—Todo sea por Dios»—dijo Encarnación, y más iba a decir; pero en aquel momento oyéronse cornetas y clarines, luego la Marcha Real y el murmullo expectante unido a las frases sueltas «Ya vienen, ya vienen». Gran estupefacción de Riquín, que nunca había visto cosa más bonita; éxtasis de la Sanguijuelera, que no cerraba el pico un momento al paso de la comitiva o procesión real, poniendo un comentario a cada parte de ella.
«¡Qué viejecitos están ya los reyes de armas!... ¿Ve usted? Ahora vienen los caballos de silla... Sigue el coche amarillo..., penachos morados... Ahora vienen el mayordomo y el intendente..., penachos azules y blancos. Mire usted qué guapos chicos... Ahora viene el coche de nácar..., penachos verdes. ¿Quién será este señor con tanto morrión y tanta cruz? Debe de ser de extranjis... Coche de concha..., penachos blancos... Ahora viene lo bueno... ¡Qué preciosas van!..., penachos rojos».
Y así continuó, despachándose a su gusto con progresivo entusiasmo, hasta el paso de la escolta, cola y remate de la procesión.
«¿Nos quedamos para verlo otra vez a la vuelta?»—dijo luego, no saciada aún del goce de aquel variado y teatral espectáculo.
Arremolinose la gente; la tropa maniobró, y entre la revuelta muchedumbre, Palo—con—ojos distinguió a un individuo que iba en dirección a la Plaza Mayor.
«¡Allá va, allá va!—gritó señalando.
—¿Quién?
—El bergante.
—Sí, él es... ¡Mariano, Pecado...!».
Pero Mariano que las vio y oyó los gritos de su tía, se hizo el tonto y apretó el paso como quien desea evitar un importuno encuentro. Poco después estaba sentado en un banco de la Plaza Mayor, junto a una de aquellas graciosas fuentes, en las cuales el agua, saliendo de una fingida roca, forma un globo elástico, cuyas paredes se ahuecan y se deprimen según las bate más o menos el aire. En la movible costra líquida hace el sol caprichosos iris y se retratan convexas imágenes del jardín y de los transeúntes. Completaba la fascinación del globito de agua un bullido juguetón, en el cual cualquier poeta habría podido oír, con buena voluntad, las risotadas de los niños de las náyades. Mariano puso los codos en las rodillas, las quijadas en las palmas de las manos, y estuvo mirando el extraño surtidor... Dios sabe cuánto tiempo.
Así como su hermana, invadiendo con atrevido vuelo las esferas de lo futuro, se representaba siempre las cosas probables y no acontecidas aún, Pecado, cuando se sentía dispuesto a la meditación, resucitaba lo próximamente pasado, y se recreaba con un dejo de las impresiones ya recibidas. Era un trabajo de rumiante y un placer de perezoso. Vio, pues, todo lo que había hecho aquel día, casi tan a lo vivo como si aún estuviera pasando. Se había levantado muy temprano después de una noche de desvelos y tortura; habíase puesto su camisa limpia y las demás prendas que estrenaba, mostrando un empeño particular en aparecer con la facha más decente que le fuera posible; había salido y tomado café en un puesto de la calle del Ave María, y después se fue a vagar por las calles. A eso de las diez almorzó en una taberna jamón con tomate, que estaba muy rico, y después había comprado un periódico y leído la mitad de él, indignándose con todas las picardías que denunciaba, y participando de la noble ira de sus redactores contra el Gobierno.
Más tarde paseó por la Carrera para ver la gente y la tropa que de los cuarteles venía. Bonito estaba todo; pero él lo miraba con desdén y, sobre la impresión recibida, ponía un pensamiento de melancólica burla y sarcasmo. En un balcón había visto a Melchor de Relimpio, muy enfatuado, junto a unas damas que le parecieron las de Pez. No lejos de allí, uno de los Peces (él no los conocía bien, pero debía de ser Luis Pez) acompañaba en otro balcón a la familia del duque de Tal. Siguió adelante, y a la vuelta de una esquina encaró con el nunca bien ponderado Gaitica, que venía a caballo, hecho un potentado, un sátrapa. La extraviada imaginación de Mariano veía a este personaje cual si fuese un resumen de todas las altas categorías y la cifra del encumbramiento personal. «¡Cuánta pillería!», exclamó para sí.
Todos triunfaban y vivían regaladamente escalando cada día un lugar más elevado, mientras él, el pobre y desvalido Pecado, permanecía siempre en su nivel de miseria, insignificante, sin que nadie le hiciera caso ni fuese por nadie distinguida su persona en el inmenso mar de la muchedumbre. ¿Por qué era esto, cuando él valía más que toda aquella granujería de levita? Él, según las creencias firmes de su hermana, había nacido de sangre noble. Le habían sustraído lo suyo, le habían despojado de todo, arrojándole desnudo y miserable al seno del populacho, como se arroja al basurero un despojo inútil. ¿Quién sabía si muchas de aquellas casas, engalanadas con colgaduras de varios colores, eran suyas? ¿Quién sabía si el dinero de que debían de tener llenos los bolsillos todos aquellos caballeros y damas procedía de riquezas que en rigor de la ley le pertenecían a él? ¿Y a quien se dirigía para reclamar lo suyo? A nadie, porque desde el primero al último todos eran grandísimos pícaros.
La nación en masa, ¿qué nación?, la sociedad entera estaba confabulada contra él. ¿Qué tenía que hacer, pues? Crecerse, crecerse hasta llegar a ser por la fuerza sola de su voluntad tan considerable que pudiera él solo castigar a la sociedad, o al menos vengarse de ella. ¿Cómo? Por su mente rondaba tiempo hacia una idea que resolvía la cuestión. La idea y el propósito de ejecutarla se habían apoderado de él juntamente, dominándole y llenándole por entero. Idea y propósito eran como una llaga estimulante en el cerebro, la cual le dolía y le comunicaba un vigor extraño. Repetidas veces había puesto en ejecución su pensamiento, ¿pero cómo?, en sueños, y también alguna vez despierto, cediendo como a una fuerza automática y fatal que no era su propia fuerza. En estos casos de repetición o ensayo mental del hecho, se quedaba fatigado y orgulloso, cual si lo hubiera ejecutado realmente. Sondeándose para ver cuándo había aparecido en él aquella idea y aquel propósito, calculaba que los tenía desde antes de nacer. ¡Tan viejos, tenaces y arraigados le parecían!
Mirando siempre el globo de agua, pensaba que si no fuera por el firme tesón que en aquel momento tenía, su miedo sería grande. Estaba viendo el terror escondido debajo del orgullo y asomando la cabeza; pero el orgullo, o, mejor, la terquedad, no le dejaba salir. No sentía miedo, sino dolor, un dolor inexplicable en el pensamiento, una sensación rara de no dormir nunca, de no reposar jamás, de un alerta eterno. Detrás del punto negro que tenía delante y que ya estaba cerca, veía seguro y claro un triunfo resonante. Principalmente la idea de que todo el mundo se ocuparía de él dentro de poco le embriagaba, le hacía sonreír con cierto modo diabólico y jactancioso. La aberración de su pensamiento le llevaba a las generalizaciones, como en otros muchos casos en que la demencia parece tener por pariente el talento. El mismo criminal instinto le ayudaba a personalizar, y en efecto, siendo tan grande y múltiple el enemigo, ¿cómo aspirar a castigarle, sin hacer previamente de él una sola persona?
Rumor de voces, cornetas y músicas anunciaban que el gran cortejo volvía de Atocha. Levantose Mariano, y por la calle de Ciudad—Rodrigo ganó la calle Mayor y la plaza de la Villa. Multitud, tropa, caballos, uniformes, penachos, colores, oropeles y bullicio le mareaban de tal modo, que no veía más que una masa movible y desvaída, semejante a los cambiantes y contorsiones del globo de agua que había estado mirando momentos antes. Se le nublaron los ojos, y apoyándose en un farol, dijo para sí: «Que me da, que me da». Era el ataque epiléptico, que se anunciaba; pero tanto pudo su excitación, que lo echó fuera, irguió la cabeza, se sostuvo firme...
Pasó un momento. Nunca había sentido más energía, más resolución, más bríos. El ruido de las músicas le embriagaba. Vio pasar uno y otro coche. Cuando llegó el que esperaba, Mariano era todo ojos. Miró bien... En el acto sacó de debajo de la blusa una pistola vieja, y apuntando con mano no muy firme, salió el tiro con fugaz estruendo... Movimiento y estupor en la muchedumbre, gritos, pánico, sacudidas. La bala se estrelló en la pared de enfrente sin hacer daño a nadie, y el autor del infame atentado cayó en una trampa, la indignación pública, cuyo engranaje de brazos y manos le oprimía, como si quisiera pulverizarle.
