WeRead Powered by ReaderPub
La desheredada cover

La desheredada

Chapter 29: Capítulo VII
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

A young woman reduced to precarious living asserts a hereditary claim and becomes entangled in a protracted legal and social struggle that unmasks family tensions, opportunists and institutional hypocrisy. The plot alternates courtroom episodes, intimate domestic scenes and vivid portraits of townspeople as allies, rivals and officials interact around questions of inheritance, justice and charity. Through satirical observation and careful character studies the narrative examines education, public life and moral resilience, showing how social forces, self-interest and compassion shape the heroine's prospects and the community that surrounds her.

El establecimiento era un verdadero laberinto, como formado de distintas piezas, que se habían ido agregando poco a poco, según las necesidades de ensanche lo pedían. Ocupaba la imprenta destinada a romances y aleluyas la peor y más lóbrega parte. Todo allí era viejo, primitivo y mohoso. La máquina, sonando como una desgranadora de maíz, tenía quejidos de herido y convulsiones de epiléptico. Consagrada durante seis años a tirar un periódico rojo, subsistía en ella un resto, un dejo de la fiebre literaria que por tanto tiempo estuvo pasando entre sus rodillos y su tambor. Las cajas, donde yacía en pedazos de plomo el caos de la palabra humana, eran desvencijadas, polvorientas y sudaban tinta. Habían servido para componer papeles clandestinos, y conservaban el aspecto de la negra insidia, que trama sus actos en la sombra. La horrible guillotina, cuya enorme cuchilla lo mismo podía cortar un librillo de papel de fumar que una cabeza humana, ocupaba el ángulo más sombrío de la sucia estancia, que más parecía una bodega o sótano que taller del Arte de imprimir, soberano instrumento de la Divinidad, vicario de la Providencia en la Tierra. Viendo aquellos trebejos, se podría sospechar que el tal Arte había sido encarcelado allí para expiar las culpas que alguna vez, por andar en malas manos, ha podido cometer.

—II—

En esta mazmorra de Gutenberg fue metido Mariano para su aprendizaje. Primero le había puesto Juan Bou a copiar dibujos fáciles con tinta autógrafa; pero mostró tan escasa disposición para esto, que le confirmó a la imprenta, mandándole adiestrarse en la caja. Sus primeras torpezas, sus descuidos, sus malas respuestas, fueron castigadas tan severamente por el maestro, ayudado de una correa, que bien pronto el muchacho le cogió miedo, y con el miedo vino el respeto y cierta convicción de que la obediencia y el trabajo le convenían por el momento más que la holganza y la maldad. En poco tiempo adquirió alguna destreza, al amparo de un cajista viejo casi inválido y de un chico listísimo, a quien años atrás conocimos y conoció mejor Mariano con el nombre de Majito. Este ganaba cuatro reales, y Pecado tan sólo dos; pero aquella honrada ganancia llevaba semanalmente a su alma como un grano de legítimo orgullo, el cual bien podía con el tiempo, ser base sobre que se construyera la dignidad de que carecía.

El rigor del castigo y la obligación de ocuparse en un ejercicio sedentario y monótono, en local de mediana luz y nada alegre, hicieron a Mariano taciturno; palideció su rostro y adelgazó su cuerpo. A los cuatro meses ya componía él solo, si no con ligereza, con exactitud, las leyendas de las aleluyas, que eran en número fabuloso. Se las sabía todas de memoria y le bastaba ver la tosca viñeta para adivinar y componer en seguida los pareados. Él y su compañero el Majito se disparaban a cada instante los versillos, aplicándolos a cualquier idea o suceso del momento. Tan pronto sacaban a relucir alguna oportuna cita de la Vida del hombre flaco, a saber: El verlo en paños menores—causaba risa, señores, como aquella de la Vida de don Espadón, que dice: Todo el día está bailando—y a su dama acariciando. El aburrimiento de los dos chicos les llevaba por una especie de proceso psicológico que enlaza el bostezo con el arte, a poner en música los tales pareados, y cuando el Majito cantaba los de la Procesión del Viernes Santo, que dicen: Muchos niños en seguida—van con velita encendida, le contestaba Pecado: Delante van con decencia—los de la Beneficencia.

También sabían de memoria, sin olvidar una tilde, los romances de matones, guapezas, robos, asesinatos, anécdotas del patíbulo.

Cuando Mariano ganó tres reales, Juan Bou, haciendo justicia a sus progresos, atendió sus reclamaciones. El muchacho aborrecía la caja. Quería trabajar en litografía; pero como no tenía aptitud ni pulso para el dibujo, quiso ser estampador. Púsose a ello, ayudando al oficial de la prensa y máquina, y bien pronto conoció Bou que Mariano había escogido bien. Aprendió a manejar con habilidad el ácido y la grasa, y también sabía marcar con precisión. La máquina gustaba tanto a Pecado, que siempre que podía no se quitaba de alrededor de ella, atento a sus ordenados movimientos. Al mirarla, afanada, despidiendo de sus dientes y coyunturas un sudor negro y craso, sentía que se le comunicaba el vértigo de ella, y por momentos se suponía también compuesto de piezas de hierro que marchaban a su objeto con la precisión fatal de la Mecánica.

A pesar de sus baladronadas políticas y de su aspecto feroz, Juan Bou, el ursus spelæus, era lo que vulgarmente se llama un infeliz, un buenazo, un alma de Dios. Tenía corazón tierno, bondadoso y sensible, y no podía ver una desgracia sin tratar de aliviarla. Si cuando estaba picado de mala mosca su lenguaje era conciso y brutal y se comía a los niños crudos, cuando le volvía el buen humor su dicción se fluidificaba, adornándose con toda la hojarasca de la fanfarronería. Conversaba familiarmente con los muchachos, mostrándoles, ya la expresión seductora de sus sabidurías políticas, ya los dramáticos pasajes de su historia de mártir.

Cuando Mariano llevaba seis meses de aprendizaje con jornal de seis reales, era, ¡cosa rara!, el oficial con quien más simpatizaba Juan Bou. ¿Había entre ellos semejanza grande o disparidad absoluta? No se sabe bien. No se sabe tampoco cuál de estas dos cosas engendra la simpatía. Conste, sin embargo, que también Mariano era fanfarrón, y que en el trato de seis meses con Bou se le había comunicado la idolatría del ente Pueblo. En cuanto a las sanguijuelas del país, que chupan la sangre del obrero, y en cuanto a todos nosotros, que no tenemos callosidades en las manos, Mariano creía aborrecerlos tanto como su maestro; pero lo que hacía era envidiarlos, pues la envidia suele usar la máscara del odio.

En el fondo de su alma, Pecado anhelaba ser también sanguijuela y chupar lo que pudiera, dejando al pueblo en los puros huesos; se desvivía por satisfacer todos los apetitos de la concupiscencia humana y por tener mucho dinero, viniera de donde viniese. En esto se distinguía radicalmente de su maestro, amantísimo del trabajo. Bou no quería galas, ni lujo, ni vicios caros, ni palacios; lo que quería era que todos fuésemos pueblo; que todo el que tuviera boca tuviera una herramienta en la mano; que no hubiera más que talleres y se cerraran los lugares de holganza; que se suprimieran las rentas y no hubiera más que jornales; que cada cual no fuera propietario nada más que de la cuchara con que había de comer la sopa nacional.

En la sala donde estaba la máquina, tenía Bou su mesa de trabajo, y en esta la piedra en que dibujaba, puesta sobre un disco de madera giratorio, con cuyo mecanismo él le daba vueltas como si fuera un papel. A poca distancia veíase la prensa de mano donde se sacaban las pruebas y se hacían los reportes. El estampador era un joven muy aficionado a la charla, hablaba sin ton ni son, escapándose de él el discurso y la palabra como se escapa el aire de un fuelle agujereado. Era un intellectus lleno de roturas. Mariano tenía en su laconismo una brutalidad sentenciosa.

«¿Que habláis ahí, muchachos?—dijo de pronto Juan Bou, que estaba aquel día de bonísimo talante, por haber cobrado una antigua cuenta.

—Este—replicó el estampador con el sentimiento de modestia que le inspiraban sus pocas luces al ponerlas frente a la sabiduría del maestro—, este dice que el año que viene ya no trabaja más.

—Eso lo dirá la correa—manifestó Bou sonriendo y sin levantar los ojos de la piedra—. ¿Y qué vas a comer si no trabajas?... Me parece que tú eres de casta de sanguijuela... Y algo he oído yo. No sé quién me dijo si eres noble o no eres noble...

—Dice este—prosiguió el estampador, gozoso de que el maestro pensase como él—que cuando su hermana gane el pleito, será caballero.

—¿El pleito?... ¿Sabéis como haría yo que se ganaran de una vez todos los pleitos?—dijo Bou, regocijándose con el efecto que sus admirables ideas causaban en los dos muchachos—. Pues mandaría pegar fuego a todos los archivos, a la escribanía A y a la escribanía B. Total, que no dejaría un papel vivo. La humanidad no necesita de papeles. Hay que liquidar..., ¿estáis? Hay que decir: «Hasta aquí llegó la cosa»..., y palante... Yo diría a los jueces, escribanos, alguaciles, magistrados y demás pillería: «¿Queréis almorzar? Pues ahí tenéis la azada, el arado, el escoplo o lo que más os convenga. Pero con papeles no se come aquí, señores...». ¿Que no querían? Pues hacia un estanque de tinta, los ahogaba en él..., y palante.

