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La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 7: CAPÍTULO VI
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About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO VI

Me dirigí inmediatamente a su casa. Estaba en cama.

Alargóme una mano calenturienta.

—Parece que tenéis fiebre—le dije.

—Sí, pero no será nada; la fatiga de un viaje tan apresurado: he aquí el origen.

—¿Acaso venís de casa de la hermana de Margarita?

—Sí; ¿quién os lo ha dicho?

—Yo lo sé; ¿y habéis obtenido lo que deseabais?

—Sí—y preguntó extrañado,—¿quién os ha informado tan bien?

—El jardinero del cementerio.

—¿Habéis visto su tumba?

Casi no me atrevía a contestarle, pues el tono con que hizo la pregunta me revelaba que Armando seguía siendo víctima de la emoción de que yo había sido testigo, y cuantas veces su imaginación o las palabras de otro le recordaban tan triste pérdida, recrudecía su pena, dejando entender que le faltaba luchar todavía muchísimo para poder dominarla.

No contesté palabra; únicamente afirmé con un movimiento de cabeza.

—¿Ha cuidado mucho de ella?—prosiguió Armando.

—Sí.

Dos grandes lágrimas saltaron de los ojos del enfermo que volvió la cabeza casi ruborizado. Hice como que no había visto nada, y procuré mudar de conversación.

—Si no me equivoco, se han pasado tres semanas desde que partisteis—dije yo.

—Tres semanas, ni más ni menos.

—Largo ha sido el viaje.

—Bueno, es que no he viajado siempre; he estado quince días en la cama, y esto me impidió regresar antes, pues al llegar allá, la fiebre me dominó por completo.

—De suerte que en cuanto cedió un poco, os pusisteis otra vez en camino.

—Si llego a seguir ocho días más en aquel país, me muero sin volver a verla.

—Pues ahora, ya que habéis podido volver, es preciso que os cuidéis: vuestros amigos vendrán a visitaros, y yo el primero, si no me negáis esta satisfacción.

—Antes de dos horas pienso levantarme.

—¡Lo cual será una imprudencia!

—Es necesario.

—Pero no indispensable.

—Debo ir a ver al comisario de policía.

—¿Y por qué no confiáis a un amigo semejante diligencia, evitando agravar vuestra enfermedad?

—Porque tal vez de esta visita depende mi curación. Es preciso que la vea. Desde que tuve noticia de su muerte, y sobre todo desde que vi su tumba, no vivo ni sosiego. No puedo persuadirme de que haya muerto una mujer que dejé tan joven y tan bella. He de cerciorarme por mis ojos. He de ver en qué ha trocado Dios un ser que he amado tanto, y tal vez la horrible realidad desvanecerá el martirio del recuerdo. Me acompañaréis, ¿no es verdad?

—¿Qué os dijo su hermana?

—Nada. Extrañó mucho que un particular quisiese comprar terreno para sepultar a Margarita, y firmó desde luego la autorización que solicitaba.

—Vamos a ver, ¿y no sería mejor aguardar vuestro completo restablecimiento para verificar esa traslación?

—¡Oh! no me faltarán fuerzas, perded cuidado. Yo creo que me volvería loco si cuanto antes no llevara a cabo esta resolución cuyo cumplimiento es ya una exigencia de mi dolor. Creed que no volverá la calma a mi corazón sino después de haber visto a Margarita. Será el agua que apagará la sed de la fiebre que me devora, el delirio de mis insomnios, el resultado de este delirio, todo lo que queráis; pero aunque debiese hacerme cartujo, como M. de Rancé, después de haber visto, veré.

—Entendido—dije a Armando,—estoy a vuestras órdenes. ¿Habéis visto a Julia Duprat?

—¡Oh! sí, el mismo día de mi primer regreso.

—¿Y os entregó los manuscritos que Margarita le encargó para vos?

—Los tengo aquí.

Diciendo esto, Armando me indicó un rollo de papeles que guardaba debajo de su almohada, el cual volvió a guardar en seguida.

—¡Ah!—dijo,—sé de memoria su contenido; los he estado leyendo diez veces diarias durante tres semanas. Deseo que también los leáis, pero más tarde, cuando esté más sosegado y pueda haceros comprender todo lo que vale el amor que semejante confesión manifiesta. Permitidme ahora que os pida un favor.

—¿Cuál?

—¿Tenéis un coche abajo?

—Sí.