Capítulo XVII
Disolución
—I—
La noticia de este hecho, llevada por el viento de la novelería, penetró en los últimos y más apartados rincones de Madrid, en los palacios y en las covachas, y cuando ya todo el vecindario lo sabía, se enteraron del caso las monjas de los conventos, los enfermos de los hospitales y los presos de la cárcel. Las presas fueron las últimas en saber la ocurrencia. Lo que agradecerían las cien lenguas del Modelo aquel pasto riquísimo no es para dicho. Comentáronlo de infinitos modos. Una gitana aseguró que ella lo había soñado la noche anterior y otra hacía gala de un entusiasmo monárquico tan estrepitoso, que hubieron de encerrarla para que entrase en vías razonables. La piedad aconsejaba no se revelase a Isidora un suceso que debía de impresionarla terriblemente; pero a sus amigas les faltó tiempo para decírselo. Ella no lo quería creer; decía que era imposible, que ciertas cosas no pueden pasar nunca. Poco a poco se fue convenciendo, y últimamente razonaba el caso de este modo:
«Sí, basta que sea disparatado y horrendo para que sea cierto. Dios se vuelve contra mí, Dios me deja de su mano».
Y diciéndolo, le entró una pena y una desesperación tal, que si no enderezara su espíritu en el mismo instante por la vía religiosa, habría estado en peligro de perder la razón. Pidió a la celadora con vivas instancias la llave del coro, y se fue a él sola, decidida a hacer un acto espiritual que diese salida y respiro al dolor condensado en su seno. En el coro hizo tentativas de rezo, puesta de rodillas y mirando al altar. La cavidad sosegada, ancha y blanquecina del templo ofreció a la tensión de su espíritu un alivio dulce y lento; pero cuando más recogida estaba, se le desvaneció la cabeza, inclinose de un lado, y no teniendo tiempo para asirse a la reja, cayó al suelo sin sentido.
Cuando la llevaron a su cuarto, el volver en sí fue la vuelta de la desesperación y de los gritos; pero ya no se acordaba de la religión, sino de la libertad, y decía:
«Que me saquen de aquí. Señor Nones, yo firmaré lo que usted quiera con tal que me saquen de esta basura. Quiero aire, calle, mi baño, mi casa, vestirme como debo, y ser honrada y feliz».
Después, sin poder apartar de su mente el crimen de su hermano, increpaba a este con las frases más duras. Algo había en lo íntimo de su ser que representaba como una tímida aprobación del intento de Mariano, si no de la forma en que fuera realizado. Pero no, el crimen y la barbarie no hallarían jamás en su espíritu benevolencia ni simpatía. Su hermano era un bandido incorregible; ella era una mártir angelical. Lo que principalmente anhelaba ya era libertad, libertad aun sin nobleza, porque el papel de María Antonieta en la Conserjería, con ser muy poético, empezaba a serle odioso. El mal olor de su inmundo asilo, la falta de comodidades, el detestable comer y peor vestir, eran contrarios a su naturaleza aristocrática, y la misma corona del martirio, con todo su nobleza y su resplandor de gloria, le destrozaba las sienes tan horriblemente, que prefería, sí, prefería mil veces un sombrero de última moda. Pero, ¿y sus derechos? Ya dudaba de ellos; ya casi no creía en ellos. ¡Ay de aquel dogma que es contaminado de la duda! En seguida se daña y muere, y para en ser ludibrio de quien antes lo adoraba. Y aun suponiendo que su dogma fuera verdadero, ¿qué podía obtener de su insistencia? Nada, porque las leyes todas se habían conjurado contra ella, y la condenarían y la encerrarían en un presidio. Libertad, pues, y adiós para siempre la ilusión de toda su vida, el sostén y fundamento de su ser moral; adiós nobleza, marquesado, fortuna...
Mas ¿por qué afligirse tanto, si en sí misma hallaba Isidora indecibles consuelos? Libre y ya sin pretensiones, procuraría ser siempre muy señora. ¿Acaso el verdadero señorío no puede existir sin títulos y grandes riquezas? Sí, sí; sería muy señora, muy honrada, muy decente, arreglaría sus cosas, trabajaría (¡otra vez!), pondría el mayor orden en todos los actos de su vida, educaría admirablemente a su hijo, se casaría con un hombre modesto y juicioso... Al pensar esto, un sabor ideal de ipecacuana le hizo contraer los labios. «Adelante, adelante—dijo—; cerrar los ojos y adentro con la medicina, como dice Augusto. Es forzoso amoldarse a las circunstancias, y templar el alma en las adversidades. La mía no se dejará vencer de la desesperación. Plan magnífico: mujer de bien, mujer ordenada, mujer trabajadora, mujer exclusivamente práctica, eso es, práctica». ¡Oh, qué tarde!
Pensando en esto, que tanto le ayudaba a combatir su desaliento, vio entrar a D. José, el cual venía muy erguido, con los ojos animadísimos, la sonrisa en los labios, y en su rostro una expresión particular y desusada que alarmó a Isidora. Sentándose en el único sillón que en la celda había, el anciano la contempló con éxtasis. ¿Qué había en él? ¿Estupidez o desvarío? Isidora le observó con tanta lástima como sorpresa, diciendo: «¡Padrino...!».
Relimpio la miró como se mira una visión celeste, y poniendo los ojos en blanco, todo suspenso y como transportado a una esfera ideal por el delirio de la inspiración poética, murmuró con arrullo estas palabras:
«¡Hurí, hurí..., nadie osará ya mancillar tu blancura! Los dragones todos fueron vencidos por el fuerte brazo de tu caballero, a quien perteneces y que te pertenece».
Inmediatamente le entró como un acceso congestivo, inclinó la cabeza, cerró los ojos y empezó a roncar desaforadamente. Asustadísima, Isidora le mojó la cabeza, le llamó a voces, a gritos: «¡Padrino, padrino!».
Anunciado por un suspiro, reapareció en la persona de D. José el conocimiento de sí mismo. Abrió el viejo los ojos, suspiró más, y al ver a Isidora y hacerse cargo de su situación, se avergonzó un poco.
«Ya me ha pasado—dijo frotándose la frente con la palma de la mano—. ¿Ha sido breve?... ¿He dicho muchos disparates?... No me riñas, no me riñas.
—¿Pero qué es eso?
—Nada, nada. Ahora me dan... estos mareos... Todos tenemos nuestras debilidades, hija... ¡Miseria humana! He contraído un pequeño vicio; pero no ha sido por relajación, no; ha sido por tristeza, por la fuerza de mis desgracias sin número. Creo que me comprenderás».
Isidora, en efecto, no comprendía nada.
«Soy muy desgraciado; padezco los mayores tormentos..., tormentos morales, del corazón—dijo Relimpio con la voz más débil y balbuciente que se puede oír—. Cierto día unos amigos me hicieron tomar Champagne. ¿Qué creerás? Hubo en mí una revolución, me entró el mareo, y con el mareo pasé a ser otro ser distinto, quiero decirte que fui otro hombre, fui un caballero, un joven, un héroe, qué sé yo... ¿No es cosa buena ser algo por espacio de diez minutos? Luego he repetido la toma y los efectos han sido los mismos. Concluye todo por un sopor tan breve como profundo, y en seguida vuelvo a mi ser natural, ¡ay!, a la miseria humano, a la realidad asquerosa, a la vejez caduca...
—¡Don José! ¡Don José de mi alma!
—No me riñas; te digo que no me riñas. ¡Ser algo durante diez minutos! Los que no somos nada, caemos en estos peligros. Pues te confesaré todo con tal que no me riñas. Me he comprado una botella de eso que llaman fine Champagne, y cuando veo que me entra la gran tristeza, cuando siento que se me desgarra el corazón y se me retuerce toda el alma, me tomo mi copita...
—¡Padrino!
—Somos frágiles... A mi edad... No te enfades. Cuando estoy con el mareo, te veo, te defiendo, te pongo en las nubes, hago por ti las cosas más bellas, arriesgadas y sublimes...
—¡Por María Santísima!—exclamó ella poniéndole la mano en la boca.
—En fin, ya esta vez me ha pasado... Vine por la calle con el mareo. Al entrar, creí que entraba en un encantado y hermosísimo palacio; las presas me parecieron unas ninfas muy aéreas, unas como animadas flores, hijas del viento, ¿qué tal? La escalera, una escalera de plata y la celadora, un ángel...