—Dice este—repitió el oficial, que se pirraba por delatar los disparates de su amigo—que todos no son iguales y que él está ya cargado de ser pobre.

—No hay pobreza en la honradez, no hay honra como la del trabajo—afirmó Juan Bou incorporándose y dejando ver el esplendor lumínico de su ojo rotatorio, que parecía una rueda de fuegos artificiales—. ¡Pobre!¿Qué ere decir esto? Es una necedad, una... lucubración contraria a los grandes principios. ¿Tienes satisfechas tus necesidades? Sí. ¿Tienes hambre? No. ¿Estás vestido? Sí. Pues eres tan rico como el duque A o el conde B, o quizá más».

Y de este lenguaje sencillo y lapidario, que a la altura de Marco Aurelio le ponía, pasó por gradación suave a otro más acentuado, más enérgico, si bien no más elocuente, diciendo:

«Todo lo demás es superfluidad y lujo, es explotar al obrero, chupar su sangre, alimentarse de su sudor bendito, comerse los refinados manjares amasados con las lágrimas del pobre. Ved esos que andan por ahí, toda esa chuma de esos señores y holgazanes. ¿De qué viven? De nuestro trabajo. Ellos no labran la tierra, ellos no cogen una herramienta, ellos no hacen más que pasear, comer bien, ir al teatro y leer libros llenos de bobadas... Comparémonos ahora. Nosotros somos las abejas, ellos los zánganos; nosotros hacemos la miel, vienen ellos y se la comen. Nos dejan las sobras, nos echan un pedazo de pan, por lástima, como a los perros... Pero todo se andará, tunantes, todo se andará; vendrá la cosa y haremos cuentas, sí, la gran cuenta, el Juicio Final de la humanidad. ¡Oh, pillos!, también nosotros tenemos nuestro valle de Josafat. Allí se os aguarda. Allí estaremos. Con un pedazo de lápiz tamaño así, y un papel de cigarro, basta para hacer el gran balance. Es la liquidación fácil, porque es la última... y palante».

Mariano y su colega le oían absortos.

«Dice este—continuó el estampador, incansable en la denuncia—que él ha de poder poco o ha de soltar pronto la blusa.

—Vamos a ver—manifestó el maestro volviendo a su trabajo—; explícanos lo que tú piensas... ¿A qué aspiras tú? ¿Qué deseas tú?

—¿Yo?—dijo Mariano con terrible laconismo—. Tener dinero.

—¡Tener dinero! El dinero es una fórmula, un medio de cambio—declaró con olímpica suficiencia Juan Bou—. ¿Y si llega un día en que no haya dinero, en que no represente nada el dinero, porque las cosas, o mejor dicho, el servicio A y el servicio B se cambien directamente sin necesidad de ese intermediario?

—Chúpate esa—dijo por lo bajo el estampador a compañero.

—Sí, se suprimirá el dinero, que no sirve más que para negocios indecentes. Suprimiendo el numerario, quedarán suprimidos los ladrones... y palante».

Ambos abrieron medio palmo de boca.

«Pero el dinero—se aventuró a decir Mariano—no se ha de quitar hoy ni mañana...

—Quién sabe... La cosa está mal. Dicen que esto se va. Me escriben de Barcelona que se está trabajando...

—El dinero no se suprime—afirmó Pecado rebelándose tenazmente contra la incontrovertible sabiduría del maestro.

—Hombre, que sí.

—Pues yo quiero ser rico.

—¡Ser rico! ¿Y qué es la riqueza, bruto? Es una cosa convencional, acémila. Hay por ahí unos cuantos tunos que se comen lo que no es suyo, lo que es de todos, del común, y el día en que se diga: «Ea, bastante ha durado la mamancia...», va a ser bueno, va a ser bueno. Nosotros diremos: «A ver, señor duque de Tal, ¿de dónde sacó usted las tierras A y las dehesas B? Señor banquero Cuál, ¿de dónde sacó usted los millones A y B que tiene en el Banco?».—«Hombre, dirán ellos, pues yo...».—«Valientes pillos están ustedes, acaparadores, por no decir otra cosa...». Conque ya ves. No habrá entonces dinero, ni Banco, ni Bolsa; no habrá más que servicios mutuos, toma y daca. Que yo necesito un jamón, el comestible A o el comestible B: me voy a la tienda, y me encuentro que el tendero necesita etiquetas, anuncios. Pues ahí va, y venga. El sastre hará pantalones al zapatero, y el zapatero le hará zapatos al sastre. Es un organismo sencillísimo, brutos. Vosotros no habéis estudiado la cosa, no habéis trabajado por la cosa, no habéis estado en calabozos, no habéis comido ratas desabridas... Se trata de un organismo; ¿sabéis lo que es un organismo?».

Ambos callaron. Creían que se trataba de un organillo; pero no se atrevían a decirlo.

«Este dice también—añadió el denunciador sin poder contener la risa—que quiere ser célebre.

—¡Célebre! Ta, ta, ta—exclamó Juan Bou, radiante, al considerar el triunfo que a su oratoria se preparaba—. ¿Conque célebre y todo..., es decir, hombre grande? ¡Valiente papamoscas! ¿Y qué entiendes tú por celebridad? La de los guerreros y capitanes, la de esos bobos que llaman poetas, escritorzuelos... Los unos son los verdugos de la humanidad: no han hecho más que matar gente. Los otros han engañado y extraviado a la humanidad, contándola mil mentiras y embelecos. Cógeme a tal o cual guerrero, al poeta A o al prosista B. ¿Qué han hecho por el pueblo? Nada. Su celebridad se acabará también, porque se suprimirá la Historia. Se hará una Historia nueva, en que no figuren más que los que han inventado una máquina o perfeccionado la herramienta A o B. Esos sí, esos sí que tendrán estatuas.

—¿Y quién... va a hacer las estatuas?—preguntó con gran viveza de pensamiento Mariano.

—Toma—dijo Bou, reponiéndose después de desconcertarse un poco—, los escultores. Habrá escultores que harán las estatuas de los obreros célebres, de los padres de la patria, y se les pagará con comestibles, mano de obra... Parece que eres tonto... Ahora, si tú quieres ser célebre inventando la dirección de los globos, o cosa así, entonces nada te digo. Por ahí, por ahí... Pero no envidies a los personajes del día, a esas sanguijuelas del pueblo. Mira tú qué tipos. ¿Prim?, un tunante. ¿O'Donnell?, un pillo. Tiranos todos y verdugos. Olózaga, Castelar, Sagasta, Cánovas. Parlanchines todos. ¿Y ese Thiers de Francia? Otro que tal. Cuando toquen a barrer, veréis cómo queda esto... Nada, nada; aplícate a este oficio y puede que llegues a notabilidad. Ya sabes, comerás y vestirás con tu trabajo. Toma y daca... y palante.

—Pero este dice que quiere ser célebre, aunque para ello tenga que hacer una barbaridad.

—Hombre, hombre, ¿tú quieres dar golpe? Valiente papamoscas. Pues dalo, hombre, dalo. No te faltará ocasión, cuando se grite «abajo la tiranía», pórtate bien. Inventa cualquier cosa, aunque sea una barbaridad, como dices. Puede que no lo sea. Hoy se tiene por barbaridad lo que mañana quizá se mire como una gran acción. Nada, hombre...palante, palantito...».

Siguió hablando en este tono y desarrollando su idea con tal copia de audaces juicios, que los muchachos le oían como si fuera una sibila.

«Lo que yo quiero es moneda—volvió a decir Mariano con rudeza concisa.

—¡Ah!, ya no quieres celebridad, sino plata. No era como tú el célebre Erostrato.

—¿Quién?

—Uno que pegó fuego—dijo Bou reventando de erudición—a un templo... no sé si de Babilonia, de Venecia o de dónde.

—¿Y sacó dinero?

—Vuelta con el dinero.

—Con dinero se tiene todo.

—Y tú quieres tener todo: gozar, disfrutar; lo mismo que cualquiera de esos pillos, lo mismo que la sanguijuela A o la sanguijuela B.

Mariano gruñía, dando a conocer, con bárbaro modo, su ardiente anhelo de ser sanguijuela.

«Ea, bastante se ha charlado—dijo el maestro echando un vistazo a la prensa—.Palante... Sacadme esos reportes ahora mismo».

Y siguió un silencio sólo turbado por los rumores de la actividad taciturna. Oíase el gemido de la prensa, el roce del pegajoso rodillo negro y el rascar de la pluma del maestro sobre la piedra. Juan Bou, que aunque buen catalán tenía un oído infernal, destrozaba entre dientes La Marsellesa, como destroza el fumador la colilla del cigarro. Después escupía unas cuantas notas, y callaba para empezar de nuevo al poco rato. Se había contagiado de la afición de sus aprendices a cantorrear los pareados de las aleluyas, y así, sin pensarlo, cantaba con la música de Rouget de L'Isle estos versos: Muchos niños pequeñitos—van vestidos de angelitos.

