WeRead Powered by ReaderPub
La dama de las camelias; Una familia corsa cover

La dama de las camelias; Una familia corsa

Chapter 9: CAPÍTULO VIII
Open in WeRead

About This Book

Un narrador en primera persona reconstruye la vida y los enseres de una mujer célebre en los salones, y cuenta su intensa relación con un joven admirador: un amor apasionado marcado por la enfermedad, la marginación social y la presión familiar que los obliga a separarse. La mujer realiza un gesto de renuncia para preservar el futuro del amante, sacrificio que conduce a una muerte temprana. La obra combina descripción de ambientes y objetos lujosos con reflexiones sobre la hipocresía social, la fragilidad del cuerpo y la redención que puede ofrecer el desprendimiento.

CAPÍTULO VIII

Y es el caso, que a un tiempo mismo que yo reconocía estar todavía enamorado, me sentía más fuerte que antes, y mis deseos de volver a verla, eran hijos en parte, de la voluntad, si no vanidad, que tenía de hacerle conocer que me había hecho superior a ella.

¡Oh, en qué enmarañados laberintos se enreda y cuán inútiles justificaciones busca el corazón para llegar a lo que se desea!

A pesar mío no pude continuar mucho tiempo en los corredores, y volví a ocupar mi butaca de orquesta, desde donde recorrí con la vista todos los palcos para encontrar el en el que estaba Margarita.

Se encontraba en un proscenio, como ya os dije, estaba completamente demudada, y ya no se dibujaba en sus labios aquella indiferente sonrisa que tanto la caracterizaba. Había padecido mucho; padecía aún.

Aunque ya bien entrado el mes de abril, vestía de terciopelo como en pleno invierno.

La miré con tal persistencia que mi mirada atrajo la suya. Se fijó en mí unos instantes, tomó sus gemelos para cerciorarse de quién era yo, e indudablemente, creyó conocerme sin darse cuenta exacta de mi personalidad, puesto que al dejar sus gemelos, vagó por sus labios esa graciosa sonrisa con que saludan las mujeres bonitas cuando quieren contestar al saludo que esperan. Pero yo no satisfice su deseo, pues para vengarme, pretendía, sintiéndolo, hacerle entender que me había olvidado por completo de lo que ella recordaba todavía. Ella, creyendo haberse equivocado, volvió la cabeza sin afectación. Se levantó el telón. Muchas veces vi a Margarita en el teatro, pero jamás la vi fijarse en el escenario.

La obra que se representaba me interesaba poco, solamente Margarita absorbía mi atención; sin embargo, yo hacía toda clase de esfuerzos para aparentar lo contrario.

Habiendo observado que cambiaba algunas miradas con la persona que ocupaba el palco frontero al suyo, me fijé en ésta y vi que era una señora con la que tenía yo bastante intimidad.

Era una antigua mujer de historia, que había pretendido entrar en el teatro, y que no habiéndole sido posible, aprovechó las relaciones que tenía con muchas damas elegantes de París, para establecer un almacén de modas. Yo vi en ella un pretexto para acercarme a Margarita y aproveché un instante que miraba hacia donde yo estaba, y saludéla con la mano y los ojos. Resultó lo que yo quería: me llamó para que subiese a su palco.

Prudencia Duvernoy era el nombre de la modista. Matrona de unos cuarenta años, pertenecía al número de las que no se necesita gran diplomacia para que digan o hagan lo que uno desea, sobre todo cuando lo que se desea es tan sencillo como lo que yo quería. Subí y aproveché el momento en que volvió a empezar sus telegramas ópticos con Margarita para decirle:

—¿A quién os dirigís?

—A Margarita Gautier.

—¿La conocéis?

—¡Sí; soy, a más de su modista, su vecina!

—¿Vivís en la calle de Antín?

—Número 7; la ventana de su gabinete tocador da frente a la mía.

—Creo que es una joven muy amable además de ser lindísima.

—¿No la conocéis?

—No, y me gustaría conocerla.

—¿Queréis que le diga que venga a nuestro palco?

—No; prefiero que me presentéis a ella en su casa.

—Eso es más difícil, porque es la protegida de un anciano duque...

—¿Protegida y hermosa?

—Pues sí, protegida, protegida—dijo Prudencia.—El buen viejo no podría, aunque quisiese, ser su amante.

Y Prudencia me contó de p a pa el origen de las relaciones de Margarita con el duque de Bagneres.

—¿Es ésta la causa por la que ha venido sola al teatro?