—¡Jesús, basta, basta!...
—Basta, sí; ya pasó, ya pasó. Hablaré ahora de lo que quieras.
—Es que yo no me fío de esa cabeza... Sin embargo, óigame usted, padrino. Estoy inclinada a renunciar a mis derechos para librarme de la persecución de los malos. ¡Qué infames picardías! ¿Debo o no debo hacerlo? Respecto a mis derechos, ¿los tengo yo? ¿Son un delirio o una verdad? Usted que conoció a mis padres, que debió de estar al corriente de lo que pasaba en su casa, dígame al fin de una vez y con completa sinceridad lo que piensa; pero la verdad, la verdad.
—Hija, querida hija mía—repuso el viejo con una torpeza de palabra y de pensamiento que anunciaban un lamentable estado cerebral—. ¿Sabes lo que me pasa?...
—¿Qué?
—Que he perdido completamente la memoria. No me acuerdo de ninguna cosa anterior a la época en que viniste a vivir a mi casa de la calle de Hernán Cortés. Ayer estuve todo el día preocupado con una idea, y es que yo fui un lince en Partida doble.
—Sí, sí.
—¿Pues creerás que trataba de recordar algo de esta ciencia sublime, madre de todas las demás ciencias, y no podía?...
—¡Pobre padrino, pobre padrino!... ¿Se ha enterado usted de la acción de Mariano?
—Sí, hija. ¡Qué deshonra!
—¡Qué deshonra!... Dios se ha vuelto contra mí, me ha dejado de su mano. Pero yo me haré mujer formal, mujer ordenada, mujer trabajadora, me casaré...
—¡Casarte!—exclamó el viejo con espanto.
—Casarme con cualquier hombre honrado... Juan Bou me ofreció su mano, y aunque me gusta poco, es un hombre de mérito...
—¿Casarte...? con el monstruo, con el dragón...».
Y obedeciendo a una fuerza superior que nacía no se sabe en qué parte de su turbado ser, el tembloroso anciano marchó hacia la puerta. ¿Iba en busca de la milagrosa copita?... De pronto se detuvo, diose una manotada en la frente, se echó a reír, y mirando a Isidora con gozo, dijo:
«¡Maldita memoria mía! Ya no me acordaba...
—¿De qué?
—Tranquilízate, José. Juan Bou ha pedido ayer la mano de la hija de un herrero muy rico de la calle de las Navas de Tolosa; él mismo me lo ha dicho».
Isidora meditó.
—II—
La primera entrevista que tuvo con la Sanguijuelera después del atentado de Mariano fue conmovedora. La de Rufete no había visto nunca llorar a su tía, la cual, envejecida considerablemente en aquellos tristes días, traía un mantón negro echado por la cabeza, con lo que su aspecto era harto lúgubre y repulsivo. No decía sino: «¡Qué pena, qué bochorno!», y de sus apergaminados labios habían huido los donaires quizás para siempre. Parecía que se duplicaba, con la común desgracia, el cariño que a su sobrina tenía y que deliraba por Riquín. En los días sucesivos la buena anciana no cesaba de hacer preguntas a Isidora acerca de sus planes, y perseverando en el proyectillo de colocarla ventajosamente, le decía una y otra vez:
«Decídete pronto, pronto, a ser capellana, que es lo que te conviene, porque así matas de un tiro dos pájaros, verbo y gracia: que te colocas y que salvas el alma, porque en la compañía de aquel santo varón te harás, aunque no lo quieras, una santa mujer... ¡Ay qué pena, qué bochorno!».
No parecía la de Rufete muy inclinada a aceptar tales ofrecimientos, a pesar del risueño horizonte espiritual que le señalaba su tía.
«El honor de la familia—decía luego Encarnación—está en los calabozos del Saladero y ha de tener que ver con los señores de la Paz y Caridad. Ya que no nos es posible salvar el honor de la familia, ¡puñales!, escondámonos donde nadie nos vea, metámonos en un rincón y vivamos tranquilas, diciéndole al Señor: «Señor, nosotras no fuimos, nosotras no tuvimos culpa de aquella barbaridad, nosotras quisimos que fuera bueno; pero él se juntó con los pícaros... y sacó de su cabeza otras picardías». Conque hija, vente a vivir conmigo y olvídate de tus locuras, y si alguien quiere pleito, que lo siga con el Nuncio de Puerta Cerrada».
No estaba aún completamente decidida Isidora a comprar la libertad con la renuncia total de sus pretensiones. Muñoz y Nones le hizo otra visita, en que charlaron mucho; mas los argumentos de ella eran tan endebles, que el hábil notario los destruía con poco esfuerzo. En cuanto al caso extraordinariamente horrible de Mariano, Nones dio pocas esperanzas, y el único consuelo que pudo ofrecer a la atribulada hermana del delincuente fue que la corta edad y el evidente desorden cerebral de este pesarían algo en la balanza de la Justicia.
Un mes después de la primera entrevista con el suegro de Miquis, Isidora había perdido ya la fe en sus derechos a la casa de Aransis. De ellos no quedaba en su alma sino una grande y disolvente ironía. Ya no creía en si misma, o lo que es lo mismo, ya no creía en nada. Deshojada poco a poco por una lógica al principio tímida y por último irresistible, aquella vistosa flor de su presunción aristocrática, la cual, a falta de otras morales, desempeñaba en su alma un papel defensivo de primer orden, quedó completamente seca, muerta y más propia para irrisorio sambenito, que para adorno del cuerpo y del alma... Un día llevó Muñoz un papel, firmolo Isidora, después de negarse resueltamente a aceptar el auxilio que le ofrecía la marquesa, y a las dos semanas el juez decretó la absolución libre.
«¿A dónde vas ahora?»—pregunto con interés de padre D. José de Relimpio.
Isidora tenía un papel en que había apuntado varias cantidades. Era mujer de orden. Aquellos numeritos representaban deudas contraídas en la prisión.
«No se preocupe usted de eso, niña—dijo una voz, la voz áspera y antipática de un ser humano (por la figura) que apareció en la estancia cuando la joven fijaba su atención toda en el funesto papel—. ¿A qué hora sale usted? ¿A las tres? Dígolo por traer una carretela para llevarla a usted a mi casa. ¿Usted se entera?».
Isidora, sentada y apoyando la sien en el puño, parecía estar con su pensamiento en el más lejano de los mundos posibles.
«Si usted no aceptara, me ofendería—prosiguió el ser humano a quien Relimpio miraba (dígase de paso) con la expresión más hostil—. Mi casa es una casa—palacio. ¿Usted se entera? No le haré a usted compañía esta tarde, porque voy a comer con Frascuelo y el marqués de Torbiscón... Oigasté, Isidora, usted manda en mi casita, donde no faltará un roío pedazo de pan. Una persona que sale de la cárcel no puede hallarse en disposición de atender a las primeras necesidades. Así, cuando usted entre por aquella puerta, hallará una modista y un chico de la tienda de sombreros que irá con muestras..., ¿usted se entera?... Tengo allí el gran cuarto de baño; usted calcule... Conque hasta las tres. Voy a ver a mi hermana, que se va a quedar muy triste, usted calcule, con la marcha de su amiga. Adiós... Abur, Pepillo».
Y al salir hizo un gesto tan irreverente ante las barbas venerables de D. José de Relimpio, que este, furioso ya por oírse llamar Pepillo, no pudo contener su indignación, y cuando el ser humano estuvo fuera, exclamó:
«¡Canalla!... ¿Pero es posible, hija, que tú, tú, aceptes?...
—Provisionalmente—dijo Isidora, como si despertara de un desagradable sueño—. ¡Estoy tan mal...! Necesito...».
¡Necesito! ¡Cómo sonó este verbo en el cerebro del santo varón! Lo había oído tantas veces en momentos terribles, que era para él como una voz de alarma que le erizaba el cabello y le detenía la circulación de la sangre. Su abatimiento era tan grande, que si tuviese allí la botella, quizás, quizás la apurase valientemente de un trago.
¡Libertad, comodidades, buena ropa, baño, casa, lujo, dinero!... Así como a D. José le entraba el mareo con lo que el lector sabe, a Isidora le atacaba el mismo mal con sólo la probabilidad de hacer efectivas las ideas expresadas por aquellos mágicos vocablos. Cada ser tiene sus imanes.