Capítulo V

Entreacto en el café

Mariano pasó algún tiempo en esta vida, sin que ocurriera cosa alguna digna de ser contada. Pero en la primavera del 76 ya empezó a fastidiarse. Dejaba de asistir al taller con harta frecuencia, y se pasaba horas y más horas en el café del Sur. Por el afán de aumentar su peculio había contraído el vicio del juego, frecuentando innobles garitos, o agregándose a los nefandos círculos que al aire libre, en las puertas de los ventorros de extramuros funcionan. Su suerte era mala, se aturdía y perdía casi siempre. Cuando ganaba se permitía lujos desenfrenados, como ir al teatro de la Infantil y ver todas las funciones desde la primera a la última, convidarse a chuletas con tomate en cualquier taberna, ir a los bailes vespertinos de criadas y costureras, donde danzaba y hacía conquistas. Cuando las ganancias habían sido por ventura fenomenales, alquilaba un jamelgo, se iba trotando hasta la Puerta de Hierro, o daba la vuelta a Madrid paseando por el Retiro entre las filas de coches de lujo y jinetes ricos. Para que esta parodia vil y nauseabunda de las disipaciones de la clase superior fuese más completa, tenía sus pequeñas deudas con el mozo del café y con los amigos.

Ya faltase todo el día al taller de Bou, ya asistiese puntualmente, nunca dejaba de ir al café del Sur. A veces no estaba más que un rato, a veces cuatro o cinco horas. Se le veía solo, en blusa azul y gorra, con los codos sobre la mesa, el vaso de café delante y en la boca un puro de a cuarto, mirando las nubecillas de humo con estúpida somnolencia.

¿Pero quién es aquel señor que abre la puerta del café y esparce su vista por el local, como buscando a alguien, y desde que ve a Mariano viene hacia él, y se le sienta enfrente? ¿Quién ha de ser sino el bendito D. José? Bien se conoce en su faz su martirio y las tristezas que está pasando. Ved su cara demacrada y mustia, sus ojos impregnados de cierta melancolía de funeral; ved también sus mejillas, antes competidoras de las rosas y claveles, ahora pálidas y surcadas de arrugas. ¿Qué le pasa? Él nos lo dirá. Durante algún tiempo su único consuelo ha sido agregarse a Mariano en el café del Sur y frente a él exhalar sus quejas, semejantes a las de los pastores de antaño; y así como las ovejas (dicho está por los poetas) se olvidaban de pacer para escuchar los cantos de los Salicios y Nemorosos, Mariano dejaba enfriar el café por atender a lo que D. José le refería.

«Hoy tampoco la he podido ver—dijo aquel día (abril de 1876)—. Ese Sr. Botín es un verdugo: no la deja salir de casa; no la deja asomarse al balcón... Te digo que me gustaría que el señor Botín y yo nos viéramos un día las caras... Yo soy padrino de tu hermana, yo soy su segundo padre, y debo velar por ella... ¡Luego el pobre Riquín estará tan solo, extrañará tanto no verme a todas horas y no jugar conmigo, como antes!... Porque has de saber que Riquín no quiere a nadie más que a mí; me quiere más que a su propia madre. Lo que es a Botín no le puede ver».

Al decir esto, Relimpio dejaba conocer, al trasluz de su pena, el regocijo de la venganza. ¡Riquín no quería al otro! ¡Oh placer de los dioses!

«Mi hermana tiene la culpa—dijo Mariano—. Ese tío Botín es una fiera. ¿Por qué no le planta en la calle, como es debido? Pero vea usted..., de aquellas cosas que pasan, ¡puño!... Él es rico; ella se ve mal... Si trabajara como yo, viviría como es debido... De consiguiente, yo no pienso poner los pies en su casa, porque una vez que fui me dijo que no volviera. De consiguiente, ese Botín no quiere que ni yo, ni usted, ni mi tía Encarnación vayamos allá. No quiere estorbos. Yo no voy, porque suponga usted que nos encontramos Botín y yo, hablamos, y sin saber cómo, pues..., de aquellas cosas que pasan..., reñimos. Total, que me hago cuenta de que no tengo tal hermana.

—Si al menos la dejara salir a la calle siempre que ella quisiera—indicó Relimpio embuchándose el café, mientras el otro se rompía las mandíbulas para sacar humo del duro cigarro—Pero quia, quia. Tiene que valerse de mil tretas para salir. La pobre lleva ya tres meses de esta vida y no sé cómo aguanta. ¿Al teatro? Que si quieres... Los domingos la hace ir a misa, y aquí paz... Dicen que ese señor es mojigato.

—Es rico—afirmó Mariano con el tono de asombro mezclado de respeto que empleaba siempre para expresar aquella idea.

—Riquísimo. Gana millones. Si le dejan se come a España en menos que pía un pollo. ¿Y no sabes lo mejor? Es casado. Mira, si yo no fuera una persona decente, le escribiría un anónimo a su señora contándole los devaneos... Pero no está en mi sangre, no. La señora de Botín es condesa o baronesa; él es conde o barón consorte, ¿te enteras? Ella es, según dicen, buena persona, y hace muchas caridades. Hablan de que va a fundar un hospital.

—Sanguijuelas del país y del pobre que trabaja, ¡repuño!... Ellos gastan lo nuestro... Pero ya, ya verán, ¡puño! El mejor día... de aquellas cosas que pasan... El mundo da una vuelta, y palante... Ahora nos toca a nosotros. De consiguiente, venga dinero. Que todo se reparta como es debido.

—Y el que no trabaje que no coma. Lo mismo pienso yo. Desde que se fue D. Amadeo, ¡y aquel sí era persona decente!, esto está perdido. Es verdad que se acabó la guerra; pero ¿cómo se acabó? A fuerza de dinero. Esta gente es atroz. Aquí no hay administración, ni se llevan los libros de cuentas del Estado como manda la Teneduría. Mira tú; mientras no se suprima eso de que los ex ministros tengan treinta mil reales... Yo no sé cómo no se les ocurren estas cosas... Señor, que no podemos con la Hacienda, que hay déficit. ¿Pues qué más tiene usted que quitar tanto empleado vagabundo?... Señor, que la política... Pues fuera política... Si quisieran, todo lo arreglarían bien. Con ir dejando a un lado a los piratas y colocando a la gente honrada... Mira tú, es bien fácil. A ver... ¿D. Fulano es un hombre honrado? Sí señor. Pues venga acá. ¿Y D. Zutano? También. Venga. Ea, ya me tienes la Administración arreglada. Yo sé que los tunantes chillarían; pero que chillaran hasta reventar».

Estas sabias apreciaciones duraban poco, y luego volvía D. José a la monotonía de sus lamentos pastoriles. Durante varios días repitió las mismas cosas... La había visto un momento... Estaba desmejorada y triste... Riquín tampoco era feliz... En mayo añadió a tan enfadosos temas uno que era más agradable a la concupiscencia de Mariano.

«¿Sabes—le dijo—que mi hijo Melchor ha emprendido un gran negocio? Llegó aquí el mes pasado. Por cierto que me cogió desprevenido. Yo le creía en la Habana. Pero el Capitán General le quitó el destino a los veinte días de haber tomado posesión de él y me lo embarcó para la Península... Intrigas políticas... envidias y miserias.

—De aquellas cosas que pasan...—murmuró Mariano, demostrando perspicacia—. Don Melchor tendría las uñas un poco largas; de consiguiente...

—Quita, quita, hombre. Melchor es la misma honradez.

—Sí; pero..., de aquellas cosas que pasan..., al verse allí entre tanto dinero..., de consiguiente...

—Hombre, no.

—Total, que se volvió para acá sin un real.

—No tanto. Algo ha traído... Pues te contaré el negocio, que es grande, tremendo. Es un secreto que ha descubierto.

—¡Un secreto!... Y lo guardará... como es debido.

—No, lo pone a disposición de todo el mundo. Ha hecho unos prospectitos, ¿sabes? Luego ha puesto un anuncio en los periódicos, diciendo que el que quiera saber el secreto del negocio mande veinte reales en sellos. Ajajá. No puedes figurarte los sellos que han entrado en casa. Pero ya se va cansando la gente y vienen pocas cartas.

—¿Pero el secreto...?

—No sé cuál es.

—¿Y si..., de aquellas cosas que pasan..., resulta que no hay tal secreto...?

—Yo no sé... Desde que tomó la casa en la calle de los Abades, donde vivimos, se ocupa de otras cosas. Escribe artículos en un periódico. La ha tomado con las compañías de ferrocarriles y otras empresas gordas, y, ¡si vieras!, las pone como hoja de perejil. Nada, que las mata, que las está matando. Yo le digo que ya que escribe, escriba de cosas útiles, por ejemplo, de que los ingleses deben devolvernos a Gibraltar. Eso sí, yo creo que si esto se dice un día y otro día, al fin hemos de lograrlo. Y si no, guerra, guerra con los ingleses. ¡Ah! ¿No hicimos lo del Callao? Aquello si que fue grande. Te lo contaré, pues lo sé como si lo hubiera visto».

Pero Mariano no paraba mientes en aquel interesante capítulo de Historia. La epopeya de los veinte reales en sellos cautivaba más su espíritu, adormeciéndole en cálculos voluptuosos y combinaciones de riquezas y placeres.

Algunos días después, Mariano era el que llevaba noticias del hijo de D. José.