—Pues bien. Tened la bondad de tomar mi pasaporte e ir a ver si en el correo hay cartas que vengan dirigidas a mi nombre. Mi padre y mi hermana me habrán escrito a París; pero como partí con tanta precipitación, no tuve tiempo para informarme antes de emprender mi viaje. A vuestra vuelta iremos juntos a ponernos de acuerdo con el comisario de policía para la ceremonia de mañana.

Armando me entregó su pasaporte, y me trasladé a la calle de J. J. Rousseau.

Había dos cartas dirigidas a M. Duval, recogílas y volví. Encontré a Armando vestido del todo y dispuesto a salir a la calle.

Cuando le entregué las cartas dijo:

—Gracias, amigo mío—y añadió después de ver los sobres,—sí, son de mi padre y de mi hermana. Nada de mi silencio habrán comprendido.

Abrió las cartas, y mejor las adivinó que leyó, pues ambas estaban escritas por sus cuatro caras, y a poco las había vuelto a doblar.

—Vámonos—dijo.—Contestaré mañana.

Fuimos a ver al comisario, a quien entregó Armando la autorización de la hermana de Margarita.

El comisario se quedó con la carta, dando otra para el guardián del cementerio; acordóse que el traslado tendría lugar el día siguiente, a las diez de la mañana; y quedamos en que iríamos a buscarle unos minutos antes, para luego dirigirnos al cementerio juntos.

Cosa rara. Yo también sentía cierta curiosidad por presenciar aquel triste espectáculo, y confieso que pasé la noche sin dormir pensando en ello.

A juzgar por mi impaciencia, la noche debió de ser muy larga para Armando.

Al llegar a las nueve de la mañana a su casa, estaba horriblemente demudado, aunque parecía tranquilo.

Recibióme sonriendo, y me tendió la mano.

Las bujías estaban gastadas hasta el cabo. Antes de salir, tomó Armando una carta larguísima dirigida a su padre, y en la que sin duda había consignado sus impresiones de aquella triste noche.

Treinta minutos después llegábamos a Montmartre.

Nos esperaba ya el comisario.

El brazo con que Armando se apoyaba en el mío, me comunicaba con sus convulsiones la excitación que le dominaba. Yo le miraba de cuando en cuando, y él, comprendiendo mis miradas, se sonreía tristemente; pero desde que habíamos salido de su casa, no cruzamos una sola palabra.

Antes de llegar delante del sepulcro, Armando se detuvo para enjugar su rostro inundado en sudor.

Aproveché aquel instante para respirar, pues también tenía el corazón comprimido.

¡Cuál será el origen del doloroso placer que nos producen semejantes espectáculos!

Cuando llegamos, el jardinero había retirado las macetas de flores, y la verja que cercaba la tumba había desaparecido. Dos hombres cavaban la tierra.

El pobre Armando se apoyó contra un árbol y fijó su vidriosa mirada allí donde los azadones abrían la tierra.

En sus ojos se hallaba concentrada toda su vida.

De pronto la punta de un azadón rechinó contra una piedra.

Armando se estremeció, retrocedió como herido por una descarga eléctrica, y estrechó mi mano con tanta fuerza, que me hizo daño.

En seguida uno de los sepultureros tomó una ancha paleta y fué vaciando la fosa poco a poco; después, cuando ya no quedaban más que las piedras con que se cubre el ataúd las fué separando una por una.

Yo seguía observando con gran cuidado todas las impresiones de mi amigo, pues tenía el temor de que sus visibles esfuerzos para concentrarlas precipitaran un terrible fin. Él por su parte seguía mirando, fijos y abiertos los ojos, como si estuviese loco, y el precipitado temblor de sus mejillas y labios demostraba lo violento de la crisis.

En cuanto a mí, sólo puedo decir que casi me arrepentía de haber ido al cementerio.

Cuando el ataúd quedó enteramente descubierto, el comisario dijo a los sepultureros:

—Abrid.

Obedecieron aquellos hombres como si se tratase de la cosa más sencilla del mundo.

La caja era de roble. Principiaron por introducir una palanqueta en la juntura. La humedad había enmohecido los tornillos, y después de muchos esfuerzos saltó la tapa: exhalóse un olor fétido, a pesar de las plantas aromáticas de que estábamos rodeados.

Hasta los sepultureros apartaron la cabeza.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Armando y palideció más.