¡Oh pena de las penas! Cuando D. José la vio salir y entrar en la carretela de aquel ente que le llamaba Pepillo, cuando la vio partir... ¡Oh, qué horrores alumbra el desvergonzado sol, esa cínica lumbrera que no sabe llenar de tinieblas la tierra cuando se consumen hechos tan contrarios a las hermosas leyes del bien! El pobre hombre olvidaba que el error tiene también sus leyes, y que en la marcha del universo cada prurito aspira a su satisfacción y la consigue, resultando la armonía total, y este claro—obscuro en que consiste toda la gracia de la humanidad y todo el chiste del vivir.
Pero el buen viejo no podía ver aquello. Su espíritu se enardecía, sus sentimientos se sublevaban, quiso darse un fuerte golpe en la cabeza contra la pared de la iglesia de Montserrat para concluir allí su preciosa y fatigada existencia; pero no tuvo valor para ello. Necesitaba marearse, sí, darse un buen paseo por las doradas regiones de lo ideal. Esta necesidad se impuso a su naturaleza de un modo tan imperioso, que no tuvo paciencia para salvar la distancia que le separaba de su casa, y se metió en la primera taberna que encontró al paso.
—III—
Y un día Emilia y Juan José Castaño vieron entrar en su casa a la gran Isidora elegantemente vestida de negro, con un lujo, con un señorío, con un empaque tal, que ambos esposos se quedaron perplejos, como quien ve visiones, y no acertaron a contestar a sus primeras preguntas. Iba la madre a ver a su hijo, al noble, al precioso y cabezudo Riquín, que recogido y amparado en casa de Castaño durante los cinco meses de prisión, miraba a Emilia como madre y a los niños de aquella como sus hermanitos. Muy afligida Emilia al ver la resolución de Isidora de llevarse a su hijo, no se atrevió a poner resistencia; pero Juan José, hablando con firmeza y tesón, dijo que no entregaría a Joaquinito, porque Isidora, con su mala conducta, perdía los derechos de madre, y que él estaba decidido a llevar la cuestión a los Tribunales, seguro de que el juez le autorizaría para retener al desgraciado niño en su poder.
Irritada Isidora, manifestó que no admitía tales ideas, y ya se agriaba la cuestión, cuando abriose una puerta y apareció un señor obispo..., digo, era Riquín, el cual traía en la cabeza una gran mitra de papel, y echando la bendición graciosamente con su mano derecha, cantó en el latín más estropajoso que se ha oído jamás: Dominis vobiscum.
Conviene hacer constar que los dos chicos de Castaño tenían loca afición a los juguetes de Iglesia, que es un jugar muy común en la infancia de estos tiempos, en los cuales cada cosa grande tiene su manifestación pueril. En el comedor de la casa tenían su magnífico altar, y cada día ponían en él un objeto nuevo, bien araña, bien cáliz o manga—cruz. Por distintas partes de la casa se veían retablos diminutos, sagrarios y hasta púlpitos improvisados con sillas. Últimamente habían hecho casullas de papel, y decían sus misas como unos canónigos, echando cada latín que metía miedo y observando todas las reglas de aquel acto con notorio puntualidad. Que el misal fuese una novela y el copón una huevera, no era motivo de escándalo, porque la inocencia lo santificaba todo con su carácter altamente divino. Riquín hacía al principio de sacristán; pero empezó a mostrar tales disposiciones, que pronto dijo también sus misas y echaba graciosos sermones. Las reyertas frecuentes y el mucho ruido con que a menudo se disputaban allí las jerarquías eclesiásticas, exigían en ocasiones la intervención de Emilia, que más de una vez se prestó a ser monaguillo para apaciguar los ánimos y llevarlos a honrosas capitulaciones. Aquel día, que era domingo, Riquín había sido elevado a la silla metropolitana, y estaba oficiando de pontificial cuando su mamá y Juan José disputaban.
«Ven—le dijo Isidora sentándole sobre sus rodillas, dándole muchos besos—, y te haré una casulla de oro y un altar de plata».
El chiquillo la miraba espantado.
«Que él decida—indicó Juan José tomando al muchacho y poniéndole en medio de la sala—. Riquín, ¿quieres irte con tu madre?».
Tan fuertemente negó con su cabezota, que se le cayó la mitra. En realidad es fuerte cosa que le propongan a un hombre abandonar su diócesis para irse con una mala mujer...
«¿Que no, dices que no?».
El chico dijo entonces claramente:
«No quielo».
Y echó a correr para dentro.
«No vale, no vale, eso no vale—gritó Isidora con afán—. Mi hijo vendrá conmigo».
A esto siguieron algunas lágrimas, y tomando entonces Castaño un tono conciliador, manifestó a la afligida madre que estando el niño en la ortopedia mejor que en ninguna parte, le dejase aquí. Quizás ella, por sus muchas ocupaciones de señora principal, no podría cuidar y atender a Su Ilustrísima como merecía, y así, quedándose él donde estaba, ganaban todos: los ortopedistas, porque conservaban a Riquín, a quien miraban como hijo; Isidora, porque estaría más ancha y podría campar por sus respetos libremente, y Riquín porque no se vería separado de su cabildo. Isidora cedió, mas no sin obtener permiso para ir a ver a su hijo cuando quisiera.
Y en efecto, venía dos, tres y hasta cuatro veces por semana, trayendo golosinas para Riquín y sus camaradas, y además velas de cera, cálices de plomo, efigies, estampas del Sagrado Corazón, mitras, estolas, y por último un monumento de Semana Santa tan completo y hermoso que no había más que pedir. Algunas veces se encontraba allí con la Sanguijuelera, que también a menudo visitaba a su adorado Anticristo; y ambas regañaban, si bien Encarnación había perdido el humor festivo, y estaba muy caduca y suspirona, no pudiendo apartar de su mente ni un instante la deshonra que había caído sobre la familia. Cuando se hablaba de esto, las dos lloraban, y, olvidando toda rencilla, confundían sus almas en un solo sentimiento.
Miquis no vivía ya frente a la ortopedia, ni visitaba tan frecuentemente a sus buenos amigos; pero siempre que iba a casa de Castaño preguntaba con mucho interés por Isidora. Pasados tres meses desde que la Rufete salió de la cárcel, Emilia, dando noticia al médico de las observaciones que hacía en la persona de aquella, le decía una noche:
«Desde la primera vez que vino en esta temporada hasta ahora ha variado tanto... Y parece que va descendiendo, que cada día baja un escaloncito. La primera vez parecía una gran señora: traía un vestido de gro negro y un sombrero, que ya, ya... Poco después venía vestida de merino y con mantilla, algo desmejorada la cara. A la semana siguiente me pareció que su traje tenía algunas manchas, y sus botas algunos agujeros. Por fin el lunes de la semana pasada vino muy pálida y quejándose del pecho, con la voz ronca. El sábado creí observar en su cara algunos cardenales, y traía una mano liada. Ayer, señor doctor, vino con pañuelo a la cabeza, con bata de percal, zapatillas, la voz muy ronca, y lo más salado de todo fue... que me pidió dos reales... Debe de andar mal. Como siempre..., ¡qué carácter y qué vida!».
Después hablaron del ser humano con quien Isidora vivía, y acerca de él dijo Miquis cosas tan atroces como verdaderas, de que se escandalizaron mucho Emilia y su marido. Aquel tal era jefe de garito, ruletista y empresario de ganchos, un caballero de condición tan especial, que si le mandaran a presidio (y no le mandarían), los asesinos y ladrones se creerían deshonrados con su compañía.
«Nuestra pobre amiga—dijo Augusto—, llevada de su miserable destino, o si se quiere más claro, de su imperfectísima condición moral, ha descendido mucho, y no es eso lo peor, sino que ha de descender más todavía. Su hermano y ella han corrido a la perdición: él ha llegado, ella llegará. Distintos medios ha empleado cada uno: él ha ido con trote de bestia, ella con vuelo de pájaro; pero de todos modos y por todas partes se puede ir a la perdición, lo mismo por el suelo polvoroso que por el firmamento azul».
Desde que fueron dichas por el sabio Miquis estas sentenciosas frases y otras que omitimos, Isidora estuvo muchos días sin presentarse en la casa de Emilia. Don José también se había eclipsado, por lo que estaban los de Castaño disgustadísimos y llenos de temor. Un día, por fin, entró Relimpio en casa de Miquis, y entre lloroso y turbado, le dijo:
«Venga usted, venga usted, Sr. D. Augusto, a ver si la sana.
—¿Qué hay, pero qué...? ¿está mala?—preguntó Miquis encasquetándose el sombrero y tomando el bastón.