«Ayer—dijo—estuvo D. Melchor hablando más de dos horas con Juan Bou. Ha inventado una rifa para los pobres. Está unido con otros señores, y de consiguiente, tiene autorización del Gobierno, como es debido. ¡Recontrapuño, qué negocito! Juan Bou hace los billetes y le dan parte.

—Si estoy enterado, hombre. Como que yo he de llevar la contabilidad. Es una idea humanitaria. Ya no habrá más pobres por las calles... Volviendo a lo mismo, Marianín, te diré que la vi ayer en misa. Por la tarde fui a sacar al niño a paseo. ¡Ah!¿No sabes? Lo del pleito va bien. Hombre, si te veremos al fin...».

Mariano se desperezó y después que hubo estirado bien sus extremidades, descargó el puño sobre la mesa, diciendo:

«¡Maldita sea la Biblia!».

Isidora, que vivía en la calle de las Huertas, salía con frecuencia al balcón, y si veía a su padrino paseándose de arriba abajo y echando con disimulo un vistazo al piso segundo, sentía pena y lástima. Unas veces le hacía señales de que entrase, otras de que no entrase, y D. José obedecía con humildad. Llamole un día con agraciado gesto, desde dentro, alzando el visillo y mostrando su cara preciosa tras el cristal. Relimpio subió.

¡Cómo le palpitaba el corazón! Entró, cogió en sus brazos al niño, diole mil besos en la frente, en los rizos, y cargado con él, entró en la sala. Isidora vestía una bata azul de corte elegantísimo. Acababa de peinarse y su cabeza era una maravilla. Nadie que la viese, sin saber quién era, podría dudar que pertenecía a la clase más elevada de la sociedad. Contemplola D. José, más que con amor, con veneración, con fanatismo, como el salvaje contempla el fetiche, y poco faltó para que se la hincara delante.

«Estás, estás...—le dijo turbado por la emoción—, que pareces una diosa... Vengan las duquesas a tomarte por modelo... ¡Riquín!, hijo mío, sol, dame más besos... ¡Bendita sea tu madre!».

Mucho se alegraba también Isidora de ver a su padrino; pero un asunto urgentísimo les separaría muy pronto.

«¿No viene hoy ese bruto?—dijo Relimpio.

—No; hoy habla en el Congreso.

—¿De modo que me estaré aquí hasta anochecida?

—No, porque tengo que hacer, tengo que salir...».

¡Don José puso una cara tan triste!... Sus ojos vivos se amortiguaron como la llama de la exhausta lámpara colgada delante del santo.

«Tengo que hacer—dijo Isidora, sacando una carta—. Y usted me va a hacer el favor de llevar ahora mismo esta carta a Joaquín».

Don José dio un gran suspiro. Puso la cara más desconsolada y agoniosa del mundo, la cara que pondría toda persona a quien se obligara a beber un vaso de vinagre.

«¿De veras que no estás hoy en casa?

—No. Si usted quiere, puede venir a jugar con Riquín.

—Le sacaré a paseo. Está bueno el día. ¿Qué te parece?

—Muy bien.

—Pues voy, voy a hacer tu encargo»—murmuró el viejo, consolándole la idea de pasear al niño.

Isidora salió. Su traje realizaba el difícil prodigio, no a todas concedido, de unir la riqueza a la modestia, pues todo en ella era selecto, nada chillón, sobrecargado ni llamativo. Llevaba en su cara y en sus maneras la más clara ejecutoria que se pudiera imaginar, y por dondequiera que iba hacía sombra de blasones. Y sin embargo, por desgracia suya, empezaba a ser conocida, y cuantos la encontraban sabían que no era una lady.

¡Dama por la figura, por la elegancia, por el vestido!... Por el pensamiento y por las acciones, ¿qué era?... La sentencia es difícil.

Capítulo VI

Escena vigésimaquinta

Aposento no muy grande, cómodo, bien amueblado y a media luz

ISIDORA Y JOAQUÍN

JOAQUÍN.—(Con admiración) ¡Pero qué guapa estás, o mejor dicho, qué hermosa eres!... Joya digna de un rey, ¿por qué estás condenada a encerrar tu brillo dentro de la esfera de una posición mediana, obsura y equívoca? ¡Tremendas ironías del destino! Fíate de que el nacimiento y el temperamento te hayan hecho ilustre... si la realidad y el mundo traidor no te permiten manifestarte como eres... Pero no suspires, no te entristezcas. Hoy es día de alegría y juntos los dos aquí olvidaremos todas nuestras penas... Cada día me es más difícil vivir sin ti.

ISIDORA.—(Con coquetería) ¡Embustero!... Me quieres cuando me necesitas, cuando eres desgraciado. ¡Desde que prosperas un poco, ¡adiós!, ya no te acuerdas de mí! Yo no debía hacerte caso; pero mi debilidad es más fuerte que mi fortaleza, ¿entiendes?... ¿Quién no tiene un castigo en el mundo? Mi castigo eres tú. En vez de darme enfermedades o de volverme fea, Dios me ha dicho: «Quiérele»; y ya ves, te quiero y padezco. El corazón me dice que será constante. Te amaré siempre, mientras viva. Mi corazón es de una pieza. No puede amar sino a uno solo, y amarle siempre... Los hombres, descartando el mío, me hastían; les aborrezco. Uno solo me ha conquistado, y de ese soy. Venga lo que viniere, a mi amor me atengo. No sé cómo hay mujeres que adoran hoy a este y mañana al otro. Yo no soy así. (Con tristeza.) ¿No es verdad que nací para ser honrada?

JOAQUÍN.—Y para mí. (Entusiasmándose por grados.) Sólo yo te comprendo, sólo yo. Los demás te juzgarán mal quizás. Yo, que te conozco, sé que eres un ángel de bondad. La responsabilidad de tus faltas las tomo para mí y te dejo a ti la gloria de tus bellas acciones. ¡Y qué ingrato he sido contigo! Pero me has dado una de esas lecciones que son propias de las grandes almas. A mis ligerezas respondes con tu generosidad.

ISIDORA.—(Mirándole a los ojos.) ¿Estás satisfecho de mí?

JOAQUÍN.—Te idolatro.

ISIDORA.—¿Me he portado bien?

JOAQUÍN.—Como una princesa, como una reina. No todas las coronas están donde deben estar... ¡Ay, Isidora, bendito sea tu orgullo! Quien nota en su alma esa chispa, ese no sé qué, signo de elevación sobre el nivel común, está preparado para las cosas grandes y sublimes. El orgullo no es en ti un defecto, es una inspiración santa.

ISIDORA.—Pero no tengo la conciencia tranquila... Ya ves que...

JOAQUÍN.—Desecha las ideas convencionales. Cada acción tiene un punto de vista desde el cual debe juzgársela, lo cual prueba la gran variedad de las perspectivas del alma humana...

ISIDORA.—Yo siento algún remordimiento...

JOAQUÍN.—Porque no has hecho un análisis frío del hecho en sí y te dejas llevar de la rutina.

ISIDORA.—(Gozosa.) ¿Te pusiste contento cuando recibiste mi carta?

JOAQUÍN.—La besé mil veces, y aun creo que se me escapó una lágrima, cosa en mí desusada.

ISIDORA.—Ya ves que cumplí mi palabra. El jueves, cuando me pintabas tu compromiso y me decías que tu honor y tu buen nombre estaban en peligro, te dije: «Yo, a quien tan grandes desaires has hecho, te he de salvar...». No hay nada que me cautive tanto, que tanto interese a mi alma, como un acto de estos atrevidos y difíciles, en que entren la generosidad y el peligro. Nací para estar arriba, muy arriba.

JOAQUÍN.—En las estrellas te pondría yo.

ISIDORA.—Las cosas bajas y fáciles, las pasiones mezquinas no caben en mí. Tú me habías hecho muchas picardías; pues ahora verás... Yo soy así. La idea de devolverte bien por mal me daba alegría y valor para vencer las dificultades. Fui a mi casa pensando en tus apuros. Yo calculaba, discurría, hacía cuentas. A medianoche no había dormido aún; estaba sola. Podía pensar a mis anchas, y pensar en ti como me diera la gana. Llegó la mañana. ¿Qué creerás que hice? La cantidad era enorme. ¡Mil duritos! ¿De dónde había de sacar yo ese dineral? Pues verás... Vendí mis pendientes de tornillo y mi alfiler grande. Saqué doce mil reales. Compré otros diamantes falsos para que él no conociera el engaño. Después empeñé la pulsera, el reloj; pero nunca bastaba, hijito. Por tu suerte, él me había dado cierta cantidad para renovar parte de la sillería..., pues al montón con ella. En fin, mi tía Encarnación me proporcionó el resto... Y aquí vienen los escozores que siento en mi conciencia...

JOAQUÍN.—(Con escepticismo y fortaleza de espíritu.) Eres una chiquilla. Es preciso que tu inteligencia se ponga a la altura de tu gran corazón.

ISIDORA.—(Con monería.) Déjame, que yo me entiendo. Te diré la verdad pura. Por engañarle no tengo remordimientos. Es un animal a quien aborrezco con toda mi alma. No me merece... ¡Pero hay tantas clases de traición!... Te diré...

JOAQUÍN.—(Azotándola con cariño.) Pero ven acá, tonta...