—Sí.

—Entonces, ¿quién la acompañará a su casa?

—Él.

—¿Vendrá a buscarla?

—No tardará.

—Y a vos, ¿quién os acompaña?

—Nadie.

—Entonces me ofrezco a ser vuestro caballero.

—¿Y el amigo con quien habéis venido?

—Es un joven muy simpático, muy listo, y de mucho talento, que tendrá mucho gusto en conoceros.

—¡Ah! pues entonces no hay más que hablar, saldremos juntos en cuanto termine esta pieza.

—Eso es: perfectamente; voy a prevenírselo a mi amigo.

—Conformes. ¡Ah!—exclamó Prudencia en el momento que iba yo a salir.—¿Queréis conocer al duque protector de Margarita? Es este anciano que entra en su palco.

Miré y vi que un caballero como de setenta años, serio y respetable, acababa de tomar asiento detrás de Margarita, después de presentarle un cucurucho de dulces, que ella probó inmediatamente, haciendo seña a Prudencia como diciéndole: ¿Si gustáis?

—Muchas gracias—contestó Prudencia con otro gesto.

Entonces Margarita dejó sobre una silla la bolsa de los dulces, y dirigiéndose al viejo siguió comiendo y conversando.

Tal vez os parezcan tonterías este sinnúmero de detalles, pero conservo tal memoria de todo cuanto tenía relación con Margarita que me complazco en recordarlo y repetirlo.

Después de este incidente bajé a la platea para participar a Gastón el compromiso que, a nombre de los dos, acababa de contraer. Aceptó, desde luego, conviniendo en cuanto le dije. Inmediatamente dejamos nuestros asientos para subir al palco de la señora Duvernoy. Cuando atravesábamos el corredor, tuvimos que detenernos para dejar pasar a Margarita y al duque, que ya se retiraban. Hubiera dado sin vacilar diez años de mi existencia por poder substituir al buen anciano.

A la salida les esperaba el coche, al que subieron entrambos, y al trote de dos fogosos caballos dirigidos por el propio duque, desaparecieron rápidamente.

Nosotros nos quedamos con Prudencia hasta la terminación de la pieza, y luego un coche de alquiler nos condujo a los tres a la calle de Antín, número 7. Prudencia nos invitó a que subiésemos para enseñarnos su establecimiento, de cuya propiedad se manifestaba bastante orgullosa.

Ya comprenderéis que no nos hicimos de rogar para complacerla. En cuanto hubimos penetrado en los almacenes de Prudencia, ya me creí estar al lado de Margarita; así, pues, hice recaer inmediatamente la conversación sobre mi único objetivo.

—¿Está, acaso, en la habitación de vuestra hermosa vecina el viejo duque?—pregunté a Prudencia.

—Creo que no; probablemente estará sola.

—Pues se aburrirá de lo lindo—dijo Gastón.

—Generalmente, pasamos juntas todas las veladas; cuando no se opone a ello algún obstáculo, me llama en cuanto llega a su casa. Jamás se acuesta antes de las dos de la madrugada, pues le es imposible conciliar el sueño antes de esa hora.

—¿Por qué causa?

—La enfermedad. Padece del pecho y casi siempre está calenturienta.

—¿No tiene amantes?—pregunté.

—Lo ignoro. A la hora en que yo me retiro jamás queda nadie acompañándola; pero no puedo asegurar que no entre nadie después que yo he salido. Con frecuencia viene a su casa un conde de N... que se propone conseguir no sé qué, haciéndole sus visitas a las once y mandándole cuantas joyas cree que apetece; pero ella le hace poquísimo caso, pues dice que no le gusta ni pintado. Lo cual no deja de ser una majadería, porque es un joven riquísimo. Por más que yo le digo y repito a todas horas: «Hijita, hacéis mal, muy mal en despreciar al conde, pues éste, y no otro, es el hombre que os conviene», no me hace caso ninguno, y ella, que generalmente atiende todos mis consejos, me vuelve la espalda diciendo que no puede resistir a un majadero de tal calibre. Convengo en que no le falta razón, pero sería para ella una verdadera mina, puesto que el viejo duque puede morirse el mejor día. Luego, los viejos son más egoístas, y además su familia le reprueba continuamente la prosecución de su amistad con Margarita, por cuyas razones creo que nada ha de heredar del buen anciano. Siempre que yo le hago presente semejantes temores, me contesta que cuando falte el duque, le sobrará tiempo para tomar al conde.