—No, señor..., sí, señor..., quiero decir que no está buena, aunque tampoco está enferma, porque ya se levanta.
—Es decir, que ha estado mala.
—Sí, señor.
—¿Y por qué no me avisó usted, hombre de Dios, mejor dicho, hombre de todos los demonios?
—Porque ella no quiso... Hoy, sin su permiso, vengo a buscarle a usted para que le quite de la cabeza...
—¿Qué le he de quitar, hombre?
—Una idea—dijo Relimpio, cuando ambos andaban aprisa por la calle.
—¿Y cree usted que yo soy quitador de ideas?... Vamos a ver: ¿usted está en su sano juicio, o se ha mareado hoy?
—No, Sr. D. Augusto; hace tiempo que no me mareo. Ella no me deja. Desde que vivimos juntos...
—¿Cómo?
—Sí; ese salvaje, ese canalla, ese asqueroso reptil, ese inmundo..., perdone usted, Sr. D. Augusto; me faltan palabras apropiadas... Para no cansar, ese basurero animado, la abandonó después de darle tantos golpes, que por poco la mata; después de cruzarle la cara... mire usted, por semejante parte, con un navajazo. Por fortuna su herida no fue grave, aunque le ha dejado una cicatriz que desfigura bastante aquel rostro celestial, aquel encantador palmito...».
Se limpió una lágrima con la mano.
«Pues sí; desde este suceso, la pobrecita, con los pocos cuartos que pudo salvar y la escasa ropa..., en fin, tomó un cuarto en la calle de Pelayo, número 93, piso cuarto, puerta número 6, y allí ha estado un mes retirada del mundo sin tratarse con nadie más que conmigo..., pero honradamente, Sr. D. Augusto, honradamente. Yo le juro a usted por lo más sagrado...».
Y con la mano derecha abierta y puesta sobre el pecho como una condecoración, los ojos en blanco, protestó el anciano de su honesta conducta.
«Lo creo, hombre, lo creo.
—Yo la acompañé, yo la asistí, mientras se curaba; yo la he servido... ¡Qué días, qué noches! Yo: «Voy a llamar a Miquis»; y ella: «No llame usted a Miquis ni a nadie; no quiero que nadie me conozca, soy una persona anónima, yo no existo». En fin, esta mañana me dijo unas cosas que me han partido el corazón.
—¿Qué cosas?—preguntó Miquis deteniéndose en el portal de la casa y mirando atentamente al desgraciado viejo.
—¡Ay!, ¡no puedo repetirlas!»—exclamó Relimpio llorando como un niño.
—IV—
Augusto subió y entró en la casa. Si pasmada y llena de turbación se quedó Isidora al verle, mayor fue el asombro y pena del joven médico al ver en deplorable facha y catadura a la que conoció en forma tan distinta. No sólo había perdido grandemente en el aspecto general de su persona, en su aire distinguido y decoroso, sino que su misma hermosura había padecido bastante, a causa del decaimiento general, y más aún del chirlo que tenía en la mandíbula inferior, bajo la oreja izquierda. Estaba ella planchando unas chambras, y la ligereza de su vestido permitía ver sus bellas formas enflaquecidas. Dejó la plancha y se sentó en un miserable sofá de paja. Un ratito no muy largo estuvo llorando, y después dijo así:
«No quería que nadie me viese en este estado. Como pienso salir de él y hallarme en mejor posición, porque todavía... A ver, ¿qué tal me encuentras?
—Muy mal, muy mal.
—¿He perdido mucho? ¿No me respondes? He estado muy mala, ¡qué puño!...».
Miquis no dijo nada. La sorpresa que le causó la voz ronca de Isidora, y más que la voz oír algunas expresiones que de la boca de ella se escaparon, túvole perplejo y mudo por breve rato.
«Te encuentro muy variada; tú no eres Isidora.
—Te diré... Yo misma conozco que soy otra, porque cuando perdí la idea que me hacía ser señora, me dio tal rabia, que dije: «Ya no necesito para nada la dignidad, ni la vergüenza». ¿Tú te enteras?... Por una idea se hace una persona decente, y por otra roía idea se encanalla. Pero no creas, todavía hay algo en mí que no perderé nunca, algo de nobleza, aunque me esté mal el decirlo... Mira tú, chavó, qué quieres..., el aire hace a la persona. He vivido tres meses entre perros de presa. No te asombres de que muerda alguna vez...
—Sí, esa voz, esas expresiones, ese acentillo andaluz... Dime, ¿qué es lo que te queda de nobleza?
—No sé, no sé...—dijo Isidora aturdida, cual si registrara en su corazón y en su pensamiento—. Me queda el delirio por las cosas buenas, la generosidad... ¿Sabes? Ayer no tenía más que dos duros; esta mañana vino una amiga a llorarse aquí..., total, que quedé sin un cuarto.
—¿Necesitas algo?»—dijo Augusto llevándose la mano al bolsillo.
Y sacó algunas monedas. Mirolas Isidora con codicia, alargó su mano hacia la mano de Augusto... De repente se contuvo diciendo:
«No; todavía soy noble.
—¿En qué consiste tu nobleza?
—En que no recibo limosna... Pero por ser de ti...».
Vacilaba, mirando alternativamente al rostro y la mano de Miquis. De súbito lanzó una exclamación no muy delicada y dijo:
«¿Sabes?..., ya se me ha ido la delicadeza. Venga el dinero».
Y antes que Miquis se lo diera, ella lo tomó de la mano de su amigo.
«¿De qué te espantas, bobo?... ¿de mis nuevas maneras? Ahora soy así. Te diré... A los hombres, desplumarlos y sacarles las entrañas; quererlos, nunca. Sois muy antipáticos; os desprecio a todos.
—¿Vas a meterte monja...?
—¿De veras?... ¡Qué sombra! ¿Monja yo?
—Ya sabes que Joaquín Pez ha venido de la Habana, casado con una americana muy rica. Da gusto verle, según está de contento y satisfecho».
Isidora palideció. Después dijo:
«Ya lo sabía... Toma, si le vi, le vi una tarde. Yo iba por la Red de San Luis y pasó él en coche. Me vio, pero el tunante fingió que no me veía. El corazón me dio un brinco; aquella noche lloré, pero ya me voy dominando y concluiré por aborrecerle también. Es un tipo.
—Pero Gaitica...
—¡Ah! Ese es de los que deben ser cogidos con un papel como se coge a las cucarachas, y luego tirados a la basura. Vamos, que sólo de mirarle se te ensucian los ojos...
—Y sin embargo, le has querido.
—¿Yo?... Hombre, tú estás malo. Que se te quite eso de la cabeza. Con decirte que me acordaba de Juan Bou y este me parecía un ramillete de rosas... ¡Pobre Gaitica! El día de la disputa ¡le escupí más...! Es un hombre con el cual no se debe hablar con palabras, sino con una zapatilla: es un bicho asqueroso. Aplastarlo y barrerlo luego. Pero qué quieres, mi destino, mi triste destino... Yo empeñada en ser bueno, y Dios, la Providencia y mi roío destino empeñados en que he de ser mala. Salí de la cárcel, le debía dinero, no tenía sobre qué caerme muerta, me llevó a su casa, me dio cuanto necesitaba, mucho más de cuanto necesitaba... Yo tengo este defecto de volverme loca con el lujo. Vi los trajes, el dinero y las comodidades, y no vi al hombre. Poco a poco se me fue dando a conocer el hombre. Principió por escatimarme los gastos. Cada día me parecía la vida más triste y él más horroroso. Y no lo digo por su cara, que no es mala, aunque sí de un tipillo afeminado que no me gusta. ¿Le conoces? Ya ves qué carita de Pascua, qué patillas de azafrán, y qué barba afeitadita y qué labios de carmín. Aquellas mejillas que parecen afeitadas me dan un asco... Pero donde aparece de oro el tal es en el trato. Coge la desvergüenza, la traición, la rapiña, la crueldad, júntalo todo, añádele toda la basura que puedas encontrar, revuelve, haz un muñeco, sopla, dale vida y tendrás al que ha sido mi señor y dueño durante tres meses: peor que Bou, peor que Botín y que Joaquín, el cual era ya más malo que Judas. En fin, los hombres sois todos unos. Hay que vengarse, perdiéndoos a todos y arrastrándoos a la ignominia. Nosotras nos vengamos con nosotras mismas.
«Isidora, Isidora—le dijo Augusto con profunda pena—: valdría mil veces más que te murieras.