ISIDORA.—(Abofeteándole con amor.) Escucha, idiota... Digo que las traiciones de dinero no me gustan. Hay algo ahora en mí que las rechaza. Te diré: con gusto o sin gusto mío, él me da cuanto necesito. Es verdad que los tornillos eran míos; me los habías regalado tú. Pero el alfiler me lo dio él..., y el dinero para la sillería... Ya ves.

JOAQUÍN.—Déjame hablar ahora.

ISIDORA.—(Tapándole la boca.) Aguarda.

JOAQUÍN.—(Quitándose a viva fuerza la mordaza y besándola mucho.) Déjame hablar a mí. Escucha, escucha. Si ese animal tuviera cien veces más dinero del que tiene; si en vez de haberse comido una parte del país se lo hubiera comido entero, todo su caudal no bastaría para pagar una de tus caricias, aun otorgada con violencia y sin amor. Esa cantidad que he recibido de ti me ha salvado de la deshonra. Yo te quería ya, yo te amaba siempre, a pesar de mis devaneos. Pero ahora te adoro, ahora soy tu esclavo. Esta deuda es sagrada, es doble; deuda del corazón y deuda de bolsillo. Te pagaré religiosamente.

ISIDORA.—¡Pagarme! ¡Ay! Yo no cobro nunca. Mis manos no nacieron para eso. Si en algo estimas el beneficio que de mí has recibido, ya sabes la recompensa que quiero.

JOAQUÍN.—(Amoscado.) ¿Cuál?

ISIDORA.—Te lo he dicho mil veces. El reconocimiento de Joaquín...

JOAQUÍN.—(Sintiéndose atacado de sordera.) No te oigo.

ISIDORA.—Que reconozcas a nuestro hijo.

JOAQUÍN.—¡Ah!, ya...; eso es corriente. (Disimulando su contrariedad.) En estos días me hallo en tal situación, que no podré celebrar ningún acto civil... ¡Ay!, querida mía, confesor mío, para ti no debo tener secretos. Delante de ti no debo ni puedo disimular mis faltas. He sido un calavera, un disipador; merezco lo que me está pasando. Yo tenía una regular fortuna. ¿Sabes tú cómo se me ha ido de entre las manos? Pues yo tampoco lo sé, y me confundo... Cosa de magia, chica, porque yo... te juro que vivo con economía... Malditos sean los usureros, fieras desenjauladas, dragones sueltos contra quienes nada puede la humanidad indefensa. Y gracias que renovando a tiempo, con tu divino auxilio (Da un gran suspiro.), he podido salvar el honor por el momento. A ti te debo que no haya caído una gran mancha sobre el honrado nombre de Pez... ¿Pero qué sucederá? Que dentro de poco llegará otro vencimiento. Chiquilla, con las fechas no se juega. El tiempo es implacable... Papá me ha hablado seriamente el otro día. Hemos hecho un balance. Le he descubierto todos mis líos; se ha incomodado, y por fin hemos resuelto que no tengo más remedio que irme a la Habana.

ISIDORA.—¡A la Habana!

JOAQUÍN.—Sí, con un destino en la Aduana, un gran destino. Es el único remedio. Los españoles tenemos esa ventaja sobre los habitantes de otras naciones. ¿Qué país tiene una Jauja tal, una isla de Cuba para remediar los desastres de sus hijos?

ISIDORA.—¡Ya!

JOAQUÍN.—Me iré a la perla de las Antillas, como decimos por acá. ¿Quieres ir conmigo?

ISIDORA.—(Reflexionando seriamente.) Te diré...; ir contigo sería mi dicha. Yo te cuidaría si caías malo, y te desviaría de tus calaveradas, porque allá... Pero no puedo, no puedo salir de aquí. Tengo que estar a la mira de mi pleito. El abogado me ha dicho que lo ganaré si tengo paciencia. Ya se ha hecho lo que llaman la réplica, y luego que la señora presente su dúplica, vendrá la prueba... Ya ves, me voy enterando de estas cosas fastidiosas.

JOAQUÍN.—Si lo ganaras... (Afectando confianza.) Yo creo...

ISIDORA.—Es el principal móvil de mi vida. Cuando consiento en separarme de ti por pleitear, figúrate si es cosa de importancia.

JOAQUÍN.—(Con seriedad.) Y yo lo comprendo... No debes salir de aquí. Cuando yo venga, ¡toma!, de seguro te encontraré en pacífica posesión de la casa de Aransis.

ISIDORA.—¡Dios te oiga!... Yo también lo creo así.

JOAQUÍN.—Es evidente... Nada, nada; es cosa hecha.

ISIDORA.—Cosa clara. (Se abrazan para comunicarse recíprocamente su confianza.) ¿Y cuándo te vas?

JOAQUÍN.—No lo sé. Dejaré pasar el verano. Papá y el ministro han hablado ya. Aunque en el Congreso se tiran a matar, allá, entre bastidores, son amigos y se sirven bien. Cuando papá era Director, servía a este señor en cuanto le pedía, y ahora para el Ministro no hay mejor recomendación que la de mi padre.

ISIDORA.—(Con mucho mimo.) Pero yo siento que te vayas. ¿Por qué no tratas de remediarte aquí? ¿Por qué no trabajas en algo?

JOAQUÍN.—¿Aquí? ¡Trabajar aquí!... Tú te has caído de un nido. En España no se recompensa el mérito. ¡Qué país! Es claro; yo trabajaría, yo me dedicaría a algo; pero ¿qué pasa? Los escritores, los artistas, los industriales y hasta los tenderos todos se mueren de hambre. Que trabaje el obispo. No hay más medio de ganar dinero aquí que metiéndose en negocios patrocinados por el Gobierno. Pídele datos de esto a tu señor Sánchez Botín. Es un genio.

ISIDORA.—(Con malignidad.) Es un genio... inaguantable. Está muy hueco con el discurso que pronunció ayer. Es de..., de la Comisión. ¿No se dice así?

JOAQUÍN.—De la Comisión, justo. Todavía no he leído su discurso. (Incorpórase, y del bolsillo de su levita saca un diario.) Es un hatajo de necedades soporíferas. Cuando hablaba, no había seis diputados en el salón, y de estos seis, cinco estaban dormidos. Todos los oradores versados en administración producen estos efectos de narcótico. Papá mismo, cuando habla de esto, es el puro beleño. Pero ayer era el único que logró estar despabilado durante la oración fúnebre—administrativa de Sánchez Botín.

ISIDORA.—Pues él dice que apabulló a tu padre.

JOAQUÍN.—¡Qué gracia! Verás. (Amenaza leer.)

ISIDORA.—Por Dios, dejo eso.

JOAQUÍN.—Oye qué admirable estilo. (Lee.) «Los señores que se sientan en esos bancos...».

ISIDORA.—¡Por la Virgen Santísima!

JOAQUÍN.—Si esto es muy divertido. (Sigue leyendo.) «... no quieren acabar de comprender que los que nos sentamos en estos bancos y la Comisión...».

ISIDORA.—(Arrebatando el papel de manos de Joaquín.) Si tú le estuvieras oyendo a todas horas...

JOAQUÍN.—Es un bruto que merecía el desprecio si no mereciera el presidio. Su discurso es el colmo de la sabiduría. Dice que en tiempo de papá eran mayores los escándalos y las irregularidades... Voy a contarte en dos palabras las gradas de Botín.

ISIDORA.—(Tristemente.) ¿Será tarde? (Hace un gorro con el periódico en que está el discurso de Botín.)

JOAQUÍN.—No, querida; es temprano.

ISIDORA.—Paréceme que entra poca luz, que anochece...

JOAQUÍN.—Es que se ha nublado.

ISIDORA.—Mira el reloj.

JOAQUÍN.—No me da la gana.

ISIDORA.—¡Qué horas tan felices si no fueran tan cortas! (Acaba el gorro de papel y se lo pone.) ¿Qué tal?

JOAQUÍN.—(Dando su aprobación expresivamente.) ¡Mona!... Pues te contaré las gracias de Botín.

ISIDORA.—¡Ay! Esas gracias me han hecho llorar mucho. ¡Si él supiera las mías!...

JOAQUÍN.—Hace unos quince años Sánchez Botín era un zascandil. Andaba por ahí con un gabán perenne y sucio; pero ya dejaba traslucir sus disposiciones para la intriga; adulaba a todo el mundo, y agenciaba cosas de poco valor en las oficinas. Empezó a levantar cabeza, trabajando elecciones por los pueblos del Alto Aragón. Hacía diabluras, resucitaba muertos, enterraba vivos, fabricaba listas, encantaba urnas. Después le colocaron en el Ministerio, y casó con la de Castroponce, que le aportó dos millones. Hízose diputado y gerente del ferrocarril de Albarracín. Aquí empiezan sus triunfos. Como tiene amistad con el ministro y allá se gobiernan bien los dos, hace lo que quiere. Figúrate, la ley autoriza a los Ayuntamientos para auxiliar a las Compañías de ferrocarriles con el 80 por 100 de sus bienes propios.

ISIDORA.—(Bostezando.) ¡Qué cosas!

JOAQUÍN.—Tú no entenderás esto. Yo tampoco. Ello es que hay un papel que se llama Inscripciones, el cual está en la Caja de Depósitos. Botín se arregla para sacarlo, da una pequeña parte al Ayuntamiento, y con el resto y la subvención van construyendo el ferrocarril sin adelantar una peseta. El Gobierno les da prórrogas.