Un lienzo blanco cubría el cadáver, dibujando vagos contornos. El sudario estaba carcomido en uno de sus extremos, y dejaba ver un pie descarnado.

Confieso que sentí frío y desfallecimiento, y a la hora en que escribo estas líneas aún me parece ver aquella escena en su imponente realidad.

—Concluyamos—dijo el comisario.

En seguida uno de aquellos hombres alargó la mano, descosió parte del sudario, y agarrándolo por la punta, pegó un tirón y descubrió el rostro de la difunta.

Horrorizaba el verlo; horroriza el contarlo.

Los ojos no eran más que dos cavidades negras; los labios habían desaparecido, y los dientes blancos estaban como unidos unos a otros. Los largos cabellos negros y secos estaban como amasados y pegados a las sienes velando en parte las verdosas cavidades de las mejillas, y, sin embargo, en aquella enmohecida calavera reconocí el rostro blanco, rosado y alegre que tantas veces había admirado.

Armando, con los ojos clavados en aquella figura, se había tapado la boca con el pañuelo, que apretaba con sus dientes.

Yo estaba como soñando que un círculo de hierro oprimía mi cabeza, nubláronse mis ojos, oí mil extraños zumbidos, abrí maquinalmente un frasco que había traído a propósito y aspiré fuertemente las esencias que contenía.

Embargado por aquella especie de sopor, creí oir al comisario que decía al señor Duval.

—¿La reconocéis?

—Sí—contestó sordamente mi compañero.

—Pues cerrad, y trasladad—dijo el comisario.

Los sepultureros echaron otra vez el lienzo sobre el rostro de la difunta, cerraron la caja, y tomándola cada uno por un extremo, se dirigieron al lugar del cementerio a donde debía ser trasladada.

Armando permanecía inmóvil, clavados los ojos en aquella huesa vacía: estaba pálido como el cadáver que acabábamos de ver... y parecía petrificado.

En previsión de lo que iba a suceder cuando el dolor amenguase por la ausencia del espectáculo, ya que por su violencia le sostenía como galvanizado, me acerqué al comisario:

—¿Es indispensable la presencia de este caballero?—le pregunté indicando a Duval.

—No, señor—contestó,—y aun os aconsejo que os le llevéis, pues me parece que está malo.

—Vámonos—dije entonces a Armando tomándole del brazo.

—¡Cómo!—exclamó mirándome con extrañeza.

—Ya no necesitan de vos—-añadí;—debéis retiraros, amigo mío; estáis afectado, y estas emociones os son perjudiciales.

—Tenéis razón, vámonos—contestó sin moverse.

Le cogí del brazo y me lo llevé.

Dejábase conducir como un niño, murmurando tan sólo de vez en cuando:

—¿Habéis visto los ojos?—y lo decía volviendo la cabeza, como si aquella visión le estuviese llamando.

Sus pasos eran irregulares; parecía que no avanzaba sino a sacudidas; sus dientes castañeteaban, sus manos estaban heladas, y una violenta agitación nerviosa que iba en aumento, se apoderó por completo de su persona.

Él me respondía cuando le hablaba.

Todo lo que podía hacer se reducía a dejarse llevar.

Condújele, pues, hasta el carruaje.

Apenas entramos en él, aumentó su estremecimiento. Entonces tuvo un verdadero ataque nervioso en medio del cual, por miedo de asustarme, murmuraba apretándome la mano con violencia:

—No es nada, no es nada; tengo necesidad de llorar.

Y se hinchaba su pecho, y la sangre refluía en sus ojos sin que una sola lágrima anunciase el desbordamiento de su dolor.

Le hice respirar el frasco de que me había servido. Cuando llegamos a su casa, aún duraba su temblor convulsivo.

Le acosté, ayudado de su criado, mandé encender lumbre en su cuarto, y fuí corriendo a buscar un médico, a quien enteré de todo cuanto había pasado.

El médico se vino conmigo.

Al llegar, las facciones de Armando parecían de púrpura, estaba delirante y murmuraba frases incoherentes, de entre las cuales sólo se entendía el nombre de Margarita.

—¿Y bien?—dije al doctor cuando hubo examinado al enfermo.

—Tiene una fiebre cerebral, ni más ni menos, que no es poca fortuna, pues se me figura, Dios me perdone, que se habría vuelto loco. Es casi seguro que la enfermedad física matará la enfermedad moral, y vencida la primera por la segunda estará restablecido antes de un mes.