—No pienso en tal cosa... Te diré. Cuando estaba en la cárcel quise matarme. La vida me pesaba como un sombrero de plomo. Cuando Gaitica me maltrató y no pude hacerle pedazos ni aplastarle con la zapatilla, también tuve un momento de bochorno, de ira y de desesperación en que quise suicidarme. Pero después me he serenado. Eso de matarse se deja para los tontos. El que quiera viaducto, con su pan se lo coma. A vivir, vidita, que vivir es lo seguro. Alma atrás... Lo quiere el mundo, pues adelante. Que la sociedad para arriba y la moral para abajo...; a hacer puñales. Yo me basto y me sobro. ¿No era yo noble? ¿No tenía buenas inclinaciones? ¿Pues por qué me cerraron la puerta?
—Pobre mujer, todavía, todavía es tiempo...
—¿De qué?
—De adoptar una vida arreglada. Yo te buscaré trabajo.
—No sé hacer nada.
—Yo te pasaré una pequeña pensión...
—Dirán que soy tu querida. Concluiré por serlo...
—Búscate un modo de vivir. Vete con tu tía...
—No hay tu tía, no, no...; déjame. ¿Para que has venido acá? Ni falta... Aire, aire. No necesito consejos.
—Aborreces a Surupa, y, sin embargo, ¡cuánto se te ha pegado de él! Cuando recuerdo cómo eras y cómo eres, cómo hablabas y cómo hablas, no sé qué me da.
—Así es el mundo: unos se quedan y otros se van. Yo me fui, ¿te enteras? Yo me he muerto. Aquella Isidora ya no existe más que en tu imaginación. Esta que ves, ya no conserva de aquella ni siquiera el nombre.
—Pues aquella era mi buena amiga—dijo Augusto con tesón—; esta me repugna».
Isidora se conmovió al oír esto, pero disimulaba bien, esforzándose por una inexplicable modificación de su orgullo en parecer peor de lo que era.
«Y no teniendo nada que hacer aquí—dijo Miquis levantándose—, me retiro».
Isidora le miró de un modo que indicaba deseos de que no se marchara; pero después se inclinó de hombros.
«Ya me han humillado tanto—murmuró entre dos suspiros—, que el ver salir al último amigo no me causa impresión.
—Señor D. Augusto de mi alma—dijo a la sazón Relimpio, que hasta entonces, testigo mudo y doliente, no se había atrevido a decir nada—; no se marche usted y exhórtela, predíquele, y amonéstele para que se le quite... eso... de la cabeza.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Y qué es eso?
—El disparate que quiere hacer. Vea usted cómo calla y se sonríe la pícara... A mí me lo ha dicho, pero a usted no se lo quiere decir.
—¿Suicidio?
—Por ahí...
—No, no es suicidio—exclamó el anciano con desesperación, arrancándose (o tratando de arrancarse, que es más verosímil) un mechón de cabellos—. ¿Ve usted? Se ríe... Y que no diga que lo hace por no tener qué comer. Yo... aún puedo trabajar».
Isidora, sin desplegar los labios, clavaba sus ojos en las ascuas de carbón sobre que se calentaban las planchas. Parecía que de aquel rescoldo ardiente y melancólico tomaba sus ideas.
«Pues yo le he de quitar de la cabeza esas tontunas—dijo el médico inclinándose hacía ella y mirándola de cerca.
—¿Sabes lo que te digo?—replicó Isidora con el tono insolente que se le había pegado de la sociedad gaitesca—. ¿Sabes lo que te digo? Que no me vengas con dianas, que no me marees. No te hago caso; el corazón se me ha hecho de piedra y mi cabeza es como esa plancha».
Levantose, y murmurando no se sabe qué palabras, aunque es de suponer no serían de las más finas, tomó el pesado hierro y se puso a planchar con verdadera furia. Miquis se fue sin añadir una palabra, y D. José le siguió hasta la escalera con las manos cruzadas, el mirar compungido y suplicante.
«Don Augusto de mi alma—le dijo—, por Dios, no la abandone usted... Mire usted que lo hace, y lo hace... y yo me muero...».
Capítulo XVIII
Muerte de Isidora.—Conclusión de los Rufetes
Aunque Augusto no manifestó su propósito, lo tenía, y muy firme, de no abandonar a la infeliz mujer que tan sola y en peligro de ruina estaba. Volvió al día siguiente; mas quiso Dios que fuese aquel uno de esos días lúgubres que anublan la perpetua alegría de los meses de Madrid, uno de esos días, por desgracia no muy raros, en que el vecindario está tristísimamente impresionado por una terrible solución de la justicia humana, y encuentra, a su paso por ciertas calles, manifestaciones patibularias que llevan el pensamiento a cosas y personas de edad muy remota.
Y en la tarde del día anterior, una mujer vestida de negro con un mantón echado por la cabeza, alta, flaca, vieja, semejante a una momia animada por la aflicción, acechaba en las proximidades del Palacio Real la salida y paso de un coche. Su ansiedad era grande, su esperanza débil, aunque poseía el más vivo fervor monárquico que ha existido quizás en el presente siglo. Su idea del poder, de la misión providencial de los reyes, y principalmente la semejanza que suponía entre el soberano visible y el Rey de los cielos, dábanle un poco de aliento. Por eso cuando salió el coche, avanzó ella a escape sin temor de ser atropellada por los caballos, llegó hasta la portezuela, y con la presteza del asesino que alarga el puñal, alargó un papel arrollado en forma de canuto. El papel cayó en el coche, y las dos personas que iban en este se inclinaron al mismo tiempo para cogerlo. ¡Oh dicha! Leían el memorial, o al menos pasaban la vista por él. ¿Quién sabe si accederían a lo que en él con formas tan respetuosas y sentimentales se solicitaba? Así como es propio del pueblo la ofensa, propio y digno de los reyes es el perdón. ¡El perdón! Ved aquí el punto de semejanza y parentesco con la divinidad. «¿Para qué servirían los reyes—dijo la Sanguijuelera concretando sus ideas monárquicas—, si no sirvieran para indultar?».
La pobre mujer, en el momento de arrojar su papel dentro del coche, había lanzado con él una exclamación, que sintetizaba su respetuoso cariño hacia el primer personaje de la Nación, y su pena acerba y desgarradora: «Rey mío... Niño—Dios de España, piedad para un desgraciado loco».
Había invocado la juventud, la grandeza, el sentimiento religioso, para interesarlos en su cuita. Satisfecha de lo que había realizado, y con cierta confianza en el éxito, se dirigió lentamente hacia el Saladero. ¡Largo y tremendo día, inmensa y pesada noche! Hay horas que parecen pedazos arrancados a las pavorosas eternidades del infierno. La Sanguijuelera esperaba, esperaba, y el indulto no aparecía. La infeliz mujer, tan prendada de los poderes autoritarios, no sabía que el Soberano tiene una esposa, la Ley, y que, según el arreglo que hemos hecho, con el anillo nupcial de este himeneo se han de sellar lo mismo la sentencia que el perdón.
Hemos dicho que Augusto volvió a la casa de Isidora. Encontrola en el estado más deplorable, sentada en un rincón del cuarto, tras un sofá viejo, los pies desnudos, el vestido muy a la ligera, encorvada sobre sí misma, en desorden el precioso cabello. Con ambos índices se tapaba los oídos, y su mirar revelaba espanto de pesadilla. Contemplábala Augusto sin saber por dónde empezar su empresa caritativa, cuando D. José se le acercó y con voz cautelosa le dijo:
«Amigo Miquis, hoy no hemos comido. Día tremendo es hoy...; ya puede usted suponer por qué está tan afligida».
Augusto dio dinero a Relimpio para que trajese con qué arreglar una buena comida, y quiso tranquilizar a Isidora y obligarla a que se acostase. Ella no decía más que esto: «¡Hoy!, ¡hoy!».
Ya de regreso el padrinito, lograron ambos, a fuerza de persuasiones y añadiendo a ellas algo de violencia, que Isidora se acostase. Relimpio preparó la comida. Augusto consolaba a su amiga con las frases más escogidas, con los pensamientos más cristianos que le sugería su rica imaginación; pero toda su dialéctica, engalanada de formas poéticas y de bonitas paradojas, no logró llevar la serenidad al perturbado espíritu de la pobre mujer. Esta le dijo:
«Mañana, mañana me tocará a mí».