ISIDORA.—(Cerrando dulcemente los ojos.) ¡Qué picardía!

JOAQUÍN.—(Con verbosidad.) Pero esta tostada, con ser un negocio inmoral, no es tan atroz como la que resulta de comprar por un pedazo de pan los abonarés de los soldados de Cuba, que llegan aquí muertos de miseria, enfermos y con un papel en el bolsillo. El Gobierno no puede pagarles; pero Botín ha reunido millones en esos abonarés, y el mejor día se los admite el Gobierno en pago de un empréstito... Pues en las subastas no te digo nada. Ahí es donde están las ricas tostadas. Él hace lo que quiere. Es un bajá administrativo, mejor dicho, un sultán que tiene las rentas públicas por serrallo. Se pone de acuerdo con el Gobierno, y redacta a su gusto el pliego de condiciones, de manera que no se puede presentar nadie... Pero ¿qué es eso?... (Poniéndole la mano en la frente.) ¿Isidora?... Se ha dormido... ¡Qué hermosa está! ¡Qué cuello y hombros tan admirables!... Pura escuela veneciana... ¡Isidora!

ISIDORA.—(Despertando.) Me dormí arrullada por las gracias de Botín. ¿Será tarde? Ahora sí que anochece.

JOAQUÍN.—Es que es un chubasco, tonta. El cielo está negro.

ISIDORA.—Es hora de marcharme. Mira el reloj.

JOAQUÍN.—Para que te desengañes. (Mira el reloj.) ¿Ves? Todavía me debes una hora, según lo convenido.

ISIDORA.—¡Una hora! (Con pena.) Sesenta minutos me separan de la presencia de ese bruto. No le puedo apartar de mi imaginación. Es una pesadilla que me atormenta noche y día. ¡Cuándo despertaré de ese hombre!... Me parece que le veo entrar esta noche como todas. «Buenas noches»—, buenas noches. «¿Dónde has estado? Tú has salido...». Aquí de mi talento para inventar cosas. Yo no he gustado nunca de decir mentiras; pero desde que vivo con él me he adiestrado de tal modo en ellas, que las suelto sin pensar; se me ha desarrollado un talento para mentir... Pues te diré. Entra él; como entienda que he salido sin su permiso. ¡María Santísima! Él gasta en mí su dinero a la calladita; y me compra cuanto apetezco con tal que no lo luzca, con tal que nadie me vea. Quiere que me ponga guapa para él solo. Basta que cualquier persona me mire para que él se enfade, porque cree que con los ojos se le roba algo de lo que tiene por suyo. No quiere que me dé a conocer en la calle, porque no gusta de escándalos, y se asusta de que esto se descubra. Dice que aquí no estamos en París, y que es preciso no chocar, no dar motivo a la murmuración, no faltar a las buenas apariencias sociales. Es un egoistón y un hipócrita... Lo primero que me encarga es que vaya a misa todos los domingos. Dice que conviene no dar mal ejemplo al pueblo. Cuando echa un discurso sobre los buenos principios, que son la base del orden social, me lo lee con entonación grave..., ¡si le oyeras!, y me dice con toda su alma: «Yo no puedo desmentir estas ideas. Conque mucho cuidado...». En teatros no hay que pensar. Alguna vez me permite ir de tapadillo, vestida de cualquier modo, y me hace subir a los anfiteatros. Ni aun allí me deja libre, porque le veo atisbándome desde las butacas y observando si miro o no miro, si hay moros por la costa, o algún hombre sospechoso cerca de mí... En fin, es un tipo insufrible. ¡Qué celoso, Dios mío! Si me ve asomada al balcón, ya se le figura no sé qué. ¡Ah!..., pues lo mejor es que a cada instante me está sacando a relucir su dinero. ¡Qué tonillo toma! (Remedando voz de hombre.) «Señora, yo me gasto con usted mi dinero, y usted ha de ser para mí...». ¡Para él! Él quisiera que yo fuera un vaso de agua para beberme de un trago. Quiere absorber mis miradas todas y empaparse en mis pensamientos.

JOAQUÍN.—(Con desprecio.) ¡Zopenco!

ISIDORA.—¡Y cuánto me hace padecer! Si me río, cree que me burlo de él; si estoy seria, dice que no le quiero y que estoy pensando en otro. Si me canso, me llama fría, pedazo de mármol. Me toma cuenta del respirar, y si doy un suspiro, ¡ay Dios mío!, ya está armada la tempestad. ¡Y cómo me agobia! No sabe lo que es delicadeza. A veces quiere tenerla, y sus melifluidades me dan asco. Menos me repugna bruto y celoso que enamorado. Mi tía Encamación dice que es el papamoscas de Burgos injertado en el bobo de Coria. Yo me río de él, no lo puedo remediar. (Ríe.) Cuidado que es feo, ¿no es verdad? No tiene más que la figura, que es medianilla, aunque ha engordado demasiado. ¿Has visto aquella cara apelmazada, que parece hecha en barro a puñetazos?

JOAQUÍN.—Pues pocos habrá de más pretensiones. Dicen que en los escaños del Congreso está siempre mirándose el pie, porque lo tiene muy pequeño. La verdad es que otro más antipático no ha nacido...

ISIDORA.—Cuando palidece se le pone la cara de un tinte ceniciento que causa horror. Si se quita las gafas sus ojos son tan feos, tan raros... Te digo que no se le puede mirar, porque los ojos parecen dos huevos duros, todos surcados de venillas rojas. Cuando el bigote se le desengoma y la barba negra y cana se le desordena, parece un escobillón inglés. (Ríe.) Las manos las tiene bonitas...; sin duda es de contar tantos billetes de Banco... Pues no digo nada de la gracia que me hace cuando se pone a echarme sermones, y a reírse de mi pleito y de mi nacimiento. Un día por poco le pego... Cuando está por moralizar, me dice que si me porto bien haré mi suerte con él; que hay muchos modos de ser honrada una mujer, y que yo puedo serlo todavía. (Da un gran suspiro.) «Si quieres llevar una buena vida, me dice, yo te protegeré. Te casarás con un criado mío, que es ni pintado para el caso. (Con gran indignación.) Y una vez que estés casada te daré un estanco». ¡Un estanco! (Riendo con estrépito.) Ese animal no sé qué se figura... Habla muy poco de su mujer. Dice que es un ángel; pero que se ha hecho muy mística, y que él, respetando mucho el misticismo, ha tenido que buscar fuera de su casa lo que en ella no encontraba... No tiene hijos. Una cosa me agrada de él... para que veas que todo no ha de ser malo... Quiere mucho a mi Joaquín, lo acaricia, le cuenta cuentos, lo pone a cabalgar sobre sus rodillas, le lleva dulces y juguetes... Esto sólo hace que le respete y le estime un poco, ya que no pueda de ningún modo quererle ni estimarle.

JOAQUÍN.—Has hecho de él la gran pintura. No tiene delicadeza ni verdadera generosidad, porque lo que te da es para que realces tus atractivos y te ofrezcas más rica y sabrosa a sus insaciables apetitos... No comprendo estos caracteres. Me parece que son la escoria del género humano; me parecen hechos con algo puramente material y grosero que sobró después de hacemos a todos, y que pudo tal vez ser destinado a crear los animales. Pero la mente divina quiso formar la transición del hombre al bruto, y fabricó a Botín.

ISIDORA.—(Riendo.) Es verdad, es verdad. Entre la palabra y el rebuzno, ¿qué hay? Un discurso de Botín.

JOAQUÍN.—¡Bravísimo!... Vamos, cuando me comparo con él... Permíteme que me alabe en presencia de ese bárbaro egoísta. Yo vivo de lo ideal, yo sueño, yo deliro y acato la belleza pura, yo tengo arrobos platónicos. En otro tiempo, ¿quién sabe lo que hubiera sido yo? Quizás un D. Juan Tenorio; quizás uno de esos grandes místicos que han escrito cosas tan sublimes... Ahora, ¿qué soy? Un desgraciado, por lo mismo que me estorba lo negro en cuestiones de positivismo. Y, sin embargo, yo me congratulo de ser como soy. Es verdad que falto a la moral, ¿pero por qué? Porque no he sabido poner freno a mi fantasía; porque no he podido cerrar y soldar mi corazón, vaso riquísimo que cuanto más se derrama, más se llena... He querido a muchas mujeres; he hecho mil disparates; he derrochado una fortuna. ¡Desventajas de la constante aspiración a lo infinito, de esta sed, Isidora, que no se satisface nunca! ¿Ves mis calaveradas? Pues nunca he sido verdaderamente vicioso. ¡Oh!, ¡quién hubiera sido poeta!... Derramando mi idealidad en versos, habría conservado mi ser moral. Pero nunca supe hacer una cuarteta, ni he sabido distinguir a Júpiter de Neptuno... ¿Ves cómo estoy? ¿Ves mi ruina? Pues mira, tengo la conciencia tranquila. No he despojado a nadie. Joaquín Pez pedirá limosna antes que comerciar con el hambre y la desnudez de un licenciado de Cuba. Yo no puedo ver en la calle un pobre sin echar mano al bolsillo; yo no puedo ver una mujer guapa sin prendarme de ella. (Isidora le da un pellizco.) ¡Ay! Será debilidad, será lo que quieras. Yo lo llamo abundantia cordis, opulencia del corazón. No lo puedo remediar. Soy como una pelota. La mano de la generosidad me arroja, y voy a estrellarme en la pared de la belleza... ¿Ves lo de mi proyectado viaje a la Habana? Pues se me figura que volveré de allá tan pobre como estoy aquí. Yo no sirvo para esto. No soy como mi padre y mis hermanos, que saben Aritmética. Yo no la entiendo. Esa ciencia y yo... no nos hablamos hace tiempo... Yo la he despreciado, ¡y ella se venga haciéndome unas perradas!...

