonces me interrogó diciendo:

—¿Habéis comprado algo en la venta de los objetos de la pobre Margarita?

—Sí, señor; un libro.

¿Manon Lescaut?

—Efectivamente.

—¿Lo tenéis aún?

—En mi cuarto.

La noticia pareció aliviarle de un gran peso, y me dió las gracias, como si yo hubiese ya empezado a prestarle el servicio con tener a mano aquel volumen.

Levantéme, entré en mi gabinete, tomé el libro y lo puse en su mano.

—El mismo—exclamó mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo;—sí, éste es.

Dos grandes lágrimas rodaron por la superficie del libro.

—Caballero—dijo levantando la cabeza y sin tratar de ocultarme que había llorado y estaba dispuesto a continuar:—¿os interesa mucho este libro?

—¿Por qué, caballero?

—Porque vengo a suplicaros encarecidamente que me lo cedáis.

—Perdonad mi curiosidad—dije entonces;—pero, según eso, ¿sois vos quién lo regaló a Margarita Gautier?

—Sí, señor.

—Recobradle, amigo mío, me alegro de ser yo quien os lo devuelva.

—Pero—prosiguió el señor Duval algo turbado,—es justo que al menos os reembolséis lo que os costó.

—Permitidme que os lo ofrezca. El precio de un solo libro en semejante venta es bien insignificante y ya ni siquiera lo recuerdo.

—Cien francos.

—Es verdad—dije turbándome a mi vez;—¿cómo lo sabéis?

—Es muy sencillo: yo creía estar a tiempo para la venta, y no he podido llegar hasta hoy. Deseaba poseer un objeto cualquiera de Margarita, y me dirigí a casa del tasador para pedirle que me dejara ver la lista de los muebles vendidos y de los nombres de los compradores. Vi que habíais comprado este libro y resolví suplicaros que me lo cedieseis, aunque el precio a que lo pagasteis infundiese en mí cierto recelo sobre la causa de vuestra adquisición.

Y así diciendo, parecía temer que yo hubiese conocido a Margarita hasta el punto que él la conociera. Me apresuré a tranquilizarle.

—La conocí de vista—le dije;—su muerte me causó la impresión que siempre causa a un joven la muerte de una mujer hermosa a quien se alegraba de encontrar. Quise comprar alguna cosa al venderse sus muebles; y me encapriché pujando sobre este libro, por el gusto de hacer rabiar a un pobre diablo que se obstinaba en pagarlo más caro que yo. Repítoos, pues, caballero, que el libro está a vuestra disposición, y os ruego que lo aceptéis y no lo recibáis de mí como yo lo recibí del tasador, pues de este modo puede ser el lazo de una amistad que me complazco en ofreceros.

—Está bien, amigo mío—dijo Armando tendiéndome la mano y apretando la mía.—Acepto, y creed que mi agradecimiento será eterno.

Yo tenía grandes deseos de interrogar a Armando respecto de Margarita, pues aquella dedicatoria del libro, su viaje y el deseo de poseer aquel volumen aumentaban mi curiosidad; pero temí que de mis preguntas pudiese colegir que rehusaba su dinero para tener el derecho de inmiscuirme en sus asuntos, lo cual no entraba en mis cálculos.

Hubiérase dicho que adivinó mi deseo, pues me dijo:

—¿Habéis leído este libro?

—Sí, señor.

—¿Qué pensasteis al ver las dos líneas que escribí en él?

—Supuse que, a vuestro modo de entender, la pobre joven a quien regalasteis este volumen se separaba de la categoría ordinaria; pues no quise ver en estas dos líneas un cumplimiento vulgar.

—Supusisteis bien, caballero. ¡Era un ángel! Tomad,—me dijo,—leed esta carta.

Y me entregó un papel que parecía haber sido leído repetidas veces.

Lo abrí, y leí estas palabras:

«M¡ querido Armando: Recibí vuestra carta, gozáis de buena salud, y doy gracias a Dios, porque os concede tal beneficio.

«Sí, amigo mío, estoy enferma, y mi enfermedad no tiene cura; pero el interés que os dignáis tomar por mí alivia mucho mis sufrimientos. Sin duda no viviré el tiempo indispensable para tener la dicha de estrechar la mano que ha escrito la bondadosa carta que acabo de recibir, y cuyas palabras me curarían si algo pudiese curarme. No creo volveros a ver, pues me encuentro al borde de la tumba, y me separa de vos una distancia incalculable.

«¡Pobre amigo mío! vuestra Margarita de otros tiempos ha cambiado por completo, y me parece preferible que no volváis a verla, si habéis de encontrarla tal como está. ¿Me preguntáis si os perdono? ¡oh! de todo corazón, amigo mío, pues el mal que habéis querido hacerme no era más que una prueba de verdadero amor. Hace un mes que no he dejado el lecho, y me es tan cara vuestra estimación, que, desde el instante en que nos separamos, escribo el diario de mi vida y seguiré haciéndolo hasta que mi mano se niegue a sostener la pluma. Si el interés que por mí manifestáis es verdadero, Armando, os suplico que cuando volváis, veáis a Julia Duprat, que os entregará este diario. Por él sabréis la razón y la causa de cuanto ha ocurrido entre nosotros. Julia es muy buena, y con frecuencia me habla de vos. Se encontraba aquí cuando recibí vuestra carta, y hemos llorado juntas leyéndola.