Dicho esto, su silencio fue absoluto durante todo el día. Miquis y D. José le hacían mil preguntas, pero ella no contestaba nada. Por la noche Augusto, después de prescribirle el reposo, se retiró seguro de hallarla mejor al día venidero, lo que no resultó cierto, porque a la siguiente mañana encontró el médico en su infeliz enferma el mismo silencio, la mismo apatía lúgubre y la propia indiferencia del día precedente. Isidora, no obstante, comió con mediano apetito, y Miquis no hallaba en ella síntomas claros de enfermedad. Don José suspiraba a cada instante; iba y venía sin cesar de una parte a otra de la casa con gran desasosiego. Por la tarde, cuando Miquis, después de su tercera visita, se retiraba, D. José cuchicheó con él en la escalera.
«No nos abandone usted, señor doctor—le dijo angustiadísimo—. Hemos de estar con cien ojos... Hay moros por la costa...
—¿Qué es eso?
—Que aunque parece que no habla, habla, sí, señor; hoy a las doce estuvo aquí una mujer que la viene persiguiendo hace días... Es un dragón, ¿me entiende usted?... Pues Isidora charló largamente con ella. No pude entender lo que decían, porque me mandó salir fuera; pero hablaban con animación, y la mujer aquella, a quien vea yo partida por un rayo, le enseñaba, ¡ay!, muestras de vestidos.
—Veremos; habrá que hacer algo decisivo—dijo Augusto bajando pausadamente los últimos escalones—. Mañana temprano vendré con Emilia, Riquín y Encarnación. Trataremos de llevárnosla a cualquier parte».
Don José movió la cabeza con expresión de profundísima incredulidad, y cerrando la puerta con llave, se guardó ésta en el bolsillo.
Isidora dormía, al parecer, sosegadamente; D. José, que desde algún tiempo antes se había sometido a un meritorio régimen de sobriedad en alimento y lecho, se recostó vestido en un sofá de paja, frontero a la cama de su ahijada, el cual le servía de punto de acecho o vigilancia para no perder ni el más ligero movimiento de la enferma. Toda la noche ardía una vela, puesta dentro de una jofaina. Así, desde que Isidora parecía intranquila, D. José se levantaba diligente y acudía junto a ella.
Las diez serían cuando Relimpio, que había descabezado un sueñecillo, despertó con sobresalto porque oyó la voz de Isidora. ¿Había alguien en la habitación? No, no había nadie. Isidora hablaba consigo misma. Don José la miraba sin moverse de su duro y martirizante sofá; pero su atención se trocó en asombro al ver que la joven se levantaba, se vestía, aunque a la ligera, echándose la bata, se calzaba y se dirigía al mezquino tocador próximo a su lecho. Un terror acongojante y como supersticioso que se amparó del bueno de D. José, le impedía moverse y hablar. Le parecía contemplar una escena de sonambulismo, o quizás ser víctima de un fenómeno óptico, formado y como vaciado en su propia mente. «Puede ser—se dijo—que esto que veo sea un sueño mío y que la pobrecita esté tan tranquila en su cama, mientras yo la veo levantada y enredando en el tocador».
Isidora, pues ella misma era y no una vana imagen, se miró largo rato en el espejo. Aunque este era pequeño y malo, ella quería verse, no sólo el rostro, sino el cuerpo, y tomaba las actitudes más extrañas y violentas, ladeándose y haciendo contorsiones. La ligereza de su ropa era tal, que fácilmente salían al exterior las formas intachables de su talle y todo el conjunto gracioso y esbelto de su cuerpo. Don José se quedó lelo, frío, inerte, cuando oyó estas palabras, pronunciadas claramente por Isidora:
«Todavía soy guapa..., y cuando me reponga seré guapísima. Valgo mucho, y valdré muchísimo más».
Luego empezó a recoger tranquilamente algunas prendas de ropa que estaban arrojadas en diversos lugares de la estancia, y con ellas formó un lío. Entonces el santo varón hizo un esfuerzo para vencer su inercia terrorífica, se sacudió todo y con una fuerte voz dijo:
«Niña mía, ¿a dónde vas?
¡Ay!—exclamó ella sobresaltada, dando un chillido—. Me ha asustado usted. Yo creí que estaba sola».
¡Sola! Según eso, D. José era un mueble. Esta idea causó al infeliz viejo grandísima aflicción.
«¿Pero qué haces, mujer? ¿Te has vuelto loca? Estás enferma y te levantas así...
—¿Enferma yo?—dijo Isidora echándose a reír con descaro—. Usted sí que lo está, de la cabeza, lo mismo que ese tonto de Miquis. Yo estoy buena y sana.
—¿Pero a dónde vas?
—A la calle.
—¡A la calle! ¿Y qué vas a hacer en la calle? ¿Necesitas algo? Yo saldré.
—Ea, ea, no sea usted majadero. Acuéstese usted, duerma si tiene sueño, y déjeme a mí, que yo sé lo que tengo que hacer. No dependo de nadie, ¿estamos? Soy dueña de mi voluntad, ¿estamos?».
La determinación firme que revelaban estas palabras llevó al bendito D. José a las más elevadas regiones del pasmo, del aturdimiento, de la confusión. Antes que él pudiera decir algo, Isidora prosiguió de este modo:
«Me fastidia usted con su preguntar, con su entremeterse en todo, con sus cuidados tontos...».
Cada palabra era como un golpe de maza en el bondadoso corazón de Relimpio, el cual, a punto de romper a llorar, se incorporó en el macizo lecho y habló así:
«Hija mía, yo te quiero más que a las niñas de mis ojos. Me intereso por ti, por tu bien, y no quiero que hagas disparates, ni que te pase mal alguno...
—Yo también le quiero a usted; pero... vamos, deseo ser libre y hacer lo que se me antoje, sin que usted venga con sus mimos, ¿estamos?
—Todo sea por Dios—dijo Relimpio, conociendo que había llegado la ocasión de mostrar energía—. Sospecho que vas a mala parte, sospecho que te perderemos para siempre, y no te puedo abandonar, no; tú eres lo que más amo, te quiero más que a mis hijas, porque te quiero de dos maneras, como padre y como..., en fin, yo me entiendo. Si, como sospecho, quieres perderte, quieres infamarte, no lo consentiré mientras tenga un aliento de vida; primero te rogaré, te suplicaré aunque me sea menester ponerme de rodillas delante de ti».
Hallábase tan acongojado, que la frase se le retortijó en la garganta, y juzgando que más que las palabras serían elocuentes las actitudes, se hincó delante de su ahijada, y le tomó las manos para besárselas, y luego que pasó un rato en estas mímicas, conmovidos ella y él, pudo articular Relimpio estas palabras:
«Niña mía, no des ese paso, detente...
—¡Qué desgracia!...—murmuró ella llevándose la mano a los ojos, como para disimular una lágrima—. ¿Y quién me va a mantener?
—¡Yo!—exclamó Relimpio dándose un golpe tan fuerte en el pecho que este resonó en hueco como una caja.
—¡Usted!... ¡Ay, qué gracia! ¡Si usted más está para que le mantengan que para mantener!
—Trabajaré.
—Sí, y comeremos cañamones... Padrino, padrino, déjeme usted en paz; no se meta usted en mis cosas... Yo vengo pensando hace tiempo lo que debo hacer; he tomado un partido, y ya no me vuelvo atrás».
El anciano había vuelto al sofá, donde estaba reclinado, sin fuerzas para seguir adelante en la lucha.
«Mira—le dijo, echando lumbre por los ojos—, yo puedo trabajar...; pediré un destino y me lo darán...
—¡Qué inocencia!
—Y con lo que yo gane y algo que te darán Emilia y Miquis, viviremos tan ricamente.
—Sí, muy ricamente—replicó Isidora con terrible ironía—. ¡Miserias, harapos, suciedad, escaseces, privaciones! Guarde usted todo eso para los tórtolos simples que lo quieran.
—Si es que te dan pesadumbre algunos hechos de tu vida pasada, no trates de borrarlos con una vergüenza mayor—dijo Relimpio, sintiéndose dotado por la Providencia, en aquel instante, de una lucidez filosófica que no era propia de él—. Lo mejor es que borres lo pasado con una conducta ejemplar. ¿Quieres un nombre, una posición? Pues yo te daré ambas cosas. Óyeme—añadió solemnemente—; yo me casaré contigo; y para que no interpretes mal mi ofrecimiento, te prometo no ser tu esposo más que en el nombre y mirarte como una hija».
Por lástima del pobre viejo no se echó a reír Isidora con el desenfado que había adquirido últimamente. En la pérdida de tantas nobles cualidades conservaba algo de piedad.