ISIDORA.—(Con efusión de amor.) Menos en lo de querer al por mayor, ¡cuánto nos parecemos! Yo también veo lo infinito, yo también deliro, yo también sueño, yo también soy generosa, yo también quisiera tener un caudal de felicidad tan grande, que pudiera dar a todos y quedarme siempre muy rica... Mi ideal es ser rica, querer a uno solo y recrearme yo misma en la firmeza que le tenga. Mi ideal es que ese sea mi esposo, porque ninguna felicidad comprendo sin honradez. Riqueza, mucha riqueza; una montaña de dinero; luego otra montaña de honradez, y al mismo tiempo una montaña, una cordillera de amor legítimo...; eso es lo que quiero. ¡Oh, Dios de mi vida! (Llevándose las manos a la cabeza.) ¿Llegará esto a ser verdad?

JOAQUÍN.—¿Pues no ha de llegar a serlo?... Abrázame fuerte.

ISIDORA.—Ahora sí que es tarde. (Alarmándose.) Me voy, me voy.

JOAQUÍN.—Todavía...

ISIDORA.—Sí, ya han encendido el gas. (Mira al techo.) Mira los dibujos que hacen en el techo la sombra de los árboles de la calle y el resplandor de los faroles.

JOAQUÍN.—Sí. Sonó la hora triste. Y ahora, ¿qué día...?

ISIDORA.—¡Ay!, tontín, ¿sabes que no lo puedo decir? (Arreglándose aprisa.) Se me figura que nuestro dragón está receloso. Me vigila mucho. Tengo la seguridad de que sospecha algo. El mejor día descubre mis gracias...

JOAQUÍN.—No lo creas...

ISIDORA.—¡Ah!, es muy tuno... Sí, yo creo que nos sigue la pista. Estoy viendo que cualquier día regañamos, y le mando a paseo. Sin ir más lejos, mañana habrá cuestión. ¿No es mañana San Isidro?

JOAQUÍN.—Sí.

ISIDORA.—Pues yo deseo ir a la pradera y ver la romería, que nunca he visto, y él se empeña en que no he de ir... Allá veremos. ¡Dios de mi vida, qué tarde!

JOAQUÍN.—¿Y cuándo te veré?

ISIDORA.—Te avisaré con mi padrino, (Despídense con manifestaciones de ardiente cariño.)

JOAQUÍN.—Abur, chiquilla.

ISIDORA.—Riquín, adiós. (Al salir.) No me olvides.

JOAQUÍN.—(Solo.) ¡Bendita sea ella! Vale infinitamente más que yo.

Capítulo VII

Flamenca Cytherea

La unión nefanda de estos dos vocablos, bárbaro el uno, helénico el otro, merece la execración universal; pero no importa. Adelante.

Contraviniendo la voluntad y las amonestaciones claras del Excmo. Sr. (tenía la Gran Cruz) D. Alejandro Sánchez Botín, Isidora fue a la pradera de San Isidro, acompañada de su doncella, de Riquín, de D. José de Relimpio y de Mariano. La prisionera del Sátiro no podía resistir ya el anhelo de expansión, de correr libremente, de ser dueña de sí misma un día entero, y, principalmente de darse el gusto de la desobediencia. Haciéndole rabiar gozaba más que divirtiéndose ella. Ya se aplacaría el tirano, pronunciando un par de buenos sermones, y si no se aplacaba, mejor. Estaba cansada de tan grande y molesto estafermo, y bien podía suceder que no haciendo caso de sus insufribles exigencias llegase a dominarle y someterle. Para fundar este imperio convenía un golpe de Estado.

Entre su doncella y la peinadora la vistieron de chula rica. Aquella mañanita de San Isidro, mientras duró el atavío chulesco, todo era regocijo en la casa, todo risas y alegrías. Don José andaba a gatas sirviendo de caballo a Riquín, ya vestido desde el amanecer de Dios, y Mariano cantaba en la cocina rasgueando una guitarra. El vestirse de mujer de pueblo, lejos de ofender el orgullo de Isidora, encajaba bien dentro de él, porque era en verdad cosa bonita y graciosa que una gran dama tuviera el antojo de disfrazarse para presenciar más a su gusto las fiestas y divertimientos del pueblo. En varias novelas de malos y de buenos autores había visto Isidora caprichos semejantes, y también en una célebre zarzuela y en una ópera. Si esto pensaba cuando la doncella y peinadora la estaban vistiendo, luego que se vio totalmente ataviada y pudo contemplarse entera en el gran espejo del armario de luna, quedó prendada de sí misma, se miró absorta y se embebeció mirándose, ¡tan atrozmente guapa estaba! El peinado era una obra maestra, gran sinfonía de cabellos, y sus hermosos ojos brillaban al amparo de la frente rameada de sortijillas, como los polluelos del sol anidados en una nube. No le faltaba nada, ni el mantón de Manila, ni el pañuelo de seda en la cabeza, empingorotado como una graciosa mitra, ni el vestido negro de gran cola y alto por delante para mostrar un calzado maravilloso, ni los ricos anillos, entre los cuales descollaba la indispensable haba de mar. En medio de Madrid surgía, como un esfuerzo de la Naturaleza que a muchos parecería aberración del arte de la forma, la Venus flamenca. Don José estaba medio lelo, y si fuera poeta no dejara de cantar en sáficos la novísima encarnación de la huéspeda de Gnido y Pafos.

Salieron gozosos, acomodándose en una carretela que alquiló Isidora..., y a vivir. Llegaron a la pradera. Isidora sentía un regocijo febril y salvaje. Todo le llamaba la atención, todo era un motivo de grata sorpresa, de asombro y de risa. Su alma revoloteaba en el espacio libre de la alegría, cual mariposa acabada de nacer. Almorzaron en un ventorrillo. Nunca había comido Isidora cosas tan ricas. ¡Cuánto rieron viendo cómo se atracaba Mariano! Don José compró dos pitos, uno para Riquín y otro para él, y ambos estuvieron pita que te pitarás todo el santo día. Si hubieran dejado a Isidora hacer su gusto, habría comprado lo menos dos docenas de botijos, uno de cada forma. Pero no compró más que cuatro. De todas las fruslerías hizo acopio, y los bolsillos de la pandilla llenáronse de avellanas, piñones, garbanzos torrados, pastelillos y cuanto Dios y la tía Javiera criaron. Nunca como entonces le saltó el dinero en el bolsillo y le escoció en las manos, pidiéndole, por extraño modo, que lo gastase. Lo gastaba a manos llenas, y si hubiera llevado mil duros, los habría liquidado también. A los pobres sin número les daba lo que salía en la mano. A todos los cojos, estropeados, seres contrahechos y lastimosos, les arrojaba una moneda. Por último, se le antojó también pitar, y compró el más largo, el más floreado y sonoro de los pitos posibles. Mariano y la doncella también pitaron.

Visitó la ermita y el cementerio, y por último, no queriendo acabar el día sin experimentar todas las emociones que ofrecía la pradera, visitó una por una las innobles instalaciones donde se encierran fenómenos para asombro de los paletos; vio la mujer con barbas, la giganta, la enana, el cordero con seis patas, las serpientes, os ratas tigres provenientes do Japao, y otras mil rarezas y prodigios. Por dondequiera que pasaba, recibía una ovación. Preguntaban todos quién era, y oía una algarabía infinita de requiebros, flores, atrevimientos y galanterías, desde la más fina a la más grosera. Cuando se retiró estaba embriagada de todo menos de vino, porque apenas lo probara, embriagada de luz, de ruido, de placer, de sorpresa, de polvo, de gentío, de pitazos, de coches, de ayes de mendigos, de pregones, de blasfemias, de vanidad, de agua del Santo. Cuando llegó a su casa le dolía la cabeza; acordose entonces de Botín, a quien de seguro encontraría, esperándola airado, y entonces cayó un velo negro sobre sus alegrías. Se volvieron obscuras, y andaban dentro de ella azoradas, corriéndosele del corazón a los labios y dejándole un sabor amargo en todas las partes de su ser por donde pasaban.

Al subir la escalera, despacio, se representaba en la mente, según su costumbre, lo que le había de decir Botín y lo que ella había de contestarle. Decididamente le pondría cara de perro; él echaría su sermón de costumbre sobre el escándalo, y después se aplacaría. Llegaron jadeantes al piso segundo. Don José, que cargaba a Riquín dormido, iba detrás pitando todavía.

