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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 6: CAPÍTULO V
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO V

Transcurrieron muchos días sin que oyese hablar de Armando; en cambio, se hablaba bastante de Margarita.

No sé si mis lectores se habrán fijado en ello, pero basta que se diga una vez delante de nosotros el nombre de una persona que parecía sernos desconocida o cuando menos indiferente, para que los detalles vayan agrupándose lentamente en derredor del nombre; y amigos, conocidos e indiferentes parece que no hablan entonces de otra. Así es cómo descubrimos que esa persona había estado en contacto con nosotros, nos damos cuenta de que la hemos visto muchísimo sin fijarnos, y en lo que de ella se nos cuenta encontramos coincidencias y afinidades con sucesos de nuestra propia vida.

No es esto decir que me pasase lo mismo con respecto a Margarita, pues yo la había visto infinitas veces, y la conocía personalmente como conocía su modo de ser; pero había resonado tanto su nombre en mis oídos desde aquella venta, y hallábase este nombre mezclado con un dolor tan profundo, que mi admiración había crecido con el aguijón de la curiosidad. Tanto era así, que desde entonces las primeras palabras que dirigía a los amigos a quienes no había jamás hablado de Margarita, eran siempre éstas o parecidas:

—¿Habéis conocido a una tal Margarita Gautier?

—¿La Dama de las Camelias?

—Sí.

—¡Mucho!

Estos muchos solían ir acompañados de sonrisas tan significativas que parecían delaciones.

—Y bien, ¿qué era esa muchacha? ¿a qué...?

Una buena muchacha.

—¿Y nada más?

—¡Puede! Aventajaba en talento, y tal vez también en corazón a otras muchas.

—¿Sabéis alguna particularidad acerca de ella?

—Arruinó al barón de G...

—¿Qué más?

—Era la querida del viejo duque de...

—¿Estás cierto de que era su querida?

—Se dice. Por lo menos le costaba bastante dinero.

Siempre los mismos detalles a poca diferencia. No me satisfacía. Yo hubiera querido saber algo sobre las relaciones de Margarita y Armando.

Cierto día me encontré con uno de los que vivían en continua intimidad con las meretrices, y le interrogué:

—¿Conocisteis a Margarita Gautier?

Contestó él mucho de costumbre.

—¿Qué clase de joven era?

—Linda y buena. Su muerte me entristeció de veras.

—¿Es verdad que tuvo un amante llamado Armando Duval?

—¿Un joven alto y rubio?

—Sí.

—Es cierto.

—¿Quién era ese Armando?

—Un buen chico, que, según parece, se comió con ella lo poco que poseía, y tuvo necesidad de abandonarla; dícese que estaba loco por ella.

—¿Y Margarita?

—También le amaba muchísimo, según aseguran, pero como aman las mujeres de su clase. No se les puede pedir más de lo que buenamente pueden dar.

—¿Qué se hizo de Armando?

—No lo sé; le conocía apenas. Vivieron cinco o seis meses juntos, pero en el campo; y cuando ella volvió, él desapareció.

—¿No le habéis vuelto a ver desde entonces?

—No.

—Tampoco yo le había vuelto a ver; llegué al punto de presumir que la noticia reciente del fallecimiento de Margarita había exagerado su antiguo amor, y por lo tanto su pena al presentarse en mi casa, y supuse que quizá se había ya olvidado de Margarita y de la promesa que de venir a verme hiciera.

Mi suposición habría sido muy verosímil tratándose de otra persona; pero la desesperación de Armando se había manifestado con tanta sinceridad, que pasando de un extremo a otro, me figuré que el dolor había degenerado en enfermedad, y que si carecía de noticias suyas era porque estaba enfermo o quizá muerto.

¿Me interesaba espontáneamente por aquel joven? Tal vez. ¿Este interés era hijo del egoísmo? ¡Puede! Bajo aquel dolor había vislumbrado una tierna historia de corazón, y tal vez el anhelo de conocerla era el único fundamento del cuidado en que el silencio de Armando me había puesto. Viendo que Duval no venía a mi casa resolví ir a la suya. El pretexto era bastante fácil de encontrar; pero desgraciadamente yo no tenía su dirección, y por más que la pregunté nadie supo dármela. Fuíme a la calle de Antín para ver al portero de Margarita, el cual debía tener noticia de dónde vivía Armando; pero el portero era otro, y lo ignoraba como yo. Entonces me informé del cementerio en que fué enterrada Margarita. Averigüé que era el de Montmartre.