«¿Conque nombre y posición?—dijo—; gracias, gracias; es usted muy bueno. ¿Conque no puedo con mi nombre y quiere usted que tome otro sobre mí? ¡Qué puño!... Si pudiera desbautizarme y no oír más con estas orejas el nombre de Isidora, lo haría... Me aborrezco; quiero concluir, ser anónima, llamarme con el nombre que se me antoje, no dar cuenta a nadie de mis acciones.
—¡Isidora!...
—Ya no soy Isidora. No vuelva usted a pronunciar este nombre».
¡No pronunciarle más, cuando a él le parecía tan dulce, tan armonioso, cifra y compendio de la melodía infinita! Echó D. José un gran suspiro y tras él estas palabras:
«Ha sido una tontería que te ofrezca la mano y el nombre de un viejo caduco. Tú no puedes vivir sin amor. ¿Cómo habías de quererme a mí, que sólo tengo juventud en el corazón?... Óyeme...».
Cada vez que decía «óyeme» tomaba una actitud sacerdotal y el tono más solemne del mundo.
«Óyeme. Tú has amado a un solo hombre; ese hombre ha vuelto de la Habana. De todos tus amantes, él era el más simpático, el más caballero. Antes que verte caminar a la última degradación, consiento en que reanudes tus amores con él. No me gusta esto, pero antes que lo otro... yo me entiendo. ¿Quieres que le lleve un recadito tuyo, quieres que le busque, que le hable de ti?... Odiosa misión, hija mía; pero si con ella te aparto de la ignominia final, creeré realizar una acción meritoria.
—¿Joaquín, ese pillo?... Le diré a usted... Siempre que le veo, me da un vuelco el corazón. Le quise y aún me parece que podría volver a quererle... Pero déjele usted donde está. Yo estoy mejor así. Es un canalla ingrato... Y bastante hemos hablado, Sr. D. José. Yo me marcho...
—Por Dios, mujer...
—He dado mi palabra.
—Esas palabras no se cumplen. ¿De modo que no te veré más?
—Vendré por aquí... No se mueva usted de esta casa. Yo le daré algo para que se mantenga y pague el alquiler...».
Relimpio tembló con sudor frío.
«Por mi hijo y por usted consiento en ser Isidora algunos ratitos. Conque... abur, abuelo...».
Corrió hacia la puerta, y hallando que no estaba la llave en ella, como de costumbre, retrocedió para buscarla.
«No, no te doy la llave; no saldrás mientras yo viva»—exclamó D. José, haciéndose superior a sí mismo y mostrando la energía que a veces surge del flaco ánimo de los débiles, como en ciertos momentos de crisis las sublimidades brotan del cerebro de los tontos.
Isidora le miró con ira, y respiró fuerte apretando contra el talle el lío de ropa.
«¡La llave, la llave!
—No saldrás sino pasando sobre mi cadáver»—gritó con cavernosa voz Relimpio, sintiéndose héroe de teatro.
Y al decirlo, oprimía contra su pecho la llave para protegerla de un ataque de su enemiga.
«Vamos, vamos, que no tengo ganas de bromitas—dijo la de Rufete encolerizada—. Venga la llave, o la tomaré dondequiera que la encuentre. Mire usted que ya no soy lo que antes era: de cordera, me he vuelto loba. Ya no soy noble, Sr. D. José; ya no soy noble.
—Pero aunque no seas noble, no serás capaz de ultrajar a tu pobre viejo, a tu padre...».
Acompañadas de lágrimas, estas palabras eran harto elocuentes.
«Vamos, abuelito, que ya me canso, que se me acaba la paciencia, que las simplezas me cargan, que no estoy de humor de mimos...».
Y con la loca impaciencia, airada, insensible para todo lo que no fuera su deseo y propósito, avanzó las manos contra el viejo, le atenazó los brazos, le sacudió un momento... ¡Ay!, ¡ay! Relimpio sintió que sus brazos se volvían de algodón. Como si el roce de la piel de Isidora fuese un contacto mortífero, se quedó echo una momia. Y mientras ella le quitaba la llave, él, inerte, sin vida, la miraba con espanto, y no podía defenderse, ni sabía detenerla, ni era dueño de ninguna de las energías de su ser, como no fuera de la voz, pues allá casi entre dientes pudo articular tres sílabas y decir: «¡Bribona!...».
Isidora marchó hacía la puerta. Bruscamente arrepentida de su acción, retrocedió hacia el sofá donde estaba la yacente estatua de Relimpio, le miró un sí es no es conmovida (todavía era algo noble), y poniéndole la mano sobre la cabeza llena de canas, le dijo:
«Padrinito, le he ofendido a usted..., pero... no lo puedo remediar. Este es mi destino...; quizás no nos veremos más... Adiós».
Tuvo la singularísima piedad de inclinar sobre él su rostro y darle un rápido beso sobre las venerables canas. Él no tuvo fuerzas ni espíritu más que para verla salir. Salió, efectivamente, veloz, resuelta, con paso de suicida; y como este cae furioso, aturdido, demente en el abismo que le ha solicitado con atracción invencible, así cayó ella despeñada en el voraginoso laberinto de las calles. La presa fue devorada, y poco después en la superficie social todo estaba tranquilo.
Don José se levantó, anduvo como desconcertada máquina hasta un aposentillo interior donde tenía sus trastos, y tanteando con las temblorosas manos en la obscuridad, encontró una botella. Apuró del contenido de ella porción bastante, y al tratar de volver al sofá, las piernas le faltaron y cayó rodando en mitad del aposento.
Como la puerta había quedado abierta, Miquis, Emilia y Riquín entraron sin necesidad de fatigar la campanilla a una hora que, según cálculos aproximados, debía de ser la de las nueve de la mañana del día siguiente. Y como vieran a don José tendido en el suelo sin compañía, al punto coligió Miquis que Isidora estaba ausente. Mientras Emilia corría veloz al socorro de su padre, que parecía como a dos dedos de la muerte, Augusto hizo un rapidísimo reconocimiento de la habitación, buscando a Isidora. ¡No estaba!
«¡Se ha ido, se ha ido!»—exclamó poniéndose de rodillas junto al pobre viejo para prestarle algún auxilio.
Con un poco de trabajo transportaron a Relimpio al sofá, donde le tendieron, y él entonces entreabrió los ojos y los labios echando una mirada y un suspiro sobre el mundo, de que se alejaba para siempre. La notabilísima alteración de las facciones del anciano alarmó a Miquis, el cual respondía con muda expresión de desconsuelo a las apremiantes interrogaciones de Emilia.
«¿Pero esto es embriaguez... o qué?...»—preguntó la atribulada hija.
Y al oírlo D. José se reanimó de súbito, como la llama moribunda que se revuelca en las tinieblas; echó su espíritu un resplandor de vida, y moviendo la lengua, no menos pesada que la de una campana, dijo pausadamente estas palabras:
«La hurí ha bajado a los infiernos, y yo voy... en busca suya».
A la sazón entraron algunos vecinos, y se ofrecieron a prestar los servicios propios del caso. Miquis, sin dejar de tomar disposiciones, veía que los remedios serían inútiles. Cerca ya del fin, el espíritu de D. José volvió a relampaguear, diciendo con expresión enamorada y caballeresca:
«La amé y la serví... Fui su paladín... Mas ved aquí que la ingrata abandona la real morada y se arroja a las calles. Vasallos, esclavos, recogedla, respetad sus nobles hechizos. Tan celestial criatura es para reyes, no para vosotros. Ha caído en vuestro cieno por la temeridad de querer remontarse a las alturas con alas postizas».
Oyendo estos disparates, Emilia era un mar de lágrimas. Miquis la llevó a un cercano aposento, y en él la encerró con el pobre Riquín, que también lloraba, para que ambos no presenciasen el fin del buen Relimpio, el cual ocurrió media hora más tarde, y fue tranquilo y suave. Su muerte remedó el dulce acceso de embriaguez que le transportaba, mediante una breve toma, desde las miserias de la realidad a las delicias de una vida apócrifa, compuesta con extraños fingimientos de juventud, pasión y energía. ¿Entraba al fin en un mareo eterno? ¿Iba ya derechamente a ser el noble, enamorado y valiente caballero, defensor y amparo de la hurí en las edades sin término y en los espacios sin medida? José, eres un ángel.
Abrazando estrechamente a Riquín y cubriéndole de besos la cara, Emilia le decía:
«Tan huérfano eres tú como yo; pero en mí tendrás la madre que te falta. Aquella mamá tuya no existe ya, se ha ido para siempre y no volverá; se ha caído al fondo, hijo mío, al fondo... Ya lo entenderás más adelante».