Entró en la sala y vio luz en el gabinete. Allí estaba sin duda. Pasó adelante y le halló sentado en una butaca fumando. Desde la primera mirada comprendió Isidora que la gresca sería fenomenal. Botín (a quien no describiremos porque Isidora misma lo ha descrito) estaba pálido, con cierta hinchazón en las serosidades de su cara lobulosa. Isidora afectó indiferencia, dejándose caer en el sillón con la pesadez propia de su cansancio. Como entraron también irreflexivamente Relimpio y Mariano, Botín hizo un gesto de expulsión, diciendo: «No quiero aquí a nadie».

«Con permiso...»—balbució D. José.

Quedáronse solos los dos amantes. Isidora, viéndose en el trance de hacer frente a la tempestad y aun de provocarla, ofreció el pito a Botín, diciéndole con sorna:

«Te he feriado. Toma el pito del Santo».

Botín rompió en dos pedazos el tubo de vidrio y lo arrojó al suelo con ira.

«Todo ese furor es porque he ido a San Isidro sin tu permiso».

Botín vacilaba. En su alma luchaban la ira y el asombro, o más bien la pasión que despertaba en él la traza chulesca de Isidora. Fuertes razones había sin duda para que venciera la cólera.

«Mucho me enfada—dijo con cierta gravedad parlamentaria—que haya usted ido sin mi permiso a la romería. Pero hubiera perdonado fácilmente esa falta. Otras no se pueden perdonar... Estoy aquí desde las cuatro esparándola a usted para decirle que se porta conmigo de una manera infame».

Isidora palideció. Subiendo la escalera había previsto la disputa; pero en esta resultaba una espantable cosa que ella no había previsto.

«De una manera infame—repitió Sánchez Botín—. Acabemos. Me gustan las cosas claras y los juicios rápidos. ¿Dónde están los pendientes de tornillo?

—Aquí están—dijo Isidora llevándose la mano a la oreja.

—¡Mentira! Esos son falsos. Los buenos los ha vendido usted... ¿Y el alfiler, la cadena, el medallón...?

—Esas prendas son mías y puedo disponer de ellas a mi gusto—dijo Isidora prontamente, dueña ya de sí misma.

—Las ha empeñado usted.

—Las he pignorado—replicó ella con aplomo y burla—, como dicen ustedes los hombres de negocios.

—Sé por el tapicero que no ha pagado usted las sillas. Y sin embargo...

—Usted me dio el dinero. Yo preferí emplearlo en otra cosa».

Al decir esto Isidora se puso muy encarnada. Su lengua estaba torpe.

«Se turba usted...

—No me turbo, no»—dijo ella subiéndose de un salto a la cúspide de su orgullo y contemplando desde allí la cólera mezquina de Botín.

Durante la pausa lúgubre que siguió a esta última frase, Isidora revolvió su mente hacia el origen de aquella escena; consideró con vergüenza y despecho que su infidelidad había sido descubierta, y pasó revista a las circunstancias que pudieron haber motivado el tal descubrimiento. ¡Ah!, las indiscreciones de Joaquín Pez, la falta de prudencia... Bien conocía ella que el viudito no era hombre para guardar secretos. Sin duda otras mujeres andaban en aquel torpe lío... Pensó en las prenderas, en las peinadoras, en los chismes y enredos que forman invisible tela de araña en torno de toda existencia equívoca e inmoral; y la ignominia de un hecho tan poco noble abatió por un instante el orgullo de su alma.

«Hace usted un bonito uso de mi dinero»—dijo Botín.

Isidora iba a contestar lo siguiente: «¿Y para qué me lo da usted?». Pero su conciencia se alborotó, y sintiose llena de perplejidad, que nacía del fiero tumulto y combate en que estaban dentro de ella la cólera, los remordimientos, el orgullo. Buscaba una salida pronta, enérgica, que cortase la disputa, dejando a un lado la cuestión moral. Encontrola en estas palabras:

«Usted me es muy antipático. Déjeme usted en paz.

—¡Y tiene el atrevimiento de despedirme!—exclamó Botín con sarcasmo—. Usted que estaba muerta de miseria cuando yo...».

Isidora sentía que venían llamas a su lengua. No pudo contenerse, y abrasó a Botín con estas palabras:

«Su dinero de usted no basta a pagarme... Valgo yo infinitamente más...».

Botín, cubriéndose con su calma egoísta y dando a la disputa un giro tranquilo, que era como los círculos que hace la serpiente, dijo así:

«No quiero incomodarme. Veremos quién desaloja... Isidora, he sabido todo lo que ha pasado. No hay que fiarse de precauciones... Esto se acabó... Usted se lo ha ganado... Usted pierde más que yo.

—Me está usted mareando. Déjeme usted en paz.

—A eso voy, a dejar a usted en paz. A ver, a ver, las alhajas, todas las alhajas que he dado a usted y que no estén... pignoradas, váyamelas usted entregando».

Isidora se quitó con nerviosa presteza las sortijas; sacó de una cajita varios objetos de oro, y todo lo tiró a los pies de Botín.

«Bien, bien—dijo el padre de la patria, no desdeñándose de inclinarse para recoger lo que estaba por el suelo—. Ahora quítese usted el mantón de Manila».

Isidora se lo quitó, y haciéndolo como un lío se lo tiró a la cara.

«¿Quiere usted que le entregue todos mis vestidos?

—No es preciso que me los entregue usted—replicó Botín con calma feroz—. Yo me haré cargo de ellos. Quítese usted el que lleva puesto».

Bien pronto la Cytherea se quedó en enaguas.

«Es lástima que no se lleve usted también mis botas—dijo Isidora sentándose y apoderándose con verdadera furia de uno de sus pies para descalzarlo—. Llévelas usted para que las use su señora».

Y se quitó una bota.

«No, no tanto—dijo Botín—; conserve usted su calzado».

Isidora dio algunos pasos cojos con un pie calzado y otro no, y entrando en su alcoba se puso otras botas.

En aquel instante, Botín tuvo que dar a su pasión una nueva batalla; pero el caso era tan grave, que la dignidad llevó la mejor parte. Apartó los ojos de la despojada imagen que delante tenía, y para verla lo menos posible, levantose, y con atención de prendero avaro, abrió el armario de luna y las gavetas de la cómoda, entró en la alcoba, registró todo como un curial que embarga o inventaría. Isidora en tanto arrojaba las preciosas botas en medio del gabinete, y después hacía lo mismo con su peineta.

«Bien—dijo Botín, sentándose otra vez y mirándose su pie pequeño como hacía en el Congreso—. Ahora póngase usted el vestidito que usaba cuando iba a rezar a la iglesia con tanta devoción.

—Lo he dado. Yo no guardo pingos».

Botín volvió a la alcoba. Tomó de una percha una bata, y ofreciéndola a Isidora con imperturbable frialdad, le dijo: «Póngase usted este».

Volvió la cara para no verla, para no ver las lágrimas gruesas que corrían por las mejillas de Isidora, lava de su orgullo que como ardiente volcán bramaba en su pecho.

Sin decir nada, vistiose ella. Botín tomó entonces un tonillo conciliatorio. No era todo lo fiera que es necesario ser para habitar en medio de los bosques. Tenía algo de hombre, si bien nada de caballero.

«Puede usted disponer de toda la ropa blanca—murmuró—. Mande usted por ella mañana.

—No quiero nada—replicó Isidora, bebiéndose sus lágrimas de fuego, pálida, trémula. Y andando hacia la puerta tuvo una inspiración de drama; se volvió a él, le echó rodadas de desprecio por los ojos y le dijo: «Soy la vengadora de los licenciados de Cuba».

Botín se sonreía como un demonio que ha ganado un alma.

«Gozo, gozo con haber ultrajado a un hombre como usted.

—Todavía—dijo Botín haciendo esfuerzos para reír, y golpeándose con el bastón el pie bonito—, todavía tiene usted algo que agradecerme. Puede usted llevarse todo lo del niño.

—Mi hijo no necesita nada».

Isidora corrió hacia adentro. En la cocina, Mariano dormía, reclinado sobre la mesa. En el comedor, D. José y la doncella asistían a Riquín, que había vomitado, y reclinando su hermosa cabeza grande sobre el hombro de Relimpio, se quejaba con agitada somnolencia.

«Le ha hecho daño la comida—dijo el tenedor de libros.

—Tiene algo de calentura»—indicó la doncella, tocándole las mejillas.

Isidora le examinó. Sus lágrimas volvieron a correr

«Don José—dijo resuelta—. Cargue usted a Riquín. Envolvedlo bien en un mantón. Nos vamos ahora mismo.

—¡Ahora!»—exclamó D. José con espanto.

En la puerta del comedor apareció Botín. Después se paseó en el pasillo. Si Isidora estuviera fuerte en Mitología, le habría comparado al Minotauro vagando por las obscuras galerías del laberinto de Creta. Volvió la bestia al gabinete, y desde allí llamó con voz fuerte: «¡Isidora, Isidora!». Y viendo que esta no acudía, salió otra vez al pasillo y dijo en tono más humanitario:

«No llevemos las cosas hasta el último extremo. Riquín está malo. Puedes quedarte aquí hasta mañana».

Pero Isidora iba y venía recogiendo algunas cosas enteramente suyas.

«Quédate, mujer, quédate hasta mañana».

Entró ella en la alcoba. Botín se paseaba con lento andar en el gabinete.

«Vamos, vamos, no seas terca. No te perdono; pero te doy respiro hasta mañana. Además...».