El mes de abril había reaparecido con sus galas de esplendente sol y frescas flores; las tumbas no ofrecían el aspecto doloroso y desolado que les da el invierno; hacía ya calor bastante para que los vivos se acordasen de los muertos y los visitasen. Fuíme, pues, al cementerio, diciéndome: «A la simple vista de la tumba de Margarita veré si aún vive el dolor de Armando, y quizá sabré qué se ha hecho de él».

Cuando llegué a Montmartre pregunté al conserje si el día 22 de febrero fué enterrado en aquel cementerio el cadáver de la que fué Margarita Gautier.

El empleado hojeó un gran libro-registro en que están inscritos y numerados los nombres de los que entran en aquel asilo, contestándome que, efectivamente, el 22 de febrero se había dado sepultura a una mujer llamada Margarita.

Roguéle que me hiciese acompañar, pues no hay medio de orientarse sin cicerone en aquella ciudad de los muertos que tienen sus calles como la de los vivos. El conserje llamó a uno de los jardineros, le dió las instrucciones convenientes, y éste sin dejarle concluir exclamó:

—¡Sí, sí, ya sé! ¡Es la tumba más fácil de distinguir!—continuó dirigiéndose a mí.

—¿Por qué?

—Pues porque las flores que la adornan son diferentes de todas las demás.

—¿Cuidáis vos de ellas?

—Sí, señor; y yo quisiera que todos los parientes cuidasen tanto de los difuntos como el joven que me tiene recomendada aquélla.

Después de cruzar algunas calles, el jardinero se detuvo y dijo:

—Ésta

Y mis ojos se fijaron en un cuadro de flores que nadie hubiera tomado por un sepulcro, a no descubrirlo una lápida de mármol blanco grabada con el nombre de la difunta.

La piedra, colocada de pie, me recordó la Esperanza. Una verja de hierro rodeaba el terreno comprado, y este terreno desaparecía bajo una alfombra de camelias blancas.

—¿Qué os parece?—preguntó el jardinero.

—Precioso.

—Y cuando alguna camelia de éstas se marchita la substituyo por otra inmediatamente. Es la orden que tengo.

—¿Y quién os la ha dado?

—Un joven que lloró mucho la primera vez que vino, un antiguo amigo de la difunta, a lo que parece, o, mejor dicho, uno de los amigos, pues, según se cuenta, tuvo varios. Dicen que era muy linda. ¿La conocisteis?

—Sí.

—¿Como el otro?—dijo el jardinero, sonriendo maliciosamente.

—No, nunca le hablé.

—¿Y venís a visitarla en el cementerio? No deja de ser gracioso por vuestra parte, pues no son muchos que digamos, los que vienen a verla.

—Vienen muy pocos, ¿verdad?

—Nadie. A no ser el joven a que me he referido y que vino una sola vez.

—¿Una vez nada más?

—Sí, señor.

—¿Y no ha vuelto por aquí?

—No, pero volverá a su regreso.

—¿Está, pues, viajando?

—Sí.

—¿Sabéis dónde se encuentra?

—A punto fijo, no; pero yo creo que en casa de la hermana de la señorita Gautier.

—¿Y a qué ha ido?

—Supongo que para pedirle el permiso de exhumar el cadáver de la difunta a fin de enterrarla en otra parte.

—¿Por qué no quiere dejarla aquí?

—Vos no ignoráis que hay gentes que tienen caprichos extraños sobre los muertos. Lo estamos viendo diariamente. Este terreno fué comprado por cinco años solamente, y ese joven quiere una concesión perpetua y un terreno más vasto; esto tendrá que ser en el cuartel nuevo.

—Y eso del cuartel nuevo, ¿qué es?

—Unos terrenos nuevos que están vendiéndose a la derecha. A ser este cementerio dirigido siempre como ahora, no habría otro igual en el mundo; pero aún le falta mucho para llegar a ser lo que debiera. Y luego, abunda tanto la gente vana...

—¿Qué queréis decir?