Es bien poco agradable—continuó Prudencia,—vivir como ella vive ahora. Yo de mí sé decir, que no sabría acostumbrarme a semejante monotonía y no hubiera resistido tanto tiempo sin mandar a paseo al buen anciano. ¡Es tan insípido! La llama hija, la mima y cuida como una niña y puede decirse que no la deja a sol ni a sombra. Estoy segura de que en estos momentos está rondando la calle alguno de sus criados para observar quién sale, y sobre todo quién entra.

—¡Pobre Margarita!—exclamó Gastón, sentándose al piano.

—¡Chist! A ver—dijo Prudencia, fijando su atención.—Creo que Margarita me llama.

Los tres pudimos oir que una voz de mujer llamaba a Prudencia. Y Prudencia nos dijo entonces:

—Señores, podéis ya retiraros.

—¿Así es como entendéis la hospitalidad?—interrogó Gastón sonriéndose.—Nos retiraremos cuando nos parezca bien.

—¿Por qué hemos de irnos?

—Es que he de entrar en la habitación de Margarita.

—Os esperaremos aquí.

—¡Imposible!

—Entonces os acompañaremos.

—Mucho peor.

—Yo conozco a Margarita—dijo Gastón,—y puedo por consiguiente visitarla.

—Pero no la conoce Armando.

—Le presentaré.

—De ninguna manera.

Volvió a oirse la voz de Margarita que llamaba a Prudencia. Mme. Duvernoy fué corriendo a su gabinete tocador. Gastón y yo la seguimos. Prudencia abrió la ventana. Nosotros quedábamos ocultos de manera que no pudiésemos ser vistos.

—Hace diez minutos que os estoy llamando—dijo Margarita desde su ventana en tono de mando.

—¿Qué se ofrece?

—Que vengáis al momento; aún no se ha ido el conde de N... y me está matando el fastidio.

—No me es posible en este momento.

—¿Quién os lo impide?

—Dos jóvenes que tengo de visita y que no quieren irse.

—Decidles que tenéis necesidad de salir.

—Ya se lo he dicho.

—Pues bien, dejadles solos; cuando vean que salís, saldrán ellos también.

—¡Después de habérmelo revuelto todo!

—Pero, ¿qué os quieren?

—Yo creo que os quieren ver a vos.

—¿Cómo se llaman?

—Al uno ya le conocéis, es Gastón R...

—¡Ah, sí, ya sé! ¿Y el otro?

—Al otro no le conocéis, se llama M. Armando Duval.

—Bien, no importa, dejad que os acompañen: todo lo prefiero al conde. Venid en seguida; os espero.

Margarita y Prudencia cerraron sus ventanas. Margarita, que hacía pocos momentos pareció recordar mi fisonomía, había olvidado mi nombre por completo. Yo hubiera preferido a olvido semejante, un recuerdo desagradable.

—Ya me presumía yo—dijo Gastón,—que tendría gran gusto en recibirnos.

—Mejor diríais—interrumpió Prudencia poniéndose el abrigo,—que os recibe para conseguir a toda costa que se marche el otro. Procurad serles más simpáticos que el conde para evitar que luego me riña.

Seguimos a Prudencia. Yo estaba temblando. Presentía que aquella visita iba a ejercer gran influencia sobre mi vida. Aun estaba más conmovido que la noche de mi primera presentación en la Ópera Cómica. Al llegar a la puerta de la habitación que ya conocéis, me latía tan precipitadamente el corazón, como huían de mi cabeza las ideas. Llegaron a nuestros oídos algunas notas. Prudencia llamó, y dejó de oirse el piano a un mismo tiempo. Abrió la puerta una muchacha que por su aire elegante, más que una doncella de servicio parecía una señorita.

Pasamos al salón, de allí a un gabinete separado, que estaba tal como después lo habéis visto. Apoyado en la chimenea había un elegante joven.

Margarita, sentada al piano, recorría ligeramente el teclado, empezando muchas piezas sin terminar ninguna.

El efecto de aquel cuadro, era el del fastidio, hijo de la turbación e inexperiencia del hombre, y del peso abrumador con que fatigaba el ligero espíritu de la mujer, la presencia del tétrico personaje. Levantóse Margarita al oir la voz de Prudencia y saliéndonos al encuentro, dijo, después de haber cruzado ambas mujeres una mirada; de inteligencia por parte de la Duvernoy, de agradecimiento por la de Margarita:

—Entrad y sed todos bien venidos.