«Si hubieseis dejado de darme noticias, Julia quedaba encargada de entregaros estos papeles a vuestra llegada a Francia. No me lo agradezcáis. Este recuerdo diario de los únicos momentos felices de mi vida me hace un gran bien, y si en su lectura debéis vos hallar las excusas del pasado, a mí me ofrece un bálsamo de consuelo inagotable.

«Desearía dejaros algún recuerdo que os hiciese pensar constantemente en mí, pero han embargado mis muebles, y nada me pertenece ya.

«¿Comprendéis, amigo mío? Se acerca mi muerte, y desde mi alcoba escucho los graves pasos del vigilante que mis acreedores han puesto en el salón para evitar que nadie se lleve nada. Con seguridad aguardan mi fallecimiento para proceder a la venta de lo embargado.

«¡Oh! ¡los hombres no tienen piedad! Pero me engaño: el justo, el inflexible, es Dios.

«Y bien, querido amigo, espero que cuando se realice la venta, compraréis algo, pues si retirase cualquier objeto para vos y lo supieran, serían capaces de acusaros de sustractor de efectos embargados.

«¡Cuán triste es la vida que abandono!

«¡Qué bueno sería Dios si consintiese que nos viésemos antes de yo expirar!

«Creo deber despedirme de vos según todas las probabilidades, ¡adiós, pues, amigo mío! perdonadme si no prolongo esta carta, porque los que se proponen curarme me debilitan a fuerza de sangrías, y mi mano se niega a seguir escribiendo.

«Margarita Gautier».

Las últimas palabras casi no podían leerse.

Devolví la carta a Armando, que sin duda acababa de leerla también en su pensamiento, como yo en el papel, pues al tomarla exclamó:

—¡Quién diría que la que ha escrito estas líneas era una cortesana!

Y conmovido por los recuerdos, contempló por un momento el papel y acabó por besarlo.

—¡Ah! cuando pienso—prosiguió,—que ha muerto sin que yo pudiese volver a verla, que no la veré y que hizo por mí lo que no hubiera hecho una hermana, no puedo perdonarme haberla dejado morir de esta manera. ¡Muerta! ¡muerta! ¡pensando en mí, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡desdichada Margarita!

Y Duval, dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus lágrimas, me tendió la mano y apretó la mía, continuando:

—Son muchos los que si me viesen lamentar así semejante muerte, creeríanme un chiquillo; pero es porque ignorarían cuánto he hecho sufrir a esta mujer, cuán cruel fuí y cuán buena y resignada fué ella. Tuve la audacia de creer que a mí sólo me tocaba perdonar, y hoy me considero indigno del perdón que ella me concede. ¡Oh! daría diez años de mi vida por llorar a sus pies un solo momento.

Es casi imposible consolar un dolor que no se conoce, y sin embargo, era tan viva la simpatía que me había inspirado aquel joven, se me confiaba con tanta franqueza, que llegué a creer que mis palabras no le serían indiferentes.

—¿No tenéis parientes o amigos?—le dije.—Vedles y os consolarán, pues por mi parte sólo puedo compadeceros.

—Es cierto—dijo levantándose y paseándose agitado por la habitación;—os molesto. Perdonadme, yo no reflexionaba que mis penas deben importaros poco, y que os importuno por lo que no puede o no debe inspiraros el menor interés.

—No me habéis comprendido; estoy a vuestra disposición, y sólo deploro mi insuficiencia para calmar vuestra pena. Si mi compañía y la de mis amigos puede distraeros, si necesitáis de mí, en cualquier terreno que fuere, quiero que me dispenséis el placer de satisfacer vuestros deseos.

—Perdonadme una y mil veces—me dijo;—el dolor exagera las impresiones. Permitid que permanezca aquí algunos minutos más, el tiempo de enjugarme los ojos, para que los bobos de la calle no vean con curiosidad mis lágrimas. Me hacéis un gran bien dándome este libro, y nunca sabré agradeceros tal favor. ¿Cómo pagároslo?

—Concediéndome vuestra amistad y explicándome el origen de vuestro dolor—repuse.—¡Es tan consolador contar nuestros sufrimientos!

—Es verdad, pero hoy no podría; siento necesidad de llorar, y mis labios no podrían formular las palabras. Otro día os referiré tan triste historia, y podréis apreciar cuán grandes son los motivos que tengo para llorar su muerte. Por último—añadió pasando sus manos por los ojos y mirándose en el espejo,—tened la bondad de decirme que no me halláis demasiado simple, y permitidme que vuelva a visitaros.

—¡Valor, amigo mío, valor!—le dije.

Y haciendo esfuerzos inauditos para no llorar, mejor huyó que salió de mi casa.

Desde el balcón le vi subir al carruaje que le esperaba: apenas entró en él, se puso a llorar como un desesperado, tapándose la cara con el pañuelo.