—Es bien claro: quiero decir que hay personas que pasan por orgullosas hasta después de muertas. Pero creo que la tal señorita Gautier era una linda alhaja, permitidme la palabra. Ahora la pobre ya no existe, y queda tanto de ella como de las que se dice que no tienen por qué culparse. Pues bien; en cuanto los parientes de las personas que están sepultadas cerca de ella han averiguado quién era, han dado en la manía de decir que se opondrán a que se la entierre aquí definitivamente, y que debieran destinarse terrenos separados para esta clase de mujeres como para los pobres. ¿Dónde se ha visto semejante extravagancia? Yo no sé qué temerán o qué se habrán figurado esos señores acaudalados que no vienen cuatro veces al año a visitar sus difuntos, que se traen ellos mismos las flores ¡y ved qué flores! que consideran como un entretenimiento el recuerdo de las personas por quienes lloran, según afirman escribiendo en sus tumbas unas lágrimas que nunca han derramado, y vienen a hacerse los exigentes por semejantes tonterías. En fin, creedme, señor: yo no conocí a esta señorita ni sé lo que pudo haber hecho, ¡pues bien! yo la quiero y cuido de ella, y la doy las camelias tan baratas como puedo. ¡Es mi muerta favorita! ¡Qué queréis! nosotros nos vemos obligados a querer a los muertos, pues estamos tan ocupados con ellos que no tenemos tiempo para acordarnos de los vivos.

Yo miraba y oía a aquel buen hombre y estoy cierto de que mis lectores comprenderán, sin que tenga necesidad de explicárselo, la emoción extraña que su gesto y palabras me producían.

No sé si se dió cuenta de ello, pues continuó:

—Se dice que había quienes se arruinaban por esa joven, y que tuvo amantes que la adoraron. ¡Pues bien! cuando pienso que ninguno de ellos viene a comprar una flor para su antigua querida, me digo que el proceder es curioso y triste a la vez. Aunque bien mirado es de las que no pueden quejarse: pues tiene su sepulcro, y si sólo queda un amante que se acuerde de ella, ya lo hace por todos los demás. Pues aquí enterramos diariamente jóvenes de la misma clase y de la misma edad que son arrojadas a la fosa común, y creedme, señor: se me va con sus cuerpos el corazón cuando los oigo y miro caer. ¡Pobrecitas! una vez enterradas, nadie se acuerda de ellas. No es del todo divertido nuestro oficio, es decir, para los que tenemos un pedazo de alma. ¿Qué queréis que os diga? A mí me hizo Dios así, y no tiene remedio, no hay que darle vueltas, soy padre, tengo una hija de veinte años, alta y bien formada, y cuando traen por aquí una muerta de su edad, pienso en ella, y así sea una gran señora o una vagabunda me entristezco y pongo malhumorado. Tal vez os aburro con mis historias, y vos no habéis venido aquí para escucharlas. Me han mandado que os acompañe a la tumba de la señorita Gautier y ahí la tenéis. ¿Puedo seros útil en algo más?

—¿Las señas de la habitación de M. Armando Duval sabéis cuáles son?—le pregunté sin contestar a sus filosofías.

—Sí, señor; vive en la calle de... o al menos, allí es donde fuí a cobrar el valor de todas las flores que estáis viendo.

—Bien, muchas gracias, buen hombre.

Dirigí la última mirada a la florida tumba, cuyo fondo hubiera querido penetrar a pesar mío para ver en qué se había trocado la hermosísima criatura que del polvo había vuelto al polvo, y me alejé triste y pensativo.

—¿Queréis ver a M. Duval?—prosiguió el jardinero que venía siguiéndome.

—Sí.

—Es que casi aseguraría que no ha vuelto, pues de lo contrarío hubiera ya venido aquí.

—¿Conque estáis convencido de que sigue pensando en Margarita?

—No solamente estoy convencido de ello, sino que apostaría cualquier cosa a que su deseo por cambiarla de sepulcro es el deseo de volverla a ver.

—¿Cómo? ¿qué decís?

—Lo que antes que nada me preguntó al venir al cementerio fué: «¿Qué he de hacer para verla?». Esto no podía verificarse sino por medio de un cambio de sepultura, y yo mismo le enteré de todas las formalidades que debía llenar para conseguirlo, pues ya sabéis que para trasladar los muertos de un sepulcro a otro es indispensable reconocerlos y únicamente la familia puede autorizar este acto, que debe ser presidido por un comisario, de modo que monsieur Duval partió inmediatamente para pedir esa autorización a la hermana de la señorita Gautier, y es de suponer que su primera visita sea para la difunta.

Llegamos a la puerta del cementerio, di de nuevo las gracias y una propina al jardinero, y me dirigí inmediatamente a casa de Armando.

Como aún no había vuelto, dejé mi tarjeta rogándole que viniese a verme tan pronto como llegara, o me mandase a decir dónde y cómo podría avistarme con él.

A la mañana siguiente recibí una carta de M. Duval en la que anunciaba su regreso y me rogaba que pasase a su casa, disculpándose de no venir a la mía por no permitírselo su estado.